Card Captor Sakura y sus personajes pertenecen a CLAMP.


Las consecuencias del alcohol

Sakura se despertó aquella mañana en la cama de aquel guapo extraño con un gran dolor de cabeza y desnuda. Ese encuentro se hubiese quedado en un lío de una noche sino fuera porque al día siguiente se presentó ante toda su clase como el nuevo profesor.


Capítulo 5. Los ogros también pueden tener familia, como Shrek.

POV Shaoran

—¿Te has preguntado alguna vez qué sienten tus alumnos cuando los suspendes?

Para variar, Mei Ling estaba en mi casa, por mucho que ella creyera a pies juntillas que también era suya, tirada en el sofá con los pies encima de la mesita con mi maletín de profesor estricto apoyado a su lado y con un montón de papeles desperdigados por su regazo.

Me detuve en el umbral del comedor mirándola con los ojos entrecerrados mientras me secaba el pelo con una pequeña toalla. Debería haber aprendido ya que no era nada recomendable dejar mis cosas a la vista de su mirada felina. De hecho, no podía dejar nada a la vista y, además, tenía que guardarlo todo como si de un tesoro se tratara porque Mei Ling era la persona más cotilla del mundo y husmeaba cualquier cosa que le pareciera sospechosa o curiosa. A veces me preguntaba cómo era posible que fuéramos primos. Seguro que ella era adoptada.

Caminé con pasos cortos hacia ella mientras mi prima pasaba las hojas.

—Que estudien si no quieren suspender.

—Eres mala gente —me apoyé en el respaldo del sofá para mirar por encima de su hombro—. ¡Suspendiste a Sakura! —gritó de pronto con los ojos muy abiertos.

Fruncí el ceño y le quité todos los exámenes de las manos para agruparlos de forma ordenada y metiéndolos en el maletín.

—La última vez que rebuscas en mis cosas.

—Pero Shaoran...

—Ni una palabra.

Pero de todos era sabido que Mei Ling nunca tenía una última palabra.

—¿Por qué has suspendido a Sakura?

—Yo no suspendo a nadie —gruñí dejando el maletín encima de la mesa, alejado de las manos inquietas de mi prima—. Son los alumnos que suspenden. Yo me dedico a corregir.

—Pobrecilla, ¿no te dio pena?

Rodé los ojos y me senté en el sillón orejero. Cogí el mando de la televisión y la encendí con el fin de ignorar a Mei Ling.

—¡Eh! Te estoy hablando.

Le lancé la toalla a la cara para que se callara y ella me miró con el ceño completamente fruncido.

—Seguro que eres la reencarnación de un cavernícola de esos que pintaban en las paredes y saltaban y gritaban cosas nada comprensibles.

—Ajá.

Pude sentir como la indignación de Mei Ling se hacía cada vez más presente, pero nunca llegué a saber qué ocurriría —si me pegaría o me mataría, una de las dos— porque sonó el timbre de la puerta y ambos intercambiamos una mirada de extrañeza. Ninguno de los dos esperábamos a nadie y, sobre todo, en mi piso jamás picaba alguien más que nada porque no conocía a nadie que supiera donde vivía a excepción de Eriol, mi amigo, y mi prima.

Así que llegué a la conclusión de que serían para que me cambiara de compañía de Internet o para darme propaganda. ¿Para qué vivía en el último piso? Pues para que no vinieran a molestarme, pero parecía que tenían mucho tiempo libre.

Con un suspiro cansado me levanté empujando a Mei Ling por el hombro para que volviera a sentarse. Me insultó, pero hice oídos sordos pues era mucho mejor antes que enzarzarme en una discusión verbal con ella. Por mi experiencia, esas disputas se hacían completamente eternas y siempre ganaba ella puesto que yo terminaba por cansarme y con tal de no escucharla daba dinero.

Abrí la puerta con mi mejor cara de perro cabreado pero enseguida cambié la expresión al encontrarme de cara con Toya, mi vecino de al lado.

—Hola —dije algo desconcertado.

—Buenas —ese chico, por lo que había podido observar estas dos últimas semanas, me había dado cuenta que muy pocas veces sonreía. Sólo cuando estaba con su compañero de piso, Yukito, y cuando el primer día al ver a su hermana.

—¿Necesitabas algo? —pregunté cortésmente.

—Venía a decirte que este sábado hacemos la inauguración del piso y haremos una pequeña fiesta —me sorprendí, pero no lo dejé traslucir—. Podéis venir, tú y tu novia.

Fruncí el ceño. ¿Novia?

—¡Oh, no! No soy su novia, dios me libre, somos primos, pero estate seguro que nos pasaremos —apreté los dientes al escuchar su voz y luego su escandalosa risa de persona que se cree simpática y no lo es.

—Perfecto entonces —Toya asintió—. Nos vemos en mi casa el sábado a eso de las diez de la noche. No faltéis.

—¡Por supuesto que no! ¡Seremos puntuales! —Mei Ling le dirigió una gran sonrisa que no fue correspondida, aunque ni siquiera le importó.

Toya volvió a asentir y se marchó. Yo cerré la puerta y miré furioso a mi prima, la cual muy pronto sería mi difunta prima porque la iba a asesinar. ¿Por qué siempre se tenía que meter donde no la llamaban?

—¡Qué guay! ¡Ya tenemos plan para el fin de semana! —me sonrió dejando al descubierto una hilera perfecta de dientes blancos—. Por cierto, tu vecino está como un queso. Madre mía si yo no tuviera novio...

—Eres la peor prima del mundo.

Me miró muy sorprendida por mi ataque directo.

—Pero, ¿por qué? ¿No te cae bien ese chico? Parece muy simpático.

—Ése es el hermano de Sakura Kinomoto y, por ende, ella estará en la fiesta.

—¿Estará Sakura en la fiesta? —preguntó con una sonrisa.

Le fruncí el ceño.

—¿Por qué narices te alegras? —gruñí—. No sé si te has dado cuenta pero eso para mí es malo. No pienso asistir.

—Venga, va, hombre —puso los ojos en blanco—. Si ella está igual de avergonzada que tú estoy segurísima que no irá a la fiesta de su hermano. Se la ve una chica lista..., a pesar de haberse acostado contigo.

Intensifiqué aún más el ceño fruncido.

—Te vas a enterar.

Mei Ling echó a correr por el pasillo gritando y riendo y yo no pude salir del comedor para atraparla y obligarle a pedirme perdón por todas esas burradas que estaba diciendo sobre mí puesto que el teléfono empezó a sonar. Me detuve de golpe, escuchando al segundo el portazo que dio Mei Ling en su habitación improvisada.

Caminé hacia el teléfono y descolgué al tercer timbrazo.

—¿Dígame? —contesté apartándome el pelo de la cara.

Escuché la respiración al otro lado de la línea y después una voz dulce de mujer que me trajo malos recuerdos.

—¿Shaoran? ¿Eres tú?

Sentí que me quedaba sin respiración y me mareaba. Tuve que apoyarme en el estante para no caerme. El labio inferior me tembló y apreté los dientes para recuperar el tono normal de mi voz.

—Sí, soy yo. ¿Qué quieres ahora?

POV Sakura

Extrañamente y para mi gran asombro, no me resfrié. Estaba completamente bien. De hecho, me sentía con fuerzas renovadas y capaz de hacer cualquier cosa imposible. Bueno, sí, estaba en perfectas condiciones para elaborar una tarea ardua menos el levantarme pronto. Para variar detuve el despertador de un manotazo y continué durmiendo, sintiendo el placer de estar entre las dulces sábanas de mi cama, el colchón mullido tan cómodo que no me permitía despertar, olvidándome por completo que tenía que asistir ese día a la universidad, que a primera hora tenía que entregar un trabajo…

—¡Mierda! —grité, dándole patadas a las mantas para quitármelas de encima.

Me restregué los ojos con las manos, dándome cuenta que si no salía en ese preciso instante de mi casa, llegaría tarde, no me dejarían entrar a la primera clase, y no podría entregar el trabajo que estuve haciendo durante todo el fin de semana, pegada a la pantalla del ordenador.

Cogí lo primero que vi de ropa, hice una rápida visita al lavabo, bajé corriendo las escaleras, agarré el almuerzo, despidiéndome rápidamente de mi padre.

—¡Pero Sakura el desayuno! —escuché que gritaba desde el umbral de la cocina.

Yo me puse en pie con los patines ya colocados, abrí la puerta y exclamé:

—¡Lo siento, llego tardísimo, papá!

Y me marché, patinando a la desesperada. Fui esquivando a los transeúntes, recibiendo alguna mala mirada y ladridos de perro que se sorprendían al verme ir a tal velocidad. El camino hacia la universidad fue pasando como un borrón a mi alrededor hasta llegué al lugar donde hacía una semana me había caído, perdido el paraguas —y la dignidad— y el momento en que Shaoran Li me recogió para mi gran sorpresa. Fue muy amable por su parte, sí, y se lo quise hacer saber al día siguiente, quedándome en la clase hasta que se marchó todos mis compañeros.

—Sakura, ¿no vienes? —me preguntó Tomoyo, sorprendida de mi exasperante lentitud para recogerlo todo.

—No, ahora iré, ¿tú no tienes clase de canto?

Miró el reloj de su muñeca y asintió.

—Sí. Nos vemos mañana —se despidió con la mano y su tranquilizadora sonrisa y se fue.

Me levanté justo cuando mis últimos compañeros se iban de clase y yo me acerqué hasta la mesa del profesor, donde Shaoran se hallaba de pie guardando las hojas y sus apuntes en el aburrido y soso maletín negro. Advirtió mi presencia y alzó la cabeza, apretando la mandíbula al descubrirme a mí. En ese momento pensé que había sido una mala idea tratar de conversar con él.

—¿Quieres algo, Kinomoto?

Tragué saliva.

¿Dónde había ido a parar su amabilidad y su ternura al recogerme en mitad de la calle?

—N-No..., o sea sí. Bueno, decirte que gracias por..., por ayudarme. —¿Por qué en su presencia me ponía tan nerviosa, tartamudeaba de esta forma y, no sólo eso, sino que encima se me iban todas las ideas de la cabeza en el momento de entablar conversación?

—Ya me las diste ayer. ¿Algo más?

Oh, vaya.

De acuerdo. Seguramente la persona que me recogió ayer por la tarde y me llevó al trabajo en coche fue su hermano gemelo, el bueno, y él, el profesor que estaba delante de mí, era el gemelo malo. Por un momento quise creerme esa hipótesis pero luego reparé en la mirada plagada de indiferencia que me regalaba Shaoran Li y tuve que aterrizar sobre mis pies y pensar con claridad lo que iba a decir.

—T-Tan solo eso... Aunque —me llevé la mano a la mochila justo cuando recordaba que me había olvidado su paraguas en casa—, ¡me he olvidado tu paraguas! ¡Te lo iba a traer pero esta mañana llegaba tarde y se me ha ido de la cabeza!

En ese instante lo vi. Una mínima, pequeñísima, casi imperceptible sonrisa en los finos labios de mi profesor. Era tan pequeña que tuve que fijarme bien para constatar que estaba sonriendo. Y yo que creí a pies juntillas que no sonreía, que no sabía, que eran tan innecesario ese gesto para él que había caído en el olvido de su mente.

Pero fueron unos segundos que pasaron demasiado rápido y pronto la sonrisa se desvaneció y reapareció su habitual cara de indiferencia que me obligaron a preguntarme si me lo había imaginado.

—Es igual. Quédatelo.

Lo miré sorprendida.

—¿De verdad? Pero es tuyo...

—Kinomoto, no me gusta repetir las cosas dos veces —dijo con ofuscación mientras cerraba el maletín y lo cogía por las asas.

Me hubiera gustado preguntarle por qué era tan bipolar. Aunque me hubiera gustado saber más qué había bajo esa faceta de indiferencia por el mundo que su bipolaridad demostrada. Shaoran Li era todo un misterio, un libro cerrado que por mucho que tratase de abrirlo, me era completamente difícil. Entonces me recordé que yo no quería abrir nada ni conocer más a ese profesor loco y bipolar que parecía enfadado con el mundo.

Desde ese día Shaoran Li volvió a sus andadas de ignorarme como lo había hecho desde el día en que llegó y yo, bueno, yo lo acepté y continué preguntándome por qué ese hombre era tan raro.

Con un suspiro dejé el semáforo donde me había agarrado días antes y poco después llegué a la universidad muy justa. Nada más entrar yo en clase, entró el profesor de esa respectiva asignatura con los ojos clavados en mí, lanzándome una mirada en la que afirmaba que había entrado por los pelos. Ese profe tenía fama de ser muy estricto y mala persona.

En fin, la vuelta a la rutina era maravillosa.

LasConsecuenciasDelAlcohol

—¡Mira! —exclamó Tomoyo parada delante del tablón de salidas de nuestra carrera—. ¡Qué guay! Nos vamos dentro de dos semanas durante tres días y dos noches a una casa de campo a grabar a los animales del bosque. Como un documental. ¿Vamos en pareja? Yo llevo la cámara y tú te pones delante de ella y haces de reportera. Será alucinante. ¿Puedo hacerte el vestido? Le preguntaré al profesor Terada que es quien ha organizado la salida. Ya estoy emocionada sólo de pensarlo.

No abrí la boca en ningún momento porque no me dejó y porque me quedé completamente helada al escuchar que me iba a hacer un vestido para salir delante de la cámara, la cual verían todos los profesores, incluido Shaoran Li (no es que me importara, eh...). Lo cierto es que Tomoyo sus dos grandes aficiones han sido las cámaras y crear vestidos que yo pudiera probarme luego. Pensé que lo de confeccionar vestidos era una etapa de niña de doce años. En casa tenía álbumes enteros donde salgo yo con sus mil creaciones, todas con un título pensado por mi amiga.

Y yo creí felizmente que ya había pasado. Que ella ya no me haría llevar más vestidos de esos que algunos rozaban los ridículo. Me había engañado pensando que Tomoyo había dejado eso atrás puesto que la universidad consumía mucho tiempo de su tiempo libre. Mentira. Ella sacaba tiempo incluso debajo de las piedras o robándoselo al horario nocturno de sueño. Pero era lógica que me hubiera confiado pues hacía un año que ya no mostraba interés en vestirme.

Quise de darme de cabezazos contra la pared, pero no me retuve. En su lugar, pregunté, queriendo que a Tomoyo se le fuera la idea de vestirme de la cabeza:

—¿Qué profesores vienen?

—Supongo que el profesor Terada porque es quien ha propuesto la salida, pero no sé a quién se lo pedirá más.

—¿Crees que se lo dirán a Shaoran Li? —pregunté en un cuchicheo para que nadie se enterara.

Ella se encogió de hombros.

—No se le ve un tipo de campo, así que lo dudo.

Sentí dos cosas contradictorias a la vez: alegría porque permanecería alejada de él durante tres días y podría realizar el trabajo sin ponerme nerviosa y tartamudear como una idiota delante de él, pero también sentí lástima. Quizá porque había esperado que él viniese. Una gran estupidez. No me preguntéis; a veces no me entiendo ni yo misma.

Me aguanté un suspiro justo cuando escuchamos un pequeño grito que nombraba a mi mejor amiga.

—¡Tomoyo!

La interpelada nada más oír su voz, no se pensó dos veces el dejar de mirar el tablón y salir corriendo hacia su novio, Lars.

Lars tenía veintitrés años, trabajaba en la empresa de la madre de Tomoyo desde hacía un año y medio, justo cuando él y mi amiga se conocieron en una cena a la que la obligaron asistir y que, por cierto, ella no deseaba ir. Pero, gracias a eso, pudo conocer al chico que ahora era su novio. Ambos quedaron prendados el uno del otro en cuanto sus miradas se cruzaron un instante y todo cambió para ellos. Como en los cuentos de hadas, vamos.

Estuvieron hablando toda la noche, sorprendiéndose mutuamente, descubriendo que sí, que existía el amor, que ellos eran «almas gemelas» como me había descrito por teléfono Tomoyo de madrugada cuando llegó a casa. Yo, lógicamente, estaba durmiendo, pero me despertó, diciéndome que tenía que contarme algo muy importante y que al final estaría contenta de que me hubiera arrancado del sueño.

Y era cierto. Me emocioné tanto por ella que le empecé a hacer tantas preguntas que terminamos tres horas hablando por teléfono, viendo como el cielo oscuro iba amaneciendo, dando paso a un nuevo día. Tomoyo me aseguró que Lars le había prometido que la llamaría porque le parecía una chica hermosa e inteligente con la que podía hablar durante horas sin aburrirse ni un ápice. Cumplió lo prometido y la llamó y yo lo conocí tres meses después de que iniciara su relación clandestina con mi mejor amiga. Hoy en día, la madre de Tomoyo ignora aún quién es el novio de su hija, aunque sabe que algo tiene puesto que las madres, en principio, eso lo notan.

Yo aún me encuentro muy sorprendida de que no hayan sido pillada por su madre puesto que no se esconden, ya que muchas veces él la viene a buscar al término de la jornada escolar y la lleva a clase de canto, sin embargo, intuyo, que es mi mejor amiga la que no quiere hacer pública su relación con Lars por temor a que él pierda el trabajo y su madre le prohíba rotundamente volver a verle.

Lars me caía bien, era un chico muy majo y bastante guapo con su pelo corto castaño, su piel pálida y sus ojos verdes, pero había un problema. Desde que Tomoyo estaba con él, ella y yo ya no nos veíamos tanto ni quedábamos cada fin de semana como antes y eso me dolía pues, a pesar de aún contarnos nuestras confidencias y vernos cada día gracias a la universidad, ya no era como antes puesto que a veces ella tenía citas con Lars y yo pues siempre quedaba en un segundo plano. Y dolía. Sentía que Lars me estaba arrebatando a mi mejor amiga poco a poco y casi sin que nos diéramos cuenta. Pero tampoco le podía recriminar nada puesto que, en realidad, era lo más normal.

Los novios van y vienen. Las amigas verdaderas van a estar ahí para siempre; yo era una de esas amigas y ella, para mí, también. Y más la amistad que teníamos Tomoyo y yo; infranqueable, imposible de romper. Aunque la relación de noviazgo de mi mejor amiga provocaba que, a veces, sintiera sensación de claustrofobia ya que la sentía tan lejos que incluso llegaba a pensar que a lo mejor no iba a estar ahí cuando la necesitara, que estaría demasiado ocupada estando con Lars-roba-amigas mientras yo necesitara de su ayuda.

Observé con los ojos cristalinos a mi mejor amiga besarse con Lars. Me mordí el labio, acercándome a ellos con una lentitud exasperante, deseosa de que cuando llegara ya hubieran terminado de haberse demostrado su amor. Por suerte, así fue.

—Hola, Sakura —me saludó Lars con una sonrisa.

—Lars —le sonreí forzada—. ¿Qué tal?

—Ahora muy bien —dijo, afianzando mejor el brazo alrededor de la cintura de Tomoyo.

Miré a mi mejor amiga.

—Bueno, entonces, ¿nos vamos ya? —El rostro de mi mejor amiga se descompuso ante mi pregunta y pude sentir un poco como mi corazón se quejaba. Ya sabía lo que vendría a continuación. No era la primera vez que ocurría y seguramente no sería la última, pero yo no decía nada; nunca decía nada.

—Sé que te dije de estar contigo toda la tarde ya que hoy libras y habíamos planeado un día estupendo, pero no sabía que Lars vendría a verme.

Tragué saliva, sintiendo el sabor amargo de las lágrimas.

—Lo siento mucho, Sakura —ella se mordió el labio inferior, pero yo le sonreí tan bien como pude.

—¡No pasa nada, mujer! —aún seguía sonriendo—. De todos modos, ahora tengo que ir a hablar con mi padre y entre unas cosas y otras, seguro que nuestro día se irá a pique y casi mejor quedar otro día en los que no haya ningún inconveniente —me reí.

—De acuerdo —aceptó Tomoyo. En lo más hondo de mí supe que la Tomoyo de hacía un año se hubiera dado cuenta de la mentira que acababa de decir, de mis ojos cristalinos, de la falsa sonrisa y la risa nerviosa. Me pregunté dónde estaría mi mejor amiga; en qué momento fue que la perdí quizá para siempre.

Tomoyo anteponía su relación a mí. Y me dolía, pero tampoco podía decirle nada, ¿verdad? Me encantaría gritarle una explicación, preguntarle qué le había pasado, exigirle que volviera mi auténtica mejor amiga; aquella que sonreía, aquella que aunque tuviera novio nunca cancelaba un plan conmigo... Sin embargo siempre me callaba consciente de que yo no era quién para reprocharle nada; yo, que siempre había acudido a ella con el fin de que me ayudara para algún problema mío, para cualquier tontería siempre la llamaba. Quizá era culpa mía que Tomoyo hubiera puesto esa distancia palpable entre nosotras.

Quise saber si ella notaba lo mismo que yo.

Y quise saber también si a ella le dolía igual que a mí.

Los vi alejarse mientras yo les despedía con la mano, teniendo una sonrisa petrificada en la cara. Yo siempre iba a estar ahí para mi mejor amiga, pero siempre me preguntaba si ella iba a estar ahí para mí. Me dejé caer contra la pared de la universidad y cerré los ojos. Conté hasta cien y los volví a abrir.

Un día al mes libraba entre semana y había decidido que ese día por la tarde lo iba a pasar con Tomoyo puesto que ella casi nunca podía quedar los fines de semana ya que estaba con Lars (¡qué raro!). Pero al parecer ese novio que tenía siempre se las ingeniaba para fastidiar mis quedadas con mi mejor amiga. La última vez que salí fue para ir a una discoteca (la noche en que acabé en casa del profesor Li) y eso casi no se podía considerar quedada ya que también estaban Naoko, Rita y Chiaru; además, Lars fue quien vino a buscar a Tomoyo puesto que no le gustaba mucho que asistiera a las discotecas y también fue el que insistió en que si yo no deseaba separarme de «ese chico al que besaba desenfrenada» sería por algo y por ese motivo me dejó ahí (esa información me la dijo Chiaru de manera confidencial). La Tomoyo de hace un año jamás me hubiera dejado en la discoteca sola y tampoco permitir que me fuera con él. ¿Y si hubiese sido un perturbado loco en lugar de un profesor algo bipolar?

Lars me caía bien, en un pasado. Ahora veía que acaparaba tanto a Tomoyo que a mí me dejaba fuera del círculo. Y estaba empezando a odiarle porque estaba cambiando a mi mejor amiga en alguien que no me gustaba, en alguien que no se preocupa por sus amigos porque son «lo suficientemente mayores para apañárselas sin ella». ¿Y si yo aún la necesitaba? Ese Lars me estaba arrebatando a mi Tomoyo y yo ni siquiera podía hacer nada puesto que estaba segura que mi mejor amiga se pondría de su lado.

Es lo que ocurre siempre, ¿no? Anteponemos antes a nuestros novios que a nuestros amigos verdaderos y así es como luego nos quedamos solos, sin nadie en quien apoyarte cuando te das cuenta que fuiste demasiado egoísta como para darte cuenta que tus amigos estaban ahí.

Con rabia me puse los patines y empecé a patinar, tratando de aliviar frustraciones. Sin embargo no pude llegar muy lejos puesto que la melodía del circo de mi móvil me obligó a detenerme de golpe. Rebusqué en la mochila hasta dar con él y lo cogí antes de que colgaran.

—¿Sí? —pregunté con voz cantarina.

—¿Sakura? Soy Yukito. —Emprendí de nuevo mi marcha, aunque esta vez dando un paseo—. ¿Tu hermano te ha dicho que montaremos una fiesta en casa este sábado?

—Algo me comentó. Me dijo que asistiera.

—Sí, pero te llamaba para decirte si puedes ir a comprar dos platos hondos grandes de plástico.

—Aún quedan dos días para el sábado, ¿no podréis ir vosotros? —La verdad es que sólo me apetecía ir a mi casa y estar tirada en el sofá viendo cualquier programa basura.

—Tu hermano trabaja todo el día y yo me tengo que encargar de la comida sin contar que también trabajo.

Retuve el suspiro.

—Oh, pero tú trabajas hoy, ¿no? Entonces olvídalo. —Escuché su risa.

Pensé en decirle que lo sentía pero que no podía ayudarlo, sin embargo era consciente de que si me iba hacia mi casa, sabiendo que podía haber prestado mi ayuda y había decidido no hacerlo, me iba a sentir mal durante una semana por lo menos. Quise de darme de cabezazos contra la pared y tener esa conciencia sin remordimientos. Conocía a varias personas con esa consciencia y estaba segura que era magnífica.

—Hoy tengo el día libre y no iba a hacer nada especial —me ahorré de explicarle el detalle de Tomoyo y mi gran plan sustituto sobre tirarme en el sofá—. Compro los platos, ¿y te los traigo?

—Si quieres venirte el día de la fiesta por la tarde, te los traigo y de paso estás con tu hermano. —Lo bueno de Yukito era lo observador que podía llegar a ser y lo atento que se mostraba. Sabía de buena tinta que tanto yo como Toya estábamos muy unidos y a mí me afectaba mucho el no verle cada día ni poder entablar una conversación, aunque la mayoría fueran insultos, con él.

—De acuerdo. Por mí genial —eso sólo me alegró un poquito.


LasConsecuenciasDelAlcohol


Fui patinando con normalidad, manteniendo alejado el mal pensamiento de Tomoyo y ese novio suyo que me alejaba de ella cada vez más y más. Sacudí la cabeza, sabiendo que no era bueno martirizarse por algo que sólo te hace daño a ti mismo y la otra persona es ignorante de tu dolor.

Entré en la tienda casi sin darme cuenta e irremediablemente pensé en que hacía un año Tomoyo siempre me acompañaba a hacer este tipo de recados o al revés. No importaba mientras pasáramos tiempo juntas, pero quizá ése era el problema; me había acostumbrado demasiado a su presencia, a poder contar con ella cuando en realidad siempre llegaba un punto en que el distanciamiento era inevitable... y era la peor sensación del mundo. El sentir que los recuerdos se han quedado en eso, en recuerdos, en algo que no volverá nunca porque las cosas han cambiado.

Pagué los platos y salí de la tienda, deseando con todas mis fuerzas que estuviera nublado y ni un rayito de sol pudiera colarse. Estúpido tiempo y sus ganas de llevarme la contraria siempre.

Me puse de nuevo a patinar lentamente, disfrutando de la soledad que reinaba en esos momentos en la calle. No me extrañaba. Hacía calor; la gente normal estaría resguardada en sus casas, pasándolo bien. Suspiré; en realidad tampoco hacía tanta calor, ni siquiera estaba sudando, pero mi estado anímico no estaba muy arriba, sino más bien hundido en el pozo del cabreo.

Giré la esquina, pero me detuvo de golpe al ver a Shaoran Li apoyado sentado en una mesa de la terraza de la cafetería con la mirada clavada en la acera de enfrente y las manos sobre sus muslos crispadas en puños. Reculé hacia atrás para ocultarme detrás de la pared y poder asomar la cabeza para observar qué o a quién estaba esperando.

¿Que debería haberme dado media vuelta y salir de allí porque no era de mi incumbencia? Pues sí.

¿Que por qué no lo hice? Curiosidad.

Me mordí el labio inferior. Su pelo castaño estaba más revuelto que de costumbre —hecho recalcado que se lo habría despeinado seguramente porque estaba nervioso—, sus ojos ámbar eran más inescrutables que cuando estaba en la universidad y su rostro carecía de todo rastro se sentimiento, incluso no había indiferencia, como un muro en blanco que no te transmite absolutamente nada. Enseguida quise saberle qué le ocurría y si podía ayudarle, pero seguramente me diría que no era de mi incumbencia —cosa lógica— y que me largara.

Pero era tan triste verlo así de impenetrable. Me mordí el labio inferior, ignorando una señora que pasaba en ese momento por mi lado y me dirigía una extraña mirada. ¿Acaso nunca había visto a nadie espiando a alguien?

Entonces, cuando volví a alzar la mirada, lo que vi me dejó petrificada.

—¡Papiiiiii!

Shaoran Li sonrió de verdad, de corazón y se agachó para recibir a un niño de unos siete u ocho años, con un enorme parecido a él, entre sus brazos y abrazarlo contra su pecho, casi aplastándolo. Mi profesor cerró los ojos como si no se creyera qué estaba ocurriendo en realidad, pero no dejó de sonreír.

Se le veía feliz.

Tan embobada estaba mirando esa preciosa escena que casi ni me di cuenta cuando se me resbalaron los patines hacia delante y caí de culo. Sólo me vio un perro que comenzó a mover su cola para que fuera a acariciarle. Pero no estuve mucho tiempo en el suelo puesto que me puse de pie y asomé la cabeza otra vez.

Casi podía percibir la alegría que derrochaba Shaoran.

POV Shaoran

Mi ex novia, Amy, me había llamado el domingo por la mañana para quedar el miércoles por la tarde puesto que Souta no había parado, durante largos meses, reclamar verme, estar con su padre y ella no había tenido otra que aceptar después de berrinches y mal comportamiento. Al principio quise ser orgulloso y decirle algo como «ahora soy yo el que no quiere», pero mi hijo era mi felicidad, la razón por la que no me había abandonado a mi suerte, sino que buscaba un futuro, un trabajo estable y un piso en el que vivir para siempre, para que él viniera y pudiera sentirse cómodo.

Amy y yo comenzamos una relación cuando yo tenía dieciséis años y ella veintiuno —nos llevábamos cinco años de diferencia—, pero a ninguno de los dos nos importaba que yo fuera más pequeño, a pesar de que mi familia se opuso completamente a nuestra relación, yo no la dejé y fuimos felices hasta que cumplí los diecinueve y por un error del destino ella se quedó embarazada de Souta. Decidimos tenerlo ya que sabíamos que no le iba a faltar de nada..., hasta que nuestras familias se metieron por en medio.

Querían que Amy abortara sin querer saber nuestra opinión porque mi madre no quería que yo me fastidiara la vida por un bebé cuando recién empezaba la universidad. Pero a mí eso no me importaba, yo quería ser feliz con mi familia y, hoy día, me pregunto si hubiese logrado serlo si las cosas se hubiesen desarrollado de otra manera. Seguramente es una duda que jamás logré resolver ya que el pasado nunca cambia y, como es lógico, es imposible acceder a él.

«Shaoran, si deseas que seamos felices ven mañana al aeropuerto a las siete de la mañana. He sacado dos billetes. Te esperaré».

«No te preocupes, Amy, ahí estaré aunque tenga que remover cielo y tierra».

Nunca cogimos ese avión.

Al día siguiente Amy decidió que ella iba a encargarse de nuestro hijo y que no deseaba que yo me interpusiera en su camino ni en su vida. Y durante los cortos siete años de Souta muy poco tiempo he tenido para estar con él a solas. A partir de los dos años tuvo que vivir conmigo hasta que cumplió los cinco puesto que Amy tuvo un problema de salud que no le permitía cuidar de nadie más que no fuera de ella misma, pero se recuperó, consiguiendo sobrevivir (nunca me dijo qué le ocurría). A partir de los cinco, volvió con su madre, pero pasaba conmigo todos los fines de semana hasta hace seis meses, donde Amy pidió la custodia total alegando que yo me desentendí del niño cuando él ni siquiera había nacido y que ni siquiera tenía un hogar ni trabajo estable. Era una teoría inestable, pero no cuando presentas la denuncia al juez, que es su padre. Él le dio la razón diciendo que mi modo de vida no era el adecuado para un niño puesto que eso de mudarse dos veces al año, cambiarlo de colegio y tener que encontrar un nuevo trabajo no era bueno para Souta. Lo que ellos no sabían era que si yo me iba de la ciudad era porque a mi hijo le iba mal en la escuela ya que sus compañeros sentía algo parecido a la envidia al descubrir que era capaz de adaptarse al ritmo de la clase a pesar de perder horas de estudio debido a las mudanzas.

Por ese motivo me instalé en Tomoeda y firmé un contrato permanente. Porque sería capaz de cualquier cosa por Souta, incluso mantenerme ligado a un lugar y ser un amargado con todos pues si con eso conseguía que el juez valorara realmente todo lo que estaba haciendo y me daba la custodia de Souta, todos mis esfuerzos habrían valido para algo.

Sacudí la cabeza y me acomodé mejor en la incómoda silla de la cafetería donde había quedado con Amy.

—¡Papiiiiiii! —sentí cómo se me ponía todos los pelos de punta al ver a mi hijo correr hacia mí con una sonrisa en la cara.

Me levanté y me agaché para recibirlo entre mis brazos como una oleada de calor que derritió todos mis muros de frialdad. Sonreí y hundí la cara en su cuello; me parecía irreal tenerlo allí, sujetándolo con fuerza, abrazándolo realmente, no como en los sueños que tengo algunas veces donde se desvanece y no puedo hacer nada para detenerlo.

Lo separé y le acaricié el rostro. En los meses que estuve sin verlo había crecido bastante. La verdad es que Souta se parecía bastante a mí. El color de su pelo era un poco más claro que el mío, reacción de que Amy fuera rubia, tenía la piel pálida, unos ojos ámbar grandes y expresivos, aunque tampoco era de sonreír mucho, sólo cuando era estrictamente necesario. Souta me recordaba a mí de pequeño.

—¿Qué tal estás, Souta? Estás más grande que la última vez —Mi hijo me sonrió abiertamente —lo que me conmovió de verdad, pese a no demostrarlo— y apoyó sus manos sobre mis hombros mientras me observaba con una profundidad que, si no supiera que esa mirada era mía, me pondría los pelos de punta.

—Sí. Papá, te echo de menos. ¿Cuándo podré volver a ir a tu casa? Quiero pasar tiempo contigo.

—No lo sé, hijo —le aparté unos cuantos mechones de la frente.

—Mamá no te deja, ¿verdad? Ella no quiere que esté contigo.

Me entraron ganas de desear que Souta no fuera tan listo, tan perceptivo, tan observador... Parecía que no, pero se daba cuenta de todo. Sabía exactamente que la relación de sus padres no era la misma que la de sus compañeros, pero nunca me había pedido que volviese a casa con Amy, quizá porque era demasiado inteligente para esperar una afirmativa o, simplemente, sabía la verdad. También estaba enterado de que era su madre quien había provocado que sus visitas a mi casa se vieran drásticamente eliminadas.

—Llegaremos a un acuerdo, ya verás.

—No me mientas —ojalá no fuera tan listo—. Le he dicho que quiero pasar tiempo contigo, pero no lo acepta. Dice que eres mala persona.

No dije nada. Quizá no había sido una persona maravillosa durante toda mi vida y que a veces sólo había mirado por mi propio interés, pero si cualquier asunto, incluso los de menor importancia, mezclaba a Souta, nadie, absolutamente nadie, podía decirme que era mala persona.

—Yo sé que no es verdad —dijo muy serio.

No pude reprimirme más y lo volví a abrazar, sabiendo que pronto me lo arrebatarían otra vez y quizá volvería a morir un poquito más.

Escuché unos pasos acercarse lentamente a mí y después detenerse en frente. Alcé la mirada para encontrarme con la mujer que había amado más en toda mi vida, Amy. Su pelo rubio estaba recogido en una coleta, tenía la piel mucho más pálida que antes, su delgadez era casi insoportable, parecía que en cualquier momento una ola de aire se la iba a llevar volando y sus ojos azules estaba ocultos detrás de unas gafas de sol negras.

—Ya lo has visto, Shaoran, ahora tengo que llevármelo.

—Apenas he estado con él —dije, incorporándome con lentitud, sintiendo a Souta pasar los brazos por mi cintura y ocultar el rostro en mi estómago. Le acaricié el pelo en un gesto de ternura.

—Te dije que sólo sería un momento para cumplir los deseos de Souta. No tienes derecho a estar con él.

—Tengo todo el derecho del mundo. Es mi hijo.

—Te desentendiste.

—No me desentendí y lo peor de todo es que lo sabes. Tú deseabas con todas tus ganas creer en que yo no quería a Souta, pero te equivocaste entonces y te equivocas ahora. Me da igual cuánto tenga que sacrificar hasta que el juez decida que puedo pasar el tiempo que me corresponde con mi hijo.

Apretó la correa del bolso y se colocó mejor las gafas, empujándolas con el dedo índice.

—Ya lo veremos —gruñó—. Hoy ha sido una excepción. Vámonos, Souta.

Alzó el brazo, extendiendo su mano.

Souta miró a Amy, luego a mí y de nuevo a ella. Tenía los ojos cristalinos, como si quisiera echarse a llorar en cualquier momento.

—Pero mamá... Quiero pasar tiempo con papá.

—Ya sabes cuál fue nuestro trato —me sorprendí al ver los goterones de sudor que le caían por el rostro a Amy.

Souta suspiró.

—Souta, vete con tu madre —le sonreí exclusivamente a él y me puse de nuevo a su altura—. Ya verás que nos volveremos a ver pronto, además, si necesitas cualquier cosa aquí estaré, ¿de acuerdo?

—¿Lo prometes que nos veremos pronto?

Tragué saliva amargamente.

—Claro.

Me abrazó de nuevo, susurrándome que me echaría de menos, y después me dio un pequeño beso en la mejilla.

Luego lo vi marchar agarrado a la mano de Amy con la cabeza girada para verme. Le sonreí, queriendo que no viese el dolor que me producía verlo partir de nuevo, sabiendo que yo llegaría a mi casa y no estaría revoloteando por allí. Cuando se subieron en el coche y los vi desaparecer me entró la rabia, la impotencia, la tristeza... ¿Por qué Amy no quería tener una custodia compartida? Souta me necesitaba, y yo también le necesitaba a él. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que complicar las cosas de tal manera, produciendo que tanto nuestro hijo como yo y ella sufriéramos? ¿Qué ganaría Amy con todo eso?

Apreté los dientes, me di la vuelta y le di una patada a la silla donde había estado sentado anteriormente. Empujé la mesa con las manos y me alejé de allí, hundiendo las manos en mi pelo. Me acerqué a mi coche medio mareado y me apoyé en él, dejando reposar la frente sobre el techo. Cerré los ojos, deseando ir atrás en el tiempo y volver a sentir el abrazo de Souta. Estaba claro que no podía vivir sin él.

Escuché las ruedas de algo deslizarse por el suelo y abrí los ojos viéndola a ella reflejada en el cristal de la puerta.

¿Por qué me la tenía que encontrar siempre en todos lados? ¿Tendría un imán o algo parecido? ¿Tan pequeña era la estúpida Tomoeda?

—Profesor —¿y por qué me tenía que hablar? ¿Por qué no podía irse con su voz compasiva a otro lado? Giré la cabeza para mirarla—, ¿te encuentras bien?

No me digas que lo había visto todo. Venga, va, hombre...

Después de encontrarme siempre con mi hijo la máscara de indiferencia total le costaba mucho volver a reaparecer en mi rostro y, por mucho que me esforzara en mantenerme inescrutable bajo sus ojos verdes, me fue imposible ocultar la tristeza, de la cual ella se dio cuenta.

—Sí. Buenas tardes, Kinomoto —abrí el coche con un sordo pitido, pero apenas pude abrir la puerta cuando volvió a hablar de nuevo.

—¿Seguro? Es que, bueno, he visto algo y si..., y si quieres hablar pues, aquí estoy.

Apreté los dientes y la miré con el ceño fruncido.

¿Hablar? ¿En serio? Pensé en desquitarme con ella y volcar toda mi frustración contra su persona, pero al verla con los ojos brillantes, las manos delante de su cuerpo agarrando una bolsa de plástico, las cejas levemente fruncidas y mordisqueándose el labio inferior, simplemente no pude. Esa chica derrochaba inocencia y simpatía con cada uno de sus movimientos y gestos; no podía usarla para descargar mi furia y hacerla sentir mal a ella.

Quién sabe; quizá también se me iba un poco la amargura cuando pasaba tiempo con Souta.

—Métete en tus propios asuntos, Kinomoto —le gruñí, viendo la sorpresa enmarcar su hermoso rostro—. Yo no necesito tu ayuda.

O simplemente era un poco menos amargo en mi interior. De cara para fuera seguía siendo huraño.

Dicho esto me metí en el coche, deseando desaparecer de la faz de la tierra. Giré la llave, poniendo el motor en marcha y me alejé de allí lo más rápido que pude, temiendo girar el volante, dirigirme hacia mi alumna y pedirle que me consolara; hacía tiempo que nadie me daba un abrazo de apoyo (sin contar a Mei Ling; ya sabéis que a ella nunca la cuento).

Miré por el espejo retrovisor, comprobando que Sakura aún estaba allí parada, mirando por dónde me marchaba con la pena nublando su cara. Clavé la mirada en la carretera y solté una carcajada amarga.

Seguro que estaba pensando en cómo era posible que un ogro como yo tuviera familia y, aún más, sentimientos.

Yo también me lo preguntaba a veces.


¡Holaaa! ¡Hasta aquí el capítulo 5! ¿Qué os pareció la "sorpresa"? ¿Os la esperabais? ¿No os lo imaginabais? ¿Queréis matarme por ello? Jajajaja. A mí la verdad es que me causa mucha ternura cómo Shaoran cambia ante la presencia de su hijo.

Bueno, no tengo nada de tiempo para explayarme aquí y subo el capítulo rápido y corriendo jajja. Así que espero que os haya gustado el capítulo y me hagáis saber qué os ha parecido.

¡Muchas gracias a todos los que leéis y dejáis un comentario! (Hay un comentario que me preguntó si tenía twitter y la verdad es que no tengo, nunca me ha llamado esa red social xDDD).

¡Nos vemos el próximo jueves!

¡Cuídense!

LadyRubí.