NO MÁS CALCETINES DE LANA

Año tras año, Albus siempre le regala lo mismo, y no es que Poppy no se lo agradezca pero llega un momento en que, a pesar que el invierno se acerca, lo que verdad desea es otra cosa.


Albus Dumbledore era considerado el mejor mago de su generación y uno de los más brillantes de toda la historia. Orden de Merlín de primera clase, especialista en alquimia, transformaciones y legeremancia, Jefe supremo de la Confederación Internacional de Magos y descubridor de los doce usos de la sangre de dragón; haber sido nombrado el más joven representante británico del Wizengamot y conseguir vencer al mago oscuro que aterrorizaba a media europa eran solo algunos de sus muchos logros.

Pero como todo genio, Albus también tenía su punto débil.

Y es que los hechizos de sanación nunca habían sido lo suyo.

Jamás tuvo pericia alguna en dominar los sistemas curativos y tampoco era de los que corrían en busca de ayuda a la primera complicación, de modo que cuando su hermano Aberforth le rompió la nariz en el transcurso de una pelea y no supo cómo arreglarlo prefirió dejar que el hueso soldase solo, motivo por el cual el tabique nasal le quedó desviado de por vida.

Muchos años más tarde su enfrentamiento con Gellert Grindewald se saldó con una victoria y una horrible herida en el muslo izquierdo, que Albus se negó a tratar con la esperanza de que, al igual que la nariz, se acabase curando sola.

Pasaron los días, la herida en lugar de mejorar, empeoró; y cuando fue evidente que estaba infectada, no le quedó más remedio que acudir a San Mungo; donde le obsequiaron con un buen rapapolvo y tres clases de ungüentos diferentes.

Después de la cura de emergencia le dieron el alta médica y prometieron enviarle a su casa a una enfermera para cambiarle el vendaje a diario.

La enfermera resultó ser una joven muy profesional, cuyas visitas transcurrían siempre más o menos de la misma forma. Ella le retiraba el vendaje, le aplicaba las pócimas y colocaba gasas nuevas, lamentando todo el rato que fuese un viejo tan irritante y testarudo. No dejaba de reprocharle que con una visita temprana al hospital habrían podido cerrarle la herida sin dejar marcas, mientras que ahora se vería obligado a convivir para siempre con un fea cicatriz. Por su parte Albus soltaba una risita y le decía que la cicatriz le resultaría muy útil, pues reproducía con total exactitud el mapa del metro de Londres; afirmación ante la cual Poppy rodaba los ojos hasta ponerlos en blanco, imaginando a Albus remangándose la túnica en medio del Londres muggle para mirarse la cicatriz.

Tras hacerle la cura, Albus la invitaba a un té, y los dos se tomaban un agradable rato de descanso charlando sobre lo divino y lo humano. O quizás sería más correcto decir sobre lo mágico y lo muggle.

Para cuando terminó el período de convalecencia, Albus y Pomfrey se consideraban buenos amigos. Desde entonces intercambiaban felicitaciones de navidad, quedaban de vez en cuando para compartir una taza de té acompañada de esas pastas con mermelada de frambuesa, y cada año, sin falta, Poppy recibía en su cumpleaños un par de gruesos calcetines de lana como regalo.

Más o menos unos diez años después de su primer encuentro, Albus fue nombrado director de Hogwards, y cuando al poco tiempo quedó libre el puesto de enfermera, ella presentó su candidatura.

Al enterarse, Albus juntó las yemas de los dedos, la miró de arriba abajo durante un largo momento y luego contestó:

—Lo siento, Poppy. Sé que eres una enfermera excelente, pero no puedo darte el puesto. Todavía no.

Ella podría haber preguntado por qué, o cuándo sería el momento apropiado, pero no era el tipo de persona que hace preguntas. Así que en lugar de eso regresó a su trabajo en San Mungo y Albus contrató a una enfermera recién llegada de Europa del Este. Una mujer de constitución fuerte que tenía bigote, brazos gruesos como troncos y aspecto de haber estado hormonándose desde la pubertad.

Tres años más tarde quiso regresar a su país de origen y Poppy decidió optar de nuevo puesto, obteniendo la misma respuesta que la vez anterior.

En su lugar Albus contrató a una vieja enfermera, tan mayor que a veces le temblaban las manos y le costaba leer lo que decían las etiquetas de los frascos de pociones. No tardó demasiado en pedir la jubilación, entonces Pomfrey volvió a intentarlo y Albus le negó el puesto por tercera vez.

En esa ocasión contrató a una mujer de mediana edad, alta y desgarbada. Durante años desempeñó bien su trabajo, hasta que sin motivo aparente empezó a pedir días libres para ir a Hogsmeade cada vez con más frecuencia. Poco después se fugó con el jefe de la estación de tren, un hombre casado, dejando una nota en la que decía que aquella era su última oportunidad de conocer el amor y que no podía desperdiciarla.

En cuanto la noticia llegó a oídos de Poopy se presentó en el despacho de Albus.

— ¡Poppy! ¡Qué coincidencia! Precisamente estaba pensando en ti —la saludó Albus mientras le tendía un pequeño paquete envuelto en papel de regalo rojo—. Feliz cumpleaños.

— ¡Alto ahí, Albus! —ordenó la enfermera con la mano en alto para advertirle que no se acercase—. Nada de calcetines. Ni se te ocurra regalarme calcetines cuando sabes muy bien que no hay quien atienda la enfermería del castillo. Si de verdad quieres hacerme un regalo de cumpleaños permíteme formar parte de este colegio. Hace años que lo deseo y sabes que estoy capacitada para hacer el trabajo.

Albus volvió a sentarse en su silla de director y al igual que había hecho en el pasado dirigió a su amiga una larga y escrutadora mirada.

—Está bien— aceptó—. El puesto es tuyo. Pero llévate igualmente los calcetines —dijo tendiéndole el paquete—. Ya sabes, se acerca el invierno y nunca se tienen suficientes calcetines de lana.

—Gracias —contestó Poppy tomando los calcetines.

—Y no te olvides de venir esta tarde a tomar el té. ¡A la hora de siempre! —dijo Albus antes de verla salir radiante por la puerta.

Albus dio mentalmente gracias a Merlín por la discrección de la bruja, ya que si hubiera querido saber porqué aceptaba contratarla ahora, y no antes, no habría sencillo darle una respuesta.

Y es que en realidad no había un modo delicado de explicar que la verdadera razón tenía mucho que ver con su aspecto físico. Porque Albus conocía a sus estudiantes, él tambien habia sido joven, y aunque la mujer no encajaba en el perfil de sus gustos, no podía decir lo mismo de los jovencitos que poblaban el castillo. No. Era preferible esperar a que el tiempo hiciera su trabajo y los cumpleaños fuesen pasando uno tras otro hasta que la diferencia de edad marcara una barrera, invisible pero sólida, entre los estudiantes y la enfermera, que correr el riesgo que ella fuera la causa de curiosos accidentes y visitas constantes a la enfermería.

Menos mal que Poppy era perseverante y no dejó de intentarlo.

Y por suerte también era la clase de persona que no hacía preguntas, porque de serlo Albus no hubiera podido contestar sin sonrojarse aun más que en aquella ocasión cuando, muchos años más tarde, ella alabó sus orejeras nuevas.