Si alguien piensa que sacar adelante a una familia de siete hijos no es un trabajo duro, se equivoca. Molly Weasley se encarga de tantas tareas que está más ocupada que el Ministro de magia. Aunque a la larga tiene su recompensa.
Un día cualquiera
Para Molly Weasley todos los días comenzaban prácticamente igual, y aquel no fue la excepción.
Una de las primeras cosas que hacía al levantarse era echar un vistazo al objeto que más apreciaba de todos cuantos había en la Madriguera, un reloj cuyas manecillas no señalaban las horas cronológicas, sino las de sus desvelos o tranquilidad; porque dependiendo del lugar en el que estuvieran situadas ella podía saber si tenía motivos de preocupación o no.
Aquel día todo estaba como debía. Las manecillas de Bill y Charlie marcaban "En el trabajo", las de Arthur y Percy "Viajando" y las de sus demás hijos "En el colegio".
Una vez comprobado, pudo comenzar con su habitual rutina mañanera: recoger la cocina, dar de comer a las gallinas, cambiar las sábanas, hacer la colada, tender la ropa…
Cuando hubo terminado se preparó para ir al Callejón Diagón.
En su última carta George mencionaba algo sobre un fuego accidental. Molly conocía desde hace años el verdadero significado que la palabra "accidental" podía adquirir usada por los gemelos, de modo que por mucho que gritase y les castigara, en el fondo se sentía satisfecha si, como en este caso, las consecuencias más graves se reducían a un par de cejas calcinadas por parte de Fred y una túnica inservible para su gemelo.
No es que George le hubiera pedido una túnica nueva… pero ella tenía muy claro que ninguno de sus hijos andaba precisamente sobrado de ropa. Lo malo es que estaban a final de mes y comprarle la túnica a George supondría, una vez más, hacer malabarismos con el presupuesto familiar.
Por suerte había ahorrado unos sickles con la idea de comprarse el último disco de Celestina Warbeck. Si renunciaba al disco y se olvidaba de aquellas deliciosas pastas de chocolate que tanto le gustaban para acompañar el té, casi tendría suficiente para comprar la túnica. Realmente le hacía mucha ilusión tener ese disco, pero como no le quedaba más remedio que esperar, intentó consolarse pensando que George dejaría pronto el colegio y con un poco de suerte la túnica todavía podría estar en buen estado cuando Ron la heredase.
Y ya que estaba en el callejón Diagón se pasaría también por Slug & Jigger. A principios de mes siempre apartaba algo de su presupuesto mensual para la botica, porque Charlie solía decir que allí fabricaban el mejor ungüento para quemaduras que hubiera probado jamás y a Bill nunca le venía mal algo de loción para protegerse del fuerte sol de Egipto. Ya puestos, también podría comprar un crecepelo suave para las cejas de Fred.
Por la tarde fue a visitar a la tía Muriel.
No disfrutaba especialmente de su compañía pero la pobre tía Muriel estaba mayor y bastante achacosa, y a Molly no le gustaba que pasase mucho tiempo sola, a pesar de que a veces la anciana parecía hacer todo lo posible para que los demás se alejaran de ella.
A la vuelta recogió y planchó la ropa seca, y después cocinó una sopa de calabaza y
pastel de ruibarbo para la cena.
Mientras el pastel se cocía preparó un paquete que envió inmediatamente a Hogwarts, para que sus hijos lo recibiesen a la mañana siguiente a la hora del desayuno. Aparte de la túnica de George metió un par de calcetines que había tejido para Ron con el escudo de los Chudley Canon —y solo Merlín sabía lo complicado que era tejer ese escudo— y una carta para Ginny.
Escribía con frecuencia a todos sus hijos, pero Bill y Charlie ya eran adultos, los gemelos se tenían el uno al otro, y sabía que Ron siempre podría contar con el incondicional apoyo de Harry y Hermione, así que con quien mantenía una correspondencia más fluida era con Ginny.
Quizá porque era una chica, o porque era la más pequeña, o porque Molly no conseguía olvidar lo sola que se había sentido en su primer año fuera de casa y todo lo que aquello supuso.
Aquel era uno de los aspectos de la maternidad con los que más le costaba lidiar. Admitir que siempre habría aspectos en la vida de sus hijos a los que ella, por mucho que lo intentase, no podría llegar. Sufrirían decepciones, habría heridas que tendrían que curar sin su ayuda, se enfrentarían a peligros de los cuales no les podría proteger… Hacerse a la idea era muy duro, por eso intentaba protegerlos tanto como le era posible en aquellas áreas que sí podía controlar.
Cuando Arthur llegó del trabajo toda la cocina estaba ya impregnada por el olor del pastel que seguía en el horno.
— ¿Todavía no estás lista? —preguntó nada más cruzar la puerta.
— ¿Lista para qué?
— ¡Oh, cielos! No quise despertarte esta mañana pero supuse que te darías cuenta a lo largo del día.
— ¿De qué debería darme cuenta?
— ¿Acaso no sabes qué día es hoy?
— ¿Viernes? —preguntó una dubitativa Molly.
— Me refiero a día del mes, querida. Tenemos algo que celebrar…—replicó Arthur
con una sonrisa.
— ¡Oh! ¿Cómo he podido olvidarlo? —exclamó ella abriendo mucho los ojos, haciendo que la sonrisa de Arthur se ensanchara— ¡Halloween! Y no he vaciado las calabazas, y tampoco tengo suficientes velas, ni caramelos…
Arthur negó despacio con la cabeza, como si estuviera ante un caso perdido.
— Halloween es mañana. Me refería a lo que tenemos que celebrar hoy. Feliz cumpleaños "Mollywobbles"—susurró en su oído mientras la abrazaba—. Siempre salimos a cenar fuera en tu cumpleaños, no esperaba que lo hubieses olvidado.
Molly se dejó besar con la esperanza de que el cariño de Arthur la ayudara a sentirse menos estúpida. ¿Cómo había podido olvidar su cumpleaños? Ella, que recordaba los cumpleaños de sus siete hijos, el de Arthur, el de Harry, el de Hermione, el de tía Muriel, el de la tía abuela Tessi y hasta el de aquel lejano primo contable y su insufrible hija Mafalda…
— Pero ya he preparado la cena —dijo cuando se separaron. —Sopa de calabaza y pastel de ruibarbo.
— Así que ese era el olor tan delicioso que he notado al entrar —replicó Arthur olisqueando el aire—. No importa, nos lo comeremos mañana. Hoy quiero salir por ahí contigo. Los dos solos.
— Arthur, de verdad, no sé si podremos permitírnoslo. Hoy he tenido que comprarle a George una túnica nueva y…
— No seas tonta. Me han hablado de un sitio nuevo, dicen que es estupendo y tengo muchas ganas de llevarte. Hace tiempo que planeo esta salida y para ahorrar un poco este mes no he comprado ni un solo enchufe —afirmó con una sonrisa.
Y Molly le contestó con otra, aunque no estaba muy segura de si Arthur hablaba en serio o le estaba tomando el pelo ¿Cuánto podían costar esos cachivaches muggles que él llamaba "enjufles"? ¿Lo suficiente para pagar una cena en ese restaurante nuevo?
Y todavía quedaba otra preocupación. No olvidaba que ella y Arthur ya no vivían solos. En los últimos meses había estado que no cabía en sí de gozo por tener a Percy otra vez en casa, era maravilloso que hubiese entrado a trabajar en el Ministerio, sobre todo después de que sus dos hermanos mayores se hubieran marchado tan lejos nada más terminar los estudidos.
— ¿Y Percy?
— ¡Qué despistado soy! Casi lo olvido. Unos compañeros del Ministerio lo invitaron a tomar algo, dijo que no volvería tarde pero me pidió que te felicitara, que te diera un beso de su parte —depositó un beso rápido en su mejilla— y que te diera esto. Es de parte de los chicos, de todos —aclaró sacando un paquete del bolsillo de su túnica.
Tomó el paquete y lo desenvolvió con cuidado. Al retirar el papel descubrió el último disco de Celestina Warbeck.
En ese momento tres aves golpearon la ventana. Se le enterneció el corazón al reconocer lechuza que Charlie se había comprado en Rumanía, a Hedwig y a un ibis egipcio.
Todos traían felicitaciones y Molly se sintió afortunada. Obviamente aquel no fue para ella un día cualquiera.
Según JK, el cumpleaños de Molly es el 30 de Octubre, víspera de Halloween, de ahí la confusión sobre lo que debían celebrar.
