LA REVELADORA "i" DE PENÉLOPE
Ginny se dirigía sin ganas hacia el despacho de Filch. Cuanto antes llegase, antes comenzaría su castigo diario, y pasarse toda la tarde limpiando pintadas en compañía del conserje no era algo que precisamente encajase en el concepto que ella tenía de pasar un buen rato.
De todas formas no es que pudiera quejarse. Cuando Alecto Carrow la sorprendió huyendo del lugar del crimen y la arrastró tirándole del pelo hasta el despacho de Snape, mentalmente se preparó para lo peor. Se imaginó que daría permiso a Filch para colgarla de los pulgares y azotarla, o que permitiría que los Carrow la frieran a Cruciusen una de esas horribles sesiones ejemplarizantes de tortura que de vez en cuanto ponían en práctica con la intención de desanimar a todo aquel que tuviera en mente oponerse a ellos. Sesiones que, por cierto, tenían escaso éxito. Cuanto más duros y crueles eran los Carrow, más crecía el número de alumnos dispuestos a colaborar en las labores de resistencia.
Quizá ese fue el motivo por el que Snape decidió enviarla con un cubo de agua y un cepillo de raíz a frotar las paredes de piedra hasta hacer desaparecer las pintadas. Era un trabajo duro, las manos dolían y se agrietaban, y todas las noches tenía que sumergirlas en jugo de murtlap para aliviar el dolor, pero las pintadas a favor de Harry y el ejército de Dumbledore ayudaban a mantener el ánimo alto entre los alumnos y solo por eso ya merecía la pena, aunque el castigo de Ginny fuese la versión escolar de lo que se conoce como "cadena perpetua".
A ella solo la habían sorprendido una vez, pero como todo el mundo la imaginaba detrás de cada altercado que se producía en el colegio, los Carrow la enviaban a limpiar cada vez que aparecía una pintada, cosa que sucedía prácticamente a diario.
Se había convertido en una moderna versión de Penélope. Y mientras esperaba con paciencia el regreso de su particular Ulises, las pintadas servían para minar la confianza de sus adversarios. Cada día pasaba horas borrándolas, solo para volver a hacerlas durante la noche.
Suspiró al llegar al despacho de Filch. Al principio de su castigo el conserje no dejaba de incordiarla soltando toda clase de improperios, quejas y reclamaciones sin parar —y eso que no era él quien se dejaba las uñas y la piel frotando— pero a medida que pasaban los días estaba de un humor cada vez más sombrío y últimamente habia añadido a las replicas, gruñidos y resolplidos.
Iba a llamar a la puerta cuando oyó voces y se detuvo con el puño en el aire. El conserje no estaba solo y aunque Ginny no era una fisgona no pudo evitar ceder a la tentación de escuchar. Tal y como estaban las cosas, quién sabe si aquella era su oportunidad de hacerse con alguna información que podría resultarles útil.
—Gracias —oyó que decía el conserje— aunque no es que haya mucho de celebrar últimamente.
—Lo sé. Tampoco a mí me gusta esta situación, pero verá como las cosas mejoran.
— ¿De verdad lo cree? Porque yo me inclino a pensar que cada vez irán a peor. Ya ha visto cómo me miran. No les gusta lo que soy y me desprecian por ello. No de la forma en que lo hacen los alumnos… por insoportables y molestos que sean esos mocosos, bueno, ya sabe… a veces pueden llegar a ser odiosos, pero no como los Carrow. Esta gente es maligna... perversa. A veces me pregunto cuánto tardarán en deshacerse de mí.
—No diga eso, Argus —replicó espantada una voz que Ginny reconoció como la de la señora Pince.
—Sabe que es verdad. Están obsesionados con la "pureza", en cuanto terminen con los hijos de muggles los squibs seremos los siguientes. Y solo Merlín sabe con quién la tomarán después.
Tras la puerta, Ginny hizo una mueca ¿Argus Filch preocupado por alguien que no fuese él mismo o su gata? Eso no había quien se lo creyera...
—No debemos perder la esperanza —en este punto la señora Pince bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Ya ha leído lo que dicen las pintadas, que ese chico, Potter, volverá para enfrentarse a él.
—Cuentos para críos —rezongó Filch y Ginny apretó los puños, sintiendo que la sangre empezaba a hervirle en las venas—. Pero aunque fuera cierto y tuviera intención de volver, no veo qué podría hacer él, no es más que un muchacho.
—Dumbledore confiaba en él y además ahora mismo es un símbolo de esperanza, puede que el único que nos quede. En toda Inglaterra hay gente aguardando una señal, cuando llegue el momento miles de magos y brujas cogerán sus varitas y saldrán a luchar.
—Y morirán —rezongó Filch malhumorado— igual que morirá Potter si se le ocurre asomar la cabeza. Quién sabe dónde estará a estas alturas, si fuera un chico listo hace tiempo que habría abandonado el país.
—Pero usted no lo cree ¿verdad? No cree que él se haya marchado…
Se hizo un silencio y Ginny contuvo la respiración. Estaba claro que no conseguiría ninguna información acerca de Snape o los Carrow, pero estaban hablando de Harry y simplemente no podía dejar de escuchar.
—No —terminó por admitir Filch después de lo que parecieron minutos—. Ese chico es un demonio, igual que lo fue su padre y que lo serán también sus hijos, si es que vive lo suficiente para tenerlos. No es de la clase de personas que se rinden, esté donde esté seguirá luchando, y cuando llegue el momento volverá.
Ginny se sorprendió al descubrir esa esperanza en el apático conserje. Después de todo, ese mismo tipo habia sido el que por voluntad propia se habia unido a la cruzada contra el ED; el que tal parecía tenerle ojeriza a Harry; el que, sin mayor razón, obedecía cada una de las ordenes de los Carrows.
—Brindemos por eso, Argus —propuso la señora Pince— ya que no quiere hacerlo por su cumpleaños. Brindemos por el regreso de Potter y porque el mundo vuelva a ser como antes —Ginny escuchó el amortiguado sonido del chocar del vidrio—. El año que viene nos tomaremos algo en Las Tres Escobas para celebrar su cumpleaños y todo esto no será más que un mal recuerdo.
—O en Cabeza de Puerco— replicó Filch, aunque luego debió arrepentirse porque su voz parecía avergonzada—. Disculpe señora Pince, ya sé que ese no es lugar para llevar a una dama, lo dije sin pensar… supongo que por lo mucho que deseo tomar una copita del orujo que destila el viejo Abe. Un traguito antes de dormir y las noches frías desaparecen. No sé cómo lo hace, pero le aseguro que nunca he probado otro igual, es como si a uno se le calentara el alma, además del cuerpo. Siempre guardaba una botella en mi habitación, pero ahora no podemos salir del castillo ni para ir a Hogsmeade…
Ginny pensó que el conserje había sido afortunado al estar en el colegio bajo el dominio de los Carrows y no tener un poco de su bebida favorita era un precio justo que pagar. No como algunos hijos de muggles que habian sido asesinados, cazados simplemente por ser quien eran.
Mientras limpiaba las paredes borrando sus obras maestras, Ginny reflexionaba sobre lo acontecido y sobre la personalidad del hombre que vigilaba como un buitre todos sus movimientos. No se sintió mal cuando, sin educación, entró al despacho interrumpiendo la conversación de los adultos, tampoco cuando, tras escuchar la cháchara incansable del conserje en contra de los críos maleducados y reboltosos, le contestó que al menos alguien no bajaba la cabeza ni lamía los zapatos de asesinos. Y mucho menos se sintio mal cuando, terminada su labor, zambuyó el cepillo en la cubeta y se alejó sin siquiera desearle buenas noches.
Después de todo, Argus Filch no era un ejemplo de bondad. No era como la profesora McGonagall o la profesora Sprout, que defendían siempre que podían a sus estudiantes y sobre las cuales los mortífagos mantenían una continua vigilancia. Filch disfrutaba con libertad de su trabajo, parecía ser igual de cruel que los Carrows.
Parecía...
Pero despues de todo... ¿No había dicho que esperaba que Harry regresara? ¿No había incluso brindado por ello, a pesar de que poco antes había rehusado hacerlo para festejar su cumpleaños?
Esa noche Argus Filch regresó tarde de hacer sus tareas, solamente su gata le recibió en su habitación. Cuando el conserje se disponía a terminar lo que a su parecer, había sido un dia normal, se llevó una grata sorpresa.
En su mesita de noche, descansaba una botella de aguardiente casero de Abeforth. Pero lo mas extraño no fue saber que alguien había entrado en su habitación, mucho menos la enigmatica nota anónima que descansaba sobre la botella en donde solamente se veía un escueto "Feliz cumpleaños, Señor Filch".
Lo que mas le intrigó al conserje fue la familiar caligrafía con la que estaba escrito.
Porque pasarían muchas lunas antes que pudiera olvidar el estilo de esa i pintarrajeada en cada muro del colegio.
