Capítulo X

Él contaba apenas diez años de edad, vivía en la mansión familiar en Lakewood. Había cierto chico de nombre Steve que cuidaba de los caballos, era unos cuantos años mayor que él. Algunas veces Neal iba a los establos cuando estaba aburrido y lo veía trabajar mientras Steve le contaba alguna de las muchas anécdotas que conocía. Esto lo hacía, desde luego, cuidando que nadie se diera cuenta, sería vergonzoso que alguien lo viera conversando con un criado.

Steve era alto y fornido debido al duro trabajo que había realizado toda su vida, y era un muchacho capaz, que se esforzaba por hacer bien todo lo que se le encomendaba. Por esta razón los patrones le comenzaron a brindar su confianza a tal punto que una tarde Neal escuchó a sus padres hablar de él.

-Steve es un buen muchacho, honrado y trabajador. Se convertirá en un hombre honorable.-decía el señor Legan que era por mucho más sencillo y humano que su mujer.

-Es un buen empleado.-se limitó a decir la señora Legan.

-Me gustaría tanto que Neal se convirtiera en un hombre capaz y honorable.-pensó en voz alta el padre.

Esto bastó para que Neal sintiera crecer en su corazón un rencor incontenible para ese joven que alguna vez encontró agradable. Comenzó a idear la manera de lograr que Steve abandonara la casa, y no solo eso, sino que quedara desacreditado ante todos y especialmente ante su padre. Con el tiempo, se le ocurrió. Una mañana pidió a Steve que preparara su caballo y salió con su hermana a dar un paseo, cuando se encontraban cerca del río, Neal hizo correr más fuerte a su caballo, un precioso pura sangre marrón con su crin y cola claras. Elisa perdió de vista a su hermano y cuando lo divisó se encontraba tirado en el suelo, sangrando de la cara y con el brazo y las rodillas raspadas. Enseguida Neal le dijo a su hermana que revisara al caballo, que algo le había lastimado y por eso lo tiró. Elisa lo hizo y encontró una filosa roca debajo de la silla, la cual le mostró a sus padres una vez que su hermano fue atendido por el médico.

-Tuvo que ser Steve.-dijo Neal a su padre-Él ensilló a Napoleón.

El señor Legan se negaba a creer semejante cosa, pero Neal lloró y convenció a su madre que el mozo de establo había deseado provocar ese accidente. La señora Legan le hizo saber a su esposo su veredicto: Steve tenía que irse sin ninguna recomendación. Solo por intervención del señor Legan no se castigó de otra forma al muchacho. Ese incidente le hizo comprobar la clase de naturaleza que poseía su hijo.

Sentado cerca de un gran ventanal en la casa familiar en Londres, Neil tomaba el té.

-¿Dónde está mi hermana?-preguntó a la sirvienta que rellenaba su taza.

-No la he visto señor.

-¡Pues búscala!-ordenó con su usual tono imperativo el heredero Legan.

-Enseguida señor.-contestó haciendo una reverencia la morena mujer.

No fue necesario, pues en ese momento entraba al salón Elisa, ordenando que le sirvieran el té. Así lo hizo la sirvienta y después de comprobar que no se les ofrecía nada a los dos jóvenes más difíciles que habitaban ahí, se retiró.

-He querido hablar contigo, Elisa. Explícame que es lo que planeas.-comenzó Neil.

-¿A qué te refieres?

-A la cosa más disparatada que has hecho en toda tu vida: me regañaste frente a todos por hablar mal de la huérfana.

Elisa soltó una carcajada que desconcertó a su hermano.

-¡Ah, eso!-tomó un sorbo de té y continuó-Solo un tonto como tú no se da cuenta cuando debe cambiar de estrategia, hermanito.-Neil frunció el ceño ante la ofensa-Por si no lo has notado, el atacar a la huérfana no ha dado los mejores resultados, ella sigue siendo una Andrey y, en vez de humillarla y hacerla quedar mal a los ojos de nuestros queridos primos, conseguimos todo lo contrario. Ellos siguen protegiéndola y queriéndola igual o más, sobre todo Anthony.

-¿Y entonces piensas defenderla, piensas hacerte su amiga? No veo como eso va a lograr quitárnosla de encima.-contestó él dejando a un lado su taza.

-No es solo eso. Pienso usar varios factores a mi favor. Por un lado, le demostraré a Anthony mi buena voluntad al no hablar mal de Candy, y por otro…-sonrió malévolamente-por otro Terrence Grandchester me ayudará involuntariamente a separar definitivamente a Anthony de esa peste. ¡Ay, a ti hay que explicarte todo con peras y manzanas!-agregó al ver la mirada interrogatorio de su hermano.

-Lo que no entiendo es, ¿no te importa el que Candy pueda llegar a ser nada menos que una duquesa?

-¿En que universo crees que algo así pueda pasar? ¡Por Dios! Es imposible que los Grandchester, parientes cercanos de la familia real, permitan que su heredero se case con una arrabalera de origen desconocido. No me extrañaría nada que sus padres fuesen unos delincuentes o vagabundos, eso explicaría su comportamiento. No, los Grandchester jamás la aceptarán, esa no es una opción. Además, ese es un asunto del que nos podremos ocupar después, primero tienen que servir para mis propósitos.

-¡Vaya! Pero si tenemos aquí a la verdadera autora de "El Príncipe"*

-Así es. Más te conviene quedarte a mi lado.


Una sacudida la hizo despertar, era el tren que había frenado al llegar a la estación. Le siguió el distintivo silbido que anunciaba su llegada, acompañado del sonido del metal al rozarse y de la nube de vapor que arrojaba la máquina. Los pasajeros comenzaron a agitarse, a tomar sus pertenencias para bajar del vagón.

Candy apenas si había dormido unas cuantas horas. El estado nervioso que tanto la había atormentado, aumentaba. Seguía pensando que algo iba a explotar en ella. Imposible dormir; pero aquella rigidez de espíritu ya no era tan penosa, era más bien una turbación alegre. Reconstruía en su memoria la conversación sostenida con Terrence la víspera, veía claramente su intensa mirada azul metálico que le confesaba, al mismo tiempo que sus palabras lo que tanto la había horrorizado, pero a la vez, lo que tanto había deseado. Tomó su maleta y bajó del tren, después de sus compañeras. De pronto sintió náuseas, se le había ocurrido que podría encontrarse ahí a Terry y no sabía como actuar, como mirarlo a los ojos después del beso que compartieron.

La estación estaba repleta de gente, pasajeros que llegaban a sus destinos, familiares que los recibían y otros que esperaban para abordar. Las monjas comenzaron a organizar a sus estudiantes para emprender el camino hasta el colegio. Candy, entre la multitud de jovencitas que esperaban instrucciones estaba alzada de puntitas y buscaba con la mirada por todo el lugar. Sus ojos vagaban ansiosos, hasta que se toparon con lo que deseaban ver. A varios metros de ahí, sobre el andén y también estirándose para ver mejor, encontró a Terry.

Él tampoco había podido conciliar el sueño; cuanto más trataba de calmarse, mayor era la emoción que le cortaba la respiración. Sentía en su pecho un ardor desconocido para él, una agitación, una desesperación que no lograba erradicar. El saberse amado aún cuando ella no lo hubiera dicho le volvía pedante, orgulloso y feliz. Todos los que se cruzaran en su camino en ese momento serían para él poco menos que molestos insectos, porque en su pensamiento, solo le interesaba la existencia de aquella rubia pecosa.

Salió del tren apenas hubo llegado a la estación, aquella multitud se le antojaba más estorbosa que nunca. Se estiró para buscar su rostro entre la gente. Y alcanzó a ver al grupo de jovencitas que se encontraba en el lado opuesto del andén. Candy no se distinguía de ellas ni por su vestimenta ni por su figura. Para él, no obstante, era una rosa que se alzaba entre multitud de ortigas, iluminando con su sonrisa todo cuanto le rodeaba. La rubia buscaba a alguien con la mirada, y su corazón saltó de gozo al comprender que a quien buscaba era a él. Sus ojos se encontraron y se quedaron así por no supieron cuanto tiempo, no sonrieron, ni dijeron nada, solo se miraron. Hasta que una monja se acercó a Candy y llamó su atención, ella le contestó algo y la siguió, no sin antes darle una última mirada al castaño que seguía observándola como si nadie más se encontrara en ese lugar. Él tocó el ala de su sombrero en gesto de saludo, pudo ver como ella se sonrojó levemente y de pronto desapareció de su vista, quiso correr a ver si estaba bien al percatarse que se había caído, la muy despistada se tropezó con su maleta pero se puso de pie enseguida con la cara toda colorada y volteando para asegurarse si él la había visto, Terry se controlo para no reír a carcajadas, ella se dio la vuelta con la cara aún roja y se alejó; él se quedó ahí hasta que no pudo verla más.


Llegó a la villa que había pertenecido a su familia por siglos; un antiguo edificio ligado a un antiguo apellido. La encontró igual que siempre, silenciosa, acogedora y con cierto toque sombrío que a él le agradaba. El criado llevó sus maletas hasta su habitación y él se puso a deambular por la casa, aspirando los aromas que tantos recuerdos le traían. Esa villa, según sabía, había sido el escenario de su procreación, tal vez por esa razón, una vez que estuvo separado de su madre, regresaba ahí cada que podía para sentirse en casa.

-¿Cómo es que no me han avisado antes que había llegado, par de cabezas duras?-la voz de la anciana señora Potter que regañaba a la cocinera y el jardinero llegó hasta sus oídos.-¡Oh, por Dios! ¡Mire nada más que grande y guapo está mi niño! ¡Pero si es tan parecido a su hermosa madre, si me permite decirlo, su Excelencia!-las arrugadas manitas tomaban la cara de Terry con la confianza que le daba el haber sido quien le cuidó desde que era una criatura.

-A usted, mi querida viejita, le permito lo que sea; excepto que me llame excelencia.-contestó él besando las palmas de las manos de su nana.

-Pues lo siento mucho, pero yo no le permito que me prohíba llamarlo como le corresponde.-dijo la anciana dando una pequeña palmadita en la mejilla del joven. Él no tuvo más remedio que sonreír, resignado.

Se encontraba en las cuadras con Mark, el hijo de la cocinera que gustaba de cuidar de los caballos y que se alegraba cada vez que Terry visitaba la villa por que le traía golosinas y le contaba historias que para el niño eran tan emocionantes como si Terry fuera un príncipe que tenía el valor de enfrentar dragones y monstruos inimaginables. Le parecía que todo lo que ocurría fuera de su pequeño pueblo era fascinante, como si de otro mundo se tratara. El jardinero apareció en la puerta anunciando que Terry tenía una visita, él puso en los lomos de la yegua la silla que cargaba.

-Termina de ensillarla, ¿quieres Mark?-dijo al pequeño despeinándole el cabello.

-Si Terry.

Cuando estaba por entrar a la sala se detuvo por unas voces que salían a través de la pesada puerta entreabierta, una era la señora Potter y la otra mujer no la había reconocido por que se dedicaba a sollozar.

-Cálmese ya milady.-decía la viejecita.-Él comprenderá tarde o temprano.

-¿Y si nunca lo hace? Tiene razón en odiarme, debí haber peleado contra su padre o quien fuera para mantenerlo a mi lado. Pero en ese tiempo yo era joven y todas las puertas se me cerraron, Richard no me dejó otra opción.-decía entre sollozos la que ya había reconocido como su madre.

Su mirada se volvió dura, su boca se contrajo en una mueca de desprecio. No quería verla, no quería escucharla. ¿Para qué había venido? ¿Cómo se atrevía después del recibimiento que le dio en Nueva York? Él iba dispuesto a olvidar todo, a empezar desde cero, pero ella lo rechazó. Ahora su orgullo no le permitía darle otra oportunidad. Se dio media vuelta y salió por la puerta principal, azotándola. Caminó con paso firme hasta las cuadras y montó a Teodora. Ella lo había escuchado salir e iba tras él, gritándole que la escuchara, él hizo oídos sordos, ni siquiera la miró, salió a todo galope de la propiedad.


-¡Que vista tan maravillosa!-gritó Candy emocionada, asomándose por el balcón de la habitación que compartiría con Annie y Patty. Sintiendo que todo el cansancio de una mala noche de sueño se desvanecía ante la visión de aquel espeso y hermoso bosque y de aquel resplandeciente lago.- ¡Vamos a dar un paseo, estoy ansiosa por recorrer el lugar!

Dos horas después, cansada de esperar a que sus amigas se refrescaran, desempacaran y descansaran del viaje, salió a dar el paseo sola. Ella había hecho todo eso en menos de una hora, tan emocionada estaba por tener la oportunidad de conocer un lugar tan bello como el que se revelaba ante la ventana de su habitación.

-Que quieren descansar…pero si para eso está la noche. Yo no vine hasta acá para estar encerrada, mientras el bosque espera por mí.

Después de saciar sus deseos de trepar a unos cuantos árboles y rodar en la hierba como antaño, caminaba por un sendero sin esperar llegar a algún lugar especial, solo caminaba disfrutando del aroma de las muchas flores que se alzaban en el prado, del sonido de las aves y de los cálidos rayos de sol que entibiaban su piel. Se sentía en su elemento, nada le daba más paz como disfrutar de la naturaleza. En lo alto de una enorme colina vio un castillo de aspecto muy antiguo, rodeado por una firme barda de piedra. Seguramente una de las villas que las familias ricas tenían en el área.

-¿Podrá ser…?-comenzó a preguntarse.

Un jinete salió a todo galope de la villa, ella todavía estaba lejos de la propiedad pero no necesitaba verlo de cerca para reconocerlo. Montando su yegua blanca y con su característico aire arrogante iba Terry; sin embargo notó algo diferente en él, no estaba segura si era su postura, sus movimientos, pero algo le indicaba que estaba muy molesto. Un momento después de él salió una dama muy elegante corriendo desesperada, Candy alcanzó a escuchar lo que esta le gritaba a Terry.

-¡Espera por favor! ¡Terry, hijo!

Terry no se detuvo por más que la mujer le suplicaba hacerlo, resignada, ella regresó a la casa; tenía los ojos llorosos y se llevaba un pañuelo a la cara para limpiarse un poco. Ella no vio a Candy, seguramente debido al estado en el que se encontraba, pero Candy si logró verla, era Eleanor Baker, la famosa actriz de Broadway.

Candy se alejó de ahí, demasiado confundida como para atreverse a esperar por Terry. Fue hacia el lago y se sentó frente a él, recargada en un árbol, con las piernas dobladas y recargando su barbilla en las rodillas. Ansiaba tanto ver de cerca el lago, era más hermoso de lo que se imaginaba, un enorme lago de agua cristalina que brillaba con miles de chispas que reflejaban el sol. Pero ni esa imagen podía calmarla ahora, no la disfrutaba. Ahora no podía pensar en otra cosa que en lo que acababa de presenciar. De pronto todos los detalles del comportamiento de Terry que tanto la intrigaban tuvieron sentido. Por que no convivía con su familia, por que se esforzaba tanto en llevarle la contraria a su padre, por que parecía que llevaba sobre sus hombros una pesada carga, por que a veces tenía esa mirada tan fría, pero también por que le daba la impresión de que él no era más que un niñito en busca de algo de cariño.

Tomó una piedrita que encontró a su lado y la arrojó al lago.

-Terrence Greum Grandchester.-dijo en un suspiro.

-Estoy honrado-dijo Terry a sus espaldas, con lo brazos cruzados sobre su pecho y recargando un hombro en el árbol.-de que pronuncies mi nombre de esa forma. No sabía que pensabas todo el tiempo en mí.

Candy dio un respingo al escuchar su voz, volteó y al verlo se levantó de un salto.

-¡Terry!

-Hola pecosa.

Ella se sentía intimidada por primera vez ante su presencia, no solo por los nervios que le ocasionaba estar cerca de él, sino porque ahora ella conocía su secreto, aunque él no lo supiera. Hubiese querido abrazarlo de solo imaginarse por todo lo que había pasado desde su infancia, todo lo que sufrió para que terminara siendo el rebelde que era, para que acabara bebiendo y causando problemas en un intento desesperado de llamar la atención de su padre. Intentó controlarse, no creía que fuera el momento para hablar de eso, así que buscó otra cosa que decir.

-Por cierto, no asumas nada por que dije tu nombre. Podía haberte estado lanzando un hechizo.-dijo con sonrisa pícara. Él frunció el seño un segundo, pero enseguida recuperó su sonrisa y se frotó la barbilla con sus dedos índice y pulgar.

-¿Un hechizo? ¡Ah, ya veo! Quieres hechizarme para que me enamore de ti. Pero si eso no es necesario pecas.

Ella se quedó callada, con cara de resignación.

-¿Ahora no te enojas? Creo que ya te diste cuenta de la mala impresión que causas.-dijo sabiendo que esto la iba a molestar. Como en efecto sucedió, ella gruñó y se lanzó sobre él con el puño listo para estamparse en su brazo, él rió escandalosamente.

- Yo que vine aquí esperando encontrarte y mira como me recibes…-dijo entre risas.

Ella paró de golpearlo, se sonrojó y se acomodó a su lado como si nada.

-Bueno, en ese caso te perdono.-sintió algo junto a ella y lo tomó para examinarlo-¿es tuyo este libro Terry? Romeo y Julieta de William Shakespeare.-sus ojos se abrieron enormemente y tuvo aquella mirada de alguien que de pronto comprende algo vetado a su conocimiento.- ¿te gusta el teatro Terry?-continuó sin darle oportunidad a contestar a la primera pregunta.

-Si a lo primero, es mío. Y no, no me gusta el teatro.-dijo tajante.

-¡Mentiroso! Has subrayado al menos una frase en cada página. ¿Todavía vas a negarlo?-dijo con su enorme sonrisa y mostrándole el libro abierto. Él la miró y supo que no tenía escapatoria, sonrió resignado.

-Está bien, me gusta. La verdad es que me encanta el teatro. Verás, tú vas a seguir siendo la misma aunque tengas ochenta años.-se interrumpió para aclarar su argumento ante la mirada extrañada de la pecosa-A lo que me refiero es que no podemos escapar a quienes somos, tú siempre vas a ser Candice White, una mona pecosa-esto último lo dijo casi en un susurro, pero Candy lo escuchó y le dio un pellizco-y yo siempre voy a ser Terrence Grandchester…-dijo sobándose el brazo.

-Un malcriado insufrible…-susurró Candy a lo que él no pudo más que sonreír y continuó.

- Pero en el teatro puedes ser quien tú quieras. Un rey una ocasión y a la siguiente un mendigo, un caballero o un bandido, un enamorado o un demonio persiguiendo chicas.-dijo tomando a Candy por los hombros y riendo malicioso.

-¡Hey!-dijo ella dando manotazos, él rió.

-No te preocupes, que los demonios solo buscan chicas lindas.

-Grosero.-gruñó Candy.

Terry continuó hablando del teatro con la mirada puesta en el cielo y los ojos brillantes de emoción. Candy había empezado a conocer cada una de sus miradas: su mirada enojada, su mirada pícara, la triste, la ensimismada, la altanera, la traviesa, la feliz que no con cualquiera mostraba y hasta la celosa, esta última secretamente le gustaba a Candy porque le hacía pensar que en verdad había logrado que ese corazón, que todos creían de piedra, sintiera algo por ella. Candy lo miraba embelesada, le gustaba tanto verlo así de emocionado, de feliz, parecía más vivo que nunca. "Debe traerlo en la sangre"-pensaba la pecosa mientras lo escuchaba.

-Deberías ser actor Terry.

-No.-dijo poniéndose serio de pronto.

-¿Porqué no? Si eso es lo que amas. Se nota en tus ojos cuando hablas de eso. ¿Crees que yo pueda encontrar algo que me emocione como a ti el teatro?-preguntó sonriente haciendo caso omiso a la seriedad de Terry, ella sabía porque se había puesto así pero no podía decirle más.

-Yo creo que podrías dedicarte a lo que más te guste; con que no sea pianista, por que sinceramente tocas horrible.

Ella frunció el ceño como si se hubiera enojado, pero entonces empezó a reír de buena gana y él junto con ella.

-Es cierto, no tengo talento para eso.-admitió.

-Veamos. ¿Dónde podrían aceptar a una mona pecosa? No, lo siento pero no se me ocurre otro lugar que no sea un circo o un zoológico.

-Muy gracioso. Después te quejas porque te golpeo…-dijo con los ojos entrecerrados- Yo quiero hacer algo donde pueda ayudar a la gente.

-¿Ayudar a la gente? ¿Cómo qué? No he visto que la gente se quede atorada en los árboles con frecuencia.-y se rió, ella lo amenazó poniendo su puño en su barbilla.- ¡Ya se me ocurrió algo!

-Más tonterías de monos ¿verdad?

-No, esto es serio. Aquella vez que me hirieron, tú me curaste. Podrías ser enfermera.

-Mmmm…podría ser.-dijo frotándose la barbilla.

Terry la invitó a su villa y los dos fueron en lomos de Teodora. Él galantemente ayudó a montar a Candy para después subir detrás. No recordaba haber disfrutado tanto de una cabalgata. Sentirla tan cerca, rodearla con sus brazos, percibir su aroma a flores y rozar su rizado cabello con su cara. Creía firmemente que su presencia penetraba por cada poro de su piel y se introducía hasta el más recóndito rincón de su cuerpo, fluía por su sangre y nublaba su cerebro. Terry pudo notar como su cuerpo inesperadamente reaccionaba a la cercanía de aquella niña mujer y respiró profundo. Ella estaba tensa y se revolvía inquieta, le ponía sumamente nerviosa estar tan cerca de él. Podía sentir su penetrante mirada sobre ella, el roce de su cuerpo detrás le erizaba la piel en oleadas de calor más intensas que las que le hizo sentir en el festival. Estaba segura que estaba colorada hasta las orejas, se sentía como si tuviera fiebre y con un extraño cosquilleo en el estómago que contribuía aún más a su turbación.

Una vez que llegaron él se apeó primero y tomó a Candy por la cintura para ayudarla, era tan ligera. Candy ya estaba en el suelo pero él no la soltaba, sus miradas se encadenaron y Candy se sonrojó nuevamente. Terry sonrió suavemente y se acercó a su rostro, ella comenzó a temblar como una hoja, pensaba que lo mejor sin duda era no permitir ese beso que sabía se avecinaba, pero no encontraba las fuerzas para hacerlo.

-Terry.-una voz femenina que venía desde atrás de Terry los sorprendió.

Él giró sobre sus talones, dándole la espalda a Candy pero ella no necesitó verlo para imaginar la cara que había puesto al ver a su madre.

-¿Qué haces aquí? Nadie te dijo que esperaras.-dijo grosero.

-Por favor Terry, necesitamos hablar.-suplicó la elegante mujer.

-Yo no "necesito" hablar contigo. Nada de lo que puedas decirme me interesa, así que vete ya.-y diciendo esto tomó a Candy de la mano y la jaló consigo para entrar a la casa.

-¡Terry, entiéndeme por favor!-gritó desesperada Eleanor, tomando el brazo de su hijo. Él se zafó bruscamente.

-¿Qué no entiendes que me dejes en paz?

-¡Terry!-reaccionó Candy al ver la rudeza con que empujó a su madre.- ¡No le hables así a tu madre!

Ambos la vieron asombrados y sin decir palabra.

-Termina ya con las mentiras Terry. Tú amas a tu madre, la extrañas. ¿Por qué no lo quieres admitir? No hay nada de malo en admitir que se ama a alguien.-Terry le dio una mirada llena de significado que ella entendió perfectamente y que no pasó desapercibida para Eleanor. Recuperando su aplomo, Candy se dirigió a la actriz.-Señora Baker, Terry le necesita, solo que es demasiado orgulloso para admitirlo.-dijo mirando de reojo a Terry con reproche-Mire, le gusta el teatro, como a usted.-agregó mostrándole el libro de Terry.

-Candy.-le reprochó Terry.

-No me importa que te enfades conmigo, pero tienes que arreglar las cosas con tu madre. No sabes lo que daría yo por tener una madre que cruzara el océano solo para venir a visitarme. Te aseguro que si mi madre me buscara ahora, no me importaría el hecho de que me abandonó cuando nací, yo la perdonaría. Perdona Terry.-dijo sin poder contener más las lágrimas que brotaban sin control de sus verdes ojos. –Lo siento.-dijo con un hilo de voz y echando a correr.

-¡Candy!-le llamó Terrence.

Ella no volteó, se fue llorando por él y por ella misma. Terry miró entonces a su madre y reconoció la misma mirada triste que le viera el día que fueron separados. Recordó la desesperación que él sintió en ese momento, el vacío que dejó en su corazón y que él se encargó de llenar con rencor. Seguramente su madre no esperaba eso, mucho menos lo deseaba. Probablemente ella fue solo una víctima de las circunstancias, al igual que él. Nunca habían tenido la oportunidad de hablar, de explicar que fue lo que los llevó a tomar esas decisiones con respecto a su hijo. Terry dudaba mucho que su padre algún día estuviera dispuesto a hacerlo, pero ahora ella estaba parada frente a él, le había hecho un espacio en su ocupada agenda solo para hablar con él, dispuesta a explicarse y a ganarse el perdón de su hijo. Y él sentía que ahora si estaba dispuesto a recibir esas explicaciones que nunca pidió pero que siempre anheló.

-Terry, no voy a decirte que yo no tuve ninguna culpa. Yo estaba perdidamente enamorada de tu padre y tú fuiste el lógico resultado, pero la vida, las responsabilidades, el mal llamado deber nos separaron. Él me dijo que tú eras su heredero y que necesitabas recibir la educación adecuada, la educación de un noble, pero para eso teníamos que ocultar que yo soy tu madre. Richard me aseguró que cuidaría de ti, que te daría todo lo que necesitaras, algo que en esa época yo no podía hacer. –Eleanor se detuvo un momento para limpiarse con su pañuelo y tomar aire-Yo era joven y pensé que era lo mejor para ti. Debes creerme mi amor, yo siempre quise lo mejor para ti y pensé que eso lo tendrías al lado de tu padre.

Terry la miraba llorar, sentía su dolor, se enterneció al darse cuenta que al menos ella sentía amor por él, aunque él no pudiera decir lo mismo de su padre. Hubiese querido decirle lo mucho que la había necesitado, cuanto dolor guardó en su corazón pensando que su propia madre lo aborrecía. Hubiese querido gritar para dejar escapar la frustración que sentía en su garganta, arrojarse a sus brazos y llorar como una criatura; pero en vez de eso solo la veía con su rostro inexpresivo. Lo único que delataba su desasosiego era un temblor en su labio inferior apenas perceptible y el continuo parpadeo para evitar que las lágrimas se derramaran.

-Perdóname, mi cielo.-dijo Eleanor acariciando su mejilla y haciendo a un lado un mechón-¡Por favor, perdóname!-agregó lanzándose al cuello de Terry, este la recibió sin objeciones, aunque estaba muy tenso y apenas si la rozaba con sus manos; sin embargo, conforme fue sintiendo el temblor del pecho de su madre a causa del llanto y como su camisa se empapaba con sus lágrimas, su tensión fue desapareciendo y finalmente, después de toda una vida, se sintió amado por su madre y la abrazó, escondiendo su cara en su largo y rubio cabello.


Archibald Cornwell estaba acostumbrado a esas reuniones donde la gente paseaba con sus mejores galas, haciendo alarde de su abolengo y fortuna. Desde que era un niño había visto ese tipo de personas convivir con sus padres, sabía bien como comportarse. Aunque no por eso, de vez en cuando, salía a flote su naturaleza juguetona y temeraria, en otras palabras, a veces no lo podía soportar, se aburría terriblemente. Aquella tarde ocupaba el tiempo en lo que hacía unos años había descubierto era una nada despreciable diversión en esas fiestas: las señoritas. Con su cabello envidiable y sus ojos almendrados, para pocas, si no es que para ninguna, pasaba desapercibido. Estaba rodeado de una variedad de ricas herederas que buscaban ganar su atención; él flirteaba con todas, enalteciendo su ego al ser asediado de esa forma. Pero después de un rato, la charla de aquellas chicas también le aburrió. Se disculpó cortésmente y fue a buscar una copa.

Pasó distraídamente por el balcón, pero un par de figuras conocidas lo hicieron fijarse mejor. Ahí estaba su primo Anthony con una copa en la mano y riendo alegremente con ¿Elisa? Aguzó la vista, creyendo que había visto mal, pero en efecto era Elisa quien acompañaba a Anthony. Buscó a su hermano que se había escabullido de la fiesta y lo encontró en su habitación, ocupado con uno de sus experimentos.

-¿Sabes qué se traen Elisa y Anthony?-preguntó en cuanto cerró la puerta.-Los vi platicando muy amenamente en el balcón y Anthony estaba bebiendo.

- ¿Bebiendo, Anthony? Que raro.-contestó Stear sin desviar la vista del montón de piezas que trataba de armar solo Dios sabe como.

Seguramente Archie esperaba otra respuesta de su hermano, por que suspiró moviendo la cabeza y se fue. Ya entrada la noche se encontró con Anthony y pudo hablar con él.

-Te vi en el balcón con Elisa.-sondeó.

-Si, estábamos charlando.-contestó con naturalidad el rubio.

-Se te veía muy animado, pero me pregunto por que si estabas hablando con esa bruja.

-Archie, no deberías referirte así a ella; después de todo es nuestra prima.-dijo con una sonrisa.

-Para mi desgracia. Pero yo que tú me andaba con cuidado con ella.

-Hablas como si fuera el mismísimo diablo.

-Pues es lo más parecido que conozco.-el rubio rió.-Además no es bueno que te vean tan apartado con ella, ya sabes como son las malas lenguas.

-¡Por Dios, pero si es familia!

-Si, pero lo suficientemente lejana para que te casen con ella.-aseguró Archie seriamente.

-Estás exagerando.-contestó Anthony descartando los comentarios de su primo.

-Eso espero.-dijo el castaño tomando la copa que se le ofrecía.

-Además Archie, todos merecemos otra oportunidad.

Archie sonrió de medio lado y cruzó su pierna, acomodándose en su sillón.-Se puede confiar en las malas personas, no cambian jamás.-dijo convencido de lo que defendía. Anthony rió y tomó otro sorbo a su copa.


Ajustaba los binoculares y buscaba ansiosa no sabía que. "¿Porqué tengo que estar mirando hacia allá? Algo anda mal, algo anda muy mal." -pensaba Candy aunque no por eso dejaba de ver hacia la villa Grandchester. Después del episodio con la madre de Terry había decidido mantenerse alejada, pensando que seguramente ellos dos necesitaban tiempo a solas. Esperaba sinceramente que hubiesen podido arreglar sus malentendidos y que Terry pudiera contar ahora con su compañía y que supiera que ella lo amaba. Candy sabía que él necesitaba aquello.

-Si te viera la hermana Grey te castigaría. Es de mala educación espiar, ¿sabes Candy?-dijo a su espalda Annie con voz traviesa. Candy volteó enseguida, sonrojada.

-¡Que manera de asustar a la gente! Y no estoy espiando a nadie.-se defendió.

-¿Entonces adonde estás viendo tan interesada?-se asomó Patty.

-Nada, el paisaje.-dijo con la sonrisa más natural que tenía. Sus amigas se miraron entre sí y sonrieron.

-Venimos a invitarte Candy.-retomó la palabra Annie.

-¿Invitarme adonde?

-Al lago, a nadar. ¡Vamos!-la jaló emocionada Patty.

Saltó al lago gritando emocionada y riendo a carcajadas. Al contrario de lo que creía, el agua no estaba fría, sino tibia gracias a los rayos del sol que la bañaban. Detrás de ella se arrojaron Patty y Annie, enfundadas las tres en trajes de baño. Jugaron y nadaron a placer en aquel escondido paraíso que sentían les pertenecía solo a ellas. Annie le lanzaba agua a la cara a la pecosa que se defendía haciendo lo mismo, pero de pronto la morena soltó un grito y se sumergió rápidamente en el agua. Las dos amigas frente a ella la miraron desconcertadas.

-¿Qué te pasa Annie?-preguntó Candy. La chica le señaló algo detrás de ella y las Patty y ella voltearon a ver que había puesto así a su amiga. Patty no tardó en hacer lo mismo que su amiga y esconderse en el agua al descubrir que en la orilla, viéndolas con una sonrisa en los labios, se encontraba Terry.

-¡Terry! ¿Qué estás haciendo ahí parado?-le reclamó Candy llevándose las manos al pecho en un gesto pudoroso.

-Había escuchado rumores que en el lago había ninfas, pero no sabía que fueran tres ni que una de ellas fuera tan pecosa.-contestó él con desenfado.

-Y yo había escuchado rumores que los ingleses eran unos perfectos caballeros, pero tú eres la excepción. Los caballeros no espían a las señoritas mientras se bañan.

Terry la recorrió con la mirada sin ningún disimulo, sonrió pensando en su respuesta y comenzó.

-En primer lugar, ustedes no se están bañando, solo retozan en el agua. Y en segundo, no las espío, de ser así no estaría parado a plena vista. Además no he visto nada indecoroso, llevan bastante ropa encima para eso.

Sus palabras provocaron que las tres jóvenes abrieran desmesuradamente los ojos y se sonrojaran violentamente. Candy creyó que su traje de baño a rayas blancas y azules que le llegaba hasta la rodilla, como era usual, había encogido repentinamente y mostraba mucho más de lo que ella quisiera. Terry se quedó mirándolas un momento, serio; pero después comenzó a reír por sus expresiones. Candy se esforzó por hacer a un lado su vergüenza al escuchar su risa, hizo acopio de valor y salió del lago, caminando decidida y mirándolo fijamente. Él dejó de reír cuando vio que se acercaba y lo miraba retadora. Ahora pudo verla en toda su gloria; sus piernas largas y delgadas mostraban aún signos de la niñez recién abandonada, su pecho sin embargo se erguía orgulloso y sobresalía aún debajo de aquel engorroso traje. La tela mojada se pegaba a sus caderas y muslos blancos y redondeados. Su pelo era más largo de lo que creía, así, mojado y suelto, caía libre hasta media espalda y enmarcaba seductoramente su rostro. Es sorprendente cuantos detalles de una mujer puede percibir un hombre en una ojeada, pero él, teniendo enfrente al objeto de su afecto de una forma que nunca imaginó, no podía sino recorrerla de pies a cabeza.

Candy se paró muy cerca de él con los ojos entrecerrados, él solo pudo pasar saliva con dificultad y mirarla embelesado.

-¿Te parece que llevo mucha ropa para nadar?-él no podía creer a sus oídos-¡Pues tú llevarás mucha más!

En un movimiento rápido y teniendo a su favor el elemento sorpresa, lo empujó con todas sus fuerzas mientras por detrás le ponía el pie para facilitar su caída. Funcionó, Terry no se dio cuenta de lo que pasaba sino hasta que sintió que entraba al agua, salió a la superficie pronto y se quitó el pelo de la cara. Las tres chicas reían a carcajadas.

-Pecosa malcriada, ahora vas a ver.-dijo jalando a Candy de vuelta al agua.

Ella se apresuró a salir a flote y comenzó a arrojarle agua mientras él hacía lo mismo, riendo los dos. Él entonces la tomó de los hombros y la hundió unos segundos, después fue su turno.

-¿No piensan ayudarme? –preguntó Candy a sus amigas, mientras aventaba agua desesperada al chico que no le daba tregua. Las otras dos se animaron y comenzaron a participar en el juego. Terry se defendía como podía ante sus tres contrincantes.

-¡Tres contra uno, solo así pueden!-reclamó aunque estaba riendo.

Aquella mañana resultaría ser uno de los recuerdos más preciados para los cuatro. Cuando siendo tan diferentes entre sí, reunieron sus vidas para olvidarse de lo demás. Ninguno de ellos recordó en ese momento sus fantasmas internos; Terry olvidó totalmente la amargura que guardaba en su corazón desde que podía recordar, Patty no recordó la inseguridad con la que había crecido debido al trato frío de sus padres, Annie no pensaba en su tormento de dejar atrás quién era por ser quién quería ser y Candy despejó su mente un rato de su miedo a lastimar a alguien querido, de su inquietud por enfrentarse a una de las decisiones más importantes que había tenido que tomar.


Diario de Archibald Cornwell 23 junio 1912

Otra noche más de compromisos en la alta sociedad inglesa. La tía abuela se empeña en mostrarnos en todo baile y reunión que se organiza. Dice que porque está sumamente orgullosa de los tres, me duele pensar que Candy nuevamente ha sido excluida.

No me extrañaría nada que la tía ya esté pensando en el futuro, preocupándose por quien va a ser nuestra prometida, y por eso se esfuerce tanto por hacernos convivir con todas esas señoritas, herederas de enormes imperios y de títulos nobiliarios. ¡Seguro que a ella le encantaría emparentar con la nobleza! Por mi parte, no estoy interesado, me divierto lo que puedo en esas reuniones, pero nada más. Al pensar así siento una especie de punzada, creo que de remordimiento, por Annie. Ella es muy bonita, delicada, educada y me trata como si fuera una reliquia sagrada. Cualquier hombre diría que no se puede pedir más, pero no sé por que no logra despertar a mi adormecido corazón. ¿Qué clase de mujer necesitaré para eso?


REFERENCIAS:

*Nicolás Maquiavelo (3 may. 1469, Florencia–21 jun. 1527, Florencia) "El príncipe" publicado en 1532.

NOTAS:

Perdón por la tardanza, pero tuve problemas de salud, estuve sumamente ocupada y para colmo casé a mi bebé bola de pelos, así que tuve aquí a su novia haciendo relajo junto con él, pero fue lindo.

Sakura Potter Rowling: Que bueno que estás leyendo mi historia y que te gusta hasta ahora, espero no decepcionarte con esta entrega. Y que linda tu historia de la serie de besos.

Yelibar: Si creo que así es Albert, por eso nos cae tan bien. Saludos.

coquette81: Si, creo que lo del tren era inevitable, yo simplemente seguía escribiendo y las cosas fluyeron practicamente solas. Los pude ver claramente y definitivamente así es como reaccionan.

Roni de Andrew: Me alegró de haber escrito tu capítulo favorito, a mí también me gustó mucho. Espero que los otros no te desagraden. Y no exageres mujer, ¿cuál honor? ¡Ni que yo fuera un maestro como León Tolstoi!

Betsy-pop: si, a mí hasta me quitó el sueño ese besotote. (jejeje)

soratan: Tal vez sea cierto lo que dices, yo creo que el amor no se puede medir, simplemente cada quien ama diferente.

E. Backer: jajaja Me gusta pensar que encontré a mi propio Terry, al menos yo lo veo igual de guapo.

Muchísimas gracias por su tiempo y sus comentarios, no se pierdan el siguiente capítulo, les adelantó que cosas interesantes sucederán cuando los chicos Andrey lleguén a Escocia. ¡Ah! Casi lo olvido, para todas las terrytanas que sé que son muchas, les recomiendo esta página, creo que les gustará la lista de 101 razones (y más) por las que Terry es el mejor.

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