Capítulo XI

"Todas las felicidades se parecen, no obstante los infortunios tienen cada uno su fisonomía particular." León Tolstoi, Ana Karenina.


Con la barbilla recargada en la palma de su mano, Candy miraba al infinito. La hermana Grant les hablaba como cada semana de un pasaje bíblico, esta vez se trataba del éxodo de los judíos de Egipto. Candy sin embargo, se había quedado en la tercera plaga. En ese momento le parecía más interesante recordar a cierto castaño empapado de pies a cabeza.

-¡Candice!-gritó la monja desde su escritorio. La rubia pareció no escuchar, seguía en la misma posición en la que había estado por más de veinte minutos.

-¡Candice White Andrey!-dijo casi en su oído. Hasta entonces se percató de lo que la rodeaba.

-¿Eh? Digo, si hermana Grant.-se levantó al fin.

-Te hice una pregunta, Candice.

-Lo siento, no escuché. ¿Podría repetirla?-dijo apenada.

La religiosa lanzó un suspiro y repitió su pregunta.- ¿Cómo estaba el lecho marino cuando los judíos atravesaron el Mar Rojo?

-¿El lecho marino?-se llevó su índice a los labios-¿arenoso?

Todas sus compañeras comenzaron a reír pero callaron enseguida ante el regaño de la monja, Candy se sonrojó y encogió los hombros.

-Seco Candice, por eso es sorprendente. No has escuchado una palabra de lo que dije, así que en castigo no tendrás tiempo libre hoy. Lo usarás en escribir un ensayo acerca de lo que vimos hoy en clase.

La rubia hizo una mueca de desilusión, ya tenía planes para el tiempo libre y ahora no podría salir. Intentó por todos los medios de convencer a la religiosa de cambiar el castigo, pero mientras más insistía, más convencida estaba la maestra del castigo que le había impuesto; lo dejó por la paz y se retiró a su habitación abatida.

-Seguro que también estaba arenoso.-refunfuñaba por los pasillos.

Se sentó en su escritorio lanzando un suspiro, tomó papel y pluma y se dispuso a escribir su ensayo, recordó que necesitaría la Biblia y fue por la que tenían en el pequeño librero, se volvió a sentar y abrió el pesado libro en Éxodo, cruzó la pierna, la bajó, tamborileó en la mesa con los dedos, desesperanzada comenzó a leer. Casi una hora después había terminado de leer el pasaje pero llevaba apenas tres párrafos escritos.

-Candy, Candy.-irrumpió Patty como torbellino, algo muy inusual en la seria señorita-Te buscan en la barda. Terry te espera afuera del colegio.

A la sola mención de ese nombre, la rubia sintió un nudo en el estómago y un nerviosismo incontrolable, se levantó de golpe de la silla.

-¿Terry?

-Si, te espera allá afuera.-contestó la de anteojos sin poder ocultar su emoción. Desde aquel día en que jugaron en el lago la impresión que tanto Annie como Patty tenían de él cambió, ahora no lo consideraban un delincuente al que era mejor evitar dirigirle la palabra.

–Había juzgado erróneamente a Terry. En realidad es un buen chico.-dijo Annie aquella tarde.

-No es para tanto, no es tan malo.-había dicho Candy fingiendo indiferencia. Sus dos amigas comenzaron a reír.

-No lo veo.-dijo Candy asomándose por el balcón.

-Está del otro lado. Apresúrate.

-Pero no puedo ir. Estoy castigada y aún no termino el ensayo que me pidió la hermana Grant.-hizo puchero y se dejó caer en la cama. Patty entonces la levantó y la llevó hacia el balcón.

-Ve, yo te ayudaré con el ensayo y Annie está allá abajo para asegurarse que nadie te vea cuando escapes.-la animó.

-¿De verdad Patty, pero si se dan cuenta que no estoy?

-Si alguien pregunta por ti les diremos que estás ocupada escribiendo el ensayo. Nadie entra a nuestra habitación. Tú no te preocupes y vete.-la urgió Patty.

-Gracias Patty.-le dio un fuerte abrazo a su amiga.

-Tú harías lo mismo por mí.

Annie le hizo señas a Candy asegurándole que no había nadie cerca y ella descendió aferrada a unas sábanas amarradas del balcón. Ambas fueron sigilosamente hasta la barda y buscaron un árbol que la ayudara a pasar del otro lado.

-Esto es emocionante.-susurró Annie a su amiga. Ella se quedó haciendo guardia para que nadie las sorprendiera hasta que vio a la rubia saltar por la barda.


-Lo dicho, eres un tarzán pecoso.-la recibió Terry. Ella ahora no se enojó, comenzaba a gustar de los apodos que le daba él.

-Tuve que escabullirme, se supone que estoy castigada.-dijo entre risitas Candy.

-¿Por qué no me extraña?-se burló Terrence. -¿Quieres ir a cabalgar?

Ella se quedó callada por que recordó la última cabalgata, fue placentera sin duda, pero la había puesto extremadamente nerviosa. Él pareció darse cuenta de lo que pasaba por su cabeza por que agregó:

-Traje un caballo para ti.

Este comentario provocó que las mejillas de Candy se encendieran al darse cuenta que él sabía lo que había sentido aquel día. ¿Será que él sintió lo mismo?-se preguntó la pecosa y por alguna razón se sintió feliz.

-Vamos.-se decidió y se dispuso a montar el caballo negro que Terry había traído para ella.- ¿Qué es esto? –le preguntó notando unos paquetes que traían los caballos asegurados en sus monturas.

-Eso es deliciosa comida que envía la señora Potter para la pecosa más glotona.-contestó Terry ayudándole a subir.

-¿La señora Potter?

-Si, mi nana. Supo que vendría contigo e insistió en que trajera todo esto para ti.-dijo montando en Teodora.

-¿Me conoce? ¿Pero cuándo me vio?

-Aquel día que fuiste a la villa, desde luego. Tú no la viste, pero ella a ti si. Estoy convencido que esa viejecita es como dios, omnipresente e invisible. Por cierto que se muere por conocerte apropiadamente, supo que fuiste la causante de mi reconciliación con mi madre y ahora seguramente te defenderá con su vida.

-Llévame a conocerla Terry.

-Claro, más tarde iremos y te la presentaré.

La llevó a un claro en el bosque, del otro lado del lago. Candy saltó del caballo, emocionada como una niña pequeña ante la bella visión que se le presentaba. Terry la miraba sonriente. Tendieron sobre la hierba de un verde intenso una manta y comenzaron a sacar lo que había enviado la señora Potter; dulce de frutas, budín, pastel y una especie de salchicha totalmente desconocida para Candy.

-¿Y esto cómo se llama Terry?-preguntó olfateando el alimento. Últimamente Terry había notado que ella decía su nombre como nadie más lo hacía, le imprimía una entonación, una connotación especial, aunque después pensaba que quizás era solo su imaginación la que le jugaba una mala pasada; pero ahora ahí estaba nuevamente, ese modo diferente de decir su nombre que le regocijaba al inglés.

-Eso, mi querida pecosa, se llama salchicha de Aberdeen y es de lo más delicioso que he probado. Claro que tal vez yo no sea el más indicado para hablar de buena cocina, después de todo soy inglés.-dijo en tono irónico.

Candy rió.-Es cierto, la cocina no es precisamente su especialidad. Nunca he probado algo más nauseabundo que el Kidney Pie.-e hizo una mueca de asco.

-¡Ah! ¿Pero qué me dices del de manzana?

-Ese es de mis favoritos, ¿no traerás de casualidad?-contestó con su antojo incontrolable.

-No, lo lamento. Pero creo que te gustará este, es un pastel escocés de limón. El toque especial, desde luego es el whisky.

Candy se abalanzó sobre el pastel, pero Terry la contuvo y la regañó como si fuera su hija.

-Nada de eso señorita, el postre es al final.

No recordaba sentirse así de tranquilo, relajado y con la felicidad inundando su alma desde hacía tanto tiempo que pareciera que nunca había conocido el sentimiento. Comieron y rieron sin parar y pareciera que eran solo ellos dos en el mundo. Y que nacieron conociéndose ya, por que no imaginaban la vida el uno sin el otro.

-Terry.-se dirigió Candy al joven que estaba recostado junto a ella.

-Mmmm.-musitó adormilado.

-¿Cómo te fue con tu mamá?-preguntó volteando a verlo y apoyándose en su codo.

-Bien.-dijo abriendo los ojos y al darse cuenta que esta respuesta tan escueta no satisfacía a la pecosa continuó: Me explicó muchas cosas que yo desconocía y ahora no la juzgo. Creo que no era su intención lastimarme.

-Me alegra mucho.-contestó reafirmando con sus ojos lo que sus palabras decían.

Terry sonrió y se acomodó otra vez y cerró los ojos. Candy siguió observándolo, era tan guapo que parecía perfecto; esa nariz recta y delicada, su barbilla algo cuadrada le hacía lucir tan varonil que podía lucir despreocupado su larga cabellera, sus cejas delineadas y pobladas enmarcaban tan bien sus destellantes ojos, su labio superior era delgado y el inferior un poco más grueso; parecían tan tentadores y más ahora que ya conocía su sabor. La rubia se mordió su propio labio inferior con la mirada fija en esa tentación. Repentinamente él sonrió sin abrir los ojos y ella se quedó helada pensando que la había descubierto.

-¿Porqué sonríes?-preguntó temerosa.

-¿Sabes que puedo sentir como me observas?

-Yo no te observo, estaba viendo una ardilla que está por allá.-dijo toda sonrojada.

Él abrió los ojos y buscó la dichosa ardilla.

-Yo no veo ninguna ardilla.

-Pues no, por que ya se fue. ¿Sabes? La última vez que fui de picnic fue hace muchos años con…-se detuvo un segundo por que recordó que nadie sabía que ella había crecido con Annie en el hogar de Pony-con una niña que creció conmigo en el hogar de Pony.-concluyó cambiando rápidamente el tema.

-Fue un día como hoy cuando fui de picnic con mis padres; no recuerdo mucho, solo me acuerdo de sus rostros sonrientes y que yo me sentía muy feliz y seguro.

-Es un lindo recuerdo.

-Pero es solamente uno.-dijo con un tono un poco melancólico.

-Algún día te bastará, en cambio yo no tengo ninguno de mis padres.-él le regaló una mirada triste y ella en seguida sonrió ampliamente, como siempre lo hacía para ocultar la tristeza que en el fondo le causaba el abandono de sus padres.-Pero ahora te tengo a ti para ir de picnic.-se dio cuenta muy tarde de lo que había dicho y comenzó a trabarse tratando de enmendarlo-Quiero decir que tú… esta vez me invitaste.¡ Te apuesto que no me ganas a trepar a ese árbol!-gritó de pronto y salió corriendo, él la miró desconcertado un momento y después se levantó para darle alcance.

Candy llegó primero y comenzó a trepar, pero los largos brazos y piernas de Terry le ayudaron a llegar más rápido a la copa. Candy entonces se dio cuenta que él era el único que trepaba los árboles con ella, seguro que a él no le gustaba tanto pero lo hacía por complacerla, una cálida sensación la envolvió al darse cuenta de ese detalle.

-Te gané tarzán pecoso, lástima que no apostamos.-dijo tendiendo su mano para ayudarle a llegar hasta él.

-¡Mira que hermoso se ve todo desde aquí! ¡El bosque es tan verde y el lago tan brillante!-dijo emocionada.

-Es natural que todo lo veas hermoso por que estás a mi lado.-contestó él en tono de suficiencia.

-No es cierto, engreído.-dijo aparentando molestia. "Aunque la verdad es que todo me parece tan vivo cuando estoy con Terry."-pensó.

Unas cuantiosas gotas de lluvia comenzaron a caer sin previo aviso y ellos bajaron de la rama en la que se habían sentado para disfrutar del paisaje. Terry se disponía a ir por los caballos cuando vio que la pecosa se había quitado los zapatos y daba vueltas con los brazos extendidos y la cara levantada hacia el cielo.

-Candy, ¿no quieres irte ya? Te empaparás.-le gritó desde cierta distancia.

-De cualquier forma ya estamos empapados, ven Terry.

Él nunca había visto algo parecido, había crecido en un entorno rígido y formal donde la espontaneidad podía ser hasta mal vista. No era que él la viera mal pero tampoco estaba acostumbrado a ella.

-¿Qué es lo que haces?-preguntó acercándose.

-La hermana María solía decirme que se puede conocer a Dios por las cosas que creó; por los animales, las plantas y hasta la lluvia. Creo que Dios es divertido.-explicó dejando de dar vueltas y viendo a Terry con una enorme sonrisa dibujada en sus labios.

-Nunca había escuchado que hablaran así de Él.-dijo sinceramente.

-Si, lo es. ¿Nunca has visto a un cachorro persiguiendo su rabo, o a un gato jugando con su comida? Por eso creo que quien los hizo debe ser alegre.

Por primera vez en su vida Terry veía a Dios como alguien real, casi como una persona. También porque comenzaba a creer que Él se apiadó de su sufrimiento y le envió aquel ángel pecoso.

-Quítate los zapatos.-dijo de pronto Candy.

-¿Qué, estás loca?-se sorprendió el inglés.

-Anda, quítatelos, te gustará.-le urgió la pecosa haciendo a un lado un mechón mojado de su cara.

A regañadientes se los quitó, aunque le parecía lo más descabellado que había hecho en su vida; pero si ya había nadado con ropa por ella, esto no era tan loco después de todo. Al principio sintió frío pero pronto se acostumbró y comenzó a disfrutar del suave masaje que la hierba le daba en las plantas de los pies.

-Alcánzame si puedes.-y comenzó a correr. Él salió detrás de ella; y así, corriendo bajo la lluvia supo qué era la vida.


Llegaron a la villa totalmente empapados y tiritando de frío pero tan felices que no importaba si pescaban un resfriado o hasta pulmonía, había valido la pena.

-¡Dios mío! Miren nada más como vienen, pueden enfermarse.-salió a su encuentro una señora ya entrada en años, bajita y con lentes que Candy reconoció como la señora Potter.

-Señora Potter, ella es Candy.-la presentó Terry.

-Si, ya lo sé. Las presentaciones para después, ahora hay que darles un baño o se resfriarán.-a veces la ceremoniosa viejecita olvidaba el trato excesivamente formal que le daba a Terry y le ganaba el instinto maternal que sentía al ver al joven que cuidó cuando aún no alcanzaba el metro de estatura.

Tan ágil como si tuviera veinte años, la señora preparó el baño para Terry mientras Candy se quitaba la ropa mojada en otro cuarto, enseguida volvió la viejecita y preparó el de ella, insistió en ayudarla, la bañó y secó con sumo cuidado. No era la primera vez que alguien la atendía así, pero no dejaba de sentirse un poco extraña de ser tratada como si fuera de la realeza.

-Es usted tan linda como una muñeca, ya veo porque enamoró a mi niño.-dijo la señora mientras secaba el delgado cuerpo de la pecosa. Ella se sonrojó violentamente.

-¡Oh, la he avergonzado! A mi edad esas cosas son más que obvias a simple vista, pero para los que van empezando son difíciles de comprender. Es normal, no se preocupe niña. Tarde o temprano dejarán de lado la vergüenza y cederán ante su atracción y su cariño, y entonces poco a poco verán que no es tan complicado como parece.

Terry había acabado ya de bañarse y cambiarse y se paseaba nervioso fuera de la habitación donde estaba Candy, se acerco indeciso si tocar o no, pero en ese momento salió la señora Potter con la ropa mojada de la rubia y le dio una mirada recelosa, él se sonrojó.

-¿No le han enseñado, su Excelencia, que no es apropiado husmear en el cuarto de una dama? Así que no intente nada y espere en el salón, la señorita pronto estará lista. Usted tomé el té que Amelia le preparó para que no enferme, ella lo alcanzará.


Tomaba la taza con ambas manos para sentir su agradable calor, después de avivar el fuego de la chimenea, cuando ella apareció en la puerta, ataviada con la bata que Eleanor había dejado para ella, su pelo aún húmedo caía plácidamente sobre sus hombros, sin su peinado habitual y con aquella bata no parecía una niña en lo absoluto. Ella se acercó tímidamente, se sirvió un poco de té y se sentó a su lado. Repentinamente y sin saber porque el ambiente cambió entre ellos, Candy ya no estaba juguetona y risueña como en el bosque, sino tímida y con un leve rubor en sus mejillas que a los ojos de Terry la hacían lucir más hermosa. ¿Será que sabía lo hermosa que lucía y se avergonzaba de ello? O tal vez solo era el murmullo de la lluvia en la ventana y la acogedora habitación con su chimenea y su tenue luz lo que daba más intimidad. La señora Potter apareció con una enorme charola con la merienda.

-Será mejor que merienden junto al fuego para que entren en calor.-dijo sabiendo que eso era muy poco usual para la estricta etiqueta inglesa.

-Muchas gracias señora Potter.-respondió con una sonrisa Candy.

-Estoy para servirle señorita Candy.-respondió haciendo una leve reverencia.

-Llámeme solo Candy por favor.

-De ninguna manera, señorita. Ni con su Excelencia que es tan testarudo he cedido.

-Date por vencida con ella.-intervino Terry.


-Te queda bien la bata que te dejó mi madre.-le dijo Terry ya que acabaron de merendar.

-Gracias, es muy linda.-contestó ella tocando la bata como si fuera algo muy frágil y agachó la cabeza al notar la mirada que Terry le daba.-Annie y Patty estarán preocupadas por mí.

-No lo creo. Van a imaginarse que no llegas debido a la lluvia. No tengo carruaje y no permitiré que salgas mientras esté lloviendo, ya te mojaste bastante.-dijo tocando la punta respingada de la nariz de Candy, ella sonrió y después de un momento se levantó para ir al ventanal a mirar la lluvia. Cerró los ojos cuando sintió que él se colocaba detrás. Terry hubiese querido abrazarla con fuerza pero se contuvo y solo posó una mano sobre su hombro.

-¿Quieres que esperemos juntos el amanecer?-preguntó suavemente, casi en su oído. Ella se estremeció levemente, no se atrevió a voltear ni a hablar, porque temía que su voz delataría su nerviosismo, así que solo asintió con la cabeza.

Candy comenzó a sentir que un sopor le nublaba la cabeza al estar tan cerca de ese joven así que intentó romper el encanto al pedirle que le mostrara el lugar. Con la esperanza de que pudiera dejar de pensar en el beso que habían compartido en el tren. Lo cierto era que ese ambiente tan íntimo le había incrementado el deseo de probar otra vez sus labios. Pero la hermana Grey decía que no era decoroso para una dama el tener esos pensamientos así que ella intentaba a toda costa alejarlos, sin mucho éxito.

Terry le mostró toda la antigua construcción, incluyendo una apartada habitación donde estaba una colección de armaduras que sus propios antepasados habían usado. El interruptor no servía, así que solo alumbraba la luz que entraba por las ventanas y la puerta abierta. Candy recordó cuando estuvo en un cuarto similar en la mansión en Lakewood y se abrazó a si misma, sintiendo un poco de miedo.

-¡Cuidado Candy!-gritó Terry notando el gesto de la rubia y aprovechando la oportunidad para gastarle una broma. Ella soltó un grito aterrado y corrió a sus brazos a lo que él no opuso ninguna resistencia.

-Es uno de los trucos para traer a una chica a tus brazos.-le dijo con una sonrisa coqueta, abrazándola.

-Deja de bromear.-se alejó indignada.

El asunto había empeorado, el estar entre sus brazos, aunque fuera solo un instante, había acrecentado su deseo de estar cerca de él, de sentir nuevamente que le gustaba a ese apuesto hombre y de ilusionarse creyendo que él pensaba en ella al igual que ella lo hacía en él.

Regresaron al pequeño salón donde ya habían retirado el servicio y se sentaron frente a la chimenea, seguía lloviendo. Candy comenzó a juguetear nerviosamente con una cinta de su bata, no sabía que decir. Nunca se había sentido tan nerviosa y tan feliz a la vez. Deseaba que no parara de llover jamás.

-Gracias Terry.-se animó a decir.

-¿Por qué?-preguntó volteando hacia ella, él también parecía algo nervioso.

-Por este día, la pasé muy bien.

-No quiero que me des las gracias. Lo que quiero es un beso.-dijo mirándola intensamente.

Candy se ruborizó enseguida, "Él también lo desea"-pensó. Sonrió suavemente y bajó la mirada.

-Pero cierra los ojos.-dijo sin mirarlo, él obedeció todavía incrédulo de que ella se atrevería a besarlo. Sus sospechas se confirmaron cuando sintió algo muy diferente a sus labios en su boca, abrió los ojos y vio que ella retiraba un bombón.

-Te atreviste a engañarme pecosa.-y se lanzó hacia ella para darle una lección haciéndole cosquillas. Ella reía a carcajadas y se revolcaba desesperada, pidiéndole que parara; cuando por fin lo hizo estaba muy cerca de ella, la miraba seriamente y ella supo que iba a besarla.

-Te morderé como un mono.-trató de zafarse haciéndole las muecas por las que él le llamaba mona. No había escapatoria, él no sonrió ante las caras que Candy le hacía, solo se acercaba lentamente a su rostro, con una mano rozó su mejilla sonrosada, ella misma acercó su mejilla hacia esa mano para que la siguiera acariciando y cerró los ojos, ya no era capaz de pensar en nada más.

Ahí estaba otra vez ese sabor único, esa calidez, ese suave y aromático aliento sobre sus labios. ¿Habría algo más placentero y embriagador que los labios de Terry jugueteando con los suyos? Se entregaron al placer de sentir los besos del otro, Candy aún parecía temerosa e inexperta, pero esto le hacía a él desear aún más esos labios vírgenes. Terry deslizó su mano por la espalda de la pecosa y se le ocurrió que tan solo una fina tela se interponía entre su piel y su toque; se alejó suavemente cuando se dio cuenta que si seguía pronto necesitaría más de lo que podían darse en ese momento.

Ella tenía la mirada baja y las mejillas encendidas cuando se alejó muy a su pesar, estaba avergonzada por aceptar su beso sin más, pero él le agradecía inmensamente que lo hubiera hecho.

-¿Sigue lloviendo?-se levantó Candy y fue hacia el ventanal escondiendo su cara roja.

-¿Ya quieres irte?-la siguió Terry.

-Pues, si. No está bien que me quede aquí.-contestó sin voltear, comprobando que la lluvia no tenía ninguna intención de parar.

-¿Por qué no?

-Por…por lo que acaba de pasar.-contestó ella en un susurro y con la cara todavía más colorada.

-Te prometo que me comportaré, pero no puedes irte así.-la giró suavemente Terry y buscó sus ojos. Ella asintió.

Conversaron hasta bien entrada la noche, sentados frente a la chimenea y no supieron cuando se quedaron dormidos en el enorme sillón pero la señora Potter entró para comprobar que estuvieran bien y los encontró dormidos, Candy acurrucada en los brazos de Terry; la señora sonrió ante la imagen y fue a buscar una manta para cubrirlos.


Las rosas de Lakewood estaban más hermosas que nunca, ella las olía y las miraba encantada cuando alguien la abrazó por atrás, sorprendiéndola. Era Anthony con su dulce sonrisa.

-Están así de bellas porque tú estás aquí.-le susurró al oído. Entonces la hizo girar y le dio un suave, cálido y largo beso en los labios, ella lo recibió gustosa.

Apenas había abierto los ojos y contemplaba el apuesto semblante del rubio, cuando una mano tomó prisionera la suya y le dio un tirón para que volteara y se acercara a él, era Terry. Cuando lo vio ahí parado en el jardín de rosas supo que era un sueño. Buscó a Anthony y comprobó que él seguía ahí, viendo como Terry la tomaba entre sus brazos posesivamente y se sorprendió de que no intentara alejarla de aquel abrazo. Se sintió confiada y dejó que Terry la siguiera abrazando, pensó que tal vez podría tenerlos a ambos.

-Tú también estás aquí.-le dijo ella mientras él acariciaba con la punta de su índice sus labios.

-Siempre he estado aquí, aquí y en cualquier lado donde tú estés.-le contestó él sonriendo enigmáticamente. Entonces comenzó a besar sus mejillas, suavemente se deslizó hasta su frente, sus párpados, su nariz, su barbilla y por último le dio un ligero beso en los labios que la dejó con ganas de más. Ella sabía que estaba soñando pero estos besos se sentían tan reales que sin darse cuenta sonreía.

Cuando abrió los ojos le costó un poco ubicar donde estaba, miró a su alrededor, era una amplia habitación decorada elegantemente y ella estaba tendida en una cama con dosel. Recordó que no fue allí donde se quedó dormida, se sonrojó al acordarse de que se quedó dormida en el salón, con Terry. ¿Cómo había llegado allí? Nadie más que Terry pudo haberla llevado a la cama. Repentinamente se le ocurrió que aquellos besos de su sueño que se sentían tan reales, posiblemente lo fueron.


Él estaba sentado en la cabecera de la mesa y miraba impaciente hacia la puerta. Por fin apareció la pecosa con su vestido que la señora Potter había lavado y planchado. Le sonrió tímidamente y él se preguntó que le pasaba, será que se había dado cuenta que él la llevó cargando hasta la cama. Terry desde luego no podía adivinar que era el sueño que recordaba tan vívidamente lo que tenía apenada a Candy.

Conforme fueron conversando durante el desayuno ella se veía más calmada y volvía a ser la misma jovencita risueña y espontánea. Unas voces elevadas que venían del vestíbulo de la entrada llamaron su atención. Terry se levantó diciéndole a Candy que esperara. Él se sorprendió al encontrar a los primos Andrey acompañados de Patty y Annie. El señor Stevenson, el jardinero, les decía que esperaran ahí mientras se encargaba de avisarle al señor, pero los Andrey, específicamente Anthony y Archie parecían dispuestos a pasar por encima del pobre hombre para entrar enseguida.

-Pero que sorpresa, no esperaba visitas tan agradables a esta hora.-saludó Terry interrumpiendo la discusión.-Buenos días señoritas.-saludó amigablemente a las chicas para reafirmar que no era para ellas su cínico comentario. Ellas lo saludaron y le dieron una tímida sonrisa, antes de mirar asustadas a los jóvenes que se contenían a duras penas.

-¿Dónde está Candy?-preguntó secamente Anthony.

-¿Sabes? Cuando uno llega a una casa se espera que salude al dueño, y más aún cuando llega sin invitación.-contestó él burlón.

Archie se arrojó sobre él y lo tomó por la solapa.-No tengo paciencia para tus tonterías ahora. ¿Está Candy aquí o no?-le dijo cerca de su cara con una mirada furiosa.

Terry se zafó molesto y le dio un empujón.-Te recuerdo que estás en mi casa y si en este momento no te respondo como te mereces es por respeto a las damas. Pero les voy a pedir que se retiren.

-Terry, entiende por favor. Estamos preocupados porque Candy no llegó al colegio anoche, pensamos que tú podrías saber algo.-trató de razonar Stear.

-Si Candy está aquí es como mi invitada y yo no voy a dejar que entren si este salvaje llega gritando y golpeando.-dijo Terry mirando de reojo a Archie que respondió con una mala palabra.

-¿Qué pasa?-se asomó Candy por la puerta detrás de Terry.

-Es lo que quisiéramos saber Candy. ¿Qué pasa, qué estás haciendo aquí?-dijo Anthony con cierto enojo en la voz.

Candy entonces se dio cuenta de lo incómodo y comprometedor de la situación: ella se había quedado a dormir en casa de un hombre, desde luego no había manera de negarlo, ni siquiera disfrazarlo. ¿Porqué demonios llegaron antes de lo previsto?

-Nosotros, yo…-no era necesario dar detalles del picnic así que, trabándose, pero explicó-No dejaba de llover y no pude regresar al colegio.

Anthony se limitó a mirarla con los ojos entrecerrados seriamente, Archie no dejaba de tener los puños apretados.

-Ustedes llegaron antes.-retomó la palabra la pecosa con una sonrisa nerviosa-¿Qué tal el viaje?

-Eres un mal nacido, infeliz.-dijo Anthony a Terry haciendo caso omiso de la rubia.- ¿Cómo te atreves a retener en tu casa a una señorita decente cuando tu familia no está? ¿Crees que te voy a permitir burlarte de nosotros de esa manera?

-Él no me retuvo contra mi voluntad.-lo defendió Candy, Anthony la miró sorprendido.-Es decir, fueron las circunstancias y yo no le veo nada de malo a que Terry se haya mostrado hospitalario.

-¿Así que solo se mostró hospitalario? Quiero creer que es inocencia lo que te lleva a comportarte así Candy.-dijo en tono agrio Anthony, la pecosa lo miró extrañada, pareció no entender a que se refería exactamente el joven.

-Ya te soporté suficiente Brown. ¡Lárgate!-dijo Terry que si entendió el comentario de Anthony.

-Con gusto, pero me la llevo a ella.-dijo tomando la mano de Candy y tirando de ella para salir, Terry la tomó de la otra mano y le impidió llevársela. Ella miraba a ambos hombres con cara de asustada.

-¡Te largas pero sin ella!-dijo el castaño decidido.

-¡Suéltenme los dos!-gritó Candy y se zafó.

-¿Tú quieres irte Candy?-le preguntó Terry mirando con recelo a Anthony.

-Será lo mejor Terry, gracias por todo y despídeme por favor de la señora Potter y los demás.

Y se fue en compañía de sus primos y amigas dejando una sensación de vacío en la casa y el corazón del inglés que se había dado cuenta hasta ahora de lo fría que esa villa podía ser. Pero después de unos minutos de meditación una amargura reemplazó la tristeza. ¿Por qué ella correspondía a sus besos pero en cuanto aparecía su primo se iba tras él? ¿Por qué él tenía que sentirse tan miserable cuando esto ocurría y a ella parecía no importarle? Se sirvió una copa de coñac y maldijo por haber escuchado a la pecosa y ya no comprar cigarrillos.


-Por favor Candy. No te pongas así.-suplicó Anthony a la pecosa que le daba la espalda, indignada.- ¿Es que no entiendes que me preocupo por ti? No quiero que nada ni nadie te afecte o a tu reputación.

-¿Mi reputación?-interrogó Candy mirándolo finalmente.

-Si Candy. Gracias a Dios estamos en un lugar muy poco poblado, pero si estuviésemos en la ciudad, ¿qué crees que diría la gente si vieran que pasas la noche en casa de un hombre que vive solo?

-Me tiene sin cuidado lo que diga la gente.-y volteó la cara en un gesto de desdén.

-Pues tarde o temprano te importará, aunque sea un poco. Candy, ¿qué no ves que solo quiero lo mejor para ti?-dijo él tomando su mentón.

-Pues gracias por tu interés pero no tienes que demostrarlo de esa forma.-su molestia fue cediendo.

-Sé que fui muy rudo, pero no pude contenerme. Cuando vi a ese bastardo abordar el tren temía que se aprovechara de ti, sabiendo que yo estaba lejos, como efectivamente pasó.-dijo como para si mismo y tomando suavemente los hombros de la chica.

-Él no se aprovechó de nada.-respondió enseguida la pecosa.

-¿Lo defiendes?-volvió aquel brillo celoso a su mirada.

-Francamente Anthony ya me estoy cansando de esta situación.-se molestó y se alejó de él.

-Francamente Candy, yo también.

Ella frunció el ceño y se dio media vuelta para irse, pero él la detuvo enseguida, arrepintiéndose de lo que había dicho y como lo había hecho.

-No, espera Candy. Soy un tonto cuando se trata de ti. No puedo evitar ponerme celoso. Perdóname por favor.-dijo tomando su mano.

-Si, te perdono Anthony.-contestó ella sin mirarlo.

-¿Por qué no vamos a la villa a que saludes a la tía?

-Mañana, ahora tengo clase y ya tengo que irme. Nos veremos luego.

-Hasta mañana Candy.-acercó su manita a sus labios y la besó, ella sonrió forzadamente y se fue.


-Quiero hablar contigo.-una voz lo distrajo de su lectura un segundo después de que una sombra se interpusiera entre él y el sol de la mañana. Levantó la vista y una mueca de fastidio se asomó en su boca y su mirada se hizo dura. Pensó en ignorarlo y continuar leyendo pero de ante mano sabía que no serviría de nada. "Tal vez ya sea tiempo."-se dijo para animarse a enfrentarlo.

-¿De qué?-dijo secamente.

-De Candy, como si no lo supieras.-contestó Anthony con sarcasmo.

-Te escucho.-dijo Terry poniendo su libro a un lado.

-Si te encuentras aburrido te sugiero que busques algo más que te entretenga, porque a Candy no la vuelves a molestar o me veré obligado a decirle a su tutor que hable con tu padre para que él tome las medidas necesarias contigo. No se trata de una muchachita de la calle de la que te quieres burlar.-dijo seguro y serio.

Su interlocutor comenzó a reír a carcajadas y él se desconcertó pero enseguida sintió como el enojo invadía su cuerpo.

-Su tutor, mi padre, tú y tu primo el elegante se pueden ir al infierno.-dijo tranquilamente una vez que hubo acabado de reír.

-Será como tú quieras entonces.-contestó Anthony después de unos segundos de mirarlo con desprecio, se disponía a irse cuando Terry le llamó.

-¡Oye!-Anthony volteó por encima de su hombro-¿Para qué inmiscuir a tanta gente, cuándo podemos arreglarlo aquí y ahora, tú y yo?-le dijo poniéndose de pie y levantando la cara, orgulloso.


A orillas del lago las tres amigas disfrutaban de su día libre y comentaban del día anterior. Candy no sabía ya como agradecer a Patty por el excelente ensayo que hizo para ella, la hermana Grant había quedado gratamente sorprendida y satisfecha.

Annie y Patty, por otro lado, se sentían algo culpables por la escena de la mañana anterior en casa de Terry, ellas se vieron forzadas a mostrarles a los Andrey donde estaba la villa Grandchester; aunque de cualquier forma ellos hubieran investigado su paradero.

-Por cierto, ¿dónde estarán los chicos?-preguntó Annie mirando a su alrededor.-Ya deberían estar aquí.

-Es cierto.-estuvo de acuerdo Patty-Vamos a caminar, a ver si los vemos.

El clima y el paisaje de Escocia eran tan placenteros que ninguna quería que las vacaciones terminaran, por mucho que recorrieran ese bosque siempre les sorprendía su belleza. Las tres señoritas, tocadas con hermosos sombreros para protegerse del sol, subieron una pequeña colina por donde atravesaba el camino y desde ahí pudieron ver que no lejos de ahí estaban Stear y Archie parados, vieron un poco más y apareció entonces una figura que cayó pesadamente al suelo, era Anthony y quien lo golpeó era Terry. Candy echó a correr sin decir palabra y sus amigas la siguieron.

-¡Alto! ¿Qué es lo que hacen?-llegó gritando la rubia cogiendo su sombrero para que no se cayera con la carrera.

Los dos contrincantes voltearon de reojo al oír su voz y Terry sonrió casi imperceptiblemente, ambos siguieron concentrados en su pelea. No podía saber cuanto tiempo llevaban ahí pero ambos parecían ya considerablemente maltrechos, sangraban del labio y sus puños tenían algunas cortadas, su ropa estaba hecha un desastre, pero lo que más le asustó a Candy era que en las manos portaban unas espadas.

-Stear.-se dirigió a su primo sin saber como preguntarle por lo que veía, obviamente ella sabía la razón por la que peleaban.

-Cuando llegamos ya estaban peleando, entonces a mi hermano le pareció prudente armarlos con floretes.-y miró de reojo al susodicho.

Ambos jóvenes estaban entrenados en esgrima y ninguno daba tregua a su oponente, los choques metálicos no dejaban de sonar más que cuando, estando cerca alguno aprovechaba para darle un empujón al otro.

-Stear, haz algo.-dijo su novia al joven de pelo negro.

-Pero Patty, ¿yo qué puedo hacer? Sabes que es imposible razonar con unos hombres en ese estado.

Anthony lanzó un ataque frontal y Terry lo detuvo hábilmente con el florete pero para sostenerse firme dio un paso atrás sin darse cuenta de la piedra que se encontraba ahí, la pisó y su pie se dobló, haciéndolo trastabillar hasta perder el equilibrio y caer de espaldas. Todo sucedió muy rápido, Anthony ya había lanzado un nuevo ataque y se dirigía a él con el florete extendido. Al ver esto Candy lanzó un grito desesperado y corrió, nadie supo como llegó tan rápido pero antes que Anthony llegara a atacar a Terry ella estaba de rodillas en el piso, cubriendo al castaño con su cuerpo y abrazándolo. Anthony entonces frenó su embestida echando el cuerpo hacia atrás para impedir que el impulso que llevaba le ganara. Todos se quedaron en silencio un momento, sorprendidos ante la escena; Anthony, desde luego era el más perturbado de todos. Candy volteó su rostro empapado en lágrimas a él, sin soltar a Terry que la miraba sin saber que decir o hacer, seguía en el piso sin moverse.

-Termina con esto Anthony. Ya no más.-le dijo con la voz quebrada debido al llanto.

Él la miraba confundido, se veía tan preocupada, tan desprendida; con las mejillas empapadas de lágrimas y la mirada desesperada. Anthony sintió un agudo dolor en el pecho al tener tan claro frente a él lo que se negaba a aceptar. Se dio cuenta entonces que era inútil negarlo, a pesar de la desesperanza y soledad que esto le hiciera sentir.

-No Candy, ya no más.-contestó lentamente. Bajó la mirada y apretó los párpados.-Tú habías ganado ya Grandchester. Espero que sepas merecerlo.-levantó la cabeza para encontrarse con la azul mirada de Terry y, contrario a lo que esperaba, no había altanería en ella, era una mirada serena. Terry asintió con la cabeza y Anthony se alejó sin decir más.

Los cuatro testigos se quedaron parados y desconcertados un momento, viendo a los protagonistas, después se miraron entre ellos y decidieron que lo mejor era irse también.

Terry continuaba tendido en el piso rodeando con sus brazos a Candy que no paraba de llorar aferrada a su pecho.

-Ya no llores. Nadie iba a resultar muerto con estos floretes.-ella no levantó la cabeza de su escondite en la camisa de Terry.-Candy.-susurró él y tomó su ensortijada cabeza con las dos manos, el sombrero había quedado tirado en el pasto. Terry le dio un beso en la frente y hasta entonces ella se atrevió a mirarlo con los ojos todavía llorosos.

-Me dio miedo que algo te ocurriera.-dijo con una vocecita.

-¿Por qué?-él sabía porque pero quería escucharlo de sus labios.

-Porque…porque no quiero que se lastimen.- ¡Maldición!, la vergüenza otra vez hacia su aparición y le impedía decir la verdad.

Terry la miró con los ojos entrecerrados y sus ojos metálicos pasaron de amorosos a fríos. La apartó sin ninguna consideración y se levantó.

-No merece saborear la miel quien se aleja del panal por miedo a las picaduras de abeja.-le dijo viéndola hacia abajo y se fue con paso ágil. Ella se quedó tirada en la hierba totalmente asombrada, con la boca y los ojos muy abiertos. Cerró los ojos y escuchó con cuidado; Albert tenía razón, su corazón llamaba su nombre. Las palabras del inglés entraron una a una en su cerebro aturdido y sacudiendo la cabeza se levantó con mirada decidida y lo siguió.

-¡Terry!-él la oyó pero no se detuvo.- ¡Terry!-seguía gritando. Le ordenó a sus piernas correr más fuerte hasta que le dio alcance y se paró frente a él, poniendo sus manos en el pecho masculino para detenerlo.

-Eres un tonto Terry. ¿Crees que a una huérfana sin modales como yo, a la oveja negra de los Andrey le va a interesar alguien que no sea un malcriado y testarudo? ¿Alguien que espere que yo sea como todas las señoritas de sociedad, orgullosas de su procedencia y cuidándose siempre del que dirán? No, señor Grandchester. Yo quiero a alguien que me acepte como soy, con manías y defectos, alguien que no espere que me convierta en otra persona por agradarle a la sociedad. Alguien con quien pueda compartir todo lo que pienso, que me escuche y me comprenda aunque discrepe conmigo. Alguien que trepe conmigo a los árboles, que se recueste a mi lado en la hierba y que se atreva a correr descalzo bajo la lluvia. Pero sobre todo alguien con quien pueda ser solo Candy, nada más. Por eso me gustas tú Terry. Y si tú me quieres yo no te pido nada, solo tu corazón a cambio del mío.

Él la escuchaba atentamente y sentía que su corazón se saldría de su pecho con cada palabra que salía de sus rojos labios, sentía la urgencia de tomarla entre sus brazos y besarla pero decidió aprovechar que tenía la ventaja. Con la mirada le hizo saber que hacía falta algo.

"No puede ser, quiere que yo lo bese."-pensó Candy recordando con lujo de detalle su arrebatadora declaración del tren. Pasó saliva nerviosa y se alzó de puntitas para darle un rápido beso en los labios.

-¿Eso es todo? Creo señorita que tendrás que mejorar en materia de besos.-sonrió coqueto y agregó:-Y yo estoy más que dispuesto a enseñarte.

Envolvió su cintura y la atrajo a si, atrapó sus labios y selló con un beso lo que ambos habían dicho desde sus corazones.


Diario de Terrence Grandchester 15 de julio 1912

Cuando creía que todo el horizonte se veía gris y sombrío apareció ella, con su sonrisa deslumbrante y sus ojos de esmeralda. Llegó para llenar todo de esperanza y alegría, para despertar a mi helado corazón de su prolongado sueño. ¿Qué tendrá esa pecosa que provoca que el tiempo pase desapercibido? ¿Qué poder usa para que olvide todo cuándo estoy con ella?

Yo que no creía en el amor, que pensé que solo era un pretexto para escribir hermosos poemas y sentidas obras de teatro, ahora me encuentro preso entre sus garras. Y sinceramente no tengo ningún deseo de escapar.

Su nombre para mi es la melodía más dulce. Candice White Andrey; podría llamarse como fuera, Andrey, White, Smith, da lo mismo; siempre que fuera ella estaría en mi corazón.

Había llegado a pensar que jamás se atrevería a admitir lo que siente por mí, pero hoy lo hizo, lo hizo frente a todos, pero sobre todo lo hizo frente a mí. De la manera más espontánea y natural, como solo ella sabe hacerlo. Por eso la amo, si, no tiene caso esconderlo, la amo. La amo como nunca pensé que llegaría a hacerlo. La amo porque trepa a los árboles, la amo porque sabe lazar, la amo porque no tiene poses, la amo por sus pecas, por sus rizos, por sus deditos que sacan chispas cuando me tocan, por su sonrisa que ilumina todo, la amo así como es porque ella también me ama como soy.


NOTAS:

¿Qué les pareció? Ahora si espero muchos comentarios. ¿eh? Así que las que nunca se han animado a dejar un review ahora es un buen momento. Si no no se preocupen, de cualquier forma les agradezco que sigan mi historia.

Alyshaluz: Gracias por tu review y supongo que estarás feliz con lo que pasó en este capítulo.

Taia himura: Que bueno que ya tienes compu otra vez para que sigas leyendo "Nada más" y en cuanto a Susana, yo también quisiera ahorcar a esa lombriz de agua puerca.

Soratan: Lo de los diarios está inspirado en "Drácula" de Bram Stoker. En este libro toda la historia está narrada por medio de diarios de los protagonistas, artículos de periódicos, memorándums, etc. Yo decidí usar el recurso del narrador omnisciente, es decir, que conoce lo que pasa en la cabeza de cada uno, pero también me gustó la idea de los diarios para conocer de primera mano lo que sienten.

Yelibar: Espero que te haya gustado la página de Terry y en cuanto a los Legan, ya sabes lo que dicen: "todo se paga en esta vida".

Betsy-pop: Si, Terry empapado es una imagen que no se olvidaría por nada. Supongo que te refieres a Anthony en tu comentario, no seas mala, no te burles de sus celos. (jeje)

Gabyea: A ver si logro quitarte el sueño con la declaración de la pecosa.

Me han escrito que a veces aparece el capítulo uno en vez del nuevo, esto es porque a veces tarda en reemplazarse el contenido. Cuando sea así, dense una vuelta más tarde y ya estará el nuevo capítulo.

Por cierto, para lo que tengo en mente necesitaré otros 50 capítulos más o menos (jajaja) no, no sé cuantos saldrán pero espero que no las aburra y siga contando con su gentil atención. Reverencia y hasta luego.

Su amiga:

Nashtinka.