CapítuloXII
Por alguna razón que no alcanzaba a comprender el cielo de esa tarde parecía más luminoso, los colores se veían más intensos que nunca y casi llegó a creer que si se estiraba un poco podría tocar la primera estrella que había hecho su aparición en el firmamento. El olor de la hierba fresca y de las flores invadía sus sentidos y llegaba tan puro que casi lo mareaba, el trinar de las aves que se acomodaban en los árboles dispuestas a dormir entraba a sus oídos como nunca antes, tan fuerte que creyó que un poco más y quedaría sordo. El verde del bosque a sus ojos era más verde y el camino que conocía de memoria y que antes le parecía de lo más común ahora le veía de lo más pintoresco.
De la mano de esa pecosa no podría haber momento malo; se encontraba en un mundo aparte, uno al que solo tenían acceso ellos dos. Ese, su primer encuentro con el amor le hería con toda la potencia de una estocada de la que nunca se recuperaría. Deseó que cada minuto que pasara junto a ella se alargara hasta la eternidad, que no tuviera que separarse más de un metro de ella jamás, que siempre que estirara la mano pudiera acariciar su mejilla salpicada de pecas o tocar uno de sus rubios rizos. Inexperto como era en materia de amor, se preguntaba si lo que sentía era normal, era como si su corazón no le perteneciera más, ahora era de ella, latía por ella.
Él había probado drogas como el alcohol y el tabaco para perder la razón, para darse unas vacaciones de la realidad; pero las sensaciones que estas le provocaban a largo plazo eran decepcionantes y hasta desagradables. Ahora podría decir que estaba como drogado pero con algo que no tendría efectos secundarios desastrosos, algo que le hacía levantar los pies del suelo de manera tan natural como si siempre hubiese sabido volar, que le provocaba en el alma entera violentos estremecimientos seguidos de remansos de paz, una paz que no conoció en ningún otro lado.
Tomó la iniciativa para tomar su mano, ella lo miró y sonrió al mismo tiempo que se ruborizaba un poco; caminaron así, en silencio hasta que divisaron el antiguo convento que había sido remodelado para albergar a las señoritas que tomaban clases ahí. Era una construcción de dos plantas de piedra sólida, como se construían desde la edad media, todavía conservaba aquel aire misterioso de los castillos medievales. Rodeado de una gruesa barda por la que trepaba una enredadera y que mostraba en las uniones de la piedra una capa de musgo que acrecentaba la sensación de antigüedad.
La acompañó hasta ahí, la condujo a una esquina oscura de la barda, donde la luz de los faroles del patio no alcanzaba aunque la oscuridad no se había declarado por completo aún.
-¿De qué color son en realidad tus ojos?-le preguntó Candy mirándolo con dulzura.
-¿Mis ojos, qué no ves su color?-le contestó él divertido.
-Es que a veces parecen cambiar de color, cuando estás enojado se ven de un azul muy oscuro, ahora se ven más claros y creo que con ciertos toques de verde.
-¿Crees? Necesitas verlos más de cerca para definir su color.-dijo Terry bajando la voz y acercándose hasta que sus narices se tocaron.-Más cerca.-susurró y junto sus labios con los de Candy, ella suspiró sintiendo como sus suaves y húmedos labios poseían los suyos. La tomó por la nuca en un movimiento firme y a la vez delicado.
Así era Terry, ante todos parecía tan frío, tan insensible, parecía que lo único que le interesaba eran sus propios deseos, los que buscaba cumplir a costa de quien fuera; tan rudo y seco que ahuyentaba a cualquier persona; a cualquiera excepto una jovencita pecosa que se dio la oportunidad de ver más allá de sus maneras groseras, de su sarcasmo y de su mirada que calaba hasta el hueso y encontró un espíritu acongojado, incomprendido y tierno, dispuesto a entregarse por completo a cambio de un poco de cariño sincero. Pero tan temeroso que prefería esconderse detrás de esa dura coraza y de una máscara de arrogancia para que nunca más lo lastimaran. La vida no había sido muy amable con él y siendo muy pequeño tuvo que aprender a defenderse y sobrevivir y halló que el fingir que no le importaba nadie era un buen método. Al menos había funcionado para que nadie se acercara, hasta que llegó ella y encontró una ínfima rendija en su coraza por donde penetró hasta alcanzar su corazón y posarse en él, a veces acariciándolo dulcemente, otras zarandeándolo para que despertara; hasta que lo logró y le enseñó que era capaz de amar y de despertar amor en otros.
-¿Ya estás segura del color?-dijo separándose.
-No, no pude verlos muy bien.-se atrevió a decir ella toda sonrojada. Él se sorprendió pero sonrió y la complació enseguida, deleitado porque ella lo disfrutaba al igual que él. De repente ella pareció entristecerse, lo pensó un momento, se veía que quería decir algo, lo hizo.
-Debes haber besado a muchas mujeres.-dijo con tristeza pensando en como aprendió a besar así.
Él la contempló con cierto detenimiento.
-No muchas.-respondió por fin-No, no tantas.
-¿Cuántas, pues? ¿Cien? ¿Doscientas?
Al oír esto él echó atrás la cabeza y comenzó a reír. Ella le hizo señas de que se callara o las monjas podrían escuchar del otro lado de la barda.
-¡Vaya con ustedes las damitas!-exclamó-Las seductoras e inocentes damitas. ¡Qué exageradas son sus ideas sobre los hombres! Toma en cuenta que no soy mucho mayor que tú y que he vivido casi toda mi vida en un internado.
-Si, pero te escapabas por las noches.-dijo ella con cierto reproche mezclado con su antiguo tono de tristeza.- ¿Cuántas entonces?-se preguntaba si en verdad quería escucharlo, pero su curiosidad fue más fuerte.
-Así, de pronto, puedo recordar unas cuatro, quizás cinco. Pero ellas no cuentan. Compréndelo pecas, tú eres la única.-comenzó a jugar con uno de sus rizos-Supongo que es algo rarísimo que un hombre encuentre a la mujer única. Y me sucedió cuando te vi por primera vez. Nunca había creído en eso, pero repentinamente comprendí que existía. Esa, pensé. Esa es la única y no otra. Como si…-se detuvo un momento y pareció buscar las palabras apropiadas-como si yo te hubiera soñado tan intensamente, con tanto apremio y deseo como para hacerte nacer. Por eso no quiero que te alejes de mi, pequeño sueño mío, nunca.
Ella lo miró detenidamente y Terry recordaría aún después de muchos años aquella mirada, la primera mirada de verdadero amor que Candy se había permitido darle, ya sin las dudas y culpas que le ataban antes. La pecosa sonrió suave y dulcemente, sin mostrar los dientes como acostumbraba en sus francas y contagiosas sonrisas; tomó un mechón de pelo castaño y lo acomodó detrás de la oreja masculina, después posó su mano en la mejilla de su amado, se acercó y lo besó en la mejilla, llevando sus labios cerca de su oreja dijo quedamente:-Nunca.
-Tengo que entrar ya.-dijo con melancolía y se encaminó a trepar la barda.
-¿Y me dejas así, tan insatisfecho?-la detuvo la voz de Terry.
Candy volteó y lo miró con su cabeza un poco ladeada.
-¿Qué otra satisfacción quieres esta noche?*-contestó y Terry pudo comprobar que Shakespeare verdaderamente describía el amor.
-Que me prometas que mañana nos veremos.-dijo después de un momento, ella sonrió y se acercó otra vez.
-Mañana en el tiempo libre iré a saludar a la tía Elroy, pero si quieres me escaparé después de clases.
-Te esperaré aquí entonces pequeña pecosa.
Le ayudó a subir por la barda, aunque sabía muy bien que ella era una experta y Candy se dejó ayudar aunque no lo necesitara realmente. Antes de que saltara al otro lado Terry tomó su mano y la besó, despidiéndose.
Aquella mañana Anthony despertó sin poder recordar que era el amor ni que era el odio. ¿De verdad importaría? Tampoco estaba seguro si valía la pena amar o si más bien era un desperdicio. Pero, ¿a quién culpar? No tenía caso.
Sus mejores años fueron cuando vivía su madre y su padre no viajaba tanto, los tres constituían una verdadera familia; comían, jugaban y paseaban juntos. Esa existencia, para Anthony, era el ideal de perfección, y su sueño de volver a reanudar esa vida con una familia suya era el que esperaba ver realizado. No estaba seguro si todos los recuerdos que tenía de su madre eran ciertos, la memoria a veces nos hace creer cosas que nunca existieron, como fuera, ese recuerdo le era sagrado, y si algún día se casaba, su esposa, en su imaginación, había de parecerse a ese encantador y adorado ideal.
El amor, para él, no podía existir fuera del matrimonio; iba aún más lejos, pensaba antes en la familia y después en la esposa que debería dársela. En aquella fiesta, cuando vio a Candy vestida como toda una princesa, con un fino vestido de terciopelo verde, creyó que la había encontrado. La mujer perfecta para devolverle la familia que había perdido y en su mente, a pesar de su juventud, había visto pasar toda una serie de acontecimientos que le llevarían a obtener ese anhelo. Sus ideas sobre el casamiento eran opuestas a las de la mayoría de los de su edad, que lo consideraban únicamente como uno de los numerosos actos impuestos por la sociedad, mientras que para Anthony era el acto fundamental de la existencia, de donde emanaba toda la felicidad. ¡Y ahora él se veía en la necesidad de renunciar a ese acto!
Se dejó caer en su sillón con el pijama aún puesto, no tenía deseos de bañarse, ni si quiera de levantarse, mucho menos de comer.
-¿Qué haré?-se dijo recordando los sucesos que habían cambiado su modo de ver la vida-No puedo hacer nada. Pero ahora todo será diferente. Es una imbecilidad dejarse vencer así, tengo que luchar para vivir mejor, aunque ella ya no esté.
-¿Están seguros que la tía me recibirá?-preguntaba Candy desde el asiento trasero del automóvil de Stear.
-Claro Candy, ha preguntado por ti. ¿Cierto hermano?-dijo animado Archie.
-Si.-contestó algo dudoso el de anteojos.
Se hizo un momento de silencio, nadie había hecho ni un solo comentario de lo acontecido cuando Terry y Anthony pelearon, aunque tenían más de una pregunta rondándoles la cabeza. Archie estaba inconforme, no podía creer que su preciada prima, la mujer más hermosa en todos los aspectos que había visto jamás, amara a un hombre como Terry. Ciertamente él no la merecía, pensaba el menor de los Cornwell; sentía temor de solo pensar que ese desalmado lastimara a su gatita, pero lo ocultaba lo mejor que podía para no atormentarla. Stear, por su parte, estaba preocupado también, pero no solo porque Terry fuera sincero con su prima, si no también por Anthony, le preocupaba que al ser tan sensible el chico reaccionara de una manera que le trajera más desgracias que consuelo.
-¿Cómo está Anthony?-se animó a preguntar Candy con preocupación reflejada en su voz.
No obtuvo respuesta por un momento, finalmente Stear habló.
-Él estará bien.-dijo y oró porque fuera cierto.
-¿Él está en la casa?-preguntó otra vez la rubia.
-Si, me parece que si. Pero lo mejor será que no lo busques, al menos por el momento. Dale tiempo Candy, todavía es muy reciente. Necesita asimilarlo, pero ya verás que pronto se dará cuenta que fue lo mejor, se sacudirá la tristeza y volverá a ser tu primo preferido.-dijo dándole el tono más alegre que pudo a sus palabras.
-No es mi preferido tonto, todos lo son.-dijo dándole un jaloncito al pelo de su primo.
-¿Candy, estás segura de tu elección?-preguntó Archie. Ante lo que su hermano le dio un golpecito en la mano y una mirada asesina.
-Si Archie, lo estoy. Sé que no se llevan muy bien con Terry, pero si lo conocieran mejor se darían cuenta que no es como creen. En realidad él es jovial, sincero, amable, sensible.-dijo sin poder disimular su emoción la pecosa.
-¿Jovial, sensible? ¿Estás segura que hablamos de la misma persona? ¿O es que no es tu cabeza la que habla?
-¡Archie! Está bien que lo quiero y dicen que el amor es ciego, pero en este caso no es así. Fue porque encontré todas esas cualidades y más en él por lo que me enamoré. Y tú siendo mi primo y mi amigo le darás una oportunidad, ¿cierto? ¿Qué tal si vamos juntos a la feria que habrá en el pueblo?
-Sería fabuloso Candy, pero, ¿crees que sea apropiado por Anthony? Yo te aseguró que conviviremos más, como te dije, tarde o temprano la tensión tiene que pasar. Por mi parte no me parece que Terry sea malo, es un poco terco y no trata a la gente con mucha delicadeza, pero si tú lo quieres y él a ti, nadie puede ni debe objetar.-concluyó el inventor viendo de reojo a su hermano, con advertencia.
La pecosa suspiró y se echó para atrás en el asiento. Cuanto le gustaría que la situación fuese diferente, que nunca tuviera que elegir entre los jóvenes que la habían cuidado tanto, gracias a los cuales había sido adoptada y el hombre al que amaba con todo su ser y que le estaba abriendo las puertas a un mundo nuevo que vivía dentro de ella y del que no tenía idea de su existencia. Por eso le había costado tanto admitir sus sentimientos hacia Terry, se sentía culpable por dañar a quien ella quería tanto, se sentía como una malagradecida que le daba la espalda a quien le profesaba un enorme cariño. Pero ahora que había descubierto aquel sentimiento nuevo, poderoso, sublime e indescriptible al lado de Terrence, sabía que no podría separarse de él y seguir viviendo, en realidad viviendo.
¿Qué hacer entonces? Le hería el hecho de que Anthony se entristeciera por su causa, pero no por eso se arrepentía de su relación con Terry; esta apenas comenzaba pero ella ya sentía que ocupaba toda su vida y su alma. ¿Realmente habría algo que ella pudiera hacer para evitarle sufrimientos a quienes amaba? Sobre una montaña se erguía el castillo de Edimburgo, que había visitado con las chicas del colegio, viendo su belleza, la de los frondosos árboles y algunos ciervos que salían al camino, estos pensamientos la atormentaban.
Annie Britter tenía problemas en el tercer movimiento de la pieza musical que practicaba desde hacia varios meses. En esa tarde, se sentía apesadumbrada e intentaba alejar sus pesares o al menos olvidarse de ellos un rato en compañía de Beethoven y su famosa sonata "Claro de luna". Frente a un piano se sentía capaz, pensaba que en algo tenía talento e incluso se permitía hacer a un lado su inseguridad y el precario concepto que tenía de sí misma.
Había recibido carta de sus padres, avisándole que no podrían encontrarse con ella en varios meses por cuestiones de trabajo de su padre, que como usualmente lo hacía, solo le enviaba sus saludos por medio de su madre. La señora Britter decía amar profundamente a su hija adoptada y continuamente le procuraba toda serie de lujos y caprichos, pero lo que alteraba a Annie en ocasiones era su constante acoso, diciéndole a su hija que debía recordar el apellido que portaba y comportarse como toda una princesa; Annie llegó a pensar que lo que más le interesaba a los Britter era tener alguien a quien dejarle su legado, una muchachita convenientemente entrenada para que los señores pudieran presumir frente a sus conocidos, y desde luego no ser excluidos del círculo que formaban todas las parejas de su edad que ya tenían uno o varios hijos y que gustaban de planear alianzas familiares que se sellarían con los matrimonios de su prole. Además de esto, Anne no podía olvidar el hecho de que no fue ella la elegida originalmente por el que ahora era su padre, sino Candy. Ese recuerdo la hería y le llevaba a albergar cierto recelo y resentimiento en su corazón. Si no fuera porque su amiga no aceptó ser adoptada, con tal de no alejarse de Annie, probablemente ella ahora seguiría en el orfanato, sin esperanzas de tener una familia; pero Annie si aceptó porque lo que más deseaba era tener unos padres que la amaran y cuidaran, pensaba que solo de este modo encontraría la felicidad que anhelaba, lo cierto era que ahora tenía padres, riquezas, todo lo que pensó que podría desear y más y aún así no se sentía feliz.
Archie le había dicho que irían a dar un paseo, sin embargo se había ido con su hermano sin decir adonde y ella seguía esperándolo, ilusionada por salir con él, pero con la sospecha de que no sucedería. La morena volteó sonriente hacia la puerta del salón al oír que alguien había entrado, pero su sonrisa se desvaneció al darse cuenta que no era la persona que ella esperaba.
-Parece que no te da mucho gusto verme.-dijo Anthony sentándose en el sofá junto al taburete donde estaba Annie.
- No es eso Anthony, es que pensé que era alguien más. Perdóname.
-¿Esperas a Archie?
-Si-contestó ella con voz triste.
-Sigue tocando, lo haces realmente bien.-intentó animarla Anthony al notar su estado de ánimo.
-¿Lo crees?-preguntó Annie con ojos brillantes.
-Por supuesto que si, tienes mucho talento Annie. ¿Te molestaría tocar para mí?
-Me encantaría.-dijo y comenzó a tocar, pero después de unos minutos dejó caer las manos en las teclas, derrotada.-No puedo, así no es. No es verdad que tengo talento, en esto tampoco lo tengo.-dijo con su pelo cubriéndole en parte la cara.
Anthony se sentó junto a ella y colocó una mano en su hombro, ella se quedó en la misma posición por un rato hasta que esa mano confortándola le dio confianza y miró al joven a su lado.
-Si puedes, yo te ayudaré.-le dijo Anthony con su suave voz.-La dificultad de este movimiento es muy elevada; es un presto agitato que consta de rápidos arpegios, es una hazaña musical, pero juntos lo haremos; yo tocaré la izquierda y tú la derecha.
La joven comenzó a tocar algo temerosa pero la compañía y sonrisa de Anthony le infundieron fuerza y pronto sonreía tocando con pasión, le sonreía al chico rubio que tenía el corazón tan grande que animaba a alguien que conocía vagamente a pesar de que él mismo necesitaba ánimo y consuelo. Sabía por lo que había escuchado de sus allegados que Anthony era amable y considerado, que tenía nobles sentimientos y era un amigo incondicional pero hasta ahora había tenido la oportunidad de comprobarlo en carne propia. Ella no esperaba que nadie la entendiera, mucho menos que la consolará o le ayudará a valorarse un poco más; y el contar ahora con la amistad de un hombre como él la alegraba y le hacía pensar que no era tan insignificante después de todo.
-¿Lo ves? Nos quedó muy bien.-decía Anthony sonriente cuando oyeron a Archie que entraba a la habitación.
-¡Archie!-saludó Annie ruborizada y sonriente, más de lo que había estado en mucho tiempo.
-Ah, aquí están.-contestó Archie haciendo patente que no esperaba encontrarlos-Me voy con Stear al pueblo, nos veremos en un rato.-dijo dando la vuelta para retirarse.
-Archie, ¿no iríamos a pasear?-se levantó Annie.
-¿Eh? Si Annie, cuando vuelva, lo que quiere hacer Stear no es nada divertido; no tardaremos.-y se fue dejando a Annie parada viendo a la puerta por donde acababa de salir el único hombre que había llamado su atención. Desde la primera vez que lo vio pensó que no encontraría jamás nadie tan apuesto y carismático como él, sus ojos almendrados y su clara cabellera la fascinaron y aunque creía que un hombre como él no pondría sus ojos en una jovencita flaca y sin gracia como ella no se permitió sacar de su mente aquella figura que desde entonces se convirtió en su sueño.
Se sentó nuevamente en el taburete desde donde Anthony la veía con cautela, ella se quedó mirando las teclas blancas y negras sin decir nada.
-Annie.-rompió el silencio Anthony y cubrió con su mano la delgada mano de Annie-¿Archie y tú son novios?
La chica lo miró al fin, avergonzada.-Él no me lo ha pedido.-contestó lentamente.
-Archie debe estar ciego para no darse cuenta del tesoro que eres; cualquier hombre se sentiría feliz y orgulloso de tenerte a su lado. No debes estar triste, tus ojos se ven mucho más lindos iluminados por la felicidad.
-¿Tú tampoco vas a estar triste ya? Lo que pasó con Candy no quiere decir que no habrá una mujer para ti, una que te amará muchísimo y que no mirará a nadie más.-correspondió a la sonrisa que Anthony le daba y no retiró su mano cuando él la acarició levemente con su pulgar-Terry es muy guapo pero tú, además de ser apuesto también, eres gentil, educado, compasivo; sinceramente yo en el lugar de Candy…-se interrumpió y desvió la mirada, Annie no pudo evitar sentir una punzada de envidia; Candy no solo tenía uno sino dos atractivos herederos perdidamente enamorados de ella, mientras que la morena sufría por un amor no correspondido y con pocas esperanzas de serlo alguna vez.
Anthony quería pedirle que terminara de hablar pero sabía lo que la tímida joven iba a decir consideró el que ella estuviera diciendo todo eso para animarlo, por agradecimiento a la amabilidad que él le había mostrado. La miró detenidamente tratando de descubrir la verdad de sus pensamientos, si lo que decía era sincero no quería incomodarla, así que no insistió. Tomó la mano de la joven y se levantó.
-¿Te gustaría salir a dar un paseo? Hace un lindo día para estar aquí encerrados.
-Si, vamos.-dijo haciendo a un lado la vergüenza.
Escocia les había mostrado, sin lugar a dudas, que era un lugar fascinante, es una nación que tiene muchos motivos para sentirse orgullosa; cuenta con una serie de rasgos exclusivos, pero en realidad, no existe ni un solo elemento que defina el país. Por el contrario, se trata de toda una variedad de ingredientes que se han ido añadiendo y combinando a lo largo de los siglos para dar paso a una mezcla inconfundible. El pasado a menudo turbulento del país, el carácter extraordinario de su gente, su hospitalidad, su comida, la gran diversidad de la cultura y las artes han formado un país que atesora su historia y sus recursos y mira con entusiasmo hacia el futuro.
Las altas cimas de los legendarios montes Grampianos y las colinas boscosas tapizadas de abedules les habían ofrecido durante estas semanas unas vistas excepcionales, que dejaban sin habla. Los tranquilos ríos y los románticos lagos, testigos mudos de infinidad de historias, intentaban persuadirlos a quedarse y seguir compartiendo con ellos su alegría, su amor, su tristeza y soledad.
Comenzaban ya a despedirse de este encantador país para regresar, algunos ilusionados y felices, experimentando la dicha de la juventud y otros taciturnos y acongojados, llorando en silencio por los sueños frustrados, a Londres y el colegio, a la rutina y las reglas, a la vida de la que no se podían escapar. Y que mejor manera de despedirse que asistiendo a uno de los muchos festivales que se organizaban en los pintorescos poblados. La altiva y pequeña región de Fife, al sudeste de Perthshire, siempre ha defendido con tesón sus fronteras. Sus habitantes pueden remontarse, generación tras generación hasta la época de los pictos, cuando era una región independiente; su capital, Saint Andrew, era sede de uno de los alegres festivales en los que la comida, la música y la diversión era lo común.
Los chicos Andrey fueron a buscar a Patty y Annie, los hermanos Legan habían sido enviados por su cuenta, por mucho que habían insistido, sobre todo Elisa, de irse con sus primos. Anthony había cedido ante la presión de sus primos a asistir al festival para alegrarse un poco, pero secretamente temía el encuentro con Candy y sobre todo el verla en compañía de Terry. No quería por ningún motivo causar compasión y él sabía perfectamente que la rubia tenía tendencias a compadecerse de los desafortunados; él simplemente no soportaría que lo mirara con lástima. Por esta razón no sabía como reaccionar y prefería evitar el encuentro, aunque estaba conciente que tarde o temprano se produciría. Tampoco quería dar la impresión de estar molesto o resentido con ellos pero seguramente no le creerían si los saludaba como si nada hubiese sucedido. Todo sería más sencillo si no hubiera sido tan obvio en sus intenciones con Candy, pero todo mundo lo sabía, él mismo se había encargado de proclamarlo y ahora sufría la vergüenza de los derrotados.
-¿Candy no viene?-pregunto Archie a las chicas una vez que abordaron el auto.
-Ella ya se adelantó con Terry.-contestó Patty notando que las facciones de Annie se endurecían ante la pregunta de Archie.
Un incómodo silencio se instaló en el automóvil, auspiciado sobre todo por Anthony y Annie.
Candy caminaba junto a su apuesto acompañante sintiéndose feliz y viéndose radiante por la misma razón. Iba de un puesto de comida a otro sin saber por que decidirse y arrastrando a Terry pidiéndole que le ayudará a decidir que comer primero. El desfile de hombres ataviados con kilts y tocando la gaita llamó la atención de todos, incluyendo a la pareja que al fin se había decidido entre la rica variedad y comía con apetito un haggis.*
"Mi príncipe"-pensó Candy al recordar la primera vez que oyó ese peculiar sonido que producen las gaitas -La gente normalmente se siente orgullosa de su procedencia, ¿verdad Terry?-dijo de manera natural porque para ella era muy claro el hilo de sus pensamientos, pero a Terry lo desconcertó un poco la pregunta.
La miró detenidamente y después de unos momentos creyó comprenderla.
-¿Lo dices porque tú estás orgullosa de descender de escoceses?-encontró la manera de animarla.
Ella lo miró sorprendida.- ¿Por qué dices que desciendo de escoceses? Sabes muy bien que no sé de donde vengo.
-Pues para mí es muy obvio saber de donde provienes. Solo mírate; eres alegre, hospitalaria, glotona y pecosa. Tienes sangre escocesa, sin duda.-dijo convencido.
-Y tú estás orgulloso de ser ecuánime, reservado y solemne como todo un inglés.
-¡Vaya pareja que hacemos, eh!-dijo y rió de buena gana, pellizcando la respingada nariz de su novia. Ella también rió y le respondió con el mismo gesto.
Del otro lado de la calle Anthony presenciaba la escena y no sabía si sentir celos, rabia o alegría por ver a su querida niña tan feliz. Bajó la cabeza, incapaz de seguir mirando, las aletillas de su nariz se inflaron y su mirada se perdió un momento en el piso. Una mano en su hombro lo hizo voltear hacia atrás y se encontró con Annie que le sonreía tristemente.
-¡Vamos, esto es un festival!-dijo tomando la mano de la chica y alejándose con ella sin darle tiempo a nada.
-¿Qué es lo que haces, idiota? ¿Quieres embriagarla para aprovecharte de ella?-gritó furioso Archie al llegar y ver a Candy tosiendo y haciendo gestos por haber bebido un poco de whisky.
-¿Crees que todos usamos tus mismas tácticas ruines, imbécil?-contestó un molesto Terry.
-Yo quise probarlo, un amable señor me ofreció una degustación de su whisky y no quise despreciarlo.-dijo Candy, reponiéndose.-Hola chicos, ¿dónde están los demás?
-Estaban por aquí hace un momento, pero ya no los vemos.-contestó Stear.
-Candy, ¿ya probaste eso de allá? Está delicioso.-dijo Patty que últimamente estaba más animada y segura que nunca.
Las chicas se fueron corriendo, dejando a los tres hombres esperando en silencio, mirándose con recelo.
-Espero poder confiar en ti, Terry. No quisiera ver que me equivoqué contigo.-le dijo Stear tratando de sonar amistoso.
-Yo espero que Candy pronto se de cuenta de lo ciega que estaba.-agregó Archie sin disimular su antipatía.
-¿Te refieres a que no se da cuenta de lo idiota que es su primo?-contestó tranquilamente Terry.
-Estúpido.-le dijo Archie.
-¡Vamos Cornwell, esfuérzate un poco más! Tú puedes decir algo más original.
-Nunca entenderé que te ve Candy.-respondió con una mueca de fastidio.
-Lo mismo nos pasa con Annie. ¿O no inventor?-Stear no pudo evitar reírse.
Elisa buscó desesperada a Anthony entre toda la gente que se había congregado en la plaza y sus alrededores, cuando por fin lo encontró lo vio en compañía de Annie. Se acercó enojada y comenzó a platicar de la manera más animada que podía, ignorando con toda intención a Annie que a su punto de vista era una posible amenaza por el solo hecho de estar con Anthony. El rubio tuvo mucho cuidado de no toparse con Candy y Terry, aún no se sentía preparado.
Archie se les unió después de un rato y Annie se sintió emocionada pensando que la había estado buscando, una vocecita interna le decía que se engañaba pero no la quiso escuchar, solo disfrutar de la compañía de ese sueño aunque fuera inalcanzable, entregarse aunque fuera por un día a la ilusión de que él se interesaba en ella, solo un poco, ella no pedía tanto, solo un poco de su cariño. Sabía que si algún día él se decidiera por ella, no le daría todo su corazón, pero con un poco de amor que Archie le diera, a cambio de ese amor ella le daría su vida entera.
Era la última tarde que veía esas escarpadas montañas, ese encantador lago, esos inigualables bosques, esos excepcionales panoramas. La última vez que sentía ese cálido sol y esa fresca brisa. Lo extrañaría.
Terry estaba recostado a su lado en la hierba, dispuestos los dos a contemplar su último atardecer en Escocia, la mañana siguiente partirían a Inglaterra. Miraban el cielo en silencio, solo regocijándose por estar al lado del otro. Terry tomó la mano de la pecosa y comenzó a jugar con sus deditos.
-Te quiero.-dijo de pronto la rubia. Él alzó su mirada hacia ella y la miró con infinita ternura, mirada que fue totalmente correspondida. Terry llevó su mano hasta sus rizos y contestó:
-Yo también te quiero pecosa.
Giró su cuerpo y se acercó a ella mirándola directo a los ojos, con su mano izquierda tomó su cara y se acercó más hasta que tomó prisioneros sus labios. No se había introducido en su boca desde aquel beso en el tren pero ahora ya no le era suficiente rozar sus labios con la lengua, quería probar otra vez esa embriagante humedad, ella se lo permitió y algo nerviosa le correspondió. Candy llevaba un nuevo peinado que Annie le había hecho diciéndole que como ya tenía novio debía arreglarse un poco más para él; usaba solo una cinta adornando su cabeza y dejando caer libremente sus rizos, como la primera vez que Terry la vio. Así que las manos del hombre podían vagar libremente por la interminable tersura de sus dorados rizos.
-Me gusta este peinado.-murmuró entre besos.
-Me alegra.-contestó ella dando un suspiro.
La mano de Terry pareció cobrar vida propia y comenzó a deslizarse por la espalda de la joven en un acompasado vaivén que la hizo estremecer, mientras los suaves y exquisitos labios del castaño habían descubierto la piel de su cuello y se negaban a abandonarla. Ella sentía el rastro húmedo que Terry dejaba en su cuello y barbilla y sintió un extraño calor y hormigueo en su bajo vientre, abrió los ojos espantada y de un empujón hizo a un lado a Terry que tenía las mejillas encendidas y la respiración entrecortada. Candy solo lo miró con los ojos muy abiertos y una expresión de sorpresa y temor.
-No te asustes pecas, es perfectamente normal lo que sientes.-le dijo lentamente.
Ella lo miró un poco más y frunció un poco el entrecejo, se levantó y se fue corriendo de ahí.
"Eres un idiota-pensó él-ella te abre su corazón y tú permites que te guíe el deseo, ahora la asustaste y con razón; creo que yo también estoy temeroso de esto que siento que está resultando ser mucho más grande de lo que creí."
Diario de Annie Britter 20 agosto 1912
No importa lo que haga o diga, Archie nunca me mirará como yo quisiera. ¿Qué es lo que me hace falta? No le importa que yo lo quiera con toda mi alma, que sueñe con él cada noche y que sea mi deseo constante verlo durante el día. Me trata con cortesía y algo de galantería, pero temo que no difiere a la que usaría para cualquier otra señorita.
Tal vez sea que yo pido demasiado de él, que él no es de los que demuestran lo que sienten. Y quizás con el tiempo tendrá más confianza y me mirará como Terry lo hace con Candy, si, eso debe ser, Archie es más reservado y no quiere faltarme al respeto. Seguro Annie, sigue engañándote, un día se caerá tu castillo de naipes.
REFERENCIAS:
*Fragmento de "Romeo y Julieta", acto II, escena I.
*Es el plato típico escocés más conocido. Consiste en un pesado embuchado que se sirve tradicionalmente con neeps and tatties, puré de nabo y patatas.
NOTAS:
Espero que haya valido la pena la espera, la verdad es que me atoré un poco en este capítulo, ojalá que no las haya decepcionado mis queridas lectoras.
Hace mucho quería hacer una pequeña aclaración pero soy tan despistada que lo había olvidado: me escribieron que veían a Terry diferente, que no dudaba en demostrar sus sentimientos hacia Candy como en la serie (razón por la cual quisimos darle unos cuantos sapes a veces). Lo que pasa es que yo creo que en la serie original él se confío un poco, sabiendo que le gustaba a la pecosa; pero aquí tuvo que ponerse más listo porque tenía un rival digno de tomarse en cuenta, así que o se la jugaba o le robaban el mandado, como decimos en mi tierra.
Alyshaluz: Si, a mi también me dio pena Anthony pero ni hablar, no siempre obtenemos lo que queremos. ¿Que si aparece Susana? Puede que si, puede que no. (jajaja) (léase con el tono de la bruja malvada de Blanca Nieves)
Roni de Andrew: Gracias por darte el tiempo de escribirme, espero que hayas terminado a tiempo tu fic y estoy segura que quedó muy bien. Elisa no los interrumpió en la escena de la chimenea porque estaba ocupada correteando a Anthony. ¡pobre!
Camila Ulloa: A ver si es cierto que seguirás leyendo aunque sean 352 y espero que entonces me envíes 352 reviews. (jeje) Saludos.
Soratan: Te aseguro que haré hasta lo imposible por terminar esta historia, como se lo merece y también mis fieles seguidoras. ¿Cómo que Candy fuera más como Terry, más aventada? Coméntame.
Coquette81: Me alegra mucho que te haya gustado el capítulo anterior, creo que si se veía venir la elección de Candy, ¿no?
Yelibar: Es cierto, la historia original fue cruel con este amor, se merecían más. Por eso nosotras tomamos cartas en el asunto y les damos la oportunidad de vivir su amor.
Betsy- pop: Si, a mí también me gustó mucho la escena donde Candy protege a Terry, la había visto ya desde que comencé este fic porque pensé que esa pecosa necesitaba una zarandeada así para reaccionar. Humildemente creo que si quedó ¿no?
Taia himura, Gabyea, Sakura Potter Rowling, E. Backer, myrslayer, AngelyLove-Jiburu Maker007, Black dyan 12: las he extrañado, espero que me sigan acompañando y que se encuentren muy bien, ojalá pronto me regalen un review. Muchos saludos.
Mil gracias a cada una de ustedes que me regalan un pedazo de su día para leer lo que se le ocurre a esta cabeza loca para escapar de la realidad un rato. Gracias a las que me escriben y a las que no, a las que le gusta mi trabajo y a las que no. Cuídense y que Dios las acompañe.
AVISO IMPORTANTE:
1.-Si leyeron el capítulo 11 antes del 15 de febrero dense una vuelta porque hice un pequeño cambio en la declaración de la pecosa, la leí y releí y sentía que le faltaba algo, según yo quedó mejor pero ustedes tienen la última palabra.
2.-si alguna ocasión se dan cuenta que está escrito algo totalmente fuera de lugar (como que Drácula de repente salió y los mordió) fue culpa de mi esposo que es un bromista. Yo reviso los capítulos antes de subirlos, pero si alguna vez se me escapa avísenme porfavor, para golpearlo.
Hasta pronto
Nashtinka.
