Capítulo XIII

Corría el año de 1890, el día: 28 de junio. La luna llena brillaba en el cielo y permitía que se reflejaran con cierta claridad las siluetas de los árboles que pasaban rápidamente ante la vista de dos hombres que cabalgaban velozmente. El clima veraniego les había permitido dejar sus capas con el resto de su equipaje en el pueblo, ellos habían tomado un par de caballos descansados para llegar lo más rápido posible a su destino. Se detuvieron en la cima de una colina desde donde pudieron ver la mansión enclavada en el bosque y al fondo el lago Michigan.

El hombre mayor, castaño y con un bien recortado bigote, miró a su fiel y joven empleado y amigo y le hizo una seña para continuar. Su corazón latía furioso por la cabalgata y porque sentía una opresión debido al nerviosismo. Quería que la distancia que lo separaba de su amada esposa se acortara.

Apenas llegaron ante la puerta principal se apeó de un salto y entró corriendo hasta la habitación donde sabía la encontraría. Tomó la manija de la puerta pero antes de poder abrirla una sirvienta salió con una bandeja llena de lienzos ensangrentados.

-¿Cómo están?-preguntó espantado.

-Señor…-la joven mujer tenía una mirada triste y cansada que lo preocupó aún más, la hizo a un lado y entró.

La habitación estaba tenuemente iluminada, se notaba cálida y acogedora, como siempre la había percibido él. Pero ahora no le produjo tranquilidad entrar ahí, sus ojos buscaron ansiosos en el lecho y lo que vio le hizo contener la respiración. Ahí estaba su esposa, tendida como una frágil muñeca, con sus rubios cabellos desordenados sobre las almohadas, parecía dormir así que se acercó silenciosamente viendo fugazmente al médico y las mujeres que se encontraban en el otro extremo de la amplia alcoba. Se sentó con cuidado en la orilla de la cama y tomó su mano, se le veía tan débil y pálida como si la vida la estuviera abandonando. Al sentir a su esposo abrió los ojos con dificultad y sonrió lo mejor que pudo.

-Te esperaba.-dijo con un hilo de voz.

-Perdóname. Vine lo más rápido que pude.-contestó acariciando su cara.

-Cuida de ellos.-se esforzó en decir pues su pecho se agitaba, luchando por respirar.

-Los dos lo haremos.

Con dificultad levantó su mano para acariciar la mejilla de su esposo, ya no pudo hablar solo se limitó a mirarlo como en otros tiempos, "te amo" le dijo sin decir. Su mano cayó inerte y sus ojos alcanzaron a cerrarse.

-Elizabeth.-tomó su mano y la movió, esperando que ella despertara, pero ya no lo hizo.

Hizo a un lado las sábanas y vio su camisón lleno de sangre, sintió a alguien detrás y volteó, era el médico que lo miraba con tristeza.

-Lo siento mucho, no pudimos detener la hemorragia.-le explicó como si eso le sirviera de consuelo. –Pero su hijo se encuentra bien, es un hermoso y saludable varón.-y le señaló con la mano a la partera que lo sostenía en sus brazos.

Efectivamente era un precioso bebé con rubios cabellos como su madre y rosadas mejillas, su padre, con los ojos llenos de lágrimas lo cargó y lo besó en la frente. Lo llamó William, en honor al padre de su esposa y Albert, en honor al suyo.


-Buen día señor Albert.-saludó una alta mujer negra con unos deslumbrantes ojos verdes.

-Por favor Kamaria, llámame solo Albert.

-Lo intentaré.-contestó ella con una sonrisa, mostrando sus dientes blanquísimos. Y se fue apresuradamente a seguir con su labor, trabajaba arduamente en la improvisada clínica a la que Albert había llegado un mes atrás.

Nada lo había preparado para lo que se encontró en ese país, los habitantes carecían de todo lo esencial; comida, agua y atención médica. El lugar sin duda era hermoso, con interminables praderas donde se veían pastar las manadas de ñus, cebras, antílopes, elefantes; incluso había podido ver ya algunos leones tirados al sol y uno que otro guepardo corriendo furiosamente tras alguna presa para alimentar a sus cachorros. Por las noches lo sobresaltaban los poderosos rugidos que llegaban hasta sus oídos a pesar de que los animales se encontraban muy lejos de donde él estaba.

Dividía su tiempo entre la clínica donde médicos voluntarios ofrecían sus servicios a la población lo mejor que podían debido a la escasez de medicamentos y material de curación y el pequeño refugio donde cuidaban de los animales que quedaban huérfanos debido a los cazadores. Era un trabajo extenuante y cada noche se acostaba en su viejo catre sintiendo que sus extremidades se desprenderían, que seguramente el día siguiente no despertaría, pero lo hacía y se animaba a levantarse pensando en los ojos agradecidos de los niños a los que les daban una ración de comida y la alegría que sentía al poder rescatar a una pobre cría que de otro modo hubiese muerto devorada o de inanición.

Desde que llegó y observó las condiciones de vida, se las arregló para hacer llegar a las clínicas de los alrededores un cargamento semanal de medicina y alimento; sabía que no solucionaría del todo los problemas de esa gente pero no podría vivir consigo mismo si no hiciera todo lo que estuviera en sus manos por ayudarlos.

Cargaba en sus brazos una cría de chimpancé a la que le daba de comer y recordaba su infancia; desde que pudo valerse por sí mismo fue un dolor de cabeza para su institutriz, su nana, su hermana mayor y hasta su padre. Se perdía horas en el bosque mirando embelesado los insectos y animalitos que vivían en las tierras de su familia, nunca le dio miedo que alguno de ellos lo lastimara. Una ocasión se encontró con un zorrillo y quiso verlo de cerca, intrigado por su pelo negro y blanco, se llevó una desagradable sorpresa al ser rociado por un pestilente líquido; el olor se quedó durante días por mucho que lo bañaran; pero en cuanto pudo escaparse regresó al bosque. Investigaba todo lo que podía mirando sus costumbres, su anatomía, tenía una curiosidad insaciable y un deseo de aventura que era más grande que cualquier otra cosa. Pero sabía que no tenía mucho tiempo antes que lo encontraran y lo hicieran regresar. Se había vuelto ya una costumbre que todos los que habitaban la casa; mozos, camareras, a veces hasta el cocinero se unía a la búsqueda del pequeño aventurero.

Su padre no quería mantenerlo cautivo en la mansión, sabía que el pasear e investigar era la naturaleza de su hijo y no quería coartarlo, pero se preocupaba tanto por que algo le ocurriera, a él, el último obsequio que le hizo su Elizabeth. Antes que su padre muriera trágicamente en un accidente, solía acurrucarse a su lado junto a la chimenea para que le leyera historias de lugares lejanos y maravillosos, de personas valientes que lucharon por sus ideales y marcaron la diferencia en su casa, su comunidad o hasta el mundo. Los ojos de William brillaban con curiosidad al escuchar estas historias y se preguntaba si él algún día vería esos lugares y conocería gente como esa.

-Si, lo harás hijo mío. Harás todo lo que te propongas porque eres fuerte y decidido.-le contestaba su padre convencido.


Kenya a 23 de agosto de 1912.

Querida Candy:

Me encuentro en África, deseaba despedirme de ti pero te encontrabas en Escocia. Espero que te haya ido muy bien en tus vacaciones.

Este lugar es increíblemente bello, aquí los animales se encuentran en libertad y son mucho más felices que los que cuidaba en el zoológico. La libertad es el estado en el que deberían encontrarse tanto hombres como animales. En ese aspecto tú eres afortunada, porque vives libremente. Dale mis saludos a Terry que también vive de esa forma. Es un buen chico, sé que tú sabes cuidarte sola pero creo que él también puede cuidar de ti.

Trabajo en una pequeña clínica y también en un refugio donde rescatamos y criamos animales huérfanos. Me siento feliz ayudando lo mejor que puedo, me gusta este lugar y quisiera quedarme aquí un par de años o tal vez para siempre. Pero estoy seguro que nos volveremos a ver pequeña Candy, un día, cuando menos lo esperemos, nos volveremos a encontrar.

Sé muy feliz cada día y saluda a tus primos y amigas. Estoy seguro que cuando te vea nuevamente estarás convertida en una hermosa dama, aunque conservarás tu encantadora espontaneidad.

Con cariño, tu amigo:

Albert A.


Candy se alegró enormemente de recibir carta de su querido amigo, aunque también le dio pena no haber podido verlo de nuevo; apenas lo había encontrado otra vez y ya se había ido. Seguro esa era su naturaleza y no podía ir en contra de ella. Pero ella también tenía la seguridad que se volverían a ver.

Releyó la línea donde mencionaba a Terry y sonrió. "¿Ya habrá aprendido la lección?"- pensó. Le gustaría tanto contar con una madre que le aconsejara como comportarse con los hombres, que permitir y que no. La hermana María nunca habló de eso y la señorita Pony tampoco parecía tener mucha experiencia, las monjas se iban a los extremos, si por ellas fuera ni siquiera podrían intercambiar miradas. Recordó la forma amable pero distante como lo trató en el tren de regreso a Londres, aun con la canasta de comida que le dio de parte de la señora Potter. Quizás ya era hora de perdonarlo, se llevó la carta a los labios y sonrió maliciosamente.

-Que espere un poco más.


La misa había sido larga y tediosa, la hermana Grey dijo que para que despertaran del sopor veraniego, pero había tenido justo el efecto contrario. Había buscado en las bancas de los hombres pero Terry no estaba ahí, en cambio se encontró con Anthony, Candy regresó su mirada al frente antes que él la viera. Cuando salieron de la iglesia apenas pudo saludar rápidamente a Stear y Archie antes que la hermana Margaret condujera a todo el grupo de señoritas a sus aulas. En camino allá y antes de entrar al edificio vio una figura conocida que se acercaba en sentido opuesto. Sus ojos brillaron y se contuvo para no sonreír ampliamente. Era Terry con su uniforme negro que caminaba observándola y le regaló una de aquellas sonrisas que hacían que Candy por poco se olvidara hasta de su nombre. Cuando pasó a su lado, la mano de él buscó rozar levemente la suya; ella aún no conocía plenamente la variedad de miradas y gestos que se pueden usar entre los enamorados pero en ese momento, aun si no se dio cuenta de ello, lo miró coqueta.

Las reacciones de ambos fueron observadas perfectamente por Elisa que caminaba unos cuantos pasos detrás de Candy y se dio cuenta que tenía que ponerse al corriente de los acontecimientos para asegurarse que estos le beneficiaran.

Durante todo el día buscó hablar en privado con Annie y al fin halló la oportunidad perfecta después de clases, cuando la encontró caminando sola por un pasillo.

-¡Annie, que lindo bronceado que tienes! A mi me hubiese gustado pasar todas las vacaciones en Escocia pero ya sabes que tuvimos que acompañar a la tía a muchos compromisos. Pero ustedes tres vienen radiantes, sobre todo Candy, se le ve diferente.-dijo Elisa amistosa y casual, tomando del brazo a Annie y caminando a su lado. Ella se sorprendió ante su actitud pero procuró contestar amable.

-Debe ser por el peinado.

-No, es algo más. Yo creo que debe ser por Terrence.

Annie se detuvo al escuchar esto y miró a Elisa sin saber que decir.

-¡Vamos Annie! No parezcas tan sorprendida, tú lo sabes y yo lo sé. Es muy notorio por las miradas y sonrisas que intercambian. A mí me parece que hacen bonita pareja.-agregó sonriente- ¿Ya lo saben mis primos?

-Si.-contestó Annie después de un momento.

-Que bien. Te veré después Annie.-dijo por mero formalismo porque en realidad parecía que su mente ya estaba fija en algo muy distinto.

Anne siguió caminando hacia su habitación pensando en esta conversación. Ella conocía muy bien la reputación de manipuladora que tenía Elisa, también su obsesión por Anthony y sabía perfectamente la antipatía que sentía por Candy, por lo tanto no era difícil imaginar que buscaría alejar completamente a Anthony y Candy con la información que acababa de obtener; Annie sabía todo esto y sin embargo le facilitó las cosas, ¿porqué?


Candy caminaba distraída, revisando las hojas que le faltaba por entregar, por encargo de la hermana Clide. Dobló en una esquina sin levantar la mirada y chocó de frente con un elegante caballero, ella cayó y todos los papeles que llevaba se dispersaron por el piso.

-¡Oh, perdóneme! ¿Se encuentra bien?-dijo apenado el caballero ayudándola a levantarse y a recoger sus papeles. Era un hombre de mediana edad, alto y con rasgos atractivos; su cabello era castaño con algunos mechones blancos, su bigote perfectamente recortado y su pulcro traje oscuro dejaban ver que era un señor adinerado.

-Estoy bien, gracias.-contestó ella sonriendo y levantando graciosamente los hombros lo que a su vez provocó que él sonriera.

-Richard Grandchester, a sus pies señorita, espero no haberle causado ningún daño.-dijo él una vez que Candy se encontró de pie y con todas sus cosas en la mano. Habló con una voz grave y refinada, con un tono amable propio de un hombre culto y con experiencia.

-¿Grandchester, es usted el padre de Terry?-dijo sorprendida Candy.

Él la miró un momento, tratando de descifrar que significaba su expresión facial.

-Veo que conoce a mi hijo.-contestó por fin.

Ella se ruborizó, percatándose que había dejado ver demasiado sus sentimientos.-Si.-dijo.

-Me dirijo al despacho de la madre superiora. ¿Sería mucho pedirle que me acompañara?

-Con gusto.

-Usted no me ha dicho cual es su nombre.-retomó la palabra el duque una vez que comenzaron a caminar.

-¡Oh! Lo siento, que tonta soy. Mi nombre es Candice White Andrey.-se presentó con su eterna sonrisa. El duque la miraba atento y parecía entretenido con la conversación de esa alegre rubia.

-¿Andrey, de los Andrey de Escocia?

-Así es duque.

Él guardo silencio, parecía meditar en algo mientras examinaba con una penetrante mirada a Candy, ella comenzó a sentirse nerviosa y entonces comprendió muy bien porque Terry tenía esa peculiar mirada.

-Dígame señorita Andrey, ¿cómo está mi hijo?-habló finalmente.

Ella se sorprendió un poco por la pregunta porque el duque asumía que ella no solo conocía a Terry superficialmente sino que lucía muy seguro de que tenía alguna relación con él.

-Él está bien, tiene muy buenas notas en el colegio.-hizo una pausa, dudando si continuar-Terry es un buen chico señor; es solo que…sé que no debería inmiscuirme señor y le ruego me perdone pero es que Terry lo extraña mucho duque de Grandchester, él no lo dice pero yo sé que lo extraña y quisiera convivir más con usted.

En ese instante llegaban ante el escritorio de la secretaria de la hermana Grey, el duque no parecía ni sorprendido ni enfadado ante el comentario de Candy, pero esto no la tranquilizó, pues pensaba que él seguramente sabía esconder bien sus emociones. Sintió una gota de sudor frío recorrer su espalda, su primer encuentro con el padre de Terry y probablemente lo había molestado por entrometida.

-Ha sido un placer conocerla señorita Andrey y espero poder verla pronto.-tomó su pequeña mano y le dio un rápido beso en el dorso como el caballero que era.

-Llámeme solo Candy por favor. Y a mi también me dio mucho gusto conocerlo duque de Grandchester.-contestó haciendo una pequeña reverencia, tal como la hermana Margaret le había enseñado.

-Candy, lo recordaré.-y entonces Candy pudo ver la sonrisa que le había quitado el sueño tantas noches, reflejada en el rostro del duque, solo que en él desapareció rápidamente, como si el tiempo y la vida le hubieran quitado todos los motivos para sonreír ampliamente. El apuesto señor entró por la puerta después de ser anunciado y ella se fue a sus labores pensando en ese encuentro.


Stear se encontraba en el taller trabajando en un nuevo invento que permitiera la comunicación con el cuarto de Patty porque eso de escribir cartas definitivamente no era su fuerte. Dejó las herramientas a un lado y miró de uno y otro lado su "comunicador", de repente alguien cubrió sus ojos. Tan concentrado estaba que no oyó cuando esa persona entró y se paró justo detrás de él. Tocó las manos y encontró que eran pequeñas y de dedos delgados, tenían que ser de mujer, lo que dejaba solo dos opciones: Candy o Patty. Solo ellas tenían tanta confianza con el serio joven Cornwell. Pero Candy nunca iba a ese lugar, solo la vez que él mismo le pidió que asistiera a la prueba de su barco volador que terminó en desastre. Ahora estaba seguro.

-Patty.-dijo sonriente.

-¿Cómo supiste que era yo?-se emocionó la joven castaña.

Pensó que no era necesario detallarle toda la lógica que siguió para llegar a la conclusión de que era ella quien cubría sus ojos y optó por una respuesta más propia de dársele a la novia.

-Reconocería tus manitas con los ojos cerrados.-lo cual no era falso, ella sonrió satisfecha.

Stear le explicó en que estaba trabajando y Patty se ofreció a ayudar. Solo ella era capaz de entender la pasión de Stear por inventar y crear. Y eso hacía al joven sentirse afortunado por haber hallado a alguien con quien compartir sus intereses y que además era tan sincera y sencilla como su Patty, cualidades que Stear apreciaba mucho.

-Estos días has lucido preocupado Stear.-dijo Patty notando que él se quedaba con la mirada perdida.

-Lo estoy Patty, me preocupa toda esta situación que se ha dado. Me preocupa sobre todo que Anthony asimile apropiadamente lo que pasó con Candy, que ella no se sienta culpable por su desánimo y también que Terry sea bueno con mi prima.

Patty tomó con ternura la mano de su novio, comprendía su preocupación, Candy y Anthony eran muy queridos para él. A ella nunca se le habría ocurrido sentir celos por el interés que mostraba Stear en Candy, ella no sabía ni quería saber si alguna vez él había sentido por ella un cariño que no fuera el de primos pero si sabía que Candy lo quería como a un hermano y nada más; y ahora ella tenía la seguridad de que Stear la quería a ella así que no veía ninguna necesidad de atormentarse con celos infundados.

-Todos dábamos por sentado que Anthony y Candy terminarían juntos, creo que hasta ellos mismos lo hacían.-dijo pensativo Stear.

-Estoy segura que Candy en algún momento lo pensó; ella nunca dijo nada pero yo pude darme cuenta como luchó contra sus sentimientos hacia Terry para no lastimar a Anthony, creo que incluso pensaba que lo traicionaba o a ella misma por que le gustaba Anthony. Y es que sin duda hubieran hecho una buena pareja, son muy parecidos; ambos son muy nobles y desinteresados, sin embargo Candy tiene otra faceta que Anthony no podía llenar. Ella es curiosa, una incansable aventurera a la que no le interesa mucho la vida en bailes y compromisos con aburridos ricos y ahí es donde entra Terry, él puede comprender la naturaleza de Candy porque la comparten, a pesar de que son muy diferentes en otras cosas pero yo creo que se complementan y eso es lo que Candy comprendió. Candy y Anthony serían como un concierto solo para piano, se oye hermoso sin duda, pero si se acompaña con un violín en vez de con otro piano, el violín alcanza notas que el piano no puede y le infunde más vida al concierto. Eso es lo que percibo que son Candy y Terry, están afinados entre sí.

Stear soltó un suspiro y acarició la mejilla de la joven. –Patty, solo tú podías explicarlo de esa manera, estoy seguro de que tú eres mi violín ideal y estoy muy feliz por haberte encontrado.


Tocó levemente con los nudillos en la puerta y obtuvo la respuesta que le dejaba entrar casi enseguida. Lo encontró asomado en el balcón, parecía que buscaba algo o a alguien. Tan ocupado estaba en su búsqueda que ni si quiera volteó a percatarse de quien había entrado en su habitación.

-Hola Terrence.- dijo el duque con voz inexpresiva.

Terry se quedó muy quieto al oír a su padre, enseguida se endurecieron sus facciones y su mirada se heló, antes que él entrara veía hacia el camino que llevaba a la colina detrás del colegio con la esperanza de ver a su pecosa; pero ahora no veía nada, solo sus recuerdos que se agolpaban en cuanto oía la voz de su padre. Sus puños se tensaron y no quiso voltear a verlo, tontamente tenía la esperanza que si no lo miraba se iría.

-¿Cómo has estado?-preguntó pausadamente el duque. Terry seguía sin contestar.

-Necesito que hablemos, siéntate por favor.-parecía que Terry estaba decidido a que aquello fuera un monólogo por que no movía ni un músculo; no podía evitarlo, ante la presencia del duque todos los años de soledad y rechazo reaparecían en su mente y le impedían tratarlo como cualquier hijo a su padre, con respeto y amor. –Eleanor me ha escrito, pide mi autorización para que vayas a vivir con ella.-continuó su padre.

Hasta ese momento Terrence lo miró, sorprendido. Creyó haber sido claro con su madre, que por el momento se quedaría donde estaba. En otras circunstancias se hubiera ido con ella sin importarle lo que dijera su padre, sin equipaje ni remordimientos, pero ahora había encontrado una razón a su estancia en Inglaterra y por ella es que había decidido quedarse.

-No quiero que vuelvas a verla. Te lo prohíbo. Tú eres mi hijo, mi heredero y no tienes nada que hacer en compañía de esa mujer.

-Un día amaste a esa mujer.-rompió su silencio Terry al escuchar el tono que usaba el duque para referirse a su madre.

El gallardo señor perdió la compostura y levantó la mano para abofetear a su hijo, pero entonces algo lo detuvo, regresó su mano adonde estaba antes, a un costado de su cuerpo y carraspeó.

-Ahora lo único en lo que debes ocuparte es en terminar el colegio.-comenzó otra vez el duque.

-Lo haré, me graduaré. Y cuando lo haga, si quiero buscar mi camino en América, Australia o hasta la India, ni tú ni nadie me lo va a impedir.-dijo con convicción, su padre no pareció tomarlo en serio, se limitó a dejarle un sobre en el escritorio diciéndole que era para sus gastos. Se dirigió a la puerta pero antes de salir recordó algo.

-Por cierto, conocí a Candy, es una dulce muchachita.-dijo notando que ni si quiera Terry con todo su autodominio podía evitar que su expresión cambiara ante la mención del nombre de su dama.- Compórtate con ella como lo que eres Terrence, como un caballero.

-¿Cómo tú lo hiciste con mi madre?-preguntó con intencionada ironía a sus espaldas. El señor abandonó el picaporte que había tomado ya y volvió sobre sus pasos con la cara desencajada.

-Olvida ya ese asunto, tú no sabes nada. Crees que siempre puedes tener éxito en tus planes, que bastan las buenas intenciones, pero no es así. Tú nunca te has visto ante una verdadera encrucijada, no has enfrentado a Escila y Caribdis*, cuando eliges no la opción que realmente deseas, sino la que causa el menor daño. El día que conozcas eso, entonces puedes juzgarme; solo espero que cuando llegue ese día no tengas que sacrificar algo muy valioso hijo mío.-el rostro del duque fue cambiando desde la ira hasta la nostalgia, pasando por la impotencia.

Terry lo miraba con el entrecejo fruncido y orgullo y desprecio en los ojos; pero hubo algo en la expresión de su padre que lo hizo considerar por un segundo la posibilidad de haber juzgado injustamente a su padre, sin embargo prefirió desechar esa posibilidad. Era más cómodo tener alguien a quien culpar por su incapacidad para encajar en su entorno y por todas las flaquezas de su personalidad.

El duque de Grandchester se fue con un mal sabor de boca, pensando que aquella conversación no había resultado como él hubiese deseado y se lo reprochó a sí mismo.


Recostada en la hierba y con los ojos cerrados Candy aguardaba, estaba segura que en cualquier momento Terry llegaría y al sentir que alguien se paraba junto a ella pensó que era él, siguió esperando con los ojos cerrados.

-Hola.-una voz diferente a la que esperaba la saludó, se sorprendió pero no abrió los ojos.

-Hola.-respondió sonriendo.

-¿No piensas abrir los ojos? ¿Cómo sabes que no estoy a punto de atacarte con una gran rama?

Ella comenzó a reír a carcajadas. –En ese caso mis oídos me engañan y no es Anthony quien habla conmigo.-hasta entonces abrió los ojos-Anthony jamás me haría daño.-se sentó y acomodó su vestido mientras él mismo se sentaba a su lado; una mirada triste apareció en los ojos de Candy.-Pero yo si le hice daño a Anthony.-dijo con pesar.

-Candy, no te voy a mentir; yo tenía la ilusión, casi la certeza de que tú me querías como yo a ti y el darme cuenta de que no era así me entristeció. Por eso no había querido hablar contigo, porque conozco tu naturaleza altruista y sabía que te sentirías culpable por causarme dolor. Pero ahora te puedo decir que estoy bien y que no tienes porque sentirte triste por mí. He comprendido que el amor es algo que se entrega libremente, sin pedirlo y nadie se puede obligar a sentirlo, él es libre y soberano y nace y crece sin avisar. Parece ser mi querida Candy, que nuestros caminos solo son paralelos, no convergen jamás.-trataba de sonar animado.

-Anthony, te aseguro que yo no deseaba que esto pasara, daría lo que fuera por evitarte cualquier dolor. Pero tampoco puedo seguir mintiendo o rechazando la realidad. ¿Podrás perdonarme?

-Pero si no hay nada que perdonar, yo te quiero y por eso deseo que seas feliz, aunque eso signifique que te alejes de mí.-dijo con una triste sonrisa Anthony.

-Pero yo no quiero alejarme de ti, ni de Archie o Stear, ustedes siempre tendrán un lugar reservado en mi vida y mi corazón. ¿Podemos seguir siendo amigos como antes? Por favor Anthony, te he extrañado.-dijo con mirada suplicante y posando su mano en la de su primo, él miró nervioso sus manos, Candy comprendió y la retiró enseguida.

-¿Por qué tendría que ser de otra forma? Seremos amigos como siempre Candy, sabes que en cualquier momento contarás conmigo.-y le tendió la mano para reafirmar sus palabras con un apretón de manos, ella estrechó la suya con una gran sonrisa en los labios y lo abrazó con efusividad.

Cuando ya se alejaba, Anthony se volvió para decirle a Candy.

-Pero si ese infeliz te hace daño te juro que le rompo la cara.-ella solo sonrió.

Lo miraba alejarse cuando el sonido de hojas secas que eran pisadas por alguien la hizo voltear aún con la sonrisa en la boca. Pero esta se desvaneció al ver a Terry observándola muy serio, molesto. Se quedaron solo viéndose y Candy comenzó a sentirse incómoda con esa mirada intimidante.

-¡Que escena más conmovedora acabo de presenciar!-dijo él sarcástico.

Entonces ella comprendió el porque de su mirada y su mueca de enfado.

-Anthony y yo teníamos asuntos pendientes, lo sabes.-comenzó Candy-Solo estábamos arreglándolos mientras yo esperaba tu llegada.

-Me encanta tu manera de arreglar los asuntos. Déjame pensar, ¿con que señorita tendré algún asunto pendiente? De esa forma tendré el pretexto perfecto para abrazarla.-contestó frotándose la barbilla.

-¡Terry, por favor! Te guste o no Anthony es mi primo, no puedo simplemente dejar de hablarle. No seas tonto, ¿no ves que a él solo le tengo cariño?-dijo poniéndose de pie y acercándose al joven que continuaba reacio-Además, ¿porqué tomas esa actitud? Soy yo la que todavía no te perdona.

-No pienso pedírtelo.-dijo con su típica actitud cuando se molestaba, una chispa brilló en sus ojos y sonrió diabólicamente.- ¿Dices que no me has perdonado?, ¿entonces porqué viniste a buscarme?

-Yo no vine a buscarte. Mira.-y le mostró la carta que Albert le había enviado.

-¡Que lástima! Pensaba hablar con él para que me hiciera su ayudante una vez que me echen de casa.-dijo ya que hubo leído la misiva.

-¿Tiene que ver con la visita de tu padre?-preguntó ella preocupada.- ¿Y con tu reconciliación con tu madre?

-Dime, ¿porqué no eres tan brillante en clase?-y le dio un empujón en la frente con su dedo índice.

Ella le respondió con un empujón más fuerte y comenzaron a juguetear y disfrutar molestándose uno al otro como a veces lo hacen los que se quieren.


-Candy, mira lo que apareció en nuestro buzón secreto.-le dijo Patty subiendo al kiosco donde ella se encontraba.

-Patty, no tienes que mostrarme las cartas que te escribe Stear.-le dijo la rubia recordando lo emocionada que lucía su amiga cuando le contó acerca de la correspondencia que sostenía con Stear.

-Es que esta carta es para ti. Es de Terry.

-¿De Terry? ¿Cómo se enteró del buzón, se lo habrá dicho Stear?-preguntó intrigada y tomó la carta para abrirla.

A Candy le pareció muy raro que Terry la citara en el establo esa noche por medio de una nota, espero poder verlo antes para que le explicara pero no lo halló por ningún lado. Meditó mucho en que hacer porque sentía que algo no estaba bien.

Bajó con cuidado del balcón, ayudado por una cuerda y se imaginó que su mona debía estar haciendo lo mismo. Sonrió pensando que cuando fueran mayores se reirían de todos estos disparates que hacían. Pero enseguida regresó la preocupación que sintió desde que recibió aquella nota. "¿Qué le ocurrirá que me ha citado en el establo?" Llegó al lugar y se sentó en la paja, con la lámpara que había llevado a un lado. Después de un momento se escucharon sus suaves pasitos y enseguida su voz, llamándole muy quedo.

-Aquí estoy Candy.-contestó en el mismo tono.

La puerta se abrió con cautela y ella apareció, enfocando para encontrarle en la casi oscuridad en la que estaban. Lo halló y cerró la puerta para dirigirse a su lado.

-¿Qué pasa Terry? ¿Por qué me has citado así?-dijo tomando su mano.

-¿Yo? ¿No fuiste tú quien me envió una nota citándome?-contestó él sintiendo que su intranquilidad aumentaba.

-No, yo recibí una nota tuya.

-Alguien quiere gastarnos una broma o tendernos una trampa. Espera aquí.-y apagó la lámpara para acercarse a la puerta y asomarse sigilosamente.

Ocultos entre la hierba espiaban al establo, llevaban ahí casi media hora y habían visto claramente cuando Terry llegó y minutos después Candy entraba también. No podía creerlo, pero lo había visto con sus propios ojos; ella no le había mentido, efectivamente se encontraban a solas en la noche.


REFERENCIAS:

* En la mitología griega, dos monstruos que custodiaban el estrecho de Mesina. En una orilla estaba Escila, un monstruo con seis cabezas de serpiente, en cada una de sus seis bocas tenía triple fila de dientes feroces. En la orilla opuesta estaba Caribdis, la personificación de un remolino, que tres veces al día tragaba las aguas y luego las arrojaba provocando que las embarcaciones naufragaran. Odiseo en su regreso a Ítaca pasó más cerca de Escila que de Caribdis, perdiendo seis hombres en las fauces del monstruo, a cambio de no perderse todos en el embate incontrolable de las olas.

NOTAS:

Yelibar: jajaja A que te he dejado en suspenso. ¿Te preocupaba la trampa de Elisa? Pues tendrás que esperar al próximo capítulo para saber que pasó. Soy mala, muy mala.

Camila Ulloa: Vamos bien, otro review. Necesitarás mucha imaginación para los 365 que me prometiste. jiji. Espero que te guste este capítulo.

Roni de Andrew: Pero si Anthony y Annie solo son amigos, ¿o no ? ¿Por qué no te gusta la idea? Todos tenemos nuestro corazoncito. Y que bueno que te encante mi Terry, a mi también me encanta.

Soratan: si, como que Candy se pasaba de buena, era tan buena que ni se la creíamos a veces. Tal vez le aparezcan por ahí algunas debilidades, defectos que todos tenemos y espero que quedes complacida. ¿Hijos? Con calma que son muy jóvenes.

Taia himura: Espero que te haya ido muy bien en tus exámenes, solo por eso quedas perdonada de no leer "Nada más", pero ya que acabaste sigue acompañándome por favor.

Alyshaluz: Muchas gracias por tu comentario de que es muy entretenido leer mi historia. El final te puedo asegurar que no será como el original que nos dejó un trauma de por vida.

Meyeli: Te entiendo, yo también comencé como lectora anónima y mírame ahora. Respecto a mi comentario, es la verdad, tengo que revisar y revisar por que parece que está decidido a que alguna vez suba un capítulo que incluya alguna de sus tonterías de Batman o Drácula o Ironman; lo perdono porque me hace reír.

Lerinne: ¡Bienvenida al club! Muchas gracias por leer mi historia, pero ten cuidado que no te cachen haciéndolo en horario de trabajo, no quiero ser la culpable de un regaño. (jajaja)

Hestia. Phoenix: Me alegra que te haya gustado hasta ahora mi historia. El capítulo 11 es uno de mis favoritos, que bueno que te motivo a enviarme un review. Me apuraré lo más que pueda para el siguiente capítulo, lo prometo.

Muchas, muchas gracias a todas mis queridas lectoras y ojalá esperen con ansía el siguiente capítulo. No es por intrigarlas pero las cosas comenzarán a tomar otro rumbo. Cuídense mucho, procuren ser felices cada día y hacer feliz a alguien más. Por cierto, a mí me gustó mucho la frase que le dice Terry al principio del capítulo anterior a Candy pero quisiera saber su opinión, si alguien les dijera algo así ¿qué sentirían? Participen, su opinión será valorada.

Saludos afectuosos,

Nashtinka

P.D. Coman frutas y verduras.