Capítulo XVI

Desde que tenía memoria, su vida había sido regulada por las estrictas normas de la alta sociedad en la que había nacido. Y esa misma sociedad fue la que propició que su padre la llamara con un nombre masculino; él quería un varón y al nacer mujer le causó una gran desilusión, la cual siempre hizo muy patente. Sus padres siempre estaban atareados con negocios, fiestas y viajes así que, como todas las señoritas de su clase, su educación corrió a cargo de profesores particulares e institutrices. Aprendió un francés fluido porque decían que era necesario, aprendió de pintura aunque nunca logró distinguir entre el renacimiento y el barroco, tocaba el piano a pesar de que ella hubiese preferido tocar la flauta, lo único que en realidad disfrutaba era la lectura, pero sus maestros siempre supervisaron de cerca que lo libros que leía fueran apropiados para ella y también le gustaba bordar, pasaba tardes enteras en el cuarto de costura de su madre. A veces ella la acompañaba, las dos bordaban en silencio.

Cuando llegó el momento de contraer matrimonio, su padre hizo todos los arreglos, y un día le anunció que se casaría con uno de sus socios. Era un hombre mucho mayor que ella, recordaba que desde muy pequeña lo veía frecuentar la casa y él le regalaba golosinas; nunca pensó en él como marido. Pero su educación era impecable; ella sabía que tenía un deber que cumplir y que no había nada que pudiera salvarla de esa obligación. Además no había motivos para querer evadirla, todos los matrimonios se arreglaban de esa forma. Ella había leído alguna vez del amor, había escuchado a las sirvientas hablar de eso también; pero nunca entendió que era realmente, qué llevaba a una mujer a tener semejante pasión irracional por un hombre. Ya que no lo había experimentado, concluyó que seguramente sería algo propio de las clases inferiores.

Una calurosa mañana de verano que iba en su carruaje por el pueblo, fue testigo de una visión que la atormentaría por el resto de su vida. Los dueños de ranchos se reunían en el almacén del pueblo para vender sus mercancías; mientras esperaba que su marido saliera del banco, se entretuvo viendo las faenas de aquellos hombres. De pronto su vista se clavó en un hombre de no más de treinta años que recién llegaba con su carreta llena de lana. El hombre comenzó a bajar su mercancía y después de un rato el calor fue tanto que se quitó la camisa. Elroy no fue capaz de apartar la mirada de ese hombre joven, buen mozo, musculoso y tostado por el sol. Nunca había experimentado nada similar, ni siquiera pensaba que un hombre pudiera lucir así; un calor bochornoso se apoderó de ella y unos enormes deseos de sentir ese cuerpo la invadieron. Esa fue la única vez que lo vio pero nunca pudo olvidarlo; rezó, hizo penitencia, se confesó pensando que lo que sentía era pecaminoso, hizo todo cuanto pudo pero el recuerdo de aquel hombre no se borró jamás. Siguió con su vida, con su matrimonio hasta que su marido falleció; cuando esto sucedió derramó algunas lágrimas, había llegado a tenerle cariño.

A pesar que su esposo nunca le hizo sentir lo que aquel desconocido, sabía que esa era la vida, que no siempre se podía obtener lo uno quería y que siempre se tenía que estar dispuesta a sacrificarse. Por eso le parecía tan complicada la nueva tendencia de la juventud; ahora ellos querían elegir a su cónyuge y a veces resultaba en toda una maraña de celos, malentendidos y hasta problemas entre las familias. Era mucho más sencillo cuando el hombre se apalabraba con el padre de la pretendida, llegaban a un acuerdo y ella solo aceptaba su suerte sin reclamar. ¿Amor? Eso solo complicaba las cosas, no era más que un sueño, una ilusión de una calurosa mañana de verano.

Sin duda había hecho lo correcto, era su deber velar por su familia a costa de lo que fuera. De ser otra la situación, estaría feliz de aprovechar la oportunidad que se presentaba ante ella de emparentar con una familia tan distinguida como lo eran los Grandchester. Pero tenía que contemplar todo el panorama; Candy no era una legítima Andrey, no tenía su sangre y sin embargo al ser hija adoptiva de William era la heredera de la mayor parte de la fortuna de la familia, sin contar el título de líder del clan. Si se casaba con cualquier otro la fortuna y el liderazgo de la familia quedaría en manos completamente extrañas; por eso había decidido casar a Candy con alguno de sus sobrinos, de esta forma Anthony, el elegido, sería cabeza del clan y sus descendientes continuarían con el legado familiar. Era lo mejor, quizás tendría otra oportunidad de emparentar con la nobleza, aun tenía otros sobrinos casaderos.


Terry caminaba pensativo hacia el edificio de las señoritas, no había visto a su pecosa y eso lo tenía intranquilo, ella no faltaba a sus citas solo porque si, necesitaba saber si todo estaba bien. Desde aquella noche de la fiesta no había sacado de su cabeza lo que su padre le dijo.

-¿Qué te hace pensar que necesito que me apoyes? Aunque no lo hicieras me casaré con ella.-le contestó Terry sin poder contener su carácter hostil y desconfiado que siempre mostraba con su padre.

El duque miró inexpresivamente a su hijo. Entonces contestó.

-No dudo de tu decisión pero sin mi apoyo tendrás que esperar a que ambos sean mayores de edad y sinceramente dudo mucho que una joven tan bella llegue soltera a los veintiuno. Eso sin contar que con mi apoyo será mucho más fácil que la familia la entregue, no creo que se opongan a que se convierta en duquesa.

"¿Qué debo hacer?", se preguntaba una y mil veces. Aceptar el apoyo de su padre implicaba acatar su voluntad y asumir su puesto como heredero al ducado, y por ende renunciar al deseo que cada vez se acrecentaba más de actuar. Pero sin su apoyo sería sumamente complicado desposar a Candy; si su padre lo desheredaba, los Andrey seguramente no lo considerarían digno de ella. ¿Qué hacer? ¿Es que no había una tercera opción? ¿Forzosamente tendría que renunciar a un sueño por tener otro?

-Patty.-llamó a la chica al verla caminar por el pasillo con Annie.

-Terry. Buen día.-saludaron ellas acercándose.

-Buen día señoritas. ¿Saben dónde está Candy?-preguntó enseguida sin poder ocultar su urgencia.

-Ella está en el cuarto de meditación, está castigada.-contestó Anne.

-¿Por qué, qué hizo esta vez?-dijo él un poco divertido.

-Bueno, fue muy extraño en realidad.-comenzó Patty-Ella siempre evita discutir con Elisa y sus amigas, pero ahora pareciera que hasta lo buscó. Y ni siquiera cuando vio que entró la hermana Grey cedió, seguía discutiendo con Liza, entonces la hermana las envió al cuarto de meditación.

Terry se quedó callado un momento, a él también le parecía extraña la actitud de Candy.

-¿En cuál cuarto está?

-En el del ala oeste.-fue la respuesta de Annie.

-Bien, gracias. Hasta luego.-se despidió Terry.


Candy se había quitado las botas y las medias, estaba recostada en la cama con las piernas levantadas, mirándose los pies. Este encierro era mucho peor de lo que imaginaba y además estaba la desilusión que sintió al saber que no había servido de nada. Lo supo cuando la hermana Margaret le hizo llegar una nota de George donde le hacía saber que la tía Elroy se encontraba en América y que él se encargaría de que no se enterara del incidente de la pecosa para evitar que se enfadara con ella. ¡Pero si era justo lo que quería! Que la tía Elroy se enfadara con ella, que se diera cuenta que no era una señorita refinada, digna de casarse con Anthony. Había sido en vano; justo ahora se le ocurre ir a América. No quedaba más que esperar la respuesta del tío William; George le había dicho que se encontraba de viaje en un lugar muy lejano y que seguramente tardaría mucho en llegarle el correo. Un lugar muy lejano… ¿dónde era? ¿Por qué no podía saber donde estaba? A veces le fastidiaba tanto misterio del tío William. Ella quisiera tenerlo cerca para poder suplicarle de rodillas que no la obligara a casarse, contarle que estaba enamorada de otro hombre. Pero en cambio tenía que esperar no sé cuantos meses para recibir una respuesta, rogando porque el bendito tío la entendiera.

Unos toquecitos en la ventana la hicieron voltear y se sentó de un salto con la cara roja al ver que Terry la veía desde el otro lado. Candy se acercó a la única rendija que había en la ventana para la entrada de aire.

-¡Terry! ¿Cómo llegaste hasta ahí? Si alguien te viera…

- Con las alas del amor salté la tapia, pues para el amor no hay barrera de piedra, y, como el amor lo que puede siempre intenta, los tuyos nada pueden contra mí.*

Candy sonrió y movió un poco la cabeza, pensando que no importaba la situación en la que estuviesen Terry siempre lograba hacerla reír. Terry siempre era Terry. Entornó los ojos y trató de recordar lo que seguía, olvidándose de su vergüenza por el hecho de que seguramente él había visto su ropa interior por la pose que ella tenía cuando llegó. No estaba segura si era la frase que seguía pero comenzó a recitar.

-Por nada del mundo quisiera que te viesen.

Él sonrió complacido y continuó.

-Me oculta el manto de la noche y, si no me quieres, que me encuentren; mejor que mi vida acabe por su odio que ver como se arrastra sin tu amor.-dijo e introdujo su mano por la pequeña rendija, ella la tomo cariñosamente.

-¿Quién te dijo dónde podías encontrarme?-afortunadamente los diálogos de Julieta no eran tan complicados en esta parte.

-El amor, que me indujo a preguntar. Él me dio consejo, yo mis ojos le presté. No soy capitán pero, aunque tú estuvieras lejos, en la orilla más distante de los mares más remotos, zarparía tras un tesoro como tú.

-Ya no recuerdo qué más dice.-dijo un poco apenada.

-No importa pecosa; no necesitamos complicados versos para decir lo que sentimos.- y se acercó para besar su mano.-Ahora dime, ¿porqué estás aquí? Patty me dijo que discutiste con Liza, ¿pero porqué fue?

Candy de pronto pareció ponerse nerviosa, trago saliva y contestó.

-Tonterías.

Él no quedó satisfecho con esa respuesta, la miró extrañado.

-Tú nunca peleas por tonterías, al menos no con esas arpías.-dijo con su sonrisa sarcástica.

-Sé que no debí, pero es solo que no estaba para soportarla, supongo.

-Bien-dijo después de un momento-Será mejor que tengas más cuidado, no creo que te agrade mucho estar aquí. ¿Y esta maldita ventana no se puede abrir?-forcejeó con la ventana.

-¿Crees que no lo intenté ya?-rió Candy al verlo luchando con la ventana.

-¿Cuándo te dejarán salir?

-Dice la hermana Margaret que posiblemente mañana.

-Espero que si. ¿Tu tía se enteró? Debe estar furiosa.-rió Terry.

-No, ella está en América y no se enteró.-dijo con voz triste.

-Pareciera que eso te desilusiona.

-No, claro que no.-sonrió ella como siempre.

-Supongo que a mi padre no le agradaría mucho que la futura duquesa de Grandchester sea el dolor de cabeza de las monjas.-soltó de repente Terry.

-¿Cómo dices?-se sorprendió Candy y al hacerse un poco hacia atrás cayó de sentón en la cama.

Él lo pensó un momento, con la mirada perdida, después la miró y sonrió levemente.

-Mi padre me ha dicho que cuando acabe el colegio pediremos tu mano. Dice que con su apoyo no cree que el señor Andrey se niegue pues te convertirás en duquesa algún día.

-Pero ese plan no te convence.-dijo arrodillándose y tomando la mano de Terry nuevamente.

Al parecer no podía ocultarle nada a esa pecosa; ella sabía que algo le molestaba aunque no lo dijera, así como él sabía que había algo en todo el asunto de su castigo que no concordaba.

-Si acepto su ayuda, tendré que someterme a su voluntad; él no lo ha dicho pero sospecho que será con la condición de que acepte mi obligación como heredero al ducado.-hizo una pausa y le sonrió al ver la mirada dulce que ella le otorgaba.-Pero yo he estado pensando que quizás no es eso lo que quiero hacer con mi vida. No me malinterpretes, deseo hacerte mi esposa, pero no sé si ser un duque, atender los negocios familiares y asistir a infinidad de compromisos sociales sea lo que yo anhele.

-Lo sé cariño.-él la miró sorprendido y complacido; era la primera vez que lo llamaba así.- ¿Qué te parece si le damos tiempo a todo este asunto de los compromisos? Aún faltan algunos meses para que te gradúes, quizás las cosas cambien para entonces, quizás sean más favorables.

Él sonrió y asintió.

Cuando se disponía a descender y después de darle las buenas noches, volteó y en su rostro se dibujaba una sonrisa de medio lado que alertó a Candy.

-Por cierto, deberían hacer los calzones más pequeños, ¿no crees?-dijo recordando la imagen de sus calzones llenos de olanes.

-¡Terrence! ¡Ya verás en cuanto salga de aquí!-lo amenazó Candy y él soltó una carcajada y se fue.


Annie leía sin mucho interés una novela romántica que había logrado esconder de las monjas; antes le encantaba leerlas, pero esa noche en particular estaba intranquila y no encontraba la razón.

Patty estaba parada en el balcón comunicándose con Stear a través del código Morse con luces y de repente soltaba risillas nerviosas por algo que le había dicho su novio y que solo ella entendía. Annie la miró, puso el separador en su libro y se levantó yendo hacia el balcón, se asomó y alcanzo a ver una figura masculina que caminaba hacia los dormitorios de los hombres, se fijó bien y reconoció a Terry. Seguramente venía de visitar a Candy en el cuarto de meditación, pensó la morena y soltó un suspiro. Miró a Patty que nuevamente reía sin darle mucha importancia a la presencia de su amiga y regresó a su libro.

-Annie, Archie te dice hola.-dijo la voz de Patty desde el balcón.

-Ah. Dile hola también.-respondió sin mucho entusiasmo.

-¿Solo eso?-se asomó Patty extrañada por la voz de Anne.

-Pues…si, ¿qué más?

Annie buscó en su interior; evocó la imagen de Archie y probó si sentía lo mismo que antaño. Cuando lo conoció pensó que jamás podría sacarlo de su corazón, que nadie jamás le provocaría semejante nerviosismo porque no existía un hombre más apuesto ni carismático. No era que él hubiera dejado de ser apuesto ni carismático, aún se lo parecía; pero por alguna razón su reacción al pensar en él no era la misma.

Salió otra vez al balcón y su mirada se dirigió a la ventana junto al cuarto de Archie, salía de ahí una tenue luz, como si solo hubiese una lámpara prendida. Sin pensarlo se llevó los dedos a la cabeza y buscó hasta encontrar el broche que adornaba su pelo, lo acarició y soltó un suspiro.


Anthony tenía que escuchar al profesor que hablaba acerca de la caída del imperio romano, de cómo su economía fue sufriendo las consecuencias de su propia grandeza. Pero la verdad es que no prestaba demasiada atención. La misma pregunta rondaba en su cabeza como lo hacía desde el día que recibió la noticia de labios de su tía. "¿Y si pudiera ser verdad?" Él aún guardaba sentimientos hacia Candy, aunque no sabía exactamente de que tipo, lo único que sabía que la rubia le parecía atractiva y encantadora, como siempre. Tenía la oportunidad de cumplir el sueño que había albergado tantos años, podía fácilmente aprovechar esa oportunidad. ¿Sería tan malo si lo hiciera? Ella algún día lo quiso y estaba seguro que aún lo hacía, aunque no fuera del tipo de cariño que llevaba a una mujer a casarse con un hombre. ¿Y él, sentía esa clase de amor por ella? ¿O seguiría aferrado a una costumbre, a una ilusión? Este asunto del compromiso solo había empeorado la confusión que tenía ya desde hace tiempo.

Por la tarde salió a dar un paseo por los jardines, tratando de despejar su mente. Caminaba cabizbajo, con algunos dorados mechones cubriendo su frente y sus azules ojos dejando ver su estado anímico. Cerca de la fuente escuchó el sonido de risas femeninas, creyó reconocerlas y se acercó sin hacer ruido. Ahí estaban las tres amigas platicando alegremente, riendo espontáneamente. Las vio a todas un momento y sonrió, pero para su sorpresa su mirada no se aferró a la pecosa con rizos dorados, sino a unos ojos azules y tristes a pesar de la risa que salía de los rosados labios, a unos negros cabellos que brillaban con el sol. Sintió el impulso de acercarse pero en ese instante recordó el único beso que había dado a esos labios acompañado del recuerdo que lo hirió como un rayo de las palabras de su tía. Una sensación desagradable lo invadió, si antes tenía dudas de acercarse a Annie, ahora no se sentía capaz de hacerlo; se sentiría culpable porque no sabía que podría ofrecerle. ¿Amistad? ¿Amor? ¿Y si el compromiso con Candy no podía deshacerse? Lo que menos le gustaría sería que Annie pensara que él estaba jugando con ella mientras estaba comprometido con Candy. Además primero tenía que desenmarañar el lío que tenía en su cabeza, como se encontraba no era capaz de definir sus sentimientos.

Desde aquel día que besó a Annie no pudo olvidar la sensación que experimentó, fue algo diferente a cuando besó a Candy. Él se imaginaba que besar a esa rubia sería la máxima gloria a la que podría aspirar, pero por extraño que parezca al recordarlo no sentía más el vuelco en el estómago, contrario a lo que sentía cuando recordaba ese beso en el salón de música. Sin embargo la ilusión sufría un golpe y terminaba por dejar un sabor agridulce cuando venían a su mente las palabras de Annie aquella vez. Estas le dolieron y desconcertaron más que la bofetada que recibió.

Recordando todo esto decidió que era mejor darse media vuelta y buscar un poco de paz en la soledad.


Terrence se disponía a desvestirse para dormir después de ver a su pecosa en la colina, ya que al fin había salido del castigo. Unos toques en la puerta lo hicieron abotonar otra vez su pantalón y acercarse para ver quien tocaba a esa hora.

-Terry, ven pronto.-le dijo emocionado Stear apenas abrió la puerta.

-¿Adónde?

-A nuestra habitación, te mostraré algo.-contestó con una sonrisa.

-Sinceramente inventor, si no es una mullida cama no estoy interesado.

-Anda, no seas aguafiestas.-y lo tomó del brazo para llevarlo casi a rastras.

-Bueno, ya estoy aquí. ¿Qué es eso tan maravilloso que me mostrarás?-dijo cuando entraron a la habitación.

-Otro de sus inventos fallidos. ¿Qué más?-dijo con tono arrogante Archie.

-Ya verás que esta vez funcionará.-le contestó su hermano apuntándole con el dedo.

-Pensándolo bien Stear, mejor me voy. Mañana me cuentan como salió todo; no quiero estar aquí cuando esa cosa explote.-dijo Anthony que hasta entonces había estado inmóvil en un rincón.

-Yo también me voy. –se unió Terry.

-No, no. Esto también les concierne a ustedes. Esto que ven aquí es mi último invento para comunicarnos con las chicas de edificio a edificio.-dijo entusiasmado mostrando una especie de catapulta.

-Yo le veo cara de todo excepto de teléfono.-dijo Archie y todos rieron.

-Muy gracioso hermanito. Obviamente no podemos tener un teléfono aquí, por eso usaremos otros métodos. Gracias a este aparato podremos enviarles mensajes a las chicas y ellas nos enviarán la respuesta. Observen.-y se puso a preparar todo para la prueba.

Tomó una especie de pelota a la que le abrió un compartimiento donde colocó el mensaje, la puso en el brazo de la catapulta y los miró a todos, expectante de su reacción. Los tres espectadores prefirieron dar unos pasos hacia atrás.

-No hay de que preocuparse, no puede salir mal. Las chicas ya deben estar en el balcón de la habitación de Patty. ¡Allá va!-dijo soltando la cuerda que accionaba el mecanismo y arrojaba el objeto.

Todos se acercaron al ver que la pelota salía disparada, se asomaron al balcón curiosos y esperaron aguzando el oído y la vista, aunque en realidad no veían a las chicas en el balcón de enfrente.

-¿Habrá llegado hasta ellas?-preguntó Anthony al notar que nada pasaba.

Un grito proveniente del edificio de enfrente les dio la respuesta.

-Tú y tus inventos. Seguramente les cayó encima esa bola.-le dio un golpe Archie.

-Si descalabraste a mi pecosa, inventor…-le propino otro Terry.

-No, no pudo haberles hecho daño. La hice de un material suave, aunque si tenía que tener cierto peso para que pudiera llegar hasta allá. Debí haberles dicho que usaran protección en la cabeza.-dijo distraído.

-¿Y la respuesta la enviarán igual?-preguntó Anthony.

-Si, instruí a Patty esta tarde.

De pronto todos abrieron mucho los ojos y voltearon hacia el edificio de las señoritas, buscando en la oscuridad algún objeto que viniera volando hacia ellos. No lo vieron hasta que estaba encima ya. Todos se metieron corriendo al cuarto pero la bola alcanzó a Stear y lo golpeó, tirándolo al piso. Los tres que alcanzaron a resguardarse salieron al balcón riendo, Terry tomó la bola y abrió el lugar donde se guardaban los mensajes, lo leyó.

-"¡Aquí tienes tu respuesta! Por poco descalabras a Annie. Olvídate de usar esta cosa."-leyó divertido, reconociendo la letra de Candy.

-Creo que volveremos al código Morse con luces.-dijo Stear levantándose.-Al menos eso es inofensivo.

Anthony y Terry se disponían a marcharse a sus respectivas habitaciones cuando el rubio dejó atrás el semblante indeciso que tenía desde hacía unos minutos y detuvo a Terry haciéndole una pregunta.

-Espera, quiero preguntarte algo.

-Tú dirás.-contestó inexpresivo Terry.

-¿Qué intenciones tienes con Candy?-soltó sin preámbulos Anthony.

Terry lo miró fijamente un momento sopesando si responder a eso o no, si debía enfadarse por el tono usado por Anthony o no.

-¿Lo preguntas como un primo preocupado o como un pretendiente ofendido?

-Lo pregunto, y el hecho de ser de su familia me da derecho a saber.-contestó inmutable Anthony.

-Mis intenciones con tu prima no podrían ser más serias.-comenzó Terry y le dio una mirada rápida a Stear y Archie que los contemplaban en silencio-En cuanto tenga algo que ofrecerle me casaré con ella.

-¿Algo que ofrecerle, que no tienes la herencia de tu padre?

-Aún no sé si aceptaré el ducado. ¿Habrá algún problema con eso? ¿Su tutor solo me dará su mano si sabe que ella será duquesa?

-Eso no puedo respondértelo, yo no soy quien aprobará su matrimonio.

-Pero si me pondrás a prueba y entrarán en consejo para decidir si ustedes me aceptan en la familia.-comentó con la ceja izquierda levantada.

Anthony lo miró y volteó entonces a ver a sus primos.

-Es un imbécil.-dijo con voz chillona, señalando a Terry.

Se quedaron callados un momento viéndose entre si y entonces estallaron en risas.


Diario de Elisa Legan 19 marzo 1913.

Todo está resultando como lo había planeado. He comprobado que Candy y Terrence se encuentran al atardecer detrás del colegio. Bien podría llevar a la hermana Grey para que los encontrara ahí solos y seguramente saldría expulsada; pero no es buena idea ya que comencé a ganarme la confianza de Anthony. Le he dicho que no me interesa dañar a la huérfana, más bien me preocupo por él y por la reputación de la familia. Sé que a pesar de que a veces se rebela, a Anthony también le interesa el bienestar de la familia; esa es la educación que recibió, nunca podrá evitarlo. Ahora yo necesito usar eso para conseguir mis propósitos.

Y Candy me está facilitando tanto las cosas al exhibirse como lo hace con ese inglés. Debo admitir que tiene buenos gustos, primero Anthony y luego Terry, es muy guapo ese inglés rebelde; y también está el hecho de que es hijo de un duque. Resultó bastante lista esa huérfana.

De lo que debo preocuparme ahora es de seguir acercándome poco a poco a Anthony, hacerme su amiga. No veo porque no pueda. ¿Qué tiene esa chiquilla que no tenga yo? ¿Acaso yo no merezco el amor y la admiración de un hombre? Yo me esforzaré por hacerlo feliz, por ser la mujer que él necesita y desea. Sé que puedo hacerlo si me lo propongo. Después de todo él y yo crecimos juntos, tenemos más en común que con esa malcriada.


REFERENCIAS:

*Romeo y Julieta, de William Shakespeare. Acto II, escena I

NOTAS:

¡Ya sé, ya sé! No tengo perdón de Dios. Me tardé mucho en actualizar y creánme que me tenía bastante inquieta. Pero no pude, por más que hice. Por un lado la guerra florida que me acaparó, por otro las ocupaciones diarias y para rematar intervinieron quirúrgicamente a mi mamá. Así que creo que tengo buenas excusas. ¿No?

maat sacmis: Siempre tan expresiva mujer. jajaja Me hiciste reír mucho con eso del sacrificio de algo tan viejo y corrioso. Espero que el chocolate te haya ayudado.

Hime-Sora: ¡Bienvenida! Gracias por leer y que bueno que te está gustando hasta ahora. La verdad es que la pelea de Anthony y Terry es de mis escenas favoritas.

Yelibar: ¿Qué te pareció Anne en este capítulo? Creo que no hay remedio, te cae mal, ¿verdad? jajaja Espero haber aclarado la decisión de la tía.

coquette 81: Yelibar dice que los Annie no merece a los chicos y tú que Archie no merece a Annie. ¿A quién le hago caso? jajaja

Camila Ulloa: Gracias por tu review. Para mi era muy claro porque a la tía se le ocurrió la genial idea de comprometer a Candy con Anthony pero es cierto, puede resultar extraño sabiendo que a la tía le impresiona la nobleza. Pero espero que sus razones, ahora que las expuse, les parezcan razonables. Bueno, viniendo de quien viene. jeje

alsha: Gracias por las porras. Si, Terry puede ponerse furioso cuando se entere, no quiero ni pensarlo.

Betsy-pop: Gracias por tus palabras. Me encanta que te encante mi historia. Cuídate.

lerinne: Que bueno que te gustó el capítulo, espero que este también te complazca. Y pues a ver que se les ocurre hacer a esos dos para seguir juntos.

Alyshaluz: ¡Si, ya se armó! jajaja Espero que sigas leyendo para saber que pasa con este lío que ya se armó.

chica vampiro 92: ¡Bienvanida! Que bien que te esté interesando la historia, seguiré esforzándome por complacerlas o al menos hacerles pasar un buen rato.

Mil gracias a todas las que me escriben y a las que solo leen. Me esforzaré por ya no atrasarme tanto y gracias por su compañía. Cuídense mucho, sobre todo las mexicanas por la epidemia; y sonrían que esta crisis puede dejarnos hasta sin calzones, pero nunca sin buen humor.

Arrivederci.

Nashtinka, Nash para los cuates.