Capítulo XXI
"Béseme él con los besos de su boca, porque tus expresiones de cariño son mejores que el vino. Buenos son tus aceites para fragancia. Como aceite que se derrama es tu nombre." La Biblia (El Cantar de los Cantares 1:2, 3)
-Lo que deben recordar respecto al cólera –decía Christian Norton, un médico británico apasionado de su trabajo, tanto que no le había importado pasar meses viajando para llegar a la India y, una vez ahí visitar los lugares más insalubres para llevar medicamentos a todo el que lo necesitara. –es jamás beber agua que no se haya dejado hervir por varios minutos e ingerir todos los alimentos cocidos. Aunque esta ya es una epidemia, así que la mayor fuente de contaminación son las heces de una persona infectada. ¿Están seguros que quieren ayudar aquí?
-Aquí es donde se necesita más la ayuda.-contestó Albert.
-Bien, en ese caso síganme. Les mostraré donde se encuentra el equipo y las medidas de protección que deben seguir estrictamente.- dijo mientras caminaba en un largo pasillo formado entre las camas donde yacían multitud de enfermos que apenas comenzaban a mostrar síntomas de la enfermedad como dolor abdominal y diarrea acuosa de tono blanquecino con pequeños gránulos conocida como "agua de arroz".
Albert se había opuesto a que Latika se ofreciera como voluntaria, pero como ya estaba aprendiendo, su prometida podía ser tan perseverante como él, o quizás más. Así que a pesar de su resistencia había tenido que ceder a que ella lo acompañara al hospital que habían improvisado en el pueblo y ahora caminaba entre los infectados mirándolos a todos con un profundo dolor.
-Latika, sería mejor que no vinieras aquí.-insistió Albert cuando hubieron salido del hospital.
-Perdóname pero no puedo obedecerte en eso. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras esta epidemia se extiende y amenaza a mi familia; y mucho menos voy a permitir que tú te arriesgues al venir a atender a los enfermos y yo no hago nada. No te preocupes Albert; sucederá lo que deba suceder.
-Eso no me conforta.-respondió con una triste sonrisa el rubio.
-Debería.-dijo ella sonriendo-Debes aprender que en la vida suceden cosas sobre las que tú no tienes ningún poder. Hay que aceptar lo bueno y lo malo por igual, sin preocuparte demasiado por lo que no puedes solucionar.
Su sonrisa era tan limpia, tan franca, sus ojos tan chispeantes, su pelo tan sedoso, su piel tan incitante que Albert hubiese deseado tomarla entre sus brazos y besarla ahí mismo; pero sabía muy bien que en la cultura de Latika eso era más reprobable que en la suya propia. Se limitó a tomar su mano y depositar un fugaz beso, ella se sonrojó y bajó la mirada enseguida. No hubo necesidad de más, en su mirada se leía todo el amor que le prodigaba al joven con cabellos de sol que había llegado para alegrar sus días.
-Se llevarán muy bien Candy y tú. Ya verás que te encantará esa chiquilla.-le dijo comenzando a caminar a su lado.
-Dime. ¿Cómo es que siendo tan joven decidiste hacerte responsable de una pequeña?
-La verdad es que me convencí por la insistencia de mis sobrinos, aunque yo siempre quise hacer algo por sacarla de donde estaba viviendo y no la trataban bien. Y es que desde la primera vez que la vi quedé fascinado por su aspecto tan frágil y vulnerable pero a la vez pude percibir en sus grandes ojos una fuerza, un ímpetu agazapado, listo para mostrarse apenas viera la oportunidad. Entonces pensé que contemplar la evolución de esa pequeña llorona en mujer sería un espectáculo digno de verse y me determiné a ser testigo cuando ella desplegara sus alas, y de ser posible facilitarle los medios para que lo hiciera.
-Siento que ya la quiero por todo lo que me dices acerca de ella y a tus sobrinos. Quisiera conocerlos a todos.-le dijo sonriente Latika.
-Los conocerás Latika. Seguramente contigo a mi lado será más fácil cuidar de esa manada de jovencitos.-le dijo él entornando los ojos y provocando la risa de Latika.
-Si, me gustaría tanto…
La señora Elroy se acomodó en su salón de té esperando el servicio. Esa tarde había decidido tomar el té más temprano, buscando relajarse de toda la agitación que le habían provocado los últimos días sus sobrinos. Su mirada se perdió en el jardín, que se veía desde la ventana y recordaba la reciente entrevista con el duque de Grandchester. No sabía que impresión le había dejado, no sabía que pensar, y es que a estas alturas ya no creía en cualquier destello que auguraba buena fortuna pues sabía muy bien lo engañosos que eran.
El duque le había dicho que estaba enterado de la desaparición de Candy y ella se removió en su sillón, incómoda. Lo que menos deseaba era que fuera del dominio público el desliz de Candice. El duque, consciente de esta situación procuro sonar lo más amable y considerado que su naturaleza le permitía.
-Tengo razones para creer que la señorita Candy se encuentra en compañía de mi hijo.-le dijo seriamente y ella palideció.-Desde luego toda la responsabilidad es de Terrence, seguramente ella se vio arrastrada a eso.-le dijo él procurando calmarla, al salvar la honra de Candice. Ya he comenzado la búsqueda y tiene mi palabra de que en cuanto los hallemos mi hijo cumplirá con su deber.
-Se lo agradezco Duque de Grandchester. Como comprenderá esta situación me tiene sumamente perturbada.
-Lo entiendo perfectamente.-dio y tomó un sorbo del oporto que le había traído una sirvienta, su entrecejo se tensó como si meditara en algo y más para sí mismo dijo – Hay algo que no entiendo. ¿Porqué huir así? ¿Usted me hubiese dado la mano de Candice de no haber sucedido esto?
La señora Elroy se tensó y dejó de respirar un segundo pero su temple le permitió disimular y retomar el control. En ese momento confirmó, sin lugar a dudas la razón que había llevado a Candice a tomar esa arrebatada decisión: el compromiso no deseado con Anthony.
-Bueno, eso es un asunto que debía de tratar con el señor William. Él es su tutor.-contestó desviando casi imperceptiblemente la mirada.
-Ya veo. Claro. Espero poder hablar pronto con él acerca de este tema.
-Por desgracia él se encuentra de viaje y no sé cuando volverá, pero yo le comunicaré todo, incluyendo su visita.-dijo haciendo gala de sus exquisitos modales, fruto de una esmerada educación.
Era difícil saber cual era la verdadera postura del duque ante la inconsciencia de su vástago y de Candy. Todo en él parecía estudiado y frío, no mostraba prácticamente ninguna emoción. No era que le sorprendiera o le molestara, estaba acostumbrada a tratar con personas así; ella misma no se permitía nunca traspasar las buenas maneras y reír más de una moderada sonrisa, preguntar más de un cortés "¿Cómo ha estado?" o emocionarse más allá de un calmado "Gusto en verle". Pero en este caso le gustaría saber un poco más de lo que esperaba. No dudaba de la caballerosidad del duque, pero se encontraba tan angustiada que anhelaría tener en sus manos la garantía de que ese escabroso asunto que amenazaba el buen nombre de su familia se solucionaría sin ningún problema.
También debía considerar si debía informar a William o no. Como ella lo veía podían suceder dos cosas: que se avergonzara del comportamiento de su protegida y le retirara el apellido, cosa que , conociéndolo, creía muy improbable; o que regresara precipitadamente arriesgándose en territorio con epidemia y enfadado con ella porque, aunque nunca le dijera nada, la culparía de lo sucedido. Suspiro y pensó que por esta vez tendría que confiar en que todo se resolvería para bien.
-¿Entonces no los compraremos ahora?-preguntó Candy distraídamente observando el movimiento de la calle.
-No querida.-le contestó Terry viendo de reojo una pareja de señoras que pasaba junto a ellos y los miraba con curiosidad.-Solo necesito saber cuanto necesitaremos.-añadió una vez que las señoras se alejaron un poco.
-Es cierto.-se reprendió Candy-Que ya soy tu esposa…-le guiñó un ojo.
-Si, recuérdalo. Cuando estemos en público somos marido y mujer.
-Si querido.-le sonrió pero enseguida se distrajo con un aparador donde se veían apetitosos pasteles y bizcochos; pero su propio reflejo en el vidrio llamó su atención. Miró el peinado alto y sus labios coloreados con un lápiz rosa pálido que se había aplicado por sugerencia de Terry, a fin de verse un poco mayor. Se sentía extraña, pero últimamente era así. Era como si repentinamente hubiese caído en cuenta que efectivamente se estaba haciendo mayor; como si la niña se despidiera definitivamente para dar paso a la mujer; y sin embargo era ella misma, la misma Candy, solo que ahora tomaba las riendas de su vida para decidir que deseaba estar con Terry, para decidir que no aceptaría la voluntad que su familia adoptiva quisiera imponerle, para hacer lo que le pareciera correcto aunque la sociedad la condenara por ello. Miró a Terry que caminaba erguido a su lado, con su usual porte de caballero de noble cuna. Sonrió diciéndose que hacía lo correcto y apresuró el paso para sostenerse más al brazo de Terry.
-Aunque fue buena idea que trajeras contigo tus documentos, no nos servirán para viajar. Ambos somos menores, así que tendremos que conseguir documentación falsa.-le dijo Terry expresando, seguramente, lo que había estado pensando mientras caminaba en silencio.
Desde una esquina pudieron apreciar el lugar adonde se dirigían, una figura masculina salía del lugar y Candy lo miró e hizo una mueca.
-¿Dónde he visto a ese hombre?-preguntó en un susurro.
Terry prestó atención entonces al hombre al que se refería la pecosa y repentinamente detuvo su andar, jalando a Candy del brazo para esconderse.
-Es el chofer de mi padre. –le avisó Terry en voz baja.
-¡Oh, claro!-se quedó callada un segundo y miró a Terry a los ojos-¿Qué crees que haga aquí?-le preguntó en el tono que usa quien ya conoce la respuesta a su pregunta.
-Me temo que nada que nos facilite las cosas.-dijo él pensativo.
Efectivamente, averiguaron por medio de Cookie, un pequeño al que conocieron en las inmediaciones del puerto, que el empleado de la taquilla tenía los retratos tanto de Terry como de Candy. No había manera de saber si ambos los había llevado el chofer del duque o si la familia Andrey estaba haciendo averiguaciones por su lado pero lo importante era que seguramente los detendrían en cuanto intentaran comprar un boleto y llamarían a sus familias. Los planes debían modificarse.
Decidieron quedarse una temporada en Londres, esperando que su padre desistiera en su empeño de encontrarlos o que al menos pensara que no valía la pena hacerlo en los puertos. Además necesitaban tiempo, primero para averiguar quien podría facilitarles los documentos falsos que necesitaban para viajar y segundo para reunir el dinero para pagarlos. En poco tiempo encontraron un departamento en el barrio East End, en Brushfield Street. Era un lugar pequeño pero se ajustaba bien a sus necesidades; cuando fueron a verlo Candy se asomó por la ventana y pudo notar que tenían una buena vista de la Christ Church y le recordó la vista que tenía de la iglesia desde la ventana de su dormitorio en el colegio.
Terrence comenzaría a buscar trabajo y Candy lo animaba a que buscara trabajar en lo que a él le gustaba, el teatro. Él no estaba muy seguro, por alguna razón se resistía a entrar a ese mundo todavía. Candy supuso que era temor; a que lo rechazaran, a saber que no era talentoso en lo que amaba. Así que le dio tiempo, aunque ella estaba segura que lograría actuar magníficamente en cuanto se decidiera, pensando que eso era algo que él debía hacer cuando se sintiera listo.
Sara Legan caminaba erguida y seria por el iluminado pasillo decorado principalmente con beige y toques de azul. Abrió la puerta sin tocar antes, no estaba para delicadezas. Elisa volteó en su taburete sorprendida por la intromisión.
-¡Madre!
Sara se acercó con paso firme sin contestar al saludo de su hija y le propinó sonora bofetada.
-¡Descarada! ¡Indecente! ¿Cómo te has atrevido a hacer semejante cosa? ¿Te das cuenta lo que has hecho al respetable apellido de tu familia? ¡No! ¿Qué vas a darte cuenta? ¡No tienes más conciencia que un mújol!
Elisa no sabía lo que era un mújol, pero desde luego no se atrevió a preguntar. Su madre nunca la había tratado así; nunca la había golpeado ni siquiera gritado de esa forma.
-La tía Elroy está sumamente decepcionada de ti, al igual que tu padre. Te has metido en un buen lío señorita.-le dijo apuntándole con su abanico-Y si no lo solucionamos pronto serás la comidilla de la sociedad y la vergüenza de todos nosotros.
-¡Suficiente madre! ¡No me importa nada si con lo que hice conseguiré ser la esposa del hombre que he amado toda mi vida!-respondió apasionada Elisa aún frotándose la mejilla.
-¡Amor! ¿Tú qué sabes de amor?-se quedó callada meditando en algo y Elisa la observó confundida.-Espero que de verdad sirva de algo tu indecencia. Y también espero que no sea como con todos tus otros caprichos, que una vez que los tienes en tu poder pierden su importancia.
-¿Pero qué dices? Yo amo a Anthony, lo he amado desde que era una niña. Por eso no podía permitir que esa huérfana me lo quitara.
Sara entornó los ojos y sacudió levemente la cabeza, hastiada del mismo cuento.
-Te advierto Elisa que no voy a admitir una sola tontería más. Vas a hacer lo que yo te diga si es que quieres salir bien librada de esto. Por lo pronto te vas a quedar en la mansión y te comportarás como lo que eres, una señorita bien criada.
-Si madre.-contestó ella con tono de fastidio-¿Ya hablaron con el padre de Anthony?-agregó ansiosa.
-Aún no. Pero desde luego tu padre exigirá que te responda como un caballero.
El padre de Anthony llegó una mañana soleada a Londres. En cuanto recibió el telegrama de la tía Elroy arregló sus asuntos para salir en unos cuantos días a encontrarse con su hijo. Frecuentemente la culpabilidad lo asaltaba, por o estar cerca de su hijo para guiarlo y brindarle su apoyo. Desde que su esposa murió, él se había alejado cada vez más. Es cierto que le enviaba dos cartas al mes, religiosamente. Y también dinero para sus gastos así como constantes regalos. Sin embargo en el fondo sabía que el noble muchacho, tan parecido en carácter a su madre, hubiese sido más feliz si en vez de obsequios le daba un abrazo cada noche. Pero el señor Brown no podía hacerlo; desde muy joven supo que su vida sería la marina, como lo fue para su padre antes de él y por mucho que amara a su hijo, su vida estaba ahí, en la cubierta de un navío, escuchando el griterío de los hombres al trabajar y el rugido del mar. No podía ser de otra forma; sin embargo su conciencia le decía que lo que le ocurría a su hijo bien pudo haberlo evitado él de haber sido un padre diferente; que estaba a punto de pagar la cuenta por el abandono al que había sometido a Anthony.
Había hablado ya con la señora Elroy, pues ella prácticamente le exigió que la acompañara a la biblioteca tan pronto puso un pie en la mansión Andrey. Así que estaba enterado ya de la delicada situación en la que se había involucrado su hijo. Se resistía a tener que ser él quien dictara el fallo. No había visto a su hijo en mucho tiempo y ahora solo se aparecía para imponer su voluntad… No, Vincent Brown deseaba conocer la versión de su hijo, conocer su sentir. No le parecía que hubiese un lugar apropiado para charlar tranquilamente en la mansión, así que invitó a su hijo a cenar ya que la llovizna de la tarde había cedido.
-Tu tía me ha puesto al tanto de lo que pasó, pero yo quiero escucharte. ¿Tú estás enamorado de esa señorita?-comenzó Vincent.
-No padre.-dijo secamente Anthony.
-Entonces ¿qué deseas hacer?-dijo después que el mesero se alejó.-No quisiera decirte esto, después de tu confesión, pero lo que han hecho puede tener consecuencias.
-Ni siquiera estoy seguro si ocurrió.-se defendió Anthony.
- ¿Cómo que no estás seguro?
-Bueno…-el chico se sonrojó levemente-es que había bebido de más y no recuerdo muy bien lo que pasó.
El semblante del señor Brown pareció alegrarse un poco y Anthony se preguntó si le causaba gracia lo que le acababa de decir.
-Entonces existe la posibilidad de que nada irremediable haya ocurrido.-Anthony se alegró porque por primera vez sintió que su padre mostraba empatía con él.
-Pero también existe la posibilidad de que haya ocurrido…-dijo en voz baja el joven.-Y me temo que es lo más probable.
Vincent se sobó la frente con las yemas de los dedos y Anthony recordó de pronto haberle visto ese mismo gesto muchas veces antes, sobre todo recordó que solía hacerlo cuando la enfermedad de su madre comenzó a agravarse.
-Es mi culpa.-dijo de pronto-Debí haber estado ahí para ti. Para aleccionarte, para enseñarte como convertirte en hombre, como lidiar con tus necesidades. Verás hijo, uno no hace eso con una señorita de buena familia a menos que esté dispuesto a responder como caballero y casarse con ella. Siempre puedes decir que no y no pueden obligarte; para un hombre no implica mayor problema, es triste decirlo pero el problema sería para ella. Si llega a saberse, y por desgracia ese tipo de noticias de una u otra forma se saben, le costará mucho conseguir un matrimonio favorable; casi siempre esas mujeres terminan casadas con alguien de poca o nula fortuna, en otras palabras, su familia tendría que comprar un hombre que esté dispuesto a casarse con ella omitiendo la mancha en su pasado.
Anthony se pasó los dedos por el pelo y se quedó callado y pensativo. Su padre lo miraba atentamente con el rostro acongojado. Cuanto le gustaría que su hijo no tuviera que pasar por esto que obviamente lo apesadumbraba.
-No es tu culpa padre. –habló por fin Anthony y levantó la mirada; tenían el mismo brillo dulce que el señor Brown tan bien recordaba, igual al de su difunta esposa, pero ahora había descubierto una chispa de determinación que lo hizo darse cuenta que Anthony efectivamente había crecido y estaba en camino de convertirse en un hombre –Ni tú ni nadie podía impedir que cometiera mis errores. Y ahora yo afrontaré las consecuencias de los mismos.
Pronto las noches comenzaron a ser diferentes. Una ocasión despertaron y la manta que los separaba estaba tirada en el suelo mientras que Terry estaba dentro de las cobijas, junto a Candy. Él despertó primero, pensaba salir de la cama para evitar le una vergüenza a Candy, pero en vez de eso se quedó inmóvil, mirándola. Le parecía tan adorable su manera de dormir, aunque realmente no tenía nada que cualquiera pudiera hacer; pero él veía su posición, con un brazo sobre su cabeza y el otro reposando en su vientre, los rizos salían de la coleta, alborotados y ella parecía tan ajena a todo. Los primeros rayos de sol se abrieron paso entre las cortinas y cayeron en el rostro de la rubia; al principio parecían no molestarle, pero después de unos minutos comenzó a mover los labios y a fruncir el ceño, abrió lentamente los ojos y lo primero que apareció a su vista fue precisamente lo que estaba viendo en sus sueños, su sonrisa. Ella le correspondió con una sonrisa a su vez; entonces notó que él ya no estaba sobre las cobijas sino debajo y notó también que el roce que había sentido era el de su pierna. Terry se dio cuenta de lo que Candy estaba descubriendo y pensó que reclamaría pero no fue así, solo se sonrojó y delicadamente apartó un poco su pierna, después lo miró y volvió a sonreír. Ninguno de los dos dijo una palabra al respecto, pero la noche siguiente Candy no acercó la manta con la que se cubría Terry, sino que dejó las cobijas listas para que él se metiera bajo ellas.
Finalmente una mañana Terry le anunció a Candy que probaría suerte en el teatro, y ese mismo día comenzaría a buscar que lo aceptaran en alguno, aunque fuera como suplente.
-Cuando lleguemos a América quizás tu madre podría ayudarte.-le dijo Candy emocionada.
-No.-contestó él de inmediato-Seré un actor y me forjaré mi nombre por mis propios medios.
Sin embargo los gastos continuaban, por mucho que se esforzaran en ahorrar así que algunas noches él iba a los establecimientos donde había mesas de billar, donde se reunían los hombres a jugar a las cartas; y gracias a las habilidades que había adquirido después de años de jugar era capaz de ganar dinero suficiente para pagar el alquiler y atender las necesidades más urgentes.
-Yo también podría trabajar.-le dijo Candy mientras cenaban.
-¿En qué quieres trabajar pecas?-le contestó él sonriendo.
-No lo sé. Cerca hay un gran mercado, quizás alguien necesite una empleada. Para ayudarte con los gastos y a ahorrar para el viaje.
-¿En el mercado? No, no me gustaría que trabajaras ahí.
-¿Por qué no?
-Candy, sabes que vivimos en este barrio porque no podemos pagar algo mejor. Pero no quisiera que anduvieras sola por las calles, puede ser peligroso. Y en el mercado…-Candy lo miraba expectante y él parecía no desear continuar con la explicación-hay muchos hombres vulgares y no quiero que nadie intente faltarte al respeto. No me va mal en las mesas de juego y sigo buscando una oportunidad en el teatro. ¿Por qué no esperamos a ver como salen las cosas? Después quizás encontrarás algo más conveniente en lo que puedas trabajar.
Candy hizo un mohín de disgusto y se quedó pensando en lo que él le decía. Era cierto que el barrio no era el mejor y que esa mañana cuando había salido a comprar pan, huevos y un poco de leche se había topado con un par de tipos desagradables.
-Está bien. Tal vez tengas razón. Pero si encuentro algo más apropiado trabajaré.
-Definitivo.-acordó Terry-Como también es definitivo que mañana yo prepararé la cena.- y se echó a reír ante la molestia de la rubia.
Una noche en que Terry había ido al casino, donde presuntamente podría encontrar algunas mesas de modesto juego y ganar algo de dinero; por que pasaban por un período de bajamar en las finanzas, Candy cosía algunos botones flojos mientras lo esperaba. Se alegró de no haber nacido rica, de ser así hubiese tenido una doncella que hiciera todo eso por ella y ahora la estaría pasando muy mal sin saber si quiera coser un botón. Comenzó a sentir somnolencia y decidió quitarse ya el vestido para usar su camisón, sospechaba que se quedaría dormida en cualquier momento. Efectivamente, al poco rato, no podía ya continuar con su labor y se fue a la cama. Aún antes de haberse dormido lo suficiente para soñar, despertó de nuevo y vio a Terry parado junto al lecho y contemplándola con una extraña tristeza que trató de borrar presurosamente de su rostro cuando ella abrió los ojos; solo advirtió el último y evasivo fragmento de expresión que Terrence nunca le mostrara cuando estaba despierta.
-Bon soir m'amie-dijo con suavidad, como lo dijera en la noche del baile en casa de los Andrey.
-¿Cómo te fue?-preguntó ella y Terry se sentó en la cama.
-¿Cómo me fue? Ah, si…gané un poco. Mejor dicho, gané bastante.- dijo y siguió escudriñándole el rostro; Candy sonrió y él no contestó a su sonrisa, y luego una trémula campana de iglesia dio la media hora.
-Vi a Anthony que se dirigía a un lujoso restaurante acompañado de un caballero.
-¡Oh por Dios! No te habrá visto ¿verdad?- balbuceó azotada repentinamente por el pánico.
-No, no me vio. No pudo haberme visto.
-Menos mal.-suspiró aliviada-Me alegra que lo visite su padre.
Terry pareció no escuchar ese último comentario; vaciló, tomó su mano apoyada sobre el cobertor, volvió la palma hacia arriba y la quiso besar, cambió de idea y la depositó nuevamente en su lugar, con cuidado, como un objeto sagrado.
-Pero yo si averigüé sin proponérmelo que quien lo acompañaba era su padre que recientemente fue ascendido a capitán en la marina americana y es poseedor de una nada despreciable fortuna, producto de su herencia y de su propio esfuerzo. Y siendo Anthony el único hijo es heredero de la fortuna de sus padres.-dijo mientras había comenzado a dibujar pequeños círculos en la palma de la mano de Candy.-Oye, chiquita… ¿Qué escribiste en tu carta de despedida?
-¿A qué viene eso Terry? ¿Qué pasa?-preguntó notando cada vez más extraña la actitud de Terry.
-Nada querida, no te asustes. Es solo que quizás tu familia aún te acepte de regreso, podrías decir cualquier cosa. Desde luego negando que estuviste conmigo este tiempo para que nadie se atreva a acusarte. Te ruego que lo pienses a fondo y lo examines en todos los aspectos. Se trata de una decisión muy grave y yo debo mantenerme al margen de ella. Tú debes decidir, tú sola.
-¿Qué locuras estás diciendo? No pareces el mismo. Tomé mi decisión al irme contigo. No entiendo muy bien adonde quieres ir a parar.
-Mira pecosa: si tú quieres mañana a medio día puedes estar nuevamente con los Andrey. –dijo poniéndose de pie y caminando hacia la ventana.
-¿Qué haría yo con los Andrey mañana? ¿Porqué dices semejantes desatinos?-preguntó conteniendo el aliento- Te amo. ¿Porqué nos estas creando todas estas complicaciones?
Terry abandonó la ventana y se acercó a la rubia, tomó su cabeza entre sus manos y la echó hacia atrás, cautivó los verdes ojos con la fuerza de los suyos; en sus dilatadas pupilas ella pudo verse a sí misma, muy diminuta con la tenue luz que arrojaba su lámpara de noche.
-¿Me amarás también cuando pase el tiempo y sigamos viviendo en estas condiciones? Ahora es una aventura y una novedad, ¿pero qué pasará cuando te des cuenta de lo que dejaste ir por seguir a un hombre como yo? ¿Me seguirás amando a pesar de…lo que soy?
-¿Qué eres?
Terry siguió mirándola por un momento más, luego dejó la cabeza rubia sobre la almohada, se levantó de un salto y regresó a la ventana.
-Soy un bastardo.-dijo gravemente.
Candy no sabía que confesión, que horror, que nueva enormidad inglesa había esperado después de tanta agitación; pero ahora le costaba contener la risa.
-Siendo como soy una dama refinada, yo no habría utilizado esa palabra.-dijo conteniendo una burbuja de risa que se atoraba en su garganta.-Pero es probable que sea eso lo que te hace tan endiabladamente atrayente.
-No quieres comprender Candice.-dijo él irguiéndose y con figura ceremoniosa.-Mi padre se ha rehusado todo este tiempo a renegar de mí, a pesar que su abnegada esposa insiste hasta el cansancio; pero después de lo que he hecho probablemente me deteste como si hijo. ¿Y entonces qué tendré para ofrecerte? Ni si quiera un apellido, mucho menos una vida cómoda. En cambio Anthony…
-Yo no necesito una vida cómoda, no soy rica. Ni siquiera sé en que condiciones nací pero crecí en un hogar humilde, tú lo sabes. Si tú no tendrás apellido, yo tampoco lo tengo. ¿Nos iguala eso?
No hubo respuesta. Terry parecía estar muy lejos de ahí, envuelto en un pasado que le atormentaba y del que nunca quería hablar y que, por alguna razón, ahora regresaba a atormentarlo.
-Algún día, con la ayuda de Dios, seré un hombre respetable y les demostraré a todos ellos que soy un Grandchester más auténtico que los insulsos y patéticos que salieron de la matriz de la vieja cara de puerco con quien se casó mi padre.
Hasta esa noche Candy pudo comprender a cabalidad los motivos que movían todo el comportamiento de Terrence, hasta ese momento, en un cegador relámpago de sagacidad, pudo ver al hombre íntegro y abarcar los fragmentos de los que se componía su terca obsesión y el plan completo de su vida.
"Seré un actor y me forjaré mi nombre por mis propios medios."
"Algún día, con la ayuda de Dios, seré un hombre respetable y les probaré a todos que soy un auténtico Grandchester"
A Candy casi le daban ganas de sonreír, porque había en su pretensión algo de inmaduro, el desafío de un jovenzuelo herido en una reyerta y que… ¡ahora si que les haría ver a todos quien era él! Se imaginó el puerto de Londres cubierto de neblina, y a lo lejos una diminuta figura que esperaba abordar un barco, solo, con nada más que su maleta llena de esperanzas de una vida más justa; y aquella valerosa figurita era su Terry, un chiquillo resentido, despechado y terco que le lanzaba desafíos al mundo entero. "Gracias por habérmelo dicho, me alegro que me hayas dicho esto amor mío: ahora puedo amarte mucho más."-pensó Candy y tendió los brazos hacia la orgullosa figura frente a ella. Terry se alejó de la ventana y arrojándose sobre ella sepultó la cabeza en el hueco de su hombro. Candy comenzó a acariciarle la cabeza y la nuca y entonces descubrió con cierto sobresalto que Terry estaba llorando. Se quedó casi inmóvil, solo acariciando con suavidad su cabeza, escuchando el vibrante silencio y sintiendo que un poco de humedad empapaba su camisón y se sintió extraña y vagamente transformada en una madre, contra cuyo pecho descansaba un impotente niño. Por fin Terry levantó la cabeza y rodeándola con los brazos, se incorporó, la miró a los ojos y dijo, con los dientes apretados:
-¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Oh, maldita! ¡Maldita sea!
La maldición pareció devolverle algo de su habitual vivacidad y fanfarronería. Se dejó caer sobre la cama y, tendido a su lado, hizo la más imprevista de las observaciones:
-A menudo sentía un odio irrefrenable hacia mi madre.
-¿Cómo puedes decir algo así?-dijo ella y se apartó un poco de él.
Terry rió, con risa breve y condescendiente.
-Probablemente yo le provocaba el mismo sentimiento.-dijo con gran amargura-Después de todo no era conveniente para su carrera que se supiera de mi existencia. Es por eso que nací en la clandestinidad, en total secreto. Mi madre fue ayudada solo por su doncella de mayor confianza que la había acompañado a un viaje para ocultar su estado de gravidez del mundo. Así que fue en un pequeño cuarto en Connecticut donde yo vine al mundo. ¿Te aburriría oír hablar de mi infancia?
-No hagas preguntas tontas. Sigue, sigue.-dijo ella ansiosamente.
-Lo que recuerdo de mis primeros años es la cara rechoncha de mi nana. Mi madre salía a menudo y por largas temporadas, pero cuando estaba en casa me acurrucaba por las noches y me traía multitud de regalos siempre que volvía. Ahora pienso que era su conciencia que la acusaba por mantenerme escondido. Salía a nuestro pequeño patio y trepaba a los dos árboles que había allí, procurando ver lo que había más allá de nuestra propiedad, ya que tenía terminantemente prohibido salir. Nos mudamos del vecindario donde vivíamos porque los vecinos sabían o al menos sospechaban la verdadera historia. Y cuando mi madre me sacaba a la iglesia, algunos chiquillos me gritaban: "¡Excelencia! ¡Alteza! ¡Duque de Grandchester!" Mi madre entonces caminaba muy rígida, orgullosa y erecta, y me arrastraba con ella.
Pero un verano, cuando yo tenía cinco años el verdadero duque, mi padre, llegó a la casa. Yo nunca había visto un hombre tan alto y hermoso, ni atavíos más elegantes; llegó en un carruaje magnífico y me percaté que un sirviente le ayudaba con gracia a apearse. El duque no me advirtió, sino que entró a grandes zancadas en la casa, y luego en la sal hubo llanto y disputas. Mi madre salió llorando detrás de él pero a él pareció no importarle gran cosa sus ruegos, me tomó del suelo donde yo jugaba y me entregó al sirviente que le había ayudado a bajar mientras él subía a su carruaje, el sirviente me acomodó después en el carruaje y partimos. Estuvimos todo el verano en América y yo era tratado con gentileza y esmero por todos los sirvientes; aunque casi no veía a mi padre. Después partimos a Inglaterra y la situación ya no fue tan buena para mí. La duquesa no sabía de mi existencia y enterarse al tenerme enfrente le provocó un severo disgusto. Disfrutaba ensañándose conmigo, cuando no estaba mi padre me prohibía salir de mi habitación. "¡Apártate de mi vista, no quiero verte!", era la frase que yo oía cada día y a cada hora. Yo dejé de comer y enfermé. Cuando mi padre llegó de uno de sus múltiples viajes me encontró en ese estado y decidió que no podía seguir viviendo bajo el mismo techo que su esposa que al estar de encargo se había vuelto todavía más cruel. Así fue como fui a parar al San Pablo. Todo esto mientras mi madre, orgullosa de sí misma y bellísima, se exhibía en los mejores teatros y en los salones más exclusivos.
Candy esperó pero aparentemente Terrence había llegado al final de su fragmentaria autobiografía. Le sonrió, aliviado y amable ahora y apartó su camisa de noche de su cuello y comenzó a enrollar el coqueto lazo que formaba un moñito cerca del comienzo de sus senos y cada vez que su mano se acercaba a su pecho ella sentía que el corazón le latía tres veces más rápido de lo normal.
-Ahora debes tomar la decisión más importante de tu vida y la mía. ¿Sigues dispuesta a ir conmigo a América?
-¿Bailarás conmigo en la cubierta del barco?-le preguntó con una sonrisa nostálgica.
Él dejó escapar una risita al contacto con ese recuerdo.
-En la cubierta del barco, en las azoteas, en la calle si tú quieres.
-Está bien. Entonces iré contigo a América.
Terry se giró y la miró fijamente, con tal fijeza que el azul fuego de sus ojos pareció chamuscarle la piel. Llevó su mano hasta el cuello de ella y lo acarició apenas rozando con las yemas de los dedos. Se acercó para besarla con un beso suave y lento. Candy cerró los ojos disfrutando de sus labios sobre sus párpados, mejillas, frente, nariz y barbilla. Tan absorta estaba en esas sensaciones que casi ni se percató cuando él desató el lazo con el que antes había estado jugando solo sintió un estremecimiento cuando el dedo de Terry bordeó el escote de su camisón al mismo tiempo que sus labios se abrían paso entre sus rizos hasta su cuello. Candy saboreaba la tibieza y humedad de aquellos besos y sin percatarse movió la cabeza como lo hacen los mininos cuando reciben una caricia; la hizo a un lado para facilitarle a Terry el acceso y ella por su parte buscó su nuca para sentir la suavidad de su cabello, ya ahí el instinto la llevó a bajar su mano, siguiendo la larga línea del cuello de él y meterla por debajo de su camisa hasta encontrarse con los huesos de sus clavículas, finos y largos; los siguió y estos la llevaron a su hombro; seguía el mismo recorrido una y otra vez; o podía pensar en otra cosa que no fuera la suavidad y el calor del cuerpo que yacía muy cerca de ella y la abrazaba y besaba, ni siquiera oyó muy bien la campana de la iglesia que daba las once. Terry bajó su mano desde el cuello hasta el hombro de ella y su boca seguía la misma trayectoria, en el camino descendente bajó el tirante del camisón que se interponía entre sus labios y la blanca piel de Candy. Se desvió hacia el escote y lo llenó de besos también, ella se arqueó sorprendida pero no lo apartó, más bien introdujo más su mano debajo de la camisa de él y siguió llenándose la piel de su tersura.
-Hueles tan bien.-le susurró Terry.
Ella quiso contestar "Es el jabón que usé" pero la voz no le respondió. Se sentía aturdida como si el remolino de emociones que experimentaba la hubiese sobrepasado. El corazón le latía con fuerza y le costaba respirar.
-Creo que moriré.-pensó pero no se dio cuenta que lo hizo audible.
Terry rió suavemente, despegó la cabeza de su escote y la miró a los ojos. El verde parecía más oscuro y los carnosos labios estaban entreabiertos y enrojecidos como sus mejillas. El pecho subía y bajaba rápidamente como si cada respiro fuese el último que daría.
-No morirás.-le dijo y poseyó sus labios otra vez, ella se adelantó antes que él los alcanzara, ansiosa de saborearlos.
Terry acercó más su cuerpo, rodeando con su brazo la breve cintura y ella pudo sentir por vez primera la dureza de sus muslos apretados contra los suyos y la intrigante firmeza de su excitación que le oprimía su sexo. La mano de él bajó desde su cintura hasta su pantorrilla para alcanzar su camisón y subirlo mientras acariciaba las delgadas piernas de la rubia que luchaba por respirar con normalidad, sin conseguirlo. Él tomó el muslo de Candy y lo subió sobre su propia pierna subiendo y bajando su mano mientras lo hacía. Ella no opuso resistencia; estaba entregada al disfrute de los descubrimientos que estaba haciendo. Nunca pensó que un ser humano pudiese ser capaz de experimentar tantas y tan intensas sensaciones en tan poco tiempo. No lo hubiese imaginado, nadie le había dicho que unas manos sobre su cuerpo pudiesen ser la gloria misma; pudiesen provocar semejante desesperación, ansiedad, calor, vértigo y placer.
El silencio en la habitación era apenas interrumpido por los suaves jadeos y la respiración entrecortada de dos jóvenes que comenzaban a experimentar un lado del amor que hasta entonces no se habían atrevido a investigar. El toque en la puerta sonaba lejano y confuso para sus oídos embotados. Pero ahí estaba otra vez, sin duda alguien estaba en la puerta y finalmente lo oyeron con claridad. Terry frunció el ceño, visiblemente molesto.
-¿Quién podrá ser a esta hora?
-¡Oh, lo había olvidado!-dijo Candy abriendo enormemente los ojos y cubriendo su parcialmente desnudo pecho.
Fue hasta ese momento, al mirar al hombre junto a ella que sintió una enorme vergüenza por lo que se había atrevido a hacer, se sonrojó violentamente. Se levantó rápidamente y buscó su bata ante la mirada extrañada de Terrence.
-Hoy conocí a la vecina, no es mucho mayor que yo y es muy agradable. En fin, tiene un pequeño y no hay nadie que lo cuide por ella mientras trabaja; así que me pidió que yo lo hiciera y dijo que lo traería esta noche.-le explicó mientras se acomodaba la bata y sujetaba sus cabellos.
-¿Tú? ¿Cómo se atreve a dejar a su hijo con una desconocida?
-La pobre obviamente está desesperada. Además no es que yo parezca una secuestradora de niños.-bromeó.
-No, pero tampoco pareces una experta en cuidarlos…
Candy abrió la puerta a su nueva amiga y recibió al pequeño Joshua, un bebé de apenas año y medio con unas sonrosadas mejillas y enormes ojos negros que veían con curiosidad todo cuanto le rodeaba, incluyendo a Terry que sentado junto a él en la cama mientras Candy preparaba su leche lo contemplaba como si jamás hubiese visto a un bebé. Esa noche Joshua durmió en medio de los dos, enrollando sus rechonchos deditos en los rizos de Candy.
Diario de Terrence Grandchester 17 septiembre 1913.
Hoy finalmente me han aceptado para participar en las audiciones en un teatro no muy elegante ni famoso, pero me permitirá adquirir experiencia y también tener un ingreso regular. Lo cual necesitamos para cubrir nuestros gastos y ahorrar para el viaje que no es nada barato tomando en cuenta los papeles que debemos adquirir.
Los días comienzan a ser más fríos y grises. Sin embargo creo que no había vivido época más alegre. Candy y yo nos hemos acomodado bien a nuestro pequeño apartamento con vista a la iglesia, para no extrañarla… Ella se amarra una pañoleta a sus rebeldes rizos y asea el lugar silbando, cuando se da cuenta que yo estoy ensayando para las audiciones, se calla y continúa en silencio pero de vez en cuando se le escapa un tarareo y se regaña a sí misma. La miro mientras intenta cocinar la cena y le ayudo a lavar los platos y vamos juntos al mercado a comprar víveres y pienso que esto es lo que debe sentirse tener una familia. A veces, por las tardes salimos a caminar, el parque Victoria está cerca y a ella le gusta sentarse frente al pequeño lago a contemplarlo, dice que le trae recuerdos de Escocia. Entonces se abraza a mí y reposa su cabeza en mi hombro y me doy cuenta cuan preciada es esta pecosa para mi. Camina por la calle cogida de mi brazo, sonriente y confiada y gracias a esto me he resuelto a no caer jamás en la trampa a la que acostumbraba caer, en la falsa puerta de huir de los problemas. Cuando me creí traicionado por ella, me refugié en el alcohol y la autocompasión, derrochando la bolsa y la vida quería darla por perdida. Nunca más. No importa cuanto me duela, nunca más cederé ante la desesperanza. No solo por mi pecosa, por mí. Porque he aprendido que tengo la fuerza necesaria para cambiar mi vida si no me agrada, para alcanzar lo que anhelo con mi propio esfuerzo, para dejar atrás el pasado y comenzar de nuevo.
NOTAS:
Bueno, aquí está el siguiente capítulo, mis queridas señoras y señoritas. Espero que la espera haya valido la pena. Creo que quedó un poco largo pero espero no haberlas aburrido. Muchas gracias, como siempre por seguir leyendo, ustedes le dan valor a este ejercicio antiestrés, este escape de creatividad, este…como quieran llamarle.
Maat sacmis: Creo que te dejé picada con la última escena. ¿Verdad? Pues si ya me compré un paraguas playero para los proyectiles aunque la verdad todas se han visto muy comprensivas, te platico que hasta Mali ya se enteró (gracias a tu review por cierto) y al principio medio lloró y pataleó pero me dijo que le gustaba la idea. ¿Tú crees?
Betsy-Pop: Si, a mi también me dio risa lo de Mefistófeles cuando lo escribí. Pero salió así, sin planearlo; Archie lo escribió. Jajaja. Con gusto leeré tu fic amiga y gracias por seguir conmigo.
Coral: Si, a mí también me gusta la relación Annie- Anthony, creo que tienen mucho en común pero ya metió la pata el muchacho. ¿Qué le vamos a hacer? Espero que te haya gustado lo de Terry y Candy. Gracias por tu review y sigue leyendo por favor.
Roni de Andrew: Jajaja. Bueno, si, fue toda mi culpa. Pero ya sabes que todo puede pasar en mi mundo. Lo prometido es deuda: tu güero de oro ahí estuvo.
Yessi Grandchester: ¡Auch! Es el primer tomatazo como tal que me han enviado por lo de Anthony. Pero ¿qué esperaba? Bueno, les pido que le den una oportunidad a todos, incluso a Elisa para madurar; aún son muy jóvenes y cometen muchas burradas. Pero se compensó lo de Anthony con el retozón de Terry ¿o no?
Marrosydejose: Te hice caso y por eso no apareció esta vez Annie, para no verla llorar amargamente. Ojalá te haya gustado este capítulo y gracias por escribirme.
Myrslayer: Muchas gracias, me encanta recibir tus reviews. Que bueno que hubo feriados en tu país para que tuvieras tiempo de escribirme. A mi si me cae bien Anthony por eso si he sufrido con la tontería que hizo; ya veremos que pasa, aún no se ha dicho la última palabra. Y la verdad yo también me alboroto de solo pensar en el inglés. ¡Uf!
Mildred: Gracias por escribirme amiga. Pobre Annie ¿no? Sé que a muchas no les agrada mucho pero mira que si está salada…Eres la única que mencionó el laberinto y esa escena la traje en la cabeza por varios días; a partir de que leí que en Inglaterra hubo un tiempo en que eran muy populares los laberintos en las familias acomodadas, para divertirse, y se me ocurrió usarlo como un simbolismo. ¡Ah! Y no te preocupes que yo cuido del terrybombón, jajaja.
Alsha: ¿Con qué incitándome a asesinar? Jajaja Lo pensaré. Como les he dicho, no pierdan la esperanza con respecto a Anthony porque todo puede pasar. Gracias por seguir leyendo.
Un enorme saludo a todas y si se me ha pasado darle la bienvenida a alguien, disculpen, a veces soy medio despistada pero de verdad que leo y valoro cada review.
Ciao,
Nashtinka
