Capítulo XXII


Tres días necesitó Latika para que su hermana, amigas y vecinas le decoraran manos y pies con intrincados ornamentos de henna que simbolizan amor, felicidad, prosperidad, fertilidad y protección de los malos espíritus. El día de su boda se vistió con el hermoso sari rojo brillante que su padre le había regalado y se adornó con las joyas que Albert había llevado para ella según la tradición, sin embargo, no brillaban más que sus emocionados ojos violáceos. Sonreía abiertamente considerándose la más afortunada de las mujeres. En su cultura era muy extraño el casarse por amor, la mayoría de las novias ni si quiera conocían al que por disposición de sus padres sería su esposo; en cambio ella había tenido la dicha de encontrarse con un hombre deslumbrante, como jamás lo había visto, no, ni lo vería jamás. Y más aún; tuvo la fortuna de que ese hombre se enamorara de ella y ella de él. No podía ser más feliz.

En las circunstancias por las que pasaba la población no había muchos motivos para celebrar, ni siquiera parecía natural el casarse en esos días. Pero esta pareja no podía esperar más, Albert había decidido seguir adelante con los planes pues quería regresar a Inglaterra tan pronto pasara la epidemia, con Latika como su esposa. Además que Dhruv, el padre de Latika no veía bien que se desatendiera la fecha que según la posición de los astros y las cartas astrales de los novios se había fijado para la boda.

Así que el sangit* se celebró según la costumbre unos días antes de la fecha fijada por el sacerdote para la boda. Latika tocó con alegría el Dhol, el instrumento que pone ritmo al evento; las mujeres mayores cantaban rezos y las más jóvenes componían versos atrevidos bromeando sobre lo que ocurrre después de la boda y provocando el sonrojo de la novia.

Después de una visita al templo, Albert llegó en procesión a la casa de la novia, a caballo y rodeado de su séquito de invitados. En el trayecto final, la procesión avanzaba muy lentamente, parando cada pocos metros para bailar al son de los tambores. Desde dentro del recinto Latika y sus invitados oían el ruido creciente y la expectación aumentaba. Sin embargo, por muy feliz que estuviera, Latika debía seguir la tradición y lucir tímida durante toda la ceremonia; ni demasiado triste, ni demasiado alegre, para no herir la sensibilidad de ninguna de las dos familias, aunque en su caso su futura familia política no se encontrara presente. Albert la esperaba sentado en un llamativo asiento reservado para él e idéntico al que la esperaba a ella. Latika entró acompañada de su familia y amigas más cercanas, con la mirada baja y sosteniendo una corona de flores en las manos; recorrió el trecho que la separaba de su prometido con paso lento y elegante, sin prisa, como si el mundo tuviese que detenerse y esperar a que ella llegara al lado de su amado. Antes de tomar asiento junto a Albert le regaló una rápida pero significativa mirada que él apreció y atesoró en su corazón por el resto de sus días. Presidieron la fiesta, sentados uno junto al otro, sin hablar.

Después de la medianoche comenzó la verdadera ceremonia religiosa que solo presenciaron los más allegados; la familia de Latika y los amigos que había conseguido durante su estancia Albert, entre los que se encontraban el Doctor Norton y el hijo menor del ministro británico que resultó ser un rebelde que gustaba, como Albert, de vivir sin pretensiones.

Durante más de dos horas Albert se concentró intensamente en toda la interacción que debía mantener con el sacerdote en un complejo entramado de símbolos y rituales en los que se recitaron versos en sánscrito, en los que Albert previamente había sido instruido, se intercambiaron rupias, flores, arroz, entre otros símbolos; todo con la finalidad de procurar la felicidad del matrimonio. El sari de Latika fue amarrado a su elegante traje a la usanza india y Albert sintió como las piernas le temblaban cuando comenzó a caminar alrededor del fuego sagrado con Latika siguiéndolo, dieron siete vueltas y ya estaban oficialmente casados. Albert entonces le colocó con cuidado un collar de oro a Latika, como símbolo de protección. Por último, ella arrojó puños de arroz hacia atrás; su nueva vida comenzaba.

La celebración duró tres días; durante los cuales nadie recordó la epidemia, la desgracia que se cernía sobre sus cabezas; todo lo que hacían era cantar y bailar y rezar por la felicidad de sus amigos. Pues aunque Albert tenía poco tiempo entre ellos, su sencillez y buen corazón había logrado hacerle merecedor de la confianza y aprecio de los que lo conocían. Albert, por su parte, también se olvidó de todo; olvidó incluso la carta que recientemente había recibido de su tía en la que reprobaba abiertamente su matrimonio con "una mujer tan diferente a [él]", según las propias palabras de la anciana. Nada importaba ya, no iba a dejarse intimidar, ni siquiera conmover por las amenazas y rabietas de ella o quien fuera. Había tomado una decisión y la mantendría contra viento y marea; se había casado con la mujer que amaba de acuerdo a sus tradiciones y al llegar a Inglaterra lo harían de acuerdo a las del novio, pero ella era ya su esposa le pesara a quien le pesara.

-¿De verdad sería que yo tenía alguna elección?-se preguntó en un momento Albert, contemplando el perfil de su nueva esposa sentada junto a él-No lo creo; desde el primer momento que vi sus ojos estaba perdido.

La miraba totalmente hipnotizado. Sus cejas pobladas y perfectamente delineadas, sus grandes ojos con tupidas pestañas negras enmarcándolos, su ondulado y oscuro cabello cayendo pesado por su espalda. Acarició su rostro y la besó, la besó como había deseado realmente todo este tiempo. Bajó por sus delgados brazos y tomó su mano para besarla también; unió la palma de su mano con la de ella y entrelazaron sus dedos.

-Te amaré mientras respire.-le dijo Albert quedamente.

-Y yo más allá.-contestó Latika.

Él sonrió y la besó otra vez, la acarició lenta y amorosamente, ella sumisa se dejaba guiar. Aspiró con fuerza el aroma de su cabello, olía a mirra, a flores, olía a oriente. Le tuvo paciencia y la llevó de la mano por los territorios inexplorados del amor físico, le enseño a besar, a sentir y a hacer sentir hasta que ella dejó atrás la timidez y le ayudó con la labor de desatar su sari y dejar al descubierto su resplandeciente piel morena. Se adentraron en una tierra de aromas intensos, de sensaciones exquisitas y exacerbadas, de seda y henna en la piel, de humedad y calor, de ternura y pasión. Esa noche, todo se redujo a sus ojos violáceos mirando sus ojos azules, a sus manos entrelazadas y su voz murmurando su nombre.


Terry subía de dos en dos los escalones, ansioso por llegar a casa, donde su pecosa seguramente lo esperaba. Era curioso que por vez primera sintiera tanta premura por llegar al lugar donde vivía; pero ahora todo había cambiado, ya no estaba solo, ahora tenía a la que su corazón había necesitado y esperado por tanto tiempo, mucho antes quizás de que él mismo lo supiera.

-¡Pecosa!-entró como torbellino en la pequeña estancia mirando a todos lados buscando a Candy.

Pasó junto a Joshua que estaba sentado en su sillita, seguramente acababa de comer pues su boca manchada lo delataba; Terry le acarició la cabecita.

-¿Dónde está Candy, remolino?

El pequeño rió divertido y señaló con el juguete que sostenía en la mano hacia la cocina.

-¡Terry, haz vuelto ya!-salía Candy de la cocina con un delantal a la cintura.

Sin darle tiempo a decir nada se lanzó a su cuello y lo besó. Para después preguntarle sin soltar el abrazo:-¿Cómo te fue? Cuéntamelo todo.

-Tienes frente a ti a Petruccio*.-anunció sonriendo.

Candy aplaudió de felicidad y se lanzó nuevamente al cuello de Terry.

-¡Lo sabía, sabía que te darían el papel! Un momento, ¿Petruccio? Ese no es el que querías.

-No, no lo es.-dijo él alzando los hombros-Yo hubiese preferido a Lucencio; Petruccio es un poco bruto, pero sinceramente no estoy para ponerme tan exigente. Además Petruccio es esencial en la obra, en realidad es una extraordinaria oportunidad. ¿Qué es lo que huele así?-dijo moviendo la nariz.

-¡Ah! Es lo que estoy preparando para celebrar esta ocasión. Helen me traerá los ingredientes que me hacen falta, pero ya casi está listo. -dijo encaminándose a la cocina y el sonido de unos toques en la puerta la distrajeron un momento.- ¿Puedes abrir Petruccio?

Él abrió distraídamente la puerta y nunca esperó encontrase con un rostro conocido, y precisamente ese. Le dio una mirada confundida e incrédula.

-¿Qué haces tú aquí?-le preguntó desconcertado.

-Te conozco.-dijo la mujer frente a él-Si, ya recuerdo; el príncipe…

Candy logró oír hasta la cocina una voz femenina que hablaba con Terry y dejando a un lado lo que hacía fue hasta la puerta.

-¿Quién es cariño?-llegó preguntando-¡Ah! Veo que ya conociste a Helen, la madre de Joshua.-dijo sonriendo de una manera extraña y abrazó a Terry por la cintura, posesivamente.

-No exactamente. Encantado de conocerla.-y tendió la mano a la joven rubia que había visto por vez primera en la taberna, la noche que Candy fue a buscarlo hasta allá.

-¿Así que él es tu marido?-preguntó Helen, mirando a Terry.

-Si.-contestó con convicción Candy y le sonrió a Terry, él le correspondió.

-Muchas gracias por cuidar de Joshua. Lamento mucho las molestias que les causa.

-No es ninguna molestia es un niño encantador, ¿verdad cielo?

Terry asintió con una sonrisa un poco tensa, la situación comenzaba a incomodarle. No es que conociera realmente a Helen, ni siquiera supo su nombre aquella vez, pero tampoco era la primera vez que la veía. Y aunque tenía sospechas de a lo que se podía dedicar la madre de Joshua trabajando por las noches ahora tenía la certeza y se preguntaba si Candy lo sabría. Y sin embargo, una vez que madre e hijo se hubieron marchado Terry empezó a darse cuenta que tenía motivos para sentirse halagado; su pecosa se había mostrado recelosa de la mujer a la que decía apreciar tan pronto como él estuvo de por medio. Si, ahora que lo pensaba, había salido rápidamente de la cocina para dejar bien claro mediante ese abrazo y ese "cielo" que podía ser amigable con Helen mientras está respetara los límites, es decir a su "marido". Sonrió satisfecho.


El señor Farrel apenas le había entregado una nota que, según dijo, un niño había entregado. En el sobre solo se leían los nombres de los tres jóvenes Andrey. El primero al que vio fue a Archie. Este abrió la nota intrigado y comenzó a leer; sus ojos se abrieron con sorpresa y una enorme sonrisa llegó hasta sus labios.

-¡Stear, Anthony!-echó a correr gritando a voz en cuello.

-¿Dónde se habrán metido?-decía mientras buscaba en todos los lugares posibles.

Al fin dio con ellos y para su fortuna los halló juntos, en el taller de su hermano. Stear trabajaba como de costumbre en algún invento maravilloso que terminaba por no funcionar o al menos no para lo que se suponía que serviría. Anthony era el ayudante aquella tarde y mansamente sostenía varias herramientas que le iba pasando a Stear según lo pedía. Ambos se volvieron para ver al recién llegado que irrumpió en la habitación con gran griterío, algo por demás inusual en Archibald.

-¡Es de Candy! ¡Llegó una carta de Candy!

-¿Qué? ¿Cuándo? ¡Déjame verla!-gritó Anthony y se abalanzó sobre su primo para quitarle de las manos el sobre que tan frenéticamente agitaba.

-¿Qué dice? ¿Dónde está? ¿Ella está bien? ¡Contesta Anthony por Dios!-Stear había aventado sobre la mesa su invento sin importarle lo que le pudiera ocurrir y se había instalado muy junto a su primo, asomándose para ver el papel que sostenía Anthony.

-Ella está bien. Dice que lamenta haberse ido así y preocuparnos; pero que podemos estar tranquilos porque se encuentra muy bien.

-¿Pero dónde está? ¿Está con Terry?-seguía urgiéndole su primo.

-No dice nada de eso Stear. ¿Acaso esperabas que en una carta admitiera sin tapujos "He huido con Terry"? Pero la conclusión más lógica es esa; él sigue sin aparecer…

-En cuanto a donde está podemos concluir que aún se encuentra en Londres porque la carta la entregó un niño al señor Farrel y el sobre no tiene remitente, solo tiene escritos nuestros nombres.-dijo Archie que aún no controlaba su entusiasmo.

-Es verdad. Entonces sigue en Londres.-dijo meditabundo Anthony.

Le entregó la carta a Stear y salió a toda prisa del taller. Cuando estaba cruzando el umbral Archie le gritó:

-¡Hey! ¿Adónde vas?

-A solicitarle algo a la tía.-contestó sin voltear y siguiendo su camino.

Archie le dio una mirada confundida a su hermano e hizo un ademán preguntándole sin palabras de que iba todo eso.

-A mí no me preguntes, no tengo idea.-contestó Stear igual de confundido, pero después leyó la carta y sonrió ampliamente.- ¡Gracias a Dios ella está bien!-y abrazó a su hermano que le correspondió con la misma efusividad.


El día era fresco, no llegaba a ser frío. El cielo estaba tapizado de una gran masa de nubes que dificultaban el paso de los rayos solares, tan solo unos cuanto tímidos rayos lograban filtrarse y caían sobre las casas de aspecto grisáceo. En el patio un haz de luz que pareciera sobrenatural caía directamente sobre un rosal, rojo, orgulloso. Él lo miraba a distancia, taciturno pero en paz. Miraba a través del gran ventanal, miró a detalle el trabajo que se notaba en él, el marco, los relieves que lo enmarcaban, seguramente databa de hacía varios siglos, al lugar que el recinto en el que estaban. Sonrió al percatarse de la inutilidad de sus pensamientos y lo fuera de lugar que estaban. La puerta se abrió con un chirrido pero él no se volvió, siguió absorto en la ventana, esperando.

-¿Estás aquí? ¿Pero qué haces aquí?

Sonrió y ahora si la sonrisa alcanzó sus azules ojos. Abandonó la ventana para ver al que le hablaba. Ladeó un poco la cabeza, aún sonriendo, antes de contestar.

-Se supone que debería estar aquí. Hoy es el día de mi boda. Es por eso que estás tan elegante ¿no es así?

-¡Anthony por favor!-le dijo tomándolo por los hombros-Aún estás a tiempo. ¡Yo en tu lugar ya iría en camino a Tombuctú!

-Archie.-dijo tranquilamente-Quien sabe, quizás algo bueno resulte de esto.

-Aquí tienes los anillos Anthony.-dijo Stear que entraba en ese momento.-Y respecto al otro asunto; efectivamente parece que está en prácticamente cada diario de la ciudad. Todo Londres se enterará de tu boda.

El rubio sonrió y asintió pensativo.-Gracias.-musitó.-Quizás de esta forma ella no tenga miedo a regresar.

-¿Ella, Candy? ¿Qué tiene que ver tu matrimonio con su decisión de regresar o no?-inquirió Archie.

Anthony exhaló y les dio la espalda por un momento a sus primos para acercarse a la ventana a través de la cual miraba momentos antes, al llegar hasta ella se volvió y recargó las manos en el alfeizar.

-Hace unos meses la tía nos anunció a Candy y a mí que nos comprometíamos en matrimonio, cuando yo terminara el colegio, es decir por estas fechas, lo anunciaríamos formalmente.-comenzó Anthony hablando pausadamente-Esto sucedió cuando Candy ya estaba enamorada de Terry así que, como es obvio, no estuvo de acuerdo. Pero como también podrán imaginarse no hubo nada que ella pudiera decir para persuadir a la tía. Así que seguramente esa fue la razón por la que Terry y ella huyeron.

Stear y Archie lo miraban atónitos, y parecían haberse quedado sin palabras porque Anthony ya había acabado y esperaba su respuesta pero esta no llegaba, se miraron entre ellos y al fin Archie rompió el silencio.

-¿Y hasta ahora nos lo dices?

-No había dicho nada por petición de la propia Candy. Desde luego no pretendía cumplir con ese compromiso y buscaba la manera de librarse de él; escribió varias cartas al tío William pidiendo que anulara el compromiso, pero no recibió respuesta. Yo traté de razonar con la tía, le dije que era yo quien no quería casarse, que tenía otros planes, pero ella se mantuvo inamovible. Lo único que logré fue aplazar un poco la fecha, pero esto no sirvió de nada, poco después Candy se fue.

-¿Y crees que si se entera de tu boda y de la obvia anulación de su compromiso contigo, volverá? No lo sé Anthony, no es tan sencillo. Ahora debe de pensar en como la recibirá la tía, si es que la recibe…-meditó Stear ajustándose las gafas nerviosamente.

-No sé, no sé Stear. Pero si de algo sirve quiero que sepa que ya no tiene que preocuparse por un matrimonio arreglado y si eso es lo que la retiene de volver que se sepa libre de hacerlo.

Después de decir esto se irguió en toda su altura alisando su saco, pareciera que se sacudía aquello que lo retenía en esa habitación y no le permitía salir al encuentro de su novia porque se acercó rápidamente a Stear y tomó la caja que contenía las argollas, brindándole una sonrisa; miró a Archie y le palmeó el hombro como si él fuese el que pasaba por un momento estresante.

-Será mejor que vaya ya. ¿Vienen?-y comenzó a andar hacia la puerta con paso ligero y elástico, como si se hubiese quitado un peso de encima y ahora se sintiera tan liviano que casi flotaba.

Los ojos de Archibald reflejaban el dolor que sentía al observar a su primo cometer lo que para él era un craso error. Alistear tampoco lucía en absoluto feliz; posó una mano en el hombro de su hermano menor.

-No sé si pueda contemplarlo Stear.-dijo Archie mirando fijamente la puerta por donde acababa de salir Anthony.

-Sé que no estás de acuerdo con esto Archie, yo tampoco; pero no podemos hacer otra cosa. Fue su decisión y lo único que nos queda es apoyarlo, estar junto a él.-su voz sonaba hueca, desesperanzada, a Archie le pareció que nunca lo había escuchado hablar así.

A pesar de su reticencia, Archibald fue testigo de cómo su primo estaba parado, al final del pasillo, esperando a su futura esposa. Se le notaba con una gran dignidad, con su acostumbrado porte gallardo aunque sin su tranquila sonrisa. Y sin embargo no lucía triste ni preocupado, ni siquiera nervioso; cualquiera que lo viera diría que estaba de pie ahí por cualquier suerte de razón, pero no para contraer matrimonio. Archie no pudo ni siquiera tener una vaga idea de lo que pasaba por la mente de su primo, no reflejaba ninguna emoción, era una escultura de mármol esculpida con pasión pero que no la reflejaba, cuya única finalidad era permanecer ahí para ser admirada. Para que la gente la viera y pensara "Que hermoso es" y se diera la vuelta sin sentir más, sin importarle más, sin llegar a saber los sentimientos que albergaba esa hermosa escultura capaz de sonreír como nadie, capaz de ser gentil como nadie…

Fue testigo también de la entrada de Elisa luciendo un esplendoroso vestido blanco y cubriendo su rostro por un velo, en las manos sostenía con gracia un exquisito bouquet de tulipanes amarillos que era el único toque de color en su inmaculado atuendo. Archie sonrió con sarcasmo ante esta vista, pero siguió con la mirada su pausado y elegante paso hasta llegar al lado de Anthony; el novio la miró un momento y después le obsequió una fugaz sonrisa, supuso que ella sonreía también.

Entre los invitados distinguió a Annie sentada junto a sus padres y luciendo un vestido negro. Notó lo hermosa que estaba con su largo cabello recogido en un complicado peinado y sus azules ojos brillando cuando se concentraba en la pareja al frente. Sin embargo notó también una expresión ausente en su rostro, idéntica a la que descubriera en Anthony minutos atrás, como si no se encontrara ahí realmente, su pecho apenas se movía al respirar y casi no parpadeaba; tenía las manos cruzadas sobre su regazo, enfundadas en unos finos guantes y así en esa posición estuvo toda la ceremonia. Archie la miraba de vez en vez, intrigado; estaba a punto de acercarse para comprobar que aún estaba viva cuando ella finalmente se percató de su mirada y movió su cabeza despacio, sus ojos lo ubicaron y asintió levemente con la cabeza a modo de saludo. Archie le correspondió y agregó una tímida sonrisa, ella no sonrió, volvió a su posición original, a prestar atención. Archie tampoco pudo percibir lo que le ocurría a Annie, no parecía triste, ni molesta, más bien parecía decidida, si, en su inexpresiva apariencia lo único que resaltó por un momento fue una chispa en sus ojos, aunque él no supo a que atribuirla.

Así, después de unas cuantas semanas de la fiesta de compromiso, se celebró la boda de Elisa y Anthony. Los invitados comentaron de lo galante que lucía el novio y lo linda y joven que era la novia, nadie hizo ningún comentario respecto al apresuramiento, el objetivo se había logrado, no había sospechas del verdadero motivo de la unión.


Lo había acompañado muchas veces a los ensayos y en casa, ella misma le había ayudado, a pesar de su nulo talento histriónico leía su parte del diálogo con todo el sentimiento que podía y se maravillaba de cómo cada vez más Terry parecía posesionarse del personaje, hablaba con pasión, con veracidad, sus expresiones y lenguaje corporal parecían naturales, tan auténticos como si el realmente estuviera pasando por lo que le acontecía a Petruccio. Ella notó que su amado estaba cambiando, al verlo hacer lo que le apasionaba veía con claridad como la crisálida se removía con fuerza dentro del capullo, ansiosa por salir. Ya no era el mismo joven resentido con la vida que conoció una noche de bruma; aunque tenía todavía mucho de aquel joven, cosas que siempre iba a preservar, como su mirada altanera y su sonrisa sarcástica, como su naturaleza indómita y su aversión a las reglas, había otras cosas que habían cambiado, como su sentido de responsabilidad y su percepción de sí mismo, lo que lo hacía más maduro y confiable. Candy sonrió al notar que también parecía más alto y fornido que antes, sus rasgos definitivamente eran más definidos y varoniles, lo encontró más atractivo que nunca.

-¿Y eso?-preguntó Terry sorprendido ante el profundo beso que Candy le dio de repente, cuando le ayudaba con los últimos detalles de su vestuario.

-Te ves muy apuesto, me gustas mucho.-admitió ruborizada.

-Pecosa.-le dijo posando la mano en su largo cuello-No sabes cuanto me gustas tú.

La atrajo a sí para demostrárselo con un beso largo, cadencioso, que los dejó a ambos con deseos de más cuando se separaron por un fuerte golpe y un grito del otro lado de la puerta del pequeño camerino.

-¡Cinco minutos!

-Será mejor que me vaya.-dijo Candy aún más ruborizada-No perderé detalle, seré la que aplauda más fuerte.

Él sonrió y besó su mano. Antes de salir Candy se volvió y agregó:

-Terry, estoy muy feliz. Sé que estarás estupendo.

-Gracias pecas. Pero tampoco es un estreno en Broadway o en el Haymarket.*

-Eso no importa. Algún día te presentarás ahí, estoy segura. Pero está es tu primera actuación, tienes que disfrutarla, yo lo estoy disfrutando muchísimo porque sé que es solo el comienzo.

Él la miró en silencio, no contestó y no hubo necesidad de ello, Candy sonrió y le lanzó un beso antes de salir.

La escenografía no era deslumbrante ni los vestuarios exquisitos, el teatro tampoco era grande ni lujoso, pero era un teatro digno, donde la gente que no tenía los recursos para asistir a los enormes teatros cercanos a Picadilly Circus podía entrar en contacto no solo con el entretenimiento que una obra proporcionaba, sino también con el intrínseco arte que exhalaban las actuaciones de quienes prestaban sus voces y sus cuerpos a otros seres, nacidos de una pluma que sueña con explorar el alma humana. El arte se instalaba en el escenario y abría sus brazos dispuesto a acoger en ellos a todos los que desearan convertirse en sus seguidores; no importaba si usaban satín o algodón; todos eran bienvenidos a elevar su espíritu entrando en contacto con él.

La obra terminó y Candy aplaudió con todas sus fuerzas, como había prometido. Tan emocionada estaba que una pareja mayor junto a ella le preguntó si conocía a alguno de los actores. Ella, orgullosa, les enseñó a Terry que recibía la ovación junto al actor que interpretara a Lucencio.

-Es mi esposo.-apuntó sintiendo que el pecho se le hinchaba de orgullo al decir esto.

El ruido la recibió cuando bajó las escaleras que conducían a los camerinos; ruido de risas, ruido de gritos, de gente que iba y venía, ruido que pareciera de confusión, de alegría desbordada, de excitación y algarabía. Ella apenas comenzaba a comprenderlo, pero pronto tuvo que darse cuenta que los artistas no son como cualquier otra persona. Sus reacciones pudieran parecerles al común de la gente como apasionadas o exageradas. Es como si vieran las cosas de otro color, desde otra perspectiva, como si vivieran en un mundo que solo en apariencia es igual, sin embargo ellos, los que han respondido al llamado del arte, en realidad crean un mundo diferente, sublime y luminoso del que un espectador con poca sensibilidad se siente relegado; pero hay quien sin formar parte de ese mundo se sienten cómodos recargándose en la cerca y observando con placer la exquisita danza de los artistas.

-Lo lamento.-le dijo un joven de cabellos negros con el que se topó-Sé que eres una criatura celestial pero no puedes estar aquí.-agregó con una sonrisa.

-¿Cómo?-dijo ella aturdida-No, yo vengo a ver a…

-Ella viene con Petruccio.-intervino el vigilante que la había visto llegar con Terry.-Por aquí señorita.-dijo y le abrió paso entre el gentío que se aglomeró en los pasillos.

Cuando estuvo frente a Terry no se hizo esperar la emoción desbordada; saltó, gritó, lo abrazó y bailó con él. Él reía a carcajadas ante tanta efusividad. Una vez que Candy por fin se hubo calmado, Terry se cambió detrás de un biombo algo desvencijado que apenas cabía en el diminuto camerino y ella se sentó en la silla frente al espejo y curioseaba entre las cosas que Terry tenía ahí; un cepillo, un tarrito con crema, una cinta color negro y un delgado florero que contenía una única rosa. Volteó en la silla para mirar hacia el biombo, descubrió encima de él el atuendo que Terry se acababa de quitar, se oyó un suave ruido y después apareció la camisa sobre el biombo. Las mejillas de Candy se encendieron al descubrirse recordando el episodio de algunas semanas atrás, cuando entró inocentemente sin tocar al cuarto de baño cuando Terry se vestía después de bañarse. Por fortuna solo le faltaba ponerse la camisa, pero aún así la imagen de su pecho desnudo la perseguía desde entonces, se sonrojaba cada vez que lo recordaba y sobre todo por las noches, cuando yacía junto a él se imaginaba como se sentiría que sus dedos recorrieran a placer ese firme y blanco pecho.

-¿Candy?-la miraba con curiosidad Terry-¿Nos vamos ya?

-¿Eh? Si, claro.-nuevamente se sonrojó sin razón.


¡Que las campanas de las iglesias suenen por todo lo alto y las sirenas de los barcos resuenen sin cesar! ¡Que la luna muestre su cara más refulgente y las estrellas brillen enamoradas! ¡Que las calles se conviertan en un escenario y las farolas alumbren con intensidad! ¡Que despierte la ciudad, si, que despierten todos y vean mi felicidad! ¡Déjenme reír y gritar porque esta noche soy feliz!

Nunca había visto su sonrisa así de deslumbrante, ni sus ojos así de alegres; no había escuchado su risa así de diáfana ni su voz así de emocionada. Pero esa noche, esa noche de luna llena y de cielo tapizado de estrellas parecía más feliz de lo que había estado jamás. Se sentía pleno y no tenía ningún empacho en demostrarlo, reía y hablaba con entusiasmo. La invitó a cenar en un sencillo lugar para celebrar, después de eso pasearon por la ciudad y él parecía disfrutar enormemente aquella caminata tomando su mano. Ella se sintió contagiada por ese entusiasmo, por ese estado parecido a la embriaguez; si, eso era, estaban embriagados de felicidad y esperanza.

Ahí estaban nuevamente, como aquella tarde de verano en la que por primera vez sus sentimientos salieron a la superficie, hartos de ser retenidos. Esa vez terminaron experimentando el primer beso en el puente sin planearlo, y esta vez volvieron ahí sin haberlo planeado tampoco. Pero en esta ocasión era diferente, ahora este lugar poseía recuerdos que inevitablemente evocaron al recargarse en la baranda y ver la negrura del río. No era la misma hora del día y tampoco eran las mismas circunstancias, pero el sentimiento que los unía si era el mismo, si acaso más intenso. Y otra vez se besaron en el mismo puente testigo de tanto ir y venir de los hombres, se besaron talvez hasta bajo la misma farola que lo habían hecho la primera vez que sus labios se reconocieron. Pero esta vez el beso tenía un sabor diferente; un sabor a complicidad compartida, a esperanzas renovadas, a alegría desmesurada, a recuerdos almacenados, a sueños construidos, a familiaridad y a novedad a una vez, a libertad, a amor y a pasión.

Tal vez fue ese sentimiento de éxtasis, esa euforia desbordada, ese estado de embriaguez sin haber tomado una sola gota de alcohol; tal vez fue todo lo anterior o tal vez fue que sencillamente era ya inevitable pero en cuanto cruzaron la puerta del sencillo apartamento sus miradas se encadenaron, se recorrieron y se anhelaron. Su piel gritaba sin palabras, pidiendo la cercanía del otro; un roce, tan solo un roce para apaciguar este ardor que dolía hasta la médula. Tan solo un beso más para saciar esta necesidad imperante. Y así se fundieron en una danza de sus lenguas, de sus labios y sus manos.

Era la cosa más extraña., pero mientras más cerca lo tenía de su cuerpo más lo anhelaba. Sus dedos corrieron a su rincón preferido, a su nuca a acariciar la sedosa melena castaña. Los de Terry recorrían su espalda y delineaban la curva de su cintura por encima del vestido. Candy se mordía los labios ante las oleadas de placer que le provocaban los labios de él acariciando su cuello y dio un pequeño respingo al sentir su lengua en su oreja pero esa humedad le gustó, la trastornó hasta el punto de que abandonó su pelo para recorrer con las manos su pecho, ese molesto saco estorbaba así que sin pensarlo lo deslizó por sus hombros y él, sumiso, le facilitó la tarea. . Terry sacó su camisa de su pantalón y ella introdujo presta su mano que comenzó a disfrutar la suavidad de su piel. Sus delgados dedos dibujaron un corazón en su espalda y él le correspondió debajo de su falda.

La habitación era alumbrada tan solo por la luz de la luna que se filtraba entre las cortinas, la penumbra era casi total, pero la luz no era necesaria en ese momento. Ella no supo en que momento le quitó el abrigo y tampoco supo donde fue a parar, no es que le importara… Ella se ocupaba en acariciar casi desesperadamente la espalda de Terry y él también llevó sus manos a la espalda de ella, comenzó a desabotonar su vestido sin dejar de besarla. Frunció un poco el ceño cuando se atoró en un botón y ella sonrió levemente imaginando que seguramente en su mente estaba maldiciendo a la costurera. Terminó con su labor y llevó sus manos de su espalda a su vientre, rozando su cintura; ella se estremeció cuando subieron intrépidas hasta sus hombros pasando con toda intención por sus pechos. Entonces su mente se nubló, el suelo desapareció bajo sus pies y todo lo ocupó su varonil presencia, arrebatadora, atrevida. Ella se sintió frágil, pequeña e indefensa, suave y mullida siendo invadida por él; todo duro músculo, toda férrea voluntad, tan hombre, tan fuerte y tan tierno. Su vestido cayó al suelo junto con sus dudas; cruzó por su mente que aquello no estaba bien, cruzó también la vergüenza por estar en ropa interior frente a él. Terry se retiró un poco de ella y la contempló, entonces si que se sonrojó y se cubrió pudorosa con sus manos.

-Eres tan bella.-le susurró él al oído y comenzó a besar nuevamente su oreja y cuello pues había descubierto lo que ella disfrutaba con esas caricias.

El suave y agradable mareo regresó a Candy y ella le dio la bienvenida; sus ojos se cerraron mientras echaba para atrás la cabeza. Aunque hubiese querido decir "no", lo único que salía de sus labios eran quedos gemidos Los resquicios de la niña que quedaban dentro de ella se evaporaron en ese momento, cuando ella acalló a la pequeña asustada y sorprendida de la intrepidez con que sus manos recorrían la espalda del hombre que amaba en un vaivén que enloquecía e hipnotizaba a ambos; la mujer ganó la batalla a la niña, la mujer que afloraba inquieta, ansiosa y ávida de aprender, aquella madrugada de luna llena. En un momento la camisa y el pantalón no estaban y ella no supo si él se los quitó o lo hizo ella. Tampoco se dio cuenta muy bien cuando llegaron a la cama aunque si que sintió como Terry la incitaba a recostarse empujándola suavemente con su cuerpo.

La noche empezaba a ser fría pero ninguno lo sentía teniendo el cuerpo deseado abrazándolo. Terry descubrió que los pechos de Candy parecían hechos especialmente para amoldarse a sus manos, se deshizo del engorroso corsé y los acariciaba sobre la fina tela de la camisita de la rubia, ella arqueaba la espalda sintiendo su entrepierna cada vez más húmeda y con un cosquilleo incontrolable que por alguna razón la llevaba a mover su cadera hacia él. Ahí descubría la urgencia que Terry tenía de ella, la misma rigidez que alguna vez ya había rozado y oprimido su sexo. Candy se dio cuenta que ahí es donde se concentraban sensaciones más intensas, sensaciones inexplicables y urgentes, pues ahora, teniendo el peso de su cuerpo sobre el de ella la presión era más firme y persistente. Terry hizo a un lado suavemente su pierna y, tomándola del muslo la subió sobre la suya mientras la acariciaba ávidamente. Así, con sus piernas entrelazadas y sus vientres juntos la necesidad se hizo más urgente; él soltó un ligero gemido cuando Candy apretó su cintura y como si ya no pudiera contenerse más comenzó a mover suavemente su cadera. De la garganta de ella salió un gemido de sorpresa pues, contrario a lo que creía, el placer que las manos de Terry recorriendo su cuerpo le estaban proporcionando, podía incrementarse. Un abrasador calor surgió de su bajo vientre, abarcando todo su cuerpo y una desesperación se apoderó de ella, abrazó con todas sus fuerzas a Terry, con brazos y piernas y un prolongado gemido de placer salió sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. Ella no entendía lo que le pasaba pero concluyó que tampoco era que necesitara una explicación. Pues la cuestión era simple y llana y lo resumió en dos palabras:

-Te amo.-le susurró atrapada en una vorágine que la asía con voracidad.

Ahí estaba ella; diosa coronada envuelta en encajes y lino, con el pecho subiendo y bajando frenéticamente, los labios entreabiertos y la blanca piel expuesta para él; toda ella se entregaba sin remilgos, sin resistencia. Se abría para él como un botón de rosa tímida que no está conciente de su beldad, entregándole como ofrenda su doncellez e inocencia a cambio de su amor imperecedero, sin pedir nada más a cambio.

Los ojos metálicos de Terry buscaron los suyos en la oscuridad, le dio una larga y penetrante mirada, acarició su frente perlada de sudor y parpadeó repetidas veces antes de levantarse de encima de ella y sentarse en el borde de la cama.

-¿Qué pasa?-preguntó Candice sintiéndose abandonada.

-Perdóname. No debo.

Ella lo miraba intrigada y él se volvió hacia ella. Llevó su mano hasta la pecosa mejilla y la acarició con ternura.

-Tú eres lo más preciado para mí y un día serás mi esposa, entonces…

-Creí que ya eras mi esposo.-le dijo ella sonriendo.

-No bromees con eso Candice. Te haré mi esposa; quiero que seas mi compañera toda la vida, la madre de mis hijos, y que nadie tenga nada que decir en tu contra.

Ella no contestó, solo lo miró y suspiró. Sabía que era lo correcto y por mucho que su cuerpo anhelara el calor del de Terry y reclamara a gritos por tenerlo otra vez, su corazón saltaba de gozo al comprobar que no se había equivocado, que se había entregado incondicionalmente a un hombre que sabría valorarlo y cuidarlo, a pesar de lo que fuera, a pesar de sí mismo y de sus deseos.

Esa noche, acurrucada en brazos de Terry, Candy recordó la conversación sostenida con Helen días atrás.

-Yo entenderé si ya no quieres cuidar de Joshua.-le dijo ella evitando su mirada.

-¿Por qué habría de hacer eso?

-¿Tu esposo no te ha dicho nada? ¿Él no te prohibirá hablarme? Debido a…lo que hago.-dijo apesadumbrada.

-¿Qué haces?-preguntó ella sin comprender una palabra.

-Trabajo en…bueno, los hombres me pagan por estar con ellos. Como tú estás con tu esposo, bueno no, desde luego que no es lo mismo; pero me pagan por eso.

En ese momento Candy tenía solo una idea vaga de a lo que se refería Helen, aunque no se lo dijera. Se limitó a asegurarle que ni Terry ni ella tenían porque juzgarla y que siempre que pudiera cuidaría de Joshua. No fue sino hasta esa noche que entendió lo que su amiga le dijo. "Desde luego que no es lo mismo", no había manera de que fuera lo mismo. Candy sintió pesar por su amiga; por la manera como había hablado de su trabajo, sabía que no estaba complacida con él. Imaginó lo difícil que debía ser para ella salir cada noche a conseguir el sustento para su hijo, sacrificándose por él.

Se estremeció cuando su cuerpo recordó lo recién vivido y saboreó el aroma y la cercanía de Terry.

"Él es el único con el que podría vivir algo así. El único que tiene acceso a los rincones más recónditos de mi ser porque le da derecho este amor que nos une. Solo él."-pensó en medio de su somnolencia antes de quedarse profundamente dormida con una sensación de novedad, con un agradable sopor y una sonrisa en los labios.


Diario de Elisa Legan 20 noviembre 1913.

Al fin puedo considerarme una mujer feliz, mi más anhelado sueño se ha convertido en realidad. Lo que siempre he deseado: ser la esposa de Anthony, ahora lo tengo. Llevamos varias semanas de viaje y no quiero que esto se acabe. Me siento la más dichosa paseando por la calle de su brazo y notando como las mujeres me miran con envidia por estar acompañada de un hombre tan apuesto. Él se comporta siempre como un caballero conmigo, no tengo nada que reprocharle, excepto que no me ama. Lo sé muy bien, pero no pierdo la esperanza de que eso cambie. Lo enfrenté y le pregunté si seguía enamorado de Candy. Me contestó muy seguro que no y le creí. Si su corazón ya no está ocupado por ella, entonces quizás yo pueda encontrar la entrada a él.

Ahora lo estoy mirando, recargado en el balcón de nuestra habitación. Viendo hacia los canales de Venecia con la luz del ocaso recortando su perfil. Y lo que más quisiera es que me abrazara, sentir sus labios en mi piel; pero él no parece muy interesado ni siquiera en mi cuerpo. Tengo que hallar la manera, tengo que lograr que me ame y me desee como yo a él.


REFERENCIAS:

* Celebración previa a la boda y propia de las mujeres en la que la música tiene un papel principal; se canta y se baila toda la noche.

*La fierecilla domada, de William Shakespeare. (escrita en 1593-1594)

* Importante teatro de Londres donde han aparecido muchos actores y actrices importantes. Oscar Wilde estrenó aquí obras como "Un marido ideal" y "Una mujer sin importancia".

NOTAS:

¡Uf! ¿Es mi impresión o hace calor aquí a pesar de que está lloviendo? Creo que yo quedé peor que Candy. Bueno, ya; calma Nashtinka. Respira. Ahora si, queridas lectoras; mis dedos han dejado de temblar y puedo agradecerles desde el fondo de mi corazón que hayan leído un capítulo más de esta historia que es tan importante para mí. Bienvenidas todas las que me escriben por primera vez y gracias a las que capítulo a capítulo me siguen.

Betsy-pop: Y los hornos se calentaron otra vez. Creo que a los 17 años es lo más normal, pero será mejor que se la lleven con calma. A ver que opinas tú. Muchas gracias por tu compañía mi fiel lectora.

Yelibar: ¿Qué me harás? Ya se casaron y ya sé que tú y muchas más no estarán nada felices. Pero mantengan la esperanza. Y no me odien por favor.

Mildred: ¿Qué te puedo decir? Muchas gracias por todo tu apoyo. Me alegra tanto que sigas conmigo en esta aventura. La espera si fue un poco larga creo pero ya ves que no falta el pelo en la sopa y además me puse a hacer la tarea e investigar. Latika me ha puesto a trabajar mucho.

Yessi Grandchester: Me has dejado con una sonrisa por tu review, me emociona saber que a ti te emociona de esa forma lo que escribo. ¿Cómo que vas a abandonar a Terry cuando cumplas 15? Yo tengo…varios años más y no lo he dejado ni pienso hacerlo; aunque lo intente no puedo, me enamoré de él siendo una niña y le he sido fiel desde entonces. Un abrazo.

Karelem: Jajajaja. Creo que no les agradó mucho la llegada de la vecina. Pero es para hacerla más de emoción.

Marrosydejose: Gracias por seguir conmigo. Efectivamente, ¿quién no quisiera ser Candy…?

Nallely-Uchiha: Konichiwa! ¿De dónde sacas la idea de que me molestas? Si me encanta que me escribas. Gracias por el cumplido, seguiré esforzándome.

Ruth: Perdón por la espera, pero te aseguró que me apliqué, es que creo que soy algo exigente y no lo subo hasta que queda como me gusta y solo si creo que no podría quedar mejor. Pues como Anthony dijo: "Quizás algo bueno resulte de esto".

Roni de Andrew: ¡Hasta le andas haciendo campaña a Annie! A ti que no te caía bien la morenita…no vayas a ser muy dura conmigo por lo de tu mini-Albert ya sabes que todo tiene solución. ¡Ah! ¿Y qué te pareció lo de tu amado? Me esforcé mucho con eso, espero que haya sido de tu agrado.

Lerinne: Pues espero que no estés muy decepcionada porque Anthony decidió casarse con Elisa. Y lo del pequeño Joshua, jeje, lindo ¿no? Tienes toda la razón, discúlpenme por no poner nota aclaratoria pero aquí va:

MÚJOL: es una voz catalana. Pez de cabeza grande y labios muy gruesos con verrugas, muy apreciado por su carne y sus huevas.

Así que ¿qué les parece que Sara le haya dicho mújol a Elisa? Jajaja

Anyablack: Gracias a ti por leer y por tomarte el tiempo para escribirme. Espero que este capítulo también te guste.

Mary: ¿De veras te hago reír? Hombre, pues que bueno. En este mundo que está tan de cabeza hay que buscar cualquier pretexto para reír. Si que si. ¡Que viva el amor! Siempre quise que ese par se dijera todo lo que sentía por eso en mi mundo no se lo callaron. Un abrazo hasta Chile.

Myrslayer: Jajaja. "así se trajeran la puerta encima" bueno, es que con un hombre así en tu cama… ¡Ay! Ya mejor ni me lo imagino porque regresó al estado en el que estaba hace un momento. Saludos hasta Lima.

Maat sacmis: Jajajaja. Cuando escribía pensaba en ti. En lo emocionada que estarías y de repente ¡zaz! Terry se comporta como el perfecto caballero de principios del siglo XX. Me imagino tu berrinche. Jajajaja. Perdóname amiga por dejarte con un palmo de narices otra vez. Pero ahora estuvo más intenso el asunto.

Candida Grandchester: ¿Y este capítulo también te dejó acalorada? Porque a mí si. ¡Es más, creo que hoy no duermo! Si, pobre Annie, pero veamos como lo supera. Bye.

Chibandrey: A ver que piensas de lo de Anthony, pero aún falta mucho por decir. Y muchas gracias por dejarme un review cada que puedas, los aprecio de verdad.

Rubita50: Hola otra vez. Que bueno que sigues por aquí. Sé que te quejarás acerca de lo de Anthony pero no dejes de leer, viene lo mejor. Jejeje o eso digo yo. Un abrazo hasta Chile.

Marie Grandchester Andrew: Gracias por tu comentario, todas ustedes alegran mis días y noches, como hoy. Espero que te siga gustando mi historia. Un saludo.

Syndy: Que amable, gracias por los piropos a mi historia. Espero sinceramente que puedas seguir diciendo eso, que mi trabajo te siga gustando. Claro que continuaré, hasta las últimas consecuencias. Espero que ustedes continúen acompañándome.

Alsha: Pues lo bueno que ya me esperaba esta lluvia de verduras y legumbres, jajaja. ¡Me pillaste! Si, efectivamente unos días antes de escribir el capítulo anterior estaba escuchando "19 días y 500 noches" y en esa frase en especial pensé que describía perfectamente lo que sentía Terry cuando se sintió traicionado por Candy. A ver si en este te percatas de la nueva alusión a una canción de Sabina.

Carely09: Hola y gracias por leer mi "Correspondencia" que gusto que te haya agradado. Y también esta historia espero que te siga gustando. Un saludo afectuoso.

Vcpinchei: ¿Así que yo te di la patadita de la primera vez en esto de los reviews? ¡Que honor! Como quizás ya sepas yo también comencé como lectora anónima y me costó mucho decidirme a escribir un review, después de eso, cuando me di cuenta ya estaba escribiendo mi propio fic. Y es que siempre me ha gustado escribir, así que, que mejor que escribir sobre mi Terry hermoso.

Naelye: Gracias por escribirme y pues si, Candy y Terry también son mi pareja favorita, ¿se nota? ¿Qué opinas de la boda de Anthony? Espero seguir viéndote por aquí.

Les digo otra vez a todas ustedes que no desesperen por lo de Anthony. Sé que muchas van a querer ahorcarme o al menos torturarme hasta que se me ocurra como sacar de ese lío al güerito precioso, pero mantengan la calma señoras y señoritas que a estos personajes todavía les queda un largo trecho por recorrer.

Un beso a todas,

Nash