Capítulo XXIII
El invierno se había instalado en la capital inglesa, como el desamor se había instalado en el corazón de Anne. Y este invierno amenazaba con ser más frío y cruel que ningún otro. Los árboles habían perdido su verdor, las flores ya no adornaban los prados ni inundaban los patios con su aroma. Ella miraba inexpresiva el camino hacia el que tantas veces había visto dirigirse a Candy, el camino que llevaba a la colina que se había convertido en su refugio y su lugar de encuentro con su enamorado. Así, con los ojos bien abiertos, podía verla dirigirse hacia allá tarareando alguna tonada y con su sonrisa llena de ilusión. Podía recordar claramente esos días, días en los que ella también, secretamente, abrigaba una esperanza en su corazón. No supo en que momento ocurrió, pero lentamente aquel joven rubio de ojos soñadores y sonrisa franca había entrado en su cabeza y se había ganado su amor. Ahora comprendía que lo que fuera que haya sentido por Archie, no era amor. Nada importaba ya, sintiera o no sintiera amor por Anthony, ahora él estaba prohibido para ella; ahora él estaba casado. Una solitaria lágrima rodó por su mejilla y ella la enjugó con el dorso de su mano enguantada. Levantó la cara y contrajo los labios. "No, no más. Ya no lloraré por ti ni por nadie."-se prometió y contuvo las lágrimas que se agolpaban en su garganta.
Habían regresado nuevamente al colegio y a la rutina que poco a poco los envolvió, regresaron después de unas vacaciones por demás inusuales. Vacaciones que la mayoría de ellos preferirían olvidar.
-Annie.-la llamó suavemente Archie que venía acompañado de Patty.
Ella suspiró para controlarse mejor y volteó hacia ellos con la mejor sonrisa que pudo.
-Yo también los extraño.-le dijo Archie posando una mano en su hombro.
-¿Cómo?-se ruborizó –Bueno, es que Candy ahora debería estar aquí…
-Si, es cierto…-aceptó apesadumbrada Patty.-Pero al menos ya sabemos que se encuentra bien.
-Aun así yo no estoy muy tranquilo.-comentó Archie pensativo.
Annie lo miró y quiso adivinar lo que pensaba, si todavía estaba enamorado de Candy a pesar de todo. No porque le interesara igual que antes, pero le guardaba un cariño especial a ese hermoso chico de cabellos claros que fue el primero en hacer latir su infantil corazón y no le gustaría verlo sufrir toda la vida por un amor no correspondido; ella sabía bien lo que se sentía…
-Así que ahora solo quedan ustedes.-llegó Neil con su tono mordaz.
Todos lo miraron con clara antipatía, sin responder.
-¿Qué pasa? Archie, primo, ahora estamos más emparentados todavía, recuérdalo.-dijo tomando asiento en la banca de metal, junto a Annie.
-Como si pudiera olvidarlo…
El silencio se hizo presente pero este no pareció incomodar a Neil que sonreía tan arrogante como siempre. Su mirada se clavó en Annie de tal forma que comenzó a incomodarla.
-¿Sabes Annie? Tu familia y la nuestra deberían emparentar, ¿no lo crees primo?-preguntó pero no esperó la respuesta, tomó un mechón de los lacios cabellos de Anne y agregó:-Si mi primo no está interesado yo podría estarlo, después de todo eres bonita.
Los ojos de Annie, siempre tan dulces y tristes se encendieron al oír eso, se encendieron con tal rabia como nunca los habían visto sus acompañantes. Retiró con un movimiento brusco su cabello de manos de Neil y se levantó furiosa.
-¡Ni tu primo y mucho menos tú! ¡Y si lo que te importa es emparentar con una familia acaudalada, seguramente no te agradará saber que soy adoptada!-los tres jóvenes presentes abrieron los ojos desmesuradamente, Annie no pensó en nada, las palabras solo salieron en tropel de su boca y no tuvo tiempo para meditarlo ni para arrepentirse-Si, así es; soy huérfana al igual que Candy, de hecho crecí en el hogar de Pony como ella. ¡Ódiame si quieres, no me importa en lo más mínimo!
Y sin más, se dio la vuelta y se fue con paso decidido. Si, así lucía Annie Britter, decidida, como nunca antes la habían visto. Patty sonrió al verla alejarse, Archie no salía de su asombro, preguntándose que había pasado en la vida de su amiga que la había hecho cambiar así. La vio y notó que ya no era la misma chiquilla flaca, débil y temerosa que conoció varios años atrás; se estaba convirtiendo en un ser mucho más fuerte y más complejo. Neil hizo una mueca de desagrado una vez que salió de su asombro y se levantó arreglándose el saco.
-Vaya, ahora ya sabemos porque luce tan simple.
Se había bañado con agua perfumada con flores, se untó el cuerpo con crema con un ligero aroma a almendras, su doncella arregló su cabello adornándolo con flores entre los rizos que caían sobre su espalda y la vistió solo con un fino camisón blanco y la bata que le hacía juego. La mujer notó que su patrona se esmeraba en su arreglo especialmente aquella noche, pero no se atrevió a comentar nada; sabía muy bien que debía cumplir con su trabajo en silencio, hablar solo cuando se le indicara, mirar solo lo indispensable a fin de no molestar a la señora.
Elisa se acercó a la puerta que comunicaba su habitación con la de su marido y tocó suavemente, la respuesta llegó casi de inmediato y entró.
-Quisiera hablarte Anthony.-le dijo acercándose.
Anthony se volvió en ese momento a mirarla y desvió discretamente la mirada al notar su atuendo. -Tú dirás.-contestó.
-¿Cuánto tiempo durará esta situación?
-¿A qué situación te refieres?-dijo ajustándose la bata.
-A esta farsa de matrimonio, desde luego. Disculpa que te lo diga, pero cuando nos casamos no creí que nuestra relación sería así. Yo pensaba que..., pues que seríamos un matrimonio como cualquier otro.
Anthony suspiró y se sentó en un sillón junto a la chimenea; había estado muchas noches sin dormir dándole vueltas al mismo asunto, sabía que tarde o temprano esto iba a suceder. Lo único que ganó al no tocar el tema fue aplazarlo, pero no por darle la espalda el problema dejaba de existir.
-Elisa, tú sabes bien que las circunstancias de nuestra unión fueron inusuales. Al decirte esto no pretendo lastimarte de ninguna manera pero, el motivo apropiado para contraer matrimonio es el amor, pero ese no fue nuestro caso.-le explicó.
-Yo no te obligué a nada Anthony, tú decidiste casarte conmigo. Y es cierto que las circunstancias fueron inusuales pero respecto a los motivos; habla por tí mismo, porque en cuanto a mí, yo si me casé contigo por amor.-El rubio hizo una mueca con los labios que denotaba lo que lo apesadumbraba ese comentario y Elisa continuó- No te estoy pidiendo que me correspondas de igual forma, pero ¿no crees que podríamos darnos una oportunidad de tener un matrimonio más normal?
No amaba a esa mujer, eso siempre lo había tenido claro; pero también era cierto que, sintiéndose algo coaccionado, si, pero finalmente él hubiese podido decir que no y no lo hizo, aceptó casarse con ella. Ahora no iba a huir, él no era ningún pusilánime; nadie lo acusaría de no cumplir con su deber. Después de todo por eso fue que contrajo matrimonio, por honor, por deber; porque sencillamente no soportaba la idea que por culpa suya Elisa sufriera el desprecio de la familia y la sociedad y que no fuese posible para ella conseguir un matrimonio adecuado. No huyó esa ocasión y ciertamente no lo haría ahora. Tampoco se había casado para condenarla a una vida de mentiras y decepciones, no lo merecía. Así que si en sus manos estaba, procuraría que este matrimonio no fuese solo fuente de amargura para ambos.
Se levantó de su asiento y se acercó hasta el sofá donde ella estaba. La miró sin decir nada; alzó la mano y acarició sus cabellos cayendo sobre sus hombros. Enterró en su memoria el recuerdo de aquella textura suave, de aquel tímido perfume de unos cabellos negros y lisos, estos eran rojos y rizados y eran los únicos que debía tocar ahora. Elisa tomó la mano masculina entre las suyas y besó la palma para comenzar a acariciar su propia mejilla con ella; Anthony dejó que moviera su mano sobre su rostro como le placiera. La mano bajó hasta el cuello de la mujer y se percató del nacimiento de sus senos que subía y bajaba irregularmente con su respiración. Elisa se pusó de pie y Anthony sintió como los carnosos labios de su esposa tomaban los suyos; cerró los ojos y se obligó a concentrarse en ese beso, solo en ese, en ningún otro beso del pasado que a partir de ese momento, y por el bien de todos, debía permanecer en lo más profundo del baúl de sus recuerdos.
Sus manos se ocupaban en planchar algunos vestidos suyos y unas camisas de Terry, de esa forma usaba el combustible para otra cosa útil además de entrar en calor. Su mente se ocupaba en pensar en una solución al problema que acababa de tocar a su puerta; el casero llegó a recolectar el alquiler y ella no tenía suficiente, el salario de Terry en el teatro no era suficiente para ahorrar para el viaje y además correr con los gastos diarios. "¿Qué podré hacer?"-pensaba con el ceño fruncido, claramente preocupada. Lo que le daba Helen por cuidar a su hijo era muy poco, necesitaba de otro ingreso para ayudar a Terry, no le gustaría que él tuviera que regresar a los bares a apostar para conseguir algo de dinero y ella bien tenía el tiempo para ocuparse en algo más, ¿pero qué? ¿Qué sabía hacer? Sabía cuidar caballos pero esa no era una opción, quizás podría cuidar más niños aunque estos armaran alboroto en el departamento, pero era muy pequeño como para tener muchos niños en él, no era buena cocinera pero si que sabía hacer pan, el panadero de los Legan le había enseñado. Si, quizás si consiguiera trabajar en una panadería…pero mientras tanto seguía el problema de pagar el alquiler el día siguiente y a Terry no le pagaban sino hasta la próxima semana.
Colocó la plancha nuevamente en el carbón y mientras se calentaba fue a verse al espejo en el cuarto de baño para sujetar su pelo en una coleta. Se miraba distraída cuando una idea le llegó al ver sus ojos; sacó debajo de su vestido la esmeralda que llevaba al cuello, la que Terry le había obsequiado en la fiesta de año nuevo. La miró con amor y tristeza mezcladas y supo que hacer.
-Terry.-comenzó a hablar cuando cenaban- Hoy sucedió algo.
Él dejó de lado su cubierto, alertado por el tono de voz de Candy.- ¿Qué sucedió pecosa?
-El casero vino a pedir el dinero del alquiler.-la expresión en el rostro de Terry le hacía saber que no era necesario explicar más pero ella siguió-No te alarmes, ya tengo para pagarle mañana que regrese.-dijo tomando su mano.
-¿Cómo? ¿Dónde conseguiste?
Ella hizo una mueca porque sabía que lo que diría no le iba a agradar a Terry.
-Empeñé la esmeralda.-dijo de un solo respiro, en Terry no encontró enojo, como temía, más bien tristeza-Era necesario, pero después podremos recuperarla. Terry, créeme que no hubiese querido hacerlo, porque tú me la diste.
-¿Después, cuándo? ¿Crees que repentinamente me aumentarán el sueldo en el teatro?-dijo amargamente.
-Terry, no te pongas así. Se me ha ocurrido algo para tener un poco más de dinero. Tú no lo sabías pero yo soy muy buena panadera.-dijo alzando su naricita orgullosa.
-¿Tú? ¿Dónde aprendiste a hacer pan?-le dijo con el ceño fruncido pero sonriendo.
-En casa de los Legan, algo bueno resultó de esa pesadilla. Pero bueno, he pensado que podría trabajar en una panadería, Helen dice que puede acompañarme a visitar algunas mañana y también se me ocurrió enseñarle, de ese modo tendrá otro modo de ganarse la vida. ¿Qué dices?-dijo emocionada mientras se levantaba de su asiento y abrazaba por la espalda a Terry, colocando su barbilla en su hombro.
-¡Vaya! ¡Se te han ocurrido muchas cosas esta tarde!-dijo él riendo.
Candy le dio un tironcito a su oreja por burlarse de ella y él rió con más ganas. Pero después de un momento que pareció extremadamente fugaz, su sonrisa se borró dejando solo una mirada de impotencia, de frustración, y una contracción en los labios que le mostró a Candice todo lo que afectaba a su novio el verse incapaz de cumplir como él quisiera con sus responsabilidades recién adquiridas y auto impuestas. Terry apretó las manos de Candy enlazadas en su pecho y dejó escapar el aire contenido en sus pulmones por más tiempo de lo usual.
-Yo quiero hacerlo Terry.-dijo suavemente ella cerca de su oído.
-Está bien pecosa. Te prometo que recuperaremos tu esmeralda.-respondió contristado.
-Desde luego que la recuperaremos tontito.-le dijo procurando sonar alegre y besó su mejilla.
El primer día que visitó panaderías en busca de empleo no tuvo éxito pero eso no la desanimó. Con ese ánimo incansable que tanto intrigaba a Terry salió al día siguiente y el siguiente hasta que obtuvo un empleo como ayudante en una pastelería; en realidad ella no haría sola el pan pues no les inspiraba mucha confianza debido a su juventud pero aun así Candy regresó sonriente a contarle a Terry acerca de los deliciosos pasteles que preparaban ahí y lo mucho que aprendería trabajando con esos pasteleros. Y así fue, le enseñaron a mezclar ingredientes que ella no conocía, a amasar de forma distinta, y a decorar los pasteles como si de una obra de arte se tratara. Ella hacía todo lo que le pedían; lavaba las enormes charolas, limpiaba las mesas, barría el piso salpicado de harina pero siempre pedía que le enseñaran algún truco nuevo de pastelería. Con su sonrisa y su disponibilidad se ganó el afecto de todos los que trabajan con ella. Un veterano pastelero de una escasa cabellera cana la bautizó como "Green eyes", pronto todos la llamaban así, cariñosamente. Cuando Terry se enteró rió de buena gana, diciéndole a Candy que era simplemente irresistible la tentación de ponerle un sobrenombre.
Así que Candy se levantaba temprano, se alistaba para ir a trabajar y preparaba el desayuno que tomaba junto con un Terry en pijama aún y adormilado. Toda la mañana la pasaba en la pastelería y por la tarde Terry pasaba por ella para comer juntos lo que él ya había preparado antes de que él mismo tuviera que ir al teatro, mientras ella hacía algunas tareas domésticas para las que Terry definitivamente no había nacido y por las noches seguía cuidando de Joshua. Ella nunca se había quejado por trabajar, estaba acostumbrada a hacerlo y disfrutaba de sentirse útil; mucho menos se quejaría ahora que estaba trabajando hombro a hombro junto al hombre que amaba en pro de un futuro juntos.
Una fría mañana de invierno Candy se dirigía a la pastelería envuelta en un abrigo que no lograba protegerla completamente del viento que la golpeaba sin piedad, aun así era soportable, sin embargo la situación empeoró cuando comenzó a caer una lluvia tan helada que tuvo que comprobar que no se trataba de nieve. No importó lo mucho que se apresuró a llegar a su destino, se empapó. Al llegar se quitó el abrigo y se colocó junto al fuego, pero a pesar que ella había dejado de tiritar sus ropas no se secaron realmente; así tuvo que comenzar a laborar sin darle mayor importancia al incidente. No fue sino hasta unos días después que se percató que su aventura bajo la lluvia helada tuvo consecuencias; comenzó a sentir un dolor agudo en la garganta, le dolía al comer, al beber, al tragar saliva. Poco después se añadió la jaqueca, era un dolor inestable, que cambiaba de lugar a cada momento pero que había incrementado a diario. Se preparó algunos remedios caseros, aquellos que la señorita Pony le daba cuando se resfriaba, esperando que con eso pasara el malestar. Seguía trabajando, procurando ser animosa, como siempre, pero las molestias iban en aumento. Le dolía el cuerpo, todo el cuerpo, como nunca le había dolido y finalmente la fiebre apareció. Todo esto sucedió en el peor momento, se encontraba sola pues Terry había salido a dar algunas presentaciones en poblaciones cercanas. Al cuarto día acudió con el médico que resultó ser un viejo gordo y bajito con un aspecto de hinchazón en la cara bastante obvio, y que despedía un desagradable olor a alcohol; a Candy no le inspiró ninguna confianza así que no se tomó los remedios que le prescribió y continuó aplicándose pomadas y aspirando aceites.
La mañana siguiente no pudo levantarse de la cama, había tenido fiebre toda la noche y los dolores eran peores que antes. Abrió los ojos y la luz del día hirió sus ojos, trató de enfocar lo que la rodeaba pero todo parecía difuso y las paredes giraban a su alrededor. No podía levantar la cabeza debido al dolor insoportable así que se desplomó en la cama y cerró los ojos, un sopor se adueñó de ella. Abrió nuevamente los ojos y no supo si era de noche o de día, las cortinas estaban cerradas, y lo único que reconoció fue un golpeteo insistente en la puerta. Se levantó lentamente y a tropezones llegó hasta ella para abrirla, era Helen que la miró con auténtica preocupación. Fue lo último que Candy vio antes de desplomarse.
Vagamente se percataba de cómo Helen le aplicaba compresas en la frente y tuvo la conciencia un momento para tomar una sopa que ella le ofrecía. A los escalofríos sucedieron accesos de violento calor, agujas de hielo en las venas. Había tramos de inconsciencia, interrumpidos por accesos de gran lucidez en los que Candy comprendía todo y contra su naturaleza, se compadecía a sí misma, porque se sentía muy enferma y no podía seguir trabajando, todo esto afectaría sus planes.
Abrió los ojos con pesadez y sintió que la horrible jaqueca seguía ahí. La noche ya había caído, la lamparita de su mesa de noche estaba encendida, el viento azotaba las ventanas y ella sintió un leve dolor en la espalda. Sentía sed, una sed espantosa pero se supo sola al escuchar el silencio que reinaba. Por fin se levantó del lecho y fue tambaleándose entre ondas de vértigo a la cocina para conseguir el vaso con agua que tanto ansiaba. Las piernas no le respondían y creyó que se le quebrarían si daba un paso más. De repente vio todo blanco y los muros avanzaron hacia ella y ya no sintió jaqueca. Así fue como la encontró Terry cuando regresó de su viaje, se había encontrado a Helen en el pasillo y ella le informó que Candy estaba enferma, que se encontraba durmiendo, que ella la cuidó pero ahora debía ver a su hijo.
La levantó y la llevó a la cama; la desnudó, lavó y refrescó el rostro y el cuerpo y puso compresas de vinagre diluido sobre su frente y en torno a sus muñecas mientras aguardaba a que llegara el médico que había mandado llamar. Cambió su ropa de cama, exprimió para ella zumo de limones y hasta le peinó y trenzó el cabello. En un momento que Candy despertó se encontró con un hombre rechoncho con aliento desagradable que estaba inclinado sobre ella. Se hubiese dado un buen susto si entonces no hubiese visto parado detrás del hombre a Terry. Él vio los ojos abiertos de Candy y le sonrió, una sonrisa diferente, mezclada con preocupación pero que para ella fue tranquilizadora; le sonrió de vuelta y se perdió en el azul profundo de sus ojos; confiada, segura. Y así Terrence se convirtió en su enfermera, su doncella, su criado, su médico; lo fue todo, amigo y amante marido, su padre y su madre. ¡Su jugador, su arrogante, su hombre cruel y exasperante! ¡Cuán completamente podía contar con él!
A cada momento Candy atravesaba los túneles, pozos y oscuros pasillos del delirio, interrumpidos por algunos tramos de claridad. Siempre que emergía de la oscura galería de la fiebre, Terry estaba allí. Durante varios días consecutivos no se quitó la ropa, no se afeitó, apenas si se permitió dormir durante unos pocos minutos consecutivos. Siempre estaba allí, sentado junto a la rubia cabeza. Le hablaba, le cantaba, le daba sus medicinas, le preparaba y daba su comida, le contaba mil y un historias para hacerla olvidar el malestar.
-¿No duermes nunca, Terry?
-No temas, pecosa. He pasado muchas noches sin dormir por motivos mucho menos honorables.
-Terry… ¿Y el teatro? ¿No deberías estar allá?
-¡Oh, que el diablo se lleve el teatro! Es más importante que te cuide y te cures.
Parecía que amanecía, lo supo por la suave luz que se filtraba a través de las cortinas. Candy despertó y miró a Terry a su lado, se había quedado dormido en la silla; mientras ella dormía se había bañado y cambiado de ropa. Dormido, parecía más tenso aún, y sin embargo, completamente agotado. La línea que iba de su oreja a su mandíbula era nítida y hermosa y la piel estaba tan tensa sobre el hueso, que brillaba. Frío, los labios resecos, la piel que arde. Candy se sentía indeciblemente cansada y terriblemente débil y le dolía la espalda y el pecho. La tos apareció en un incontrolable acceso y ella se sintió fatal por haber despertado a Terry.
-¿Qué pasa hijita? ¿Vuelve la fiebre?-le preguntó una vez que Candy dejó de toser y lo miró con ojos suplicantes.
-Me duele.-dijo tocándose el pecho y con un hilo de voz.
Terry se acercó a su pecho y pegó su oído. Candy respiraba con dificultad y él pudo comprobar que se oía un extraño resoplido ahí dentro. Se levantó inquieto, con una expresión de absoluto miedo. Procuró bajarle la fiebre y lo último que Candy pudo distinguir fue el calor de las largas manos de Terry sobre su rostro.
-Lo que me temía…-decía el médico después de revisar a Candy que yacía dormida en la cama.
-¿Qué es doctor, qué le pasa?-indagó un sumamente angustiado Terry.
-Principios de neumonía. Me temo que tendrá que llevarla al hospital y si esta enfermedad no se atiende adecuadamente…ella puede morir.
Dejó de sentir el suelo bajo sus pies, temió que las paredes se desmoronarían sobre él. Jamás, ni en su más oscura pesadilla hubiese imaginado algo así. Todo lo podría soportar, excepto que algo le sucediera a su pecosa. Jaló aire fuertemente llenando sus pulmones, procurando sentir que todavía seguía vivo, apretó la mandíbula y comenzó a hablar.
-Será atendida en el mejor hospital.-dijo como para sí.
El doctor lo miró extrañado ante sus palabras, mirando a su alrededor al modesto departamento, pero entonces se fijó en las ropas de Terry, en su porte y su manera de hablar y no le pareció tan descabellado lo que acababa de decir.
-Si, le sugiero que así sea y cuanto antes mejor.
Caminó con paso decidido hasta la cocina, donde Cookie se había quedado esperando, después de traer al médico. Le pidió que lo acompañara. Fue hasta una mesita cerca de la puerta donde tomó papel y escribió rápidamente unas líneas.
-¿Recuerdas la dirección donde fuiste a dejar la nota de Candy?-le preguntó revisando el contenido de su nota.
-Si Terry.
-Bien, necesito que lleves esta nota allá, por favor Cookie. Pero es muy importante que se la entregues solamente a la persona cuyo nombre está escrito atrás, a Alistear Cornwell y esperas por su respuesta.
Stear abrió los ojos desmesuradamente al leer el contenido de la nota que el pequeño pelirrojo le entregó. Un nudo doloroso se formó en su estómago y sin pensarlo dos veces abordó el auto junto con el niño y George que recién había regresado de América.
Un ojeroso y desmejorado Terry abrió la puerta apenas tocó el pequeño niño. Los ojos de Stear se posaron en los de él y le costó reconocer al arrogante y desdeñoso compañero de colegio que había conocido, ahora lucía como si de golpe hubiese envejecido, como si cargara con una pena tan pesada que le había robado el brillo orgulloso a su mirada.
-Pasa, pronto Stear.-le dijo casi suplicante, él obedeció seguido de George.
-¿Cuánto tiempo lleva así?-preguntó Stear acercándose con sigilo a la cama donde reposaba Candy.
-Enfermó hace varios días pero a pesar del medicamento empeoró, mandé llamar al doctor nuevamente y dijo que es neumonía, necesita ser llevada al hospital. Por favor Stear, tú puedes llevarla al mejor hospital.
Stear lo miró un momento con tantas preguntas surgiendo en su cabeza. Pero no había tiempo de formularlas; ya se había dado cuenta de las condiciones modestas en las que vivían y a pesar que sentía mucha curiosidad por saber porque el hijo de un duque se encontraba en esa situación por decisión propia lo más importante era atender a Candy de inmediato.
-No te preocupes, así será. George, ayúdame por favor.
El señor, que se había mantenido callado contemplando la escena, se acercó presuroso a la cama y tomó en brazos el delgado cuerpo de la joven. Terry colocó una gruesa frazada cubriendo a Candy mirándola con los ojos salpicados de lágrimas. George lo miró comprensivamente y esperó con Candy en brazos hasta que el castaño depositó un beso en la frente de la rubia y se alejó apretando los labios y desviando la mirada para esconder un poco su turbación.
-Ella se repondrá, ya lo verás.-le dijo Stear colocando una mano en su hombro, Terry solo asintió con la cabeza.
-¿Podrías darle esto?-le dijo entregándole un sobre cerrado.
-¿Tú no vienes?-preguntó desconcertado Stear al recibir el sobre.
-No puedo, no por ahora. Pero ten por seguro que volveré por ella.
Stear había enterrado toda la decepción y coraje que sentía por las acciones del que consideraba su amigo, ahora lo único que importaba era atender lo antes posible a Candy, ya tendría tiempo de reclamar a Terry por haber puesto en semejante posición a su prima. Pero al oír esto no pudo más, explotó en él un lado rudo, salvaje diría él, que le llevó a estampar su puño en el rostro de Terry, sintiéndose terriblemente ofendido y buscando un desahogo por cualquier medio. Un hilito de sangre corrió por la comisura de los labios del castaño y Stear entrecerró los ojos y levantó los puños, esperando recibir en cualquier momento un impacto semejante al que había sufrido su propio hermano al pelear con Terry, impacto que le dejó un desagradable moretón por semanas. El impacto nunca llegó. Alistear lo escudriñó procurando comprender y encontró una mirada apesadumbrada, seguía manteniendo su postura erguida, intimidante, pero sin duda algo había cambiado en él.
-Me lo merezco.-comenzó a hablar Terry-Por estúpido; por poner en semejante riesgo a Candy. Ahora te aseguro que prefiero mil veces verla casada con otro pero viva, saludable, con esa alegría contagiosa.
-El compromiso con Anthony ya no será un problema. Pero Terry, tu padre te ha estado buscando.
Él sonrió tristemente y contestó: -Es precisamente por él por quien no puedo volver ahora; él no me permitiría hacer lo que necesito hacer.
-¿Y qué es eso?-se animó a preguntar Stear cada vez más intrigado.
-Encontrar mi lugar.
Stear se dio la vuelta para alcanzar a George después de concluir que esta era una conversación que tendría que dejar para después, cuando Terry lo tomó por el brazo, obligándolo a volverse.
-No permitas que nadie dude de su pureza, Stear. Ella es una dama.
Stear miró la convicción en la mirada del joven y la pose orgullosa que había retomado al hablar así de Candy.
-Y ahora compruebo que tú eres un caballero.-respondió.
Parado frente a la ventana, con la espalda recta pero el ánimo encorvado, Terrence veía alejarse al único ser que había entibiado su cuerpo y corazón. Había tomado una resolución, y aunque estaba convencido que había sido lo correcto, no dejaba de doler y de dejarlo con un vacío y un frío en el alma. La miraba mientras los dos hombres salían con ella del edificio y la subían con cuidado a un lujoso auto que los esperaba. Las lágrimas aparecieron en sus ojos y llenaron de sal sus mejillas, abrió la boca y con voz grave, sin ningún atisbo de flaqueza dijo:
-No piernas; no importa cuanto lo deseen, esta vez no pueden ir corriendo tras ella. Corazón; de nada vale que latas agonizante, no puedes tener su presencia. Manos; aunque estén vacías, añorándola, no podrán tocarla. Ojos; llénense de su imagen, graben bien en la memoria cada uno de sus rasgos, pues es lo único que nos quedará, hasta que la volvamos a ver…
Diario de Patricia O'Brien. 23 de enero 1914.
El colegio parece más frío que de costumbre. El verano pasó tan rápido, llevándose con él nuestra alegría; en este invierno todo se ve más triste. Regresamos incompletos al colegio, preocupados, desconcertados. Nuestras vidas están cambiando y aún no puedo saber si es para bien.
Nos encontramos siempre que podemos; Archie, Annie y yo, pero ya nada es igual. Todos parecemos llevar con nosotros una intrínseca tristeza, constante, impertinente. Sin embargo Annie es la que más me desconcierta, luce tan cambiada y no logró explicarme que provocó semejante cambio y adonde la llevará. No es más la chica dulce y tímida, temerosa y llorona; ahora parece más decidida y segura, lo cual desde luego es bueno, pero también percibo en ella un brillo extraño, como si lo que antes le importaba de pronto haya quedado totalmente sin valor, no quisiera que esa tristeza que veo en ella se convirtiera en amargura. Por lo pronto nos ha sorprendido a todos con la noticia de que es adoptada; en ese momento tuve esperanzas de que lo que sea que le ocurra obrará un buen efecto en ella; pues lo dijo con tal aplomo, con la cabeza erguida y orgullosa como nunca antes.
Seguiré orando porque este helado invierno pase pronto.
NOTAS:
Ahora si que no tengo perdón de Dios. ¡Que ingrata que soy, como me tardé! Pero todo tiene una explicación, se los aseguro. Y es que en estas semanas me sucedió de todo; cosas buenas y no tanto. Primero me enfermé de tifoidea; no podía creerlo, yo que nunca como en sitios de dudosa higiene y ¡zaz! Me sentía fatal y la inspiración me abandonó por este motivo. Afortunadamente me recuperé a tiempo para asistir a un evento que venía esperando desde hacia meses, el concierto de Depeche Mode que por cierto estuvo genial, esos fueron días de euforia y locura y tampoco adelanté mucho. Pero lo que en realidad me impidió traerles este capítulo antes fue que mi computadora falleció (RIP) justo cuando casi acababa esta entrega; así que tuve que esperar varios días hasta que la nueva herramienta estuvo en mis manos. Y finalmente, los Phillies están en la serie mundial y yo he estado emocionadísima siguiendo todos sus partidos. Únanse a mis oraciones para que los pitchers de los Yankees se lastimen misteriosamente el brazo, jeje, no es cierto. Por malvada le va a suceder eso a mi favorito: Cole Hamels, que está bastante guapito. Bueno, ya fue mucho blablabla, a lo que vine: GRACIAS, mil gracias por su paciencia y lealtad a esta historia que significa tanto para mí.
Yelibar: Si, yo sé que Anthony no se merecía eso, pero la vida no siempre es justa, habrá que esperar. Voy a hacer todo un catálogo de posibles métodos para matar a Elisa, jajaja. Saludos.
Syndy: Efectivamente eso es lo que quería expresar; Terry puede parecer para muchos indescifrable precisamente por ese espíritu de artista que tiene, y es que un artista siempre será diferente al común de la gente, pero para mí es parte de su encanto.
Betsy Pop: Yo pienso lo mismo, que es mejor que esperen a que sus circunstancias sean mejores y en este capítulo pudiste comprobar porque. Pues ya estuvo que hoy no leerás porque es viernes por la noche, aunque aquí el cielo se está cayendo, no deja de llover. Por eso que mejor que escribir un rato, con una taza de café al lado y escuchando un jazzesito.
Karelem: Si, que caballero. Definitivamente el controlarse fue lo mejor que pudo hacer para demostrar cuanto la ama. Espero tus comentarios sobre este capítulo.
Ruth: Muchas gracias por declararte una fiel lectora de mi fic. Tienes razón, todavía no era el momento. Paciencia; por ellos y por Anthony que ya veremos como lo sacamos de ese embrollo.
Mary: Yo también estoy cada día más enamorada de ese inglés, tanto que creo que he rebasado la barrera de lo decoroso. Y si, mis pulsaciones también subieron con esa escenita y es que vivo todo lo que les pasa; a este ritmo pronto rebasaré también la barrera de lo cuerdo.
Valerys: Gracias por seguir leyendo. Que algo se me tiene que ocurrir para librar a Anthony...espero que se ponga a trabajar esta cabezota de piedra que tengo.
Yessi Grandchester: Me dices tantas cosas en tu review que no sé por donde empezar, jejeje. Gracias por expresar tan efusivamente tu entusiasmo por mi fic. En cuanto a lo de buscar a Terry en cada chico que conoces, mmmm, eso si que puede ser un problema; porque como tú misma dijiste Terry es practicamente perfecto, al menos para nosotras las terrytanas. Así que por más que lo busques, difícilmente encontrarás uno como él. ¡Si que estamos jodidas!
myrslayer: Para que veas que no la traigo contigo ya no las emocione, aunque tampoco creo que hayan quedado muy felices con lo que sucedió en este capítulo, pero ya saben que aun tenemos mucho camino por delante. Saludos.
Roni de Andrew: Que alegría que te haya gustado la boda de Albert, eso fue lo que más tiempo y esfuerzo me llevó de ese capítulo; entre investigación y descripción. Y es que deseé llevarlas a una tierra de rituales, costumbres y colores exóticos, espero haberlo logrado. Yo decidí conocer un poco de Latika porque sin duda debe ser una chica muy especial para haber conquistado a Albert. No te decepciones de Anthony, es un buen muchacho inmerso en un embrollo de deberes, costumbres y sentimientos muy complicados. Seguimos en contacto amiga. TQM.
Alsha: ¡No se te va una! Así es, esa frase salió de "Y nos dieron las diez..." Me hiciste reír con eso de abusar de tu marido por lo que te provocó la escena de pasión, porque me vi reflejada; yo también lo he hecho, jajaja.
Lerinne: Lo sé, lo sé; Anthony no debería haberse casado con Elisa, pero eso le pasa por beber de más. Agradezco muchísimo tu compañía aquí y en Correspondencia.
Mildred: ¡Ay! ¿Qué puedo decirte? Ya sabes como me pongo de loca solo de pensar en Terry; ahora imaginármelo así de cerquita, suspirando en mi oído...Mejor ya no sigo pensando en esas cosas. Espero no haberte desilusionado por esta separación, sé que me pediste expresamente que siguieran juntos, pero era necesario, lo siento. Un abrazote y ¡se levanta la recesión!
Nallely Uchiha: ¿Lata, cual lata? Tú no me das lata para nada, disfruto cada review que tan amablemente me dejan, así que por favor, síguelo haciendo. Hasta pronto.
Marie Grandchester Andrew: Gracias por tus comentarios, pláticame si este capítulo también te gustó, ojalá que si. Saludos.
Coral: Jajaja, si, no eres la primera que duda de mi salud mental. Creo que si estoy medio zafada, ni modo, si no fuera así quizás no me hubiese animado a escribir esto. Quédate por aquí para asegurarte que si saco a Anthony de ese lío, a como dé lugar.
Wino: Muchísimas gracias, no sabes como me han emocionado tus palabras. Mi hobbie, más bien diría mi pasión ha sido, entre otras cosas, la lectura desde que era muy pequeña. Siempre me fascinó como alguien era capaz de crear todo un mundo en su mente, de dar a cada personaje su personalidad única y siempre he deseado poder hacer algo así; así que lo que me dices me anima mucho, me hace creer que no pierdo el tiempo al intentar llamarme escritora. Gracias.
Candida Grandchester: ¿Qué te pareció Annie en este capítulo? La pobre verdaderamente se enamoró, ahora hay que ver como reacciona ante la decepción. Perdón por hacerme desear tanto per ya ves lo que pasó, además nunca falta el pelo en la sopa que te distrae, pero procuraré no tardar tanto esta vez.
Estrella: Gracias por darte el tiempo para leer lo que se me ocurre y sobre todo por regalarme unas palabras. Nos vemos en el siguiente.
Kary: ¿Nueva por aquí? Creo que si, ¿o no? Siempre que puedas, me encantaría seguir recibiendo tus comentarios.
Mimicat: ¡Oh Dios mío! ¿Tanto así? ¿Heroína de nuestra generación? Jajaja Bueno, me alegro mucho de haber sido útil para recuperar tus amores perdidos al mismo tiempo que recuperaba los propios. Y que amable al calificar mi fic como tu favorito a pesar de haber leído muchos.
AleB: ¡Vaya! ¿También has leído los 22 caps. de filo? Como se dice por ahí: ¿no se te borró la rayita? jajaja. Lo siento, ya poniéndome seria. Gracias por tu entusiasmo por mi fic y por recomendarlo. Tienes razón, creo que Elisa también es digna de compasión, al menos ahora; por no darse cuenta que el amor es algo que no se puede forzar y que ella debería aspirar a ser la dueña del corazón del hombre que ame, por méritos propios.
Gracias a todas y hasta pronto.
Nash
