Capítulo XXIV



La realidad lo había alcanzado demasiado pronto; lo alcanzó, lo sarandeó y le cortó las alas de tajo. Dejándolo tirado en el piso con apenas conciencia de lo que había sucedido; apuñalado, sangrante pero no moribundo. Debía reaccionar, debía abrir los ojos, erguirse y continuar; continuar aunque tuviese un hueco en el pecho. Todo había sucedido tan rápido que no tuvo si quiera tiempo de percatarse de lo que su alma experimentaba; pero ahora su cuerpo entero pagaba las consecuencias; se sentía cansado, agotado, como si no hubiese dormido en meses; viejo, como si hubiesen pasado cincuenta años sin que él lo notará. Primero había sido una preocupación como la que nunca antes había conocido, que le quitó el apetito y le impedía dormir; después pasó incluso por una etapa de coraje; hubiese querido estrellar cada plato y romper cada mueble, estaba furioso con él por haberla dejado sola y con ella por no haberse atendido pronto. La desesperación fue abriéndose paso aunque él pareciera el más ecuánime; siempre al pendiente de sus movimientos, de su respiración, sin separarse de su cama un momento. Ahora que ella ya no estaba seguía sintiendo aquella preocupación palpitante pero por extraño que le pareciera, no estaba al borde de la locura como había temido. ¿Era que no la extrañaba? ¡Ni mucho menos! La extrañaba más que al sol que había decidido dejar de favorecerlo con su calor. Estaba convencido que ni tiempo ni distancia, ni ángeles ni demonios, ni bien ni mal; nada lograría arrancarle este amor que acaparaba su ser entero. Y así muriera en un semana o viviera cien años más, nunca la olvidaría. Esa tranquilidad sin duda provenía de la certeza de haber tomado la mejor decisión; y es que en esas circunstancias lo que menos importaba era que él se desgarrara por dentro debido al dolor de separarse, ni siquiera importaba que ella no entendiera, lo único que importaba era que ella se recuperara.

-Escila y Caribdis.-susurró con una agria sonrisa, recordando las palabras que alguna vez le dijera su padre.

Sin duda nunca hubiera querido renunciar a ella, pero así tuvo que ser. No había otra cosa que hacer. Solo esperaba que ella también lo viera así. Ya habría tiempo de explicar. No le cabía la menor duda de que volvería a verla; era su corazón enamorado y su férrea determinación lo que se lo aseguraba. La buscaría, la encontraría, la enamoraría nuevamente si fuese necesario; cuando él mismo fuera el hombre que merecía, el hombre que debía ser para cuidar de ella. No habían pronunciado ningún voto frente a ninguna autoridad pero él lo había hecho ya en silencio, para nadie más que él y eso era suficiente.


La noticia de la enfermedad de Candy zarandeó el mundo de todos cuantos la querían. Sus amigos en el colegio además de preocupados, se sentían frustrados por estar encerrados entre aquellas frías paredes sin posibilidad de correr a su lado y teniendo que conformarse con las noticias que Stear y George les hacían llegar. Afortunadamente un quinto domingo llegó y ellos pudieron salir de su encierro.

Archie relevó a su cansado hermano en el hospital. Tomaba con cariño la blanca manita, orando porque por fin Candy abriera sus ojos. Nada lo haría más feliz que ver aquellos ojos irrealmente verdes y escuchar aquella vocecita. Uno de sus deseos se cumplió; alzó la cabeza y posó sus sorprendidos ojos en ella; sus ojos seguían cerrados, pero su garganta emitía sonidos, hablaba. Más bien deliraba; apretaba los párpados y movía levemente la cabeza. Archie se acercó y entonces pudo distinguir las palabras que al principio salían muy quedamente y después se hicieron más fuertes, al mismo tiempo que la inquietud de la chica aumentaba.

-Terry, Terry.-susurraba la rubia y extendía la mano, seguramente buscándolo.

Archie contrajo el entrecejo, molesto. El ver a su querida gatita en ese estado le dolía en lo más profundo y, según su naturaleza, la sangre le hervía al pensar que era por culpa de aquel inglés que nunca le había agradado del todo.

-Tranquila Candy, todo estará bien.-procuraba calmarla acariciando su mano.

Ella apretó aquella mano que la tomaba y siguió repitiendo el nombre amado. Archie se rindió ante esa imagen.

-Lo verás Candy, él volverá.-dijo muy a su pesar, creyendo que mentía.

-Ella lo llama en su delirio.-le dijo a su hermano en cuanto este entró a la habitación.

Stear lo miró y contrajo los labios, dejó su abrigo en una silla cercana a la puerta y al fin contestó: -Lo sé.

-Todavía no me cabe en la cabeza que te hayas marchado tan tranquilo, que no lo hayas obligado a regresar y cumplir con su deber. ¡El muy maldito, el muy patán!-explotó Archie-Ya decía yo que no era digno de confianza, pero tú siempre eres tan confiado..., y mira lo que sucedió; la deshonró y cuando se hartó de ella la abandonó.

-Archibald, modera tus palabras. Candy no tiene ningún motivo para sentirse avergonzada, Terry me aseguró...

-¡Y allá vas tú y le crees!-dijo Archie fuera de sí, alzando la voz- Siempre la misma historia, piensas lo mejor de todos. Él se burla de tí en tu cara, te entrega a tu prima, a la que dices amar, hecha una piltrafa y al borde de la muerte y tú simplemente la tomas y te vas sin decir nada, sin hacerlo pagar por la deshonra a nuestra familia, sin...

-Señores.-interrumpió una enfermera que entró a la habitación al oír la discusión.-Este es un hospital, no es lugar para discutir. Les voy a pedir que se moderen o se retiren, por favor.

-Lo lamentamos señorita.-dijo humildemente Alistear.


Deseaba abrir los ojos pero los párpados le pesaban tanto... Sería mucho más fácil seguir durmiendo, estaba tan cansada que no se sentía con fuerza para despertar. Pero ahí estaba esa resequedad en la garganta que no la dejaba. Hizo acopio de fuerza y comenzó a abrir los ojos lentamente, la luz la hirió en cuanto lo hizo así que los entrecerró hasta que se fue acostumbrando al resplandor. Entonces procuró enfocar e identificar donde estaba. Era una habitación blanca con decoración escasa y sobria; sobre su cabeza vio un icono religioso, sin duda no se trataba de su habitación en el departamento. Giró la cabeza hacia un lado y vio una mesita de noche con una lámpara y algunos frascos color ámbar sobre ella. Del otro lado una mesa idéntica tenía otra lámpara y un florero con rosas blancas. Al fondo de la habitación había un sofá y sobre él encontró una figura masculina recostada. Llevaba pantalones verde olivo y usaba su abrigo café claro a modo de cobija; por lo que se veía de la cabeza parecía de cabello oscuro, pero aún así Candy se atrevió a abrir la boca y sus primeras palabras, despúes de un largo período de inconsciencia fueron:

-¿Terry?

La figura se incorporó de inmediato, hizo a un lado el abrigo y no le importó que ese cayera al suelo; sentado en el sofá la miró o más bien intentó mirarla. Se estiró a buscar en una mesa cercana sus anteojos, se los acomodó con ansía y al fin sonrió ampliamente.

-¡Candy! ¡Gracias a Dios que has despertado! Nos tenías tan preocupados.-dijo atropelladamente Stear, acercándose a la cama, sin notar si quiera la expresión desconcertada de la rubia.

-Tengo sed.-dijo ella con la voz ronca.

-Claro, cierto. Iré enseguida por el médico y la enfermera. Espera.-y salió rápidamente.

-¿Dónde está Terry?-preguntó Candy una vez que el médico se hubo marchado, después de revisarla.

Stear desvió la mirada, nervioso. Toda su preocupación y anhelo era que ella despertara, que mejorara; pero ahora que estaba despierta, era inevitable que preguntara por Terrence y él ni siquiera había planeado como darle la noticia.

-Verás Candy.-comenzó pero hizo una pausa-Terry estaba muy preocupado por ti; yo lo vi cuando mandó a buscarme y George y yo fuimos por ti para traerte al hospital.

Le estaba dando vueltas al asunto, Candy lo miraba atenta pero notaba su nerviosismo, él sabía que no la engañaba.

-Él me dijo que no podría venir, que tenía algunos asuntos que resolver. Pero me dio esto para ti.

Fue a recoger su abrigo que seguía en el piso y sacó del bolsillo un sobre. El mismo que Terry le dio aquella tarde y que Stear llevaba consigo desde aquel momento, esperando poder entregárselo a la dueña. La pequeña y blanca manita recibió el sobre y sus ojos verdes, humedecidos, se posaron en los suyos.

-Gracias.-le susurró.

-Yo saldré un momento para que tú puedas leerla con tranquilidad.

Le regaló una triste sonrisa, a la que ella correspondió, y salió. Abrió el sobre con mano temblorosa y suspiró al encontrar su caligrafía, de trazos largos y decididos que curiosamente le hacían recordar su modo de caminar, elegante y orgulloso.


Mi bien amada:

Si estás leyendo estas líneas quiere decir que te recuperas y, por tanto, que he tomado la decisión correcta, aunque en ella se me vaya la vida. He atravesado el valle de sombras y lágrimas antes, pero nada se compara ni remotamente al dolor de verte postrada en una cama, indefensa, frágil; con la apariencia de una escultura de arena que se desmoronaría al mínimo contacto. Esa no es mi Candy, mi Candy es fuerte, alegre, vigorosa; y esa Candy debe regresar a cualquier precio. Por eso espero que comprendas que hice lo único que se podía hacer a fin de traerte de vuelta. No importa arriesgarme a que alguien más se enamore de tu sonrisa, lo importante es que esta regrese. No importa si quiera que te casen con alguien más, con algún afortunado que tenga el privilegio de despertar a tu lado cada mañana, como en un tiempo yo lo tuve, algún bienaventurado en cuyo nombre no quiero ni pensar. En ese caso yo me envenenaré en mis propios celos, pero tú estarás sana, viva, con la oportunidad de ser feliz. Y yo podré vivir también, pues mientras tú respires sobre esta Tierra, el mundo tiene sentido.

Una cosa te prometo: volveré por tí. Si tú tienes a bien conservar este lugar en tu corazón que bondadosamente me has dado, yo volveré para reclamarlo como mío, para ocuparlo y nunca más dejarlo. Cuando sea un hombre, el hombre que pueda hacerte mujer, uno que pueda cuidar de tí como mereces. Cuando sea digno de tí, volveré. Te buscaré, te encontraré, te desposaré. Mientras tanto, esto no es una despedida pecosa mía, pues me acompañarás en cada paso, en cada latido de mi corazón, en cada exhalación de mi aliento; te sentiré en cada hoja que caiga, en cada palabra que diga, en cada gota de lluvia que me moje; y así nunca nos separaremos realmente, pues te llevaré conmigo a cada sitio donde pise. Estaré tan solo a un minuto de ti, voy detrás de ti. Porque tú eres mía y yo soy tuyo. Así ha sido siempre, desde el momento en que posé mis ojos en ti por vez primera, desde la primera sonrisa que me regalaste. Porque está escrito en las estrellas; porque naciste para mí y yo fui concebido para encontrarte, por esto o sencillamente porque así lo queremos, nos volveremos a encontrar.

Cuida de ti, vida mía y no te preocupes por mí. Estaré bien sabiendo que tú lo estás, trabajaré duro hasta abrirme paso por mis propios medios. Y cuando esto pase, cuando sea un hombre respetable y auto suficiente, volveré por la otra parte de mi sueño: una vida junto a ti.

Te quiero siempre, siempre...

Terry.


Candy dejó escapar todo su dolor a través de las lágrimas; abrazó a su pecho la carta como si de él se tratara, y lloró, lloró todo cuanto pudo y más allá; lloró hasta que no tuvo más lágrimas que derramar. Del otro lado de la puerta, Stear la oía sin poder hacer nada más que dejarla descargar su corazón y estar ahí, cuando ella lo necesitara.


Desde el momento en que ella salió, él supo que su lugar ya no era ahí, que ya no pertenecía a ese departamento al que ya ni siquiera vería como hogar. Ahora se le antojaba frío y oscuro; el café de la mañana no olía igual, las sábanas de la cama también perdían poco a poco su olor a flores silvestres, el que ella dejaba en cada rincón; hasta la plantita junto a la ventana no parecía tan verde, la extrañaba, como él la también la extrañaba. Paseó su mirada distraída por todo el lugar, tomó su abrigo y salió.

La enfermera detrás del mostrador era mayor que él, pero aún era una joven en sus veintes de cabellos castaños y ojos café claro con mirada inteligente. Caminó seguro hasta quedar frente a ella y sonrió. Ella lo miró y devolvió la sonrisa un poco nerviosa.

-Buenos días. ¿Podría darme informes sobre el estado de una paciente?-dijo con su mirada más penetrante y su sonrisa más franca.

-¿Es usted su familiar?-preguntó con una vocecita apenas audible.

-Así es.-dijo y agregó rápidamente- Su nombre es Candice White Andrey, ingresó por una neumonía.

-Oh, si. La señorita Andrey. Ya se encuentra fuera de peligro, si gusta pude pasar a verla aunque creo que ahora se encuentra durmiendo.

Terry lo pensó un momento. -¿Hay alguien con ella?-preguntó.

-No, estaba el joven de anteojos que ha estado todo el tiempo...

-Stear.-dijo Terry en voz baja.

-Si, así se llama. Estaba con ella pero fue a cambiarse de ropa a su casa mientras la señorita duerme.

Se detuvo indeciso frente a la puerta que ostentaba el número que la enfermera le había indicado, el 129; tomó el picaporte y lo abrió lentamente, ningún ruido se oyó, asomó la cabeza y la vio. Tendida en la cama de sábanas blancas y una gruesa colcha cubriéndola. La rubia cabellera caía a un lado, peinada en una trenza, la pecosa cara lucía aún pálida y los labios otrora carmín, parecían helados y resecos. Pero esto a él no le importó, a sus ojos seguía siendo bella y agradecía por esta visión, de ella recuperándose. Llegó hasta un lado de la cama procurando no hacer ruido y no despertarla; sencillamente no sabría que hacer al encontrarse con sus esmeraldas observándolo, sabía que no tendría fuerzas para irse, para alejarse de ella, si lo veía, si ella le hablaba. Se arrodilló y colocó las manos en el borde de la cama, como un penitente ante la imagen de una madona. Incapaz de hacer otra cosa, la miró conteniendo sus deseos de estrecharla entre sus brazos. Fue todo lo que hizo, mirarla. No quiso hablar por temor a despertarla, solo la miró repitiéndose en su interior la promesa que se había hecho desde el día que la entregó a su primo, reiterándole en silencio su amor sin principio ni final, imperecedero como el tiempo, intenso como la luz del sol.

Sacó algo de la bolsa de su abrigo y lo colocó con cuidado sobre el buró. Al verla así, sabiendo que era la última vez en no sabía cuanto tiempo, no pudo resistirse a darle un último beso. Un beso con sabor a tristeza que fue apenas un roce en sus inmóviles labios.

-Hasta pronto pecosa. Nos volveremos a encontrar.-susurró mientras rozaba con las yemas de sus dedos su cabeza.

Una sensación conocida, una necesidad imperiosa le hizo abrir los ojos y despertar de su plácido sueño, donde Terry se encontraba a su lado como antaño. Su pecho se inflamó de esperanza al comprobar que ese aroma no había desaparecido al despertar y que ese sabor único continuaba en sus labios; no era un sueño, estaba ahí, podía percibir toda la habitación impregnada de ese aroma a maderas exóticas y frescos cítricos. Se incorporó en la cama y lo buscó desesperada; no había nadie. En su búsqueda, sus ojos se toparon con un brillo que pendía de la rosa solitaria que siempre adornaba su mesita. No supo si sonreír o llorar cuando supo que era verdad, que él había estado ahí. La esmeralda en forma de corazón en la rosa se lo decía con más seguridad todavía que su aroma. La tomó y la acarició entre sus dedos; sus ojos se humedecieron sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo.

-Terry-susurró deseando que mágicamente su voz llegara hasta sus oídos. -Nos volveremos a encontrar. Mientras vivamos nos volveremos a encontrar.


Creo

-¿Crees en el destino?-

Me preguntas con tus verdes ojos

mirando a los míos.

-No, pero creo en ti y en mi.-

Creo en el mar que nos unió

y en el barco que nos meció.

Creo que esa noche santa fué,

pues el canto de ángeles escuché.

Creo en los colores y la belleza.

Creo en tu hablar, mi hermosa duquesa.

Creo en tu risa y en tu alegría,

creo en tu fuerza y en tu osadía.

Creo en el amor que me prodigas

y en mi amor que tanto estimas.

Creo en el amor a primera vista

y en la pasión que siempre está lista.

Creo que me amas como yo te amo

y en tus besos que como míos reclamo.

-¿Crees en el destino?-

-No, pero creo en ti y en mi.-


NOTAS:

Un capítulo más y ustedes siguen regalándome un ratito de su tiempo. Espero que no las haya aburrido ya y que no las aburra después porque sinceramente no sé cuantos capítulos más salgan. Cuando comencé esta historia lo hice sobre todo para mí, para quitarme los traumas de la niñez, para soñar con un mundo más justo donde el hombre o más bien el personaje que resultó ser mi primer amor tuviera una oportunidad diferente de explotar esa grandeza que yo vi en él desde la primera vez, y también lo hice como medida de relajación del estrés de la vida. Pero ahora además de estas razones las tengo a ustedes, ustedes que siguen esta historia fielmente y que me animan a continuar. Por todo eso, no me cansaré de decirles: gracias.

Mildred: Ya sé que me dijiste que no los separara amiga mía, lo siento pero ya tenía todo estructurado en mi cabeza y no pude cambiarlo. Pero te aseguro que todo tiene un propósito y sabes muy bien que a Terry siempre lo cuidaré, sufrirá un poco, si, pero no lo dejaré abandonado como cierta japonesa trauma niñitas cuyo nombre no quiero decir pero tú sabes quien es.

Estrella: Esa imagen de Terry cuidando a su pecosa día y noche me encantó y la verdad si me pareció muy posible. ¿Recuerdas como se preocupó cuando la tonta Candy se desmayó al oírlo cabalgar? Gracias por seguir leyendo.

Valerys: Así que ansiosa por su primera vez ¿eh? Paciencia, paciencia que tienen que sortear algunos obstáculos a fin de conseguir la tranquilidad de estar juntos sin preocupaciones. Esperaré tu review.

Anyablack: Si, es cierto. Todos están pasando momentos difíciles. ¿No te ha pasado que a veces te pasa una cosa tras otra y parece que la mala racha no tiene fin? Así es la vida...

Maat sacmis: Lo sé, lo sé; tú esperabas también aquella ansiada primera vez. Soy mala, ¿verdad? No, es solo que era inevitable. son tan jóvenes aún que las cosas tenían que complicarse. Quisieron adelantarse a su tiempo y capacidad y la vida les jugó chueco. Pero no te preocupes que para todo existe solución.

Syndy: Créeme que yo también sufro junto con ellos. Es triste, muy triste pero espero que sigas leyendo para presenciar en que acaba todo. Saludos y nos leemos pronto.

Mary: No te puedo decir cuanto tiempo será pero de que se reencuentran, se reencuentran. Ya sabes que yo soy una romántica empedernida y los hago sufrir un poquito pero no por siempre. Y en cuanto a Anthony, no le pierdas la pista porque tiene un desarrollo interesante.

Yelibar: Así es querida niña, Terry no podía hacer nada más. Lo único que le interesaba era que ella se recuperara y él no tenía los medios para procurar eso, la única opción que vio fue regresarla a su pudiente familia para que cuidara de ella. Yo creo que fue una muestra de amor.

Naeyle d Grandchester: Calma, que no cunda el pánico. Se separaron si, pero se volverán a encontrar. Saludos.

Karelem: Que más quisiera que traerles un capítulo a la semana pero no tengo tanto tiempo y luego que le doy vueltas hasta que me gusta como queda y soy un poco exigente, ya te imaginarás... pero aquí seguimos escribiendo y espero que ustedes sigan leyendo.

Coral: Jajajaja. Ya los emparejaste a todos. Tomaré en cuenta lo que pides, Annie también merece ser feliz. Gracias por escribirme.

Alsha: Que gusto leerte otra vez. Así que a ti también te ha pasado de todo; te digo que hay unas rachitas...pero mientras sigamos vivas (como dice la pecosa) seguiremos encontrándonos. Pues yo seguiré escribiendo y confío en que tú me seguirás leyendo. Si que me hiciste reír con tu idea del árbol en la cabeza. El suegro favorito ya viene, estaba ocupado, ya sabes que eso del ducado y el parlamento no lo dejan respirar pero ya va a aparecer, no te lo pierdas. ¡Ah! Y los 200 reviews, te aseguro que nunca pensé que llegaría a tantos, estoy muy feliz. Hasta pronto.

Myrslayer: Totalmente de acuerdo, solo alguien que ama de verdad antepone el bienestar del ser amado al propio y Terry aun en la historia original demostró esa clase de amor. Los accidentes desafortunados se ciernen sobre la cabeza de la pobre Elisa... jajaja. Cariñitos hasta Lima.

Candida: Ni hablar, perdieron los Phillies. ¡Felicidades para ti por la victoria de los Yankees y por el triunfo de tu compatriota! Fue una buena serie mundial. En cuanto al capítulo que bien que estás de acuerdo con la evolución de Annie. Nos leemos.

Arizza: Que bien que tú también estás de acuerdo con el giro que está tomando la personalidad de Annie; con los golpes tienes que madurar y es lo que parece que está sucediendo con ella. Gracias por seguirme.

Jazmine: Me he tardado más de lo que solía en actualizar pero sigo escribiendo, no dejaré incompleta "Nada más", es una historia muy especial y querida para mí; así que si te gusta la historia sigue pendiente de las actualizaciones, que te aseguro que llegarán.

Marie Grandchester Andrew: Las complicaciones no se hacen esperar y las cosas no siempre salen como las planeabas, por desgracia eso les sucede en este momento a nuestros personajes. Sigue leyendo, tengo confianza en que no te decepcionará.

Roni de Andrew: Sorry about the suffering. Era necesario amiga, pero tu tranquila, no es igual que esa despedida en una noche de invierno, aunque resulte dolorosa, no es igual te lo aseguro. Como posiblemente ya leíste en un comentario arriba, hay que seguirle la pista a Anthony. Los Dodgers no tuvieron muy buena post temporada pero como dices, tal vez el otro año. yo no pierdo las esperanzas con los Phillies. ¡El próximo año ganaremos! Saludos.

Shane: ¡No Dios mío! ¡No quiero llevar una muerte en la conciencia! Aquí está el siguiente capítulo. Que lo disfrutes.

Hasta la próxima mis queridas lectoras, y recuerden poner buena cara incluso al mal tiempo.

Nash