Capítulo XXX
No, feliz no estaba del todo. Siempre había sido difícil de satisfacer y siempre lo sería. Acostumbrado como estaba a lo mejor; los mejores platillos, los mejores vinos, las mejores ropas, acostumbrado a tener exactamente lo que él quisiera; a veces todavía le resultaba difícil comprender que no podía obtener todo cuanto se le antojara, al momento que se le antojara. A veces todavía olvidaba que en este país no era el hijo del Duque de Grandchester. Era un mortal más, expuesto al fracaso y la negativa.
-Bueno, -se dijo mientras afanosamente lavaba la vajilla que había usado en su reciente comida- tampoco es un fracaso. En realidad he corrido con mucha fortuna. No he cumplido un año en Nueva York y ya conseguí mi primer papel. No es mi ansiado Romeo, pero Benvolio puede ser mi oportunidad.
Sonrió al darse cuenta que nuevamente estaba hablando solo; costumbre que había adquirido recientemente.
Efectivamente, resultó ser su oportunidad. El director Hathaway se mostraba cada vez más satisfecho con la responsabilidad y el empeño que demostraba el joven inglés. No era que nunca debiera corregirlo, no era que fuese perfecta su actuación; era que aprendía tan rápidamente que pronto parecía como si fuese todo en veterano. Sabía lo que pedía el señor Hathaway y cuándo lo pedía. Y todo ese duro trabajo dio frutos aquella tarde nublada cuando un accidente cambió muchas vidas de golpe.
Todos estaban cansados ya, después de una ardua mañana de ensayos en la que el director parecía mucho más difícil de complacer que de costumbre. Los tramoyistas corrían de un lado a otro con los cambios en la escenografía que les habían indicado. El coreógrafo, sentado en una butaca, se abanicaba con el libreto; no porque hiciera calor, sino porque estaba completamente fastidiado, deseando que ese día acabara por fin. Los incontables extras, enfundados en sus trajes del renacimiento italiano, parecían extenuados: algunos se sentaban en el piso mientras el director daba instrucciones a los actores principales, otros aprovechaban para refrescarse y otros más bailaban sobre uno y otro pie con evidente cansancio. Robert Hathaway, por su parte, parecía tan fresco como cuando había llegado al teatro, siete horas atrás; daba instrucciones precisas para que sus actores representaran la escena del baile por enésima vez. Manoteaba y hablaba claro y fuerte; diríase que estaba poseído por algo que le impedía sentir cansancio mientras la escena no quedaba tal y como la había visto con antelación en su cabeza. Los actores se sofocaban enfundados en sus trajes y sentían asfixiarse detrás de las máscaras que debían usar en esa escena particular que, para colmo, les dificultaba la visión.
Y aunque todos deseaban que aquel ecuménico ensayo terminara de una vez, seguramente nadie deseaba que fuese de aquel modo: de la nada se escuchó el ruido seco del metal rozando otro metal que hizo que todos voltearan en busca del origen. Todo sucedió tan rápido; en un momento ocupaban sus habituales lugares y al siguiente Romeo y Julieta yacían en el piso, debajo de una enorme pila de metal y después de un estruendo espeluznante.
Toda la noche la pasaron en el hospital, en espera de noticias; las que llegaron al filo del amanecer: Julieta -Sussana Marlowe- tenía heridas menores y sería dada de alta en unos cuantos días; era Romeo -Derek Stewart- el más grave, con serias contusiones en diversas partes del cuerpo; se temía que su columna vertebral se hubiese visto afectada y estaría en observación, lo cierto era que no podría seguir actuando al menos por un buen tiempo. Noticias tan terribles devastaron al equipo completo, sin embargo, "el espectáculo debía continuar" y dos días después se anunciaban los cambios en el elenco; cambios que le dieron a Terry otro papel: Mercucio. No, aún no era su anhelado Romeo, pero era un papel sumamente importante en el desarrollo de la trama como para dárselo a cualquier principiante.
Inevitablemente, el resto de los ensayos estuvieron impregnados de un hálito de tragedia; pero el tiempo, como siempre, te envuelve en el día a día y te hace olvidar poco a poco. Lo mismo sucedió con Terry, que agradecía esta nueva oportunidad aunque lamentara lo ocurrido a su compañero de tablas.
Ocupada como estaba con sus muchas actividades, Candy apenas tenía tiempo de sentirse triste. Era sólo en los ocasos, cuando se escapaba al jardín del hospital en su hora de descanso, que suspiraba hondo, pensando en el pasado y en todos los que ahora no estaban con ella. Sin embargo, con algo de pavor, se daba cuenta que el dolor por la ausencia de Terry había menguado. No era que no lo añorara, que no anhelara sentirlo, escucharlo y mirarlo. Pero ya no era un dolor punzante, como unos meses atrás. Ahora era una nostalgia reposada, sin lágrimas ni sobresaltos, acompañada de cierta inexplicable seguridad de que un día, este período sin él sería un vago recuerdo.
Lo cierto es que ni en sus más locos sueños pudo imaginarse lo que a continuación ocurriría en su vida: parecía una tarde como cualquier otra, había terminado hacía un par horas con sus clases diarias y en ese momento practicaba en el hospital, bajo la supervisión del doctor Jolly. Exprimía una gasa para lavar con ella la herida de una pequeña de cinco años que había caído por las escaleras de la casa de su abuela; la pobre mujer apenas se tranquilizaba en la sala de espera pues por poco había sufrido un ataque de nervios al ver el vestido de su nieta con una gran mancha de sangre. Afortunadamente la herida no era tan grave como aparentaba y ya Candy se ocupaba de curar a la pequeña traviesa. En eso estaba cuando una de sus compañeras llegó diciendo que la directora solicitaba la presencia de la señorita Andrey. El médico le urgió a dirigirse a la dirección y la rubia pecosa se encaminó adónde la llamaban, preguntándose qué habría hecho ahora, pues cada vez que la mandaban llamar era para reprenderla por alguna imprudencia.
Hubiese sido mucho mejor una reprimenda por correr en los pasillos, por hablar muy fuerte, por haber olvidado desinfectar una habitación o por armar alboroto en el área infantil; mucho, mucho mejor que lo que encontró en el despacho de la directora: sentada en una butaca de raso verde, se encontró con la tía abuela Elroy y su usual expresión adusta. Candy se quedó muda no supo por cuánto tiempo.
-Sigues igual de ordinaria, Candy... ¿No piensas saludarme?-la sacó de su turbación la áspera voz de la señora.
Candice se apresuró a besar la mano de Elroy y decirle lo mucho que le alegraba verla (fuese cierto o no): Después se sucedieron los eventos habituales: la tía Elroy imponiendo su autoridad y abolengo ante cualquiera para obtener lo que deseaba, que en esta ocasión era una entrevista a solas y fuera del horario de visitas con Candice. Una vez solas, la de rancio apellido y casta fue directo al grano.
-Siéntate, tenemos que hablar -comenzó, aunque fue más bien un monólogo. No hemos tenido noticias del tío William en mucho tiempo. Tememos lo peor.
Candice reprimió un sollozo, pero la anciana parecía imperturbable. Le dio una mirada severa a la chica, se aclaró la garganta y continuó.
-El último testamento que dejó te acredita a ti como hereera de gran parte de su fortuna. Así que si no aparece el señor William, tú tendrás que ocupar tu puesto como heredera de los Andrey. Dios nos guarde -esto último lo añadió en un susurro, como para evitar que Candy lo oyera, cosa que no logró. Desde luego dejarás de lado este capricho tuyo de estudiar para enfermera y tendrás que comportarte como una señorita respetable.
Se interrumpió de pronto, se levantó de su asiento y se acercó a la puerta. Antes de abrirla se dio la vuelta para decir las últimas palabras que dejaron más que aterrorizada a la joven:
-Ultimaré los detalles legales, pero te adelanto que habrá que conseguirte un esposo adecuado. Y esta vez no habrá consideraciones de ningún tipo contigo. Tienes un deber que cumplir y lo harás como todas las mujeres de esta familia lo hemos hecho.
Abrió los ojos con pesadez y la intensa luz solar lo deslumbró, así que los cerró rápidamente, pero sólo por un momento. Cuando volvió a abrirlos reconoció una silueta femenina de espaldas a él. Las curvas le decían que era mujer, pero la blancura de la habitación y de las propias ropas de ella, le hicieron dudar por un momento de la realidad de lo que veía. No fue sino hasta que ella giró y posó sus ojos almendrados en él, cuando espero estar equivocado y que todo eso fuese real.
-Oh mio Dio! Sei sveglio! Io ho saputo che un giorno... - dijo emocionada la joven, pero de pronto, se detuvo, avergonzada, agachó la cabeza y lo miró. -Mi scusi. Io... sono felice per lei. Come stai?
Albert la miraba sin entender una palabra, pero sabía que le había hecho una pregunta y le frustraba no poder responder a tan encantadora jovencita. -Yo... -comenzó Albert, despacio.
-Certo. Lei non parla italiano.1 Yo... -fue el turno de titubear de la joven- me llamo Verónica, soy su enfermera. ¿Cómo siente? Disculpe, no practico mucho el inglés.
Que criatura tan exquisita era aquella que lo hizo olvidar en unas cuántas frases su desconcierto por despertar en un lugar desconocido, después de no sabía cuánto tiempo y, en vez de preguntar por estas y otras dudas, lo tenía sonriendo y mirándola como si de una aparición divina se tratara.
Miró con atención todo a su alrededor. Era una habitación de paredes blancas y grandes ventanales que dejaban pasar la luz del sol a través de las delgadas cortinas, blancas también. Su cama se encontraba en un rincón, a unos cuantos pasos estaba otra cama con un enfermo cuyo rostro no alcanzaba a ver. Y se trataba de la primera de una larga fila de camas alineadas, igual que en el otro extremo de la habitación. Días blancos alegrados por una figura blanca que parecía flotar entre las camas curando y reconfortando; tomando la mano de un moribundo o limpiando las heridas putrefactas de algún otro pobre soldado que no podían pedir mayor lujo que morir bajo los tiernos cuidados de una enfermera caritativa, como lo era la señorita Verónica.
No sin dificultades de comunicación se enteró que había sido transferido a aquel hospital en Italia hacía varios meses ya. Desde entonces había estado inconsciente y los médicos habían llegado a pensar que no despertaría jamás; pero ella, Verónica, siempre supo que un día lo haría.
Diario de Alistear Cromwell 22 de mayo 1915
Estas son las últimas líneas que escribo en América. He decidido enlistarme como voluntario en la guerra que se desarrolla en Europa, la que sé que muy pronto, si no se hace algo por impedirlo, llegará hasta nosotros. Me he enterado que en Francia están formando un batallón de pilotos de guerra en el que aceptan extranjeros, específicamente, están llegando voluntarios americanos. Así que, ¿qué me impide ser uno de ellos?
Parto en unos cuantos días. Ya he enviado mis adioses a todos los que amo. No me atrevo a despedirme de frente. Siempre he odiado las despedidas. Prefiero partir con la esperanza de volver a verlos.
CITAS:
1 Traducción: ¡Oh, Dios mío! ¡Está despierto! Yo sabía que un día... / Perdone. Yo... estoy feliz por usted. ¿Cómo está? / Cierto. Usted no habla italiano.
NOTAS:
Gracias infinitas a todas y cada una de ustedes las que se han tomado la molestia de escribirme para alentarme a seguir con esta historia. Ustedes saben quiénes son, así que sólo me resta enviarles un enorme abrazo y mis mejores deseos.
Nashtinka
