Capítulo XXXI

Hay temporadas en las que uno cree que su vida quedó suspendida en la nada, de unos hilos invisibles que sólo la mantienen flotando pero no la llevan a ningún lugar. Así se sentía Candice desde que la tía Elroy le había dado esa extraña y desesperanzadora noticia. Por un lado, desde luego que la jovencita se preocupaba por el bienestar de su desconocido benefactor pero por otro (el que más) no podía estar tranquila por ella misma, sabiendo que su destino se vería enredado en las decisiones de una inflexible anciana rica.

-Nadie puede decidir por mi.-dijo de repente como quien emite una grave ley. -Yo siempre he sido artífice de mi propio destino.

Y en cuanto terminó de decir esto, se interrumpió y la tristeza y vergüenza la embargaron. No era cierto, ella no estaba justo donde estaba por su propia elección, también habían sido las cisrcunstancias y las acciones de los que la rodeaban las que la habían llevado hasta ahí. Ella sólo había tratado de sacar lo mejor del asunto pero en realidad no había sido su elección ser adoptada por los Andrey, ni asistir a aquel colegio en Londres donde conoció a Terry, no era heredera de aquella fortuna por elección propia, ni tampoco… Pero esperen, sí había decidido ella sola huir con Terry, y el estar estudiando enfermería también era su idea, suya y sólo suya. Entonces sí que era capaz de elegir qué haría con su propia vida. No importaba que la tía Elroy repitiera hasta el cansancio que una señorita de su posición sólo debía cumplir su deber, sin opinar, sin sentir… Además, ella no era realmente una señorita de buena familia, sólo era una húerfana del Hogar de Pony.


Esa maldita guerra le había arrebatado a dos de sus queridos niños: primero Anthony y ahora Alistear, y quien sabe, tal vez hubiera sido también la guerra la causante de la desaparición de Albert. Su familia se estaba desmoronando. Todo por lo que habían luchado, todos los sacrificios para conservar lo que tenían se vendrían abajo, de nada servirían si no había nadie honorable para continuar con su legado.

Es cierto que veía la promesa en el vientre abultado de Eliza, que pronto daría a luz a un legítimo hijo o hija de Anthony, ¿pero mientras ese niño crecía quién se haría cargo de todo? Además esa no era la única parte de la herencia. También estaba aquella, la que le representaba tantos dolores de cabeza: la de Candice.

Por mucho que le disgustara reconocerlo, sabía que esa muchachita voluntariosa podría velar por la familia, si era guiada adecuadamente, pero no era de su sangre y eso era algo que Elroy no podía pasar por alto.

Sencillamente no podía permitir que la fortuna de su familia terminara en manos ajenas cuando Candice se casara. Y ya que no había lazos de sangre que la unieran con los Andrey, podía aprovechar eso para cerrar el círculo y hacer que la fortuna de los Andrey, se quedara con los Andrey. La chiquilla tendría que desposar a uno de sus sobrinos. Pero, ¿quién?

Dos de ellos estaban fuera de la jugada, por matrimonio o lejanía. Así que sólo quedaban Archibald y Neil.

A los dos los amaba, estaría satisfecha si cualquiera de ellos se quedaba al frente de los negocios familiares. Pero Archibald era un soñador, a pesar de su inteligencia no estaba segura si podría poner los pies en la tierra como para tener tanta responsabilidad. En cuanto a Neil, a él sí que le encantaba el dinero. Seguro sería un fiero defensor de la fortuna familiar. Aunque también podría convertirse en un derrochador… Oh, no podía decidirse. Era un asunto demasiado complicado y con tantas consecuencias para tanta gente. Pero alguien tenía que tomar cartas en el asunto y asegurar la sucesión y ese alguien sólo podía ser ella.

De pronto se le ocurrió una idea bastante inusual en ella: les preguntaría su opinión. Averiguaría cuál de ellos se sentitía inclinado a casarse con Candice.

Deseaba que pareciera casual. Con Archibald no tuvo dificultades para eso, ya que vivía en la mansión familiar, con ella. Así que una tarde, durante la comida le preguntó como si no le diera mucha importancia, como si recién se le hubiera ocurrido.

-¿Qué pensarías de casarte con Candice, Archie?

Archie tosió ante la inesperada pregunta y miró a su tía creyendo que no había oído bien. Pero ahí estaba ella, pinchando un trozo de carne con su tenedor y esperando su respesta. Pensó en aquellos ojos chispeantes que un tiempo lo enamoraron, en aquella risa poderosa que inundaba cualquier lugar donde ella se encontrara y sonrió con melancolía por aquel amor perdido. Perdido no porque se hubiese desilusionado o porque el rencor lo hubiera arrancado súbitamente cuando se enteró que ella amaba a otro. Perdido solamente porque en algún momento sencillamente se extinguió, porque en el andar irrefrenable del tiempo desapareció.

-En otra época te hubiera dicho que casarme con ella me haría muy dichoso, tía, pero hoy ya no es así. No, yo no podría ser el marido de Candy.- dijo finalmente con convicción -Pero, un momento, ¿a qué viene esa pregunta?

-Nada. Simple curiosidad; quería estar segura de que ya no te gustaba esa chiquilla.

Esperó a que la madre de Neil y él fueran a tomar el té y cuando se quedaron un momento solos, comenzó.

-Neil, ¿Te sería muy desagradable casarte con Candice?

Neil miró a su tía como si esta hubiese enloquecido. Con una cara de espanto, estupor y asco.

-¡Pero tía, es una descastada, una huérfana! - vociferó en seguida, no sin notar que reaccionaba así como un reflejo adquirido, irrazonable.

-No Neil, lleva el apellido Andrey, recuerda eso. -declaró la anciana con firmeza y en un tono que a Neil le pareció por un momento de complicidad.


Esos días Neil no dejó de darle vueltas en su cabeza. Nunca se le había ocurrido antes, pero era cierto: le gustara o no, Candice era una Andrey. Y no sólo eso, era hija adoptiva del mayor magnate del clan. Si se casaba con ella podría acceder a una fortuna que de otro modo no tocaría. Y el que la tía Elroy haya preguntado, ya aseguraba su aprobación en el asunto.

Lo comentó con su madre y hermana, sin cuyo consejo y visto bueno no daba un paso, y se dirigió a la casa de la tía, feliz por que sentía que al fin llegaba a él la buena fortuna que tanto ansiaba.

-Después de todo, no es nada fea… -concluyó.


No sabía ya cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la vio, que la estrechó en sus brazos. Habían sido tantos desencantos, tantas tormentas, tantos días de absoluta soledad y de inenarrable tristeza; días que se alargan y se deforman como tenebrosos fantasmas sobre las paredes del tiempo. Había dejado ya de medir el tiempo en meses o años porque le resultaría demasiado espantoso e insoportable. Ahora, como era propio de los seres de su naturaleza, lo medía en el dolor que se le clavaba en el pecho, en las lágrimas derramadas y la melancolía derrochada.

Nunca lo admitiría, pero la verdad era que se sentía tan perdido sin aquellos ojos de esmeralda como un barco que busca la luz del faro en la oscuridad de la noche. Era como un hambriento al que le habían dado una pequeña prueba de delicioso pan, como un ciego que había vislumbrado por un precioso momento la luz. La época que pasó con ella era una deliciosa prueba de la felicidad que podía alcanzar incluso un espíritu atribulado como él y ahora, sin ella, sentía la soledad aguijoneándolo más cruelmente que nunca.

De repente se le ocurrió que tal vez sufría sin razón. Iría a buscarla. Tomaría el primer barco a Inglaterra y la buscaría donde los Andrey. Entonces cayó en la cuenta de que no podía abandonar las funciones ahora que apenas comenzaba a ganarse la confianza del director. No, no era lo más prudente ir ahora. Esperaría hasta que la temporada concluyera, hasta que tuviera un lugar asegurado en la compañía y más medios para vivir sin depender de nadie más, los dos, solos, como antes.

Y con ese pensamiento se entregó al sueño. En la quietud de su modesto apartamento sólo se oyó un susurro: "Buenas noches, Candy."


El momento en el que Candy se enteró, por labios de la tía Elroy, que tendría que comprometerse en matrimonio con alguien que le era tan desagradable como Neil fue, como era de esperarse, de lo más dramático. Hubo lágrimas y súplicas por un lado y rigidez y seriedad por el otro. Era imposible que esas dos criaturas que veían el mundo tan diferente se entendieran alguna vez.

Antes de irse, con toda gravedad, la tía volteó y remató el destrozado corazón de la joven:

-Y si acaso pensabas huir, como es tu costumbre, piénsalo bien. No querrás que tus primos sufran por tus desvaríos. Oh, sí, porque si no se encuentra la heredera se armará un tremendo lío legal y nadie podrá tomar posesión de la herencia. ¿Serás tan egoísta para pagar así a quienes te acogieron como una de su propia casa? Además, ya no tienes con quién escapar, supe que el joven Grandchester ya es actor en Nueva York, seguro está entregado a la vida licenciosa y se ha olvidado de ti. -dicho esto, se fue.

Se fue dejando a Candy hundida en un mar de llanto y desesperación. Era cierto, todo lo que había dicho la tía era cierto. La pecosa hubiese deseado escapar sin mirar atrás, sin importarle la enorme fortuna, el deber, el honor, sólo huir de un matrimonio sin amor y seguramente más desdichado de lo que era capaz de imaginar. Pero, ¿adónde iría ahora que sabía que sus actos podían afectar a sus queridos primos? Los únicos que siempre habían velado por ella merecían más agradecimiento.

Eso sin hablar de la última y certera estocada de la tía: Terry se había olvidado de ella. Odiaba admitirlo pero no pocas veces había pasado ese pensamiento por su cabeza. "¿Y si ya me olvidó?" Había pasado mucho tiempo ya. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no volvía?

Hincada en la alfombra, la pecosa lloraba sin control, susurrando un único nombre: "Terry".


Diario de Patricia O'Brien 1 de junio 1915

Mi querido Stear no está más conmigo. Se ha enlistado como voluntario en el ejército, en un escuadrón de pilotos en Francia. Apenas ahora tengo ánimos para escribir lo angustiada que me siento. A veces me gustaría que la naturaleza me hubiese hehco varón para hacer lo que me placiera, como ellos lo hacen.

¡Ah, que mundo tan cruel y despiadado nos han hecho a nosotras las mujeres! Ellos se van, se entregan a mil y un aventuras y peligros, al horro de la guerra y nosostras debemos quedarnos aquí, a la espera de una carta que siempre tarda demasiado en llegar.


NOTAS:

¡Hola a todas! Estoy de regreso con un nuevo capítulo. He recibido muchos mensajes y reviews pidiéndome este capítulo y por fin aquí está. Espero que muchas de ustedes me hayan tenido paciencia y ahora lean esta continuación. No les prometo capítulos frecuentes porque les quedaría mal: tengo mil y un cosas encima y el tiempo es despiadado. Pero sí que les traeré otro capítulo y eventualmente el final que ya no veo tan lejano.

Cuídense todas y sean felices.

Nashtinka