"Un ángel para mí corazón..."
Capítulo III
-"¿Cómo que no tienes nada que ponerte?" -Kaede negó repetidamente con la cabeza, palmeando su mano afectuosamente a la vez-. "Eso lo tenemos que solucionar, criatura. Esto es una isla y tenemos una playa maravillosa. ¿Crees que voy a permitir que bajes a la playa cada mañana solo para acompañarme? Decididamente, no. Rotundamente, no… Le diré a Totosai que nos lleve al centro y haremos algunas compras. Lo primero, será escoger un bonito traje de baño para mi precioso ángel."
-"Kaede, no creo…"
-"Silencio, niña" -Kaede sonrió, emocionada ante la idea de salir de compras-. "Soy mucho más vieja y lista que tú. Y estoy enferma. Debes contentarme en todo cuanto te pida, ¿no crees? Y además, toda esa ropa que tienes es horrible. Una muchacha de tu edad no debe andar vestida con esos trapos. Necesitas un cambio. Nada de ropa oscura y holgada. Colores, eso es lo que necesitas. Un par de vestidos que resalten tu figura. Y unos… ¿cómo se llaman esos pantalones que utilizan las chicas hoy... esos informales? Ah, ya se. Unos jeans. No, mejor un par. Y algunas camisetas de algodón y…"
-"Pero yo…" -iba a decirle que no quería nada de eso. Se encontraba a gusto siendo como era, pasando inadvertida para el resto del mundo.
-"No hay peros que valgan. Ahora mismo llamaremos a Totosai."
Y fue completamente imposible hacerla cambiar de idea. Por la tarde, las dos estaban agotadas después de recorrer todas las tiendas de la isla. Kagome había insistido en que le parecía un despilfarro inútil de dinero, ya que no tenía intención de fomentar veladas en las que pudiera necesitar toda aquella ropa. Pero Kaede no la escuchaba. Había sido tajante al respecto.
-"Niña, siempre hay una buena ocasión para estar guapa." –le había dicho seriamente,
Cuando Kagome había mirado las facturas, se había apresurado a ofrecer que le descontaran de su salario aquella cantidad escandalosa de dinero, a sabiendas de que tendría que trabajar para la familia Taisho una eternidad para pagarlo. Sin embargo, Kaede le respondió que se olvidara enseguida de tal idea. Había dicho que no iba a tolerar que su dama de compañía vistiera como una anciana amargada. Y que dado que ese era su deseo, podía tomar la renovación de vestuario como su nuevo uniforme. Lo cierto es que cuando Kagome se cambió para el desayuno al día siguiente y bajó al comedor, todos la miraron con asombro.
Había escogido una sencilla camiseta color azul claro de manga corta y unos vaqueros ceñidos. Los dedos de los pies asomaban con gracia en el extremo de sus nuevas sandalias, haciendo juego con el resto de la indumentaria. Informal, eso es lo que Kaede había dicho. Saludó con timidez antes de ocupar su asiento, sin que pasara desapercibido el modo en que Inuyasha Taisho la observaba desde el otro lado de la mesa.
-"Querida niña…" -Kaede aplaudió como una chiquilla, feliz por el resultado de su experimente-. "Por fin pareces el ángel que eres. ¿No te parece que está preciosa, Inuyasha?"
Él no contestó. Hizo un ligero movimiento de cabeza como respuesta y engulló de un bocado un buen pedazo de pan.
-"No le hagas caso" -susurró Kaede sin dejar de sonreír–. "Mi nieto es muy hábil cuando quiere hacerse el ciego."
-"Puede que sea ciego, Kaede" -la voz de él las sobresaltó a las dos-. "Pero no soy sordo. ¿Crees que podrás recordarlo la próxima vez que me critiques en mi presencia?"
-"No te criticaba, Inuyasha" -la anciana alargó la mano sobre el mantel para tomar la de él. El muchacho se la besó cariñosamente. A pesar de su eterna expresión malhumorada, la quería. Era algo evidente incluso para una desconocida como Kagome-. "Solo le decía a Kagome que no debe sentirse ofendida."
-"¿Ofendida? ¿Porque no le dedico unos cuantos halagos estúpidos?" -desvió la mirada hacia la joven-. "Estoy seguro de que la señorita Higurashi es lo suficientemente inteligente para comprender que está preciosa. Aunque yo no se lo diga. ¿No es así, señorita Higurashi?"
-"Por supuesto" -Kagome parpadeó. Comprendió que, indirectamente, él ya se lo había dicho. No solo con palabras. Sino con la expresión de su rostro al verla irrumpir en el comedor. Kagome había notado que la observaba con sorpresa, pero también con cierta admiración. Supo que era todo cuanto podía esperar de alguien como él.
-"Ay, Inuyasha… ¿Porqué tienes que ser tan antipático? Si sigues así, nunca encontrarás esposa, ¿lo sabías? Ninguna mujer quiere por marido a un hombre grosero que nunca sonríe ni hace cumplidos" -le advirtió de buen humor, aunque en el fondo, Kagome intuyó que la anciana temía que sus augurios se cumplieran-. "¿Acaso no sientes compasión por tu pobre abuela enferma? ¿No quieres alegrar mis últimos días, llenando esta casa con media docena de pequeños diablillos con tu cara?"
-"Ya hemos hablado de eso, Kaede" -atajó él con su habitual brusquedad.
-"Nada de eso. No me has pedido opinión, Inuyasha."
-"Porque no tienes nada que opinar sobre el asunto, abuela" -dejó su servilleta sobre el mantel y por un momento, Kagome creyó que iba a estallar y dirigir su rabia contra la anciana. En lugar de eso, lo vio respirar hondo y suavizar la expresión-. "Kaede, te quiero. Y sabes cuánto. Pero eso no te da derecho a meter las narices en mi vida sentimental."
-"¿Qué vida sentimental, querido nieto?" -Kaede sonrió nuevamente-. "Hijo… salir de vez en cuando con alguna de tus amigas, no es tener 'vida sentimental'. No creo que una vieja como yo tenga que decirte esto, Inuyasha. Porque tu vida sentimental brilla por su ausencia. Lo mismo que tu amabilidad."
-"Kaede..." -los ojos de él brillaban con intensidad. Sin duda, le costaba enormemente no responder a su abuela tal y como su mal genio le impulsaba a hacerlo-. "No sigas por ese camino o tendremos problemas."
-"¿Qué harás, querido Inuyasha? ¿Mandarme a mi habitación sin postre?" -se giró hacia Kagome-. "Míralo bien, hija. Es el hombre más atractivo y rico de la isla, pero no conseguirá entrar en el corazón de una buena mujer. ¿Y sabes por qué, ángel? Porque una buena mujer espera que un buen hombre la haga feliz. Y este tonto nieto mío no conoce el significado de esa palabra."
Kagome no dijo nada. Sospechó que si abría la boca siquiera para pedir que le pasaran el azúcar, Inuyasha se abalanzaría sobre ella como un león hambriento. Para su sorpresa, el hombre pareció adivinar lo que estaba pensando. Y con un rápido gesto, puso la azucarera a su disposición.
-"Gracias" -murmuró.
-"No hay de qué. Kaede, ¿por qué no dejamos de hablar de mí y de mi incierto futuro amoroso por un rato? Seguro que la señorita Higurashi tiene muchas cosas interesantes que contarnos de su vida en la ciudad."
Kagome tragó saliva con dificultad. Eso sí había sido un golpe bajo. Se deshacía de Kaede y a cambio, husmeaba en su intimidad. "Gracias, señor Taisho", estuvo a punto de decirle.
-"Por ejemplo, señorita Higurashi, ¿a qué se dedicaba antes?"
-"Yo… Trabajaba en la tienda de tía Avi. En una florería" -explicó sin demasiado entusiasmo-. "En realidad, mi hermana Sango y yo llevábamos el negocio. Tía Avi nos crió desde que nuestros padres murieron y al hacerse ella mayor, las dos comprendimos que necesitaba ayuda en el negocio."
-"¿Lo comprendieron? Qué conmovedor..." -el tono de Inuyasha era sarcástico-. "Ha dicho que tenía una hermana… ¿Sangu?"
-"Sango" -Kagome le fulminó con la mirada. No era tan tonta como para no darse cuenta de lo que él había tratado de insinuar con su comentario. Él pensaba que eran un par de aprovechadas que esperaban heredar la fortuna de su tía. Eso era porque no la conocía, ni conocía a la tía Avi. Y por supuesto, no conocía los detalles económicos que rodeaban aquel acuerdo entre ellas. Él no podía saber que el negocio de tía Avi había estado a punto de cerrar hasta que ella y Sango habían decidido invertir todos sus ahorros en la florería y sacarla a flote costara lo que costara. Se lo debían a la mujer que había sido prácticamente su madre todos aquellos años.
-"Esa hermana suya... ¿Sigue trabajando para su tía?"
-"Sí. Junto a su marido" -Kagome intentó que su voz no pareciera demasiado afectada al hablar.
-"¿Y usted? ¿Por qué se fue?" -la pregunta era directa. Inuyasha Taisho era muy suspicaz cuando se lo proponía. Y estaba claro lo que se había propuesto. La observaba fijamente, esperando su respuesta.
-"Necesitaba cambiar de aires" -mintió. Echaba tanto de menos el olor de los jazmines al entrar en la tienda, que temió que él adivinara la nostalgia en su mirada.
-"¿La aburría su trabajo?"
-"No he dicho eso" -replicó. ¿Por qué tenía que malinterpretarlo todo para que ella pareciera alguien materialista y sin corazón? Ella no era así. ¿Cómo era posible que lo pensara siquiera?
-"Entonces, consideró que ya había saldado la deuda que tenía con su tía."
-"Claro que no…" -pero, ¿qué pasaba con aquel hombre?-. "Yo no tendría dinero en el mundo para pagar el cariño de tía Avi."
-"Pero se dio mucha prisa en aceptar este empleo."
-"Porque yo…" -miró desesperada a la anciana que escuchaba todo sin intervenir.
-"Eso no es asunto nuestro, Inuyasha" -dijo Kaede al fin con seriedad, y Kagome se lo agradeció en silencio-. "Solo debe importarnos que sea lo que sea lo que puso a este ángel en nuestro camino, fue una suerte que fuera así."
-"Sí, una gran suerte" -murmuró él para sus adentros sin dejar de observarla con el ceño fruncido y aquellos ojos penetrantes que parecían querer adivinar todos sus secretos.
-"Esta mañana estoy un poco cansada, mi niña" -anunció Kaede de repente y se volvió hacia su nieto con una sonrisa resplandeciente. Kagome sospechó que tramaba algo y deseó desesperadamente que no se tratara de lo que ella estaba pensando.
-"¿Quieres que llame al doctor Feng?" -la pregunta sonó ansiosa, pero la anciana negó con un gesto-. "¿Estás segura, Kaede?"
-"Solo estoy cansada" -repitió y tomó la mano del hombre para presionarla con dulzura-. "Pero me apena que esta criatura se pierda un día tan maravilloso por mi culpa. Querido, ¿por qué no le enseñas a Kagome la maravillosa vida en la isla? Y no inventes excusas, Inuyasha. Sé muy bien que no tienes nada mejor que hacer."
-"Kaede, no… Prefiero quedarme con usted, de verdad" -estaba siendo tan sincera que temió que él se diera cuanto le desagradaba en realidad la idea–. "Además, estoy segura de que el señor Taisho…"
-"El señor Taisho estará encantado de hacerle de guía, señorita Higurashi" -las palabras de él la dejaron estupefacta. ¿Había dicho qué…? Kagome tragó con dificultad.
-"Se lo agradezco, señor Taisho, pero es que yo…"
-"Será un honor, señorita Higurashi. La espero en el salón dentro de quince minutos" -Inuyasha se levantó con un movimiento felino, dando por zanjada la conversación.
Kagome miró con angustia a la anciana. Kaede parecía feliz ante la idea de que su insociable nieto se mostrara más amable al fin con su protegida. Kagome se sintió incapaz de desilusionarla.
-"Oh, Kaede, ¿porqué lo ha hecho? No quiero ser una carga para nadie" -musitó, aunque sus negativas se debilitaban a medida que la anciana parpadeaba de manera deliciosa para engatusarla.
-"Y no lo eres, criatura" -palmeó su mano sobre la mesa-. "Los dos son jóvenes, necesitan divertirse. Y por otro lado, a Inuyasha le vendrá bien un poco de compañía humana para variar."
Al ver como ella arqueaba las cejas, Kaede volvió a sonreír.
-"Querida..." -aclaró-. "Mi nieto pasa demasiado tiempo entre personas a las que no les importa nada que no sea incrementar sus fortunas. Cuando lo oigo hablar de sus 'tiburones', 'peces gordos' y esas 'arpías' con las que se relaciona… Hija, yo no sé mucho del reino animal, pero tengo tanto miedo de que él mismo se convierta algún día en uno de ellos… Sin emociones, sin corazón… No creo que lo puedas entender, pero él… Ah, mi pequeño ángel… Inuyasha olvidó como tratar a los seres humanos de verdad. A veces me da miedo que ya haya perdido esa dulzura tan preciosa que lo caracterizaba de niño..."
Kagome se vio a sí misma como el cordero al que llevan al matadero. Peor aún, el cordero al que el lobo acecha esperando el momento oportuno para atacar. Por las palabras de Kaede, Inuyasha bien podía ser bien aquel lobo vigilante. De hecho, él ya se lo había advertido el primer día. Aunque quizá, el orgulloso señor Taisho no podía imaginar entonces que Kaede lo obligaría a hacer de niñera para ella.
-"No tengas miedo, criatura" -la animó Kaede-. "No es tan fiero el león como lo pintan, solo es un gato a la defensiva."
Kagome emitió una risita forzada, rogando en su interior porque la buena mujer dejara de hacer símiles que solo lograban aterrorizarla más. Lo último que quería es tenerlo como enemigo. Y estaba segura de que si Kaede insistía en estropearle sus vacaciones de aquella manera, Inuyasha Taisho inventaría el modo de deshacerse de ella. Aún así, besó a la anciana en la mejilla, en señal de agradecimiento.
-"Diviértete, ángel. Es una orden" -Kaede la besó y Kagome tuvo la sensación de que también le agradecía algo con aquel beso.
O
-"¿Porqué está tan seria, señorita Higurashi?" - la voz de él interrumpió sus pensamientos. Estaba mirando como dos niños empujaban con esfuerzo una cesta repleta de pescado recién sacado del agua. Debían tener unos ocho o nueve años y a pesar del esfuerzo, sonreían. Kagome adivinó por el enorme parecido entre ambos, que eran hermanos. El chico apenas le sacaba unos centímetros de estatura a la niña, pero resultaba enternecedor ver como trataba de cargar con la mayor parte del peso para aliviar el de su hermana.
Sin querer, la escena le había traído recuerdos que ahora la entristecían. Sobre ella y sobre Sango. Sobre lo mucho que se habían querido. Muchas veces, ella había arrastrado la carretilla con las plantas de tía Avi del mismo modo en que aquel pequeño lo hacía en ese instante. Sango no había nacido para realizar trabajos tan duros y Kagome solía hacer su parte para evitar que los huesos de tía Avi cargaran con más peso del que podían soportar. No era un reproche, eso nunca. Sango tenía otras muchas virtudes por las que la adoraba. Tenía aquel toque de delicadeza, aquella forma de hablar que lo envolvía todo y que hacía que todos volvieran la cabeza al verla pasar. Sí, Sango era preciosa, siempre lo fue. Y siempre lo seria.
-"¿Señorita Higurashi?" -insistió él y Kagome apartó la mirada ensombrecida de los chicos-. "¿Está bien?"
-"Sí" -mintió y señaló a los hermanos, que casi habían alcanzado el vehículo de su padre y levantaban con la frente perlada de sudor la pesada cesta–. "Estaba pensando…Son tan pequeños… No es justo que tengan que trabajar tan duro. Deberían estar jugando con otros chicos de su edad, o en la escuela ¿no le parece?"
Escuchó su risa seca. Inuyasha jamás reía como el resto de los mortales. Incluso en algo tan natural como reír, él dejaba bien claro que consideraba aquella expresión como un signo de debilidad.
-"Para ellos también es un juego, señorita Higurashi. Y por otro lado, tienen que ganarse la vida" -explicó, tomando su brazo para llevarla hasta el puesto improvisado que el padre de los muchachos había montado alrededor de su camioneta. Al momento, algunos turistas que merodeaban se aproximaron hasta ella guiados por el olor a pescado fresco. Inuyasha saludó al hombre, estrechando su mano sin importarle que la suya quedara impregnada con aquel fuerte olor a pescado. Kagome los vio hablar en su idioma. Supuso que negociaba el precio. El hombre señaló un par de piezas e Inuyasha asintió complacido, sacando su billetera y entregándole lo pactado. Después, lo vio depositar unas monedas en las palmas abiertas de los niños. Los dos preguntaron algo a su padre. Este les palmeó el trasero y los dejó ir. Kagome los siguió con la mirada y sonrió cuando se detuvieron en un puesto de caramelos y llenaron sus bolsillos con orgullo para luego unirse al grupo de niños que correteaban por allí.
-"¿Lo ve? No sufra más, señorita Higurashi. Mire lo felices que son" -Inuyasha la arrastró hacia otro puesto donde una hermosa mujer exhibía su colección de pañoletas para el cabello de seda pura con bordados de flores chinas. Kagome estaba tratando de explicarle que no deseaba probarse ninguna, pero él la obligó a complacer a la mujer, eligiendo una muy bonita de un tono verde agua y bordados dorados. La colocó sobre su cabeza y lo anudó en la nuca con lentitud, observando después el resultado con expresión indescifrable. Kagome no sabía exactamente lo que él estaba viendo. Pero al clavar los ojos en los de él, le pareció que era imposible que aquello que veía reflejado en las pupilas masculinas fuera ella misma. Cerró los ojos, conmovida por la visión de su propia imagen. De hecho, él no podía siquiera imaginar que la mujer de sus pupilas brillaba solo porque estaba allí, en el interior de sus ojos dorados como los rayos del sol… Kagome abrió los ojos nuevamente, confundida. Él continuaba observándola con fijeza.
-"Ahora sí parece una de nosotros, una isleña más" -dijo él. Y por primera vez, su sonrisa fue sincera, espontánea. Kagome correspondió con un mohín de satisfacción. La mujer del puesto hablaba sin parar, atrayendo la atención de todos e Inuyasha se volvió hacia ella, haciendo repetidos gestos con las manos y mostrando su billetera-. "Será mejor que lo pague o creerá que vamos a robarlo."
Kagome no contestó. Se sentía feliz solo por el hecho de que él ya no la considerara una intrusa. Era más de lo que había esperado en un solo día. Pasearon el resto de la mañana y Kagome tuvo que pedirle que no gastara más dinero en cosas para ella. Sin duda, Inuyasha estaba decidido a que ella hablara maravillas de él al llegar a la casa. Era evidente que quería contentar a Kaede, pero Kagome no necesitaba ninguno de aquellos abalorios. Le parecía más que suficiente que le hubiera regalado el pañuelo. A la hora del almuerzo, él le ofreció que tomaran algo en el pueblo. Kagome señaló la bolsa de pescado que él había cargado todo el camino.
-"Es una pena que se eche a perder" -comentó y como respuesta, Inuyasha hizo un ademán a la anciana que tejía en la puerta de su casa, muy cerca de la orilla donde ellos paseaban. La vieja mujer dejó la labor a un lado y aceptó de buen grado el regalo que le hacían. Dijo algo que Kagome no entendió y él asintió finalmente después de negar varias veces.
-"Dice que lo aceptará si dejamos que prepare una pieza para nosotros" -informó Inuyasha y le indicó que se sentara sobre las rocas, sujetando su mano para evitar que resbalara-. "Y que nos avisará en cuando esté listo."
-"Oh, pero no podemos…" -Kagome estaba avergonzada. Por su culpa, aquella pobre mujer había interrumpido su placentera labor. Por supuesto, Inuyasha ya había entregado a la mujer una buena cantidad de dinero a cambio del trabajo. La anciana no parecía molesta o enfadada. Al contrario, se había mostrado feliz ante el ofrecimiento. Pero eso no evitó que Kagome reconociera algo que odiaba reconocer: el dinero podía comprarlo todo. Al menos, eso debía creer el poderoso señor de la isla. Quizá lo creyera, pero Kagome estaba segura de que tarde o temprano, él comprendería que había cosas que no estaban a la venta. Tal vez, ya lo sabía y tan solo trataba de impresionarla con aquel despilfarro inútil. O tal vez, solo tal vez, realmente él deseaba ayudar a aquella gente que se ganaban la vida como podían.
-"¿Aún está triste?" -preguntó él, como si el silencio de ella le provocara el irresistible deseo de romperlo, a pesar de la quietud del lugar. El mar golpeaba suavemente las rocas y Kagome se dejaba envolver por aquel sonido mágico, mientras los dedos de sus pies descalzos jugueteaban con la arena blanca y fina de la playa.
-"No estaba triste. ¿Porqué iba a estarlo?" -iba a añadir que era imposible que nadie lo estuviera al contemplar aquel bello paisaje. Ni siquiera ella.
-"Por esos niños que nos cruzamos antes. Creyó que estaban siendo explotados, ¿no es así?" -por un momento, le pareció que había un ligero reproche en su tono de voz. Inuyasha amaba la isla, de eso no había duda. Le había ofendido al pensar algo así, por más que no lo hubiera dicho en voz alta-. "Ese no es nuestro estilo, señorita Higurashi. Y yo nunca permitiría que algo así sucediera en mis tierras."
-"Claro. Pero usted no es todopoderoso, señor Taisho" -le recordó con una sutileza que no engañó al hombre-. "Incluso para alguien como usted, hay cosas que se escapan de su control."
-"¿Qué cosas?" -él se divertía viendo como ella trataba de hacerle descender del pedestal al que él mismo había subido por méritos propios-. "Dígame una."
-"Por ejemplo…" -Kagome lo pensó. No sabía lo increíblemente hermosa que se la veía. Como una sirena, dulce y candorosa, emitiendo aquellos leves ruiditos que eran sus palabras, dispuesta a enzarzarse en una disputa verbal para demostrarle lo segura que estaba de sí misma. Sin embargo, sus dientes mordían sus labios con cierta inseguridad mientras entornaba los párpados en actitud pensativa. Inuyasha no podía apartar los ojos de aquella boca que amenazaba con no cerrarse nunca para romper el hechizo. Desvió la mirada hacia otro lado, molesto consigo mismo por el rumbo que tomaban sus pensamientos. De repente, Kagome hizo que su pie salpicara una pizca de agua de mar sobre los inmaculados zapatos del hombre. – "Por ejemplo, no se puede controlar al mar, ¿lo ve?..."
Inuyasha se apartó unos centímetros, observando perplejo sus zapatos mojados.
-"¿Lo ve?" -insistió ella, inexplicablemente feliz por demostrar su teoría-. "Y muchas veces, tampoco puede controlar su malhumor. De hecho… Ahora está a punto de enfadarse conmigo."
-"Se equivoca. Y en cuanto al mar…" -él sonrió otra vez con aquella risa que debía ser nueva en su repertorio de facciones inalterables y de la que desconocía su atractivo-. "Deme un par de días y lo tendré bajo control."
Kagome rió bajito. Así que el señor Taisho podía ser gracioso además de sumamente desagradable… Eso sí estaba siendo una grata sorpresa.
-"Ha sido muy bonito lo que ha hecho por esos niños" -comentó ella, mirándolo directamente a la cara. Inuyasha encogió los hombros-. "No finja que ha hecho un gran negocio, señor Taisho. No soy tan ingenua."
-"¿No lo es?" -él arqueó las cejas con expresión burlona-. "Yo creo que sí, señorita Higurashi. Y una romántica empedernida, si me permite la observación."
-"Puede ser…" -Kagome se ruborizó contra su voluntad-. "Pero usted fue muy generoso con ellos. Y lo ha sido con esa pobre anciana. Quizá no sea…"
Recordó la frase que había pronunciado Kaede aquella mañana. ¿Qué había dicho? "No es tan fiero como lo pintan".
-"¿No sea qué, señorita Higurashi?" -él se mostraba muy interesado en que completara la frase, pero al ver que ella no decía nada, lo hizo él mismo-. "¿Un patán miserable, egoísta, despreciable y arrogante?"
El modo en que él lo soltó, la devolvió a la realidad con brusquedad. Por fin, el verdadero señor Taisho descubría su auténtica personalidad. Pero había olvidado añadir una larga lista de adjetivos que, por su propia seguridad, Kagome prefirió omitir.
-"¿Le ha comido la lengua el gato, señorita Higurashi?" -inquirió con ironía-. "¿O es demasiado educada para ser sincera? Píenselo bien. Nadie podrá escucharla, se lo prometo. Será nuestro secreto."
-"¿Por qué insiste en humillarme siempre, señor Taisho?" -Kagome no ocultó su rabia. Se irguió sobre la roca dispuesta a volver a la casa a pie si era necesario-. "¿Acaso hay algo en mí que le moleste?"
Él la retuvo, apresando su mano en el aire y tirando de ella hasta que ambos quedaron muy cerca el uno del otro. En aquellos instantes, su expresión era de irritación, la misma que había mostrado al verla por primera vez. Pero sus ojos… Kagome era incapaz de identificar lo que revelaba la intensa mirada masculina.
-"Será mejor que vuelva a casa" -murmuró, pero él no soltaba su mano-. "Por favor…"
-"¿Y perdernos el festín?"
Kagome giró sobre los talones, ignorándolo, aunque al caminar sobre las rocas, tuvo que detenerse en seco. La anciana los saludaba, mostrando parte del pescado que el muchacho le había regalado y que la mujer había cocinado para ellos. Inuyasha cruzó unas palabras en chino con ella y Kagome supuso que le había dicho que podía disponer de su almuerzo de otra manera. Vio como un grupo de niños hambrientos, probablemente todos nietos de la anciana, se abalanzaban sobre ella sonrientes.
Cuando él la alcanzó, Kagome ya estaba demasiado furiosa como para escuchar una sola palabra. Agradeció que tuviera la decencia de caminar en silencio a su lado durante todo el trayecto hasta la casa. Ya en la puerta, él la llamó de una forma que hizo que Kagome se volviera aún más enfadada.
-"¿Cómo ha dicho?" -le espetó, segura de que su imaginación le había jugado una mala pasada.
-"He dicho, 'ángel', ¿no es así como la llama mi abuela?" -todavía se burlaba de ella. ¿Es que nunca tenía suficiente? Kagome se tapó los oídos con las manos para no escucharle. Sus labios le rozaron el cabello al hablar quedamente para evitar que los demás los oyeran-. "El dulce y extraño ángel de la abuela… ¿Por qué será que produce el efecto contrario en mí? No confío en ángeles que me sacan de mis casillas, señorita Higurashi."
-"Y yo no confío en la gente que disfruta humillando a los demás, señor Taisho" -lo retó con la mirada, mientras se despojaba del pañuelo que le había regalado y se lo lanzaba a la cara-. "Y puede quedarse con esto. No lo necesito."
-"Pero si le quedaba perfecto" -él lo recogió y aspiró el aroma que provenía de la tela, aunque su expresión era irónica al hacerlo-. "Por favor…"
-"Basta."
-"Señorita Higurashi…" -su voz se suavizó ligeramente, pero no tanto como para ocultar la burla de sus ojos-. "¿Le contará a Kaede que he sido un chico malo?"
-"Tal vez lo haga" -lo amenazó, consciente de que él no le creía-. "Tal vez le convenga saber qué tipo de hombre tiene por nieto."
-"No lo hará" -súbitamente, el tono de él se endureció-. "Le rompería el corazón."
-"No. Usted lo haría" -le apuntó con el dedo índice y él lo apartó con teatral delicadeza-. "Pero tiene razón. Kaede estará mejor mientras siga creyendo…"
-"¿Qué, señorita Higurashi?" -la invitó a continuar.
-"Que tiene algo en lugar de esa piedra que le hace de corazón" –le soltó sin tapujos, tal y como deseaba hacerlo. Lo miró desafiante-. "¿Y bien? ¿Estoy despedida?"
-"¿Bromea?" -él encendió un cigarrillo y exhaló un pequeño círculo que se rompió justo en la nariz de la mujer. Kagome lo apartó de un manotazo-. "¿Y perderme el resto de mis vacaciones viendo como trata de esquivarme?"
Kagome apretó los labios, indignada. Desapareció todo lo rápido que pudo, dejándolo allí plantado y en la buena compañía de su propia arrogancia.
Continuara...
