Kate despertaba lentamente agobiada por el calor. No había abierto aún los ojos cuando recordó donde se encontraba, sin duda la calefacción del hotel estaba más alta de lo que debería y aquel edredón de plumas no ayudaba. Sonrío al darse cuenta de su postura en la cama. Normalmente se despertaba abrazada por la espalda por Castle, o durmiendo sobre su pecho con los brazos de él rodeándola, pero esta vez, ella estaba abrazada a la espalda de Castle y él le sujetaba fuertemente su mano contra su pecho, y ella notó que la apretaba más contra él.
- ¿Porque sonríes? – preguntó él.
- Tenía un buen sueño – contestó ella sorprendida de que él hubiese notado su sonrisa en la espalda - ¿Qué hora es?
- Son casi las tres de la mañana – respondió Castle girándose y abrazándola mientras ella se colocaba sobre su pecho.
- ¿Por qué no duermes? – le preguntó Kate.
- Tengo mucho calor – admitió Castle – y no quería destaparme por no dejarte sin el edredón y que te quedases fría, la calefacción esta un poco alta.
- ¿Y si abres un poco la ventana? – sugirió Kate.
- ¿Tengo que ser yo quien se levante? – preguntó haciéndose la víctima – tengo un tema entre los brazos que no quiero soltar.
- Vamos, vamos – le apremió – deja de quejarte.
Castle se levantó y tiró de las cortinas para dejar al descubierto parte de la ventana, que abrió hacia un lado dejando que entrase algo de aire. Se dio la vuelta.
- Hace frío ahí fuera – dijo mirándola y comprobando que ella no le estaba mirando a los ojos precisamente - ¿Kate?
- Admiraba las vistas – le dijo ella posando su mirada en sus ojos – y creo que serian mejores con un poco de ejercicio diario.
- ¿Y no me digas que tienes algún tipo de sugerencia para empezar hoy mismo? – dijo metiéndose en la cama y recuperando la postura que tenía con ella sobre su pecho.
- No – cortó Kate – pero creo que deberías acompañarme al gimnasio cuando volvamos.
- No, no… nada de eso detective – le dijo besándola – yo prefiero otro ejercicio más divertido y que también requiere de tu compañía…
Unas horas después y cuando entraron a la cafetería del hotel, encontraron a Lanie y a Esposito sentados frente a una taza de café riendo y con cara de sueño.
- ¿No habéis dormido bien? – preguntó Castle - ¿la cama era incómoda?
- Yo he dormido bien – contestó Lanie sonriendo - ¿Por qué lo dices?
- Pareces cansada – afirmó Castle algo preocupado – ¿estás enferma?
- Vamos Castle – reprendió Kate – menuda enfermedad tienen estos dos…
- ¡Ah! – exclamó Castle cayendo en la situación – vaya, vaya… - dijo con una sonrisita – por un momento pensé que el hotel no os había gustado.
- Todo lo contrario Castle – contestó Lanie – esa cama es enorme.
- Si no fuese por eso – añadió Kate – te habrías llevado una charla por haber intentado que creyésemos que fue el recepcionista quién cambió las habitaciones.
- Si tío – dijo Espo – un truco barato.
- Muy de novelista – añadió Lanie.
- ¿Cómo os disteis cuenta? – preguntó Castle confundido
- Somos detectives – contestaron Kate y Espo a la vez.
- Aunque quedamos que no te diríamos nada – apuntó Lanie riendo y Castle sonrío.
Desayunaron riendo y terminaron de despejarse. Salieron de la cafetería, Castle abrazaba a Kate que le despidió con un beso.
- Compórtate – le recordó – haz las cosas bien en el Jeffersonian.
- ¿Te puedo llamar luego? – preguntó él.
- Espero que lo hagas – afirmó Kate – Lanie cuida que no se meta en líos.
- Vamos Kate – dijo Lanie soltándose del beso de Espo – no soy su niñera, eso es cosa tuya.
- Bien – contestó Kate – entonces dejaré que Espo vacile con alguna agente rubia del FBI.
- ¿Qué? – dijo Espo – eso…
- Vale – dijo Lanie – mas te vale escritor que no tenga que regañarte – dijo señalando a Castle que volvió a besar a Kate mientras sonreía.
- ¿Taxi verdad Lanie? – preguntó Castle riendo.
- Si Castle, si… taxi – admitió ella mirando a Espo que sonreía de oreja a oreja.
En la recepción del hotel, Kate revisaba la prensa y Espo se entretenía mandando mensajes por el móvil a Lanie mientras esperaban la llegada de Booth.
- Hola chicos – les dijo este - ¿Nos vamos?
- Hola – contestaron al unísono
- Si vamos – dijo Kate poniéndose en pie.
- Un gran hotel – admitió Booth
- Si, lo es – dijo Espo – cosa de Castle – aclaró.
- Ya… - dijo Booth mirando a Kate y sonriendo – los escritores de best seller son así.
Kate y Espo se subieron al Toyota Sequoia de Booth, que les llevó hasta el edificio del FBI, en su aparcamiento pudieron comprobar que casi todos los coches aparcados allí eran del estilo del de Booth, y de su mismo color negro. Kate pensó que sin duda Castle haría un comentario sobre eso.
Subieron hasta la planta donde Booth tenía su despacho, Kate miró a su alrededor mientras se sentaban a petición de el agente, que les dejó en su despacho mientras iba a buscar a otra persona. Pasados unos minutos Booth volvió y les condujo hasta una sala de reuniones, con una amplia mesa de madera y toda clase de tecnología audiovisual.
- Ahora vendrá Sweets – les dijo – es uno de nuestros psicólogos.
- ¿Nos vas a hacer un test de personalidad? – preguntó divertido Espo.
- No, no – negó Booth riendo – nos ayudará a crear un perfil de nuestro asesino. Es bastante bueno con eso – les admitió – ya veréis.
- Por un momento a mí también me habías asustado – dijo Kate – después de todas esas medidas de seguridad para entrar aquí, sólo nos faltaba un examen psicológico.
- Sweets os va a sorprender – les dijo mientras sonreía al ver a través de los cristales como el joven se acercaba a la sala.
- Agente Booth – dijo Sweets entrando en la sala - ¿querias verme?
- Hola Sweets – contestó él – te voy a presentar a dos detectives de la policía de Nueva York.
- Ah – contestó sorprendido el psicólogo
- La detective de la policía de Nueva York Kate Beckett y su compañero Javier Esposito – dijo Booth – Lance Sweets nuestro psicólogo.
- Hola – le dijo Kate tendiéndole la mano imitada por Espo.
- Hola – contestó Sweets dándoles la mano.
- Sweets, estábamos con ellos cuando encontraron los restos de varios cuerpos en una estación abandonada del metro de Nueva York – le dijo Booths
- ¿Nos ocupamos de Nueva York? – preguntó sorprendido Sweets.
- Pedí el caso y nos lo asignaron – afirmó Booths.
- Bien – contestó Sweets – un caso de Nueva York, con policías de Nueva York…
- Ya sé que no es lo habitual – dijo Booths – pero es así y necesito tu ayuda.
- Vale, vale – contesto Sweets levantando la mano - ¿Qué necesitas?
- Un perfil – dijo Booths de inmediato
- ¿Qué datos tenéis? – preguntó Sweets
- Tendremos que ir al Jeffersonian para eso – afirmó - ¿estarás listo en un par de horas?
- Si… - contesto Sweets – si, claro.
- Bien – le dijo Booths – tenemos papeleo que hacer para la colaboración y luego iremos al Jeffersonian.
- Vale – dijo Sweets – voy a terminar unos informes. Hasta luego detectives, agente …
- ¿Papeleo? – preguntó Espo
- Las normas – afirmó Booths – no es cosa mía.
Lanie y Castle entraron al Jeffersonian, donde el personal de seguridad les indicó donde sentarse mientras esperaban a que viniesen a buscarles.
Cinco minutos más tarde, Cam apareció por un largo pasillo.
- Hola ¿habéis tardado mucho en llegar? – preguntó Cam – venir por aquí – indicó entregándoles unas tarjetas de visitante para que las pusiesen a la vista y haciendo que la siguiesen.
- Nuestro hotel esta cerca – admitió Castle.
- Ah ¿si? – dijo Cam - ¿Dónde estáis?
- En el Hay Adams – contestó Lanie riendo.
- Vaya – dijo sorprendida Cam.
- Cortesía de Castle – añadió Lanie - ¿examinaste ya el cadáver?
- Si – contestó Cam – gracias por tus notas.
- ¿Has encontrado algo interesante? – preguntó Castle con interés.
- La verdad es que han sido varias cosas – dijo Cam – os las mostraré en cuanto lleguemos.
Llegaron hasta unas puertas de cristal que dejaban paso a una gran sala de pulidos suelos y con una gran estructura metálica en el centro sobre la que se situaban focos de gran potencia que apuntaban a una especie de escenario elevado donde varias personas uniformadas con la misma bata azul que Cam, dialogaban mientras observaban inclinados sobre lo que parecía una mesa de trabajo. Castle tomo una fotografía mental del escenario, amplio, funcional y muy moderno. Varios taburetes altos ocupados por personas que trabajaban en sus ordenadores o haciendo comprobaciones en microscopios. Alrededor de la sala, se veían los pasillos de una planta superior y en uno de los extremos de esa planta superior, lo que parecía una sala de descanso. Sin duda ese escenario era el centro de atención de aquella sección del Jeffersonian. Alrededor del escenario, mesas de investigación con ordenadores y carros metálicos de ruedas con diversos objetos de laboratorio. En las paredes puertas, algunas abiertas, otras cerradas, que sin duda serían despachos y salas de trabajo.
Cam pasó una tarjeta magnética por un lector junto a los escalones del escenario y les indicó que subiesen.
- Este es nuestro cadáver – les dijo a Lanie y a Castle mientras Hodgins se daba la vuelta al oír su voz.
- Hola – exclamó – bienvenidos al Jeffersonian.
Castle se fijó que Hodgins tomaba muestras de las ropas y zapatos que había sobre una de las camillas, mientras sobre otra, descansaba en cadáver que habían encontrado el día anterior y sobre una tercera, los huesos perfectamente extendidos de un esqueleto.
- ¿Algo interesante Hodings? – preguntó Cam.
- Voy a analizar estas muestras – dijo – y te podré decir algo con exactitud.
- Gracias – le dijo Cam.
- ¿Cuándo podré llevármelo para que actúen mis chicos? – preguntó Hodgins señalando el cadáver.
- En un par de horas quizás – contestó Cam.
- Bien – les dijo cogiendo una bandeja con diferentes tubos y muestras – estaré en mi laboratorio.
- Gracias Hodgings – contestó Cam – venir os mostraré.
Cam dio las gracias a las dos personas que tomaban muestras del cadáver y se colocó junto a la cabeza de éste.
- Murió de una insuficiencia cardíaca – señaló Cam – algo natural, he comprobado que tenía estenosis aórtica cálcica que le causó una muerte súbita.
- ¿Y le tiraron al metro después de una muerte natural? – preguntó Castle.
- Eso parece señor Castle – contestó Cam – aparte de la operación para amputarle la pierna y esas marcas en el cuello y muñecas – dijo señalando las zonas – he comprobado que tiene pequeñas quemaduras por todo el cuerpo, en especial en la espalda – les dijo mostrándoles en una pantalla las fotografías que había tomado.
- Vaya – dijo Lanie – tiene muchas ¿fueron hechas a la vez?
- No – afirmó Cam – algunas habían empezado a cicatrizar y otras parecían más recientes, lo que si puedo asegurarte es que iban por parejas – dijo señalando la pantalla - ¿veis?
Castle fue a abrir la boca para decir algo, pero en aquel momento sonó el aviso sonoro que avisaba que alguien accedía al escenario y se dieron la vuelta para comprobar que se trataba de la doctora Brennan.
- Buenos días – les dijo – bienvenidos al Jeffersonian, perdonar mi retraso, me llamaron de la guardería.
- ¿Esta bien Christine? – preguntó Cam.
- Si – contestó ella – olvidé dejarle su muñeco.
- ¿Qué iba a preguntar señor Castle? – le dijo Cam.
- Si… perdón – dijo Castle volviendo a mirar la pantalla del ordenador - ¿no podrían ser marcas de una pistola de electrochoque?
- ¿Un arma de electrochoque? – se preguntó Cam mirando a Lanie – podría ser, lo comprobaremos.
- En cuanto a los otros restos – comenzó Brennan – revisaré las anotaciones del señor Vaziri.
- De momento sólo se ha podido revisar uno de los cinco – dijo Cam señalando la camilla contigua – el señor Vaziri está trabajando con el segundo y los otros tres están en proceso de limpieza.
Volvieron a girarse en cuanto el sonido indicando que una nueva persona accedía al escenario les advirtió.
- Hola – dijo Ángela mirando a los dos extraños con una gran sonrisa - ¿Richard Castle verdad? – le dijo tendiéndole la mano
- Si – contestó él correspondiendo al saludo y observando con detenimiento la exótica belleza de la mujer.
- Ángela Montenegro – dijo Cam – nuestra artista, Lanie Parish, forense de la policía de Nueva York.
- Hola – le dijo Lanie tendiéndole la mano y lanzando una miradita a Castle para advertirle que le vigilaba.
- ¿Tenéis trabajo para mí? – preguntó Ángela
- Ángela – le dijo Brennan – necesitamos saber que clase de utensilio pudo ser utilizado para cortar la tibia y el peroné – dijo cogiendo los restos de ambos huesos del esqueleto y mostrándoselos – también puedes llevarte el cráneo.
- ¿El cráneo también tiene cortes? – preguntó Lanie
- No – le dijo Ángela con una sonrisa – es para la reconstrucción facial e identificación de la víctima – aclaró.
- ¿Puedo ver como lo haces? – preguntó entusiasmado Castle.
- Ahora sólo voy a tomar medidas e introducir datos en el programa – le dijo Ángela – cuando esté todo listo vendré a buscarte.
- Vale – contestó él con una triunfal sonrisa que cortó de inmediato ante la cara de Lanie.
Ángela tomó los restos en una bandeja y se despidió sonriendo encaminándose hacía su despacho.
- Vayamos a ver a Hodgins – dijo Cam a ambos – para que nos diga como pudieron hacerse esas quemaduras.
- Yo iré con el señor Vaziri – dijo Brennan - me llevaré estos restos de aquí – dijo señalando la camilla con el esqueleto – para compararlos.
Cam les dirigió hasta el laboratorio de Hodgins. Castle abrió mucho los ojos observando todo aquello que había allí. Diferentes terrarios llenos de insectos, microscopios, instrumentales de todo tipo, soportes con decenas de tubos de cristal, equipos llenos de botones y conectados a diferentes computadoras… podría pasarse horas allí para investigar y probar para que servia todo aquello.
- Todavía no tengo nada – dijo Hodgins al verlos.
- No es por eso – dijo Cam – quiero que veas algo – le dijo mostrándole las fotografías de las quemaduras – el señor Castle opina que pueden ser debidas a un arma de electrochoque.
- ¿Quieres que lo compruebe? – preguntó con una amplia sonrisa.
- Por favor – le dijo Cam.
- ¡Genial! – dijo Hodgins levantándose – necesitaré un cerdo – dijo para sí.
- Prefiero no saberlo – le dijo Cam – iré a enseñar las instalaciones a nuestros visitantes.
- ¿Puedo quedarme? – preguntó con los ojos brillantes.
- ¿Hodgins? – preguntó Cam.
- Claro – contestó Hodgins – además creo que tenemos una conversación pendiente – le dijo a Castle.
- Estupendo – dijo Castle sonriendo.
- No toques nada Castle – advirtió Lanie – o se lo diré a Kate.
- Esta bien Lanie – contestó – no tocaré nada.
- Mujeres – le dijo riendo Hodgins – tengo que presentarte a Ángela, mi mujer.
- ¿Ángela es tu mujer? – preguntó Castle
- ¿La has conocido ya? – contestó él.
- Oh si – le dijo – debo felicitarte tiene una belleza poco común.
- Gracias – dijo Hodgins sorprendido por su sinceridad
- ¿Cuál es el siguiente paso? – preguntó Castle.
- Pediré que me traigan un cerdo – le dijo cogiendo el teléfono – y después buscaremos que tipo de arma pudo hacerlo y haremos el experimento.
Mientras que Hodgins tomaba las medidas de las quemaduras y buscaba por internet las diferentes armas existentes en el mercado y la separación entre los electrodos de las mismas, comentaba con Castle la teoría que tenía sobre los secretos gubernamentales de las visitas extraterrestres a la tierra y una loca historia sobre la ocultación de las verdaderas razones para el asesinato de Kennedy, confesándole en voz baja que les habían trasladado los restos del presidente para que Brennan confirmase la causa de su muerte.
Encontraron un par de modelos que coincidían con las medidas y Hodgins solicitó que las enviasen cuanto antes al Jeffersonian. Como Castle no estaba del todo convencido, al leer en las características de las mismas, que no dejaban huellas, le pidió que comprobase los modelos más antiguos, encontrando uno que era utilizado para conducir ganado. Hodgins consultó con la base de datos del instituto y para su sorpresa descubrió que el instituto disponía de uno, rellenando la solicitud para que se lo llevasen al laboratorio.
Mientras esperaban a que les llevasen lo que había pedido Hodgins, empezó a explicar a Castle como había tomado muestras de tejido de la ropa que llevaba el cadáver, muestras del pelo e incluso de tierra de los zapatos.
- ¿Con que fin haces eso? – le preguntó Castle
- Amigo – le dijo sonriendo Hodgins - soy doctor en entomología, geología y botánica, por tanto, identificaré cualquier huevo de insecto, partícula mineral o espora que encuentre en esos tejidos.
- ¿Y eso puede ayudar en el caso? – preguntó Castle
- Ya lo creo – afirmó Hodgins – la combinación de los elementos que identifique, puede situar nuestro cadáver en un lugar concreto y único.
- Vaya - dijo Castle – eso es genial.
- Si que lo es – contestó Hodgins sonriendo – averiguaré donde estuvo ese tipo antes de morir, porque yo soy el rey del laboratorio – le dijo riendo.
- No le hagas ni caso – dijo Ángela entrando al laboratorio – siempre alardea de lo mismo.
- Y sabes que es cierto – contestó él.
- Eres el rey del laboratorio porque eres el único en este laboratorio – confirmó Ángela.
- Gracias cariño – contestó Hodgins - ¿querías algo?
- Si, quiero que mires esto – le dijo acercándose con una bandeja en la que portaba un hueso – estaba tomando las medidas para sacar un molde y creo que hay una partícula incrustada.
- Déjame ver – le dijo Hodgins poniendo el hueso bajo una gran lupa de aumento – si Ángela, aquí hay algo – se giró para coger unas pinzas y extrajo la partícula poniéndola sobre una pequeña cajita de cristal.
- ¿Puedes decirme cual es su composición? – le preguntó
- Claro – le dijo acercándose al espectrómetro – lo sabremos en unos minutos.
Hodgins activó el aparato, que estaba conectado a un ordenador, introdujo unas claves y dentro del dispositivo se empezaron a oír unos continuos chasquidos.
- ¿Cómo se supone que funciona esto? – preguntó Castle señalando el aparato.
- El espectrómetro lanza chispas contra el metal – le dijo Hodgins – cada uno de los metales que componen la muestra reacciona a ese chispazo originando un espectro de diferente intensidad y el equipo informático lo traduce en composición y porcentaje de cada uno de los metales a los que ha reaccionado.
- Ah – dijo Castle entendiendo a medias la explicación.
Después de unos minutos, la máquina paró y Hodgins tecleó sobre el ordenador, apareciendo en la pantalla unos gráficos.
- Es una aleación de acero, con un 2% de berilio y 1,2% de cobre - dijo Hodgins
- ¿Traducido? – preguntó Ángela
- Es acero antichispas – afirmó él – utilizado para fabricar herramientas destinadas a ser usadas en ambientes potelcialmente explosivos – dijo él.
- ¿Qué tipo de ambientes? – preguntó Castle
- Multitud de ambientes – contestó él – industria petroquímica, pirotécnica, minera, estaciones eléctricas, fabricas de pinturas, incluso en alimentación allí donde se almacene cereal, silos, fábricas de cerveza… - dijo Hodgins con una sonrisa.
- Creo que va a ser necesario entonces que analices cuanto antes las muestras del cadáver – dijo Castle.
- Tienes razón – le dijo Hodgins sonriendo – vamos a verlo.
- ¿Puedo llevarme mi trozo de metal y mi hueso? – preguntó Ángela mientras se daba la vuelta con su bandeja en la que ya había colocado ambas cosas sin esperar a la respuesta.
- Si claro cariño – contestó Hodgins sin mirarla y preparando las muestras bajo la atenta mirada de Castle.
Ángela negó con la cabeza mientras salía del laboratorio en dirección a su despacho. Ahora tendría que buscar que herramientas antichispazos existían en el mercado y averiguar cual de ellas podría haber sido utilizada para cortar los huesos. Tendría que hacer una recreación del corte.
La doctora Brennan observaba junto a Vaziri los restos del segundo cuerpo.
- Aquí – decía Vaziri – en la cuarta costilla por la parte inferior interna y en la quinta costilla por la parte superior externa ¿lo ve?
- Es exactamente igual al que he encontrado en el otro cuerpo – dijo Brennan acercando la gran lupa de aumento con el foco de luz para poder revisarlo mejor.
- Haré un molde de los daños – dijo él.
- En cuanto lo tenga vaya a buscarme a mi despacho – dijo Brennan saliendo de la sala.
Un par de horas después, en el laboratorio de Hodgins, el cuerpo de un cerdo sobre una mesa de pruebas, rodeado de una pantalla de cristal blindado, Hodgins y Castle con unas gafas protectoras de cristal que les cubría gran parte de la cara y vestidos con unas batas desechables de color azul, Castle tenía en su mano un cronómetro y Hodgins empuñaba una pistola de electrochoque, ambos sonreían ostentosamente inclinados sobre el cerdo. Sobre la piel del mismo Hodgins había hecho anotaciones con rotuladores indelebles, cuatro líneas de colores uno por cada una de las armas que tenían, y sobre cada una de las líneas marcas de números, del uno al veinte.
- Esto es excitante – dijo Castle
- Ya lo creo amigo – contestó Hodgins – aunque deberías ver lo que podemos hacer con una sandía y una pistola.
- Me lo imagino – dijo Castle con alegre voz infantil.
Hodgins comenzó a realizar pulsaciones sobre la piel del cerdo mientras Castle iba haciendo un conteo de los segundos. Comenzaron con las armas más modernas. Los números correspondían a los segundos que Hodgins tendría pulsado el gatillo.
Pronto todo el laboratorio se inundo de un olor a carne quemada mientras ambos seguían centrados en sus mediciones y pulsaciones, una leve columna de humo se elevaba entre ellos y desde la piel del cerdo.
- Este grupo de quemaduras es el más parecido a la muestra – dijo Hodgins señalando las realizadas con el arma más antigua.
- Hay algo que no termina de encajar – dijo Castle.
- ¿El que? – preguntó Hodgins
- ¿Quién va a utilizar una herramienta antichispas y un arma de electrochoque que lo único que produce son chispas?
- Bien observado – dijo Hodgins
- ¿Estáis haciendo barbacoa? – preguntó Booth riendo a su espalda.
Ambos se volvieron para comprobar que Booth, Kate y Espo les observaban.
- Haciamos comprobaciones – dijo Hogdins.
- Ángela tiene datos – les dijo Booths - ¿vamos?
- Claro – dijo Hodgins quitándose la bata e imitado por Castle.
Kate esperó a que Castle terminase de quitarse la bata y las gafas protectoras y se pusiese a su lado para seguir a Booths hasta el despacho de Ángela.
- Veo que te estas divirtiendo – le dijo Kate.
- Es increíble Kate – le dijo entusiasmado – ese laboratorio es una pasada, ni te imaginas lo que puede averiguar Hodgins tomando muestras.
- ¿Va a ser tu nueva musa para una novela sobre el doctor Jeckyll? – le dijo Kate sonriendo.
Castle abrió la boca para contestarle, pero no pudo hacerlo al comprobar la tecnología de la que disponía Ángela en su despacho.
- Guau – exclamó tras unos segundos.
- Castle…
- Tranquila – le dijo él cogiendo su mano – no estés celosa – susurró a su oído apretándola con fuerza y sonriendo– no me gusta la barba de Hodgins… - dijo dándole un suave beso en los sonrientes labios de Kate.
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