He hecho una cronología con los prompts que tengo y al final este fic va a durar unos ocho drabbles más.
Muchas gracias por los comentarios y los favoritos. A partir de ahora llega la recta final.
Diez – Rodillas
Era tarde cuando Toris salió a comprar alguna cosa para cenar. Había gastado todas sus reservas de cacahuetes y ver el colchón vacío de Feliks le resultaba demasiado deprimente. Esto era como salir de una relación, desde luego difícil pero para nada imposible. Además, habían pasado sólo veinticuatro días desde que le conoció, no podía comportarse como si hubiera sido un amigo de hace años.
Aunque doliera tanto como si hubiera sido así.
El verano estaba acabando, el tiempo parecía ser más fresco, aunque se podía ir con camiseta y pantalones cortos por la calle sin problemas. En cambio, la temperatura del coche estaba bajo mínimos al haber pasado toda la tarde bajo la sombra de un árbol, bien resguardado. Toris decidió caminar esa vez y dar un paseo para despejarse.
El supermercado no estaba tan lejos realmente, a Toris simplemente le gustaba conducir y sentir el aire en la cara. Caminar no estaba tampoco mal; el aire era simplemente una brisa suave y fresca, los pasos que daba sonaban ligeros y rápidos. Hacía tanto que no caminaba que la sensación era liberadora. Aún buscaba a Feliks con la mirada, pero era un consuelo pensar que eso dejaría de pasar con el tiempo. Si Feliks estaba haciendo su vida al decidir no estar con él, Toris no tenía que interferir en ella.
Al llegar al supermercado, comprobó con alivio que solo había dentro alguna viejecita y un par de familias comprando, así que no se demoraría mucho haciendo su recado. Tenía que aguantar el comprar más de la cuenta, ahora solo había una persona en casa y eso se debía notar con menos comida en la nevera y más dinero en el bolsillo. Volvió a meter una bolsa de cacahuetes en la cesta y pagó a la cajera, dándole un "buenas tardes" con un tono bajo y triste.
Esos últimos cuatro días fueron horriblemente lentos y anodinos. Los amigos de Toris estaban todos en Kaunas estudiando en la universidad y haciendo sus vidas normalmente en una ciudad grande, hacía demasiado tiempo que no se encontraba tan acompañado como lo estaba con Feliks. De pronto, su vida le pareció demasiado solitaria y dura y le dieron ganas de dejarlo todo y vivir con uno de sus padres. Gracias al cielo, cualquiera de ellos estaría encantado de volver a vivir con él.
Algo paró su tren de pensamientos, nada más llegar a su casa. Sentado en los escalones de la entrada le estaba esperando una maraña de pelo rubio y sucio, y debajo de él, lo que parecía un chico demasiado cansado que no había pasado por sus mejores momentos.
– ¿Feliks?
Como siempre, no respondió a la primera, como si ese nombre no fuera suyo. Toris dejó la compra en el suelo y corrió hacia él. Parecía que había salido de una paliza, aunque no tenía golpes visibles, solo las rodillas presentaban unas heridas grandes y sangrantes, casi en carne viva, igual que las palmas de las manos, aunque estas no parecían tener un aspecto tan terrible.
– Feliks, mírame.
Hizo caso, levantando la cabeza ligeramente, mirando con sus ojos rojos de haber llorado. La estúpida discusión de unos días atrás no había sido para tanto, así que entonces, ¿Por qué se lo había tomado tan a pecho?
Toris volvió a por la bolsa y ayudó a Feliks a ponerse en pie. Una vez dentro de la casa le sentó en el sofá del salón para que estuviera cómodo y fue a por agua y un bote de desinfectante.
– Tienes las rodillas hechas un asco. Las manos también, ¿Te has caído?
Feliks le contestó con una afirmación casi muda. Toris decidió no preguntarle, no decirle nada para que no se sintiera peor. Además, parecía que aquello era cierto y no había nada más detrás de las rodillas peladas.
Feliks se estremeció al contacto de la carne viva con el agua. Si eso no se le infectaba, podía sentirse afortunado. Las heridas volvieron a sangrar un poco y las rodillas temblaron cuando Toris echó el desinfectante.
El proceso duró unos cuantos minutos largos, durante los cuales Toris intentaba que las heridas estuvieran lo más cuidadas en la medida de lo posible.
– Por poco me atropella un coche, ¿sabes? – Feliks habló al fin, dándole una explicación a aquello –. Tío, lo pasé mazo mal, pensé que me había dado de verdad.
– Pero ahora estás en casa a salvo – Toris le dijo como respuesta.
El otro se echó a llorar.
Las heridas de la rodilla tenían que curarse al aire, pero de momento necesitaban un vendaje. Toris era un chico precavido y quizás un poco maniático, así que su botiquín estaba bien surtido. Feliks no paraba de gimotear, dejando que las lágrimas recorrieran su cara sucia, dejando ronchones hasta la barbilla.
– Después de esto necesitas un buen baño, pero ten cuidado con las rodillas que van a molestarte mucho. ¿Ves? Ya está listo.
Y como cuando era pequeño y su madre le curaba después de un día de juegos en el parque, le dio un beso en cada vendaje. Feliks se quedó callado, mirándole detrás de su pelo grasiento.
– No me gusta la gente de mi mismo sexo – comentó, casualmente. Toris no se lo tomó a mal, más bien como una leve excusa por todo lo acontecido los días anteriores, aunque no sirviera de mucho, pues aún le dejaba muchas dudas sin resolver.
– Ya somos dos – Toris le sonrió, levantándose. He comprado poca comida, pero algo haremos para cenar con lo que haya en la nevera. Tú límpiate y tranquilízate, ¿vale?
– Vale.
Pasaron la cena callados, y Feliks solo se quejó de las sábanas rozándole las rodillas pero estaba cómodo, relajado y feliz. Toris se sentía igual, pensando con una alegría poco usual que por fin su casa volvía a ser un hogar.
