Ya vamos terminando el fic, poco a poco. Muchísimas gracias por los reviews y me alegra ver a gente conocida por ahí.

Espero que no me tireis nada a la cabeza después de leer esto. Ejem.


Quince – Fiebre

Los días dejaron de ser soleados y luminosos y la lluvia pasó a ser algo de todos los días. Aún así, Toris y Feliks seguían haciendo su vida normal, incluyendo las salidas de Feliks a la calle en busca de pequeños trabajos. Ahora no resultaba tan difícil como antes, pues el rubio era muy conocido entre todos los vecinos y siempre tenían alguna tarea para él. En verano y primavera aquello no era un inconveniente, pero en mitad de una ventisca o un diluvio infernal, eso podría llegar a ser demasiado incómodo.

Feliks empezó de tener la garganta irritada un día a moquear al siguiente, pero seguía saliendo todas las mañanas como si fuera una costumbre religiosa y Toris no podía pararle. Cuando esto pasaba era el momento en el que demostraba de verdad que no solo estaba ocupando la casa, sino que se preocupaba de verdad por mantenerla y ayudar en todo lo posible.

Toris por su parte seguía pasando los exámenes sin problemas y la universidad le había comido tiempo para seguir haciendo manualidades. Aún de esa manera, el horario de estudio de la semana anterior le había impedido ir a vender al mercadillo, y Feliks se ofreció a hacerlo por él en medio de otra lluvia. No consiguió mucho dinero, pero por lo menos pudieron comer caliente esos días.

Los esfuerzos de Feliks se vieron recompensados con una gripe. Cuando ese martes Toris llegó a casa después de estar todo el día fuera para hacer una presentación oral, la visión de Feliks en el sofá, envuelto en las mantas y tiritando de frío le aterrorizó. Le llamaba y no salía ningún tipo de contestación por parte del rubio. No hacía falta tomarle la temperatura, se podía ver perfectamente que la fiebre era demasiado alta. Intentó incorporarle pero Feliks no tenía fuerzas suficientes como para quedarse erguido mucho tiempo.

Le cogió en brazos, tambaleándose un poco por el peso, y subió las escaleras de caracol poco a poco hasta llegar al cuarto de la torre para poder tumbarle en su colchón. Una vez le acomodó, hizo una llamada a una de las vecinas, preguntando sobre qué podía hacer. Esta simplemente llamó a su vez a un médico amigo suyo que no tardó mucho en llegar y atender a Feliks. Le inyectó medicación para bajar la fiebre y entre las recetas que les dejó preparadas había medicamentos comunes para tratar la gripe. Por fortuna su vecina aún conservaba algunos de la última vez que su hija mayor estuvo enferma y se los regaló a Toris, que agradecido le prometió cocinarle una tarta para devolverle el favor, ya que no tenían mucho dinero en ese momento.

Afortunadamente, la fiebre de Feliks bajó medio grado enseguida y cuando todos se fueron a sus casas, Toris pudo adecentar un poco el cuarto para adaptarlo a la nueva situación. Había pasado tres horas desde que había llegado a casa y encontrado ese percal, pero tan largas como si hubiera pasado medio día. Feliks ahora respiraba con dificultad mientras dormía pero por lo menos no tenía pinta de ponerse a delirar de un momento a otro.

oOo

- ¿Feliks?

Éste llevaba varias horas durmiendo y no parecía que la situación fuera a cambiar enseguida. Toris dejó una sopa caliente junto con el sobre de antibiótico en el suelo, al lado del colchón, y se quedó de cuclillas, mirando a su compañero que tenía el rostro tranquilo aunque respiraba con mucha dificultad.

– Hay veces que eres demasiado impredecible. O no haces ni el huevo, o pones en peligro tu salud de esta manera – Toris le seguía hablando, sin perder la sonrisa. Le quitó un mechó del rostro, para mirarle mejor –. ¿Sabes…?

Iba a decir algo, pero cerró la boca. Se tragó las palabras, y volvió a levantarse para dirigirse hacia la cómoda dónde tenía un bote de de crema de mentol, y lo cogió para untarlo en el pecho de Feliks y así aliviarle la respiración. Le destapó un poco, lo suficiente como para poder desabrocharle con cuidado los botones de la parte de arriba del pijama y cuando ya iba por el tercero notó algo que no debería estar ahí. No en circunstancias normales.

Sus manos comenzaron a temblar. Cuando terminó de desabotonar la camisa, pudo ver con claridad lo que había sentido con los dedos.

El cuerpo de Feliks estaba oprimido por una venda. La gasa hacía zigzag por todo el pecho y estaba limpia a pesar de notarse que tenía varios usos. Toris pasó pensativo la mano por el esternón del muchacho, bajando con miedo la tela para ver que había debajo.

Volvió a subirlo con rapidez.

– Dios mío, ¿Qué te han hecho?

Ese era parte del secreto que no le dijo. Todo empezaba a tener sentido, al fin.

Eso es lo que me gusta de ti

Feliks estaba tan dormido por culpa de los medicamentos que no se estaba enterando de cómo su amigo volvía a bajar las vendas para observarle de nuevo. No sentía cómo unos dedos temblorosos le tocaban con cuidado, como si su piel quemara. Sus labios rosados por el calor cada vez se semejaban más a una fruta prohibida pero Toris, en cambio, posó los suyos en el esternón con el mismo cuidado que tiene una mariposa cuando descansa encima de los pétalos de una flor.

Feliks soltó un pequeño gemido, pero no estaba molesto así que Toris siguió acariciándole con ambas manos. Su cuerpo era demasiado hermoso como para cubrirlo con esos feos vendajes y se preguntaba cómo podía haber aguantado tanto tiempo así, pues debía haber sido demasiado molesto y doloroso. Empezó a sudar y su respiración era desacompasada, como si hubiera sido contagiado por la fiebre, pero sabía que eso no era posible; estaba excitado por culpa de aquel descubrimiento. Y un segundo gemido llegó a sus oídos, más intenso por culpa del roce meticuloso de sus manos, hizo que al final recuperara la cordura y tapara a Feliks con cuidado de nuevo, sin untarle la crema de mentol. No debía enterarse de que sabía parte de su secreto.

–Feliks, ¿Qué te has hecho?

Y de pronto, la preocupación de Toris se volvió locura y empezó a reír y a reír, cogiendo con cuidado las manos febriles de la muchacha que estaba cuidando, enferma y tumbada en el colchón.