Disclaimer → HP no me pertenece, yo sólo juego con los personajes. Todo pertenece a J.K. Rowling y a Warner Brothers.

No sé si se hará en otros sitios, pero en mi familia es tradición que los más allegados a ambos novios de un discurso.

¡Disfruten de la lectura!


Capítulo III – La Boda

Las semanas siguientes fueron una verdadera odisea para Lily.

Desde la primera cena a la que acudieron los tres, no pararon de ir noche sí y noche también. Sirius solía decir que para qué ir y venir si para eso montaban una tienda de campaña y se quedaban a vivir en el invernadero del señor Evans. Remus se opuso, naturalmente, alegando que la familia ya tenía suficiente con soportarles cada noche y darles de comer como para tener que aguantarlos todo el día.

De vez en cuando les acompañaba Peter, pero Lily lo notó alicaído y deprimido. Pero en otras parecía ser el mismo de siempre, así que dejó el asunto estar.

Al final, los padres de Lily no pudieron negarse a la insistencia de James de cargar con los gastos de la boda. Acordaron que pagarían mitad y mitad, aunque el novio no parara de refunfuñar y quejarse. Pese a todo, sería el que se encargara de pagar lo que más costara.

Los preparativos de la boda marchaban viento en popa.

Sirius y Remus habían arreglado por fin que sería el primero quien fuera el padrino de la boda, pero el licántropo quería ser el padrino del primer hijo que tuvieran. Sirius se negó rotundamente y dijo que él sería el padrino del primer niño, pero que dejaría que su amigo fuera el padrino de su primera niña. Habían discutido durante horas, pero al final ganó el joven Black, para desaliento de su amigo: sobornó al pobre Remus diciéndole que se comportaría en la boda. Si no aceptaba, la liaría parda; y el pobre no tuvo más que aceptar para que el día más feliz de sus dos mejores amigos saliera como habían planeado. Además, argumentó Sirius, Remus siempre ganaba las apuestas, era hora de que él ganara algo también.

Lily estaba pletórica de felicidad. Iba a todas las pruebas del vestido con su madre, que daba su opinión de manera experta. Organizaba todos los detalles como la decoración y el lugar, acordando que sería en un parque de Godric's Hollow. Aunque le hubiera gustado, entendía que no pudiese ir de viaje de luna de miel. Pero a la señora Evans le había llamado la atención un pequeño intercambio de miradas entre los tres muchachos, del cual Lily no se había dado cuenta al hallarse de espaldas.

También hubiese querido tener a su hermana como dama de honor, en una especie de tregua tras años de indiferencia y comentarios envenenados. Se lo ofreció en privado, para darle la oportunidad de negarse.

–¿Qué te hace pensar que yo quiero ir siquiera a esa reunión de locos? –Le había dicho–. No sé cómo papá ha podido aceptar una locura como ésta. Por mi parte, yo prefiero alejarme de ti para que no me maten.

Herida, Lily le había contestado:

–¿Vas a echar por la borda años de cariño y complicidad por unos celos de niña? ¡Somos hermanas, Petunia, por Merlín! ¡Se supone que ya lo habías superado!

–¿Superar el qué? ¿Las ganas de ser un monstruo que según tú –recalcó– tuve cuando era una niña? Me temo que te equivocas, hermana.

La joven, furiosa y muy herida, había salido de la habitación tras dar un fuerte golpe en la mesa. Petunia se fijó en el fino pergamino de color crema que había sobre la mesa: una invitación para la boda.

Aquel papelito estuvo sobre la mesa durante días, antes de que Petunia tomara finalmente una decisión: por mucho que dijera su hermana, ella tenía un orgullo y una dignidad.

Por otro lado, Lily, resignada, había conseguido que su mejor amiga en Hogwarts, Mary McDonald, volviese a Gran Bretaña el tiempo suficiente para asistir a su boda y ser la dama de honor. Se había ido con su familia a Suecia nada más terminar los estudios para protegerse, puesto que eran unos reconocidos defensores de muggles y sangres sucia. Su entusiasmada amiga le había prometido volver a dos semanas antes del enlace para hacer todas las pruebas. Quiso también invitar a su viejo amigo, a Severus, pero tuvo el presentimiento de que no iría bien. Se presentó en la antigua casa de los Snape, pero halló la puerta cerrada y la casa polvorienta. Supuso que tras acabar Hogwarts no había vuelto a su hogar y se preguntó dónde estaría.

Y todo estaba preparado. Habían escogido finalmente como fecha el treinta y uno de agosto, antes del comienzo de las vacaciones y justo el final de las vacaciones de verano, según las palabras textuales de James para que ''la gente tenga algo que recordar de este verano''. Lily, para más seguridad, había ido realizando toda su parte poco a poco, de modo que cuando faltaban dos semanas para la boda ya estaba todo preparado.

Fue entonces cuando descubrió que la parte de James, Sirius y Remus solo estaba medio empezado. Peter, extrañamente, no había participado.

Claro, los dos primeros se habían dedicado a holgazanear, dejándole todo el trabajo al licántropo, alegando que aún había tiempo. El pobre muchacho había intentado rellenar las casi trescientas invitaciones de parte de James sin mucho éxito, y lo había dado por perdido. Además, ellos se encargaban del catering y de la casa donde iban a vivir, ya que los padres del novio siempre habían vivido en Londres, y llevaba casi diez años sin habitar.

Lily puso el grito al cielo y los sacó de su borrachera para ponerlos a trabajar inmediatamente.

Bajo su atenta mirada las invitaciones quedaron a cargo de Sirius, que tenía una letra más fina y elegante, fruto de su educación en la casa Black cuando aún era un niño que no sabía decidir, y James y ella comenzaron con los arreglos de su futuro hogar. Todos echaron una mano como pudieron y con la magia lo arreglaron todo más fácilmente. Una semana antes de la gran fecha, todo estaba preparado en lo referente a las invitaciones (''¡Mi mano! ¡Mi mano!'' lloriqueaba Sirius cual niño sosteniéndose la mano teatralmente, ya que Lily le había prohibido terminantemente usar la magia) y la casa estaba perfecta, pulcra, una mezcla de su gusto y de James (''Podría echarme sobre una cama y no despertarme hasta dentro de una semana'' gimoteaba el novio, después de recorrer casi veinte tiendas).

Mientras tanto, llevó a Remus a probar distintos caterings, para alegría del merodeador y miradas envidiosas de los otros dos.

Al final, llegó el gran día, para disgusto del señor Evans, que había aceptado, no tranquila y pacíficamente como a Lily le hubiese gustado, la inminente boda entre su hija y ''aquel asqueroso patán asaltacunas''.

James paseaba nervioso por todo el saloncito de su futuro hogar en Godric's Hollow, despierto desde las cinco de la madrugada para desesperación de Remus. Sirius, por otro lado, acompañaba a James en su nerviosismo.

–¿Qué va a pasar si se lo piensa mejor, y si me deja plantado?... ¿Qué haré entonces?...

–Espero que lo hayan dejado todo perfecto, el gran Sirius Black no puede morir el día de la boda de Corn... Soy demasiado joven para caer ante la furia pelirroja, demasiado guapo, demasiado perfecto...

Remus intentaba calmar los ánimos, medio adormilado.

–Venga, James, Lily no es así –decía con voz cansina–. Sirius, lo hemos dejado todo perfecto, nada va a salir mal...

A las siete de la mañana, y aunque la hora a la que comenzaba todo era a las doce del mediodía, James empezó a arreglarse. Había conseguido una túnica de color gris perlado, elegante y bastante sobria, que eligió Lily. Nervioso, trataba de imaginarse el vestido de su prometida, pese a que pensaba que nada que le dictara su imaginación estaría demasiado cerca de la realidad. No quiso peinarse, solo pasarse un peine húmedo por el pelo.

–James, esto no es una cita, es tu boda –le reprendió Remus–. Podrías hacer un mínimo por estar presentable, ¿no?

–¡Pero este cabello es marca de los Potter! ¡Si intentara peinarme más, los medios no me reconocerían! –exclamó James.

–Cuando Lily vea que has llamado a los medios... –negaba Sirius con la cabeza, aún preocupado de que algo pudiese salir mal.

–¿No os lo dije? –comentó James distraído–. Se lo dije ayer a Lily y dijo que no le parecía mal. Siempre y cuando se tratara de una esquela pequeña e insignificante en el periódico local.

Remus y Sirius se miraron incrédulos.

A las ocho estaba todavía nervioso y Remus ya se había tomado cuatro tilas. Le parecía que las tres horas que faltaban no pasarían lo suficiente rápido. Se habían reunido allí todos los antiguos compañeros de Hogwarts, además de algunos amigos de la Orden, y todo lo que se oían eran felicitaciones y conversaciones alegres. Entre todos destacaba el enorme Hagrid, con su más horrible traje marrón. Aún así, James y Sirius estaban tan nerviosos que parecía que su amigo se dirigía a la horca en vez de al altar. Temía sufrir un colapso mental provocado por sus dos amigos, así que decidió visitar a su amiga, para desesperación de James, al que Lily le había prohibido terminantemente verla antes de la boda.

Se apareció en la habitación de un pequeño hotelito del pueblo, donde se estaban hospedando toda la familia Evans, y también los invitados que había llegado de lejos. La comida y la cena se realizarían en el restaurante del hotel.

Subió a la habitación donde le había dicho Lily que estarían. La puerta estaba entreabierta y decidió entrar. Inmediatamente tuvo que apartarse cuando una bruja bajita y regordeta le empujó hacia un lado.

–¡Apártate, estúpido! ¿No ves que hay trabajo?

Contempló asombrado todo el barullo de la habitación, donde diez brujas con túnicas verde lima trataban de organizarlo todo lo mejor posible. Era una verdadera amalgama de colores, tejidos y polvos de maquillaje. Distinguió a Mary McDonald y a la señora Evans, así como a varias compañeras de Hogwarts. Vio a Alice Longbottom y Andrómeda Tonks charlando amigablemente sentadas en dos butacas, mientras un par de estilistas mágicas les arreglaban el pelo echando diversas pociones y hechizos.

Había oído a Lily comentar que varias de sus amigas y ella habían decidido contratar a un grupo de estilistas para arreglarse todas a la vez en un solo lugar. Compartirían los gastos, de modo que ahorrarían también. Claro que no se imaginaba nada de esto.

Decidió acercarse a la señora Evans, que recibía encantada los cuidados y el maquillaje. Llevaba ya el cabello arreglado en un elegante recogido y sonreía y contestaba a cada pregunta de la curiosa estilista con gusto.

–Buenos días, señora Evans.

–¡Oh, buenos días a ti también, Remus! –sonrió–. ¿Por qué no estás con James?

–Me estaban poniendo nervioso con sus nervios y decidí salir y visitaros. ¿Dónde está Lily?

–No creo que consigas verla –soltó unas risitas–. Ella sola tiene a cinco mujeres detrás suya y del vestido. Parece que no han tenido mucho cuidado al traerlo y se han descosido unos adornos o algo así. La están sacando de sus casillas, mi pobre niña.

Remus sonrió al imaginar la frustración de su amiga y de las estilistas.

–Te veo muy elegante, Remus –alabó la señora al contemplar atentamente la túnica azul marino que le había regalado James.

–Gracias. Emmm... –quiso halagarla, pero no supo cómo hacerlo si tenía la cara cubierta de una poción espesa de color moco.

–No hace falta que me devuelvas el cumplido, muchacho –rió–. Ya sé que esto no tiene muy buena pinta ahora mismo, pero siempre dicen que el fin...

–... justifica los medios –asintió Remus–. Sí, conozco ese dicho. Por cierto, ¿dónde está su marido? No lo he visto aún.

–Se despertó a las seis de la mañana, se arregló y desde entonces está en la cafetería que está al lado de recepción –suspiró la buena mujer.

Antes de que el merodeador pudiese pudiese contestar, llegó la estilista y le echó de malos modos.

Se sintió fuera de lugar en aquella salita y decidió bajar a la cafetería. Los pasillos del hotel no estaban tranquilos tampoco. Camareros, botones y limpiadoras recorrían los pasillos tratando de dejarlo todo más perfecto de lo que ya estaba. Sabían que los Potter era una familia adinerada y que conseguirían un buen pellizco si cumplían bien su cometido.

Bajó las escaleras esquivando a hombres y mujeres que corrían de arriba abajo y llegó a la cafetería, en la que reinaba una relativa calma. Allí estaba el señor Evans vestido con un esmoquin gris (Remus observó extrañado que era el mismo tono de la túnica de James), una taza de café que ya no humeaba en las manos y la mirada perdida en el vacío.

–Buenos días, señor Evans.

El padre de Lily no le contestó. Remus decidió no molestar al hombre y se sentó a su lado y pidió otro café.

–Es increíble cómo crecen –dijo de repente.

Remus pegó un bote en su silla.

–¿Qué?

–Parece ayer cuando Lily aún era un bebé recién nacido. Parece ayer la primera vez que me llamó papá, la vez que dio sus primeros pasos, la vez que la llevé a la guardería por primera vez, la vez en que se cayó por la ventana, la vez en que recibimos la visita de la profesora McGonagall –murmuró–. Han pasado muchos, muchos años, pero todo esto parece ayer.

–S-supongo... –musitó Remus.

–Cuando Lily y Petunia eran niñas pensaba que menudos diablillos con los que me ha tocado lidiar, pero ahora desearía que hubiesen sido niñas para siempre –el señor Evans hablaba sin parar, y Remus solo le contemplaba, algo incómodo–. Me gustaría defenderlas y protegerlas de todo mal, aunque ¿qué puede hacer un simple hombre contra un peligroso asesino con varita? ¿Qué pasaría si mañana mismo yo faltara? ¿Quién cuidaría de mi esposa, de mi Petunia y de mi Lily?

–Cualquiera se ofrecería a ofrecerles un hogar, señor.

–Entre ellos James, ¿verdad? No es un mal chico, debo admitir que solo me cae mal porque se está llevando a mi niña. Tal vez si fuera un poco más maduro... si no os llevara a Sirius, a Peter y a ti a todos lados...

–Siempre hemos sido un cuarteto inseparable –sonrió–. No me imagino yo tampoco una vida sin ellos. Sirius está solo desde que su madre lo repudió y Peter está indefenso, nunca ha sido muy buen mago.

–¿Y tú? ¿Por qué necesitarías estar con ellos?

–Tengo un problema peludo –rió Remus amargamente–. Soy un hombre-lobo. ¿Quién querría estar conmigo si lo supiera? Solo ellos han aceptado la verdad, y me hacen tanta compañía como pueden. Lily también, pero creo que no es bueno exponerla demasiado al peligro.

–Entiendo.

Los dos permanecieron entonces en silencio, tomando a sorbos el café frío.

Mientras, en la habitación donde Lily se estaba arreglando, las estilistas trabajaban a toda prisa, cosiendo unos cristales sobre la fina tela blanca. El ramo que debía llevar estaba en una esquina, en un jarrón con agua. Se trataban de una astromelia, una flor de grandes pétalos de color blanco y pintas rojas, y gipsofilas, unos diminutos racimos de pequeñas flores blancas, que formaban pequeñas bolitas. No había querido ni oír hablar siquiera de flores convencionales como las rosas o los tulipanes. Además, en el lenguaje de las flores, la astromelia significaba ''pensamiento oculto'', que según ella representaba todos los años (dos) que había estado enamorada de James sin decírselo. La gipsofila, en cambio, era ''ternura, infancia, transparencia del alma''. La ternura dirigida a su novio, la infancia en la que convivieron y la transparencia de su alma, de sus sentimientos hacia él.

La novia no había podido dormir en toda la noche. Estaba nerviosa como nunca, más incluso que cuando recibió sus ÉXTASIS. El vestido, el lugar, el mago que oficiaría la ceremonia... Estaba todo arreglado. Pero no había podido evitar el nudo del estómago, que había mantenido durante toda la noche. Apenas había dormitado de vez en cuando, pero nunca más de media hora seguida.

La maquilladora se lo había reprochado al ver las marcadas ojeras que lucía.

Lily se mordía el labio, nerviosa, mientras una estilista le maquillaba. Se había negado a nada demasiado ostentoso o llamativo, solo tonos naturales. Llevaba el cabello semirecogido en forma de dos pequeños moñitos, un poco por encima de la nuca, sujetos cada uno con diez casi invisibles horquillas. El resto del cabello caía en marcados rizos sobre su espalda.

Había decidido seguir la tradición de las bodas muggles, en las que la novia debía llevar algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul.

El ''algo nuevo'' era el vestido, por supuesto. Una verdadera obra de arte en tul y seda con el escote cuajado de cristales e hilo plateado. Por encima de los cristales habían dos tiras de tela blanca de donde asomaban unos cristales, que se entrelazaban formando los tirantes hasta unirse en un pequeño lazo en la espalda. La falda caía lisa y suave, en cascada, con una cola de casi un metro. Una fina capa de gasa cubría la falda, pero al caminar había comprobado que flotaba, etérea y sobrecogedora. Su madre afirmó que causaría un efecto maravilloso en la entrada de la boda.

Lo ''prestado'' se lo había proporcionado su madre al darle los zapatos. Eran de un tacón mucho más alto de lo que la novia acostumbraba, pero tras varias tardes de práctica (sin contar las caídas) los tenía dominados. Eran de color blanco puro, que había conseguido conservar sin que amarillearan, y la señora Evans los había lucido durante una fiesta de su marido, cuando era joven. Muy sencillos, unos peep toe que llevaban un pequeño lacito en el talón. Lily se los había agradecido contenta y satisfecha.

Lo ''viejo'' eran unos pendientes de oro blanco que habían pertenecido a su bisabuela: unos zarcillos en forma de tirabuzón con pequeños diamantes incrustados. Antes habían tenido unas perlas redondas, que la madre de Lily había mandado a un joyero para que se los quitara, alegando que no conjuntaban con los brillantes del vestido.

Fue difícil encontrar lo ''azul'', pero al final halló una fina pulserita de zafiros para llevar en la muñeca derecha, compensando el anillo de la izquierda.

También llevaba la tradicional liga debajo del vestido y se había propuesto cumplir con todas las tradiciones posibles, para sentirse cercana a su familia muggle, ya que la ceremonia sería en lo civil mágico.

Antes de lo que pensaba, las estilistas habían conseguido arreglar los pequeños desajustes con los que había llegado el vestido. No sabía cómo se habían descosido de repente los cristales, pero esperaba que no pasara de nuevo en la ceremonia.

Procedió a ponerse el vestido, con ayuda de las cinco brujas que se encargaban de ella. Con cuidado, se enfundó el él. No quería estropearlo más. Cuando finalmente lo tuvo puesto se contempló incrédula: era mucho más de lo que hubiera esperado.

Le sentaba como un guante y realmente se sentía segura de sí misma. Parecía un hada de las nieves, cuya ilustración había visto en el libro Animales mágicos y dónde encontrarlos.

Una de las estilistas suspiró teatralmente.

–Está hermosísima.

Otra, más arisca, masculló.

–Pues todavía hay que poner el velo y evitar que empiece a llorar antes de que sea el momento.

Lily quiso volverse y espetarle que no iba a llorar, que era de tontas, pero con asombro descubrió que tenía los ojos húmedos. Qué tonta soy, pensó con resignación.

Se sentó de nuevo en la silla intentando contener las lágrimas, y, a la vez, no estropear el vestido. Dejó que le pusieran un hechizo impermeabilizador a su maquillaje, para evitar accidentes, y que le colocaran los pendientes. El anillo de compromiso estaba ya casi soldado a su dedo desde hacía dos meses, después de la primera cena. Era un pequeño diamante engarzado sobre un aro de platino en forma de finas hojas, que según James representaban hojas de lirios. Su propio nombre significaba ''la que es pura como un lirio'', y fue un bonito detalle que su novio lo recordara.

Le pusieron el velo, que era de una línea muy sencilla, largo y sin adornos, con delicadeza, y lo sujetaron con un fino pasador de cristales como los del vestido, colocándolo justo encima de los moñitos, de donde partía el velo también. Finalmente se subió a los tacones de su madre y se contempló en el espejo.

Justo entonces entraron sus padres y, para su sorpresa, Remus.

–Ya está lista –anunció una de las estilistas.

–¡Oh, estás preciosa, mi niña! ¡Pareces un ángel caído del cielo! –exclamó su madre encantada.

–Oh, sí, tendré que decirle a James que se ponga un babero para no derramar las babas por el suelo –intervino Remus pícaramente.

–Estás muy guapa –comentó su padre, sonriendo con un leve rastro de tristeza.

Había escuchado los consejos de Remus, y debía admitir que le habían hecho mucho bien. Sabía que debía mostrarse feliz para que Lily no pensara mal y nada estropeara un día tan especial.

–¿Estás nerviosa?

–Cómo no –rió Lily forzadamente a la pregunta de su madre–. ¿Qué haces aquí, Remus? ¿No se suponía que estabas con James?

–Pero me estaban poniendo de los nervios así que vine a visitarte. Supuse que tú también estarías nerviosa.

–Mucho –replicó mordiéndose el labio.

–Por cierto, ¿qué hace aquí Andrómeda Tonks? No sabía que la conocieses.

–Y no la conozco –le contestó Lily con pasmosa tranquilidad–. Es que he oído hablar de ella, ya sabes, Sirius, y me entró la curiosidad. Pensé que la boda sería un buen momento para un primer contacto. O, bueno, el segundo.

Remus miró el reloj que había colgado en la pared. Señalaba las once menos cuarto y James, si no se había desmayado ya, tenía que ir saliendo hacia el parque.

–Tengo que irme, Lils. Procura no hacerle esperar demasiado a James –se despidió agitando la mano y guiñando un ojo.

Salió de la habitación para ir a desaparecerse en la calle...

… Y volvió a aparecerse en la puerta de la casa de James. Entró y le salió al paso un alterado Sirius.

–¡Lunático! ¿Se puede saber dónde estabas?

–Pues en el hotel, con Lily. Se lo dije a James, ¿no te lo ha dicho?

–Oh, vamos, si ya hace diez minutos que está dando vueltas en círculos. Me sorprende que no se haya mareado ya.

Efectivamente, James daba rodeos en un espacio tan reducido que parecía estar girando sobre sí mismo. Remus le paró poniéndole una mano sobre el hombro. James se pasó la mano por el pelo, nervioso. Su amigo percibió por el muy alborotado aspecto de su cabello que debía haber hecho lo mismo todo el rato que había estado fuera.

–Ya es casi la hora. ¿Estás preparado?

–No, pero no lo puedo posponer toda mi vida –musitó. De repente, su semblante se iluminó–. ¡Me voy a casar con la mujer de mi vida! –gritó.

Remus sonrió, pero Sirius negó con la cabeza.

–No cantes victoria. Ha estado así media hora, pasando de alegría a depresión sin ton ni son.

–Pues me da igual que le haya dado un ataque de bipolaridad, porque va a ir saliendo sí o sí –comprobó el reloj de pie que había en el salón–. Bueno, vayamos saliendo.

James, mordiéndose las uñas, salió a la calle empujado por sus dos amigos. Era tal su agitación, que Sirius temió que en cuanto llegaran al parque ya no quedaran uñas ni dedos.

Bajo el empuje de los dos amigos llegaron en quince minutos al lugar, pero para entonces, James estaba sudando a mares y se hallaba a punto de hiperventilar. Sirius le daba aire con un folleto publicitario y Remus miraba a otro lado indiferente. Los invitados se reían disimuladamente del novio, que no pareció darse cuenta.

Empezaron a llegar los invitados y todo se sumió en una alegre algarabía de voces y colores. Llegaron parte de la familia Evans, la más cercana, que sabía que Lily era una bruja tras una explosión de magia accidental en una cena familiar, los amigos de Hogwarts, el equipo de quidditch, los profesores, entre ellos una muy contenta McGonagall con una túnica verde botella y Dumbledore, sonriente y feliz, conocidos de James y amigas de Lily. Detrás de todos, en una silla agrandada mágicamente, estaba Hagrid.

En total, cerca de unos trescientos invitados. A pesar de su insistencia, no había logrado convencer a Lily de invitar a la familia Real, que desde siempre había sabido de la existencia de magos y brujas, ni tampoco al club de admiradoras. Aceptó invitar al ministro de Magia, que denegó la invitación por tener una reunión con otro ministro, y también llamó a sus futuros vecinos magos, que estaban muy contentos, aunque algo confusos. A Remus no le extrañaba: era la primera vez que veían a James o a Lily, aunque habían oído hablar de la familia Potter.

Pasaron los minutos, y James sintió que sólo habían sido unos segundos, pero Remus creyó que habían sido horas. Llegó la hora, y sudoroso y con la garganta hecha un nudo, James se dispuso a esperar a la novia. Los invitados tomaron asiento en unas sillas blancas y doradas, y llegó el mago, un hombre ya mayor, con la voz clara y potente. Sirius se dispuso en su lugar y Remus se sintió aliviado al sentarse en primera fila, lejos del nerviosismo de James.

Se oyó el ruido de las llantas del coche al frenar. Sonó la música y James, impulsivamente, se dio la vuelta para ver a Lily.

Allí iba su futura esposa de la mano del sonriente señor Evans y James comprobó algo más tranquilo que no le guardaba rencor. Pero fue Lily la que acaparó toda su atención. Estaba muy guapa, radiante, y todo lo que había a su alrededor parecía contagiarse de su luz. Le sonreía ampliamente y, por fin, olvidó todo su nerviosismo. Les seguía Mary McDonald, vestida con un vestido de un suave tono verde pálido, y una tropa de tres niñas pequeñas, familiares de Lily, vestidas también de un suave verde para la ocasión.

James recibió contento la mano de Lily y no pudo resistirse a saludarla:

–¡Estás preciosa!

Su novia le devolvió la sonrisa a través del velo y ambos se giraron hacia el mago para dar comienzo a la ceremonia.

–Damas y caballeros, hoy nos hemos reunido aquí para unir a estas dos almas nobles...

Lily se sentía pletórica de felicidad, no podía creer que fuera real y no un cuento de hadas. Voldemort parecía entonces muy lejano, y solo veía las cosas de color rosa.

James no podía creer que hasta hacía unos minutos hubiese estado tan nervioso. Sentía la mano de Lily sobre su brazo, cálida y reconfortante, y no pudo evitar tener los ojos húmedos. Se dijo a sí mismo que era humillante y que debía contener las lágrimas, pero no podía evitarlo.

El mago indicó que sacaran las varitas y Lily casi pudo ver los ojos de su familia desencajándose. Contuvo las risitas, que serían de todo menos oportunas, pero James le miró aún así inseguro. Le sonrió para indicarle que todo estaba bien.

–James Charlus, ¿aceptas a Lily Marie como esposa, en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza?

–Sí, acepto.

–Lily Marie, ¿aceptar a James Charlus como esposo, en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza?

–Acepto –murmuró Lily, con la mirada puesta en los ojos de James.

Llegó el momento que James llevaba deseando desde que dio comienzo la ceremonia.

–Así pues, os declaro unidos de por vida. Puede besar a la novia.

Le levantó el velo temblorosamente a su ahora mujer. Lo colocó cuidadosamente y le llegó de un lado la exclamación de Sirius:

–¡Vamos! ¿A qué esperas? ¡Tengo hambre y el banquete se enfría!

''Idiota'' pensó James. Lily le miraba con ilusión y se alzó de puntillas sobre los zapatos de tacón. James rodeó su cara con las manos y Lily las pasó por su cuello, aún con el ramo en las manos. La joven cerró los ojos y James la imitó.

Unieron los labios, pero Lily sabía que era algo más. Sintió la conexión, el amor, más fuerte que nunca, como un lazo invisible que los uniría incluso a través de mares. Le pareció que el contacto duraba horas, sumergidos en una pequeña burbuja, y pronto se les llenó el oído con una salva de aplausos, procedente de todos lados. Los invitados se habían puesto de pie y aplaudían con una sonrisa plasmada en el rostro. Algunas mujeres como la madre de Lily o Andrómeda Tonks, al lado de su esposo, lloraban con los pañuelos en las manos. A la novia le conmovió que Andrómeda, sin conocerla, siendo la segunda vez que se veían, llorara con tanto sentimiento en su boda. Se notó los ojos húmedos y un nudo en la garganta; no pudo evitar que una solitaria lágrima se deslizara por su mejilla mientras empezaban a recibir las felicitaciones de los invitados.

James parecía un niño ilusionado con un nuevo juguete mientras saludaba todo el mundo con una sonrisa tan amplia que parecía salirse de los límites de su cara. Con la mano de Lily sobre el brazo fueron a hacerse unas fotos. En varias ocasiones, Sirius se puso delante de él, desesperando al fotógrafo, hasta que Lily le advirtió que si seguía así no probaría nada del banquete.

Fueron al hotel para comienzo al banquete. Tomaron la comida entre risas, después de quitarse el velo para no estropearlo. El señor Evans se alegraba de ver de nuevo a algunos primos que no veía desde hacía años, de modo que pronto olvidó el sentimiento de pérdida. Lily también se alegró al ver que todos sus invitados lo pasaban bien.

Faltaba mucha gente que le hubiera gustado que fueran... Y no se trataba del ministro ni de ningún desconocido. Petunia, Severus, la abuela, que había muerto varios años atrás... A ellos si los echaba en falta, pero eso no impidió que se lo pasara bien. Después de todo, era su boda.

Lily nunca supo que James había ido a visitar a Snape después de saber que era seguro que se casarían. Intuía que su novia no se atrevería a invitarle para evitar problemas entre su antiguo amigo y él, pero también quería que Lily tuviera a su alrededor a todos los que quería en un día tan especial. Aunque no presenciara la ceremonia, que se acercara a saludar al menos.

Localizó rápidamente al muchacho gracias a sus contactos y fue a visitarlo al diminuto cuartucho que tenía en el Callejón Diagon. Le abrió la puerta Snape, pero un Snape muy diferente.

Se veía claramente que, sin la comida de los elfos domésticos de Hogwarts, había adelgazado rápidamente y había tenido que aprovechar sus antiguas túnicas del colegio quitándoles el escudo de Hogwarts. El pelo lo tenía más sucio y grasiento que nunca y parecía que su piel cetrina no había visto la luz en varias semanas.

–Potter –gruñó.

–Snape –respondió.

–¿Qué quieres? No estoy para bromas.

James le extendió una invitación a la boda, sin decirle nada. Snape la cogió con desconfianza y la leyó.

Se le fueron desorbitando los ojos cada vez más, hasta tenerlos completamente abiertos, mientras sus dedos apretujaban el fino pergamino.

–Me gustaría que vinieras. Aunque solo sea a saludar. Sirius no te molestará.

–¿Para qué? ¿Para ver cómo esa sangre sucia y tú vivís un final feliz de cuento?

–Por Lily. Creo que le gustaría que fueras.

El siguiente movimiento del joven le sorprendió. Sacó la varita, pero Snape solo se había arremangado, enseñándole el antebrazo izquierdo, en el que se veía claramente una Marca Tenebrosa negra y oscura.

–Ten mucho cuidado, Potter. Puede que algún día, mi varita decida apuntar a tu espalda... o a la de esa sangre sucia.

–¡Serás...! –exclamó alzando la varita.

Pero Snape se había dado la vuelta y se había Desaparecido. Fue la última vez que James lo vio.

No pudo comprender porqué Snape le había enseñado el antebrazo, dando aviso así a toda la Orden de que había un nuevo mortífago. Se alejó sin decir nada más y avisó a Dumbledore, que negó con la cabeza, entristecido.

La mente de James volvió a la fiesta y desechó esos pensamientos tan lúgubres. No le quedó más remedio, puesto que Sirius empezó a decir su discurso, con una chuleta en la mano y más borracho que una cuba. Su túnica negra estaba sorprendentemente limpia aún. Se subió al escenario que había al final de la sala.

–¡Atención! Hip... ¡Atención! –Repitió–. V-Voy a dar mi discorsu... ¡No! Discurso...

–¿Crees que es prudente que Sirius diga su discurso tan borracho? –le susurró Lily a su esposo.

–¡Oh, vamos! Déjame que me divierta un poco. ¿Ves ese gramófono? Lunático está grabando la vergüenza de Canuto. Si se descontrola demasiado, allí está Lun para evitarlo, y si todo sale bien, me reiré de Canuto el resto de su vida. ¡A saber que tonterías dice! –le respondió James también en susurros.

Lily suspiró y James le robó un beso, dejándola sonrojada y turbada.

–¡Que la parejita deje algo para la noche de bodas y me preste atención! –gritó Sirius, parecía algo más despejado–. C-Como os decía, conocí a Corn el día de empezar el colegio... Vi como una especie de enano con gafas y estropajo negro en la cabeza se acercaba a mí con una sonrisa... que parecía estar destripándome en su imaginación...

–Destripándote estoy yo ahora... –masculló James mientras Lily se reía suavemente.

–Y, y luego vi a Lun... un niño con depresión, tan seriecito como un buen niño de mamá...

Remus se daba con la mano en la frente, mientras empezaba a arrepentirse de haber aceptado que Sirius subiera al escenario. Tuvo ganas de detenerlo, pero sentía curiosidad por saber qué más decía.

–Y e-el último fue Gus, como siempre... un niño con cara de rata que hoy no está porque tiene que cuidar de su mami enfermita... El asqueroso t-traidor... P-pensé, ¿por qué el gran Sirius Black, el más g-guapo y famoso, el que se enorgullece de ser un traidor a la sangre, no se hace sus amigos? C-claro que temí que el enano con gafas me destripara, p-pero, ¿qué es la vida sin un poquito de emoción?

James y Remus sintieron repentinas ganas de levantarse y tirarse sobre Sirius, pero Lily tiró del brazo de su marido y Remus se contentó con estrujar la cortina roja del escenario.

–E-En el tren, vi a la pelirroja... –Lily apretó la mano de James con tanta fuerza que él temió encontrarse sus dedos amoratados– sentada con don Pelo Grasiento... y p-pensé, ¡pero qué chica tan guapa!

Lily suspiró aliviada y James dejó de temer por la vida de su amigo. Remus también se relajó detrás de las cortinas, suspirando. Sirius dio un mordisco a la chuleta.

El señor Evans se estaba riendo de lo lindo junto a su mujer, junto a todos los demás de la familia Evans. Los profesores también sonreían junto a los amigos de la Orden. Andrómeda se tapaba los ojos con la mano, rogando que Sirius no hiciese demasiado el ridículo.

–H-Hablamos con ella y, ¡oh! Q-Que mandona e irritable resultó ser la pequeña damita.

Lily estrujó entre sus manos el mantel resoplando para sus adentros. James le sujetó las manos, pero se echó hacia atrás al ver la mirada asesina de su mujer.

–Y m-menudo carácter que tiene... los golpes que me daba... creo que aún tengo los moratones...

–¡Sirius! ¡Por tus muertos, cállate si no quieres ser uno! –susurró Remus precipitadamente.

–¡Oh, Lun! ¿Q-Qué más da si a alguno de mis muertos le da por revolverse en su tumba? ¡Por mí, mejor! C-Casi todos los Black son unos asquerosos defensores de la p-pureza de la sangre, anticuados y estirados. ¡M-Me gustaría ver la cara de mi querida madre si supiera que he comido en la casa de un muggle! Los únicos que hemos salido decentes somos Andy y yo...

–¡Oh, sí, porque tú eres la máxima expresión de la decencia! –masculló Lily sarcásticamente.

–¿Por dónde iba? –preguntó Sirius perdido–. ¡Ah, sí! Yo, con mi caritativa y generosa alma, me hice amigo de Corn, de Lun y de Gus... ¡N-Nos dejaron a los cuatro en Gryffindor, la casa de los leones y los valientes! Y, y claro, la pelirroja también cayó allí. S-Siempre dije que tendría que haber ido a Ravenclaw, a esa casa de estirados-no-rompo-las-reglas-porque-no-es-inteligente. U-Una vez salí con Rebecca Smith, y resulta, que pese a lo buenorra que estaba, era un estrecha que...

Remus salió al escenario, le dio una colleja a Sirius y volvió a su sitio.

–¡V-Vale, vale! Ya he pillado la indirecta. B-Bueno, por donde iba, e-el castillo no dejó ni un solo secreto oculto para nosotros... E-En nuestra primera s-semana encontramos casi veinte pasadizos... A-Así que, por merodear tanto, decidimos llamarnos los merodeadores... ¡Orgullo merodeador!... –gritó levantando la chuleta–. La idea fue de Lun... el más brillante de los cuatro... la cabeza pensante detrás de nuestras travesuras...

McGonagall le miró incrédula, boquiabierta, y Dumbledore sonrió divertido. Otros, como la profesora Sprout, negó con la cabeza. Hagrid rió.

–¡Oh, venga, Minnie, no me mires así! –dijo dirigiéndose a la subdirectora–. A Corn se le ocurría la idea, Lun le daba los toques técnicos que nos faltaban a nosotros y lo pulía todo. Yo solía ser quien lo hacía todo... y Gus ¿Gus? Poco hacía, pero se le quiere igual...

–Ejem, ejem, creo que ya has dicho suficiente, Sirius –dijo Remus sonrojado.

Salió al escenario, agitó la varita e hizo que Sirius se elevara unos palmos por encima del suelo.

–¿Eh? ¡No! ¡No he terminado! ¡Nooooo! –Sirius intentó agarrarse en vano al micrófono, pero su amigo fue implacable: despegó los dedos del animago y se lo llevó al patio del hotel, donde Sirius recibiría una pequeña sesión de agua fría para despejarse.

James soltó un par de risotadas al ver la cara de Sirius, desesperada y aterrada.

–¡No! ¡Corn, hermano, ayúdame!

–¡Deja que Lunático te ayude a aclararte!

–¡No! ¡No! ¡Te juro que contaré tus más íntimos secretos, que no sabían Lun ni Gus!

–¡No creo!

Sirius no pudo cumplir su amenaza. Remus lo mantuvo con la correa corta lo que quedó de banquete, mientras James, Lily y todos los demás invitados se reían alegremente de él.

La siguiente en dar su discurso fue la profesora McGonagall.

–Conocí primero a la señorita Evans... –¡Ahora es la señora Potter!, gritó James desde el otro lado– debido a que destacaba por encima de sus compañeros, en la antesala del comedor, antes de la Selección. A Potter lo vi inmediatamente después: se enzarzó en una pelea contra el niño de al lado...

–¡Nuestra primera pelea con Quejicus! –exclamaron James y Sirius, orgullosos.

–Tuve el placer –ironizó– de tratar mucho a los cuatro muchachos en los siguientes años. Sobre todo, en la sala de castigos o en mi despacho. Jamás he quitado tantos puntos a mi propia casa, nunca en mis veinte años de docencia. Hubo veces en que los puntos de nuestra casa se hallaron en números negativos, incluso. Creo que casi cada día había algún merodeador garabateando unas frases en algún despacho o limpiando los trofeos en la Sala.

–¡Oh, sí! De tanto verlos ya casi me los sé de memoria –saltó James, ilusionado–. Si quiere, puedo recitarle el trozo que limpiaba siempre. Melanie Marie Sawyer, Doris Elisabeth Smith, Ralph Frank Swan, Demetrius Alfred Randall, John Adrien Riordan, Tom Sorvolo Riddle, Francis Eleanor Rooan...

–¡Suficiente, Potter!

–¡Oh, cómo me recuerda a los tiempos de colegio! ¿Lo recuerdáis, Corn, Lun?

–¡Claro que sí, Canuto! Pero tal vez porque hace solo dos meses que salimos de allí. Solo tal vez... –rió Remus.

–¡Basta, Potter, Black, Lupin! Oh, por Merlín, cuantos dolores de cabeza me disteis, cuantos dolores de cabeza... Nunca creí que Lily fuera a casarse realmente con Potter. Aún recuerdo lo que armaban por los pasillos, en San Valentín, persiguiéndola para que fuese con Potter a Hogsmeade. Si mal no recuerdo, aquel día tuve que quitarle diez puntos a Evans por hechizarte en medio del pasillo.

–¿Solo diez? ¡Pero si a mí me solía quitar veinte! –masculló James indignado hacia Lily, que le miraba con una sonrisa de no haber roto un plato.

–Pero el paso de los años me ha permitido conocerlos a todos a fondo, y no me queda más que decir que siempre serán un dolor de cabeza, pero un dolor de cabeza unido, inteligente, que valora la amistad por encima de todo... Y no obstante, sois cuatro dolores de cabeza distintos, cada uno diferente a los demás, especial a su manera. Evans, además de ser la mejor alumna que ha pisado Hogwarts en muchos años, es una persona fuerte y valiente, digna de mi casa. Sin más, debo decir que me alegro de haberlos conocido.

Los aplausos no se hicieron esperar mientras la profesora volvía a sentarse. Lily se secó una pequeña lagrimita de emoción y Sirius se secó otra imaginaria.

–¡Qué bonito! –sollozó James, fingidamente.

–¡Lo más bonito que he escuchado en mi vida! –asintió Remus.

–¡Absolutamente conmovedor! –exclamó Sirius.

–Por una vez, coincido con vosotros.

El resto de la comida pasó entre risas y conversaciones alegres. Hagrid, al cabo de unas cuantas copas, estaba rojo y hablaba con la voz más alta de lo normal. Remus terminó prohibiéndole a Sirius más alcohol, y Lily apoyó completamente a su mejor amigo. A gritos, suplicando y abrazando la mejor botella de whisky de fuego, le pidió ayuda a James.

Trató de interferir y echar una mano al animago, pero la mirada que le propinó su ahora esposa y el licántropo le convencieron de lo contrario.

A regañadientes, Sirius aceptó.

El señor Evans se acercó a ellos y conversaron amigablemente durante horas. Divertidos, James y él compartieron algunas anécdotas acerca de Lily.

Contaron la vez en que Lily se cayó por la ventana, cuando apareció de repente en su habitación, cuando en realidad estaba discutiendo con Petunia en el salón; cuando sufrieron el ataque de los mortífagos en el supermercado...

A cambio, James le contó la primera vez que la vio, la primera conversación civilizada, cuando los pillaron a los cuatro después de una travesura y Lily, accidentalmente, estaba con ellos, y lo que ocurrió después cuando los castigaron a los cinco.

Avergonzada, y viendo que era imposible que los dos se callaran, Lily entabló conversación con Andrómeda Tonks.

Descubrió que era mujer la mar de agradable, defensora de muggles y sangres sucia, que había estudiado Derecho Mágico. Lily se planteó por un momento seguir esa carrera, pero habría que verlo. Entendió también el sincero cariño que Sirius profesaba hacia ella y prometieron mantener el contacto. El tiempo pasó de una manera increíble, y decidieron salir a hacerse unas cuantas fotos más. Para alivio y alegría de Lily, Sirius decidió comportarse como un ser humano normal y posar como cualquier otro.

El resto de la tarde pasó entre risas y conversaciones. Descansaron un breve momento antes de la cena, más bien un tentempié, para abrir el baile.

Como dictaba la tradición, James y Lily abrieron el baile con un vals entre risas y sonrisas. Entre tropezones y pisadas mal disimuladas, por parte de Lily, y muecas de dolor y toses que disimulaban quejidos, por parte de James, el baile avanzó lentamente. Para sorpresa de la novia, resultó que James era un excelente bailarín.

–A mi madre le gustaban estas cosas –explicó encogiéndose de hombros.

Su padre la reclamó después, antes de Sirius y de Remus, que accedió a regañadientes, hostigado por sus dos amigos. Se sentó inmediatamente, sonrojado, al terminar la pieza que tocaban.

Toda la noche estuvo Lily bailando, mientras conversaba con los invitados. Llegó a entablar conversación, según contó, con más de la mitad de los invitados.

Se sentía feliz, pletórica, plena. Casi no notó la falta de los que hubiese querido que asistiesen, y rió como nunca. James aún conservaba aquella sonrisa que la desquiciaba, de oreja a oreja, que deslumbraba a todos los que estaban a su alrededor. Él también era feliz, como si flotara en una isla de alegría mientras Voldemort estaba al otro lado del mar, lejos de él y todos sus seres queridos.

No sabía que más tarde recibiría la noticia de que los mortífagos habían atacado el Callejón Diagon mientras celebraban su boda, pero aún lo ignoraba y todo estaba lejos.

Sirius había vuelto a emborracharse, esta vez acompañado de su amigo y de Remus, que bebió lo suficiente para ''soltarse'' un poco. En un momento dado de la noche, Sirius y James se subieron a la tarima y empezaron a desafinar:

¡Puedes arrancarme el corazón del pecho
y convertir en murmullo t-tenue mi voz,
reducir toda una vida sólo a un renglóoooooon!

Lily se sonrojó junto a su padre y su madre (lo que quedó de su vida fingiría que aquel episodio no existió), mientras Remus los señalaba con una copa en la mano, ya bastante borracho, aunque manteniendo la cordura.

–¡Sois penosos! –abucheó.

Ni James ni Sirius le hicieron caso alguno. Abrazándose por los hombros, cogieron el micrófono con aún más brío.

Puedes sobre mí dar opinión s-sesgada,
criticar mi oficio ¡que no es porvenir!,
que alimento la hoguera de la imaginacióooooon.

McGonagall bufó incrédula y Hagrid se rió.

–Debo reconocer que al menos son sinceros y consecuentes. Aunque más que la imaginación, alimentan la rebeldía, el caos y el desorden –opinó afablemente la profesora Sprout.

A su lado, Flitwick asintió enérgicamente.

–Estoy totalmente de acuerdo.

Dumbledore reía también, junto a los Longbottom, que habían acudido también a la fiesta.

Merodeador soy, merodeador seréeeee,
conductor de humor a tu rutinaria vida,
fabrico recuerdos que atas con alegría a mi canción.

La señora Evans rió al ver cómo versionaban la letra para adaptarla. Los invitados ya no hablaban, sino que se habían girado hacia la tarima y se reían al contemplar a los improvisados cantantes.

Estamos l-locos de atar,
somos trovadores que en tu ciudad
damos pinceladas de color
a tu gris realidaaaaaad.

–Ya ves, mamá. Reconocen que está locos de atar. ¿Crees que deberíamos meterlos en un loquero? –bromeó Lily.

–Pero también dicen que traen color a tu vida, hija. Creo que no me atrevería a hacerlo.

Somos mitad caballeros,
mitad bohemios y e-embusteros,
no somos lo que un padre quiere
para su hijita bebéeeeeee.

–¿Seguro que tienen una parte de caballeros? –resopló Andrómeda al ver el sonrojo de Lily, que miraba a su padre. Fulminó con la mirada a su primo, que no le devolvió la mirada.

–Míralos –mascullaba el señor Evans–. ¡Pero si él mismo anuncia que no es adecuado para ti!

–Están borrachos, querido –intervino conciliadora su esposa.

El mejor día es en el que el alma tiene hambre y sed,

no olvides lo aprendido, no dejes de c-comprender,

rodéate de buenos y tú lo parecerás,

rodéate de sabios y algo en ti se quedaráaaaa.

–Ni con tres mil sabios ni buenos se os quedará algo –masculló Lily divertida.

Hasta que el cuerpo aguante,
hasta que quiera mi voz,
hasta que el cuerpo aguante
seguiré viviendo tal como sooooooooooooooy.

El público aplaudió con alegría, divertidos, y muchos riéndose a carcajadas. Ambos hicieron una reverencias torpes, tropezándose entre sí.

Remus les hizo señas para que bajaran y se los llevó a ambos al patio.

–¿Adónde han ido?

–No tengo ni idea, papá –negó Lily, preocupada. Sospechaba que debían ser motivos grandes e importantes para que James saliera de la boda que él esperó durante meses con tanta ilusión.

O, más bien, desde que le pidió matrimonio, una tarde bajo uno de los sauces llorones que bordeaban el lago, cerca de los acantilados.


No sé qué va a pasar mañana, ni lo que pasará cuando salgamos de Hogwarts. Me encantaría decir que viviré, que estudiaré para auror y viviré como cualquier otro, pero no puedo. Soy un traidor a la sangre, que se junta con Dumbledore y hombres-lobo. Me perseguirán. Y, por eso mismo, quiero vivir la vida al máximo, no quiero lamentar nada en el lecho de mi muerte. No quiero lamentar haber vivido sin ti –en aquel momento, James se agachó y sacó el anillo ante su incrédula mirada, ya humedecida–. Te quiero, te adoro, te amo y daría mi vida por ti. Te amo más que a mi propia vida, más que a nada. Te bajaría las estrellas si me las pidieras, te daría lo que fuese por hacerte feliz, por hacerte reír, por mantenerte a salvo. Quiero que seas la madre de mis hijos. Lily Evans, te amo y quiero pasar el resto de mi vida junto a ti, ¿quieres casarte conmigo?

Lily le había mirado con sorpresa, con incredulidad, pero sentía el corazón henchido de felicidad, con la alegría corriéndole por las venas como ríos que se desbordaban. James sudaba la gota gorda, nervioso, y hasta tembloroso.

Se había abalanzado sobre él, casi cinco minutos después, gritando de pura alegría, y había aceptado la propuesta. Le había cubierto la cara a besos, y James se los había devuelto, con una sonrisa tan grande como la luna creciente.

Sirius, Remus y Peter habían salido de un arbusto y se habían unido al abrazo, con el joven Black gritando de alivio. La larga decisión de Lily les había cobrado fractura a todos.


Lily cerró los ojos, soñadora. Recordaría las palabras de la declaración de James toda su vida, aunque a opinión de otros eran cursis y destilaban demasiada miel, demasiado típicas de una novela rosa. Sonrió al recordar lo que le preguntó a James cuando por fin se calmó.


Oye, James, ¿decías en serio lo de las estrellas?

¡Claro! –le había contestado, aún afectado por la emoción del momento.

Entonces, ¿me bajarías la Osa Mayor? Es mi estrella favorita.

James había palidecido ante el rostro inocente de su prometida.

Yo... e-este, Lils, verás, si quitamos la estrella, yo, ¿c-cómo se orientaría la gente? –había balbuceado.

No importa. Para eso están las brújulas, ¿no? O el hechizo brújula, en su defecto.

James había empezado a sudar la gota gorda de nuevo, y pasaron unos instantes antes de que Lily se echara a reír en su cara, destensándole de inmediato.

Detrás de ellos, los otros tres merodeadores también se habían reído.


Lily decidió salir a buscarlos, no fuera que se metieran en problemas. Se recogió la cola del vestido y se echó un chal por encima de los hombros. Salió al patio y los encontró a los tres chorreando de agua.

–Pero, ¿qué os ha pasado? –les preguntó preocupada.

–Necesitábamos despejarnos –contestó James–. Ven conmigo –le pidió– quiero enseñarte una cosa.

Lily tomó la mano que James le tendía y sintió de inmediato que se Desaparecían del lugar. Cerró los ojos y los volvió a abrir solo cuando tocó el suelo con los pies.

El paisaje le era muy familiar. Mucho, tanto que aseguraría que allí había pasado muchas veces, primero con sus amigas, y, más tarde, con James y los merodeadores: estaban en el camino que partía de la verja de Hogwarts hasta Hogsmeade. De hecho, estaban justo delante de la verja, con sus familiares cerdos con alas. La silueta del castillo se recortaba contra la fresca noche veraniega. Lily sonrió con nostalgia.

–Hogwarts, dulce Hogwarts –suspiró James.

Los otros dos le corearon con otro suspiro.

Lily carraspeó.

–Ejem, chicos, a mí también me ha encantado volver a ver el colegio, pero ¿qué hacemos aquí?

–Tenemos otro regalito para ti, pelirroja –explicó Sirius con una pícara media sonrisa.

–¿De qué se trata? –preguntó Lily sospechosamente.

–Es un regalo sorpresa –dijo Remus, sonriendo con travesura.

–Ven, síguenos –le apremió James, tirándole de la mano.

Lily decidió confiar en ellos. Se levantó la falda del vestido y caminó detrás de los merodeadores, atravesando la verja del colegio. Pensó que se acercarían al colegio, o al campo de quidditch, pero James la condujo hacia el lago. Una vez allí, le instaron a sentarse en el césped.

–¡NO, no y no! –se negó Lily–. ¡Me niego a manchar este vestido! ¡No lo haré!

–Está bien, está bien –le apaciguó James. Conjuró una mantel limpia sobre el césped para cubrirlo. Algo más satisfecha, Lily se sentó cuidadosamente.

James comprobó una y otra vez el reloj de su padre, que le había dado en el lecho de muerte, tres meses antes de... lo ocurrido. Estaba nervioso y Sirius se mordía las uñas, compartiendo su nerviosismo. Remus estaba tranquilo, y trataba de tranquilizar a Lily.

–¿Puedo saber ya de una maldita vez lo que está ocurriendo? –exigió Lily.

A su lado, Remus sacó un pequeño reloj de cadena.

–Ya falta poco –murmuró–. Sí. Tres, dos, uno...

Un fuerte siseo, que parecía provenir desde el otro lado del lado, rompió el silencio de la noche, acallando todo tipo de ruidos que provenían del Bosque.

–Mira, Lily –señaló James.

Estalló en el cielo, como un fuego artificial muggle, pero a la vez era totalmente distinto. Las chispas de luz se dispersaron hasta formar una escena. Lily reconoció a James, a Sirius, a Remus y a Peter, y también a sí misma. Y también estaba Severus. Eran más pequeños, más niños. Parecían estar en el tren, de camino a Hogwarts. La escena se movió, y Lily se vio a sí misma dando la vuelta para salir del vagón.

–Esa fue la primera vez que nos vimos –susurró James a su lado–. Recuerdo que pensé que eras preciosa, hasta que abriste la boca –rió levemente–. Tenías un aire de mandona, pero a la vez me caíste de maravilla.

Las chispas cayeron en seguida como lluvia de brillantes sobre la negra superficie del lago. Lily distinguió a varias sirenas observando estupefactas los restos de los fuegos. Casi sintió el impulso de reírse al ver la mueca de sorpresa en las caras de aquellos seres, tan feos como los grindylows con los que compartían el lago.

Otro siseo ascendió en el cielo y Lily esperó expectante a observar la escena que se formaría. Las chispas formaron rápidamente el Sombrero Seleccionador y Lily se vio a sí misma con él puesto. Las lucecitas formaron la palabra Gryffindor entre grandes exclamaciones por encima de su cabeza.

No pudo reprimir la sonrisa, y a su lado, los merodeadores disfrutaban también del espectáculo.

Escena tras escena fueron pasando una tras otra. Algunas no supo identificarlas, como una de los cuatro corriendo para huir de quien parecía ser Filch, pero a su lado, James y Sirius se las explicaban.

–Esa fue de primera travesura... ¡Y ese de nuestro primer pasadizo secreto! ¿Lo recuerdas, Lun? –suspiró Sirius con nostalgia.

Pero también distinguió escenas en las que ella estaba incluida. Veces en las que durante las clases se afanaba por ser la primera en contestar, cuando Slughorn le daba palmaditas de felicitación cuando daba alguna respuesta especialmente ingeniosa.

Lily se sintió morir de vergüenza al ver la parte de su primera clase de vuelo. Recordaba aquel desastroso día, cuando no pudo elevar el vuelo más de un metro antes de caerse. Solo Sirius se rió un poco, al estar lo suficientemente lejos de la veloz mano de Lily, entrenada por los años. James apretaba los labios y Remus no comentaba nada. Desde luego, no tenía derecho, sobre todo al caer él solo un poco después de Lily.

–No puedo creer que hayáis incluido eso –masculló la novia.

–No pudimos resistirlo, pelirroja. Fue épico, debes reconocerlo –sonrió.

No pudo seguir protestando, porque continuaron pasando las imágenes. Puso los ojos en blanco al ver que habían puesto varias escenas de quidditch, como el primer partido de James, su primer gol como cazador, el primer partido de Sirius...

Frunció el ceño al ver una en la que los cuatro merodeadores estaban reunidos alrededor de una cama del cuarto.

–¿Qué hacíais? –preguntó sospechosamente.

–¡Hey, prefecta perfecta! No seas malpensada. Fue el súper importante momento del último día de las vacaciones de Pascua del primer año donde decidimos el nombre de nuestro grupo y nuestros apodos. ¡Fue un momento histórico! –exclamó Sirius.

–Entiendo –rió la aludida.

Pasaron inmediatamente a escenas en las que Lily golpeaba a los merodeadores, a su primera visita a Hogsmeade, y pasaron al quinto año, cuando Lily y Remus recibieron las insignias de prefectos, hasta la insignia de Premio Anual para James y Lily. Seguidamente, la primera cita de Lily y James, el primer beso, la pedida, el anillo...

Pero hubo también escenas muy tristes, y Lily sintió la mano de James apretando la suya al verlas. Vio el rostro de quien parecía un hombre ya anciano, cerrando lentamente los ojos, exhalando su último suspiro.

–Es mi padre –murmuró James–. No pude estar al lado de mi madre cuando murió.

Lily le apretó la mano también, con los ojos húmedos.

Hasta terminar con los nombres de ambos, entrelazados, a los que les corearon varias chispas más.

Lily, a esas alturas, ya estaba llorando de emoción. James la había cubierto con otra manta que había hecho aparecer de la nada. Se secó las lágrimas.

–Muchas gracias –murmuró–. Aunque me extraña que no hayáis puesto nada del cuarto curso. ¿No fue entonces cuando os hicisteis animagos?

–Nos hubiese encantado –afirmó James–, pero había más gente viendo esto, y no quería acabar en Azkaban esta noche ¿sabes?

–¿Hay más gente involucrada? –se sorprendió.

–Por supuesto. ¿Quién crees que controlaba todo esto mientras estamos aquí?

–Entonces, Peter...

–No estaba con su madre –dijo Remus sonriente–. Estuvo todo el día preparando esto. Y tranquila: le hemos dado un buen pellizco por hacerlo y saltarse la fiesta.

–En realidad –puntualizó Sirius–. Le obligamos a hacerlo por no haber participado en los preparativos.

Lily sonrió, con los ojos humedecidos.

–¿Qué? ¿Te ha gustado? –inquirió.

Riendo, se lanzó a los brazos de su novio.

–¿Cómo no iba a gustarme, so tonto?

–Es que pensé que ya que no podíamos ir de luna de miel por todo lo que está pasando, quería que al menos tuvieses una compensación.

–No había necesidad de hacerlo –murmuró Lily acercando su rostro al de James.

Y justo mientras ambos cerraban los ojos, antes de unir los labios delante de los otros dos merodeadores, Lily tuvo un último pensamiento:

No importaba lo que hubiera fuera. No importaba que Voldemort estuviese constantemente planeando sobre ellos como una amenaza permanente. No importaba la guerra, no importaba la Orden.

Nada importaba, porque mientras hubiese momentos como aquél, la lucha y los dolores valían la pena. Mientras hubiese un atisbo de amor en el mundo, decidió Lily, ella lucharía para que se hiciese realidad.


Espero que haya cumplido vuestras expectativas. Me ha costado mucho hacer este capítulo, sobre todo porque quise buscar inspiración en fotos reales.

El vestido es el modelo Enea, de Manuel Mota, para la colección de 2012 de Pronovias.

El pasador y el velo son similares a los que lució Charlene de Mónaco. Me gustó su peinado, pero me pareció demasiado austero y rígido para alguien más joven. Que sencillez, que elegancia, me encantaron. De hecho, su vestido para la ceremonia religiosa me gustó más que el de Kate Middleton, pese a que fue menos comentado.

Los zapatos, los pendientes y el anillo los encontré en Google Imágenes.

Atentamente =)

lady Evelyne