Los personajes son de SM. La historia es mía.


Capítulo 30

- Di, mamá – mi hija me miró pero no abrió ni siquiera la boca para balbucear -, vamos cariño… di mamá.

Serena solo me miró y se rió, que no quisiera siquiera balbucear me preocupaba, sobre todo porque Marty ya sabía decir un par de cosas, que, aunque no tenían mucho sentido, se entendían.

- Cariño, déjala tranquila, ya Eleazar te dijo que no sacabas nada con forzarla.

- No la estoy forzando – fruncí el ceño y me giré hasta mi madre -, solo la estoy estimulando.

- Bueno, entonces deja de estimularla.

Mi madre estiró sus brazos y, aunque dudé un poco, le entregué a mi hija. Ella, inmediatamente se quejó, mis hijos ya no eran tan livianos como para tomarlos sin preocupaciones. Sonreí y mi madre me sacó la lengua. Me puse de pie y acomodé el cuello del vestido de mi hija que estaba doblado.

- Me tengo que ir a trabajar.

- Lo sé – mi madre no me miró, estaba concentrada en mi hija.

-Bien, como parece que no me necesitan…

Por fin los ojos de mi madre me miraron, pero solo para rodarme los ojos – Dramática.

- Me voy.

Le besé la frente a mi hija que ya se estaba quedando dormida en los brazos de mi madre y luego me acerqué hasta la cama en donde dormía Marty plácidamente. Él a penas y se removió cuando lo destapé, estaba haciendo mucho calor y no quería que comenzara a transpirar.

- Ni lo digas – me advirtió mi madre -, sabes que los cuido como si fueran mis nietos.

- Son tus nietos – ahora yo rodé los ojos.

Tomé mis cosas y salí del cuarto. Eleazar estaba con el turno de noche por lo que era probable que me lo topara en el hospital cuando viniera de salida. Tomé mi almuerzo y las llaves del auto, de por sí, los horarios de los médicos eran una mierda pero yo tenía mucha suerte porque al ser madre soltera tenía mucha más flexibilidad de cambiarlos en casos de emergencia, nunca lo hacía eso sí, porque lo último que quería era abusar de lo que Eleazar y Alec habían hecho por mí.

Para cuanto me estacioné en mi lugar del aparcamiento, noté que Eleazar aún seguía acá, así que lo primer que hice fue buscarlo. Estaba en su consulta tapado de papeles, se notaba que estaba agotado.

- ¿Muy ocupado? – metí medio cuerpo adentro y esperé a que el me indicara que pasara para hacerlo.

- Algo – se sacó sus lentes y se restregó los ojos.

- ¿Te vas a quedar más tiempo?

Él asintió, se notaba que no estaba contento – Por lo menos una hora más. ¿Reneé estaba despierta?

- Sí, se quedó con Serena que despertó conmigo.

- Pensaba en llamarla ahora, seguramente me espera con el desayuno listo.

- Bueno… casi.

Le mostré la bolsa de papel que llevaba en mi mano y él me sonrió, ahora se veía un poco mejor.

- ¿Café recién hecho?

- Y tostadas – me acerqué hasta su escritorio y lo dejé ahí -, mi madre tuvo una de sus corazonadas y quiso enviarte eso.

- ¡Dios!, como amo a esa mujer – no creo que él dijera eso con intención de que yo lo escuchara porque estaba muy concentrado rebuscando en la bolsa de papel, pero me agradó mucho la sinceridad de sus palabras.

Eleazar no dudó en darle una mordida a la tostada en cuanto la sacó, reí en voz alta al verlo – Parece que mi madre acertó.

- Siempre lo hace.

- Me grada verte mejor, pero ahora me tengo que ir a comenzar mi turno.

Iba de salida cuando él me detuvo – Espera Bella, ¿Qué turno tienes mañana?

Hice la cuenta y si hoy tenía día, mañana me tocaba noche – Tengo noche, ¿Por qué?

- Oh, por nada – se encogió de hombros, aunque parecía despreocupado, no le creí por completo su despreocupación.

- Bien…

Un poco mas desconfiada, me dirigí hasta la sala de descanso que teníamos en el segundo piso, ahí tenía mi casillero en donde estaba mi bata y mi estetoscopio. La rapidez con la que terminé mi residencia y obtuve mi título oficial como doctora había sido asombrosa, supongo que el dolor y el tiempo que quería llenar para no pensar me habían ayudado, ahora solo llevaba dos semanas como doctora oficial del hospital por lo que aun me estaba acostumbrando. Era raro ver a quienes fueron tus mentores por un tiempo para como un igual.

- Ya te aprendiste tu combinación.

- Sí – sonreí sin dejar de ver mi casillero -, creo que llamar al cerrajero dos veces cuando estoy recién llegando, es mi máximo – de adentro saqué las cosas que necesitaba y dejé mi bolso.

Ya había aprendido a perder la vergüenza por lo no me costó mucho sacarme mi blusa y ponerme parte de la vestimenta en emergencias, iba a estar un mes en la sala de emergencias para que después me dieran mi propio consultorio y comenzara a atender pacientes, pero por supuesto, sin dejar de hacer turnos, iba a tener un horario fijo para consultas y el resto serian turnos en emergencias. Sé que no era el ideal de muchos, pero para mí como doctora, era la sala de emergencias lo que de verdad me apasionaba, salvar a alguien que llega pidiendo ayuda era algo simplemente impagable.

Terminé de ponerme mi traje y terminé con mi bata y mi estetoscopio colgado al cuello. Ya estaba lista.

- Veo que también has perdido la vergüenza.

Por fin me volteé hacía Alec quien estaba apoyado en su casillero – Acá no me queda otra, además… tampoco es como si estuviera quedando desnuda.

- Sí, supongo que tienes razón.

Alec despegó su espalda de la pared y comenzó a sacarse su propia bata, ya iba de salida.

- ¿No tienes consultas hoy?

Negó con la cabeza – No, llevo un turno de veinticuatro horas, si atiendo a alguien ahora es muy probable que la diagnostique mal así que… mejor me voy a descansar un poco.

- Estas trabajando mucho.

Con Alec habíamos llegado a ser mucho más cercanos que antes así que no me pareció raro acercarme a él y tocar debajo de sus ojos, tenía unas notorias ojeras que indicaban que necesitaba varias horas de sueños.

- Te ves cansado, tienes que dormir Alec.

- Lo haré, prometo que llegaré a casa directo a mi cama.

- Pero como algo antes.

- Acabo de comerme un sándwich – me alejé de él para sonreírle -, lo prometo.

- Bien, te creeré, pero ahora es mejor que te vayas, ya empezó mi turno y el tuyo ya terminó, así que…

- Adiós Bella.

Dem se me acercó y me besó demasiado cerca de los labios, sabía que él quería algo más de mí pero no me incomodaba ni me pedía más de lo que yo le daba. Éramos amigos y aunque por ahora, él estaba bien con esto, yo sabía que muy pronto iba a tener que decidirme.

Mi día en la sala de emergencias fue un caos total, paré solo una vez en la que rápidamente me tomé el café y mi comí el sándwich que me había enviado mi madre, los tragué así que a la hora estaba nuevamente de hambre, un hambre que se me pasó cuando a las cinco de la tarde recibí a un niño de tres años que se había caído a la piscina de su casa. Estuvo sumergido por un minuto antes de que lo sacaran así que lo primero que hicimos fue extraer todo el agua de sus pulmones, para cuando entró a cirugía pasó a manos de otro doctor, pero no me fui hasta que no supe que estaba estable.

El niño estaba bien ahora, pero el solo ver a su madre totalmente descompuesta y desesperaba me dio una idea de lo que sería a uno de mis hijos le pasara algo, por eso, en cuento terminé mi turno corrí a casa a abrazar a mis pequeños.

- ¿Qué pasó, cariño?

- Lo mismo de siempre – acaricié las mejillas de mis mellizos, los dos ya estaban dormidos - , llegó un caso que me puso mal, era un niño que quedó sumergido en la piscina por un minuto, se me estrujó el corazón cuando lo vi.

- ¿Lo atendiste a tiempo?

- Lo estabilicé, pero no pude entrar a pabellón con él… soy cardióloga y necesitaba un broncopulmonar. Pero esperé a que saliera y está bien, vivo… - murmuré lo último porque aún me parecía sorprendente que un niño de cinco años estuviera al borde la muerte.

- Supongo que eso te puso sentimental.

- Mucho – mis niños ni siquiera se movieron aunque estuviéramos hablando al lado de ellos, admiraba lo tranquilos que eran para dormir.

- ¿Y comiste?

- Lo que me mandaste.

- Lo supuse – mi madre me tomó del brazo y comenzó a arrastrarme hasta la cocina.

Eleazar estaba en la sala viendo el noticiero me sonrió solamente. Al principio fue raro acostumbrarme a que un hombre viviera con nosotras pero al poco tiempo me adapté con rapidez ya que habían sido muchas cosas las cambiaron, ahora teníamos una casa mas grande, cerca del hospital y habíamos acomodado perfectamente nuestras rutinas.

Esperé a que mi madre me sirviera un poco de los tallarines que había hecho para la cena, comí con mucha hambre y después me dejé caer al lado de Eleazar. Quizás ya era grande para tener un padre, pero me agradaba mucho sentirlo como uno.

- ¿Cómo estuvo el trabajo?

- Agotador – le conté lo del niño ahogado y él me entendió enseguida.

- Estas cosas pasan más de lo que uno quisiera cariño, quisiera decir que no, pero a la larga uno se acostumbra.

Asentí porque sabía que era verdad. Bostecé sin quererlo, estaba realmente agotada – Bueno, supongo que el día para mi terminó.

- Sí, será mejor que vayas a descansar.

En cuanto puse mi cabeza en la almohada rogué porque los sueños no vinieran a mí de nuevo, lamentablemente vinieron. Por más que quería alejar su rostro, sus ojos verdes seguían atormentándome.

.

.

.

El calor de Los Ángeles estaba en su máximo esplendor, si no fuera por la sombrilla sobre nuestras cabezas y el té helado en mis manos, ya estaría calcinada.

El sol me gustaba pero me obliga a pensar y eso no me gustaba. Creo que eran contadas las noches en las que no soñaba con Edward, por eso, hacerlo, no me suponía una gran diferencia en mi día a día, pero el sueño de la noche anterior me había alterado demasiado, ni siquiera recordaba el sueño exactamente pero sé que la sensación en mi pecho no era la mejor.

Mi madre a mi lado ya llevaba mucho rato mirándome así que cambie de posición para que no notara que algo me atormentaba, me fijé en los hielos de mi vaso para distraerla. Fallé.

- ¿Estás bien?

- Sí – tomé mi vaso con las dos manos para que el frio del cristal me subiera por los brazos.

- ¿Segura?

Seguí manteniendo mi vista en los dos hielos y así mismo me encogí de hombros – Claro… ya te lo dije, estoy perfecta – levanté mi rostro y le sonreí.

- No te creo nada hija, te conozco y sé que no estás bien, aparentas estarlo que es una cosa, pero…

- Mamá – la interrumpí antes de que siguiera por ese camino -, de verdad, no deberías preocuparte tanto.

Esta vez, la sonrisa que le di parece que terminó por convencerla porque incluso, yo misma, por un segundo, creí que estaba bien. Agradecí que no volviera a decirme nada, estaba bien y no me agradaba tener que recordárselo cada día. La vi con intenciones de volver a la carga, afortunadamente el timbre sonó captando por completo nuestra atención, mi corazón saltó emocionado como cada vez que alguien nos venía a ver, la expectativa era tan grande que se creaba por más que yo la obligara a retroceder.

A veces, parecía que no había pasado casi un año desde la última vez que vi a Edward, porque mi corazón latía desbocado con la sola idea ilusa de volver a verlo, por más que supiera que eso era no iba a ocurrir.

Le eché la culpa a mi sueño de la noche anterior, por lo menos, ya había aprendido a controlar mis impulsos así que mi madre no notó que algo me pasaba.

- ¿Quién será?

Dejé mi vaso en la mesa que estaba a mi lado y me senté mejor en la silla. Pensé que mi madre iría a abrir pero ni se movió.

- Ve tu hija, yo no quiero moverme.

Ella volvió a ponerse los lentes de sol y se acomodó mirando hacia arriba, así que yo me puse de pie rápidamente antes de que volvieran a tocar, los mellizos estaban entretenidos jugando en el corral y no quería que se alteraran.

Para cuando llegué a la puerta no me preocupé mucho por ver quién era. Por eso mismo me sorprendí el doble al ver la enorme sonrisa de Alec.

- Hola, ¿llegué muy temprano?

- ¿Qué? – fruncí el ceño pero no me moví, solo cuando lo vi queriendo avanzar es que le dejé espacio -, oh, lo siento… pasa.

- Gracias… y hola – se me acercó y me dio un beso en la mejilla -. ¿Te ves extraña?, ¿llegue antes?

- No, es que… no sabía que ibas a venir.

- ¿Eleazar no te dijo?, él me llamó ayer para invitarme a una barbacoa, yo pensé que…

- ¡Alec, cariño! Qué bueno que ya llegaste.

No quise decir nada más para no incomodar a Dem, porque no me tomó mucho darme cuenta que mi madre y Eleazar se traían algo entre manos. El novio de mi madre había salido hace como una hora a comprar así que supuse que no era necesario que nos estresáramos, ya él traería lo necesario para la barbacoa.

- Cuéntame algo Alec… ¿Cómo está el trabajo?

- Bien, turnos largos como siempre.

Mi madre rellenó nuestros vasos con té y a Alec le sirvió otro. Todos dimos un sorbo al brebaje antes de seguir con nuestra charla.

- ¿Descansaste ayer? – le pregunté mirándolo directamente.

- Como un niño… de hecho creo que dormí como unas diez horas seguidas.

- Tampoco es bueno que duermas tanto – intervino mi madre -, yo, a Eleazar y a Bella les tengo horarios, por mas cansados que lleguen los despierto para el almuerzo y luego los dejo dormir en la noche, porque de otra forma se les descontrola por completo el sueño.

- Sí, es verdad, yo también debería ponerme horarios.

Seguimos hablando por unos minutos más hasta que Eleazar llegó, como con mi madre ya tenían todo planeado, fueron ellos los que se preocuparon de preparar todo, así que con Alec tuvimos tiempo para ir a jugar con mis hijos que estaban bastante entretenidos con sus juguetes en su corral.

- Cada día están más grandes – murmuró.

- Lo sé, a veces me asusta – era verdad, a veces ni siquiera me daba cuenta de lo rápido que estaban creciendo mis niños.

- ¿Serena ya ha hablado?

Negué con la cabeza – Nada, ni siquiera balbucea.

- Pero eso es normal, y tú lo sabes – me apuntó -, no puedes esperar que Marty y Serena vayan siempre al mismo ritmo, van a haber muchas cosas que harán de diferentes maneras, no mejores ni peores, solo diferentes.

- Gracias – murmuré mientras lo veía directamente, sus palabras me habían calmado bastante.

- De nada.

Alec, tomó a mi hija entre sus brazos y la sentó en su rodilla, así que para que mi niño no se sintiera dejado de lado, hice lo mismo con él, en cuanto lo tuve cerca, puso una de sus manitos en mi rostro y lo acarició como pudo.

- Oa.

- Hola cariño – trataba de no hablarles como bebé ya que según lo que había leído eso solo retrasaba su aprendizaje, ellos necesitaban escuchar los sonidos tal cual se pronunciaban.

- Oa – luego de dejar de verme, se giró hacía Alec y le sonrió.

- Hola Marty, hola princesa – Serena solo rió en sus brazos.

Pero cuando él la comenzó a alzar repetidas veces ellas comenzó a reir mas fuerte – Parece que está muy contenta.

Marty llamó mi atención y me mostró su osito – Mia… - supuse que quiso decir "mira", porque decir "mío" hubiera sido perfecto y él aún no acertaba con ninguna palabra perfecta.

- Oh… tu osito, lo veo, es hermoso… ¿cómo se llama?

- Mia – volvió a repetir mientras lo alzaba y volvía a enseñármelo.

- ¿Cómo se llama, Marty? – esta vez fue Alec el que preguntó.

- Eddie – no sé si me sorprendió más el nombre o que fuera mi hija quien lo dijera.

Lentamente me volteé hacía ella, traté de que mi rostro desencajado no la asustara, pero ella reía así que supongo que estaba bien.

- ¿Qué dijiste, hija?

- Osho – apuntó al osito que estaba en manos de su hermano -… Eddie… osho Eddie.

Mi corazón se detuvo por un segundo, quería pensar que mi presentimiento luego del sueño de anoche era sobre esto ya que me negaba a pensar que él regresaría por nosotros después de tanto tiempo.


Hola!

Bueno chicas, acá les dejo un nuevo capítulo, espero que les guste.

Aunque ya le queda poquito a esta historia :(

Besos, Joha!