6. Eres insignificante
Se había impuesto un castigo, volvería a ser la aburrida sabelotodo de siempre, desconfiaría hasta de su sombra, y no le importaba; estaba enterada del castigo ejemplar que la profesora McGonagall había aplicado a sus burladores: veinte puntos menos a su casa y trabajos en los jardines supervisados por el conserje Argus Filch, pero eso, tampoco importaba. Como si eso le fuera a borrar el trauma, ahora la poca confianza ganada era baja autoestima.
Asistía a las clases con el mismo empeño de siempre, pero evitaba miradas, se dirigía exclusivamente al personal académico, realizaba los deberes en la biblioteca, lo más aislada posible, se levantaba excesivamente temprano para desayunar en un Gran Comedor vacio. Ni siquiera deseaba que Harry y Ron, las personas que más se aproximaban a ser llamados "amigos" la cuestionaran, pero era inevitable.
Cierto día se atrevieron a confrontarla, aunque parecían un par de tontos golpeándose entre sí para ver quién era el primero en hablar del tema, finalmente Ron logró que Harry hablara tras darle un empujón y hacer que la chica volteará furiosa en busca de una explicación.
-¿Qué quieren?
-Hemos estado preocupados, ya no nos hablas…
-Bueno nunca ha hablado demasiado- puntualizó Ron.
-Se llama depresión, pero eso no es de su incumbencia- cortó la conversación y se alejó tan rápido que no pudieron dar con ella.
-Parece enferma, siempre ha sido rara, pero ahora sí que comienza a angustiarme- dijo Harry.
-Harry, te falta aprender mucho de mujeres- aseguró Ron como si se tratará de un experto-. Mira a esa edad son tan cambiantes que lo mejor es alejarse de ellas, verás que pronto regresa a la normalidad…y bueno más le vale porque no he sacado notas satisfactorias desde que se encierra en la habitación o en los baños o en la biblioteca. Es como si no estuviera a gusto.
-Y es natural, se le dificulta relacionarse, por su forma un tanto difícil de ser.
-¿Difícil?- se indignó Ron con los términos socialmente correctos de su amigo-. Más que difícil, está loca, es una engreída y sabelotodo.
-Bueno si, aunque no sueles pensar lo mismo cuando nos hace los deberes.
Se refugió en el invernadero número nueve, llevaba muchos años descuidado, pero poseían cierta belleza en sus enredaderas, en las flores marchitas, en ese aire siniestro que lograba tranquilizarla, pensó que sería ideal visitarlo con más frecuencia.
Buscó un rincón cerca de unos violeteros, se acomodó con facilidad, sacó una pequeña libreta y bolígrafo muggle y comenzó a escribir; un lugar aislado y su diario, al menos tenía eso para desahogarse:
Ahora puedo escribir sin temor a que alguien interrumpa mi turbada mente. Han pasado tantas experiencias, por desgracia no puedo presumir que me hayan causado un bien; y quizá mis padres estaban en lo correcto, no pertenezco a este lugar lleno de ambiciosos y cobardes. He aguantado demasiado creyendo en la bondad de las personas, pero me he topado con desilusiones y sinsabores; la profesora McGonagall me dice que tenga paciencia, pero ¿Cuánto más podré soportar?, la lógica dice que no mucho y entonces dejaré esta efímera semivida y regresaré a donde pertenezco con los muggles, me borrarán cada recuerdo y cuando pueda volver a leer esto en un futuro, tan sólo serán palabras absurdas escritas por una casi adolescente.
No reprimió su deseo de llorar, cuando escuchó unos pasos aproximándose. Un profesor. Ya estaba la correrían por meterse en un lugar prohibido. Bien habría que acabar con dignidad, de lo que estaba segura es que no permitiría que le quitaran su diario, nadie robaría su intimidad. Entonces todo cambio cuando un impecable, altivo y confiado Draco Malfoy entró a escena, escondió el diario con un involuntario impulso de protección, pero, ¿cuándo Draco Malfoy pedía permiso para quitar lo que fuera a su antojo?
-Vaya, vaya Granger, ¿Por qué te asustas?- se acercó peligrosamente.
-Es que me pareció ver al profesor Snape- pensó torpemente-.
-Pues no, sólo soy yo. Ni Snape, ni Dumbledore, ni siquiera el Señor Tenebroso, podrían ser tan siniestros como para hacerte palidecer de tal manera- hablaba como si sonará preocupado por la salud de la chica, se acercó astutamente arrinconándola, no le costó ningún trabajo pues Hermione estaba anonadada, le acarició la mejilla y fingió sorpresa.
-Estás helada, pero yo podría darte algo de calor, por decirlo de alguna manera, ¿sabes a que me refiero?- su voz sonaba tan delicada, ¿era un sueño?, ¿estaba delirando?; algo estaba mal, Draco Malfoy la odiaba estaba segura.
Pero de pronto sintió su abrazo, su rostro pegado al suyo, cálido. Ese chico era seductor, y ella por primera vez se dio cuenta de que le gustaba. Él se aferró a la muñeca, como buscando, y dicen que quien busca encuentra, la apretó y finalmente se dio por vencida y el diario cayó al suelo con un golpe sordo.
La soltó con asco, ella no comprendió, nuevamente engañada. Él tomó posesión del diario, comprendió de qué se trataba y se divirtió leyendo unas páginas al azar, después de aclararse con exageración la garganta.
-…y por eso me siento tan entusiasmada con estar aquí, escribiré a mis padres para que vean lo feliz que soy…-dio vuelta a la página-. Todos me odian, pero voy a cambiar para ser aceptada, bla bla… He aguantado demasiado creyendo en la bondad de las personas, pero me he topado con desilusiones y sinsabores.
Aventó el diario a los pies de Hermione.
-No es posible Granger, hasta leerte es aburrido- comentó con fastidio.
Menos impactada Hermione se defendió.
-Eres una mala persona Malfoy.
Pero él en vez de alarmarse, intensificó su risa.
-A ver Granger, ¿es tu mejor insulto?, vamos te voy a dar la oportunidad de decirme lo que quieras y sabes ¿por qué?, porque tengo fotos comprometedoras de tu "transformación", para que no te sorprenda si las encuentras por todo el castillo.
-Bien, sólo voy a decirte que eres insignificante.
Algo en su tono de voz le hizo saber a Draco que no trataba con cualquier chica. y eso estaba bien, le gustaba el peligro, los retos y de ahora en adelante en eso se iba a convertir Granger.
