"Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en el rumor de un caracol marino."
Carlos fuentes

Al verme su boca, escarlata, se convirtió en una sonrisa sarcástica y soltó una risa, aunque melodiosa, estremecedora.

−No puedo creerlo –exclamó en son de burla –esta vez llegó muy lejos.

Quise preguntarle quién era ella y en donde estábamos, pero mi voz simplemente no apareció. No sabía la razón exacta, pero la chica empezaba a atemorizarme. Su sonrisa se ensanchó y en el siguiente segundo, ya estaba frente a mí, sujetando mi muñeca, me estremecí ante la sorpresa y a causa del contacto de su piel tan fría como el hielo. Fui incapaz de pedirle que me soltara. Deseé que no notara mi temor, pero sabía que el miedo se asomaba por mis ojos. Ella torció sus labios perfectos en una mueca de desaprobación.

−Creí que serias más interesante –murmuró aparentemente decepcionada, acto seguido se desvaneció de la habitación…realmente se movió muy deprisa, porque escuché el abrir y cerrar de la puerta. Ahora estaba realmente asustada: no podía explicarme que era ella y me sentí terriblemente indefensa, empecé a hiperventilar y no lograba escuchar nada más que mi corazón latiendo atronador en mis oídos.

Caminé frenéticamente alrededor de la habitación, tratando de abrir la puerta cada vez que pasaba frente a ella.

Finalmente me senté en la cama, sin poder pensar claramente y mi vista se posó en el gran librero, la razón: me encantaba leer y me sentí irremediablemente atraída. Me tentó a tomar un libro, pero no me atreví a moverme… era fascinante, yo siempre había deseado una biblioteca personal. Enorme. Que ocupara una habitación entera…

De repente la puerta se abrió, e instintivamente trepé completamente a la cama y me recorrí, hasta que mi espalda tocó el muro. Abracé mis rodillas y esperé con cautela.

Nuevamente era una chica, de cabello negro y corto, igualmente pálida y muy hermosa. Pero ya había aprendido que en ese lugar nada era lo que aparentaba. Salvo yo, claro.

Intenté respirar normalmente, sin dejar de observarla, me percaté de que sus ojos eran color miel, y que sonreía de manera amistosa, lo que hacia su aspecto menos perturbador.

− ¿Estás bien? – Preguntó. Su voz era encantadoramente melodiosa y parecía transmitir preocupación real –No te haré daño, lo prometo –levantó su mano derecha como si estuviera a punto de rendir su declaración en pleno juicio –No hay razón para que me temas, Bella…

− ¿Cómo sabes…

−Es una hermosa vista ¿no crees?–me interrumpió mientras dirigía su vista a la pared de cristal−siempre me ha gustado el bosque, ¿y a ti? Supongo que no.

Nos quedamos un largo rato así, yo observándola y ella admirando el bosque, cuando la curiosidad creció suficiente para superar el miedo, pregunté:

− ¿En dónde estamos?

−En medio de un bosque –respondió simplemente

−Ya lo sé, me refería a…

−Esta población se llama Forks –parecía que estaba decidida a no dejarme terminar una oración.

−Ah…−murmuré. No estaba segura, pero ese nombre me pareció un tanto familiar

− ¿Tienes hambre?

Asentí con la cabeza

−Lo supuse llevas un tiempo considerable aquí… ¿Qué quieres? ¿Pizza? Creo que eso te gusta, ¿no?

−Si –susurré

−Te la traeré en un momento –prometió mientras se encaminaba a la puerta.

−Gracias

−Oh, por cierto no nos han presentado formalmente, mi nombre es Alice

−Soy…−empecé a decir

−…Bella, ya lo sé –replicó abriendo la puerta

−Cierto−ni siquiera intenté preguntarle de nuevo el porque –Espera…

− ¿Sí?−se volvió hacia mí

−No te ofendas pero… ¿Qué eres tú?

Alice frunció el ceño

−Es mejor que no lo sepas, confía en mi− Me sonrió y sin esperar respuesta salió de la habitación, a velocidad normal, a diferencia de la rubia.

A pesar de la certeza de que lo sobrenatural me rodeaba, me sentí un poco mejor después de hablar con Alice. Al menos ella había sido amable.

Con recién adquirida confianza me acerqué al inmenso librero y tomé un ejemplar azul obscuro. La portada rezaba "Frankenstein: Mary W. Shelley". Un famoso libro. De mis favoritos.

Lo abrí en una página al azar y comencé a leerlo muy interesada, cuando escuché el sonido de la puerta abriéndose. Me giré rápidamente, pero no vi a nadie, sólo estaba la puerta entreabierta.

Caminé vacilante y dejé el libro en una mesita de cristal cerca de la puerta.

− ¿Alice? –llamé, mientras asomaba la cabeza fuera de la habitación. Frente a mi sólo había una pared de fino tapiz y un pasillo que se abría en ambas direcciones

Salí, cerrando la puerta lentamente tras de mi y me encaminé hacia mi derecha. Con mucho cuidado y atención caminé hasta llegar a otro muro que bloqueaba mi camino. Habría cambiado de rumbo, de no ser porque en esa pared se exhibía una pintura realmente bella: se trataba de un árbol místico y a un lado de éste se encontraba un muchacho de facciones angelicales que observaba extasiado una brillante luna llena, como si fuera la primera vez que la veía, sus ropajes provenían de una era distinta y su cabellos era de un inusual color castaño con un tono dorado, sus ojos resplandecían…eran rojos.

Un grito de terror me sacó del hechizo del cuadro, intenté distinguir de donde provenía. Di media vuelta y seguí la dirección. Descubrí que estaba en una enorme mansión. Seguí el pasillo hasta que me encontré frente a unas escaleras. Me pareció que el grito había provenido de un nivel inferior, así que las bajé.

Las escaleras morían en una puerta de madera oscura, la cual cedió a un débil empujón de mi mano. Al abrirse, dio paso a un estremecedor espectáculo que me hizo soltar un grito. Muy cerca de mí, había una pila de cuerpos humanos muy lívidos. Retrocedí de inmediato, pero mi torpeza me hizo tropezar con el escalón de atrás, y caer ruidosamente en las escaleras.

La rubia apareció en la puerta, tomó mi muñeca y de un jalón me hizo entrar al sótano. Ahí había otras dos personas, o lo que sea que fuesen. Eran dos hombres jóvenes: uno muy grande de cabello negro y otro menos corpulento, pero muy alto de cabello rubio, ambos muy pálidos. Los dos tenían a alguien entre sus brazos y el rostro escondido en sus cuellos. El de cabello rubio soltó a la chica que abrazaba y ésta cayó al suelo… sin vida, con los ojos perdidos y dos perforaciones en su cuello…

Me eché hacia atrás, pero la rubia aun me sostenía con fuerza, el chico rubio me miró con sus hipnotizantes ojos carmesí y el miedo se disipó. El caminó hacia mí y una misteriosa tranquilidad flotaba a mí alrededor. Puso sus manos en mis hombros y me sonrió, yo no podía dejar de verlo.

La rubia intentó empujarlo, pero él la apartó. Aproximó sus labios a mi cuello… la muerte cernía sus terribles alas sobre mi cabeza, y acercaba su sangrienta boca a mi frágil piel…y pesar de todo no sentía miedo.