CAPITULO 6: No te acerques al humo...

– Muy bien – dijo Ken, ya en la habitación – Conociendo a Chad, deberíamos ir preparándonos ya.

Edd asintió ante sus palabras. Ambos se encontraban en la habitación que le habían asignado a Ken en aquel instituto. No era gran cosa, una cama y un armario. Desde luego, no era el mejor instituto en el que había estado, pero se conformaría.

Se supone que cada uno debería prepararse individualmente, pero habían cogido el hábito de hacer un listado de todo lo que llevaban en conjunto.

En la maleta tendida sobre la cama, había de todo. Desde trajes totalmente negros, similares a los de cazador de sombras, hasta un pequeño arsenal de armas de bolsillo.

Pero faltaba aún alguien…

– ¡Yuni, espabila!

– Ya voy, ya voy – reconoció su voz en alguna parte del pasillo. Era tan lenta...

Entró segundos después, con su estrafalaria vestimenta. A Ken nunca le había gustado, pero tenía que conformarse, por alguna razón, Chad se lo permitía.

– No sé qué a viene tanta preparación, siempre hay que llevar lo de siempre – protestó la chica, mientras se acercaba a la maleta.

– Vamos a tratar de localizar a un demonio mayor, no es cosa de broma – Edd podía ser muy severo si se lo proponía.

Yuni asintió a regañadientes. Ken sabía que ella no era tonta, solo muy infantil. Probablemente estaría tan nerviosa como ellos, esto era muy serio.

– Los trajes serán los de siempre, el negro del uniforme viene bien para camuflarse con las sombras – dijo Edd, en tono neutral – No llevéis ningún arma pesada, solo ralentizaría el paso. Dagas o cuchillos, sería lo mejor.

– No es justo… - protestó Yuni, dando una pataleta.

– Ya lo hemos hablado mil veces, Yuni. No puedes llevar una lanza a una misión de sigilo.

– ¿Por qué no? – protestó ella – Él lleva su espada y no le dices nada.

– Es una espada corta y no estorba – añadió Ken, cruzado de brazos. Siempre surgía el tema de su espada, una hoja de adamas, regalada por su familia.

– ¡La lanza tampoco me estorba!

– ¡La última vez casi me la clavas en el ojo! – contestó Ken, cada vez con menos paciencia.

– Haz lo que te dé la gana… - murmuró Edd, llevándose una mano a la cara.

– ¡Yupi! – exclamó esta, infantilmente. Una mirada severa de Edd la hizo controlarse.

– Una vez resuelto esto, recordad coger vuestros sensores avanzados de localización – recordó Edd.

Estos sensores eran los que todo cazador de sombras utilizaba, con algunas mejoras potenciales. Lo más normal es que fuesen comercializados y enviados a todos los institutos, pero eran demasiado caros y el material muy escaso. Por eso, los otorgaban en situaciones especiales, como esta.

Con ellos podrían ampliar la señal, e incluso distinguir las frecuencias demoniacas. Además, estos no se vuelven locos cuando están cerca de una frecuencia muy alta.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de la puerta. Alguien estaba llamando.

Al abrirla casi le da un vuelco al corazón, era aquella chica… Karen, si, eso. Trató de que no se notase, y la recibió con toda la neutralidad que pudo.

– ¿Qué quieres? – quizá le salió un tono más seco del que pretendía. Pero no tenía término medio.

Karen frunció el ceño, y Ken se arrepintió al instante. Pero no tuvo tiempo de enmendar su error, de su espalda aparecieron sus otros dos compañeros. Carter, y la chica esa, que no conocía.

– Vamos con vosotros, así que nos vendría bien algo de información – contestó.

Ken la miró durante unos segundos, sorprendido. ¿Chad les había dejado? ¿De verdad iban a ir con ellos?

– ¿Eso es cierto? – Edd fue el que articuló las palabras que los tres pensaban. Hasta Yuni parecía sorprendida.

– Si – asintió Carter, al lado de su hermana – es nuestro deber ayudar, como cazadores de sombras del instituto.

– Solo estorbareis – replicó Edd, en un tono mordaz.

– ¡Que obsesión con que estorbaremos! – exclamó Karen, molesta – No te he pedido opinión.

Ken tuvo que contener una carcajada. Le encantaba la forma en que se esa chica se revelaba. Tuvo que hacer otro esfuerzo aún mayor por serenarse.

– Está bien – dijo, serenamente – Cada vez que Chad dice que saldremos a la tarde, normalmente suele ser por las siete. Tenéis que preparaos con el uniforme, y llevar vuestras armas. No hay equipo especial para vosotros, así que no os separéis. Nuestro deber es ser rápidos y silenciosos.

Karen asintió, agradecida. Edd le miró como si estuviera loco, pero le dio igual. Tenía que advertirles.

– No pararemos para poner runas, aseguraos de tenerlo todo listo. Nuestro objetivo no es pelear, es recopilar información.

– Ahí estaremos – fue todo lo que dijo Karen, antes de que los tres se marchasen.

Ken miró durante unos segundos la puerta vacía, antes de cerrarla del todo. Edd estaba enfadado, y Yuni dedicada a burlarse. Una sonrisa se formó en su rostro.

– Así que una mujer te acaba de dejar sin palabras…

...

A las siete de la tarde, todos se encontraban puntualmente. Alen y Helen decidieron quedarse para resguardar el instituto. Chad, Yuni, Edd y Ken se encontraban ya listos. Cuando bajaron, encontraron a Karen, Carter y Melisa decididos.

Karen llevaba su enorme hacha, algo que no pasó desapercibido a los ojos de Chad. Sin embargo, Yuni también lleva la lanza. Ninguna parecía decidida a dejar sus armas predilectas, así que el grupo tuvo que salieron, los últimos rayos de sol ya desaparecían. En invierno, los días eran mucho más cortos. Pero no les importó, tenían runas de sigilo y de visión.

Todos avanzaron con gran velocidad, metiéndose entre los callejones más oscuros e inmundos de San Francisco, aprovechando estar camuflados por sus runas. Karen, Carter y Melisa tuvieron problemas al principio, los otros eran muy rápidos.

Pero acabaron acostumbrándose a la marcha, y Karen pudo llevar su hacha gracias a una runa que la hizo más ligera, cortesía de su hermano.

Dos veces Chad detuvo la marcha, observando su localizador. Y dos veces tuvieron que bordear distintas callejuelas, debido a que había demonios menores por las proximidades.

– No podemos dejarlos ahí – protestó Karen.

– Tenemos objetivos más importantes, chiquilla – respondió Chad, en tono neutral – Ya habrá tiempo para ellos. Siempre podéis iros a hacer de héroes locales y dejar la marcha.

A pesar del sentimiento de furia que Karen sintió, no dejo la marcha. Se consoló pensando en que estaban bastante lejos de cualquier grupo urbano, y los demonios no parecían en movimiento. Con suerte, no harían nada és de media hora corriendo y dando vueltas, no era extraño que todos empezaran a sentirse cansados. Incluso los que ya estaban acostumbrados. Cuando las calles se habían vuelto un laberinto, todos se detuvieron.

– Estamos cerca de la Unión Square – informó Ken.

Karen se preguntó si había estado alguna vez en San Francisco. Incluso ella, que vivía ahí, no tenía mucha idea de donde estaban después de tantas vueltas.

– La señal no sigue por ahí – dijo Yuni, mirando su localizador.

– Es cierto, avanza hacia uno de sus extremos, por el Fisherman´s Wharf – secundó Edd.

– El puerto de la ciudad… - murmuró Karen, extrañada.

– Si, la señal sigue por ahí,. Es grande, muy grande. Mammon tiene que estar ahí – dijo Chad, con tono sepulcral.

– No tiene sentido... – murmuró Carter – su objetivo es la destrucción. ¿Por qué iba a ir al mar, donde no hay gente? No creo que pueda nadar.

– Quizá este destruyendo la zona portuaria…- añadió Melisa, silenciosamente.

– Quizá…- secundó Carter, con el ceño fruncido. No estaba nada convencido.

– Sigamos la señal. Recordad, no combatiremos si no es necesario

– ¿Y si nos lo encontramos? – preguntó Karen, dudosa.

– Entonces, lo distraemos mientras pedimos ayuda a los refuerzos.

– ¿Refuerzos? ¿Hay refuerzos? – Carter observó las miradas de sus compañeros. Ninguno de los tres lo sabía.

– Pues claro, en una misión de sigilo no va todo el ejército, solo los más rápidos – informó Ken, en un tono que daba a entender que era algo obvio.

Karen miró hacia los lados, y hacía el techo, por muy estúpido que pareciese. ¿Dónde narices estaban los malditos refuerzos?

– No los encontraras tan fácilmente – respondió Chad, y en su rostro se formó lo que parecía una pequeña sonrisa – Pero están ahí.

Karen tuvo que conformarse con las breves indicaciones de Chad respecto al tema.

Los siete reanudaron la marcha, y cruzaron media ciudad a través de los mismos callejones, sin indicio de otros demonios. Sin embargo, la señal demoniaca se intensificaba conforme se dirigían al puerto.

Después de otra media hora corriendo sin parar, pudieron salir de los callejones. Eran más de las ocho de la noche, por lo que no había mucha gente paseando por el lugar.

– No salgáis aún, estaríamos expuestos – les advirtió Edd, mientras llegaban a la última hilera de callejones.

– ¿Lo podéis localizar desde aquí? – le preguntó Carter, viendo el extraño localizador.

Nadie contestó a la pregunta, sin embargo, todos parecían muy concentrados en observar lo que pasaba.

– No, no puede ser… - murmuró Chad, sorprendido.

– ¿Qué? – preguntó Karen al instante, harta de tanto secretismo.

– La señal se mueve, ya no está en el puerto. Está en el mar – dijo Ken.

– ¿Un…barco? – preguntó Melisa, siendo la opción más evidente.

– Es probable… - murmuró Chad, aun sin quitar la vista – Debemos volver e informar de esto. Es imposible para nosotros seguir la pista ahora, y no tenemos autoridad como para abandonar San Francisco.

– ¿Vamos a dejar que se vaya? – preguntó Karen, sintiendo la misma impotencia que antes.

– ¿Se te ocurre otra cosa mejor? – esta vez, fue Yuni quien habló.

– No…

Apretó los puños con resignación, otra vez, se les había escapado aquel maldito bicho.

Sin mediar palabra, volvieron a ejecutar su formación para caminar hasta el instituto. Les esperaba otra hora de vuelta…

Sin embargo, no todo sería tan tranquilo como ellos imaginaban. Al pasar la media hora, probablemente cerca otra vez de la plaza mayor, detectaron más presencias demoniacas.

– Mierda, están muy cerca. ¿De dónde han salido? – preguntó Ken, alterando a los demás.

– No lo sé… Debían de estar camuflados o algo – dijo Edd, mirando a los alrededores.

– ¿Qué viene? - preguntó entonces Carter.

– ¡Nos rodean! – exclamó Yuni, cogiendo la lanza.

Todos empuñaron sus armas, atentos. Sin embargo, lo que vino les sorprendió mucho. Un humo negro empezó a cubrir las entradas del callejón…

– ¡Iblis! – exclamó Carter.

Mala cosa. Eran demonios incorpóreos, que podían deshacerse en humo. Pronto, tomaron una forma humanoide negruzca, y se lanzaron a por los cazadores, aun con partes hechas de humo. Dos por cada lado.

– ¡Dispersaos!

Karen esgrimió su hacha y lanzó un tajo vertical hacia uno de los demonios, que simplemente se echó para atrás. El hacha rozó su brazo, pero este se deshizo en humo.

El demonio entero lo imitó y el humo rápidamente cubrió a Karen, aprovechando su despiste. Sintió como oprimía su cuerpo, y le arrebataba el aire de los pulmones…

Hasta que un destello fugaz lo alejó de ella. El demonio chilló mientras se desvanecía. Fácilmente pudo ver a su salvador, era Ken. En sus manos empuñaba un cuchillo serafín, que ardía dejando una curiosa estela en el cielo.

– El electrum no funciona con un demonio incorpóreo, deberías saberlo – la regañó, con un gesto de preocupación.

Karen asintió, avergonzada. Debería haberlo sabido.

– Gracias…

No hubo tiempo para hablar, la pelea se mantenía por los otros lados. Afortunadamente, eran siete cazadores y solo cuatro demonios, y los otros cazadores habían sido más listos que Karen. Edd acabó fácilmente con uno con el cuchillo serafin, mientras Yuni mantenía a raya a otro, dando pequeños lanzazos para evitar que avanzase. El espectáculo duró hasta que Edd terminó con él, con el cuchillo serafín.

Karen sintió una punzada de envidia, ella había sido más lista.

Mientras, Carter trataba de acabar con el último con el cuchilo serafín, pero este lo evitó, adivinando sus intenciones. No fue muy lejos, Chad lo apuñaló por la espalda, y se desvaneció. La pobre Melisa tenía su arco tensado y listo para disparar, pero la pelea ya se había acabado. Al menos, todos estaban bien.

Se reinó un gran silencio, a la espera de que algo más surgiese. Sin embargo, parecía que eso era lo único.

– Buff… - fue lo único que pudo decir Karen.

– Malditos demonios Iblis… ¿Cómo pueden escapar del radar? – preguntó Ken, tenso.

– No pueden, sin embargo, los demonios incorpóreos pueden suavizar su señal, hasta ser casi invisible. Ninguno les prestamos mucha atención. Fue nuestro error – dijo Chad, en una voz calmada, y serena.

– Entonces…. Vámonos antes de que vengan más – dijo Karen, recogiendo el hacha del suelo.

Por primera vez en el día, nadie le replicó.