Bueno, aquí estoy con un nuevo capítulo.

Se que me ausenté por mucho tiempo, así que no haré promesas vagas y sólo les diré que actualizaré cuando pueda. Así que, cuando menos se lo esperen, llegará un nuevo capítulo.

No los atraso más. Ya saben que todo es propiedad de JK y WB.

Capitulo 2

Tan pronto como anuncié que sería el contacto de la empresa con San Mungo y que no iba a regresar a París, sentí que el nivel de tensión que reinaba en la sala caía al menos un sesenta por ciento. Aparte de reafirmar su confianza, sé que eso le reportará buenos beneficios a mi empresa.

Clarisse Zabinni me dejó tirado en el altar frente a mi familia y amigos. Tal vez habrá logrado hacer añicos mi ego y dejarme en ridículo. Podría ser que ella hubiera sido la razón por la que había abandonado Inglaterra para ser el hombre de siempre. Sin embargo, soy un hombre de principios y estoy determinado a mejorar la cuenta que mi empresa tiene con San Mungo. La cuenta había ido creciendo cada año, por lo que éste sería el impulso para convertirnos en el mayor proveedor de pociones del hospital.

- Me alegro de saberlo- dijo Augustus Pye-. En ese caso, nos darás la muestra la próxima semana y lo pensaremos un poco más.

Asentí, notando que la adrenalina se extendía por todo mi cuerpo. Tendría que esforzarme mucho para sacar adelante este proyecto, pero lo conseguiré. Ya lo he hecho antes.

Todos los presentes se pusieron de pie, tras interpretar las palabras de Augustus como indicación de que la reunión había terminado. Le di la mano a Augustus y a otro de los sanadores, que estaba sentado a su lado. Vi que Lily Potter se dirigía hacia la puerta y recordé aquella apasionada noche…

Ella apartó la mirada. Me pareció muy curioso, dado que nos habíamos separado amigablemente. Lo ocurrido entre nosotros fue tan sólo una aventura de una noche. Por lo que recordaba, la noche había sido memorable, aunque no podía acordarme de demasiados detalles dado que estaba completamente borracho.

No quería que hubiera incomodidad alguna entre nosotros, y menos en estos momentos, cuando necesito que todos los sanadores importantes me apoyen. Repasé mentalmente las personas con las que me he puesto en contacto. Joshua Zabinni seguramente me apoyaría, a él le importa más la calidad de mi trabajo que el fiasco con su sobrina. Bastian Hamilton también me tiene en muy buena estima.

Y Lily. Tal vez podría ir a verla a su despacho es este mismo momento. Me volví hacia mi ayudante y le indiqué todos los materiales que habíamos utilizado en la presentación.

- Recógelo todo, por favor, Amanda. Volveré dentro de quince minutos.

Salí de la sala de juntas y me dirigí hacia el despacho de Lily mientras iba saludando con la mano a todos aquellos que no había visto en más de un año. Con una despreocupación que ya no fingía, me había preparado para situaciones incómodas, para la pena e incluso para las bromas pesadas. Un año alejado de Clarisse Zabinni me curó muy bien. De hecho, con un mes me había resultado más que suficiente.

La verdad era que Clarisse no me había roto el corazón. Simplemente me había hecho pedazos el ego y que mis planes empresariales variaran temporalmente. Después de pasarme un año trabajando en el mercado francés y disfrutando de la compañía de más de una creativa y atenta mademoiselle, me siento como nuevo.

Apreté el botón del ascensor y saludé con una inclinación de la cabeza a la recepcionista.

- ¿Cómo te va todo, Sarah? ¿Le va todo bien a tus hijos?

La mujer parpadeó.

- Oh. Jamás hubiera esperado que se acordara. Hace ya mucho tiempo de que usted…

La mujer interrumpió lo que iba a decir y se aclaró la garganta, como si no supiera que comentar.

- Han pasado muchas cosas, pero ya todo es agua pasada- contesté tranquilamente, mientras subíamos al ascensor-. ¿Y tus hijos?

- Bien- dijo la mujer, aliviada-. Ben empezará este año en Hogwarts.

- Crecen tan rápidamente… parece que fue ayer cuando me contabas de sus brotes de magia accidentales.

- Tiene usted razón- comentó Sarah, mientras las puertas del ascensor se abrían-. Que tenga usted un buen día. Me alegro mucho de volver a verlo señor Malfoy.

- Scorpius- la corregí-. A partir de ahora vas a verme con más frecuencia- añadí. Entonces bajé del ascensor y me dirigí a la oficina de Lily.

Una mujer de cabello oscuro que había sentada en la recepción me miró de arriba abajo y me sonrió.

- ¿Puedo ayudarlo en algo?

La pregunta parecía más bien una invitación. Sonreí.

- Sólo quería hablar con Lily Potter durante un minuto. ¿Está en su despacho?

- Claro. Acaba de regresar de una reunión. Puede usted entrar, señor…

- Malfoy. Scorpius Malfoy- respondí. Inmediatamente, vi que la mujer comprendía lo que significaba ese nombre.

- Oh… al que Clarisse…- comentó la mujer, cubriéndose inmediatamente la boca con la mano.

- No pasa nada. Todo eso ya es historia- dije, mientras me dirigía a la puerta del despacho.

La puerta estaba abierta. Ella estaba al lado de la ventana, contemplando el paisaje como si estuviera perdida en sus pensamientos. Tenía el cabello más largo de lo que recordaba. Además, llevaba el traje que tenía puesto de modo diferente. La última vez que la vi, estaba delgada como una modelo, aunque siempre había sido muy bajita para ser considerada una.

Observé cómo ella se mordía el labio y me pregunté qué más sería diferente en ella.

- Eh, es mejor que Philius no te vea mirando por la ventana durante la jornada laboral- bromeé.

Ella se dio la vuelta y me miró con la boca abierta. Tenía los ojos chocolate llenos de sorpresa. Casi asombro.

- Mmm… Hola. ¿Qué estás haciendo aquí?

- Yo también me alegro de verte- comenté, con una carcajada.

- Lo siento- dijo ella, colocándose el cabello detrás de la oreja y avanzando hacia el escritorio-. ¿Cómo te fue en París?

- Bien, pero ya estaba listo para regresar. Me gustaría saber si estás de mi parte para que San Mungo amplíe su cuenta con mi empresa. ¿Te parece que cenemos juntos esta noche? ¿Mañana por la noche, tal vez?

- Lo siento, no puedo.

- Mmm- repliqué, tomándole la mano izquierda. Me sentía sorprendido de que ella se hubiera negado tan rápidamente-. No veo señales de compromiso o matrimonio.

- Tengo otros compromisos. Lo siento. Parece que las cosas te van bien- se apresuró ella a añadir.

- A excepción de que voy a necesitar una nueva ayudante- respondí. Aludiendo a la metedura de pata de la rubia durante la presentación.

- No sería mala idea- replicó ella, con una sonrisa. Entonces, miró su reloj-. Me gustaría mucho que pudiéramos hablar, pero hoy tengo un horario muy apretado.

- De acuerdo- le dije, preguntándome a qué se debía aquella poca simpatía-. No estás molesta por aquella noche que…

- Claro que no- repuso Lily, antes de poder terminar la frase-. Fue simplemente una de esas cosas que pasan, como el hecho de que un meteorito caiga en el callejón Diagon o que el ministro te visite de sorpresa en tu casa.

Arrugué el ceño al escuchar las comparaciones que ella había elegido. No estaba seguro de que me gustaran mucho.

- En realidad, no recuerdo mucho sobre…

- Ni yo tampoco. Los dos estábamos muy bebidos, por lo que en realidad, no hay nada de qué hablar.

- Espero que no afecte nuestra relación laboral.

- En el caso de que volvamos a trabajar juntos, estoy segura que no supondrá ningún problema. Todo eso ocurrió hace mucho tiempo.

- Por supuesto que volveremos a trabajar juntos- afirmé, decidido a apartar cualquier duda de su pensamiento-. Haré todo lo que pueda para lograr ese incremento en los pedidos de San Mungo.

El hecho de que ella no hiciera ninguna exclamación de alegría al escuchar mis palabras me dejó algo perplejo. Lily siempre se había mostrado muy simpática conmigo. ¿A qué se debía aquel cambio?

- Quieres que yo lo consiga, ¿verdad?

- Quiero lo que sea mejor para San Mungo- replicó ella-. ¿Qué seguridad tenemos de que no vas a regresar a Francia?

- Porque he dicho que me voy a quedar aquí y no se trata sólo de razones empresariales- afirmé-. Mi padrino sufrió un ataque en una de sus excursiones y tuvo repercusiones en el corazón. Necesita alguien con quien vivir hasta que se recupere. El elegido fui yo.

- ¡Vaya!- comentó ella, sorprendida-. Jamás te habría considerado como la clase de hombre que se ocupa de los demás.

- Y no lo soy, pero esto es diferente. Mi padrino se presentó a todas mis graduaciones, partidos de quidditch, estuvo los veranos y navidades. No tenía hijos propios, pero se ocupó de nosotros cuando mi padre se largaba.

- La maldición de los Malfoy…

- ¿Cómo has dicho?

- Oh, fue algo que mencionaste sobre por qué no querías tener hijos. Era algo así como una maldición, una larga línea de padres…

- Si- comenté, sorprendido de que Lily se acordara de ese detalle-. No recordaba haberte dicho eso. No suelo hablar mucho sobre mi padre.

Lily se encogió de hombros.

- Fue una noche muy extraña- comentó ella, volviendo a mirar el reloj-. Tengo que dejarte. Me alegro de que te vayan bien las cosas.

- Lo mismo digo- respondí -. Te volveré a ver muy pronto y con frecuencia.

- Cuídate- dijo ella, tomando asiento y revolviendo unos pergaminos que estaban en su escritorio.

Observé cómo el estupendo trasero de Scorpius salía de mi despacho y me dije que ya podía respirar. De soslayo, vi la fotografía de mi hija, Isabella y me la coloqué en el pecho. Los dedos empezaron a temblarme.

No había contado con que él regresara a Inglaterra y mucho menos a San Mungo. Scorpius tiene muchas boticas y hospitales en Europa a los que proveía de igual manera. No necesita a San Mungo. Además, ¿por qué ponerse en una situación en la que tuviera que responder ante los chismorreos y las bromas de la gente por su fracasada boda?

Sin embargo, no había contado con el orgullo de Scorpius. Me había convencido de que no volvería a verlo al menos durante muchos años. Posiblemente nunca más.

Lancé una maldición.

Lisa entró en aquel momento por la puerta.

- Era Scorpius Malfoy. ¡Qué guapo! ¿Por qué lo habrá dejado Clarisse?

Como seguían temblándome las manos, agarré con fuerza la foto de mi hija.

- No lo sé.

- Sin embargo, parece que él la ha olvidado por completo- comentó Lisa, enroscándose un dedo en el cabello-. Tú ya has trabajado antes con él. ¿Sabes si pertenece a algún club o a qué sitios le gusta ir?

La mire con incredulidad.

- ¿Y cómo quieres que lo sepa? Se ha pasado el último año en París.

- Tranquila. Se trataba sólo de una pregunta. Después de todo, yo estoy soltera, igual que él. No me importaría poder darle la oportunidad de ayudarlo a reconstruir su… ego- añadió, con una pícara sonrisa.

- No creo que necesite que nadie lo ayude para eso.

- ¿De verdad?- preguntó, esperanzada-. ¿Y qué te hace decir eso? ¿Acaso te ha comentado algo sobre mí? Me ha mirado, ya sabes, como si le gustara lo que veía…

- Estoy segura de ello- dije, esperando que si le daba la razón, decidiera marcharse-. Eres una chica muy bonita.

Lisa me dedicó una pícara sonrisa.

- Eres muy amable- comentó-. Gracias. Tengo suerte de no haber tenido jamás problemas con la báscula. Puedo comer todo lo que quiero.

Antes de quedarme embarazada, yo también había sido capaz de comer todo lo que quería. Ya no puedo. Apreté los dientes y sonreí.

- ¿Sabes una cosa? Si perdieras unos cinco kilos y te cortaras el pelo, me apuesto algo a que podrías salir mucho más.

-En estos momentos, te aseguro que no quiero salir más.

Lisa pareció no haberme escuchado.

- No estoy segura de que pudieras atraer la atención de Scorpius, pero…

Parpadeé al escuchar ese insulto. Tendría que haberme imaginado lo que Lisa iba a decir. El modo en que mi secretaria era capaz de clavarme el cuchillo en el pecho me recordaba a mi madre. Respiré profundamente.

- Lisa, confía en mí. Te aseguro que no me interesa en lo más mínimo llamar la atención de Scorpius.

Lisa quedó en silencio y me observó durante un largo instante. Entonces, entornó los ojos.

- Tú sabes algo. ¿Qué le pasa?

Comprendí que me había equivocado por completo al tratar de comunicarle a Lisa que Scorpius no me interesaba en lo absoluto. Desgraciadamente, tuve que pasarme el resto del día tratando, sin conseguirlo, de que Lisa dejara de hacerme preguntas con respecto a Scorpius Malfoy.

- ¿Acaso tiene problemas mentales? ¿Está loco?

- Que yo sepa no- le respondí, antes de marcharme a mi ronda por el piso.

Cuando regresé, Lisa entró en el despacho conmigo.

- ¿Crees que comete abusos emocionales o físicos?

- No- respondí con total desenfado.

- ¿Tiene creencias anti muggles como su abuelo?- siguió preguntando.

- Por supuesto que no- respondí horrorizada.

Lisa suspiró. Evidentemente, se sentía muy frustrada.

- En ese caso, tal vez sea algo personal. ¿Tiene problemas… ya sabes… ahí abajo?

- ¡Por Melín!- exclamé-. No por lo que yo he oído…

Lisa frunció el ceño.

- Entonces, ¿por qué no te interesa? Es guapo. Tiene mucho dinero y es muy inteligente.

- Seguramente sea por algo hormonal- mentí sin ningún problema-. Desde que tuve a Isabella, no me interesan los hombres. Sólo dormir bien.

- Oh- comentó Lisa, con un ligero tono de compasión-. Además, seguramente también es esa la razón por la que te has abandonado.

Parpadeé, tendría que haberme imaginado que Lisa tampoco dejaría pasar esa oportunidad. Conté hasta diez y apreté los dientes.

- Que amable eres al darte cuenta.

Lisa abrió los ojos de par en par.

- Oh, no quería molestarte. Simplemente resulta evidente que no te esfuerzas mucho en tu aspecto físico. Yo podría ayudarte si quieres…

- No tienes por qué molestarte. Lo que sí me gustaría es que imprimieras las notas de prensa para el evento de recaudación de fondos del hospital y que actualices la lista de pacientes ingresados durante el día, me gustaría hacer la próxima ronda en media hora. Gracias- dije, a modo de despedida.

Luego de la ronda, almorcé en la guardería del hospital. Debido a los numerosos embarazos en el hospital, San Mungo se había aliado con el ministerio para poder cuidar a los hijos de sus empleados. Para lo que habilitaron el edificio contiguo al hospital y lo aislaron de los muggles.

Después de pasar por tres niñeras y considerar que su abuela estaba muy ocupada con sus otros bisnietos, había decidido llevar a Isabella a la guardería con ciertas reservas. Prefería que una sola persona cuidara de mi hija y también me preocupaban las infecciones, pero me encanta la proximidad de mi hija y la posibilidad de visitarla durante la jornada laboral.

Entré en la sala para bebés, donde se encontraba mi hija de seis meses. Una de las cuidadoras le estaba dando un plato de cereales.

- ¿Cómo se está portando hoy?

- Bien, pero está muy activa. Creo que podría empezar a gatear muy pronto.

Justo en aquel momento, Isabella levantó la cabeza y me vio. Lanzó un grito de alegría y empezó a golpear la bandeja de la silla de comer con los puños.

- Parece que se alegra de verte- comentó la profesora.

Sentí una inmensa oleada de alegría. La adoración que mi hija parecía sentir hacia mi nunca dejaba de llegarme al corazón.

- ¿Cómo está mi princesita?

Isabella sonrió con la boca llena de cereales. Me acerqué a sustituir a la profesora en la comida de la pequeña. Le di un beso en la cabeza.

- ¿Cómo te ha ido el día?- le pregunté, mientras le llevaba la cuchara a la boca.

Isabella tragó la papilla de cereales y realizó una serie de sonidos ininteligibles como si las dos estuviéramos teniendo una conversación.

- A la abuela Ginny no le gustaría que hablaras con la boca llena, pero tendrá que aguantarse por el momento, ¿verdad?

Isabella asintió y abrió la boca para que le diera otra cucharada. Cuando terminó le papilla, le limpié la boca y las manos a pesar de las protestas de mi bebé.

Después de cambiarle el pañal, me la llevé a un rincón tranquilo y, tras tomar asiento en una mecedora, empecé a acunarla lentamente. Después de una mañana que me había puesto los nervios de punta, el peso de mi hija entre mis brazos me proporcionaba un enorme consuelo. A medida que Isabella fue relajándose, sentía que los latidos de mi corazón se calmaban poco a poco, algo que jamás habría imaginado.

Cuando me enteré de que me había quedado embarazada, sentí que el pánico se apoderaba de mí y consideré abortar. No me sentía con fuerzas para ser madre. Mi apartamento era muy pequeño. No estaba casada. Tenía una madre a la que le daría un ataque si su hija se convertía en madre soltera, y una familia que aprovecharía la oportunidad para inmiscuirse en su vida. Aparte de todo esto, mis planes no incluían niños, al menos hasta que no estuviera casada. Y eso si me casaba. Por añadidura, carecía de instinto materno. Cuando era niña, era de las menores de mi familia y nunca tuve que cuidar otros infantes. A diferencia de Victorie, quién siempre estaba cuidando algún primo o hermano.

¿Qué veía la gente en los niños? A mí me parecían pequeños salvajes que no hacen más que llorar, llorar un poco más, hacer sus necesidades, llorar, comer y volver a llorar.

Por lo tanto, lo más lógico parecía acudir a un medimago y decirle que no quería tener al niño. Jamás había encontrado el momento adecuado para hacerlo. Siempre había estado demasiado ocupada. No había encontrado la fuerza suficiente para realizar aquella llamada.

Conseguí ocultar mi embarazo hasta el sexto mes, cuando el abdomen empezó a abultárseme. Conseguí evitar encontrarme con mi madre diciéndole que el trabajo me tenía abarrotada. Sabía que la ganancia de peso no le pasaría desapercibida a mi madre. Mi padre y mis hermanos eran demasiado despistados como para notar algo, aunque también los evité.

Mis compañeros de trabajo reaccionaron con sorpresa y curiosidad. Yo me comporté como si fuera de lo más normal que estuviera embarazada. Muy pronto, las preguntas cesaron.

Con mi familia fue muy diferente, no dejaron de interrogarme ni de intentar sonsacarme quien era el padre ni porqué estaba ausente hasta que los amenacé con no verlos en dos años de exilio auto impuesto. A mi madre le dio un ataque de histeria que necesitó grandes dosis de poción calmante para superar. Estuvo encerrada en su dormitorio durante una semana completa.

Miré a Isabella, que se había dormido en mis brazos. Las pestañas rubias casi no se veían sobre su blanca piel. Me enamoré de ella a primera vista. No sabía nada del cuidado de los niños, o por lo menos, nada más allá de cómo tratar las enfermedades, el envenenamiento…, sólo lo que le habían enseñado en sus estudios para convertirse en sanadora. Pero comprendía algunas cosas sobre lo que la pequeña necesitaba.

Amor, comida, luz del sol, un baño, dormir y a su madre. Me imaginé que lo demás lo aprendería con el tiempo. Me levanté de la mecedora y llevé a la niña a la cuna que estaba marcada con su nombre. Cuando la dejé acostada, la contemplé llena de amor. Tras despedirme de las cuidadoras, me marché de la guardería para regresar a mi despacho por vía flu.

A pesar de quedar a un lado del edificio de San Mungo, las normativas para ir y regresar eran muy claras, ya que se vería muy raro que, continuamente, personas entraran y salieran de dos almacenes supuestamente abandonados. Por esto, se usa la red flu para transitar entre ambos. Además, personalmente uso un automóvil muggle para movilizarme desde mi hogar en los suburbios londinenses hasta la guardería, que cuenta con estacionamiento privado para los empleados que usan este medio de transporte. Especialmente aquellos que llevan a sus hijos a la guardería y no quieren valerse del metro o la red flu; ya que la aparición queda totalmente descartada.

A pesar de mis esfuerzos, Lisa no dejó de preguntarme por Scorpius durante toda la tarde. Cada vez que la secretaría mencionaba su nombre, sentía cómo perdía los nervios un poco más.

Al término de la jornada de trabajo, fui a recoger a Maddie y compré un bocadillo en una gasolinera mientras la pequeña canturreaba en su silla en el asiento trasero del auto. Antes de llegar a la casa, capté un olor muy peculiar que me decía que lo primero que haría al entrar sería cambiar el pañal de Isabella.

Tras sacar a la niña, el bolso de la pequeña y el bocadillo, entré en mi casa, las dejé en el vestíbulo y me dirigí inmediatamente a la habitación de la bebé. Justo cuando estaba poniéndole un pañal limpia a mi hija, el timbre empezó a sonar. Al notar la insistencia con la que sonaba, deduje que era mi madre, la cual no soportaba que no incluyera a mi familia en el hechizo anti aparición. Pero, ¿quién querría visitas sorpresas cuando estás tan cansada que no puedes mantener los ojos abiertos más de dos segundos seguidos? O ¿cuándo la casa está tan desordenada que parece que una manada de duendecillos de Cournalles acaban de pasar por ahí?

- Por favor, Isabella, dime que me queda un poco de vino en la nevera- le dije a la niña.

La pequeña respondió con un sonido ininteligible.

- ¿Liliana?- dijo la voz de mi madre, desde una puerta ya abierta-. Liliana, ¿estás ahí?

Gruñí imperceptiblemente. Mi madre se negaba a acortar mi nombre, precisamente lo que yo prefería. Completo no va conmigo en lo absoluto.

- Estoy aquí, mamá- dije, desde lo alto de las escaleras.

- Gracias a Merlín que estás bien- replicó Ginevra Potter, con un peinado y maquillaje perfecto. Llevaba un traje también perfecto, acompañado por una manicura igual de perfecta-. Al ver el desorden que tenías en el vestíbulo creí que habían entrado a robar en la casa.

- Tenía que cambiar el pañal de Isabella rápidamente- le dije-. ¿Qué te trae por aquí?

- Oh mírala… está hecha un asco… la abuela Ginny te pondrá guapa en un santiamén- comentó mi madre, tomando a su nieta en brazos. Entonces, vino el comentario fuera de lugar-. Querida, realmente deberías comer más saludablemente- dijo, refiriéndose a la bolsa de comida que había en la entrada-. Jamás perderás el peso que ganaste durante el embarazo si comes esa clase de alimento.

- Gracias por los ánimos mamá- repliqué, con un ligero sarcasmo.

- Sólo miro por tu bien. Algún día, podrías encontrar al hombre adecuado que sea un buen padre para nuestra pequeña Isabella y supongo que querrás estar preparada.

Eso significa que, este día, no lo estoy.

- ¿Qué es eso que tienes en la manga?- me preguntó, rascándome la tela con la uña.

- ¿Cereales? ¿Papilla de manzana?- repliqué, encogiéndome de hombros-. No sé. Mira, no tengo nada que ofrecerte a excepción de comida para bebés y la mitad de mi bocadillo. ¿Te interesa?

- No, gracias- comentó mi madre, arrugando la nariz-. Sólo he venido para ver a Isabella y dejarte esta solicitud para el Colegio Saint Martin para chicas. Tienen una lista de espera muy larga. Es muy difícil entrar, pero dado que tú y varias de tus primas estudiaron ahí, no debería haber ningún problema.

Sentí que se me hacía un nudo en el estómago mientras me dirigía con mi madre a la cocina.

- Aún no he decidido si Saint Martin es el mejor lugar para Isabella. Estoy pensando en el Colegio Watford.

Ginny contuvo el aliento.

- Allí no. Cariño, no tienen estructura ni llevan uniformes… Además, jamás conocerá a las personas adecuadas… Tú sabes cuantos magos importantes envían a sus hijos a Saint Martin antes de entrar a Hogwarts para recibir formación básica…

Me mordí la lengua y levanté los dos dedos haciendo la señal de la paz, la que normalmente utilizaba para indicarle a su madre que se estaba excediendo. Una vez más.

Ginny se quedó boquiabierta.

- Oh, no puedes creer que estoy interfiriendo sólo por traerte una solicitud. Y por haber hablado con Stuart Randall en Administración- añadió.

Seguí mostrándole la mano con la señal de la paz. Ginny suspiró.

- ¿Puedo darle un baño?

- Le encantará.

Ginny sonrió a su nieta.

- Es tan bonita como tú lo eras a su edad. Aunque con el cabello tan diferente al tuyo… lo has hecho muy bien… aunque habría sido mejor si, al menos, te hubieras casado con su padre.

- La vida no es perfecta- repliqué-. ¿Quieres darle de cenar también?

Mi madre asintió.

- Bien, en ese caso te traeré un delantal.

Hasta aquí llegó. Lo hice bien largo para compensar esa larga espera.

Debo dar gracias a todos aquellos que dejaron sus reviews: yesica7448, jhl89, lilius fan, TMpasion, LilyMalfoy-Hansy, Annabella Prinx, LilyLunaMalfoyPotter, mara1996.

Y también, aquellos que me agregaron a sus alertas, espero que se animen a dejarme un review, así sea corto! Me gusta saber lo que piensan de mis fics.

Gracias por estar pendientes!

Besos a todos!