Bueno, dije hace un tiempo que iba a cambiar un poco el relato y así lo he hecho: capítulos más cortos, para que os cueste menos leerlos y, honestamente, también para que a mí me resulten más fáciles de escribir ;) Espero que lo disfruteis :)
Capítulo 1: Pesadillas
Springfield, Estados Unidos, diez años atrás.
La ciudad de Springfield estaba padeciendo un verano especialmente tórrido. Las altas temperaturas, casi insoportables durante el día, apenas descendían durante la noche, y hacían tremendamente difícil conciliar el sueño. Sin embargo, durante la madrugada del 19 de agosto, en el 742 de Evergreen Terrace, era algo más que el calor lo que perturbaba el descanso de una niña de ocho años. En su dormitorio del piso superior, Lisa Simpson se revolvía en sueños, agitando frenéticamente brazos y piernas, como si tratase de huir de algo terrible. De repente se despertó, dando un grito. Muy sobresaltada, se sentó en el borde de su cama, sudando copiosamente y respirando con dificultad. Lentamente se llevó la mano al pecho; su corazón latía a un ritmo tan elevado que llegaba a resultar doloroso. Conteniendo lágrimas de dolor, trató de relajarse.
Muy despacio, Lisa se levantó de la cama y se dirigió hacia la ventana. Ningún coche circulaba por la carretera, nadie caminaba por la calle. El cielo nocturno estaba iluminado por miles de estrellas, y el viento de la noche llevaba consigo el canto de los grillos. Aquella maravillosa sensación de tranquilidad, casi mágica, contrastaba con la angustia que la niña acababa de sufrir en sus sueños.
Y no era la primera vez. Es lógico que los niños tengan pesadillas, y Lisa sabía que, a pesar de su inteligencia, ella no era una excepción; no obstante, aquellas noches estivales estaban siendo demasiado movidas en el reino de los sueños. Aún no había dicho nada a sus padres, pero empezaba a pensar que debería hacerlo si la cosa no mejoraba pronto.
De hecho, Lisa no había dicho nada a nadie; todos estaban demasiado ocupados con sus propios problemas. Homer estaba trabajando más de lo normal en la Central Nuclear por razones desconocidas, y Marge, que parecía saber el motivo, se limitaba a dar evasivas a sus hijos cuando preguntaban algo. Bart... Bart no estaba para nadie desde que Krusty el Payaso había anunciado su enésima retirada, y apenas paraba en casa más que para comer y dormir. Además, Lisa suponía que su hermano se burlaría de ella por sus pesadillas, de poder hablar con él.
Y en cuanto a las amigas de Lisa... Bueno, a decir verdad, Allison era su única amiga de verdad, y la pobre niña tampoco estaba como para ayudar a nadie; sus padres se estaban separando, y era ella quien más apoyo y consuelo necesitaba ahora. Y por supuesto, Lisa estaba a su lado para lo que hiciera falta. De hecho, incluso había estado a punto de pedir a sus padres que la dejaran ir a dormir a casa de Allison, pero recordó sus frecuentes pesadillas, y concluyó que eso no ayudaría mucho a su amiga.
Así pues, ni su familia, ni su amiga... sólo quedaba Colin. Por desgracia, su novio se había visto obligado a regresar a Irlanda dos semanas atrás, debido a un grave problema familiar: su abuelo se hallaba en estado crítico. Al cabo de unos días, Lisa recibió una carta de Colin, pidiéndole que no se preocupara, que volvería a Springfield en cuanto pudiera, y contándole lo ilusionado que estaba por comenzar el curso escolar... junto a ella. Lisa se sonrojó al leer esas palabras, pero cuando reparó en las gotas secas, dispersas sobre el papel reciclado, la alegría se desvaneció. Aquellas lágrimas indicaban un profundo dolor. Colin estaba sufriendo, y mucho. Finalmente, su abuelo había muerto, y él estaba desolado.
Lisa empleó sus mejores palabras, surgidas del corazón, para animar a su novio. Le llevó todo un día, pero al fin terminó la carta, escrita -por supuesto- en papel reciclado con un bonito bordeado de hojas y flores, al igual que el sobre. Lisa no pudo resistirse a dibujar un corazón antes de cerrar el sobre y enviar la carta a Irlanda. Aún no había recibido respuesta, pero no dudaba que esta llegaría tarde o temprano.
"Estoy contigo... Se fuerte..."
Esbozó una sonrisa al pensar en el chico al que quería, y mientras contemplaba las estrellas desde la ventana, sus propios problemas volvieron a agobiarla.
Haciendo un gran esfuerzo, comenzó a recordar las pesadillas que había sufrido durante sus vacaciones, intentando encontrar una explicación. En principio, parecían no tener nada en común: casas encantadas, monstruos horribles, catástrofes naturales… lo típico. Ensoñaciones ciertamente terroríficas, pero nada más, sólo eran algo más frecuentes de lo habitual. Pero a medida que pasaban las noches, sus sueños empezaron a volverse cada vez más similares, y llegó un momento en que se convirtieron en la pesadilla más espeluznante que Lisa nunca hubiese podido imaginar.
El sueño comenzaba de forma tranquila. Lisa se hallaba junto a su familia, sentada en el sofá, viendo la televisión, pero en un instante la situación cambiaba bruscamente. Todo sucedía siempre en el mismo orden: se oían explosiones en el exterior, ella iba corriendo hacia la ventana para observar lo que sucedía, y en cuanto llegaba, un gigantesco estruendo sacudía la casa, y un brillante resplandor rojo lo iluminaba todo. Al momento, Lisa se encontraba en medio de la calle, desde donde podía contemplar las ruinas de su casa y los cuerpos carbonizados de su familia. Sin tiempo siquiera para echarse a llorar, veía como un ejército inhumano sembraba el terror y la muerte a su paso. Soldados de aspecto espectral aniquilaban a todo ser humano que divisaban, disparando contra ellos unas extrañas armas de las que surgían rayos de aspecto verdoso, los cuales hacían retorcerse de dolor a las víctimas alcanzadas. Una columna de tanques inmensa destruía las casas a ambos lados de la calle y se dirigía imparable hacia la niña, que, incapaz de moverse, solo podía escuchar los gritos de agonía de la gente, mientras ella misma comenzaba a sentir un dolor que cada vez se incrementaba más y más. Cuando los soldados comenzaban a disparar hacia ella, podía notar como los rayos la atravesaban, pero no causaban ningún efecto sobre su cuerpo: era su alma la que recibía el daño. Podía percibir como su espíritu era atacado por una fuerza invisible y cruel, que parecía deleitarse torturándola, arrancándole poco a poco la vida. Por encima del todo el torbellino de gritos, disparos y explosiones, era capaz de escuchar una risa cruel y diabólica que le resultaba aterradoramente conocida. Al intentar dirigir su mirada al ser que profería tan horrendo sonido, las imágenes se tornaban más y más borrosas, siendo teñidas de un intenso color rojo sangre. Entonces, cuando era consciente de que iba a morir, cuando sentía que la vida se le escapaba, lanzaba, desde lo más profundo de su ser, un alarido desgarrador, capaz de hacer estremecer a las mismas montañas, al tiempo que notaba como su alma se desvanecía. Caía fulminada al suelo, cesaban el ruido y el dolor, todo se volvía negro, y se despertaba.
Y así, hasta cuatro veces en lo que iba de mes. Al recordarlo de nuevo, Lisa se echó a llorar amargamente, no sólo por el tremendo pavor que la pesadilla causaba en ella, sino por la horrible situación de miles y miles de personas para quienes lo que ella veía en sueños no era una pesadilla, sino una cruel y aterradora realidad. Las guerras se cobraban cada año millones de víctimas, dejando miles y miles de familias destrozadas... al final, todo lo que quedaban eran países arrasados. Y después de eso, a buscar otro enemigo. Nunca faltaban enemigos. Nunca faltarían.
- ¿Cómo podemos ser tan crueles con nuestros semejantes y tener la osadía de seguir llamándonos humanos? -se lamentaba-. ¿Qué delito ha cometido toda la gente a la que los ejércitos masacran sin piedad? Lo único que conseguimos es generar más y más odio entre los seres humanos. Más odio, más violencia, más crueldad, más destrucción, más muerte... ¿Esto es lo que entendemos por sembrar la paz y la libertad? Si esto continúa así, la única paz que reinará en el mundo será la de los cementerios... porque la humanidad acabará por aniquilarse a sí misma.
Mientras Lisa reflexionaba en voz alta, su corazón se iba llenando de furia hacia todos aquellos que controlaban el destino de la humanidad, originando desgracias y enriqueciéndose a costa de todos los que sufrían.
- Os reís de todos nosotros, a salvo en vuestras altas torres de acero y cristal, en vuestras indestructibles fortalezas de hormigón, manejándonos a vuestro antojo como si fuéramos los peones de una macabra partida de ajedrez -dijo entre dientes, tratando de contener la creciente ira en su interior-. Juro que algún día os haré pagar por vuestros crímenes... Algún día...
"Oh, a quién quiero engañar... Soy sólo una niña..."
"Sí; una niña que algún día crecerá... Les darás su merecido, ya lo verás"
- Sí, eso también es verdad... -susurró Lisa, sonriendo un poco-.
Lisa sintió su boca algo seca y pastosa, y bajó a la cocina a por un vaso de agua. Mientras descendía silenciosamente por las escaleras, vio luz en la salita, y al poco oyó también el ruido del televisor. ¿Quién...?
- ¿Bart?
Su hermano mayor miró de reojo y luego volvió a posar sus ojos en la pantalla.
- Bart, ¿qué haces levantado a estas horas?
- Ver la tele -replicó él secamente-.
Algo enfadada por el tono de su hermano, Lisa se situó entre Bart y el televisor, no sin antes echarle un vistazo al programa.
- Ya veo... culturas tribales de Polinesia... ¿Se puede saber qué te pasa?
- Quita de en medio.
- ¿Y si no quiero?
Bart ni se molestó en responder; simplemente desvió la mirada. Lisa iba a decir algo más, pero se fijó en el aspecto de su hermano: sus ojos, normalmente vivaces y con chispa, parecían apagados. Lisa empezó a preocuparse:
- Bart, ¿qué te sucede? ¿Por qué estás así?
- Por nada.
- Bart, no me mientas... ¿Qué es lo que te pasa?
- No es asunto tuyo. Déjame en paz.
- Bart, por favor...
- ¡Que me dejes en paz!
Bart se levantó de golpe y tiró a su hermana al suelo. Lisa miró a los ojos a su hermano mayor: había rabia en ellos, pero no iba dirigida a ella. Y había algo más... Había miedo... Mucho miedo...
- Dios mío... Bart...
- ¡Déjame! -chilló él, corriendo hacia las escaleras-.
Lisa se quedó sentada en el suelo, sin saber cómo reaccionar. Esto no era por Krusty... Pocas veces había visto a Bart tan asustado, y la única explicación que se le ocurría era...
- ¡Oh, no! ¡Otra vez no!
Lisa volvió rápidamente al piso de arriba. Oyó sollozos provenientes de la habitación de su hermano; al entrar, se encontró a Bart llorando, con la cara enterrada en la almohada.
- Bart...
- ¡DÉJAME!
- Bart, por favor... Quiero ayudarte...
Bart cesó de pronto en su llanto.
- Ayudarme... -susurró-. Nadie puede ayudarme, Lis...
- Bart, no... Por favor, no hables así...
- Es la verdad... Sé que acabará ganando...
- No. No le dejaremos salirse con la suya. Le derrotaremos otra vez, ya lo verás...
- ¿Y hasta cuándo, Lisa? -murmuró Bart, con los ojos fijos en el suelo-. No importa cuántas veces lo encierren, siempre se las apaña para escapar... y vuelta a empezar... Yo ya no puedo soportarlo más... -sollozó-.
Lisa se sentó en la cama junto a Bart, quien miró hacia otro lado, avergonzado de que su hermana pequeña le viera llorar.
- Vamos, no seas tan pesimista... Hallaremos la forma de detener esta locura, te lo prometo.
- Si me hubieran hecho caso, ya no tendríamos este problema...
- ¿Eh? No te entiendo...
- Convertirlo en tostada: esa era la única solución.
- Bart... Ya sabes lo que pienso de la pena de muerte...
- Lisa, ambos sabemos que ese lunático con pelo de palmera no va a parar hasta liquidarme de la forma más retorcida que se le ocurra. La cosa está clara: o él o yo. No hay sitio para los dos en este planeta.
- No, Bart... Yo también quiero que Bob pague por todo lo que ha hecho, y de paso, evitar que nos pueda hacer daño...
- ¿Nos? Tranquila, solo quiere matarme a mí...
- Bart, por favor... Sabes que no soportaría...
- Ve al grano, hermanita.
- Ejem... La solución sería encerrarlo de por vida, y en una institución psiquiátrica, mejor que en una cárcel. En un sitio así, podrán ayudarle con su... Ehhh... más que evidente desequilibrio mental...
- ¿Encerrarlo de por vida? ¡¿Esa es tu brillante solución, Einstein? ¡Ya se ha fugado docenas de veces, y volverá a hacerlo! ¡Ja! ¡Y eso si no le sueltan!
- Bart, hablo de internarlo en un lugar muy lejos de aquí...
- ¡¿Y a quién demonios le importa la salud de ese loco? ¡¿Intenta matarme y tú quieres ayudarle? ¡Multiplícate por cero!
- Bart, por favor, escúchame...
- ¡Lárgate!
- Bart...
- ¡QUE TE LARGUES!
Herida por las palabras de su hermano, Lisa se echó a llorar y abandonó corriendo la habitación. Lleno de rabia, miedo y frustración, Bart se lió a sacudirle mamporros a su almohada, mientras se acordaba del responsable de su angustia:
- Maldito seas, Bob... Por tu culpa la he hecho llorar...
Bart siguió pegándole puñetazos a la almohada hasta que se cansó. Entonces, pudo oír los sollozos de su hermana al otro lado de la pared, y un horrible sentimiento de culpabilidad cayó sobre él como una losa. Lisa solo había querido ayudarle, como siempre, y él...
"Oh, mierda..."
Bart detestaba tener que pedirle perdón a alguien, pero en aquella ocasión sabía que debía hacerlo, y cuanto antes. Con la cabeza gacha, se encaminó a la habitación de su hermana. Lisa no se había molestado en cerrar la puerta, pero aun así, a Bart le resultó difícil entrar, y mucho más hablar:
- Lisa... -musitó el niño-.
Su hermana no contestó; ni siquiera levantó la cara de la almohada. Al oír una vez más sus sollozos ahogados, a Bart se le hizo un nudo en la garganta.
- Lis... Lo... Lo siento mucho...
Bart tuvo que detenerse, porque le costaba mucho pronunciar esas palabras.
- Se que querías... Que quieres ayudarme... Lo siento, Lisa... Es culpa mía; por favor, perdóname.
Lisa se levantó de golpe al oír aquello, y todavía con lágrimas en los ojos, se abrazó a su hermano mayor.
- ¡Ven aquí, tonto! ¡Cuando te digo que no te preocupes, es que no te preocupes! ¡Si Bob se fuga una y otra vez, nosotros le ganaremos una y otra vez, y así hasta que seamos mayores y ya no nos pueda hacer nada! ¡¿Vale?
- Va... Vale...
- Ay... Anda, bajemos a los columpios... -propuso Lisa, sonriendo-. Y mañana mismo le cuentas esto a papá y mamá, ¿entendido?
- Eh... Sí, señora...
- Ahora que caigo, ¿cómo es que no se han despertado con el grito que he pegado? -preguntó Lisa, algo extrañada-. Y con el jaleo que hemos armado después...
- Eh... Porque ahora toman somníferos -explicó su hermano-. Bueno, mamá los toma. A Homer le basta con unas cuantas cervezas antes de acostarse -aclaró, con una sonrisa-.
- ¿Y Maggie? -volvió a preguntar Lisa-.
- Ni idea. Supongo que mamá se ocuparía de ella.
- ¿Cómo? ¿Qué es lo que hizo? -preguntó Lisa por tercera vez-.
- Y yo qué sé... Lis, te preocupas por todo el mundo antes que por ti misma... Eso no puede ser bueno...
Lisa se tomó eso como un cumplido. Tras sonrojarse ligeramente, decidió no hacer más preguntas. Los dos hermanos bajaron las escaleras y se dirigieron al jardín, donde se hallaban dos columpios de magnífico aspecto.
- Caramba, no me había fijado antes en estos columpios; están muy bien hechos... -dijo Lisa, impresionada-. Deben de haber costado mucho dinero. ¿Cómo se las arregló papá para...?
- Mandándole la factura a un tal Ned Flanders -aclaró Bart, riéndose-.
- ¿Y que hizo Flanders? -preguntó Lisa, divertida-.
- Pagar, como siempre... -rió Bart de buena gana-. Ese tío es un "pringao"...
- No te burles de él... Ese hombre es muy buena persona -dijo Lisa, con una ligera sonrisa-. Demasiado, diría yo.
Los dos se subieron a los columpios y estuvieron balanceándose durante un buen rato, contemplando las estrellas y disfrutando de la tranquilidad de aquella cálida noche veraniega. Bart estaba realmente contento de tener una hermana como la que tenía. Le costaba un gran esfuerzo admitirlo, pero quería mucho a Lisa; mucho más de lo que la gente podría imaginar.
- Lisa -dijo suavemente-.
- ¿Sí, Bart?
- He estado pensando… ¿qué te parece si vamos por la tarde al parque de Jebediah Springfield? No sé... A lo mejor así se me pasa todo esto... de momento.
- ¡Claro que sí, Bart! -respondió Lisa, entusiasmada-. ¡Así se habla!
Bart sonrió ante el tono de su hermana, pero no dijo nada. Y así, los dos siguieron columpiándose, en silencio.
Pronto amanecería. La fresca brisa del alba mecía suavemente las hojas de los árboles. Bart y Lisa escucharon un ruido cercano: Ned Flanders salía a dar su paseo matutino habitual. Al mirar hacia el jardín de los Simpsons, vio a los niños y saludó como de costumbre:
- ¡Hola holita, vecinitos!
- Ouch... Estúpido Flanders...
- De tal palo tal astilla... -murmuró Lisa, riendo entre dientes-. ¡Buenos días, señor Flanders!
- ¡Buenísimos días, Lisa! ¡Me alegra ver que vosotros también os levantáis prontito para aprovechar a tope el día! -se congratuló Flanders, haciendo uno de sus habituales gestos de vecino animoso y entusiasta-
Entonces, cuando el sol comenzaba a asomar por el horizonte, oyeron el sonido de un motor que se aproximaba, y al poco vieron cómo un lujoso coche de color negro se detenía justo delante de su casa. Lisa notó un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
- ¿Te ocurre algo, Lis?
Lisa no respondió. La puerta delantera del coche se abrió y de ella salió el chofer, quien procedió a abrir la puerta trasera, por la que asomó quien probablemente era el hombre más odiado de todo Springfield.
- ¡Es el señor Burns! -exclamó Bart, furioso, saltando del columpio-. ¿Qué está haciendo aquí?
- Oh, no te preocupes, jovencito -dijo tranquilamente el magnate-. Sólo he venido a buscar a tu padre.
- Mi padre no entra a trabajar hasta las ocho de la mañana, y son las cinco y media -protestó el niño-.
- Cierto, pero hoy necesito que venga un poco antes. Hay que dar los últimos retoques al proyecto en que hemos estado trabajando durante tanto tiempo. Es muy importante. Para Springfield, por supuesto...
Algo en el gesto y la voz de Burns invitaba a la inquietud y la desconfianza, pero aquel era un efecto habitual en la gente que hablaba con él. El millonario hizo una seña a sus acompañantes, quienes entraron en la casa a por Homer.
- Señor Burns, no tiene ningún derecho a entrar en nuestra casa de este modo -señaló Lisa con frialdad, desde el columpio-.
- Me temo que estás equivocada, pequeña. Tu padre me entregó una copia de sus llaves por si surgía alguna urgencia como esta -se limitó a replicar el anciano-.
- No le creo -replicó ella secamente-.
- Eso es problema tuyo, pero es la verdad -dijo Burns, sonriendo-.
- Seguro que le ha chantajeado para que lo hiciera -dedujo Lisa acertadamente-. ¿Acaso amenazó con despedirle?
- Por favor, esas palabras me ofenden. Jamás despediría al bueno de… ¿cómo se llamaba?
- Homer J. Simpson -respondió Lisa, enfureciéndose-. Lleva ya diez años trabajando para usted. ¿No cree que lo mínimo que podría hacer sería aprenderse su nombre?
- Eso es. Simpson... ¿Cómo podría despedir a alguien que tiene cuatro bocas que alimentar? ¿Por qué clase de monstruo me habéis tomado?
- ¿Pretende tomarnos el pelo? -intervino Bart, uniéndose a su hermana-. Ha despedido a mi padre un montón de veces, trató de matarnos a mi hermana y a mí para hacerse un traje con nuestros galgos, intentó asesinarme para hacerse con el tesoro que correspondía a mi abuelo, y por si fuera poco, quiso condenar a toda la ciudad a una noche perpetua. A usted el resto de la humanidad le importa un comino, y ya no digamos nuestra familia -concluyó, con voz firme-.
- Claro que me importáis -dijo Burns con una malévola sonrisa-. Tú, Bart, me salvaste la vida con tu sangre, y tu hermana Lisa me ayudó a recuperar mi fortuna. Eso, sin olvidar a vuestra hermanita Maggie, quien me devolvió a mi osito Bobo.
Bart y Lisa dirigieron a Burns una mirada cargada de furia. Era irónicamente cierto: habían prestado una ayuda decisiva a aquel a quien más odiaban.
Desde el interior de la casa comenzaron a oírse voces. Homer Simpson protestaba enérgicamente mientras le obligaban a bajar por las escaleras.
- ¡No tienen derecho a hacerle esto a mi marido! -protestó su mujer, Marge-.
- Lo siento, señora -dijo uno de los hombres de Burns-. Su marido debe acompañarnos.
- ¡Ah, Homer! -saludó su jefe-. ¡Buenos días! Suba a mi coche, le pondré al corriente de todo.
A pesar de las protestas de toda su familia, y también de Ned Flanders, un ojeroso, hambriento y enojado Homer Simpson partió en el coche de Burns hacia la central nuclear.
- ¡Esto es indignante! ¡Ciertamente, me saca de mis casillitas! Ahora mismo llamo a la policía -dijo Flanders, muy disgustado-.
- ¿A esos inútiles que no hacen otra cosa que soltar a Bob para que intente matarme? -replicó Bart con incredulidad-. No pierda el tiempo...
Lisa, Marge y Ned se miraron entre ellos con cara de circunstancias; Bart estaba en lo cierto.
- Maldito sea ese Burns... Decrépito y repugnante hijo de...
En otra situación, Marge habría reñido a su hijo por hablar de esa manera, pero en el fondo pensaba igual que él respecto al dueño de la Central Nuclear.
-Bueno -dijo al fin, recuperando la sonrisa-, a pesar de todo esto, tengo buenas noticias, niños; la semana que viene nos vamos de vacaciones.
- ¿En serio? ¿Por fin le van a dar vacaciones a papá?
Marge saludó a Ned, quien devolvió educadamente el saludo y se alejó silbando tranquilamente por la calle, mientras la cariñosa mamá de pelo azul y sus dos niños entraban a casa.
No tenían ni idea de que, antes de que acabara el día, sus vidas iban a cambiar para siempre...
Por ahora, esto es todo. Espero tener otro capítulo listo dentro de unas semanas, pero no daré un plazo exacto para no pillarme los dedos ;) Hasta pronto :)
