Aquí está el segundo capítulo del relato. Sé que he tardado mucho en subirlo, así que a partir de ahora no me marcaré plazos a la hora de publicar un nuevo capítulo; simplemente lo haré en cuanto pueda. Aclarado esto, espero que lo disfrutéis :)
Capítulo 2: La tormenta se aproxima
La Central Nuclear de Springfield se hallaba inmersa en una frenética actividad. Los trabajadores trabajaban durante jornadas agotadoramente largas, y los directivos se reunían con frecuencia para discutir sobre un proyecto de alto secreto del que nada había trascendido a los medios de comunicación. En muchas ocasiones, eminentes ingenieros y científicos asistían a estas reuniones, que se prolongaban hasta altas horas de la madrugada.
Muchos eran los rumores acerca del proyecto, pero nadie sabía a ciencia cierta en qué consistía exactamente, exceptuando a quienes asistían a las reuniones. Algún aficionado a las conspiraciones insinuaba que Burns pretendía dar un golpe de estado y hacerse con el control del país. Qué disparates llegaba a imaginar la gente…
En uno de los pocos descansos de que disponía, Homer charlaba con sus compañeros:
- Espero que esto se acabe pronto -se quejó-. Ya no puedo más.
Por una vez, el obeso técnico de seguridad se quejaba con motivo: durante las últimas semanas había tenido que realizar jornadas laborales maratonianas, y lo que era peor para él, trabajando de verdad.
- Tranquilo, Homer -dijo su amigo Carl, mientras Homer comía una rosquilla-. Por lo que he podido oír, el proyecto esta casi terminado.
- Sí, es cierto -confirmó Lenny-. Pronto podrás disfrutar del verano con tu familia. ¿Queréis venir con Carl y conmigo? Vamos a ir a Florida.
- No puedo; nos está prohibido entrar en Florida.
- ¿Cómo es posible que os prohíban entrar en tantos sitios?
- Y yo qué sé -repuso Homer, encogiéndose de hombros-.
En ese momento, los altavoces anunciaron la hora de volver al trabajo. Homer y sus amigos apuraron sus cafés y volvieron con resignación a sus puestos.
Eran las cuatro de la tarde cuando Marge Simpson y sus hijos llegaron al parque de Jebediah Springfield. El sol brillaba con fuerza en el cielo sin nubes, iluminando a toda la ciudad. El parque bullía de vida más que nunca: la iglesia había organizado una gran fiesta, y muchos springfieldianos habían acudido allí a divertirse. Muchos niños estaban jugando con globos y pistolas de agua, persiguiéndose unos a otros, a excepción de Ralph Wiggum, quien se quedaba quieto, con su casi perpetua sonrisa de felicidad en el rostro, sumido en su particular mundo.
- ¡Vamos, Ralph, muévete! -le pedían los demás niños-. ¡Si no, no tiene gracia!
Cuando todos se hallaban en torno a Ralph, un gran globo lleno de agua cayó sobre ellos, empapándolos por completo. Nadie acertó a ver quién lo había lanzado, hasta que divisaron a dos figuras a unos siete u ocho metros del lugar en que se hallaban.
- ¿Podemos unirnos a la fiesta? -preguntaron Bart y Lisa con una sonrisa de oreja a oreja-.
El resto de los chavales no tardó en bombardear a los hermanos, que se unieron al juego entre risas. Desde una cierta distancia, Marge Simpson sonrío, encantada de ver a sus hijos disfrutar de su infancia, en lugar de preocuparse por el trabajo de su padre o por peligrosos lunáticos de pelo extravagante y delirios homicidas. Se dirigió hacia un grupo de madres que charlaban alegremente entre ellas y se unió a la tertulia.
En un banco cercano, un hombre de mediana edad contemplaba toda la escena con aspecto sombrío y abatido. Se trataba de Waylon Smithers, fiel ayudante de Montgomery Burns en la central nuclear, y posiblemente la única persona capaz de controlar la maldad del viejo y retorcido millonario. A pesar de su buen corazón, Smithers seguía ayudando a tan despreciable ser debido a la inexplicable atracción que sentía por él. Sin embargo, el último plan de Burns le parecía tan abominable que, a su lado, el bloqueo solar al que en su momento había sometido a Springfield parecía una inocente travesura infantil.
- No puede ser -murmuraba para sus adentros-. No es posible que esté ayudando a cometer semejante atrocidad. Yo quiero a esta gente -sollozó, mientras miraba a todas las familias que se divertían en el parque-. ¿Por qué han de pagar por los desvaríos de unos cuantos chiflados que están en el poder? No se merecen un destino tan cruel; ningún pueblo lo merece.
-Tengo que remediar esto de algún modo -dijo, convencido, al tiempo que se levantaba del banco-. Esta historia ya se ha repetido demasiadas veces.
Cogió su coche, aparcado junto a la entrada del parque, y se dirigió hacia la central nuclear. Su rostro, antes triste, mostraba ahora decisión y firmeza. Estaba decidido a poner freno a las locuras de su jefe, fuera como fuera; sabía que posiblemente fracasaría, pero había que intentarlo. Había estado dudando durante los últimos días, pero ya no había tiempo para vacilar.
"Espera..." -pensó para sí-. "Quizás haya otra manera. Sí, eso es; la profecía."
Al cabo de unos pocos minutos llegó a la central nuclear. Con aire decidido, bajó a los niveles inferiores del edificio, donde se hallaban los laboratorios; aquel lugar era uno de los centros neurálgicos del diabólico plan de Burns, en el que se desarrollaban investigaciones ultrasecretas y se realizaban descubrimientos que permanecían ocultos salvo para el siniestro millonario y sus más allegados. La tarjeta de identificación de Smithers y su código de seguridad le garantizaban un acceso ilimitado a las instalaciones; de hecho, era uno de los principales supervisores del proyecto, y el encargado de informar a Burns de todos los avances -y también de los contratiempos- que se produjeran.
Smithers pasó junto a uno de los perezosos guardias de seguridad, que roncaba ruidosamente en una silla.
"¿Y se supone que esta gente se encarga de nuestra seguridad? Esto es absurdo…"
Absurdo o no, este hecho le permitió llegar hasta el departamento de Robótica sin ser molestado. Dicho departamento se hallaba a cargo de Frank Olberman, un brillante y reputado científico que llevaba muchos años trabajando para las empresas Burns. Smithers y Olberman se conocían desde hacía un tiempo, y se llevaban relativamente bien, de ahí el cordial saludo con el que el científico recibió al asistente de Burns cuando éste entró en su despacho:
- Buenas tardes, Waylon -dijo Olberman con amabilidad-. ¿Cómo estás?
- Bien, gracias -respondió cortésmente Smithers-. Doctor Olberman, quisiera pedirle…
Estuvieron conversando durante algo más de media hora, tiempo en el que Smithers reveló a Olberman todo su plan; necesitaba un aliado, y el brillante científico era el único en quien podía confiar.
- Sé que eres un hombre de ciencia, pero por encima de eso, eres un ser humano, Frank -reconoció Smithers-; sé que tu conciencia no te dejaría conciliar el sueño si no me ayudaras.
- ¿Tú sabes lo que me estás pidiendo, Waylon? -preguntó Olberman con gran seriedad-.
- Lo sé. Y sé con seguridad que pagaré con mi vida lo que me propongo hacer, pero no voy a volverme atrás -afirmó sin titubear-.
- Entonces, estás dispuesto a morir -asumió Olberman-.
- Así es. No tengo ni familia, ni amigos de verdad, ni nadie que me quiera; no tengo razón alguna para quedarme -explicó Smithers, levemente abatido-. Nadie me llorará cuando ya no esté aquí, pero quiero hacer algo por la humanidad antes de irme.
Su interlocutor permaneció callado durante un instante, considerando qué hacer. Aquel era el momento clave, pero sólo los dos hombres presentes en aquel despacho eran conscientes de ello; ambos podían cambiar el rumbo de la Historia… si Olberman accedía a ayudar a Smithers. Si se negaba, algo terrible sucedería, y nadie llegaría a saber jamás que aquel hombre de Springfield decidió dar su vida por sus semejantes para salvarles de un oscuro futuro.
- ¿Eres consciente de que éste proyecto ya no puede pararse?
- Lo sé, pero confía en mí: si actuamos ahora, muchos se salvarán en un futuro no muy lejano -aseguró Smithers-.
- Aun así, mucha gente morirá antes de que llegue ese momento -repuso Olberman-. Y tú no vivirás para verlo.
- Ya te he dicho que soy consciente de ello, Frank -le recordó Smithers-. Pero tú no tienes por qué morir; ni siquiera se sabrá que me has ayudado. Lo tengo todo bien planeado.
Olberman seguía teniendo muchas dudas; él mismo había considerado en no pocas ocasiones la posibilidad de apartarse del proyecto, pero nunca acabó por decidirse, y ello le había llevado a esta situación. Ahora, un hombre más valiente que él, sin nada que perder, le ofrecía la última oportunidad de redimirse. Contempló su espacioso pero sobrio despacho a través de sus gafas de cristales negros, incapaz de decidirse.
- Sólo necesito tu contraseña -le pidió Smithers con voz grave-.
La voz y el gesto de Waylon Smithers no intimidaban ni resultaban amenazantes, pero, de cualquier manera, Frank Olberman se sintió impelido a responder casi como un autómata:
- ISAAC-4227 -dijo mecánicamente-.
Ya estaba; ya lo había dicho. Al fin había hecho caso a su conciencia. Sin embargo, eso ya no le parecía suficiente.
- Muchas gracias, Frank -agradeció Smithers con sinceridad-. Acabas de hacer algo muy importante por esta ciudad, por éste país y por éste mundo. Adiós.
Smithers salió del despacho con paso decidido, pero algo le remordía la conciencia; no había sido del todo sincero con Olberman. No tenía ningún plan preparado para encubrir al científico, aunque eso, sinceramente, ya no era asunto suyo; le quedaba poco tiempo, y debía ponerse manos a la obra de inmediato. Regresó a su despacho recorriendo las instalaciones con presteza, y con la mayor naturalidad posible, para evitar levantar sospechas. Al llegar a su despacho, abrió, entró, e inmediatamente cerró la puerta con llave; luego, corrió las cortinas, bajó las persianas, encendió la lámpara y se sentó en su escritorio. Pero durante un instante, se limitó a levantar la cabeza hacia el techo, sonriendo, pues sabía que hacía lo correcto, al igual que una persona muy querida para él, muchos años antes.
- Sé que estarás orgulloso de mí, papá -susurró, con emoción contenida-. Ahora, después de tanto tiempo, por fin podré honrar tu memoria. Espérame; muy pronto volveremos a vernos.
"No te engañes, Waylon: no eres ningún héroe" -le recordó su mente-. "Solo estás intentando compensar todos los errores que has cometido a lo largo de tu vida. Y son demasiados."
Tuvo que admitir que era cierto: ayudando a alguien como Charles Montgomery Burns, se había condenado para siempre. Aquel desesperado acto de redención no iba a salvarlo.
"Pero hace falta valor para hacer lo que estoy haciendo ahora"
Y aquello también era cierto.
Y comenzó a trabajar. Durante cerca de tres horas, no existió nada más en el mundo que aquel escritorio; la lámpara que le daba luz; los cajones llenos de dispositivos de memoria conteniendo claves de acceso y archivos secretos de todo tipo; el ordenador en el que trabajaba, herramienta aquella, que manejada por su propietario, iba a cambiar el destino de millones de personas, totalmente ajenas a lo que se les venía encima Aquella gente seguía con sus vidas, ignorando por completo la decisión que un hombre valiente y honrado había decidido tomar. Quizá, en un futuro no muy lejano, toda esa gente conocería su nombre, y descubriría lo que había hecho por todos ellos. Sí, quizá…
Nunca las negras teclas de aquel negro teclado fueron pulsadas con tanta decisión y a semejante velocidad como lo fueron aquella soleada tarde de agosto, en cuyo cielo comenzaron a aparecer grandes nubes; oscuras nubes de tormenta que nadie había visto venir, a medida que los minutos y las horas caían en el reloj.
En torno a las siete y media de la tarde, Smithers ya casi no podía ni mover sus dedos, pero eso no importaba; lo había hecho. Lo había conseguido.
-Ya está hecho -dijo con satisfacción-. He avisado al alcalde, a la gobernadora e incluso al gobierno. Ahora ya conocen los planes de esos diabólicos dementes. Pero por si acaso…
Volvió a teclear durante unos diez minutos, y luego, se aseguró de que nadie pudiera descubrir lo que había hecho; del cajón inferior del escritorio extrajo un artefacto que borraría para siempre todo rastro de lo que había hecho. Aunque en presencia de su jefe, Smithers nunca se había atrevido a decirlo, detestaba la violencia y las armas.
Programó el artilugio explosivo para que detonara al cabo de una hora, lo colocó junto al ordenador y dejó escapar un suspiro; la bomba destruiría por completo el despacho, pero no afectaría al resto del edificio.
Smithers recordó el último mensaje que había enviado, y sonrió débilmente.
- Nunca he creído mucho en profecías, pero si el señor Burns le tiene tanto miedo, por algo será -dijo, con un tono de confianza en la voz.-.
Sin embargo, su ánimo no tardó mucho en decaer. Al poco rato, volvió a sumirse en el abatimiento y la desesperación:
- ¡Maldita sea, ya es muy tarde! ¡Qué tonto he sido! ¡He tardado demasiado en actuar! ¡Para cuando las autoridades pretendan hacer algo, el proyecto no podrá ser detenido!
En ese momento, el recuerdo de la profecía regresó a su mente. Era muy triste, pero aquel pergamino medieval era ahora su única y frágil esperanza.
- Espero que la profecía sea cierta -susurró apagadamente-. Si mi intuición no me falla, el correo que acabo de enviar es de vital importancia. Ojala llegue a tiempo.
Smithers tenía una corazonada acerca de quiénes podían ser aquellos de los que hablaban esas antiguas escrituras, y por eso había enviado el correo a quien lo había enviado, con toda la información acerca de la profecía y de los planes de Burns y sus secuaces.
- "Tres hermanos de cabellos dorados…" -comenzó a recordar, pero rápidamente se detuvo-.
El final se acercaba, pero aún quedaba algo por hacer; abrió uno de los cajones de su mesa y extrajo un gran montón de sobres. En su interior se hallaban los cheques con los que se pagaba a los empleados. Había decidido que ya era hora de recompensar a los trabajadores por todo el trabajo que habían hecho durante el verano, y de paso, otorgarles unas merecidas vacaciones a muchos de ellos -a ser posible lejos de Springfield-. Se levantó de su mesa, salió de su despacho -cerrando la puerta con llave- y fue visitando a todos los trabajadores uno por uno, entregándoles los cheques. Al llegar al sector 7-G, se encontró a Homer Simpson profundamente dormido sobre su tablero de mandos.
Smithers sintió una tremenda compasión por él. No solía ser precisamente el más competente ni el más esforzado de los trabajadores, pero desde que el señor Burns había hablado con él semanas atrás, se produjo un cambio radical en su actitud: trabajaba con una determinación casi enfermiza durante todo el día, y en no pocas ocasiones, hasta altas horas de la noche, lo cual repercutía negativamente en su salud, cada vez más deteriorada. A saber qué clase de amenaza le había lanzado el viejo dueño de la Central... Smithers no lo sabía, pero supuso que tendría que ver con su familia, porque era lo único que a Homer le importaba tanto como para sacrificarse de aquella manera... Aunque a veces le costase reconocerlo.
Con mucho cuidado, trató de despertarle:
- Simpson... Simpson... ¡Por favor, Simpson, despierte!
- ¿Eh? ¿Qué… qué pasa? -preguntó Homer, visiblemente soñoliento-.
- Lamento molestarle, Homer -se disculpó Smithers-, pero le traigo buenas noticias. Ya no es necesario que siga trabajando.
- ¿De verdad? -preguntó Homer con ilusión-. ¿Ya estoy de vacaciones?
- Desde luego -aseguró Smithers con una sonrisa, al ver la felicidad de Homer-. Nadie se las merece más que usted. Aquí tiene el cheque con su paga mensual, y aquí el que corresponde a todas las horas extra que ha realizado -prosiguió, entregándole los dos sobres-.
- ¡Yujuuu! -saltó Homer lleno de alegría-.
- No debería de saltar de esa manera -sonrió Smithers-. Con lo débil que está, más le vale no realizar grandes esfuerzos, ni siquiera conducir hasta su casa: le pediré un taxi para que le lleve hasta allí -añadió, en un gesto de buena voluntad-.
Acompañó a Homer hasta la salida, a esperar el taxi. Durante unos instantes, se fijó detenidamente en su aspecto, el cual era realmente lamentable: su ropa se hallaba enteramente arrugada y manchada de sudor, había perdido más de diez kilos durante el último mes, y lucía unas marcadas ojeras. Smithers estaba seguro de que no habría podido durar ni un día más.
El taxi llegó y se llevó con él al extenuado pero feliz técnico de seguridad. Al verlo partir, Smithers no pudo evitar dejar escapar una lágrima. En el fondo de su corazón, sabía que jamás volvería a verlo. Él ya nunca saldría de la central.
- Adiós, Homer -se despidió, hablando en un susurro-. Por favor, cuida mucho de tu familia. Hasta siempre.
Con paso lento, volvió a entrar en el siniestro edificio, dispuesto a afrontar su destino. La muerte rondaba ya sus pensamientos, y recorrió tristemente los pasillos vacíos y silenciosos. Cuando llegó a la puerta de la sala de reuniones, se armó de valor y entró con decisión. Su jefe le recibió de muy buen humor, junto a una docena de ejecutivos, un grupo de hombres con uniforme militar y unos cuantos científicos, uno de los cuales era el doctor Olberman.
-¡Ah, hola, Smithers! Le estábamos esperando -saludó Burns con entusiasmo-. El proyecto ya está listo para su fase final.
- Lamento decepcionarle, señor -dijo con gesto sombrío-, pero el proyecto no llegará a su final. Esto se acabó.
- ¿Cómo que se acabó? -replicó Burns con sorprendente calma-. ¿Se refiere a su patético intento de advertir a las autoridades? Cuando actuemos, poco importará a quién haya avisado. Dentro de unas pocas horas, nadie podrá detenernos.
- Quizá sea cierto -admitió Smithers, sin ni siquiera asombrarse de que su jefe estuviera al tanto de lo que había hecho-, pero he obrado según mi conciencia. He escuchado a mi corazón y le he hecho caso; eso es algo que ustedes nunca serán capaces de hacer. No espero que sus mezquinas y retorcidas mentes comprendan todo lo que significa la gente para mí. Yo aprecio a todas las buenas personas que hay en este mundo, aunque nunca haya podido conocer a la inmensa mayoría de ellas. Personas que trabajan por un mundo mejor, luchando por erradicar el hambre, las enfermedades, las injusticias, defendiendo la paz y la libertad. No con bombas, pistolas, tanques o misiles, sino con amor, tolerancia, solidaridad y auténtica valentía, enfrentándose a cualquier enemigo, por poderoso que éste sea, sin rendirse jamás.
Nadie en la sala, salvo el doctor Olberman, pareció inmutarse lo más mínimo ante sus palabras, pero eso ya no le importaba; sabía que, tarde o temprano, todos pagarían por sus crímenes.
- Bonito discurso -se mofó Burns, que hizo una señal a varios de los militares que se encontraban en la sala y añadió-:
- ¿Algo más que decir, mi buen Smithers?
- Sí -dijo esbozando una sonrisa llena de astucia-. Sólo una cosa más: "Tres hermanos de cabellos dorados librarán al mundo de la oscuridad; condenarán al tirano malvado al tormento por toda la eternidad."
El rostro de Burns palideció al oír esas palabras:
- ¿Qué ha dicho, Smithers?
- Simplemente lo que tenía que decir. Sé que este es mi final, pero partiré en paz al otro mundo. Les deseo una buena estancia en el Infierno.
Los últimos pensamientos de Waylon Smithers fueron para los niños que algún día habrían de cumplir la profecía. La corazonada se había convertido en certeza. No sabía cómo explicarlo, pero ahora estaba completamente seguro: ellos tres eran los elegidos. Con un cálido sentimiento inundando su corazón, habló en una voz casi inaudible:
- Os deseo buena suerte, ángeles de la esperanza. Que las estrellas os guíen.
Tras decir sus últimas palabras, fue ejecutado por los militares.
- Así que iremos todos al infierno. Sea así entonces, amigo mío -dijo finalmente Burns-.
Y hasta aquí llega el capítulo. Espero tener el tercero terminado bastante pronto, pero como dije antes, no doy fecha alguna. Gracias por estar ahí y leer mis historias. ¡Hasta pronto! :)
