Chapter 03
El Santuario de los Dioses Perdidos
Era una mañana liviana, la luz era penetrante, pero el clima se mantenía en un orden agradable, Sango acomodaba su Yukata, y dirigía una sonrisa a sus amigos que había encontrado días atrás, Inuyasha se encontraba recargado junto a un árbol, e Hikari se dirigía a un río cercano para beber agua. Llevaban pocos días juntos, pero se conocían lo bastante bien, y confiaban en ellos, pues no tenía otra opción, en un mundo fragmentado, en el que las personas cada vez eran menos, y la amenaza de un fin los acechaba, solo les quedaba esto, la confianza que brindaban unos con otros. Hikari les contó su historia, sobre su aldea que fue deshabitada por las guerras de la región, y como tuvo que huir de su familia para sobrevivir, tiene apenas 19 años. Sango también les contó su historia, similar a la de Hikari, pero su aldea estaba preparada, la aldea de los exterminadores aguantó los embates de los enemigos, fue hasta que aquel dragón sin nombre atacó y destruyo todo a su paso, vio morir a sus seres queridos para huir, pues era una pequeña niña en ese entonces, ahora tenía 15 años. Inuyasha les contó poco, no quiso entrar en detalles, pero habló lo suficiente, y comentó acerca de lo que Kikyo y el habían vivido por culpa de Naraku, ellas lo había escuchado con mucha atención esa noche.
Continuaron su camino al sur, Inuyasha con los brazos cruzados siempre caminaba enfrente del pequeño grupo, Hikari y Sango siempre iban juntas, justo atrás de Inuyasha, el aire mecía el cabello suelto de los tres. Llegaron a una aldea destruida, al parecer tenía poco tiempo de haber sucedido algo terrible ahí, pues la naturaleza de los alrededores brillaba, y los animales permanecían en las cercanías, algunas casas apenas se mantenían en pie, otras estaba deshabitadas, se respiraba miedo en el lugar, cadáveres de todo tipo regados por el lugar, niños, mujeres, hombres y ancianos, aquel atacante no hizo diferencia. Algunas partes del sitio aún ardían el fuego se había perpetuado al parecer por días, esto se notaba por el estado de descomposición de los cadáveres, parecían llevar largos días ahí. Algunos de los cadáveres se levantaron e intentaron atacar al grupo, pero se defendieron si problemas y lograron repeler el ataque, la escena era desgarradora. Inuyasha sentía que algo picaba su mejilla, se golpeó fuertemente y algo se desvaneció en su mano.
-Viejo Mioga ¿Qué haces aquí?
-Amo Inuyasha! Qué gusto verlo de nuevo! Han levantado el sello que lo mantenía dormido.
- Déjate de tonterías, cuéntame que ha pasado aquí.
- Ha atacado un dragón enorme, el dragón negro de la profecía amo inuyasha. Se dice que ese dragón anunciaría el fin de los tiempos, 50 inviernos después de la desaparición de la perla de shikon, el mundo que conocemos deberá dejar de existir.
- Con que de eso se trata. – Interrumpió Hikari. – Ahora comprendo, nadie conocía bien esa profecía, tú debes saber más sobre eso.
- ¡Viejo Mioga! Lo vuelvo a encontrar. – Dijo Sango con una sonrisa liviana.
- La profecía tiene que ver con la desaparición de la perla de shikon, pues era la que mantenía el equilibrio del bien y el mal, el equilibrio de los 4 elementos del alma, sin este equilibrio aquel dragón puede invadir la tierra a su antojo. Se dice que se trata del heredero de Inazami, su hijo, y ahora sin la perla de shikon, puede deambular entre el mundo de los vivos y el Yomi. Las almas de todos los muertos desde entonces no pueden aspirar al cielo, todos están condenados a terminar su vida en la oscuridad eterna del Yomi. El problema es que cuando la perla de shikon fue destruida, no tenía un equilibrio, no estaba purificada y eso permitió la llegada de ese Dragón sin nombre.
- ¿Y qué sabe de los artefactos que lo destruirían? – Pregunto Hikari.
- Absolutamente nada, no tengo conocimiento de eso. Los llevare a un viejo recinto de culto a los dioses perdidos. Se creía que tenía poderes comparables con los dioses de la luz, el sol y la luna, pero no fue así, sólo dejaron sus enseñanzas, y un viejo papiro donde se habla de esta profecía, creo que deberíamos ir allá, quizás encontremos algo sobre esos artefactos que menciona tu amiga. – Mioga brinco de la mano al hombro de Inuyasha, éste se dirigió al grupo. – Bien creo que debemos ir.- Ambas estuvieron de acuerdo, Sango les habló sobre las posibilidades de que el dragón estuviera cerca, pero Mioga advirtió que sólo será peligroso hasta el próximo invierno, pues atacaba al final de cada estación, y hace unos días el otoño había comenzado.
Caminaron durante varias horas, la naturaleza se hacía más espesa, la hierba les cubría hasta la cintura, el verde claro se volvía más oscuro con el paso del camino, el sol descendía, habían llegado al santuario que Mioga les había platicado. Parecían ruinas, la naturaleza del lugar comenzaba a invadir el porche y las partes altas del santuario, pero estaba limpio, era algo bastante extraño. Cuando entraron al lugar encontraron una gran salón, tenía tatamis mal acomodados, y en la esquina un enorme estante, dentro se podía ver una gran cantidad de papiros, el grupo estaba a punto de acercarse a aquel lugar, pero de una puerta aledaña, una puerta se corría, la luz penetraba con mayor intensidad el salón, se trataba de una sacerdotisa. La mujer de cabello azulado tenía una mirada serena, unos penetrantes ojos aún más brillantes y azulados que su cabello, llevaba la vestimenta tradicional de cualquier sacerdotisa, y a sus espaldas un arco casi de su tamaño, más grande que los tradicionales, los miró un momento.
-Siéntense, sé a lo que vienen, a saber más de la profecía. Les traeré té y el pergamino, por favor, permanezcan unos segundos aquí, no corren peligro, pero soy la única sacerdotisa que tiene ahora este santuario. – Todos asintieron con la cabeza. Mioga les pidió esperar a la mujer, por alguna razón trasmitía un aura bondadosa, y no corrían peligro de alguna emboscada, todos aceptaron. Hikari miraba a lugar por donde desapareció aquella sacerdotisa, Inuyasha miró a Sango, quién volteó rápidamente, sonrojada, al parecer antes de que Inuyasha mirase, ella ya lo contemplaba. Un silencio agradable atravesó el salón, la joven sacerdotisa regresaba al lugar.
