Chapter 11
El Color de las Flores
Habían pasado ocho días desde el incidente en aquella aldea, y la obtención del cuarto artefacto que daría fin al dragón legendario, aquel que propiciaría el fin de los tiempos. Hace un par de días Mioga apareció de nuevo frente al grupo, sabía la ubicación dónde el dragón aparecería el próximo invierno. Faltaban solamente unas horas para aquel encuentro, habían caminado durante varias días, pero siempre aprovechando un buen descanso, pues no quería llegar agotados a aquella batalla. La primera batalla realmente predestinada, la única que ellos sabían de antemano que libraría. Naraku no había dado señales de vida, y los demonios que solían interponerse en su camino eran exterminados fácilmente, gracias al poder de las cuatro armas que eran aún más letales cuando estaban juntas. Ellos caminaban por un sendero extraviado, al menos alejado, parecía perdido. La tierra era fértil en aquel lugar, árboles con diferentes frutos se levantaban por todo el paisaje, y el verde del pasto en las praderas largas era brillante y lleno de vida, flores de colores por todo el lugar. No existía aldea vecina o algo parecido, el último encuentro con gente lo había tenido incluso antes de la plática con Mioga, de eso hace ya cuatro días, y se trataba tan sólo de un palacio con poca gente, el señor feudal y un grupo de siervos reducido.
El sol estaba en su punto más alto, para fortuna del grupo las fuentes de agua, sobre todo de ríos, no escaseaban por la zona, se detuvieron un momento a beber y relajar un poco los músculos. Yumiko recogía pequeños frutos rojos, reconociendo con facilidad los venenosos de los comestibles. Hikari mantenía normalmente su semblante inexpresivo, pero sonreía para el grupo cada que le era posible, era una sonrisa sincera, por fin se encontraba en plena confianza con aquellos desconocidos. Inuyasha bebía del río, y miraba en repetidas ocasiones al cielo. Sango lo miraba mientras limpiaba las aspas de su hiraikotsu, emitía un aura cálida desde su fusión con la daga de la furia. La relación entre Inuyasha y Sango era bizarra, desde aquel abrazo que sus dos acompañantes entendieron como un pacto entre ellos, sucedían pequeños encuentros dispersos entre los dos. Podían ir sin hablarse durante un largo tiempo, sin mirarse y actuar como si todos los sucesos de aquella noche de luna nueva no hubiesen ocurrido, y después caminar por largas horas hombro con hombro, sonriendo y bromeando entre sí, o incluso cogidos de la mano, como cerrando una brecha que no podía salir más allá que de esa unión duopersonal. Hikari no entedía del todo sus comportamientos. Yumiko era más sensible a aquel tacto, y entendía por lo que pasaban, ninguno quería aceptar esa atracción que sentían el uno por el otro. Para Yumiko esa aceptación quizás llegué demasiado tarde, pues sin darse cuenta, esa atracción entre ellos ya se había convertido en cariño semanas atrás, y ahora sufría otra transformación, se estaba convirtiendo en amor. Para Sango e Inuyasha no era fácil aceptarlo, menos expresarlo, sus pasados eran tormentosos o nebulosos, no sabían cómo debía hacerse, y lo más importante era que no quería aceptarlo, pues un sentimiento de miedo rodeaba a ambos, la responsabilidad de aquella batalla impedía que su afecto se demostrara de forma natural. El miedo era fuerte, pues no quería confesar absolutamente nada, tenían miedo de amar hoy, y perderse para siempre mañana. Eso era entre ellos dos, Yumiko que los analizaba y sabía sus razones hubiese preferido desvivirse si supiera que sólo podía quedarle un día frente a la persona que ama, pero comprendía a ambos, respetaba y admiraba su decisión de mesurarse.
Caminaron por algunos minutos más, llegaron a una gran hilera de colinas y montañas de una altura baja, comenzaron a ascender. Mioga les dijo que debían llegar a una cuenca al suroeste, ahí aparecería el dragón. Mioga tuvo acceso a cada una de los ubicaciones anteriores, y a las dos próximas, gracias a varios pergaminos que visitó durante el tiempo que se alejó del grupo, ahora tampoco estaba. El sol descendía con lentitud, el aire era fresco a pesar de los pequeños nubarrones que iban y venían, aún faltaba tiempo para el atardecer. Habían llegado a la cima de la montaña que habían subido, ahora descendían, no debería tomarles demasiado tiempo, pero permanecieron ahí por un instante. La cuenca era de grandes dimensiones, cubierta por completo de diversas tonalidades de blanco, amarillo y verde, esto por los pétalos de las flores que iban cayendo, caían las últimas hojas de aquel otoño, el paisaje era hermoso. Detrás de ellos dejaron la increíble conexión de ríos y lagos que daban vida a aquel lugar. El descenso inició, había un sendero formado por lo que ellos piensan fueron viajeros de otro tiempo, ya que el lugar parecía no haber sido visitado en muchos años, quizás desde la aparición de aquel dragón, ninguno de los cuatro tenía respuestas para ello. Los nubarrones regresaron, pero esta vez se quedaron inmóviles, tapando el sol, ahora sería imposible ver el atardecer, además el descenso por la montaña ya había hecho que las colinas y montañas de alrededor cubrieran todo el horizonte, amanecer o atardecer no podrían ser vistos en plenitud. Parecía que llovería, y no había un lugar para cubrirse, salvo algunos árboles dispersos de las inmediaciones. El grupo comenzó a bromear para pasar el rato, estaban caminando al centro de la cuenca, caminaban entre las florecillas marchitas, pero de colores tan vivos que daban una vista increíble a sus pasante. Parecía que llovería, el sol ya estaba a punto de ocultarse. Inuyasha miró a Sango durante un momento, con una sonrisa dirigida a un comentario de Hikari. Algo había en aquella mujer que le hacía perder la concentración, no era el paisaje, eso la hacía aún más hermosa, sus ojos brillaban a pesar de la falta de luz solar, "seguramente lloverá" dijo para sí mismo Inuyasha, pero no sucedió nada parecido. Se había refugiado en una docena de árboles que permanecían relativamente juntos, y se encontraban casi al centro de la cuenca, Sango y Yumiko se despojaron de sus armas. Hikari se sentó en un árbol mientras Yumiko se acercaba a ella. Inuyasha miraba, Sango camino en dirección contraria a los árboles, se agachó un momento. Inuyasha estaba atento a sus movimientos, a la sincronía que el viento daba al movimiento de su cabello y al de las florecillas y hojas que se levantaban del suelo. Sin un momento el tuviera que elegir como perfecto era ese, sin darse cuenta olvidó a Kikyo por primera vez, olvidó todo aquello que lo mantuvo intentando robar la perla de shikon, incluso se olvidó de sí, sólo existía Sango. Ella se levantó, tenía en sus manos lo que parecía ser la última flor no marchita del lugar, o al menos la única que conservaba todos sus pétalos. Sango la llevó hacía Inuyasha y la colocó en sus manos, era una florecilla de color rosa, Inuyasha sonrió para ella. De pronto se encontraban de frente, el uno al otro. Sentían que sus corazones latían sin freno, un impulso los obligaba a no moverse, pero otro los aceleraba en las miradas, sus ojos se quedaron ahí, fijos, reflejando sus propias miradas. Sus labios temblaron, buscaban los labios del individuo que enfrente estaba robando sus suspiros, pero se detuvieron. ¿Era lluvia? No. Comenzaban a caer pequeñas luces blancas, el sol había desaparecido, alguna estrella adelantó su aparición sólo para verlos ahí, inmóviles y con un deseo casi asfixiante de besar sus labios. Nevaba. Un pequeño copo caía en el rostro de Sango, Inuyasha se lo quitó con delicadeza con su mano, sin embargo la dejo ahí, quieta, él no se acercaba. Sango hizo lo mismo, poso su mano sobre su mejilla y continúo hasta acariciar su largo cabello plateado. Caían más copos y ellos continuaban mirándose a pesar de que la oscuridad era cada vez más grande, más larga. No cedieron a sus impulsos, aunque hubiese sido único, brillante, no lo hicieron, reservaron aquella muestra de afecto para otra ocasión, como si estuvieran firmando un pacto, seguros de que mañana seguirán con vida, y podrán entonces hacer lo que sus deseos y no el deber indiquen. Sango abrazó a Inuyasha dejando su cabeza sobre su pecho, Inuyasha correspondió esta vez el abrazo más rápido, recargando su rostro sobre la cabeza de Sango, envolviéndose en su aroma, que en ese momento tenía el aroma de las flores, de cada una de esas flores que se extendían por toda la cuenca, y la frescura de aquella nieve que caía sobre ellos, era cálida en ese entonces, su abrazo era inquebrantable. La primera nevada se había adelantado. Para ellos no llegaba el invierno, florecía la primavera.
