Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.
Capítulo 2
Dio cinco vueltas en sentido anti-horario y echó las bolsas de sapos a la poción, mantuvo el fuego lento hasta que la poción adquirió un color verde mohoso y apagó el fuego concluyendo con el procedimiento para crear la poción infladora. Se frotó los ojos, mantenerse atento durante la clase suponía un gran esfuerzo para él. Distraídamente se frotó la rodilla, los escalones seguían desapareciendo a su paso sin previo aviso y las escaleras continuaban cambiando de dirección y dando bandazos si iba solo, al menos para esto último ya tenía dos soluciones: no esperar a que se le hiciera demasiado tarde como para coger una escalera solo y agarrarse al pasamanos como si le fuera la vida en ello, comenzaba a pensar que de hecho era así.
—¿Cómo vas? —preguntó a Emery después de un largo bostezo.
—¿Esto es verde mohoso? Yo no lo veo verde mohoso —contestó el castaño con cara de frustración.
Altais abrió los ojos que se le estaban cerrando y se asomó al caldero de su amigo.
—Es verde musgo —concordó el moreno.
—Verde mohoso, verde musgo... todos son malditos tonos de verde. Somos tíos, no se nos da bien distinguir esas cosas —protestó y se giró para mirar a Leyna y Zaniah—. No es justo, ¿por qué Leyna y tú siempre acabáis los primeros? —refunfuñó mirando de nuevo a su amigo.
—Porque no perdemos media hora revisando el proceso una y otra vez —respondió—. ¿Al dar las vueltas te has asegurado de que llegaran bien hasta el fondo del caldero?
El chico abrió la boca para protestar una vez más, pero la cerró y miró el caldero con el ceño fruncido.
—Malditos detalles...
—Es casi el color, está bien, sólo podría tener efectos secundarios, nada demasiado grave, retardo o que sea más potente o menos potente… —se interrumpió para bostezar de nuevo tapándose la boca— cosas así.
—A Zrinski no le va a gustar, volverá a ponerme una nota mediocre... ¡Que ganas tengo de dejar pociones! —exclamó Emery enfurruñándose.
—Sólo os falta tener más cuidado —aportó Leyna mientras limpiaba el caldero.
—Le falta —la corrigió Altais—. Y si le dices que has comprendido el fallo la nota no será tan mala, ya sabes que valora el aprendizaje y esas cosas —dijo con indiferencia, él prefería la perfección.
—Les falta, me refería a él y Zaniah —repuso la rubia—. Chealse está mejorando mucho porque tiene cuidado.
—¿Yo? Pero si yo siempre cuido todo ¡al detalle! —dijo Zaniah, se miró las uñas y movió la varita para limpiar su caldero habiendo acabado al fin.
—Te has pasado de dar media vuelta y el fuego subió un poco, así que tiene un color más oscuro de lo normal —la corrigió.
—Está bastante bien para la primera vez, el problema es que siempre es sólo primera vez —se defendió, no que tuviera interés en estar más tiempo sobre un apestoso caldero.
Leyna negó con la cabeza y fue a responderle cuando la puerta de la clase se abrió. Daria Leko, profesora de Estudios Muggles y jefa de la casa Hufflepuff, asomó la cabeza y buscó a Dragan con la mirada, parecía consternada, mucho.
—Dejar vuestras pociones en mi escritorio y podéis marcharos. La clase ha concluido —informó el hombre, los pocos que aún estaban peleándose para terminar la poción vieron que su fuego se apagaba.
—Los chicos aún no han acabado, puedo venir luego —se disculpó la profesora.
—Algunos nunca lo hacen —repuso el hombre y la instó a acercarse a un lado del aula en que él estaba—. ¿Qué ocurre, Daria? —preguntó en voz baja cuando la mujer llegó junto a él.
—Ha sido horrible, Dragan, en la clase, estábamos explicando y entonces han empezado a aparecer imágenes… imágenes de torturas, de muertes… —comenzó a explicarle llevándose las manos al rostro al recordar lo que había vivido.
Dragan llevó las manos a las de ella y las apartó un poco despacio, acariciando con los pulgares.
—Tranquila, sólo es pasado. ¿Ha ido Weasley a hacer su trabajo? —preguntó con palabras suaves, más comprensivo de lo que ningún alumno le hubiera escuchado.
La joven asintió ante lo último. —Fue… enseguida y empezó a trabajar. Pero tenemos que cambiar de clase. Los niños… no pueden estar ahí, Dragan, estaban tan asustados. Esos hombres hicieron cosas horribles —contestó pegándose un poco a él, sujetándose a su túnica.
El profesor Zrinski llevó una mano a su mejilla y observó la clase.
—Señorita Apeldty, si tanto aprecio le tiene a este aula puede quedarse a limpiar las mesas de sus compañeros… y lo mismo va por el resto —dijo la velada amenaza al ver que la chica se estaba demorando a propósito y los demás de ese grupito la estaban esperando.
—N-no, profesor Zrinski —contestó Zaniah y se apresuró a salir de la clase, sonrojada por haber sido pillada, aunque no se resistió a quedarse la última para cerrar la puerta y alcanzar a verlos abrazándose.
—Zaniah, ¿se puede saber qué haces? Casi nos castigan —la reprendió Emery sin comprender el comportamiento de la chica, en otra situación habría salido casi corriendo de allí.
—¿Pero es que no lo habéis visto? ¡Están liados! —exclamó con un brillo de emoción en los ojos.
—¿De qué crees que estaban hablando? ¿Qué habrá pasado en la clase? —preguntó Leyna a Altais ignorando a su amiga y sus cotilleos románticos.
—Por lo que ha dicho la profesora Leko, deduzco que se trataba de algún evento de la guerra… —contestó el moreno y se quedó meditativo—. Puede ser que… Leí hace poco sobre el poder mágico de las emociones. Las emociones son lo que mueven la magia accidental en los niños, con ellas se puede alcanzar el núcleo mágico y sacar su máximo potencial, por eso no se precisa de una varita para canalizarla. Creo que los fuertes sentimientos pueden dejar una impronta con la magia adecuada. La profesora Leko habló de torturas y muerte, si el dolor se incrementó con magia oscura entonces puede haber quedado un eco, como una firma mágica por así decirlo.
La chica se quedó pensativa un rato antes de asentir, siempre analizando todo antes de responder.
—Alguna vez he escuchado a mi madre hablar con mi tío sobre el mandato de los Carrow en el colegio, dijeron que el aula de Estudios Muggles fue como su centro de tortura. Tampoco he podido escuchar nada más porque no suelen hablarlo delante de mí y no lo hacen a menudo. Es posible que hayan podido revivir todas esas torturas… —meditó un segundo antes volver a hablar—. Dijeron que Weasley estaba haciendo su trabajo, quizá por eso está el profesor Bill aquí.
—Ya os dije que había aceptado dar clase porque tenía un trabajo que hacer aquí —le recordó Altais—. Obviamente es por eso. No creo que sea exactamente como una maldición, pero si lo han contratado será porque puede dar una solución en mayor o menor medida.
Ella volvió a asentir. —Pero… si ha pasado en el aula de Estudios Muggles, ¿no podría pasar en otros lugares en los que hubieran pasado cosas muy dolorosas?
—Si Bill está aquí es porque ya ha pasado antes —contestó Altais, eso ya le parecía una obviedad, pero no iba a remarcar otra diciendo que habría sido en otro punto del castillo ya que de otro modo no habrían seguido dando clase allí hasta ese momento.
—Es lo lógico, que yo sepa McGonagall no cree en la adivinación y el profesor Weasley no hubiera venido por una suposición… Lo que me parece extraño es que no haya pasado en el Gran Comedor, ahí hubo mucho dolor —opinó.
—Seguro que bailar sobre el cadáver de Voldemort suavizó las cosas —dijo con cinismo.
Leyna lo miró sorprendida un segundo, luego negó con la cabeza y lo golpeó muy suavemente en el hombro. —Bruto.
—¿Quién está golpeando como una muggle? —replicó, conteniendo el impulso de frotarse el lugar.
—No lo sé, ¿quién? —bromeó ella sacándole la lengua.
Altais elevó una ceja. —Puedo decírtelo en la próxima reunión del Club de Duelo —aseguró, hacía semanas que habían tenido la primera clase y había decidido unirse, entre ese, el de Encantamientos, las clases, dormir y tratar de no dormir cuando no tocaba estaba bastante ocupado ese año.
—Estás dando por supuesto que puedes conmigo, Black —contestó la chica alzando la barbilla—. Pero acepto el reto.
—Los Black no alardeamos, Samuels —advirtió antes de seguir caminando.
—Sin embargo, sí que os creéis superiores —replicó.
—No me creo nada —aseguró, mirándola a los ojos con tanta seguridad como si no tuviera que alzar tanto la cabeza para hacerlo.
Leyna le devolvió la mirada y acabó sonriendo antes de seguir caminando por delante de él. —Entonces es porque vienes de una buena rama de los Black.
—Nos vemos en la cena —se despidió Altais sin decir nada más al respecto para ir al Club de Encantamientos, se detuvo sólo un segundo de más antes de comenzar a subir las malditas escaleras móviles a paso ligero, antes de culminar el primer tramo su pie derecho se hundió en el escalón, pero se levantó con premura, ya tenía práctica, y siguió su camino.
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—Diffindo —repitió una vez más, escuchó la madera crujir y se acercó a la silla a la que había estado apuntando en ese aula en desuso.
Le faltaba potencia, pero sin duda eso era una buena raja, sólo necesitaba practicar unos días más… tal vez con uno en el que no perdiera tanto tiempo como ese día sería suficiente. Ya llevaba dos meses con aquello de socializar y no terminaba de acostumbrarse, había veces que lo mandaría todo al diablo. ¿Qué le importaba a él quiénes salieran elegidos en el Torneo de los Tres Magos? Nada. Y sin embargo sus… amigos, le habían hecho quedarse en el Gran Comedor a ver la ceremonia. A ver un cáliz escupir tres papelitos, menuda cosa, si al menos se celebrara en Hogwarts podría ver el cáliz de cerca y analizar un poco su magia, pero ese año se celebraba en Beauxbatons. La única importancia que él le veía era que la población estudiantil se había reducido con los alumnos de séptimo que habían ido al otro colegio, a él no le afectaba de ninguna otra manera. Todo estaba más tranquilo ya que la Copa de Quidditch se había suspendido y sólo había partidos "amistosos", y sobre todo había más libros disponibles en la biblioteca, los que preparaban sus EXTASIS solían acaparar demasiados.
Se frotó la cara sintiéndose sumamente cansado y realizó un Tempus con su varita. Maldijo y cogió su cartera apresuradamente para dirigirse a su Casa, faltaban escasos minutos para el toque de queda. Pese a su cansancio echó a correr, casi se le saltaron las lágrimas por la angustia cuando en varias ocasiones sus pies se hundieron en un escalón que no debería ser falso. La última escalera móvil, antes de poder ir por un atajo, se movió repentinamente cuando casi llegaba al final y por la fuerza del movimiento se quedó colgando del otro lado del pasamanos. Se aferró con fuerza con ambas manos, si se soltaba la caída lo mataría o lo dejaría en una cama por el resto de su vida, no podía usar magia sin soltar una mano para coger su varita, el miedo le atenazaba el cuerpo. ¿Por qué le pasaban esas cosas? ¿Por qué parecía estar Hogwarts contra él desde que el año había comenzado, qué le había hecho, qué había cambiado? Cálidas lágrimas corrieron por sus frías mejillas como lo estaba el castillo un 31 de octubre. Se dijo que sin importar qué no iba a soltarse, pero sus manos no aguantarían eternamente, si sólo fuera más fuerte podría alzarse y pasar al otro lado. ¿Por qué la escalera no llegaba a su nuevo destino?
Le dolían las manos, le dolían los brazos y esa escalera parecía estar esperando que desistiera, estaba cansado, agotado, sus ojos se cerraban incluso en esa situación. ¿Dónde estaban los prefectos y Filch con esa maldita gata cuando hacía falta? Al parecer sólo podría salvarse él mismo, debía intentarlo, no tenía nada que perder. Dobló los brazos con esfuerzo y levantó una pierna para apoyarla en la piedra. Sus dedos se escurrieron sin que se diera cuenta, cuando no pudo con el peso su pie volvió a ceder a la gravedad y con el peso extra todo su cuerpo lo hizo. Soltó un grito, incluso así sonó cansado, cerró los ojos mientras caía.
Sentía frío y abrió los ojos. ¿Dónde estaba? Miró a su alrededor y reconoció que era el hueco de una escalera. Se levantó desentumeciendo sus músculos, se acomodó la ropa y cogió su cartera, al levantarla vio que quedaba un rastro húmedo y palideció, la poción revitalizante que había conseguido en la enfermería para el día siguiente se había roto y no sólo eso, también el tintero, eso era más extraño, no era precisamente frágil.
El castillo estaba oscuro y más frío de lo normal, era de noche y había otra anomalía: el silencio. Altais se preguntó para empezar cómo había llegado ahí, no podía haberse quedado dormido de repente, ¿verdad? El recuerdo de él cayendo de la escalera lo impactó y agitó la cabeza, eso tenía que haberlo soñado, a veces podía confundirse la realidad con un sueño ambientado en algo cotidiano, su caída debía ser un sueño porque de otro modo no estaría vivo y de una pieza. Apartó la cuestión de cómo había llegado a dormirse bajo una escalera y se centró en su problema principal: tenía que llegar a su Sala Común sin que lo pillaran… y rezar porque la puerta le hiciera caso esa vez y se abriera.
Desde que había llegado ese año Salthira, la estatua con forma de serpiente que custodiaba la puerta de la Casa de Slytherin se había negado a abrirle la puerta, de hecho la muy rastrera ni se había molestado en mirarlo o sisearle, nada. Había hablado con el profesor Zrinski sobre este problema y después con la directora, pero ninguno le había dado una solución, de hecho habían insinuado que lo que pasaba era que estaba demasiado dormido para recordar la contraseña. ¡Adultos ignorantes!
Logró llegar hasta la puerta sin incidentes, pero como había supuesto no pudo entrar. Miro a los lados, su rostro mostrando su desesperación y desconcierto. ¿Qué iba a hacer ahora? Si lo encontraban podría entrar al fin, pero lo castigarían por estar fuera a deshora, no creerían que no había podido entrar. Decidió arrastrar sus pies hacia algún aula en desuso en la que poder esconderse y dormir lo que quedaba de noche.
La puerta se abrió a sus espaldas. —Altais —escuchó la voz de Leyna, preocupada y aliviada al mismo tiempo, preocupada porque él no había llegado y aliviada al saber que estaba bien—. Venga, vamos dentro.
Altais sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas de alivio, bajó la cabeza y pestañeó repetidamente mientras obedecía para controlarlas, no era sólo la angustia por quedarse en el pasillo, ni el desconcierto por despertar en medio del castillo sin saber cómo había llegado allí, había algo más en su interior, como un miedo por el que no hubiera gritado lo suficiente.
—Se me pasó la hora y como siempre Salthira no me abría —explicó en voz baja, ya que no confiaba en que no le temblara, cuando cruzó el umbral.
Lo vio tan devastado, tan roto en ese momento, nunca lo había visto así. Leyna se acercó a él y lo envolvió en sus brazos dulcemente, pensando que aunque la rechazara cabía la posibilidad de que eso lo ayudara un poco.
—Ya estás aquí —susurró y se sorprendió cuando el chico se aferró a la túnica a su espalda y aceptó el abrazo temblando, al poco sintió la humedad de las lágrimas en su hombro.
No dijo nada más, dejó que se desahogara, que se calmara, sirviéndole de apoyo para lo que necesitara. Una de sus manos acariciaba suavemente su espalda y sus ojos se cerraron cuando apoyó un poco la cabeza en el hombro de él.
Altais se apartó dando unos pasos atrás cuando logró controlarse un poco y se sintió mortificado por haberse roto así, viéndose como un vulgar niño pequeño. Se limpió las lágrimas y se aclaró la garganta suavemente.
—Lo siento, Samuels, no volverá a suceder. Gracias por abrir la puerta —su voz sonó casi tan fría como siempre, pero no consiguió eliminar la vulnerabilidad en ella, se giró para irse y se sorprendió al ver que Emery también había estado allí todo el tiempo, siguió camino del dormitorio sin que nada lo demorara más.
—No pasa nada, Altais —dijo Leyna con una sonrisa dulce y se dirigió hacia su dormitorio, tampoco era conveniente tensar la situación.
—Demasiadas aventuras en una noche —comentó el castaño siguiendo a su amigo, sin decir nada sobre lo que había visto, eso era algo que se quedaba en esa sala común.
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Entró corriendo a la sala común y buscó a sus amigos con la mirada, no le sorprendió encontrarlos en los sillones frente a la chimenea, al no estar los alumnos de séptimo éstos siempre quedaban libres y se había convertido en su lugar favorito de la sala.
—¡Voy a jugar! Tenéis que venir al partido, ¡juego! —dio la noticia que ella apenas había recibido, sus ojos verdes brillaban más que nunca y una gran sonrisa se extendía por sus labios.
Zaniah se lanzó a abrazarla, feliz por su amiga, dando botecitos
—Eres la mejor, vamos a ganar y podré hacer una gran fiesta.
—Enhorabuena —dijo simplemente Altais.
—¿Qué ha pasado con nuestra buscadora? —preguntó Emery también feliz por su amiga, pero curioso por el hecho de que jugara de repente.
—Se cayó de la escoba calentando, al parecer se ha roto el brazo, así que juego yo —contestó la rubia saltando.
—Ya verás cómo ganamos, encuentras la snitch como si tuvieras un hechizo rastreador —la felicitó y animó el castaño.
Ella asintió y miró a Altais. —Vais a venir, ¿verdad?
El moreno asintió, no había otra. —Haz que valga la pena, Samuels —la animó aunque salió más como una orden.
—Si vamos a ir yo tengo que hacer mil cosas antes —dijo Zaniah alarmada—. Primero las cocinas. ¡Guardarme un sitio! —empezó a correr, pero se detuvo y regresó—. Más te vale coger esa pelotita —amenazó, por una vez se veía un poco temible, después se marchó a hacer los preparativos para la fiesta.
Leyna miró a sus otros amigos y soltó una risa. —Esta vez ha dado más miedo su orden que la tuya —le dijo al moreno haciendo reír a Emery.
—Si yo te estuviera amenazando lo sabrías. Pero sin duda la amenaza de tenerla llorando porque arruinaste su fiesta debería ser lo suficiente escalofriante para ti —contestó Altais recogiendo sus libros.
—Lo es, lo es —aseguró ella haciendo como que le daba un escalofrío de pensarlo. Volvió a reír y les dio a ambos un abrazo rápido y un beso—. Nos vemos en el campo, desearme suerte —dijo antes de salir corriendo de la sala común.
—¿Por qué hace eso cada vez más a menudo? —meditó Altais en voz alta casi sin darse cuenta, nuevamente sonrojado.
Emery rio y le pasó un brazo por los hombros. —Son chicas, nadie entiende a las chicas, pero no tienes que ponerte rojo —le contestó divertido.
Altais apretó los labios. —Será de molestia —replicó liberándose del brazo del otro.
—Claro… ahora se le llama molestia —contestó con ironía y volvió a reír—. Vamos a por las bufandas y demás cosas para el partido, hay que animar como si fuera para la liga.
El moreno lo siguió, aceptando llevar esas cosas para animar, pero no pensaba ponerse a gritar y saltar como una banda de babeantes y bobos babuinos, además hacía viento, era aún más inútil de lo normal.
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Slytherin ganaba sobre Gryffindor 50 - 40 a los quince minutos de partido. Demasiado reñido para el gusto de los jugadores, pero sin duda estaba siendo todo un espectáculo para los aficionados. Un minuto estaba ganando Gryffindor y al siguiente podía estar haciéndolo Slytherin, por eso muchas de las miradas estaban sobre los buscadores. Sin duda encontrar y atrapar la snitch iba a ser decisivo en ese partido.
Leyna estaba en ese momento en el centro del campo, sentada erguida en el palo de la Nimbus y observando todo a su alrededor. El buscador de Gryffindor, un chico llamado Gren Warner de quinto año, estaba dando vueltas al campo, pero también atento a todo movimiento en todos los puntos de éste. Cada uno tenía su estrategia, pero ambos sabían que ninguna era mejor que la otra.
Escucharon el sonido de una bludger chocar contra una de las gradas y romper varios pilares, nada extraño en esos partidos, por suerte no había nadie herido. Leyna observó la bola salir por mismo lugar por el que había entrado en la grada de Ravenclaw y se movió para evitar que le diera. Al mismo tiempo Gryffindor marcaba un nuevo tanto, empatando los marcadores; tenía que encontrar esa snitch.
La chica apretó más fuerte el palo y su vista se movió más rápida por todo el campo, por la grada de los profesores, de cada Casa, por la salida de los vestuarios… la maldita bola dorada no estaba por ningún sitio, al menos ella no la vio, porque el buscador del otro equipo no dudó en lanzarse hacia algo. Leyna lo siguió, sin dudarlo, no pensaba arriesgarse a perder, y cuando tuvo fijada la trayectoria la vio. Estaba justo al lado del agujero que había hecho la bludger.
Su estatura más pequeña y su escoba le permitieron ponerse un poco por delante del otro buscador, pero él la empujó con su fuerte cuerpo. Tenía que emplear demasiada fuerza para seguir en el camino correcto, una fuerza que debía restar a su velocidad. Sin embargo, no se dio por vencida. Un agujero más grande en la lona le permitió meterse bajo las gradas, ahí estaba cómoda, los obstáculos no lo eran para ella y pudo conseguir la ventaja que necesitaba para cuando salió unos metros más adelante. Sonriendo de lado miró a Warner y después a la snitch, se movía hacia arriba por lo que tiró del palo de la escoba para seguirla, casi poniéndose en vertical y girando sobre sí misma para no caer. El otro buscador la seguía, acercándose un poco aunque no demasiado, sólo debía aguantar subiendo, sin caerse, sin ceder a la gravedad cuando estiró el brazo para atrapar la bola dorada.
Contuvo la respiración y cerró los ojos cuando su mano se cerró en un puño y empezó a caer a gran velocidad. Supo que el campo estaba aguantándola como ella, muchos pensando que le habían vencido las fuerzas, pero antes de que fuera demasiado tarde, con fuerza enderezó la Nimbus y frenó, abriendo finalmente la mano en la que estaba la snitch y que les hacía ganadores de ese partido.
Se giró para mirar a sus amigos y saludó agitando la mano. Zaniah saltaba, agitaba los abrazos y gritaba "¡fiesta!", Altais la miraba, casi se podía ver una sonrisa en sus labios y era claro que estaba en sus ojos y Emery aplaudía y gritaba emocionado por la victoria. Leyna rio, pero esa risa se cortó a mitad cuando sus ojos captaron el movimiento de una bludger, dirigiéndose a gran velocidad a Altais desde arriba.
—¡Cuidado! —gritó con todas sus fuerzas y se lanzó hacia ellos sin pensarlo.
Altais reaccionó rápido, su varita estuvo en un segundo en su mano y pronunció el hechizo para detener la bludger.
—Finite Incantatem —dijo rápidamente, pero con perfecta dicción y se apartó de la trayectoria que de todas formas la pelota siguió por la gravedad, incluso sin una fuerza mágica hizo un agujero donde antes habían estado sus pies—. Y luego dicen que me lo invento —murmuró malhumorado.
Leyna llegó poco después y bajó de la escoba sin mucho cuidado. —¿Estás bien?
El chico asintió. —Lo de la bludger es nuevo —dijo con fingida indiferencia.
—Tenemos que hablar con McGonagall de nuevo, ahora debe creerte —opinó Emery mirando a la directora.
—¡Ese agujero podría estar en tu cabeza! ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —dijo Zaniah alterada—. Claro que no pareces creíble así.
—No ha sido mi cabeza esta vez, otras sí lo ha sido y no ha valido como evidencia. No va a servir esta vez tampoco —respondió y comenzó a abrirse paso entre la gente, dando por terminada la conversación.
Los tres amigos se miraron y suspiraron, por lo menos los profesores no podían ignorar un incidente que habían presenciado, algo harían.
—Tengo que ir a cambiarme, nos vemos en la fiesta —se despidió Leyna montando en su escoba y dirigiéndose a los vestuarios.
—Vamos, no le vaya a atacar otra de esas —instó Emery a Zaniah cogiéndola de la mano para que no se perdiera entre la gente.
Zaniah se dejó llevar con una sonrisa, perdieron de vista a Altais, era fácil perder al pequeño, y se sorprendieron cuando lo encontraron cerca de los vestuarios después de dar unas cuantas vueltas, Teddy Lupin acaba de salir y parecía estar relatándole el partido como si no lo hubiera visto.
—Buen partido, Lupin. Lástima que tengamos a la mejor buscadora —lo picó un poco Emery sonriendo orgulloso.
—Lástima que prefiera el puesto de cazador, os ganaría con los ojos cerrados —replicó Teddy sin amedrentarse, su sonrisa denotaba que aún llevaba la adrenalina del partido en el cuerpo.
—Eso habría que verlo, Lupin —dijo Leyna detrás de ellos, aún llevaba el pelo mojado, pero iba bien abrigada por lo demás.
El mayor se giró poniéndose al lado de su primo y pasándole un brazo por los hombros a éste. —Cuando quieras, Samuels. Aprendí del mejor. Seguro que hasta él te pone en problemas, ¿verdad, Altais? —dijo señalando con la cabeza al moreno y después confirmando con el aludido.
—Es muy probable —concordó.
Ella bufó y negó con la cabeza. —Aún no habéis visto de lo que soy capaz —les aseguró y pasó al lado de ambos.
—Así que estabas dejando que Warner fuera quien encontrara la snitch por aburrimiento —la picó Teddy con una sonrisa traviesa, antes de girar haciendo que Altais hiciera lo mismo para comenzar a caminar hacia el castillo.
—Él me pidió que hiciera que mereciera la pena ver el partido —replicó ella sin amedrentarse.
—Qué poco te conoce, te hace perder el tiempo en vez de hacer algo breve y bueno, dos veces bueno —comentó Teddy.
Leyna lo miró mal y se cruzó de brazos. —Que no la haya visto en un primer momento no cambia nada, ganamos.
—Quien se pica, ajos come —contestó con ese refrán muggle y le sacó la lengua mirándola por encima del hombro.
Ella lo miró sin comprender esa expresión.
—¿Quién qué? —preguntó Emery también extrañado.
—Es una expresión muggle —les aclaró Altais con un tinte de resignación.
—Se sigue sin entender —dijo Zaniah.
—Quiere decir que si se molesta es con razón. Los ajos pican, ¿lo pilláis? —contestó Teddy ampliando su sonrisa.
Leyna rodó los ojos. —Eres un caso, Lupin —aseguró.
—Uno sin resolv…
Teddy estaba cruzando la puerta del castillo en la parte de atrás, la más cercana al campo de quidditch cuando detuvo sus palabras y se puso pálido. Había visto esos rostros en muchas fotografías, las historias de su abuela y de su padrino le habían hecho conocerlos y amarlos como lo que eran, sus padres, pero nunca esperó ver sus últimos segundos de vida frente a sus narices, verlos mirarse con los ojos llenos de amor, con las manos unidas y después ver la luz en sus ojos apagarse y a ellos caer, muertos, sin un adiós, sin la posibilidad de ver crecer al hijo que dejaban atrás.
El shock dio paso al ataque de ansiedad, las lágrimas, todo la vez, Zaniah gritaba de horror por la escena que los cinco habían visto, uno de esos ecos del pasado. Altais también estaba aterrado, pero Teddy era lo más importante porque era su familia, la familia estaba por encima de todo o eso le habían enseñado, así que se obligó a ser él quien permaneciera calmado y enfrentar esa pesadilla en las noches, esas que de todas formas no eran nada fructíferas en cuanto a reponer energía. Abrió las vías respiratorias Teddy con un hechizo y después tiró de él para que dejara de ver la escena que se repetía y cuando estuvo lo suficiente lejos se detuvo, Teddy se dejó caer por la pared y él dejó que lo apretara hasta hacer que le dolieran las costillas y le faltara el aire. Altais lo abrazó y acarició su espalda tranquilizadoramente, había cosas que había que hacer por la familia incluso dejar un beso en su pelo cuando lo sintió algo más tranquilo porque sabía que eso se sentía bien, solía ayudar.
Las escena había desaparecido poco después de que ellos se alejaran y Emery se apresuró a abrazar a Zaniah que estaba también demasiado nerviosa, aterrorizada. Leyna estaba pálida, blanca como un papel. Se había quedado estática en el sitio, en sus ojos se veía el horror por la escena presenciada, el miedo se había metido en su cuerpo y no parecía querer salir. Miró su alrededor y observó el estado de Lupin, obligándose a caminar hasta él y Altais.
—Voy… a llamar a un profesor, hay que llevarlo a la enfermería —dijo.
—Date prisa —dijo Altais, cortante—. Lo llevaré después.
Ella asintió y caminó al exterior, los profesores aún debían estar en el campo. No tardó en localizar al jefe de su Casa y corrió hasta él.
—Profesor, ha… habido una cosa… en la entrada… vimos algo —trató de explicarse.
—¿Han visto un eco, señorita Samuels? —Zrinski trató de obtener algo de información de la chica más pálida que de costumbre, dejando de discutir con el profesor Towler.
Ella asintió. —Por ahí… —señaló la dirección por la que había ido—. Está mal, Lupin…
El profesor Towler se adelantó a la mención del alumno de su Casa y se acercó a los dos chicos sentados en el pasillo. Altais dijo lo ocurrido, en voz baja y con reticencia a recordárselo a quien seguía convirtiendo sus costillas en papilla.
—Vio a sus padres —y esperó que con eso lo comprendieran porque no iba a pronunciar ninguna palabra meramente relacionada con "muerte".
Trataron de que se movieran, pero finalmente desistieron e hicieron que la poción calmante llegara a él en vez de ellos a ella. Mientras tanto se movilizaron para tratar a los otros Slytherin y mandarlos a su sala común en cuanto comprobaron que por el momento en sus casos sólo era el susto que cualquier niño se habría llevado, y avisaron a Weasley de que tenía que poner más empeño en hacer su trabajo. Las pociones hicieron efecto y llevaron a Teddy a la enfermería, Altais respiró con normalidad aunque estaba casi seguro de que tenía moratones y siguió a los profesores hasta la enfermería, nadie iba a sacarlo de allí, tenía que estar para otro abrazo cuando despertara aunque no mucho después estuviera acompañado por Andrómeda y algo más tardíamente por Harry.
Continuará…
Notas finales: Este capítulo se podría denominar el inicio de todo, atentos. ¿Y qué pasará con los ecos? ¿Por qué ahora? Todo tiene una explicación, pero llegará mucho más adelante.
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