Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.
Capítulo 3
—Altais, tenemos que ir al comedor —lo llamó suavemente Leyna, primero para que Madame Pince no los castigara sin pisar la biblioteca en un tiempo, pero también para no sacarlo de golpe de su lectura.
El chico levantó uno de sus dedos de pianista, cuando pasó la página levantó la cabeza y miró el reloj de pared asintiendo.
—¿Te dio tiempo a acabar tu ensayo para Astronomía? —preguntó en voz baja mientras recogía sus cosas.
—Casi… quería mirar otro libro para terminar de completarlo, tal y como está ahora no es perfecto, tendré que hacerlo cuando acabe la cena. ¿Tú lo acabaste? —preguntó a su vez.
—Sí, lo hice en Historia, sólo me quedaba hacer unas consultas —contestó colgándose la cartera al hombro.
Ella asintió. —Entonces volvemos en cuanto acabe la cena —dedujo, aunque siempre solían hacerlo—. ¿Terminaste también el del profesor Weasley?
—Sí, hace diez minutos, ahora sólo estaba leyendo —respondió ya a un tono de voz normal habiendo salido del territorio de Madame Pince—. Mañana no vendré a la biblioteca, usaré el día para practicar —decidió.
—Yo he quedado con Chealse, luego creo que también practicaré Encantamientos y DCAO —concordó ella y lo miró sonriendo de lado—. ¿Quieres practicar un poco los duelos?
—¿Ya echas de menos morder el polvo? —replicó con cierto tono de burla.
—He mejorado sin que lo sepas, Black —repuso ella alzando la barbilla.
—Eso espero, si siguieras con el mismo nivel ya no sería fácil, sería directamente aburrido —contestó.
—Al menos tienes que admitir que soy la mejor rival que tienes, lo tuyo es otro nivel.
Altais bostezó en ese momento, el cansancio siempre lo perseguía y la última poción revitalizante que había tomado estaba perdiendo su efecto.
—Imagina si luchara despierto —bromeó.
Leyna rio y negó con la cabeza. —Cierto… quizá debería pedirte clases particulares.
—No aceptaría.
—¿Por qué? Tampoco es como si fuera a superarte de cualquier modo. Te puedo dar galletas —bromeó, ese era el pago que le seguía dando Chealse por sus clases, aunque ahora lo hacía más que gustosa, la chica era muy agradable y aprendía bien, era tenaz.
—¿Por qué sí? —le devolvió la pregunta.
Ella lo meditó ladeando la cabeza, después sonrió dulcemente. —Porque soy demasiado adorable y no quieres aburrirte en el Club de Duelo.
El chico la miró de hito en hito, había esperado algo más convincente que esa tontería de la adorabilidad, el Club de Duelo no le preocupaba mucho, sólo tenía que conseguir que dejaran de ignorarlo los de cursos superiores cuando proponía un duelo, y en cualquier caso no era obligatorio acudir, era lo bueno de los clubes.
—Ninguna de las premisas es válida.
La chica chasqueó la lengua y después soltó un largo suspiro. —Porque eres el mejor del curso, incluso de cursos superiores, y… de verdad necesito mejorar —confesó sin mirarlo, a pesar de ser amigos descubrir ante él una debilidad no era agradable, por alguna razón ante él era incluso peor.
Altais la miró analizándola en serio, dejando el comentario que había pensado sobre que apreciaba que cultivara su ego, aunque no le hacía falta.
—Eres muy buena dentro del curso.
Leyna se encogió de hombros. —Eso no sirve, ser buena dentro de tu curso te convierte en una más del montón. Hay gente que se conforma con eso, pero yo no, yo quiero ser alguien y para eso tengo que destacar como sea —explicó, en sus ojos se veía una determinación que pocas veces mostraba, al igual que en su expresión, seria y firme.
El chico se detuvo y sabiendo ese pasillo vacío se frotó el rostro por el que se mostró unos segundos una ínfima parte de su cansancio e incluso así pareció mucho.
—Lo pensaré, ¿de acuerdo? —dijo finalmente, si podía cuadrarlo con un día que de todas formas fuera a repasar estaría bien, sino ese año sentía que llevaba demasiadas cosas y demasiado sueño.
Ella se giró para mirarlo y sonrió un poco. —No te preocupes demasiado —le dijo al ver su cara de cansancio—. Deberíamos probar a hacer esa poción revitalizante, antes de que Poppy te cierre el suministro —sugirió ya abriendo la puerta del gran comedor.
—Tengo que encontrar otra cosa, para tomarla diariamente y con tanta frecuencia podría provocarme adicción —en parte dejó ver que no era una diaria como ellos creían, que su estado era más preocupante.
—Le puedo preguntar a mi tío —sugirió ella mirándolo con preocupación—. Seguro que sabe algo.
—Esa sí hubiera sido una buena oferta para una clase de duelo —dijo con media sonrisa antes de adelantarse hasta la mesa de Slytherin.
Leyna chasqueó la lengua de nuevo. —Tendría que haberlo pensado antes —dijo sentándose con él y sus otros amigos.
—Por fin salís de la biblioteca, quieren decir algo importante —los recriminó Emery.
—Más os vale no pensar en volver ahí, ¡es viernes! —dijo Zaniah levantando los brazos y con una sonrisa que auguraba fiesta.
—Ahora con más razón —murmuró Altais al deducir lo que les esperaba, ante lo que Leyna rio por lo bajo justo cuando la directora llamaba la atención del comedor.
—Queridos alumnos, antes de nada pediré que no cunda el pánico ante mi próximo anuncio —fue más una orden que una advertencia, la mujer recorrió el gran comedor con su mirada dura antes de seguir hablando, no parecía que se moviera ni una mosca—. Como la mayoría sabréis este año se han estado dando algunos casos de reminiscencias por parte del colegio, ecos del pasado doloroso y aterrador que asoló Hogwarts. Desde la dirección del colegio hemos llegado a la determinación de comunicaros debidamente la situación. Esos ecos pueden suceder en cualquier momento, en cualquier lugar, pero no son reales, no pueden hacer daño real si se mantiene la calma.
Todos los alumnos empezaron a hablar entre ellos en ese momento, asustados, horrorizados por la perspectiva de encontrarse con escenas de la guerra en cualquier rincón del castillo. Los que lo habían sufrido estaban recibiendo preguntas a bocajarro de los demás compañeros, muchas de las que ya habían contestado con anterioridad, otras nuevas.
—¡Silencio! —la orden de la directora se escuchó por todo el Gran Comedor y los jóvenes se callaron al instante volviendo a mirarla—. Aún con todo, el señor Weasley, experto rompedor de maldiciones, está poniendo solución al problema lo más rápido que puede, así que no tienen de qué preocuparse.
Como si el colegio hubiera escuchado las palabras de McGonagall, de repente, el cielo claro y estrellado que mostraba el techo del comedor se tornó completamente negro, con grandes nubes tormentosas amenazando con la lluvia. Se escuchó una risa estridente e histérica, y la imagen de Bellatrix Lestrange corriendo sobre una de la mesas apareció frente a ellos. Las imágenes de guerra casi se superponían en el tiempo en que se habían efectuado y en el especio en que se reproducían.
—Tía Bella —musitó Altais tras el primer momento de sorpresa y apreció la destreza del duelo, errático como su propia locura, pero magnífico.
Cerca de la mesa de los profesores se podía ver a Voldemort en todo su gloria, matando y destrozando magos antes de que se detuviera y la imagen saltara a su final. Atravesando la mesa de Ravenclaw Leyna reconoció por los cuadros de su casa a su abuelo luchando y matando.
Los gritos de los alumnos llenaron el comedor y la mayoría echó a correr hacia las puertas, huyendo del horror que se reproducía ante sus ojos. Altais salió de su concentración cuando Bellatrix cayó y los gritos se hicieron molestos, su primer pensamiento fue para Teddy, preguntándose si desde la mesa de Gryffindor habría logrado apreciar la semejanza de la mortífaga con su abuela, esperaba que no, sólo habían pasado unas semanas desde que presenció la muerte de sus padres y tenía que visitar a un psicomago por tiempo indefinido.
Leyna se había aferrado inconscientemente a la manga de la túnica de Altais, aunque observaba todo con una expresión seria, fría y más distante que nunca, sin moverse ni gritar.
—¡Alumnos! ¡Tranquilícense! Que los prefectos acompañen a todos a sus respectivas casas, no podrán volver a salir esta noche —ordenó la directora—. Empiece su trabajo cuanto antes, señor Weasley.
Altais siguió a sus compañeros a las puertas del comedor, aún apreciando los duelos, como la directora había dicho era sólo el pasado, no podía hacer daño… a no ser que tuvieras un vínculo emocional con alguna de las personas de la guerra. Miró a Leyna preguntándose si se rompería a medio camino o aguantaría, en cualquier caso decidió que permitiría que siguiera arrugándole la túnica, mejor no sacarla de su estupor por si acaso.
Mientras caminaba hacia las mazmorras su mente analizó lo que había visto y por último se preguntó si mandarían comida a la sala común ya que no le había dado tiempo a tomar bocado y sin dormir ni comida su mente no daría para mucho más antes de apagarse hasta el día siguiente.
Una vez en la sala común de Slytherin la chica lo soltó, aunque su expresión seguía siendo fría ya no parecía distante, sólo conteniendo sus emociones bajo una máscara.
—¿Estáis bien? —preguntó Emery que tenía cogida a Zaniah agarrada a su brazo, la chica estaba de los nervios.
—Sí —contestó Altais con indiferencia.
—Tengo hambre —contestó a su vez la rubia sentándose en una butaca.
—¿Cómo puedes tener hambre después de esto? Había gente muriendo y sufriendo ahí ¡delante! —protestó Zaniah.
—Sólo era un recuerdo —respondió ella sin mirarla—. No sé por qué te afecta tanto, no conocías a nadie.
—Sois unos insensibles. Y vosotros sí, ¡Bellatrix es familia tuya y estás ahí como si no sintieras nada! —acusó a Altais.
—Fue un buen duelo, un exceso de irracionalidad fue lo que la hizo perderlo —contestó sentándose, luego pensó que tal vez no debería haber dado su opinión, esperaba no parecer que la estaba halagando, aunque se alegraba de que no hubiera sido un duelo vergonzoso para la sangre de los Black.
Emery miró a su amigo con genuina sorpresa, cuando logró salir un poco de su estupor por la contestación negó con la cabeza, diciéndose que Altais era demasiado racional incluso en esos casos, siempre tratando de aprender cosas. Por otro lado no comprendía qué le pasaba a Leyna, ella solía ser más sentimental por así decirlo.
—Zaniah, no te alteres, está bien —decidió calmar a la otra chica, al fin y al cabo cada uno llevaba las cosas de una manera diferente.
—Alguien tiene que hacerlo —replicó y se frotó los ojos lagrimosos—. Y por si fuera poco la fiesta se fue al garete —se lamentó.
El chico sonrió con condescendencia y la abrazó dejando un beso en su pelo. —Vamos a sentarnos también —la instó a sentarse con él en otro sofá.
Unos minutos más tarde aparecieron sendas bandejas de comida, parecía que sí se les había ocurrido que había gente que seguía teniendo un estómago que cuidar, sólo algunos de los Slytherin se pusieron a ello.
—¿Habéis visto todos? —la voz molesta de Higgs resonó en la sala cuando el rato había pasado, algunos de los alumnos estaban en sus habitaciones, pero muchos aún seguían allí—. ¿No ha sido una buena muestra de la locura de los Black?
—Son las consecuencias de procrear unos primos con otros —aportó Alya Vasier, decidiendo unirse a la diversión.
Algo más oscuro que su apellido moró en los ojos grises de Altais, estrictamente hablando sólo habían sido primos de sangre Orion y Walburga Black, hermana de su abuelo, al menos en el último siglo, pero a la gente demasiado cobarde le encantaba sacarlo a relucir y generalizarlo.
—¿Por qué tanto interés? ¿Queréis otra muestra? —casi siseó, deberían saber que no era una buena idea atentar contra el honor de una familia, los sangrepuras de verdad podrían pensar lo que ella había dicho, pero no se decía a la cara y con testigos.
—Oh… al pequeño bastardo Black le molestó la verdad —rio Alya.
—Ten cuidado, seguro que heredó esa locura —rio Higgs.
—Cierra esa asquerosa boca, Vasier —gruñó Leyna—. Y tú Higgs, consíguete una vida; estáis siendo unos molestos ruidosos —agregó sin molestarse en mirarlos.
Alya se lamió los labios. —Oh… ¿por qué defiendes al pequeño, no sabe? Al fin y al cabo los Parkinson sobrevivieron y los Black no sin importar el lado de la guerra —objetó mordaz.
—Delaluengo —lanzó la maldición Altais, la rapidez impidió que la otra chica levantara un escudo y su lengua comenzó a crecer y crecer hasta que no cupo en su boca y después no pudo con su peso haciendo que tuviera que arrodillarse y esforzarse por respirar por la nariz—. ¿Tienes suficiente lengua para tus infamias y burdas palabras o quieres un poco más? —siseó.
Higgs se alejó un poco de él, pero sí dirigió su mirada hacia Leyna, sonriendo presuntuoso y acercándose más a ella.
—Vamos, Parkinson, ¿por qué tan fría? He de decirte que he observado el parecido entre tu querido abuelo y tú… tremendamente parecidos —le dijo ampliando su sonrisa, para él esas palabras eran todo un halago, sin embargo, para el resto de la gente, que ella fuera comparada con un mortífago debía ser un insulto, esperaba que la chica no lo tomara así, pero se equivocó.
Leyna se movió a una velocidad pasmosa, sacando su varita para hacerlo chocar contra la pared que tenía detrás gracias a un Depulso. Ni un segundo después la ropa de Higgs estaba ardiendo, tras haber conjurado Lacarnum Inflamareae.
—¿Suficiente calor para ti, Higgs? Aún puedo serlo más si te interesa… —siseó acercándose, se veía demasiado amenazante, su rostro estaba impasible, pero sus ojos verdes destilaban odio y rabia. Tanto era así que el chico negó con la cabeza asustado—. Bien —dijo antes de darse la vuelta y volver a sentarse en el mismo sillón en que había estado antes.
—Higgs, haz el favor de vestirte, bastantes horrores he visto hoy —aportó Zaniah, en una mezcla de escándalo y enfado porque atacaran a sus amigos y sonrió cuando el aludido salió corriendo.
Los prefectos deshicieron el hechizo en la lengua de Alya antes de que llenara toda la sala común y la mandaron a la habitación, no iban a reportarlo, había cosas que se quedaban en la sala común. Después del incidente mucha gente decidió irse a sus respectivas camas, aunque Leyna no se percató de ello. Tenía la vista fija en el fuego, pero no estaba viendo ni las llamas moverse, su mente estaba aún en la imagen de su abuelo, ese hombre al que no conocía más que por fotos. Nadie en esa sala podía hacerse una idea de la repulsión que sentía al sólo pensar en él, la persona que había destrozado la reputación y el prestigio de la familia Parkinson, que había hecho tanto daño, sobre todo a sus padres y a ella misma. No sentía ningún aprecio por él, lo odiaba, lo odiaba con todo su ser, no creía poder odiar a nadie igual; por eso no soportaba que nadie lo mentara, por eso iba a luchar para que el nombre de su familia volviera a estar en lo alto y de una vez por todas ese hombre quedara en el olvido de todos.
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Salió del aula en desuso sonriendo satisfecho por sus últimos avances en encantamientos, aspiraba a comprender la sistemática de la creación de hechizos y aún le queda mucho por aprender, pero sentía que iba en el camino correcto. Bajó las escaleras móviles, deteniéndose cuando en dos ocasiones un escalón desapareció tragándose su pie, era un fastidio, pero después de esos meses casi estaba acostumbrado. En las Navidades había estado buscando algún hechizo que impidiera que cediera a la gravedad, pero no había tenido suerte, no obstante, no perdía la esperanza para el verano, ya tenía asumido que por lo que fuera Hogwarts lo odiaba y no iba a cambiar, más le valía adaptarse.
Llegó al último piso e hizo un Tempus comprobando que iba bien de hora para coincidir con Leyna camino de las mazmorras para poder entrar en la sala común. Esa amistad definitivamente había resultado ser la más útil, sonrió un poco al pensar en el día, ese en el que lograba mantenerse sin casi bostezar hasta la noche, esa poción de Malfoy con la que le había obsequiado a la vuelta de navidades era milagrosa. No obstante, para esas horas ya estaba rogando por una cama. Dio un gran bostezo y cuando volvió a abrir los ojos todas las velas del pasillo se habían apagado. Detuvo sus pasos, tenso, preguntándose qué le tendría preparado esa vez la ancestral magia del colegio y unos segundos después escuchó el inconfundible sonido de las armaduras chirriando. Ejecutó un Lumus justo a tiempo para ver una espada dirigirse a su cabeza. Con un Expelliarmus desarmó a esa armadura, después congeló el aire en torno a sí para crear un escudo de hielo que pudiera parar los ataques físicos y agregó un Protego, lo más difícil fue mantener todo mientras corría, deteniéndose a reparar el escudo y tratando de no temblar demasiado por el frío.
Avistó un resquicio de luz, un giro de pasillo, su esperanza, allí debía de hacer gente y los ataques se detendrían, esos claros intentos de matarlo. Le quedan dos metros, una maza destrozó la parte superior de su escudo y él logró agacharse por poco. Era una locura, pero tenía que llegar ya y tomó el riesgo de lanzarse en vez de pararse a reparar el hielo de nuevo. Dio una zancada y en el segundo paso algo lo hizo tropezar, justo llegando a un corto tramo de escaleras. El primer golpe fue contra el hielo, su propio escudo, cuando comenzó a rodar escaleras abajo éste se rompió y ya nada frenó su caída ni el quejido que escapó de sus labios cuando llegó abajo.
—¡Altais! —Leyna corrió hacia él cuando vio quién era el que se había caído por esas escaleras, se agachó a su lado para observar sus heridas—. ¿Estás bien?
—Por supuesto, conservo la cabeza —respondió sarcástico y se puso en pie, momento en que una bola de tinta impactó en su rostro y miró con odio a Peeves quien reía y se burlaba con una cerbatana en la mano.
—¡Peeves! Largo de aquí, déjalo —lo reprendió Leyna, pero una bola de tinta dio en el rostro de ella quien sacó su varita—. Maldito —siseó limpiándose como pudo—. Vamos a la sala a mirarte esas heridas —le dijo al chico cogiendo su mano.
Altais recuperó su mano y la siguió, pero comenzaron a ser bombardeados, el poltergeist los seguía cada vez más divertido.
—¡Fuera, Peeves! O el Barón Sanguinario oirá de esto —su voz salió extrañamente más como un rugido que un siseo con su furia, estaba dolorido y cansado, su temperamento se escapaba.
Peeves pareció asustado ante la mención del único fantasma que podía controlarlo, pero rio sin tomar en serio la amenaza de un alumno de segundo año y continuó. Altais llevó su varita a los restos de su escudo y mandó las esquirlas de hielo hacia él, no iba a servir de nada, pero le daba algo de tiempo y con qué desahogarse. Leyna lo instó a correr hacia la sala común, aunque debía estar dolorido, pero sino no habría manera de librarse de ese maldito ser. De vez en cuando se giraba y lanzaba hechizos al aire para retrasar a Peeves.
—Ya queda poco —animó a su amigo bajando las últimas escaleras a las mazmorras.
—Nada le impide entrar en la sala común —objetó Altais, aunque guardaba cierta esperanza.
Las bolas de tinta siguieron impactando con ellos, prácticamente estaban negros, lo que causaba más risas por parte del poltergeist debido a la rima con el apellido de Altais. Estaban a punto de entrar en la sala cuando una especialmente grande los bañó por completo, consiguiendo la satisfacción total de Peeves, seguramente por eso no los siguió al interior de la sala.
—¿Qué os ha pasado? ¿Os atacaron los libros? —bromeó Emery al verlos entrar.
—Las armaduras de todo el maldito pasillo y ese saco de plasma carcajeante —contestó Altais cabreado, limpiándose con un Fregotego aunque no lo quitó todo, y soltó una risa fría mientras seguía su camino, ese poltergeist se las pagaría algún día.
Leyna se quedó mirando el lugar por el que había desaparecido el chico, querría haberle dicho que lo ayudaría con las heridas, pero esa risa le indicaba que era mejor no hacerlo, dejarle su espacio.
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Echó una mirada al imponente castillo, esbozó una sonrisa y subió al tren sin ninguna pena. Unas vacaciones del colegio tratando de matarlo era lo que necesitaba, también tiempo para sus propios proyectos, para hacerlos a su ritmo, o el que le impusiera el cuerpo y dejar descansar sus papilas gustativas de la poción de Malfoy que por muy eficaz que fuera sabía a pis de duende, o como suponía que sabría, no que tuviera intención de comprobarlo.
Eligió un compartimento en el último vagón, como de costumbre y se sentó junto a la ventana en dirección a la marcha. Observó a sus amigos tomar asiento seguidamente y por un momento se preguntó si ese año que había estado socializando los echaría de menos en el verano, aunque no lo creía factible, en cualquier caso no servía de nada pensar en ello, el tiempo lo diría.
—Ya acabó otro año más —dijo Emery con una sonrisa de satisfacción—. Y con todo aprobado, estoy deseando elegir asignaturas el año que viene y no ver fuegos malditos intentando comerme —comentó, recordando el incidente que habían tenido con otro de esos ecos.
—Sólo era un eco —repuso Altais quitándole importancia al evento en el séptimo piso, había ocurrido mes y medio atrás cuando volvían de clase de Astronomía—. ¿Ya sabes qué escogerás?
—Criaturas mágicas claramente, y estoy dudando entre Adivinación y Estudios Muggles, algo que se pueda aprobar sin problemas, lo interesante son las criaturas —contestó el castaño—. ¿Vosotros?
—Yo voy a coger Adivinación y Estudios Muggles, el otro día vi en una revista que saben montar buenas fiestas, tienen cosas divertidas —respondió rápidamente Zaniah, entusiasmada—. Pensé en los bichos, pero la mayoría son tan feos... y muerden.
—Yo tomaré Aritmancia y Runas Antiguas —informó Altais.
—Yo también cogeré Runas Antiguas y Estudios Muggles —contestó Leyna mientras buscaba un libro en su bolso.
—¿Qué vais a hacer este verano? Este año no te escapas de mi fiesta, Altais —dijo Zaniah, ante lo que el chico elevó una ceja retadora.
—Haré lo mismo que el año pasado, probablemente pasar el verano en Bulgaria —contestó Altais, remarcando las primeras palabras para la chica.
—Estaré en Francia el primer mes, el segundo me voy a Estados Unidos, a Nueva York —explicó la otra chica.
—Nos vamos a Nueva York —la corrigió Zaniah—. Ya lo hablé todo con Pansy. ¡Va a ser genial!
La rubia la miró en shock por la noticia recién recibida, casi dejando caer el grueso tomo sobre maldiciones que había sacado para leer.
—¿Hablaste con mi madre? ¿Cuándo? ¿Y por qué no sé nada? —preguntó un tanto molesta con el asunto.
—Sí, todo el tiempo, ya sabes que nos carteamos. Y no te lo había dicho porque iba a ser una sorpresa, pero ¡llevo un mes aguantando! No podía más —contestó Zaniah y luego se lanzó a abrazar a Leyna—. Vamos a estar juntas, todo un mes —dijo con absoluta felicidad.
Leyna sintió que las esquinas del libro se clavaban en su vientre y no pudo más que mirar a los chicos pidiendo ayuda, ¡un mes entero! ¿Cómo se le ocurría a su madre? Sin duda iba a matarla.
—No vais a tener tiempo de echaros de menos, ¿qué puede haber mejor? —dijo Altais, la diversión era tan grande que se dejaba ver en sus ojos y en una ladina sonrisa.
—¡A que sí! Va a ser el mejor verano —dijo Zaniah alzando los brazos y así soltando a Leyna.
La rubia lo mató con la mirada sin que su amiga se diera cuenta y soltó un largo suspiro. —Al menos en las fiestas será un poco más entretenido, sin todo adultos —aceptó finalmente mirar el lado bueno, de cualquier forma pensaba ir a todas esas tiendas de libros que quería sin importarle que Zaniah se quejara, también irían a las de ropa.
—¿Y tú qué harás, Emery? —retomó la conversación Altais.
—Este año me toca quedarme en casa y en la de mis abuelos, un rollo más grande que dos pollos juntos, pero al menos vendrán mis primos un tiempo y podré entrenar a quidditch con ellos —contestó el aludido soltando un largo suspiro—. Quizá pueda convencer a mi padre de ir a ver un partido profesional.
—Hay muchas fiestas en verano, seguro que también puedes ir a alguna —lo animó Zaniah.
El chico sonrió con condescendencia. —Creo que me conformaré con ir a las tuyas —contestó guiñándole un ojo.
—¿Vas a venir a todas? Es una promesa —dijo señalándole y luciendo ilusionada.
Altais sacó el libro que ya había elegido para entretenerse parte del viaje hasta que el sueño lo cogiera, viendo que Emery y Zaniah se volcaban en una conversación sin sentidos sobre todas las fiestas a las que tendría que acudir el pobre diablo y cómo debía de hacerlo. Miró a Leyna que parecía tener el mismo plan, aunque ella seguramente aguantaría despierta todo el viaje y se centró en su lectura, al poco las voces de sus amigos eran un murmullo insignificante para él y no supo nada más hasta que al llegar a King's Cross lo despertaron teniendo el pesado libro en las piernas en una página que no recordaba haber leído.
Fin del segundo año
