¡Hola! Pues aquí estoy, subiendo un drabble que escribí en medio del Apocalipsis de exámenes para Zhena como calentamiento para volver a escribir, que llevo meses, ¡MESES!, sin hacerlo :( Pero bueno, cosas de la vida. Como hoy he tenido algo de tiempo, me he decidido a subirlo. La imagen me la envió Zhena HiK para que me inspirara, y la dejaré como de costumbre en mi perfil. Se suponía que iba a ser un drabble, pero ya me conocéis.

¡Espero que os guste! Hace mil que no escribo y me odio por ello, pero estoy de vuelta, jo, jo, jo. Aviso de que es una historia un tanto rara por tres motivos:

a) Fue escrita a las mil de la madrugada teniendo en cuenta que llevo dos meses sin dormir más de 5 horas con suerte.

b) Zhena es una perraca y me mandó una imagen difícil para el estado de mis neuronas en ese momento.

c) Lo digo yo xD

.

Aviso: Pensamientos y otros en cursiva.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Tadatoshi Fujimaki.

.


.

Hay un dicho muy antiguo que dice algo como: "Uno no elige de quién se enamora". Vale, no sé si es muy antiguo... ni siquiera sé si es un dicho, pero me suena mucho, así que será importante.

El hecho es que nunca me ha importado el amor. Siempre he creído que un día aparecería una chica, una especial, con la que acabaría compartiendo mi vida sin más. Nada de expectativas de amor increíble; nada de incertidumbre sobre mi futuro.

Pensar en por qué estoy solo, o en por qué no he encontrado a nadie todavía, no me parecía relevante. He tenido relaciones, vaya si las he tenido, pero nunca me obligaba a 'salir' con alguien por el hecho de que podría llegar a enamorarme de esa persona; o porque estar solo me resultara frustrante. La soledad nunca me ha parecido algo malo, simplemente acepté que todavía no era el momento, mi momento.

Es increíble cómo, sabiendo todo esto, un simple hecho, una pequeña acción, una situación inesperada en medio de lo que era mi vida cotidiana, lo cambió todo.

Hace unos meses tuve que asistir a uno de esos eventos obligatorios que no puedes eludir: la boda del mejor amigo de mi padre. Siempre que hay algún tipo de reunión pseudo-familiar, intento pasar desapercibido para poder largarme lo antes posible. Y así lo hice, me puse el traje que siempre uso en esos casos y me presenté allí sin mediar palabra con nadie. Sin embargo, esta vez no acabó siendo como las demás.

La ceremonia la pasé en la última fila, buscando posibles chicas fáciles que llevarme esa noche a la cama. Más tarde, cuando el banquete comenzó, opté por sentarme en la periferia, lejos de mis padres y cerca de la barra del bar.

Al cabo de un rato –y llevando ya un par de copas encima– se sentó junto a mí un chico que tendría más o menos mi edad. Lo miré de reojo: complexión fuerte, rasgos suaves pero firmes, cabellera bermellón tirando a negruzco en las puntas… y cuando me devolvió la mirada, me quedé perplejo con sus increíbles ojos rojos, adornados con las cejas más raras y extravagantes que había visto en mi vida.

—¿No te aburres aquí solo? —me preguntó sin cambiar su semblante serio. No es que yo sea un antisocial ni nada por el estilo, pero este tipo de eventos no me gustan.

—No estoy solo —respondí elevando ligeramente mi copa de Whisky mientras hacía un gesto para que me entendiera. Sus labios se curvaron de forma apenas imperceptible antes de señalar los dos vasos vacíos sobre la mesa.

—Veo que has estado bien acompañado —replicó aumentando esa pequeña sonrisa. Le seguí el juego, al fin y al cabo tener algo de conversión no me vendría mal puesto que las bodas siempre acaban a las tantas de la madrugada.

—Dicen que beber solo es de alcohólicos. —Dirigí mi mirada al barman de la barra que estaba detrás nuestro para después enarcar una ceja al pelirrojo—. ¿Crees que podrías acompañarme un rato?

El chico bajó un poco la cabeza, supongo que sopesando mi oferta. Al final optó por levantarse, pero antes de acercarse a la barra me comentó lo poco que toleraba la bebida. A su regreso, disfrutamos de las copas en silencio, haciendo algún que otro comentario sobre la boda.

No nos dimos cuenta de en qué momento la mesa se había llenado de vasos, pero las luces ya se habían vuelto tenues y la gente empezaba a disgregarse para ir a los bares y pubs donde continuarían la fiesta; y claro, es de mala educación irse antes que los novios.

—Tsk, parece que vamos a tener que cambiar de lugar. —Me levanté apurando mi copa, haciendo que lo que restaba de los hielos sonara contra el vidrio, y miré al pelirrojo de nuevo, dándome cuenta de lo obvio—. Por cierto, no me has dicho tu nombre —comenté. Él enfocó sus ojos y sonrió de medio lado, cosa que hizo que yo elevara una ceja por algún motivo que ni yo entendí.

—Tú tampoco me has dicho el tuyo —replicó. Genial, un imbécil. Suspiré como si estuviera hablando con un crío de cinco años y puse mi sonrisa más altanera.

—Está bien, te llamaré pelirrojo, entonces. —Le golpeé un poco en el hombro—. Vamos, hay que ir saliendo. —Él me miró arisco, pero algún pensamiento le hizo cambiar de opinión porque sonrió antes de acabar el vaso y levantarse para seguirme.

Me separé de él poco después, cuando tuve que ir con mis padres de nuevo para que no me 'perdieran de vista'. Odio que me traten como si tuviera quince años.

Ya en el bar conocí a un par de chicas bastante atractivas con las que me entretuve un rato, antes de que me comentaran que tenían pareja y yo buscara una excusa para alejarme de ellas. Me disculpé fingiendo que iba al baño y me interné entre la gente en busca de alguien interesante, pero con el que me acabé chocando fue con el chico del banquete.

—Eh, pelirrojo, a ver si miras por dónde pisas —le increpé medio en broma, atusando mi traje como si me hubiera ofendido sobremanera.

—Eso mismo podría decirte yo a ti —me replicó, entrecerrando los ojos. Y yo, lejos de admitir que tampoco iba mirando bien por dónde iba, le desafié con la mirada. Nos mantuvimos la vista cosa de medio minuto, en medio del jolgorio y los gritos, hasta que al final me di cuenta de que eso no llevaba a ninguna parte y me relajé. Observé que llevaba dos copas en las manos.

—Vaya, y parecía tonto el chico. —Sonreí malicioso—. ¿Ya has ligado? —Me pareció algo increíble cómo el tono de su pelo se desplazó por su piel hasta sus mejillas de forma casi imperceptible.

—No, pero me las han pedido y no he podido decir que no. —Casi susurró la frase, desviando la mirada hacia el punto donde dos chicas parloteaban. No pude evitar echarme a reír ahí mismo, cosa que no le hizo mucha gracia—. Eh, déjalo ya. Algunos sabemos ser educados.

—Una cosa es ser educado y otra muy diferente un criado —le respondí entre risas, fingiendo que apartaba lágrimas de mis ojos.

Ese chico me había caído bien, tenía algo que no tenían los demás. En ese momento no podía explicarlo, pero era como si albergara un aura que te hacía intentar ser mejor persona. Vamos, yo estaba siendo bastante amable para lo que suelo ser, de hecho, aún no había insultado a nadie.

Terminé mis carcajadas y olisqueé por encima ambas copas, agarrando la de su mano izquierda.

—Yo me quedo con esta, la otra es muy dulce. —No me han gustado nunca las bebidas suaves—. Vamos a dar una vuelta.

El pobre pelirrojo se quedó un poco descolocado, balbuceando algo que no entendí sobre dejar a las chicas tiradas y no sé qué mierdas más. El lugar se había abarrotado en un momento y comencé a agobiarme, odio los sitios en los que no tienes espacio personal.

Me giré para ver si el chico me estaba siguiendo y lo vi intentando disculparse para pasar entre dos personas. Chasqueé la lengua, ¿es que no sabe andar por un bar? Retrocedí unos pasos y agarré lo único que pude: su mano. Automáticamente elevó la vista hacia la mía, con la que intenté expresar que era un idiota y que me siguiera. Tiré, y no paré de tirar hasta que vi la puerta de salida.

No me había dado cuenta hasta que dejé de pensar sólo en salir de allí, pero su mano irradiaba una calidez increíble, y tenía un tacto muy suave para ser la mano de un chico… me di la vuelta, sopesando la posibilidad de haber agarrado la mano equivocada por el camino, pero unos ojos rojos medio enfurecidos me dieron la bienvenida en cuanto giré la cara.

—Tú, maldito. Me has arrastrado por todo el local sin ningún miramiento. —Su voz sonaba un poco rasgada, con un deje de enfado. Con la mano derecha sujetaba el vaso en precario equilibrio, y se notaba que se había derramado un poco del contenido por el camino ya que ligeras manchas oscurecidas teñían las mangas de su camisa.

Sonreí ante la imagen. Por algún extraño motivo ese chico me hacía gracia, y me hacía sentir tranquilo. "Si hubiera salido del bar con una chica, hubiéramos tardado un siglo", ese fue el pensamiento que me hizo recapacitar sobre por qué esta vez había preferido hacer amistad con un chico a ligarme a una chica. No. Ni idea, pero si era lo que me apetecía en ese momento, pues adelante.

Salimos a la calle y el cálido aire veraniego nos golpeó en la cara, aumentando la sensación de desequilibrio que ya teníamos por culpa del exceso de alcohol.

—¡Uooop! He bebido más de lo que debería —dijo apoyándose contra la pared y mirando al firmamento. Yo sonreí imitándolo.

—Nunca es más de lo que debes. Siempre es menos de lo que quieres. —A veces digo cosas y ni yo sé lo que estoy diciendo, pero el chico me miró intrigado.

—¿Haces esto muy a menudo? —me preguntó con esos ojos que me hacían tardar más en responder mirándome fijamente.

—¿Hacer qué, pelirrojo? —A saber a qué se refería—. ¿Ir a bodas? ¿Emborracharme? ¿Hablar con desconocidos como tú? —repliqué. Parece que se pensó mejor la pregunta, porque ya no me la aclaró.

—No sé. A veces me da la sensación de que no disfruto de la vida todo lo que debería. —Una especie de indignación generalizada se extendió por mi pecho. ¿Cómo que no la disfrutaba? Sólo con vivirla a tu manera ya la estás disfrutando. Ponerse a pensar en filosofías de cuál debería ser nuestro nivel de felicidad es una estupidez. Pero claro, a ver cómo le explicas eso a un chico que acabas de conocer y estando ambos en estado de embriaguez.

—Tsk —repliqué al final. Y entonces una estúpida y absurda idea se cruzó por mi mente. Esas, señores y señoras, son siempre las ideas que te acaban pareciendo maravillosas si has bebido más de la cuenta.

Me acerqué al pelirrojo que había vuelto a mirar al infinito y me puse frente a él. Bajó la vista para enfocar sus ojos en los míos y me acerqué lentamente, posando mis labios sobre los suyos en un beso tan fugaz que ni yo supe si lo había dado. Me alejé como quien pasa por allí casualmente mientras él me miraba curioso. Curioso, y no atónito, cabreado u odiando su karma porque le hubiera besado un chico desconocido. Repito: curioso.

—Sólo vive y ya —le dije casi en un susurro. Sí, tengo la profundidad sentimental de una canica. Bebí de mi nueva copa por primera vez desde que se la arrebatara y arrugué la nariz ante el sabor. Lo miré de nuevo—. ¿Nos vamos? —pregunté entonces de golpe. Otra 'gran' idea se me pasó por la cabeza. Él sonrió ligeramente y asintió.

—¿A dónde?

—A vivir.

Nos largamos del bar dejando atrás a los novios, las familias, y las chicas de dudoso gusto por la bebida.

Pasamos por un parque con patos y ocas y casi me muero de la risa cuando una atacó al pelirrojo por un pedazo de pan que le iba a dar y éste cayó de culo contra el suelo. Más tarde fue su turno de reírse cuando entramos a un bar a pedir chupitos y me arriesgué con uno picante. Estuve bebiendo agua como quince minutos mientras él se hacía amigo de unos moteros que pasaban por allí, con los que acabamos jugando un mini-partido de béisbol en la calle.

Cruzando un puente nos encontramos un vendedor ambulante, al que conseguimos comprar un paraguas amarillo chillón a bajo precio a cambio de que el pelirrojo le cantara una canción. Lo cierto es que casi le obligué a hacerlo contándole una mentira sobre cómo negociar con ese tipo de vendedores. Ni que decir tiene que me estuve riendo de él durante un buen rato mientras sus mejillas ardían de la vergüenza cuando le conté la verdad. Eso sí, parece ser que el paraguas le gustaba de verdad.

La noche pasaba volando, y nosotros seguíamos bebiendo, conociendo gente, lugares e incluso animales extraños. Después de apostar quién iría con la cara pintada hasta casa en una carrera, llegamos a un parque donde nos tiramos en el suelo para recuperar el aliento.

—He ganado… —mencioné cuando mis pulmones volvieron a aceptar aire en su interior—. Te voy a pintar como un gatito, pelirrojo.

Notar la hierba húmeda contra la espalda era un alivio después de la carrera que, estaba seguro, yo había ganado. Pero el pelirrojo ya no estaba tumbado, sino observándome ladeado con una mueca divertida en la cara.

—Más quisieras —replicó convincente mientras se encorvaba un poco hacia mí a modo de pelea—, he atravesado la puerta un paso antes que tú, pedazo de idiota.

—¿A quién llamas idiota? —Por algún motivo no me cabreó de verdad ese insulto o esa cercanía, sólo quería seguirle el juego porque… me daba la impresión de que no iba en la dirección que debería.

—¿A quién va a ser? —Su respuesta bajó el tono de voz bastante, y antes de darme cuenta yo me había incorporado un poco, estando a pocos centímetros de él—. Sólo un idiota besa a otro chico.

El comentario me dejó descolocado, pero esos malditos ojos hacían que mi cerebro procesara todo más lento que de normal. Formé mi sonrisa pícara y vanidosa, esa que vuelve locas a las chicas, y le respondí.

—Y sólo un idiota deja que le bese otro idiota. —Apenas terminé la frase cuando nuestras bocas se juntaron por segunda vez esa noche.

Ese pelirrojo era cálido en todos los sentidos, y sus labios parecían haber sido creados para que yo los disfrutara. Nuestras lenguas se entrelazaron al mismo ritmo, y nos besamos sin que ninguno de los dos alterara su posición lo más mínimo. Era como si ambos estuviéramos comprobando la validez sexual y sentimental de lo que estábamos haciendo, porque, vamos, la gente no sale de casa pensando que acabará enrollado con alguien de su mismo sexo esa noche.

El beso continuó, comenzando a ser un poco más abrasivo, y pude notar cómo una especie de calor empezaba a invadir todo mi cuerpo. Me incorporé del todo, quedando sentado como él, y deslicé mi fría mano por debajo de su jersey y su camiseta, rozando su suave piel en el proceso y haciendo que diera un respingo por el contraste de temperatura.

Nos separamos, respirando un poco de forma entrecortada y mirándonos con ojos brillantes. No sabía qué tenía ese chico, pero no me apetecía parar con lo que estábamos haciendo. Yo no era gay, eso lo sabía… y por eso no entendí qué podía tener ese pelirrojo para que me sintiera tan bien estando con él en esa situación. Pero bueno, iba borracho y no me lo pensé.

Me levanté y le ofrecí mi mano, que aceptó sin más. Salimos del parque sin mediar palabra. Él me seguía dócilmente sin preguntar nada, así que supuse que se imaginaba cuál era nuestro destino. Me extrañó –aun estando borracho– la calma y seriedad con la que estaba afrontando lo que iba a suceder, no estaba nervioso, ni tenía dudas al respecto. Simplemente sabía que si era con él, iría bien.

Nada más cerrar la puerta de mi habitación, sus labios rodearon los míos con pasión y el cuarto empezó a dar vueltas.

… su respiración entrecortada sobre mi oreja cuando le tocaba.

… el calor de su piel rozando la mía en la misma medida.

… el peso de sus caderas sobre las mías.

… la fogosidad de sus besos en contraste con la dulzura de su toque.

… su olor, sus jadeos, sus gemidos.

… el sonido del choque de nuestras carnes, el escalofrío del auge.

… y esos ojos rojos que me robaban el pensamiento.

Esa noche descubrí sensaciones que jamás había tenido el placer de experimentar. Aprendí que la vida puede sorprenderte, pero que yo la había sorprendido más a ella desde el momento en el que besé a ese pelirrojo en la puerta del pub. También descubrí lo equivocado que estaba respecto al amor, y cómo uno no elige de quién se enamora.

Me desperté como en una nube, ni siquiera tenía resaca, sólo un poco de sueño. Alargué el brazo en busca del pelirrojo, pero sólo noté la fría sábana vacía. Abrí los ojos mientras giraba de mala gana la cabeza. Estaba solo. Resoplé y cerré los ojos de nuevo, lo cierto era que no sabía qué esperar de él, yo siempre he desaparecido de las camas de mis conquistas por las mañanas, y nunca me había importado qué era lo que ellas querían o esperaban de mí.

Pero ese chico me había marcado de alguna manera. Quería conocerle, quería saber más de él, de sus gustos, de su vida. Quería volver a besar sus labios y a probar su cuerpo, quería… cosas que hasta entonces no pensé que quisiera. Sin embargo, no sabía ni su nombre.

Me lamenté mentalmente por no haber sido capaz de insistirle con el nombre durante toda la noche. No podía localizarlo, no sabía si era de mi ciudad, o si había venido del extranjero para la boda. No sabía nada sobre él.

Con el tiempo decidí olvidarlo. Pasaron los meses y mi vida continuaba como si nada hubiera pasado, pero mi mente había cambiado totalmente. El rojo se había convertido en mi nuevo color favorito, y a veces me descubría buscando entre las cabelleras del gentío una de ese color. Dejé de creer que encontraría una chica de la que me enamoraría, porque el pelirrojo había sido la única persona que me había hecho sentir de esa manera, aunque hubiera sido de forma tan efímera. También dejé de ligar siempre que salía, y empecé a preocuparme un poco más por mí y por mi futuro.

Hasta que el destino quiso que mi futuro cambiara.

Una tarde de noviembre especialmente lluviosa tuve que viajar a la ciudad vecina para realizar un encargo de mi padre. No odio la lluvia, pero ese día era especialmente molesta. Anduve por las calles a un paso más bien rápido, intentando meterme por debajo de los balcones de los edificios para no acabar empapado porque soy tan desastroso que no cogí paraguas.

Atravesé una calle y me paré en el paso de cebra, esperando que se pusiera en verde. Y fue entonces cuando lo vi: una cabellera roja bajo un paraguas amarillo al otro lado de la calle.

Los coches no cesaban de pasar a toda velocidad, desplazando el agua de los charcos contra el borde de la acera donde los peatones se habían retirado para no mojarse, pero yo me acerqué despacio hasta el límite, intentando verificar si los latidos en mi pecho estaban justificados.

Al otro lado de la calle el paraguas amarillo se cerró, y unos ojos rojos clavaron su vista en los míos. Pude percibir cómo una sonrisa se deslizaba por el rostro que tanto había visto en mis sueños, y me permití sonreír ladino.

Cuando el semáforo tornó verde, comencé a cruzar imitando sus movimientos y parando frente a él en medio de la calzada. Me miró y su sonrisa aumentó al verme empapado de pies a cabeza.

—Sigues siendo un idiota —me dijo haciendo un ademán que me señalaba por completo. Yo le devolví la sonrisa, con un tono de lujuria implícita en ella.

—Comprobemos si tú también lo sigues siendo. —Y no hizo falta más, enredé mis brazos en su cuello mientras notaba cómo su mano derecha se apoyaba en mi cintura y su mano izquierda me aprisionaba más contra él.

La lluvia nos golpeaba insistente, pero no nos separamos hasta que el pitido de un coche nos hizo percatarnos de dónde había querido el destino que nos reencontráramos.

Ya han pasado dos años desde entonces, dos años en los que no he podido ser más feliz con él, que siente lo mismo por mí.

No sé qué es lo que me enamoró, ni si quiera sé cuándo ocurrió; sólo sé que me alegra que uno no elija de quién se enamora, porque no habría podido encontrar a nadie mejor que él, mi pelirrojo.