Inuyasha y CO., no me pertenecen -por más que he tratado de engañar a Takahashi para que me firme los documentos donde me cede los derechos de autor-.


Este fic es un regalito con mucho amor para mi Pervertido Navideño: "¡ARDALUS!" por el "Intercambio Navideño 2015-16" del foro Hazme el Amor de Inuyasha. De verdad deseo que lo disfrutes muchísimo, tanto o más como yo disfruté escribiéndolo. Coloqué todo mi empeño y cariño para agradarte y cumplir con tu petición. El fic lleva mi toque personal, así que espero que te guste.


ADVERTENCIA: Rated: "M". Si te ofende o disgusta leer escenas con lemon pues, éste fic no es para ti. Si de todas maneras quieres continuar leyendo, será bajo tu responsabilidad como lector.


Utopía de Amor

Estaba innegablemente enamorada del hombre más fascinante y hermoso que jamás haya conocido. El problema no era él, era su título. ¿Cómo negar un amor tan grande cuando el hombre de tus sueños es tu profesor?


I


Japón, 2015.

Fijó su mirada en la diana blanca y roja que estaba en la distancia. Inspiró suavemente por la nariz, reteniendo el aire en los pulmones, sintiendo como su diafragma se contraía, para luego espirar lentamente por la boca tratando de controlar sus nervios.

Acomodó con delicadeza y precisión el protector en su mano derecha que cubría sus dedos índice y medio y bajaba por su muñeca, hasta la mitad de su antebrazo. Se hincó un poco y recogió el arco de madera roja tallada –el cual era de casi su misma altura–, que estaba en el suelo esperando por ser usado. Tocó el pequeño escudo negro de plástico que cubría su pecho, y dirigió su mano derecha al carcaj que estaba en su espalda, tomando una de las saetas de madera negra.

Inhaló nuevamente, tratando de liberar la presión de sus hombros; no se escuchaba ningún sonido, era como si estuviera completamente sola. Pero sabía que no lo estaba y el pensar que un par de doradas irises la observaban desde atrás, era suficiente para querer hiperventilar. Sacó rápidamente el pensamiento de su mente y tomó concentración otra vez, debía mantenerse enfocada.

«Relájate, Kagome.»

Casi podía escuchar su varonil voz, calmándola inconscientemente.

Se colocó en posición lateral y entreabrió sus piernas, dejando que sus pies cubiertos por medias blancas quedaran a la distancia adecuada para mantener una mayor estabilidad. Su Kosode blanco y el Hakama negro le daban la total libertad en movimiento y comodidad. Su cabello azabache iba recogido descuidadamente en una coleta baja, cayendo por su hombro derecho, el cual rozaba sus caderas y terminaba en ondas muy marcadas.

Colocó la flecha en el mango del arco, dirigiendo la punta hacia arriba, para luego descender el arco y posarlo frente a ella. Ejerció tensión en la cuerda, halando su brazo derecho y llevándolo hasta atrás, guiando la flecha con su dedo índice izquierdo, apuntando a la diana. Sus movimientos eran gráciles, suaves, elegantes. Todo espectador se mantenía atontado, deleitándose con la gracia de la joven arquera.

Ésta era su oportunidad, demostrarle a él que era la mejor arquera de la secundaria y así, que la notase en serio. Esto lo hacía por ella, pero también por él, porque él la había enseñado bien, porque él estaba siempre con ella, porque… lo amaba, así fuera en silencio.

Esperó que el viento menguara un poco y cuando el silbido del soplo dejó de pasar por sus oídos, liberó la flecha. En menos de dos segundos, el proyectil ya había alcanzado su objetivo. El centro blanco de la diana recibió la punta de acero de la saeta y con ello, los aplausos rompieron el silencio.

La joven arquera dio un gritito emocionado, sujetando el mango del arco con ambas manos y sonrió ampliamente. Finalmente, ¡Era la campeona del Torneo de Arqueros!

—Buen trabajo, Kagome— La suave pero al mismo tiempo profunda voz del hombre la hizo erizarse en emoción. Se giró y vio la orgullosa sonrisa en el rostro de su Sensei, el cual posó una cálida mano en su hombro, a modo de apoyo— Ese tiro fue perfecto, felicidades.

El sonrojo de sus mejillas debía ser notorio a estas alturas. Si bien era su profesor, estaba irremediablemente enamorada de él.


—Oh, Kagome ¡vamos!— Le replicó su amiga— Has estado enamorada del profesor Taishō desde que entró a la secundaria, ¿no te cansas?

La azabache se encogió de hombros y le restó importancia a lo que la muchacha le decía, terminó de acomodarse su falda verde y se dispuso a cepillar su largo cabello. — No.

Su escueta respuesta hizo que Yuka abriera sus ojos sorprendida y que Eri soltara un suspiro. — ¿Por qué te gusta tanto, Kagome?

La pregunta la había tomado un poco por sorpresa. ¿Por qué le gustaba? Pues…—Es hermoso. — Respondió con simpleza. — ¿Qué más razón que esa?

—No es una suficiente. A todas nos gusta el Sensei porque es muy atractivo. Pero tú estás excedida. — Yuka trataba de hacerla entrar en cabalidad. Si bien era normal que te gustara un profesor, había ciertos límites. Kagome sólo pensaba en él, nunca había aceptado una cita con un chico, ni siquiera con Hōjō o con Kōga, que eran chicos bien parecidos y gustaban de ella.

—Es que no lo entiendes. No es algo que yo quise sentir, simplemente pasó. — La pelinegra guardó su cepillo para el cabello en el bolso de mano, donde estaba su traje de arquería.

—Kagome…-

— ¡Ya basta! — Exclamó ya cansada de tantos reclamos— No entiendo cuál es el problema, ¿Por qué les molesta tanto que él me guste?

—Te equivocas— Intervino Eri, con un tono preocupado, el cual no le agradó a la joven azabache— Estamos preocupadas, él es mayor que tú y todas sabemos claramente que tiene su vida, y que pronto conseguirá una mujer de su edad para formar su familia. ¡Es una locura! ¡Es demasiada la diferencia de edad!

—Sólo tiene veinticinco años, no es tan mayor. — Quiso conciliar la muchacha, tratando de no pensar en el malestar que se acrecentaba en su pecho al saber que él en cualquier momento podría conseguir una mujer con la que quisiera estar.

Eri cerró los ojos tratando de calmarse, ya que Yuka se veía exasperada; su amiga era muy terca y eso lo sabía a la perfección. — Tú eres libre de sentir amor por quien quieras, pero piensa más en ti. Tienes diecisiete años y nunca has querido salir con un chico, has pertenecido al equipo de arquería desde hace cinco años y desde hace cuatro el profesor Taishō es tu Sensei. Desde que entró a impartir clases de lucha y arquería, no has tenido ojos para más nadie.

La joven pelinegra bajó la mirada, sabiendo que era la pura verdad. Desde la primera vez que había visto a Inuyasha entrar por la puerta del campo donde se practicaba la arquería hacía cuatro años, había quedado enganchada a él. No había minuto del día en que no evocara su arrogante sonrisa o la determinación en su rostro cuando entrenaba las luchas con los demás estudiantes.

Era joven, sí. Pero… no tanto como para ella. Además, la relación 'Alumna-Profesor' debía mantenerse, e Inuyasha era muy respetuoso y ella… pues, simplemente era invisible a sus ojos. Solamente lo llamaba por su nombre de pila cuando hablaba con sus amigas, o cuando conversaba acerca de él con su mamá o su mejor amiga, Sango, la cual también era su vecina. Y él la trataba de manera amable, pero la miraba casi como una hermana menor, a la cual debía proteger. Era cierto, había empezado a enamorarse de él porque él se encargaba de cuidarla, de mantenerla a salvo y evitar que le ocurriera algún daño en las prácticas que mantenían. Sus regaños preocupados siempre estaban presentes.

El hecho de que también había momentos en los que conversaban sobre sus vidas y compartían buenos ratos -como el almuerzo o la merienda-, había hecho que ella sintiera el amor tan profundo que hoy profesaba por él.

No era sólo su trato, era todo él. Su piel se erizaba solamente con sentirlo cerca, con saber que respiraba en su misma dirección y sentir su ambarina mirada sobre ella, la hacía sonrojar y sentía que el mundo dejaba de girar, centrándose sólo en él. Y, cuando llegaba a sentir su tacto, moría por dentro, la sensación de tocar el cielo con la yema de los dedos era tan potente, que no había cabida en ella a más pensamiento que no fuera la presencia de su Sensei.

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Debes mantener tu mirada en el blanco— La joven mantuvo su vista hacia el frente, estaba concentrada en su objetivo pero, no podía pasar por alto estar atenta a la voz de su Sensei. Él estaba justo detrás de ella, podía percibir claramente su perfume, atrayente y adictivo. — Relaja tu postura…Se sorprendió cuando él colocó sus manos en sus hombros, apretando y soltando con sus largos dedos, dando un suave masaje para ayudarla a liberar tensión— Si estás relajada, tu puntería será perfecta.

Colocó una de sus manos en el codo femenino del brazo extendido, alzándolo un poco y mejorando su posición, pero esa acción hizo que su cuerpo se rozara con el suyo, el cálido y amplio pecho del joven profesor se apegó a su espalda, sin llegar a ser un acto irrespetuoso, pero totalmente agradable para la muchacha; se mordió el labio cuando él tomó su cintura, girando su torso, haciendo un ángulo perfecto entre su brazo, el arco y la flecha.

Dispara.

Soltó la flecha la cual silbó, atravesando el aire tranquilo y solitario del campo. Sólo estaban ellos dos, faltaban tres semanas para el campeonato y el profesor Taishō la había hecho practicar tres horas diarias.

Se giró hacia él, viendo lo cerca que estaban, apreció sus doradas orbes que la miraban con orgullo. El hoyuelo en su varonil mejilla derecha se hizo notar cuando sonrió, con una mezcla de arrogancia y altanería. Ganarás la competencia, estoy seguro.

La muchacha se sonrojó y desvió la mirada al lugar donde había quedado la flecha, justo en el blanco.Muchas gracias, con su ayuda, sé que así será.Agradeció sin mirarlo con una suave sonrisa.

Sintió como él colocó una mano cariñosamente en su cabeza, como a una hermana pequeña, lo cual la hizo fruncir los labios, dejando de sonreír. Luego él se había marchado sin dirigirle la palabra, finalizando la práctica.

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Se había sentido tonta luego de eso. Él sólo la estaba ayudando a ser la mejor, él no la veía de esa manera, él no la quería como mujer. — Sólo faltan dos meses para graduarnos. — Dijo, intercalando la mirada entre Yuka y Eri. — Luego de eso, me iré a la universidad, no lo veré más nunca. Por ahora, déjenme disfrutar de mi amor platónico en paz, por favor. — Pidió un tanto molesta, más que todo para quitárselas de encima.

Las chicas no dijeron palabra alguna. Eso que Kagome decía era sólo de la garganta hacia afuera. No lo sentía de verdad. Pero tenía razón, en dos meses más finalizarían el duodécimo grado, terminando así la preparatoria.

Luego de eso, el amor que ahora sentía por su profesor, sería sólo un recuerdo.


Mordió su manzana descuidadamente, sentada en la banca de la pequeña plaza que estaba en la preparatoria esperando un poco más para poder ir a casa, era sólo una hora pasado el mediodía, no quería irse aún. Alzó su mirada y cerró un ojo, el sol estaba bastante fuerte, sin embargo, siguió recibiendo sus rayos, gustosa. Le hacía bien a su piel tomar el sol ya que últimamente, estaba más blanca de lo normal.

— ¡Hey, preciosa!

Giró su cabeza a la derecha y vio como Kōga se acercaba a paso rápido y sentaba a su lado, pasando cariñosamente su brazo sobre sus hombros. — Hola, Kōga… qué sorpresa. Pensé que estabas en entrenamiento de luchas.

—Nah… es más divertido venir a verte además— Alzó una ceja de manera presumida lo que hizo sonreír a la muchacha—, Soy el mejor del equipo. Por cierto… ¿Qué haces aquí tan sola?

Kagome levantó su mano y le mostró su manzana, meciéndola frente al rostro de su amigo. — Esto. — El oji-azul sonrió y le quitó la manzana de las manos y la mordió, para luego devolvérsela. — ¡Oye! ¡Tienes la boca gigante! ¡Casi te la acabaste!

—Lo siento, tengo hambre… acompáñame a comer algo. — Le dijo mientras masticaba y tragaba el pedazo de fruta.

—Oh, pero…-

—Sin 'peros'. — La levantó del asiento tomando ambas mochilas que descansaban en la banca y la arrastró con él hacia el café más cercano a la preparatoria, dos calles más allá. Kagome se giró al sentirse observada y cundo fijó sus ojos en la entrada de la preparatoria, vio al profesor Taishō de pie, observándolos de brazos cruzados. Iba a soltarse del agarre de Kōga y caminar hacia él cuando el ambarino se dio la vuelta, internándose en el gran edificio.

¿Qué había sido esa mirada? Había tenido una extraña mezcla de reproche y frustración, ella lo pudo percibir. Sintió como si lo estuviese traicionando de alguna manera, pero era imposible. Su Sensei jamás le había demostrado sentir algo más por ella, algo que no fuera cariño por alguna alumna sobresaliente. Ella tampoco había tenido la valentía de decirle que sentía algo por él, moriría de vergüenza si él llegaba a enterarse por terceros.

Ciertamente, su mirada le había dolido. Los había observado como si estuviera a punto de saltar sobre ellos, casi con ira contenida, como si hubiesen estado violando una sagrada ley del recinto educativo. Siguió caminando al lado de Kōga mientras lo escuchaba hablar algo acerca de un viaje de fin de curso, "vacaciones bien merecidas" logró escuchar; pero no podía apartar el reproche de la mirada ambarina de su profesor. Negó, moviendo su cabeza para espabilar ese pensamiento. Se estaba ilusionando con algo que no sería.

Además, así él sintiera algo por ella, la respetaba demasiado y la azabache no estaba dispuesta a que él perdiera su empleo por su causa. Eso -hipotéticamente hablando-, claro estaba que nada ocurriría, mucho menos en los dos meses que quedaban de clases.

—Entonces, ¿Qué dices? ¿Irás? — Kōga esperaba ansiosamente la respuesta de ella, si decía que sí, sería la oportunidad perfecta para declararle sus sentimientos, decirle todo lo que sentía por ella.

Kagome parpadeó varias veces, perdida. —Disculpa, ¿qué decías? — Por andar sumergida en sus pensamientos, no había escuchado completamente lo que su amigo decía.

El oji-azul frunció un poco el ceño, preocupado. — Hablaba del… viaje de fin de curso, ¿irás?

La muchacha frunció sus labios y miró al frente, cuando ya sólo les faltaba una cuadra para llegar, se divisaba la cafetería. —Eh… claro, me gustaría.

El moreno no se convenció con su respuesta. Últimamente su amiga estaba muy distraída, a veces la veía sola, caminando sin compañía y otras veces perdida en sus pensamientos. — ¿Hay algo que te preocupa?

— ¿Eh?

—Puedes confiar en mí, lo sabes.

Kagome le sonrió cálidamente, agradeciendo su preocupación. — Tranquilo, sólo estoy un poco melancólica. Tendré que dejar el equipo de arquería y pues… Cinco años en él no saldrán tan fácil de mi corazón.

El joven de azulina mirada asintió, comprendiéndola, pero no lo tranquilizó su respuesta. Sin embargo, no quiso seguir indagando, ya ella le diría lo que le preocupaba, porque estaba seguro que había algo más.


—Estoy en casa. — Anunció la azabache, mientras dejaba sus zapatos en la entrada y con cansancio, arrastraba su mochila.

—Bienvenida, Kagome.

Le dio un suave beso a su madre en la mejilla y se excusó con ella. Iría a bañarse antes de bajar a ayudarla a preparar la cena antes de que ella tuviera que salir a su trabajo, su mamá era enfermera y este fin de semana le tocaría el turno de la noche en el hospital. Sólo eran ellas dos en casa.

Cerró la puerta de su cuarto y se apoyó en ella, dejando caer la mochila descuidadamente al suelo. Desanudó el lazo que estaba en su cabello y sostenía su larga cabellera azabache llena de ondas, dejándolo caer libre por sus hombros y espalda, quitó sus calcetines y también su falda. Había sido una buena idea comenzar a utilizar shorts cortos de lycra debajo de su muy –a su parecer- corta falda; ciertamente no quería que ocurrieran 'accidentes', sobre todo con los chicos tan pervertidos que estaban en su clase.

Deslizó la camisa blanca fuera de su cuerpo y tomó una toalla. Un baño relajante de tina era lo que necesitaba. La salida imprevista con Kōga había durado más de lo que había pensado y, aunque se había divertido y distraído un rato, había momentos en los que el moreno le lanzaba indirectas sobre ellos juntos como pareja y, casi inmediatamente, aparecía en su mente la dura mirada de su Sensei, sacándola de concentración y dejaba de prestarle atención a todo cuanto la rodeaba.

Recogió su cabello con palillos chinos decorados y se introdujo en la tibia agua de la tina. Se relajó cuando el olor a vainilla de las esencias llegó a ella, impregnando también su piel con el suave aroma. El letargo comenzó a apoderarse de su cuerpo, sintiendo como se sumía en la soñolencia que el vapor del agua le brindaba. Abrió sus ojos cristalizados y un poco rojizos debido al cansancio. ¿Cuándo se había agotado tanto?

Supo que no era cansancio lo que sentía exactamente; estaba agobiada, en realidad. ¿Cómo era posible que su Sensei haya calado tan hondo en su corazón? Apretó fuertemente sus ojos y sus puños que se estaban bajo el agua, deseaba ya no llamarlo 'Profesor' o 'Sensei', él era un hombre, atractivo, de carácter fuerte, jovial y preocupado por ella y nunca había anhelado tanto que se rompiera esa barrera que los separaba tan cruelmente.

Pero la joven sabía que no sólo los alejaba el hecho de que ella era una alumna más del montón, lo que los separaba, era los sentimientos de cada uno. Él nunca se fijaría en una chiquilla. No cuando podía tener una hermosa mujer a su lado que pudiera darle lo que necesitaba, cuando lo quisiera. Se sonrojó cuando su mente comenzó a divagar en situaciones poco decorosas, repasando los rasgos del ambarino.

Él era único. Tenía un magnetismo innegable que atraía hasta a la mujer más fría de corazón. Su carácter era fuerte, determinante y a veces, un poco prepotente. Pero lo amaba de esa manera. Amaba sus fuertes manos, provista de largos dedos que la hacían sentir en una hoguera cada vez que la tocaba, así fuera simplemente un roce; entreabrió sus labios, sintiendo un cosquilleo en su vientre que se extendía por todo su cuerpo. Ella no era tonta, tampoco era estúpida para no saber que él le provocaba sensaciones fuertes en sí, anhelando llegar a sentirlo, que la tocara de manera más osada, más ardiente.

No podía ocultarlo, ella quería ser suya. Que no sólo la tomara de manera carnal, también que tomara su corazón, que se diera cuenta de todo lo que ella podía ofrecerle. ¿Cómo se sentiría ser recorrida entera por sus fuertes pero, al mismo tiempo, suaves manos? Que su cuerpo fuera disfrutado por él, que ella pudiera conocer su anatomía sin reparos, sin miedos de ser reprendidos por alguien ajeno a ellos. Que sólo estuvieran ambos encerrados en una burbuja impenetrable.

Pero, estaba clara de que no pasaría. Detestaba su situación y sentía impotencia al no poder dejarse llevar por sus sentimientos. Dejó reposar su cabeza en el borde de la blanca tina. Debía tomar una decisión y hasta ahora, la más cuerda era erradicar ese sentimiento de ella. Aprovecharía al máximo el tiempo que le quedaba en la preparatoria y agradaría a Inuyasha. Trataría de pasar el mayor tiempo con él, así nunca le dijera sus sentimientos, eso haría.

Salió del baño y se vistió con una franelilla de tirantes y un short de tela, se colocó calcetines y bajó a ayudar a su madre como había prometido, eso la distraería un poco.


—Te lo digo, Kag. Él no respeta, es un pervertido de lo peor, ¡Ni siquiera porque estamos en público!

Una suave carcajada escapó de los labios de la azabache, viendo el ceño fruncido de su amiga. —Ay, Sango. Ya deberías estar acostumbrada. Miroku jamás dejará de ser manilarga.

—Pues, ¡deberá dejar de serlo!— La castaña apretó su puño en clara señal de frustración. —Ese tonto, no sabes la vergüenza que pasé… ¡Mira que… tocarme, ahí…!

—Ya, ya. —Trató de calmarla la joven pelinegra. —Estoy segura que es su manera de demostrarte lo mucho que le gustas. Luego de conocerte, no ha coqueteado con más chicas. Él te ama, Sango.

La mirada de la castaña se dulcificó cuando escuchó las palabras de su amiga; eso era cierto, su novio ahora sólo era un pervertido únicamente con ella, aunque no lograra controlar su mano, sin importar en que situación estuviesen. — Tienes razón, gracias Kagome. — Observó a la jovencita y frunció los labios al ver su expresión. — A ti te pasa algo, ¿Qué es? —Soltó rápidamente.

La azabache encaró a su amiga y entreabrió sus labios. Bien, con ella podía liberar lo que sentía. —Quedan sólo dos meses para finalizar la preparatoria.

—Lo sé, al fin podrás ir a la universidad. Pero, eso no es lo que te preocupa.

No había sido una pregunta, la conocía tan bien que había afirmado que ella tenía algo más. —Ya no podré… ver a Inuyasha.

Sango entendió inmediatamente la actitud casi taciturna de su amiga. Desde hacía cuatro años, su amiga le había contado sobre éste profesor. Aunque iban en preparatorias diferentes, eran vecinas desde pequeñas y se habían vuelto casi hermanas. Aún recordaba claramente como Kagome le había dicho entre grititos de alegría que su profesor le había comentado lo orgulloso que estaba de ella, por ser la mejor arquera de su promoción y de la preparatoria en general. Cuando la joven azabache había iniciado su último año en la preparatoria, su actitud se había vuelto menos aniñada, ahora estaba siento más madura, calmada y en su semblante a veces se denotaba la tristeza, aceptando mucho más el hecho de que ese sería su último año como alumna de su Sensei.

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¿No has pensado en decirle lo que sientes? — Vio como los ojos color almendra de su mejor amiga casi se salen de sus órbitas, aterrorizada con sus palabras. Sango agitó sus manos rápidamente, tratando de corregir lo que había dicho. — Me refiero a una vez que te gradúes.

La joven azabache suspiró derrotada. —Lo he pensado pero… no creo hacerlo. No estoy lista, además…

Además…— La animó a continuar.

No creo gustarle de esa manera. Soy sólo su alumna y… preferiría seguir así, viviendo éste sentimiento yo sola hasta que el momento de dejarlo ir llegue.

Te gusta mucho, ¿No es así?

La pelinegra sonrió, haciendo resaltar los hoyuelos en sus mejillas. —Más que gustarme, amo todo de él. La manera en que sonríe de medio lado, como sus ojos se iluminan cuando los rayos del sol tocan su rostro… como el dorado que posee en su mirada toma una tonalidad casi naranja y rojiza cuando está enojado. Como frunce el ceño y golpea su pie contra el suelo si está impaciente. La manera en la que me observa lanzar mis flechas, con sus brazos cruzados sobre su pecho. Como su sonrisa se vuelve arrogante y presumida si gana una lucha. Hasta amo la manera en la que él ama el Ramen…

Vaya…— Sango estaba asombrada. La manera en la que su amiga hablaba de él le daba a entender lo profundamente enamorada que estaba. La admiraba, ella todos estos años ha estado callando lo que siente. —Veo que… en verdad lo amas.

La joven bajó la mirada, enfocándose en sus manos, las cuales estaban en su regazo. —Es lo que más me atemoriza. Tal vez nunca logre olvidarlo y… una vez que salga graduada, hasta ahí llegará esto.

No debes avergonzarte por sentir amor por él. Sí, es cierto, es un profesor. Pero… él es joven, era algo que no podías evadir. — Su amiga le sonrió y sus ojos se iluminaron nuevamente. Ella tenía razón, no se avergonzaría de su amor por él.Además, parece que lo observas bastante, mira que grabarte todo lo que hace. Alzó una ceja y le sonrió con picardía para luego mirar sus uñas de manera despreocupada.

Se sonrojó furiosamente y casi cae del sofá donde cómodamente estaban sentadas, tomó uno de los mullidos cojines y se lo lanzó, mientras una batalla de risas y ataques comenzaba. — ¡Tonta!

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Kagome era muy apasionada en sus sentimientos y nunca la había visto vacilar en ellos. Se había mantenido perenne en su amor por su profesor y aunque varias veces trató de disuadirla diciéndole que era una locura que estuviera enamorada de él, que la diferencia de edades era demasiado notoria y que ella saldría lastimada, la azabache defendió su sentir hasta el final. Incluso, su madre había tratado de aconsejarla también, pero optó por apoyar a su hija, dada la determinación de ésta. Dejar correr el tiempo sería lo mejor.

—Vayamos por un helado, Kag. Aprovechemos que estamos en viernes.

—Está bien. Buscaré dinero. —Concordó, levantándose.

—Nos vemos aquí en diez, rápido, rápido. ¡La última en llegar es popó de gato!

— ¡Serás popó de felino!— Le gritó al tiempo que comenzaba a correr a su casa, para cambiarse el short por un jean y buscar el dinero. Habían estado sentadas en las escaleras del templo donde la azabache vivía. Su madre se había ido apenas hacía una hora y aún quedaba claridad del día.

Una vez lista, se encontró con Sango antes de lo acordado y ambas rieron al comenzar la guerra sobre quién era la última en llegar y la que se llevaría el título nada glamoroso de "Popó de gato", obviamente, ninguna lo quería.

Llegaron a una heladería que estaba unas cuadras más allá del templo y se dirigieron a las máquinas dispensadoras de helado. Había muchos sabores y lo mejor, era que ellas mismas podían crear su postre. El lugar era acogedor, había mullidos sillones y también mesas con sólo dos sillas para parejas. Las blancas paredes adornadas con florecillas y también con círculos de colores hacían la estancia agradable a la vista, mezclando los tonos del arcoíris. Un lugar familiar y a la vez para enamorados.

Sango y ella se dirigieron al estante donde estaban los vasos, había diferentes tamaños y formas, decidiéndose por unas copas. La azabache se giró para ir con su amiga hasta la primera estación: Las cremas de helado. Desde donde estaba, podía observar el otro lado de la heladería, reparando en una pareja que compartía un batido de la misma copa.

Un sentimiento jamás experimentado la abordó, oprimiendo su pecho y haciéndola casi marearse. Era él, era Inuyasha. Sonreía y miraba de manera amorosa a una hermosa chica sentada frente a él. El largo y sedoso cabello liso de su acompañante brillaba gracias a la iluminación artificial del lugar; ella también sonreía animadamente, haciendo que su perfil se viera mucho más bello. Un suspiro que se asemejaba más a un sollozo escapó de sus labios, llamando inmediatamente la atención de la castaña.

—Kag, ¿estás bien?

La azabache no podía despegar sus ojos de la pareja. Pareciera como si ellos estuvieran aislados del resto del mundo, tal como ella quería estarlo con él, como siempre había deseado. Cuando vio a Inuyasha tomar la mano de la hermosa mujer y sonreír de esa manera que tanto amaba, su corazón se oprimió y el dolor recorrió su ser entero. Sintió el escozor en su mirada y se obligó a tragar el nudo en su garganta, sus manos estaban frías y, luego la rabia tomó parte en su cuerpo.

La acompañante de su profesor se levantó de la mesa, atendiendo una llamada en su celular y ella logró ver su rostro, era tan hermosa, de rasgos finos, madura. Una mujer que a él le convenía. Dirigió nuevamente su mirada a Inuyasha y como si él presintiera que alguien lo observaba, alzó sus dorados ojos a ella y su expresión pasó de ser una relajada y sonriente a una asombrada y, ella juraba, preocupada.

Lo vio hacer el indicio de levantarse y caminar hacia ella, pero antes de hacerlo, le entregó la copa a Sango y salió a paso rápido de la heladería.

El sonido tintineante de la puerta llamó la atención de la mujer que aún hablaba por su celular, cuando vio a una jovencita salir apresuradamente del local. Inuyasha pasó también por su lado, dispuesto a salir de la heladería y ella frunció el ceño, algo alarmada.

— ¡Inuyasha! ¡Espera! ¿A dónde vas? — Preguntó, tomándolo del brazo.

—Lo siento, Kikyō, en seguida regreso. —Le dijo, se soltó de su agarre y salió del lugar.

La castaña aún mantenía las copas en su mano, sin salir del asombro. Ese hombre… era el Sensei de Kagome. Divisó a la mujer de largo cabello azabache cerca de la puerta de salida y sintió la ira recorrer sus venas. Ella le había advertido a Kagome que tarde o temprano algo así sucedería, ¡pero era tan terca!

Salió rápidamente tras ellos, entregándole las copas a la mujer que acompañaba al profesor de su amiga, haciéndola tambalear por el rápido movimiento que realizó. — ¿Pero qué-?

— ¡Lo siento! — Se disculpó con ella, aunque en realidad no sintiera remordimiento alguno.

Kagome apoyó sus manos en sus rodillas tratando de recuperar el aliento, para luego reclinarse en la pared de alguna tienda, no sabía en realidad cuánto había corrido, pero sentía su pulso ir a mil por hora.

— ¡Kagome!

¡Oh, no! ¿La había seguido? ¡No podía verlo! ¿Qué le diría? La situación prácticamente era ridícula, ella no debió salir huyendo de esa manera, pero… ¡Oh, dolía tanto! Las lágrimas bajaron por su rostro y un lastimero quejido afloró de su garganta.

Escuchó pasos apresurados cerca de ella y decidió correr nuevamente, no quería verlo, no quería hablar con él. Corrió hasta que estuvo segura que estaba sola, deteniéndose nuevamente en un callejón. A pesar que sentía la presión de su pecho y un dolor inmenso por darse un encontronazo con la realidad, no pudo evitar seguir pensando en el gran amor que sentía por él. Por su profesor.

Solamente esperaba poder superarlo, antes de que fuera demasiado tarde para ella.


N/A: Un comienzo que en lo particular, me gustó mucho :D, a todos los que leen, muchas gracias. Si dejan su comentario sobre qué les pareció, estaré muy agradecida.

Besitos.