Inuyasha y CO., no me pertenecen -por más que he tratado de engañar a Takahashi para que me firme los documentos donde me cede los derechos de autor-.


Regalo para "¡ARDALUS!" por el "Intercambio Navideño 2015-16" del foro Hazme el Amor.


ADVERTENCIA: Rated: "M". Si te ofende o disgusta leer escenas con lemon pues, éste fic no es para ti. Si de todas maneras quieres continuar leyendo, será bajo tu responsabilidad como lector.


Utopía de Amor

Estaba innegablemente enamorada del hombre más fascinante y hermoso que jamás haya conocido. El problema no era él, era su título. ¿Cómo negar un amor tan grande cuando el hombre de tus sueños es tu profesor?


III


Japón, 2016.

Llegaba tarde, llegaba tarde. ¡Tonta, Kagome! ¿Cómo podía quedarse dormida en su primer día de clases de la universidad? ¡Nunca le había sucedido! Bueno… un par de veces, quizá. Pero fue en su salón, sobre el pupitre. No antes de llegar y perderse la primera clase.

Como un cohete bajó las escaleras, acomodando su cabello sobre uno de sus hombros para colocar sobre el otro, la mochila donde llevaría sus cosas a partir de ahora. Había tenido todo un año sabático. Luego de su graduación había tomado un lapso de doce meses como descanso, avocándose a ayudar a su mamá y también a atender el templo. Su abuelo había llegado y pensaba quedarse con ellas, su madre había dejado de trabajar de noche y ahora sólo hacía turno vespertino, lo cual era mejor para ella y su salud. Las cosas habían mejorado en su familia.

Sin embargo, desde el momento que salió de la preparatoria, su vida había quedado incompleta y por más que se empeñara en negarlo, sabía que ese era el motivo de su constante estado de ánimo decaído y malhumorado.

No lo había vuelto a ver. Desde aquel campamento antes de la graduación, no había hablado con él. Ni siquiera se había acercado cuando todos los profesores felicitaban a los egresados. Ella tampoco le había buscado. Muchas palabras quedaron en el aire, desde que ella le había confesado sus sentimientos, sin obtener respuesta de él, lo había evadido totalmente y, así había transcurrido todo este tiempo, sin siquiera conocer una mísera pista de su Sensei.

Arrugó el ceño cuando ese título se repitió en su cabeza. Ya Inuyasha no era su profesor, era un hombre cualquiera. Un hombre del cual nunca podría llegar a desprenderse. Tampoco quería hacerse ideas de lo que podría haber pasado con él. Seguramente seguía impartiendo clases de luchas y probablemente era novio de esa hermosa mujer de la otra vez. Aún no había podido olvidar ese incidente que la hacía hervir en rabia y celos.

Si, seguía enamorada de él. Aunque ya estaba segura que no era sólo un amor idealizado o platónico. Ella no podría olvidarlo y arrancarlo de su corazón y su vida de manera sencilla. Pero aun así, seguiría adelante como hasta ahora.

Llegó a tiempo para su clase –gracias al cielo-, y así comenzó su jornada. No había quedado con ninguno de sus amigos de la preparatoria. Sus amigas también habían tomado carreras diferentes. Ella había decidido estudiar Idiomas, una carrera que desde pequeña llamaba su atención. Pero sí estaba en la misma facultad con Sango, su mejor amiga. Ella estudiaría Historia Contemporánea, estaban en el mismo edificio y eso les gustaba, era genial para ambas.

Estaba sentada en una de las bancas que daba al jardín trasero de la facultad. Si bien era muy grande la edificación, había partes de la misma que eran acogedoras y casi desiertas, como la plaza donde estaba. Suspiró y luego sonrió. Su vida ahora sería diferente, no sabía que tanto cambiaría pero, estaba segura que lo haría.

.

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—Es en serio, Sango. Me ha invitado a salir dos veces en una semana. Le he dicho que no y sigue insistiendo.

—No veo porque negarle una salida. Es muy apuesto y se nota a leguas que le gustas.

Siguió quitando la cáscara de su mandarina y se encogió de hombros, tratando de restarle importancia al asunto. —Sí, es muy apuesto, lo sé. Cuando lo veo siento que mis manos sudan y me pone nerviosa su mirada. Pero… no creo querer salir con él.

La castaña introdujo un gajo de fruta en su boca e hizo un gesto gracioso al notar lo ácido de la misma, cerrando uno de sus ojos y provocando una carcajada en la azabache. Cuando al fin tuvo control de sí misma, le habló a su amiga con un tono rasposo, nada femenino. — Bankotsu es muy atento contigo, dale una oportunidad. Ya pasaste los dieciocho, ¡ten una cita, mujer!

Kagome frunció sus labios y dejó de lado su tarea con la fruta en sus manos. Sango tenía razón. Ya llevaba dos meses estudiando en la universidad y un chico se había acercado a ella. Bankotsu era uno de los hombres más apuestos de la facultad y el que se haya interesado en conseguir una salida con ella la halagaba enormemente, además, era de último año de la carrera, tenía alrededor de veinticuatro años y todas las chicas suspiraban cuando él aparecía. —Tienes razón, es más, resolveré ese asunto ahora mismo. —Dijo decidida. Estiró su torso y alcanzó su celular que estaba sobre la cama. Ambas chicas estaban sentadas en el suelo de la habitación de la castaña, ataviadas entre muchas cáscaras de fruta y revistas de moda.

Sango la observó interrogante cuando la pelinegra deslizó su dedo por la pantalla y buscó un número, luego presionó llamar. — Oh, ¡Altavoz, altavoz! ¡Rápido! —Instó a la joven a que despegara el celular de su oreja y presionó la pantalla, para ella poder también escuchar la llamada.

— ¿Kagome? — Sango abrió su boca en una perfecta "O" al escuchar el tono grave y varonil de la voz del hombre que había contestado la llamada.

—Hola Bankotsu. ¿Estás ocupado? —Dijo Kagome tratando de alejar un poco a su amiga del aparato para ella poder hablar.

—Para nada, nena. Dime.

Kagome mordió su labio inferior ante el apelativo cariñoso. Él era así, confianzudo de sí mismo y también algo fanfarrón, algo que a las jovencitas les encantaba. — ¿Recuerdas que… m-me hablaste sobre una cita?

—Claro que sí, aún sigue en pie, ¿aceptarás? Ya sabes que no me rendiré tan fácil.

Su confianza en serio era inmensa. — Cl-claro, aceptaré. ¿Cuándo será?

—Hoy mismo, aprovechemos que estamos a sábado y no hay nada pendiente en la facultad. Te busco a las siete, ¿bien?

En serio él era rápido. Miró a Sango, la cual asintió enérgicamente mientras alzaba sus cejas. —Bien. Nos vemos en un rato.

— ¡Aleluya! —Exclamó Sango cuando la azabache finalizó la llamada. — ¡Una cita! Vete y arréglate. Ya.

—O-oye… ¿Qué estás haciendo? —Preguntó dudosa cuando su amiga se levantó y comenzó a guardar en un bolsito todo el maquillaje sobre su cómoda.

— ¿Tú qué crees? Te ayudaré a arreglarte.

Suspiró e inclinó su cabeza un poco a su derecha. Hoy sería un día largo. Tenía tres horas para arreglarse y decidió usar algo muy casual. En la primera cita normalmente se iba al cine, a cenar en alguna franquicia y también a hacer actividades que podían calificarse como deportivas y recreativas (parque de diversiones, circos, zoológicos), esperaba fuera algo no tan romántico. No quería pasar por un momento vergonzoso.

Se colocó un short oscuro, sus Vans y una camisa negra holgada de rayas horizontales en un tono celeste. Ató su cabello en una coleta en la cual Sango insistió en remarcar las ondas que ahí había, convirtiéndolas en rizos negros que llegaban hasta su espalda. Como siempre, mechones ondulados se salieron de la coleta, enmarcando su rostro junto con su flequillo. Un delineado negro sobre su parpado superior, pestañas naturales ya que de por sí eran lo suficientemente tupidas. Un poco de brillo labial rosa y listo.

El joven de largo cabello trenzado llegó puntual, montando una Ducati Panigale 899, color negra. Los rines rojos la hacían ver elegante, en combinación con el casco que el chico sacó de su cabeza. — ¿Lista?

Al ver su sonrisa sintió algo de nervios. Nunca había subido a una motocicleta, pero bien, habría que intentarlo. Antes de aceptar el casco miró a un lado, sintiendo una mirada sobre ella. Hizo un gesto de desinterés y volvió la mirada al joven que la observaba atentamente. —Lista. —Respondió alegremente y tomó el casco más pequeño que él le ofrecía, sentándose tras él.

—Sujétate fuerte, nena.

Le hizo caso, acomodándose y pasando sus brazos por el torso del chico. Olía bien, pero no pudo evitar evocar el ansiado aroma masculino que tanto amaba. Sacudió los pensamientos y se dio ánimo a sí misma. No arruinaría la noche. Se divertiría y ya vería que pasaba después.

.

.

La salida había sido muy divertida, pero muy incómoda para ella, por lo cual mentalmente se reprochaba a cada rato. Bankotsu era atento, gracioso, tenía un sentido del humor que la hacía reír y también pasarla bien. Pero en los momentos en los cuales el trataba de tomar su mano, o acercarse a ella con un gesto cariñoso, en ese instante ella retrocedía.

El joven entendía sin necesidad de explicaciones. Aunque no se lo dijera con palabras, era más que obvio que ella estaba enamorada de alguien más. —Bien, ya estás. Sana y salva.

Kagome se bajó de la motocicleta y le tendió el casco. La había llevado al templo y ya estaba oscuro, aunque no era muy noche. —Gracias por la tarde. La pasé muy bien.

—Espero que se repita. — La pelinegra asintió y el chico aceptó el casco. Aprovechó el momento para tomar su mano y halarla hacia él, haciendo contacto con los femeninos labios sin que ella pudiera evitarlo. La azabache se paralizó en su lugar y al observar el relajado rostro de Bankotsu y sus ojos cerrados con sus labios pegados a los suyos, se sobresaltó y dio varios pasos hacia atrás, separándose de su beso.

—Yo… lo siento, yo no-

—Tranquila, entiendo. Sólo no quería quedarme con las ganas y arrepentirme luego por no haberlo hecho.

Se sonrojó furiosamente y lo vio colocarse nuevamente el casco, haciendo rugir el vehículo y alejándose. Suspiró cuando lo perdió de vista en un cruce y se sentó en uno de los escalones que daba al templo donde vivía.

La frase que él dijo la hizo reflexionar. Fue lo mismo que ella sintió cuando le confesó sus sentimientos a su amado Sensei, hacía ya un año atrás. Ella tampoco había querido quedarse con las ganas de haberlo hecho. Llevó su mano a su cabello, soltando la coleta haciendo que sus rizos cayeran por su espalda y hombros, pasó un oscuro mechón detrás de su oreja de manera casi inconsciente. Estaba abstraída en sus pensamientos sobre su propio sentir.

¿Acaso nunca podría olvidarlo?

¿Acaso estaba condenada a vivir sintiendo un amor que no sería jamás correspondido?

Alzó su mirada al cielo nocturno, poblado de estrellas. La luna llena resplandecía en todo lo alto, dándole un toque mágico al firmamento y alumbrando de manera hermosa la calle. Sintió su pulso acelerarse cuando evocó el dorado de la mirada del hombre que ni un día había abandonado su mente.

—Kagome…

Entrecerró sus ojos, observando fijamente la luna. Casi podía escuchar su suave y a la vez estremecedor tono de voz.

Un momento…

Giró su cabeza a su derecha, sin atreverse siquiera a parpadear y sus labios se entreabrieron al verlo ahí, de pie a su lado. —Se-Sensei…

El oji-dorado bufó y metió sus manos en sus bolsillos. —Keh… no seas tan formal niña, ya no soy tu profesor.

"Niña". El apelativo la hizo enrojecer y una mueca surcó su rostro. Lo observó nuevamente; en realidad él estaba ahí, vestido informalmente con un jean oscuro y una camisa blanca manga larga, las cuales llevaba arremangadas hasta los codos. Pero…— ¿Cómo…? ¿Qué hace…?

Buen momento para balbuceos, Kagome.

El hombre sonrió, caminando los pasos que la separaban de ella. —Estaba en casa de un amigo, por acá a la vuelta. No sabía que vivías por aquí.

La chica se levantó del escalón, quedando frente a su antiguo profesor. No sabía cómo reaccionar en realidad, tanto tiempo sin verse, tantas palabras que habían en el aire. ¿Recordaría él su confesión de amor? Lo más probable era que sí, que la recordara. Daría lo que fuera por saber que pasaba por su mente en esos momentos. Sus doradas irises parecían quemarla, transmitirle sentimientos fuertes y profundos que tal vez ella sólo estaba imaginando.

—Sí… vivo acá. En el templo. ¿U-Usted vive cerca? — Respondió.

—A dos manzanas de aquí. En el edificio frente a la heladería de la otra vez, ¿recuerdas?

¡Oh! Casi se atraganta… Él recordaba eso, entonces también debía recordar lo que había sucedido en el campamento. Y de paso no podía creer lo tan tonta que había sido. ¿Cómo era que vivía tan cerca y nunca se había enterado?

¡Qué boba!

Inuyasha alzó la vista, divisando las largas escaleras. Volvió la mirada a la chica la cual mordía la uña de su pulgar con nerviosismo. — ¿Ese era tu novio? — Su tono era neutro y a Kagome le pareció en extremo profundo, sorprendiéndose también por lo directa de su pregunta; aunque él siempre había sido de esa manera.

— ¿Eh?

—El chico que te trajo… ¿Era tu novio?

—Oh, se refiere a… no, no lo es. Sólo es un amigo de la universidad, me pidió salir con él y…— Se mordió la lengua para dejar de hablar de manera atropellada y dar explicaciones que no le debía a él. Si se había prometido que él ya no estaría en su vida y viviría la misma de la mejor manera, ¿Por qué lo dejaba entrar nuevamente como si nada?

Cuando vio un sentimiento inexplicable en sus pupilas de oro, supo que era porque quería que él de verdad entrara en su vida, que la amara, que le correspondiera. Había pasado tanto tiempo y verlo nuevamente era casi una bendición. Un regalo del cielo que agradecía profundamente, aunque después hiciera mella en su alma.

—Te besó.

Oh.

El beso.

Frunció el ceño y desvió su mirada. —No fue un beso, por todos los…—Hizo una mueca y lo miró— Eso es algo que no debería importarle, si me disculpa, debo irme. —Dijo de una manera mordaz.

No quería, no quería hacerse la ilusión de que él tal vez hiciera esas preguntas porque estaba celoso o porque sentía algo por ella. Le costaba tanto entender que no pasaría algo entre ellos que se estaba aferrando de manera inconsciente a un sentimiento creado por su terco corazón enamorado. Se dio la vuelta para irse pero antes de siquiera colocar un pie en el primer escalón, una cálida mano la detuvo. Bajó la vista a su brazo, viendo los finos y largos dedos de él sujetándola, evitando que se fuera.

—No te vayas— Fue casi una orden— Tú y yo tenemos una conversación pendiente.

El pitido que sintió en sus oídos no era más sino signo de que su corazón se había disparado y que su sangre comenzó a fluir rápidamente por sus venas y arterias. Su cerebro trató de maquinar una respuesta rápida. —No sé a qué-

—Si sabes. En el campamento, ¿recuerdas? Me dijiste que me amabas y te fuiste sin escucharme.

Abrió sus ojos en sorpresa y sintió su cara arder. ¡Lo recordaba! Frunció el ceño otra vez y trató de permanecer lo más serena que le fuera posible. —No había nada por escuchar. Usted era mi profesor, no podía ser.

— ¿Quién te dijo qué-?

— ¡No podía ser! — La pelinegra se soltó de su agarre y cerró fuertemente sus ojos, sintiendo como estos se comenzaban a llenar de lágrimas; no quería llorar nuevamente como tantas veces lo había hecho por él. La opresión en su pecho se hizo notoria cuando recordó cada momento a su lado, cuando aún era su alumna. — Usted nunca ha sentido nada por mí más allá de un cariño por una alumna, siempre fue tan correcto y hasta frío conmigo. Su distancia era evidencia de que no me correspondería…

—Kagome…

— ¡Quiero vivir normalmente! —Comenzó a gritar, tratando de sacar todo el enojo que sentía con ella misma. — ¡Quiero que éste sentimiento desaparezca! Quiero poder acercarme a cualquier chico, ¡aceptar un beso sin pensar que lo estoy traicionando a usted!

Sintió como su cuerpo temblaba y sus piernas se debilitaban. Pero antes de siquiera llegar a tocar el suelo debido a que quería buscar algún apoyo -y sentarse había parecido la mejor opción-, las fuertes manos del hombre la sujetaron, cobijándola en un abrazo que había añorado desde siempre. Cuando reaccionó y supo que estaba entre sus brazos, se movió bruscamente, tratando de zafarse.

—Suélteme… por favor… Suél-

—Cállate por una vez, Kagome. Ahora me toca hablar a mí. ¡Ya he aguantado mucho tus gritos, ahora me escucharás! —La joven dejó a la mitad su reclamo, sintiendo como él la despegaba de la calidez de su pecho y dejaba caer sus manos en sus hombros, evitando que ella escapara.

La miró fijamente y ella sabía que él se estaba debatiendo consigo mismo. Él nunca había sido muy bueno con las palabras, incluso para felicitarla cuando daba en el blanco con una de sus flechas o cuando ganaba una competencia, lo hacía de la manera más corta, como si estuviera avergonzado. —Se-Sensei…

—No me llames así, maldición. No sabes cuánto lo odio. —Se sobresaltó cuando lo escuchó utilizar una mala palabra. Ahora sabía que el Inuyasha que ella conocía de la preparatoria era sólo la punta del iceberg. —Ya no soy tu profesor… Quiero que me llames por mi nombre. —Él clavó su mirada en ella y alzó una ceja, esperando, pero ella estaba sin palabras. —Dilo…

Su piel se erizó y sus labios se entreabrieron. No pudo evitar recordar el sueño que había tenido con él. No podía negar que hubo otros, casi siempre soñaba que estaba entre sus brazos; pero ese en particular había marcado su vida. Y ahora él estaba exigiéndole que lo llamara por su nombre, igual que en su sueño. —In-Inuyasha…

Las pupilas del hombre brillaron y Kagome se sintió en extremo nerviosa. La sonrisa satisfactoria en los labios varoniles la hicieron tiritar. Él estaba complacido. —Mejor así.

—No entien-

— ¡Que te calles mujer! —Colocó una fuerte mano sobre la boca femenina, evitando que hablara o lo interrumpiera. — El día que me dijiste que me querías… allá, en el campamento… no me dejaste responder…—Comenzó diciendo. La chica estaba nerviosa y sabía que a estas alturas, su rostro estaba incluso más rojo que una fresa. —Desde el primer momento que te vi en el club de arquería, despertó en mí un instinto de protección que nunca había sentido. Quise cuidarte de todo y de todos, por eso también eras a la que más le exigía. El que fueras una de las mejores arqueras me enorgullecía y también me daba la perfecta excusa para tenerte cerca, apelando a los entrenamientos extra.

Sintió sus rodillas debilitarse nuevamente, la expectación en su estómago casi la hizo desfallecer. Él pudo haberlo notado, ya que caminó hasta la escalera y se sentó junto con ella. Se dejó guiar dócilmente. La podían llamar masoquista o cualquier otra cosa, pero ella necesitaba oír lo que él diría.

La tomó de la mano y pensó que podía morir ahí mismo. ¡Inuyasha le estaba tomando la mano! — Apenas tenía veintidós años la primera vez que apareciste frente a mí. Acepté impartir clases de lucha porque necesitaba el dinero para terminar mi carrera. La directora me conoce, ya que me gradué en esa preparatoria y me dejó entrar, sabiendo que pronto me recibiría de la universidad.

Lo vio suspirar mientras miraba al frente. Ella sabía eso. Él había estado estudiando para ser abogado y al año de haber entrado a la preparatoria se había recibido. Sin embargo nunca dejó el equipo de luchas como todos pensaban que haría. — ¿Por qué seguiste dando clases de lucha? ¿No era mejor ejercer tu carrera de abogado? — Trató de no hacer caso a su vocecita interna que le decía que lo había tuteado.

El oji-dorado sonrió, pero no la miró. Un adorable rubor apareció en las mejillas masculinas y ella parpadeó varias veces, pensando que deliraba. —Lo hice porque no me quería alejar de ti.

— ¿Eh?

—Eres bien tonta para algunas cosas, a veces no te das cuenta de nada a menos que la realidad te golpee en la nariz.

— ¡Oye!

El volteó a verla y su expresión se había enseriado nuevamente. —No quería alejarme de ti. Quería seguir cuidándote. Cuando me di cuenta de que ya no te veía como una simple alumna y sentía algo más fuerte por ti, fue muy tarde. Y yo no quería evadir tampoco el sentimiento. —Volvió nuevamente su mirada al frente y lo vio observar la luna, la muda testigo de toda su conversación. — Me molestaba ver como otros chicos se acercaban a ti, me sentía impotente y celoso cada vez que reías con otros que no fuera yo.

Kagome contuvo su respiración. Él… ¡Él también la quería! ¡No podía creerlo!

—Tuve que callarme todo el tiempo porque no quería que tuvieras algún problema. Además pensé que si los directivos se enteraban, tú podrías ser expulsada y no iba a permitir que eso sucediera. — Sintió como el agarre en su mano se intensificaba. Entendió que a él tal vez le costaba decir lo que decía. Eso significaba que habían estado sufriendo, ambos, en secreto. — El día en el que fuimos al campamento y me dijiste todo eso, quise decirte ahí mismo todo lo que sentía. Pero no me dejaste…—La miró de reojo y ella bajó la mirada, un tanto avergonzada. —Te habías estado distanciando de mí y luego nunca me dirigiste de nuevo la palabra y sé claramente que todo se relaciona a que me viste en la heladería acompañado.

Soltó su mano y se levantó. Oh, sí. La dichosa mujer. No sabía que decir, no quería demostrar sus celos. Pero su lengua fue más rápida que su cerebro y actuó por si sola. —Estabas muy cariñoso con ella… casi había corazones rodeándolos.

Escuchó detrás de ella su suave bufido, que sonaba a risa. —Salí detrás de ti cuando corriste fuera del lugar.

—No quería hablar contigo.

— ¡Te grité! ¡Y sé perfectamente que me escuchaste!

La azabache se giró y lo encaró. Él mantenía el ceño fruncido y ella no se quedaba atrás. El chocolate y el oro se encontraron en lo que parecía una batalla de duras miradas. — ¿Y qué se suponía que hiciera? ¿Saludar?

— ¡No lo sé, pero no debiste huir!

— ¡Tú y tu novia estaban muy felices! No quería interrumpir, gracias.

— ¡Nunca me dejas explicar nada! ¡Siempre sales corriendo! ¡Y ella no es mí-!

— ¡No necesito explicaciones! ¡Con lo que vi fue-!

Ahí murió su discusión.

Todo lo que había a su alrededor pasó a segundo plano cuando Inuyasha la tomó por la cintura con un brazo y con el otro la sujetó por la nuca, aprisionando sus labios con los de él. Si había alguna palabra para describir cómo se sentía el tacto de la masculina boca sobre la de ella era: Gloria. El agarre en su cintura se hizo más fuerte y cuando él invadió su boca con su cálida lengua, supo que no estaba soñando.

Deslizó sus manos de manera ascendente por su pecho hasta llegar a sus hombros, acariciando luego su cuello y enredando sus manos en las largas hebras azabaches del hombre. Gimió en su boca cuando su caricia fue más demandante, más osada.

Su primer beso con el hombre de su vida y era totalmente fogoso y apasionado. Tal y como siempre había deseado que fuera.

La mano en la femenina espalda buscó acariciar la longitud de ésta y Kagome se sintió electrizada. Su tacto directamente sobre su piel la estaba quemando, la hacía sentir un ardor en su vientre que se extendía por todo su cuerpo. También ella buscó la manera de profundizar el beso y mordió provocativamente el labio inferior del oji-dorado.

Nunca había besado de esa manera, nunca se había sentido tan ansiosa. Todo lo que hacía era por instinto y… ¡Al diablo! Había deseado tanto éste momento que no quería detenerse.

— ¿Aún me amas? —Le preguntó Inuyasha, sin dejar de besarla.

Sin poder evitarlo, las lágrimas saltaron a sus ojos y la calidez en su pecho la hizo sonreír. —Nunca he dejado de hacerlo.

Él también esbozó una sonrisa arrogante y volvió a besarla. —Yo tampoco he dejado de amarte.

El sentimiento que la embargó no podía describirlo con palabras. Era como si todo el peso del mundo hubiera abandonado sus hombros. La noche fue más brillante, la luna resplandeció mucho más sobre sus cabezas. Más hermosa. ¡Él la amaba! ¡A ella!

Correspondió a su beso con el mismo ímpetu, con la misma pasión. No podía detenerse, no quería detenerse. Ya sentía el adormecimiento en sus labios pero no le importaba, quería que su amado Inuyasha la siguiera besando.

Y ahora… no quería separarse de él.

.

.

El cómo había llegado al departamento donde él vivía no le importaba.

El cómo había llegado a estar acorralada por el fuerte cuerpo varonil contra una de las paredes, tampoco le importaba.

Sólo estaba disfrutando de su tacto mientras acariciaba la ancha espalda del hombre y sentía que él devoraba su cuello.

Beso, lamida, mordisco. Todo iba en una perfecta sincronía que la hacía jadear cada vez más. Inuyasha la alzó, tomando sus piernas y la hizo rodear su cadera con ellas. Cuando lo sintió presionarse contra ella, demostrándole la excitación de la cual era portador, un gemido escapó de sus labios. Llevó ambas manos al rostro de él y busco su mirada. Quería cerciorarse de que él era real. De que estaba ahí.

Le sonrió suavemente y cuando él le devolvió el gesto, se sintió en el mismo cielo. Fue ella quien buscó sus labios esta vez y los devoró con ansias. Queriendo saciar todas esas ganas que carcomían su ser, él era todo lo que deseaba, quería sentirlo, ser suya como sólo en sueños lo había sido hasta ahora.

La tomó con más fuerza, abrazando su cintura con ambos brazos y sintió su espalda dejar la dureza de la pared y, él comenzó a caminar con ella. No sabía a donde se dirigían, sólo estaba concentrada en besarlo. Besó sus labios, sus mejillas, sus ojos, la recta y respingada nariz, luego se ocupó se de besar el lóbulo de su oreja, escuchándolo soltar un ronco gemido.

Percibió una suavidad tras ella y abrió un poco sus ojos, cerciorándose del lugar donde estaba.

Era su habitación.

Se mordió su labio inferior con deseo cuando el aroma de él la impregnó por completo. Todo olía a él, ese olor que tanto amaba, que la transportaba y la hacía delirar y que ahora la rodeaba como un manto del cual no quería escapar. Por un momento, su mente reparó en su alrededor, viendo la limpieza del lugar. Siempre le había dado la impresión de que los hombres eran desordenados, pero… Inuyasha siempre la impresionaba.

El cuarto estaba iluminado únicamente por una lámpara que estaba al lado de la cama, las cortinas de un tono verde oscuro le daban al lugar un toque armonioso, al contrastar con las paredes de un tono lo que parecía salmón. La mullida y suave cama a su espalda estaba forrada en un acolchado color chocolate. Tal vez no era la mejor gama de colores a combinar, pero a la vista se le hizo agradable a la azabache.

Pero no tan agradable y placentero como ver a Inuyasha posarse sobre ella y dejarla sentir su peso, mientras se acomodaba entre sus piernas. Sus sentidos se dispararon y una ola de calor la recorrió entera al verlo quitarse la camisa. Era un espectáculo digno de ver y se apresuró a incorporarse sobre sus codos, para observarlo mejor.

En la doradas irises había promesas silenciosas, ella podía verlas perfectamente. —No sabes… cuánto tiempo he esperado este momento. —Confesó el hombre entre susurros roncos, dirigidos únicamente para ella.

Sonrió y el buscó nuevamente sus labios, besándola casi con desespero. Bajó con suaves y húmedos besos por su cuello, apoyando su peso en las rodillas cuidando de no aprisionarla demasiado. Las varoniles manos se movieron inquietas en la figura de la azabache, desde sus piernas, pasando por el corto short oscuro y acariciando su cintura, deslizando suavemente la camisa holgada fuera de su cuerpo.

Se sintió un poco cohibida cuando sólo su sujetador era visible, pero él parecía fascinado, incluso lo escuchó soltar un suspiro extasiado y sin premeditarlo mucho, bajó a ella, besando el nacimiento de sus pechos.

Soltó el aire en sus pulmones y sintió sus brazos erizarse al contacto tan íntimo que él le propinaba. No era sólo una entrega carnal, no era una locura del momento, era algo que ella había estado esperando por más de cuatro años. Aun siendo una chiquilla de quince años, lo deseaba. Él le alzó un poco el torso, llevando sus manos a su espalda y desabrochando el sujetador. El calor llegó a su rostro cuando la parte superior de su cuerpo estuvo sin obstáculos para ser observada y, cuando él beso uno de sus senos, no pudo hacer más que gemir.

Su cálida lengua jugaba con ella, incitándola, arrancándole suspiros que sólo en sueños le había regalado a él. Cuando mordió uno de sus pezones y con sus dedos tomó el otro, cerró fuertemente sus ojos, llevando sus manos al cabello largo de él que la cubría y le hacía cosquillas. Repitió su asalto con su otro seno, haciéndola retorcerse bajo él, buscando un contacto más certero, más profundo. Él entendió su demanda y presionó sus caderas sobre las de ella, simulando embestidas de una unión aún no concretada.

Sus uñas se clavaron en los anchos hombros, los musculosos brazos se posaron a ambos lados de su cabeza, y él se alzó sobre ella. La chica acarició de sus hombros, pasando por sus brazos y sujetándose de sus muñecas. En un rápido movimiento, él descendió hasta su vientre, depositando suaves besos mientras que con sus manos sujetaba sus costillas. Ella aún mantenía aprisionadas sus muñecas, sentía la imperiosa necesidad de mantenerlo firmemente sujetado, sentía que en cualquier momento él se desvanecería si abría sus ojos.

Pero era tan real, su tacto era verdad y cuando él se deshizo de su short, sintió una oleada de deseo y expectación recorrer sus piernas. Acarició una vez más la longitud de las caderas femeninas, y con besos recorrió el borde de la ropa interior. Kagome esperó a otro movimiento por su parte. Por más vergüenza que sintiera o pudor que tuviera, ella deseaba que su lengua la recorriera completamente.

No hizo falta que dijera algo, con una mirada de los dorados ojos, le dio permiso a que retirara la ropa interior que aún estaba en su cuerpo. Suavemente, el oji-dorado bajó la prenda por las blancas piernas de ella, deteniéndose en sus tobillos, sacó sus Vans y las cortas medias de color blanco de sus pies, deshaciéndose finalmente de la molesta braga.

Estar bajo la potente y sagaz mirada de oro que él le brindaba era simplemente otro nivel. Con sus largos dedos acarició su rodilla, subiendo por su muslo y comenzó, sin advertencia, una suave caricia en su intimidad. Un sentimiento de ansiedad se instaló en ella cuando sus dedos expertos acariciaron ese lugar oculto al mundo, invadido únicamente por él.

Los jadeos se hicieron las altos, más excitantes y más atrayentes. Cuando al fin sintió la lengua de él en ella, un gemido alto salió de sus labios. El placer era nuevo, detonante y abrazador. Jugó con ella como quiso y ella feliz de dejarlo, feliz de tenerlo.

Él se levantó, dejando el cuerpo de la chica para sacarse su pantalón. La azabache se deleitó con su fuerte cuerpo. Siempre había imaginado como se vería debajo de la ropa, pero ahora sus imaginaciones se le hacían tan pobres. Él era sencillamente hermoso, perfecto, varonil y despertaba mayor deseo en ella del que nunca había pensado siquiera podía llegar a sentir.

Sólo con su bóxer negro, se posó nuevamente sobre ella. Pero Kagome sintió como él se tensó y bajo la intensidad de sus besos. Se alarmó cuando la miró fijamente y vio la duda reflejada en sus ojos. ¿Se habría arrepentido? ¿No la amaba lo suficiente como para hacerla suya? — ¿Qué ocurre? —Preguntó en un susurro angustiado.

El hombre se recostó en su pecho, mientras respiraba acompasadamente tratando de calmarse. Ella buscó su mirada cuando vio los músculos de su espalda marcarse, como si se estuviera conteniendo. — ¿Estás segura de esto?

Su pregunta la enterneció y la hizo sonreír suavemente. Tocó su mejilla y el alzó su cabeza, observándola atentamente. Sus ojos parecían los de un niño perdido, esperando por una buena noticia que alegrara su vida. —No seas tontito— Le dijo con amor, sin dejar de sonreír. —Yo también he esperado esto por mucho tiempo.

Los brillantes orbes de él resplandecieron en la semi-penumbra de la habitación, dándole a su rostro un destello de felicidad mezclado con la pasión que su permiso le había dado. Él se alargó nuevamente sobre su cuerpo y se quitó su ropa interior, quedando desnudo sobre ella.

Exhaló y llevó su cabeza hacia atrás, dándole acceso a su cuello, mientras acariciaba su amplia espalda. — ¿He sido el único? ¿Verdad? Solamente te he tocado yo…

—Solamente tú… Soy únicamente tuya.

Su corazón se aceleró al decir esas fervorosas palabras que tenía atoradas en la garganta desde que lo había vuelto a ver. ¡Ni siquiera sabía cómo expresarle con palabras lo grande de su amor por él! —Te amo, Kagome… No podré vivir sin ti a partir de ahora.

Las lágrimas picaron en sus ojos y lo besó firmemente, sosteniendo su cara con ambas manos. El aliento cálido de él le dio de lleno en el rostro y ella mordió su labio suavemente de manera juguetona. —No tendrás que hacerlo, siempre estaré contigo.

La besó de manera apasionada y sostuvo su peso en sus rodillas otra vez, ubicándose en su entrada, haciendo que sus intimidades se tocaran y ella gimiera de nuevo. —Mírame, pequeña… Mírame…

Su petición la hizo estremecer y lo miró, mientras el entraba lentamente en ella. Hizo la intención de cerrar sus ojos y él le pidió que se mantuviera mirándolo. La expresión en el perfecto rostro masculino la incitaba a jadear, sus dientes apretados, su mandíbula tensa y sus ojos fieros, casi de color naranja posados en ella, devorándola con sus pupilas.

El la abrazó y sostuvo una de sus piernas, rodeando su cadera con ella y de un suave pero certero empujón, entró completamente. Luego se quedó por unos segundos quieto, respirando sobre sus labios, dándole besos tiernos en sus mejillas para que lo que ella estuviera sintiendo pasara a un segundo plano.

No fue como en su sueño, esta vez sí había sentido un escozor y una punzada en su interior. Pero cuando él movió un poco sus caderas en contra de ella, sintió morir de placer. El dolor pasó, la molestia se desvaneció y se movió inquieta bajo él, incitándolo a iniciar la danza de dos que no se aprende, sólo se siente y se vive con el instinto.

La pierna que rodeaba la masculina cintura llegó hasta el pecho de ella, y la planta de su pie se posó en el fuerte abdomen del hombre, mientras su otra pierna estaba en alto. La tomó de la nuca y con su otra mano la sostuvo de las costillas, mientras se adentraba más en ella.

Un gemido ronco salió de la garganta de Inuyasha cuando Kagome sostuvo la mano de él que estaba en su nuca, haciéndolo que la llevara hasta su cuello. Ella sentía que ya no podría más, había una placentera tensión en su bajo vientre, extendiéndose por sus piernas, que reclamaba por ser liberada. Supo que él también la sentía cuando lo vio morderse el labio inferior.

Ese gesto fue su detonante. Se arqueó de manera involuntaria hacia él, sintiendo como su interior convulsionaba en una deliciosa sensación que no había experimentado. El bajó su pierna y la abrazó. El escuchar sus suspiros en su oído la hizo temblar —Te amo…—Dijo él entre jadeos mientras movía sus caderas de manera más rítmica contra ella. —Eres sólo mía. Mía. —Espetó de manera demandante. Lo escuchó gruñir y un jadeo ronco abandonó su garganta, sintiéndolo tensarse entre sus piernas.

Un calor la llenó, invadiendo su cuerpo y expandiéndose hasta la raíz de sus cabellos. Inuyasha se dejó caer en su pecho y ella lo recibió gustosa, llenándose de una ternura y amor infinito por él. —También te amo, solamente a ti. Por siempre.

Era increíble como una persona podía hacerla tan feliz. Lo había esperado tanto y ahora era suyo, al fin suyo y lo mejor era que la amaba, la quería para él. Lo vio girarse y quedar sobre su espalda, halándola a un abrazo protector que la hacía sentir segura, como siempre se sentía cuando estaba a su lado. — ¿Serás mi novia, verdad?

Alzó su mirada achocolatada y sonrió ampliamente, una risa fresca y suave salió de ella, haciendo que él le correspondiera el gesto. — ¡Claro que sí!

Lo abrazó fuertemente y él los cubrió a ambos con el acolchado. Sentir su calor era maravilloso, no quería separarse de él nunca. Había pasado tanto tiempo para éste momento, que ahora sabía que recuperarían todo lo perdido. Tanto dolor, tantos años aguantando las ganas de asomar sus sentimientos y mandar todo al diablo, dieron sus frutos y ahora que estaban juntos, así permanecerían.

Él había sido su profesor, su Sensei, a quién le debía respeto. Pero al corazón no se le mandaba y ella lo había vivido y comprobado en carne propia. Ahora no había limitantes para quererse.

—Ah… por cierto, Kagome…— Le llamó suavecito, mientras acariciaba su desnuda espalda con cariño. Ella hizo un sonido con su garganta, dándole a entender que estaba escuchando. —La chica de la heladería de la otra vez… era mi hermana.

Como si un mosquito la hubiese picado, se irguió en la cama y lo miró con sus ojos grandemente abiertos, borrando de ella todo rastro de soñolencia. — ¡¿QUÉ?!

—Se llama Kikyō, después la conocerás.

— ¡¿QUÉE?! —No podía ser posible. Tanto tiempo celosa, ¿de su hermana? — ¿Por qué no me dijiste nada antes?

— ¡Porque nunca querías hablarme! Siempre te la pasabas evitándome.

— ¡Eres un tonto! —Lo insultó, ignorando su comentario mientras hacía un puchero. — ¡Debiste haberme dicho!

— ¡No soy ningún tonto! ¡Y te seguí mucho tiempo!

—Tonto.

—Más respeto, señorita. Recuerde que fui su Sensei.

El vello de su nuca se erizó y cuando lo miró, sus pupilas dilatadas le dijeron que el deseo en él estaba creciendo nuevamente. —Disculpe, Sensei. No volverá a ocurrir. —Respondió, con una sonrisa pícara en sus labios.

Con una mueca arrogante él se acercó a ella, haciendo el intento de un beso, pero sólo comenzó a rozar de manera provocativa sus labios, delineándolos con su lengua. —Mejor así. Puedo reprenderte si te comportas mal.

Mordió su labio con picardía, provocándolo. —He sido una mala alumna. — Lo vio alzar sus cejas, en un gesto sugerente. —Inuyasha…

El llamarlo por su nombre lo provocaba, lo sabía. Y a partir de ahora así lo llamaría.

Bien dicen que el que persevera… alcanza. Y ella había alcanzado a su Sensei.

End.


N/A: En éste capítulo, créeme Ardalus, que no podía dejar de teclear. Hasta aquí llega la historia, lo que sigue es un extra con todo mi amors(?). Espero de verdad, verdad, que todo te haya gustado hasta ahora y que aun si no es como te lo imaginaste, te haya alegrado leerlo. He dado mi 100% para agradarte y tengas un muy buen regalo :D

¿Y los demás? ¿Qué me dicen? No sé ustedes, pero si yo tuviese un profesor así, no lo perdonaría tampoco jajaja. Dejen sus reviews, son mi vitamina que me ayuda a crecer.

¡Los amo! Besitos.