Nota: al final terminé agregando a este consomé de referencias, algunas cosas del Amadís de Gaula, como se dieron cuenta en el capítulo anterior.

Este es el fin y espero que os plazca.


(…)The prisoner who now stands before you / el prisionero que ahora está ante ustedes
Was caught red-handed showing feelings / fue atrapado infraganti mostrando sentimientos.
Showing feelings of an almost human nature; / Mostrando sentimientos de naturaleza casi humana.
This will not do (…)/ Esto no se hace.

Since, my friend, you have revealed your / Ya que usted, amigo mío, ha revelado su más
Deepest fear,/ profundo temor.
I sentence you to be exposed before / Lo sentencio a ser expuesto
Your peers./ ante sus semejantes
Tear down the wall! / ¡Derriben el muro!

(The trial - The Wall – Pink Floyd)


El derrumbe


Nuevamente se preguntaba ¿qué hacía ese melenudo cara de chivo en su casa? Realmente se estaba convenciendo de que tenía muy mala suerte.

-Ahora una vuelta –le indicaba el tipo mientras tomaba de una mano a Molly Kirkland y la hacía volver a su sitio antes de terminar. Los presentes aplaudieron y Arthur se preguntó en qué momento se le había ocurrido a alguien hablar de vals como para darle una excusa a ese de lucirse. Porque al parece todo lo afeminado e inútil se le daba bien a ese francés: Tocar el piano, cocinar, bailar, recitar poemas…

-¿Viste cómo se hacía, querido?

-La verdad no me interesa aprender a bailar vals, ya nadie lo hace, está pasado de moda –espetó molesto desde el sofá. Era su cumpleaños, no tenía por qué tolerar esto. ¿Por qué su madre había decidido darle esta fiesta? ¿Por qué había llamado a Sel? ¿Por qué Sel le había recomendado uno de los pasteles de François? Y más importante aún: ¿Era necesario que ése fuera a dejar el pastel personalmente a su casa?

-No seas malo con tu amigo, Arthur –le reprendió su madre. El cumpleañero masculló algunos insultos en su lengua materna y François se hizo el que no los escuchó –ni los entendió– acercándose a él.

-No es común estar de tan mal humor en tu propio cumpleaños–comentó sabiendo que pisaba terreno peligroso. El inglés le enfrentó molesto, diciendo secamente:

-No me gustan las celebraciones, ni las aglomeraciones de gente, mucho menos que me hablen. – Molly inmediatamente se fue a sentar al lado de los muchachos, disculpándose por su hijo.

-Disculpa, François, es que no está muy acostumbrado a socializar –luego le dedicó esa mirada amenazadora que le daba cuando quebraba un vidrio o se ensuciaba de lodo cuando era pequeño. Arthur suspiró pesadamente y siguió escuchando la cháchara incesante de ese intruso y Selene.

Debió saber que una vez que el bastardo se hubo metido en su casa sería imposible poder deshacerse de él. A lo mejor no le tocaba verlo a diario, pero escuchaba hablar de él en todos lados, por su madre que ahora iba a comprar pastelillos para el té a su local –los que, por cierto, eran odiosamente buenos– o sino por Selene que le comentaba como si nada que ayer habían cenado o hablado de tal cosa, como si a él le importara algo que tuviera que ver con semejante lastre.

Se sintió especialmente invadido cuando un día lo vio llegar a SU lugar; al albergue donde hacía sus labores y donde se reconciliaba con la humanidad. Arthur estaba terminando de narrar las aventuras del Amadís, de su regreso a Insula Firme y sobre su unión con su dama, Oriana la sin par, modificando, eso sí, el trágico final en que Amadís muere a manos de su hijo Esplandián, contando en cambio un emotivo reencuentro familiar que dejó a los niños muy contentos. No estaba para meterles finales tristes, ya les bastaba con su vida.

Francois observaba en silencio y luego se acercó a él a comentarle:

-No sabía que te gustaban las novelas de caballería, yo podría traerte unas que…

-Realmente dudo mucho que leamos el mismo tipo de novelas, no me gustan las fantasías musicales de ayer y hoy al estilo Disney, muchas gracias y… disculpa que me admire de verte en un lugar como este, pero ¿qué estás haciendo acá?

François abrió con sorpresa sus ojos azules y exclamó:

-¿Que no es obvio, mon infant sauvage? Vine a ver en lo que puedo ayudar –El inglés bufó de frustración ante esta declaración que le impedía echarlo a patadas de su territorio.

-Si quieres ayudar entonces coordina con Selene, yo soy el encargado de la situación legal de esta gente, dudo mucho que puedas colaborarme con eso –afirmó despectivamente, antes de dejarlo solo para irse a jugar futbol con la pelota nueva que le trajo al niño de los Adnan.

François se quedó apoyado en la pared observándole. Este inglés debe ser la persona más dual que ha conocido. Por una parte parece estar determinado a apartarse del resto de mundo, a mantenerse refugiado entre sus padres y su única amiga contribuyendo a ensanchar ese muro de insultos y desdén . Por otro lado, al verlo interactuar con los niños y personas sufrientes -que seguro él considera como sus semejantes–, uno podía ver la sonrisa asomarse en esos labios finos normalmente tan severos y eso no era más que un indicio de que, más allá del traje gris, el abrigo hermético y las arrugas en el entrecejo de tanto andar furibundo, había una persona que no deseaba estar sola, que tenía mucho que entregar y François deseaba intensamente convertirse en el mazo que derribara esas barreras.

Un fuerte pelotazo en las piernas quebró su burbuja de romanticismo y lo hizo gritar una serie de palabrotas que, a gusto de Arthur, sonaron tremendamente amaneradas. El francés observó con rencor cómo el salvaje se reía de su desgracia.

-Mejo anda a la oficina de Sel o a la cocina con el resto de las mujeres si es que no puedes resistir un golpe.

-Oh, no te des tanta importancia, cualquier puede jugar ese deporte de bárbaros –Arthur, entonces, puso un gesto malicioso y algo aterrador. Pateó el balón para dejarlo en sus pies.

-Bien, vamos, intenta impedir que te la quite.

-Pfft, pero si eso es demasiado fá… ¡Oye!

El abogado se había lanzado sobre él, quitándole la pelota con pasmosa facilidad y ahora hacía maromas con el balón con la sola intención de burlarse de su contrincante.

-¡No sabía que habíamos comenzado! – protestó el francés, irritado.

-Yo doy la partida –ofreció el pequeño Sadik y ambos adultos aceptaron. Volvieron entonces a la posición inicial a esperar la señal del niño y al oírla comenzó un forcejeo marcado por el penoso intento de François de equiparar su falta de habilidad con la agilidad del inglés que en menos de treinta segundos tenía el balón entre sus piernas.

-That was incredibly pathetic, frog.

-Esto no es mi fuerte -reconoció tranquilamente el chef.

-¿Y tienes alguno?

-Tú sabes que sí.

Arthur se exasperó ante la aparente pasividad de su oponente, les entregó la pelota a los niños y comenzó a caminar.

-Vienes conmigo, ¿o no? Te llevo donde Selene, a menos que eso de que quieres ayudar sea pura palabrería.

-Claro que quiero –afirmó ofendido el francés, siguiéndole. Selene estaba atendiendo a una familia de voluntarios que se había ofrecido a prestar asistencia a la mujer vietnamita y a sus mellizos. La morena hizo una señal positiva a su jefe y, luego que los entrevistados se hubieron ido, exclamó "¡Francis! ¡Viniste!", abrazando a su amigo.

-Soy un hombre de palabra –contestó el aludido provocando una risa cínica en el inglés que, por supuesto, fue mirado reprobatoriamente por su asistente.

-Le ofrecí a Fran la oportunidad de ayudarnos a preparar la cena del día del niño, estaba ansioso por hacer algo por nosotros, ¿qué te parece?

Nuevamente, Arthur comenzó a gruñir de impotencia y declaró: "Mientras no los intoxique con su comida" y lo dijo por decir algo, solo por no admitir que cuando se encontraba con los pastelillos de ese lastre al ir a tomar el té con su madre, se regocijaba en un odioso placer culpable causado por el dulzor ácido, la textura suave y esponjosa. ¡Y maldecía mil veces esa habilidad! ¿Ese sabor de dónde venía? ¿De sus manos?

François casi había aplaudido ante su -bastante grosera- afirmación y había comenzado a barajar inmediatamente posibles menús que a él, francamente, le tenían sin cuidado. A lo mejor se habría negado si hubiera adivinado lo que significaría tener al intruso dentro de sus dominios.

Si bien la cena era en dos meses más, sin embargo el afeminado cara de chivo no paraba de aparecerse en el albergue con cualquier excusa: Que para traer panecillos, que para traerles un juego de mesa, cuando no, traía su tocadiscos para enseñarles a bailar a los niños como si eso fuera una habilidad esencial para la vida. Todo eso a Arthur le enfermaba, porque estar constantemente frente a tanto encanto y gracilidad era un insulto para su carácter agrio. Tampoco lo quiere cerca suyo de ninguna manera, ni en un plano profesional, en especial desde que los desplantes de ese francés cara de chivo le producen semejantes ataques de nervios.

Siempre le desagradaban las personas como él que sin hacer ningún esfuerzo caían bien en todos lados. Él en cambio, según decía la misma Selene, era un gusto adquirido y no, no estaba celoso, después de todo Sadik le había dicho que prefería mil veces escuchar sus historias de caballeros que los juegos de monsieur Bonnefoy.

Como si le hubiera leído el pensamiento, al otro día François apareció muy campante con un libro de esos de fina encuadernación que hacían que a Arthur se le hicieran agua las manos por acariciar sus páginas.

-Bonsoir, mon petite sauvage –le saludó animadamente con su desesperante voz musical-. Encontré esto en la biblioteca de mis padres y pensé que sería de tu agrado, ya que me dijiste que solo leías novelas de caballería inglesas y españolas.

Arthur agarró el libro con un desdén fingido, examinándolo con cuidado. "La chanson de Roland". Había escuchado de él en la escuela, que era un poema épico e incluso había sido lectura obligatoria pero, por supuesto, él se había negado rotundamente a leerlo; las indecencias de Gustave Flauvert ya eran lo suficientemente francesas para él. François le observaba ilusionado, como si esperara que soltara un grito de emoción por haberle traído una novela que seguro era una mierda.

-¿Por qué haces esto? -preguntó el inglés de pronto con un tono recriminatorio-. ¿Por qué tomarte tantas molestias? No somos amigos, somos con suerte conocidos con gente en común.

- Claro que sí somos amigos. Tú eres le petite sauvage, mi amigo de infancia, no sabes cómo me preocupé después cuando no te vi mas, quiero compensarte de…

-Bueno, no es necesario –se negó secamente Arthur–, entiendo que te sientas culpable por haber sido un mimado, pero yo ya no soy pobre y no me debes nada, ya he tenido suficiente de ustedes los franceses con su sentimiento de superioridad y sus limosnas.

-¡Ya basta! Entiendo que has tenido una infancia terrible, sufriste mucho, probablemente más de lo que yo pueda sospechar, no puedo ni siquiera imaginarme por las cosas que has tenido que pasar, ¡pero ya eres un adulto! Y si te pasas toda la vida apartando a todos los que consideras distintos a ti, te quedarás completamente solo. -Arthur miraba el suelo trémulamente silencioso mientras François continuaba con su sermón-: Hay un mundo afuera de tu muralla y del horror en que te has confinado, Arthur.

Las palabras de Bonnefoy siguieron retozando en su cabeza por varios días. Selene no había hablado de él en ese tiempo y una parte muy desquiciada de sí mismo había comenzado a echarle de menos. Mientras daba vueltas a su vaso de whiskey, el libro que le había traído el francés le coqueteaba con su cuerpo rojizo y las letras doradas. Lo abrió a regañadientes, temiendo –como efectivamente sucedió– ser atrapado por los primeros versos. Se le dieron la una de la mañana ese día y estuvo hechizado por sus páginas las tres noches siguientes.

Los niños del albergue estaban fascinados de oír una nueva historia y de que su cuentacuentos lo dramatizara tan o más entusiasta que de costumbre.

-Cuando Roldan fue encomendado por su tío Carlomagno a la retaguardia a dirigir la cruzada a los Pirineos, el valiente caballero aceptó sin importar que fuesen miles de moros los que le amenazaban con su superioridad de número. –El inglés parecía estar blandiendo una espada invisible arriba de una de las mesas del comedor, absorto en su narración mientras los niños le miraban sentados en las sillas o repantigados por el suelo–. Orgulloso como era, rechazó la propuesta de su sabio amigo Oliveros de tocar el Olifante para llamar la ayuda de aquellos que habían pasado antes que él por el desfiladero… igualmente a golpe de espada y partiendo en dos a los paganos los enfrentó, aunque perdiendo a numerosos nombres y agotando sus fuerzas…

-Eso es lo que pasa cuando el orgullo se antepone a la razón –interrumpió burlonamente François, que quién sabe en qué momento había llegado al lugar. Se produjo una pausa suspensiva en que los niños comenzaban a desesperarse por la intriga y el relator parecía haber sido preso de un desvanecimiento.

-Como sea –continuó Arthur lo más calmado que pudo–, Roldán tocó su cuerno y el estruendo fue tal que ensordeció; herido y débil, vie venir su muerte por lo que decide destruir su espada Durandarte para que no caiga en manos enemigas, no obstante el golpe es tan fuerte que termina fracturando la piedra en vez y…

-No entiendo –interrumpió una niña–, ¿el caballero muere?

-¡Qué porquería de relato! –exclamó el pequeño Sadik.

-Por eso los relatos ingleses son mejores -concluyó Arthur orgulloso.

-¡Fue una muerte heroica! –defendió François el libro.

-Los héroes de verdad no mueren –protestó Sadik provocando que el francés quisiera matarlo.

-Bueno chicos, eso es todo por hoy, mañana sigo con otra historia –anunció el inglés llamando a los niños a que se despidieran de él con besos antes de dejarlo a solas con el chef.

-Mañana es la cena – le recuerda éste entusiasmado.

-Lo sé.

-Ya no estoy enfadado – le informó François arreglando su melena pretenciosamente. Arthur quiso gritarle que le importaba un carajo, pero se mordió la lengua porque era de pésima educación gritarle a un voluntario que venía a darle una cuantiosa comida a los niños, aunque fuera un francés desagradable como este.

-Bueno, nos vemos mañana –dijo evitando el tema con maestría mientras agarraba su maletín para irse.

No se esperó llegar al otro día para encontrar todo espléndidamente decorado con colores pasteles, era llamativo sin ser chabacano, era graciosamente elegante y a Arthur le dio una envidia mal sana el gusto que tenía este tipo para todo. Los pastelillos lucían tan bien y prometían gloria, al ver la cara de los niños al comerlos, supo que así era. Con la cara más normal que pudo se comió uno que le habían apartado. François jugó con los niños a pillarse y luego que se fueron a dormir se quedó recogiendo la cocina. Eran ya las once de la noche cuando se fueron; Arthur inventó la excusa de querer ir a dejar a Selene porque no confiaba en él. François, aunque protestó ofendido, igual aceptó que el inglés pagara el taxi y los fuese a dejar al edificio. Bastó que la chica hubiera entrado a su casa para que se quedaran en el pasillo de edificio mirándose intensamente.

¿Y ahora qué? Ninguno se atrevía a decir nada, porque temían acabar discutiendo por cualquier cosa y terminar separándose dramáticamente en vez de hacer lo que realmente querían.

-Ven a mi piso a tomarte una copa –ofreció el francés en un tono imperativo. El otro asintió sin decir nada y le siguió por la escalera. Se hizo eterno el rato en que el dueño de casa buscaba las llaves, abría la cerradura y le hacía pasar educadamente; cerró la puerta, se volvió a mirar a su invitado y este parecía tener ganas de cualquier cosa, menos de tomar un trago.

-¿Entonces? – preguntó François, solo por decir algo, la respuesta llegó en la forma de un gesto.

Arthur nunca había sido bueno con las palabras, nunca supo ser sincero ni directo, pero en ese beso desesperado esperaba que François pudiera saber todo lo que había estado callando en estos meses que habían pasado desde que lo reencontró. Esto no era un gesto de agradecimiento al niño que le había alimentado cuando pequeño; no era tampoco un acto de gratitud por lo que había hecho por los niños esa tarde. Era la epitome de todas las emociones que ese francés le generaba, desde el repudio hasta la admiración por todo lo que había hecho por su amiga, por todo lo que estaba haciendo ahora, por esa elegancia, por esa belleza, por su perfume, sus manos, su voz, y su inquietante manera de desesperarlo con cada uno de sus gestos.

Arthur lo llevó a empujones a una de las habitaciones, adivinando cual era debido a que el departamento estaba distribuido igual que el de su amiga. Le arrancó el abrigo, la camisa, la camiseta de algodón. Observó su torso desnudo y cubierto de vellos rubios con un hambre inexplicable. François no se atrevía a hacer muchos movimientos ni a decir nada, tenía la impresión de que si hacía el amago de expresarle lo mucho que lo quería y que lo deseaba, Arthur saldría corriendo y le repudiaría solo para no darle en el gusto.

Igual tomó el riesgo de quitarle el saco y comenzar a aflojarle la corbata, desabotonando con miedo la camisa. El inglés se recostó sobre él, provocándole con un roce fugaz, François le regaló el gemido más indecente que pudo salir de sus cuerdas vocales y con eso desató a la bestia. Arthur iba de atrás y adelante con sus brazos como serpientes, queriendo abarcarlo todo, tomarlo todo, su boca pegada al cuello, los labios; algunos jalones de cabello a esa melena dorada que olía a vainilla, fresas, cacao y otras delicias. Da una mordida para comprobar si el sabor es tan prometedor como el aroma y otro jadeo sale de esa boca indecorosa, produciéndole cosquillas en todos lados, en especial en algunas partes.

-Eres una bestia salvaje –se quejó el francés, apenas controlando sus reacciones ante la invasión inglesa.

-No, soy un endriago –le corrigió Arthur mientras le bajaba los pantalones con la fascinación de un niño que abre su regalo de cumpleaños.

-Entonces no me queda más remedio que atacar tu punto sensible… ¿Cuál será? Tus ojos, tus oídos. –No siguió adivinando con las palabras sino que llevó sus mano humedecida con saliva al pecho del inglés tentando un punto exacto de estremecimiento en que la bestia se quejó como si le hubieran tocado un nervio vivo.

-No debiste hacer eso –le comunicó Arthur antes de ponerse de pie, sacarse los pantalones y la ropa interior de un tirón y volverse a acomodar entre sus piernas para torturarle con un baile demasiado íntimo, cercano y gutural como para aceptar testigos aparte de la oscuridad y las paredes. François no se opuso a nada, ni a su tacto duro y desesperado, ni a la invasión de esos dedos bañados en el primer menjunje que encontró sobre la mesita de noche, ni a la ansiedad de su amante que era tanta que hacía daño. Aun así, soportó estoicamente, por la simple la razón de que nunca había deseado tanto algo en toda su vida del modo en que ansiaba unirse a él; le lastimaba su orgullo ver tanta reverencia en el trato, lo quería todo y lo quería ahora. Alzó su cadera en una muda protesta, el inglés salvaje había esbozado una sonrisa burlona antes de darle en el gusto y entonces realmente estaban moviéndose y fue como la colisión de dos planetas. No exactamente agradable todo el tiempo, pero ciertamente era una sensación devastadora y enajenante.

No tardaron mucho antes de saciarse, pero el apetito era demasiado, así que esperaron unos minutos enredados en su desnudez antes de volver a consumirse, habiendo una tercera y hasta cuarta vez en que pudieron perecer cuando el amanecer descubrió los ladrillos esparcidos por el suelo.