Capítulo 4

La escarlatina que había barrido el pueblo era una cepa particularmente virulenta, los peores efectos recayeron sobre los muy jóvenes y los ancianos. No había bastantes médicos para atender a los enfermos, y nadie de fuera de Primrose Place se atrevía a venir. Después de visitar la casita de campo para examinar a los dos pacientes, el exhausto doctor había prescrito cataplasmas calientes de vinagre para la garganta.

También había dejado un tónico que contenía tintura de acónito. Este parecía no tener ningún efecto en Nessie o Emmett.

—No estamos haciendo lo suficiente —dijo Bella al cuarto día. Ni ella ni Jake habían dormido lo bastante, ambos hacían turnos cuidando de su hermano y hermana enfermos. Bella entró en la cocina, donde Jake estaba hirviendo agua para el té—. Lo único que hemos logrado hasta ahora es hacer su condición más confortable. Debe haber algo que pueda detener la fiebre. No dejaré que esto ocurra. —Se mantenía en pie, rígida y temblorosa, acumulando palabra sobre palabra como si tratara de mantener erguidas sus defensas.

Y parecía tan vulnerable que Jake se compadeció. No se sentía cómodo tocando a otras personas, o siendo tocado, pero un sentimiento fraternal le llevó a dar un paso hacia ella.

—No —dijo Bella rápidamente, cuando se dio cuenta que él había estado a punto de establecer contacto con ella. Dando un paso atrás, dio una sacudida fuerte de cabeza—. Yo... no soy la clase de mujer que puede apoyarse en alguien. Me haría pedazos.

Jake entendía. Para la gente como ella, y como él mismo, la proximidad significaba demasiado.

—¿Qué hacer? —susurró Bella, envolviéndose a sí misma con los brazos.

Jake se frotó los ojos cansados.

—¿Has oído hablar de una planta llamada belladona?

—No. —Bella sólo estaba familiarizada con las hierbas utilizadas en la cocina.

—Sólo florece de noche. Cuando sale el sol, las flores mueren. Había un drabengro, un hombre de pociones, en mi tribu. A veces me enviaba a conseguir las plantas que eran difíciles de encontrar. Me dijo que la belladona era la hierba más poderosa que él conocía. Podía matar a un hombre, pero también podía traer de vuelta a alguien al borde de la muerte.

—¿La viste en acción alguna vez?

Jake asintió con la cabeza, echándole un vistazo de soslayo mientras se frotaba los músculos tensos de la nuca.

—Vi como curaba la fiebre —masculló. Y esperó.

—Consigue algunas —dijo Bella finalmente, con voz inestable—. Puede resultar fatal. Pero sin duda los dos morirán sin ella.

Jake hirvió las plantas que había encontrado en la esquina del cementerio del pueblo, hasta reducirlas a un fino jarabe negro. Bella estaba de pie a su lado cuando filtró el caldo mortal y lo vertió en una pequeña taza.

—Emmett primero —dijo Bella con resolución, aunque su expresión estaba cargada de duda—. Está peor que Nessie.

Acudieron a la cama de Emmett. Era asombroso lo rápidamente que un hombre podía deteriorarse por la escarlatina, lo consumido que su fornido hermano había quedado.

La cara anteriormente bien parecida de Emmett era irreconocible, turgente, henchida y descolorida. Sus últimas palabras coherentes habían sido el día anterior, cuándo le había rogado a Jake que le dejara morir. Su deseo pronto sería concedido. Según todos los indicios el coma sólo estaba a horas, sino a minutos, de distancia.

Bella fue directamente a una ventana y la abrió, dejando al aire frío barrer la corrupción del vinagre.

Emmett gimió y se revolvió débilmente, incapaz de resistirse cuando Jake le forzó a abrir la boca, alzó una cuchara, y vertió cuatro o cinco gotas de la tintura en su lengua seca y resquebrajada.

Bella fue a sentarse junto a hermano, alisando cabello, besando su frente.

—Si fuera a... tener efectos adversos —dijo ella, cuando Jake sabía que quería decir «si esto fuera a matarle»—, ¿cuánto se demoraría?

—De cinco minutos a una hora —Jake vio el modo en que la mano de Bella temblaba mientras continuaba alisando el cabello de Emmett.

Pareció la hora más larga en la vida de Jake, los dos sentados y mirando a Emmett, mientras éste se movía y mascullaba como si estuviera en medio de una pesadilla.

—Pobrecito —murmuró Bella, pasando un trapo fresco sobre su cara.

Cuando estuvieron seguros que no volverían las convulsiones, Jake recuperó la taza y se puso de pie.

—¿Ahora se lo darás a Nessie? —preguntó Bella, todavía bajando la mirada hacia su hermano.

—Sí.

—¿Necesitas ayuda?

Jake negó con la cabeza.

—Quédate con Emmett.

Jacob fue al cuarto de Nessie. Ella estaba inmóvil y silenciosa en la cama. Ya no lo reconocía, su mente y cuerpo estaban consumidos en el rojo calor de la fiebre.

Cuando la alzó y le dejó caer la cabeza hacia atrás sobre su brazo, ella se contorsionó en señal de protesta.

—Nessie—dijo suavemente—. Amor, quédate quieta. —Los ojos de ella se abrieron ligeramente ante el sonido de su voz—. Estoy aquí. —Susurró. Cogió una cuchara y la sumergió en la taza—. Abre la boca, pequeña gadji. Hazlo por mí. —Pero ella se negó. Giró la cara, y sus labios se movieron en un susurro silencioso. —¿Qué es esto? —murmuró él, echándole la cabeza hacia atrás—. Nessie. Debes tomar esta medicina.

Ella susurró nuevamente.

Comprendiendo las ásperas palabras, Jake la contempló con incredulidad.

—¿La tomarás si te digo mi apellido?

Nessie se esforzó por producir bastante saliva para hablar.

—Sí.

Su garganta se apretó más y más, y las comisuras de sus ojos ardieron.

—Es Black—se las arregló para decir—. Es Black

Entonces le dejó poner la cuchara entre sus labios, y el veneno entintado goteó por su garganta.

Su cuerpo se relajó contra él. Mientras seguía sosteniéndola, el frágil cuerpo se sentía tan ligero y caliente como una llama entre sus brazos.

Te seguiré, pensó, independiente de cuál sea tu destino.

Nessie era lo único en la tierra que había deseado alguna vez. No se marcharía sin él.

Se inclinó sobre ella, y tocó los labios secos y calientes con los suyos.

Un beso que ella no podía sentir y nunca recordaría.

Saboreó el veneno cuando permitió a su boca demorarse en la de ella. Levantando la cabeza, echó un vistazo a la mesita de noche donde había puesto el resto de la belladona. Había sobrado lo bastante como para matar a un hombre sano.

Parecía como si la única cosa que impedía al espíritu de Nessie abandonar su cuerpo era el confinamiento de los brazos de Jake. Así que la sostuvo y la meció. Pensó brevemente en rezar. Pero no reconocería a ningún ser, sobrenatural o mortal, que amenazaba con quitársela.

El mundo se había reducido a este cuarto tranquilo y sombreado, el delgado cuerpo entre sus brazos, el aliento que se filtraba suavemente dentro y fuera de los pulmones de ella. Siguió aquel ritmo con su propio aliento, su propio latido del corazón. Apoyándose contra la cama, cayó en un trance oscuro mientras esperaba su destino compartido.

Inconsciente de cuánto tiempo pasaba, descansó con ella hasta que un movimiento en la puerta y un brillo de luz lo despertaron.

—Jacob. —La voz ronca de Bella. Sostenía una vela en el umbral.

Jake tanteó ciegamente en busca de la mejilla de Nessie, posó su mano a lo largo del lado de la cara, y sintió un estremecimiento de pánico cuando sus dedos encontraron la fría piel. Sintió el pulso en la garganta.

—La fiebre de Emmett ha desaparecido —dijo Bella. Jacob podría oírla apenas por encima del torrente de sangre en sus oídos—. Va a recuperarse.

Un latido débil pero constante yacía bajo las yemas de los dedos perspicaces de Jacob. El latido del corazón de Nessie… el pulso que sostenía su universo.

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