Capítulo 5
Londres, 1849
La adición de Edward Cullen a la familia Swan preparó la mesa para un nuevo compañero. Era enigmático cómo una persona podía cambiarlo todo. Por no decir irritante.
Pero bueno, todo era irritante para Jake ahora. Nessie se había marchado a Francia, y no había razón para que fuera agradable o incluso civilizado. Su ausencia lo había puesto en la acechante furia de una criatura salvaje desprovista de su compañera. Era siempre consciente de su necesidad de ella, y del insoportable conocimiento de que ella estaba en algún lugar lejano y él no podía alcanzarla.
Jake había olvidado cómo era esto, su negro odio por el mundo y por todos sus habitantes. Era un recuerdo indeseado de su infancia, cuando no conocía otra cosa que no fuera la violencia y la miseria. Y aún así todos los Swan parecían esperar que se comportara normalmente, que tomara parte en la rutina familiar, que simulara que la Tierra seguía girando.
La única cosa que lo mantenía cuerdo era el conocimiento de lo que ella habría querido que hiciera. Ella querría que cuidara de sus hermanas. Y se abstuviera de matar a su nuevo cuñado.
Jacob apenas podía soportar al bastardo.
El resto lo adoraban. Edward Cullen había venido y había barrido a Bella, una decidida soltera, completamente fuera de sus pies. Seduciéndola, de hecho, algo que Jake todavía no le había perdonado. Pero Bella era completamente feliz con su marido, incluso aunque era medio romaní.
Ninguno de ellos había conocido nunca a nadie como Cullen, cuyos orígenes eran tan misteriosos como los del propio Jacob. La mayor parte de su vida, Cullen había trabajado en un club de juego de caballeros, el Jenner's, eventualmente convirtiéndose en un factótum y luego poseyendo un pequeño interés en este negocio altamente lucrativo. Agobiado con su creciente fortuna, la había invertido tan mal como le fue posible para ahorrarse la gran vergüenza de ser un gitano con dinero. No había funcionado. El dinero había seguido llegando, incluso la más alocada inversión devolvía milagrosos dividendos. Cullen tímidamente lo llamaba su maldición de la buena suerte.
Pero después de todo, la maldición de Cullen era útil, ya que hacerse cargo de los
Swan era una tarea cara. Su hacienda familiar en Hampshire, la cual Emmett había heredado el año pasado junto con su título, se había consumido en llamas recientemente y estaba siendo reconstruida. Y Esme necesitaba ropa para su temporada londinense, y Alice quería terminar sus estudios. Además de eso, estaban las facturas médicas de Nessie. Como Cullen había señalado a Jake, él estaba en posición de hacer mucho por los Swan y esa debería ser suficiente razón para que Jake lo tolerase.
De modo que Jake lo toleraba.
A duras penas.
—Buenos días —dijo Cullen alegremente, entrando en el área del comedor de la suite de la familia en el Hotel Facinelli. Ellos ya estaban a medio acabar el desayuno.
Al contrario que el resto, Cullen no era un madrugador, habiendo pasado la mayor parte de su vida en un club de juegos de azar en el que había actividad a todas horas de la noche. Un gitano de ciudad, pensó Jake con desprecio.
Recién aseado y vestido con ropa gadjo, Cullen era exóticamente atractivo, solía llevar el cabello cobrizo demasiado largo y un pendiente de diamante centelleando en una oreja. Era esbelto y ágil, con una forma de moverse fácil. Antes de ocupar la silla junto a Bella, se inclinó para besarla en la cabeza, un despliegue manifiesto de afecto que provocó que ella se ruborizara. Había habido un tiempo no demasiado lejano en el que Bella habría desaprobado tales demostraciones. Ahora simplemente se sonrojó y pareció aturdida.
Jake bajó la mirada con el ceño fruncido hacia su plato a medio acabar.
—¿Estás todavía somnoliento? —Escuchó a Bella preguntarle a Cullen.
—A este paso, no estaré totalmente despierto hasta el mediodía.
—Deberías probar con algo de café.
—No, gracias. No puedo soportar esa porquería.
Alice habló entonces.
—Jacob bebe un montón de café. Él lo adora.
—Por supuesto que lo hace —dijo Cullen—. Es oscuro y amargo. —Sonrió cuando Jacob le dirigió una mirada de advertencia—. ¿Cómo estás llevando la mañana, phral?
—No me llames así. —Aunque Jake no alzó la voz, había una nota salvaje en ella que hizo que todo el mundo hiciera una pausa.
Tras un momento, Bella le dijo a Cullen en un tono deliberadamente ligero.
—Vamos a ir a la costurera hoy, Esme, Alice y yo. Probablemente estaremos fuera hasta la cena. —Mientras Bella procedía a describir los trajes de noche, los sombreros y fruslerías que necesitaban, Jake sintió la pequeña mano de Alice posarse sobre la suya.
—Está bien —susurró Alice—. Yo también los echo de menos.
A los dieciséis, la pequeña de los Swan estaba en esa edad vulnerable entre la infancia y la edad adulta. Una pequeña diablilla de naturaleza dulce, era tan curiosa como una de las muchas mascotas que había acumulado. Desde el matrimonio de Bella con Cullen, Alice había estado implorando terminar la escuela. Jake sospechaba que había leído demasiadas novelas cuyas heroínas adquirían aires e ínfulas en «las academias para señoritas». Dudaba que la academia para señoritas apagara del todo el espíritu libre de Alice.
Soltando su mano, Alice devolvió su atención a la conversación, la cual había evolucionado al tema de la última inversión de Cullen.
Se había convertido en una especie de juego para Cullen encontrar una inversión que no tuviera éxito. La última vez que lo había intentado, había comprado una factoría de caucho en Londres que estaba fracasando de mala manera. Tan pronto como Edward la compró, sin embargo, la compañía adquirió los derechos de patente para la vulcanización y había inventado algo llamado «goma elástica». Y ahora la gente compraba millones de esas cosas.
—... está seguro que será un desastre —estaba diciendo Edward—. Hay un par de hermanos, ambos herreros, que se traen entre manos un diseño de un vehículo accionado por el hombre. Lo llaman ciclovolo. Dos ruedas colocadas en una estructura tubular, propulsada por pedales que accionas con tus propios pies.
—¿Sólo dos ruedas? —preguntó Esme, perpleja—. ¿Cómo puede uno montarse en ello sin caerse?
—El conductor tendría que equilibrar su centro de gravedad sobre las ruedas.
—¿Cómo giraría uno el vehículo?
—Más importante aún —dijo Bella en tono seco—, ¿cómo lo detendría uno?
—¿Por la aplicación del cuerpo de uno al suelo? —propuso Esme.
Edward se rió.
—Probablemente. Lo pondremos en producción, por supuesto. Uley dice que nunca ha visto una inversión más desastrosa. El ciclovolo parece tan incómodo como el demonio, y requiere un equilibrio que supera con mucho las habilidades de un hombre medio. No será costeable, o práctico. Después de todo, ningún hombre cuerdo elegiría pedalear por la calle en un aparato de dos ruedas en lugar de montar a caballo.
—Suena divertido, sin embargo —dijo Alice melancólicamente.
—No es un invento que una chica pueda probar —apuntó Esme.
—¿Por qué no?
—Nuestras faldas se meterían en medio.
—¿Por qué debemos llevar faldas? —dijo Alice—. Creo que los pantalones siempre serán mucho más cómodos.
Bella pareció consternada y divertida.
—Esas son observaciones que es mejor mantener en familia, querida. —Cogiendo un vaso de agua lo levantó en dirección a Cullen—. Bien, entonces. Por tu primer fracaso. —Levantó una ceja—. Espero que no estés arriesgando toda la fortuna familiar antes de que nos pongamos en contacto con la costurera.
Él le sonrió.
—No toda la fortuna. Compra con confianza, monisha.
Cuando el desayuno hubo concluido, las mujeres abandonaron la mesa, mientras Cullen y Jake se levantaban atentamente.
Bajando de vuelta a la silla, Cullen observó como Jake comenzaba a salir.
—¿Dónde vas? —preguntó Cullen perezosamente—. ¿A encontrarte con tu sastre? ¿Yendo a discutir los últimos acontecimientos políticos en la cafetería local?
—Si tu objetivo es molestarme —le informó Jake—, no hay necesidad de esforzarse. Me molestas simplemente respirando.
—Perdóname. Intentaría contener el hábito, pero le he tomado bastante afición. — Cullen gesticuló hacia una silla—. Únete a mí, Jacob. Tenemos que discutir algunas cosas.
Jake accedió con una mirada furiosa.
—Eres un hombre de pocas palabras, ¿no es cierto? —comentó Cullen.
—Mejor que llenar el aire de parloteo hueco.
—Estoy de acuerdo. Iré directamente al grano, entonces. Mientras Emmett... lord Dwyer... está en Europa, su hacienda entera, sus asuntos financieros, y tres de sus hermanas han sido dejadas al cuidado de un par de gitanos. No es lo que yo llamaría una situación ideal. Si hubiera alguna condición en la que Emmett hubiera podido quedarse, le habría conservado aquí y habría enviado a Esme a Francia con Nessie.
Pero Emmett no estaba en buenas condiciones, y ambos lo sabían. Había sido un hombre arruinado, un derrochador, y más aún desde la muerte de Nikki. Y aunque finalmente había aceptado su pena, el camino hacia la curación, en cuerpo y espíritu, no era corto.
—¿Realmente crees —preguntó Jake, con la voz plagada de desprecio—, que Emmett se internará a sí mismo como paciente en una clínica?
—No. Pero estará cerca para mantener un ojo en Nessie. Y es un escenario remoto donde las oportunidades para buscarse problemas son limitadas. Lo ha hecho bien en Francia antes, cuando estudiaba arquitectura. Quizás vivir allí de nuevo lo ayude a encontrarse a sí mismo.
—O —dijo Jake oscuramente—, desaparecerá en París y se ahogará a sí mismo en bebida y prostitutas.
Cullen se encogió de hombros.
—El futuro de Emmett está en sus propias manos. Estoy más preocupado por lo que enfrentamos aquí. Bella está decidida a que Esme tenga una temporada en Londres, y que Alice vaya a terminar sus estudios. Al mismo tiempo, la reconstrucción de la mansión en Hampshire tiene que continuar. Las ruinas tienen que ser despejadas y los cimientos...
—Sé lo que tiene que hacerse.
—¿Entonces dirigirás el proyecto? ¿Trabajarás con el arquitecto, los constructores, los albañiles y los carpinteros, y así sucesivamente?
Jake le miró con crudo antagonismo.
—No te librarás de mí. Y maldita sea si trabajo para ti o te rindo cuentas.
—Espera. —Las manos de Cullen se alzaron en un gesto de interrupción, un despliegue de anillos de oro brillando ricamente en sus dedos—. Un momento. Por el amor de Dios, no estoy intentando deshacerme de ti. Propongo una asociación. Francamente, no estoy más emocionado por la perspectiva que tú. Pero hay mucho que hacer. Y tenemos más que ganar trabajando hombro con hombro que siendo contrincantes.
Recogiendo como por descuido un cuchillo de mesa, Jake recorrió con los dedos el largo el borde desafilado y el intrincado mango dorado.
—¿Quieres que vaya a Hampshire y supervise a las cuadrillas de trabajo mientras tú te quedas en Londres con las damas?
—Ve y vuelve como te plazca. Yo viajaré de ida y vuelta a Hampshire de vez en cuando para controlar las cosas. —Cullen le dirigió una mirada astuta—. ¿No hay nada que te retenga en Londres, ¿verdad?
Jake negó con la cabeza.
—Entonces ¿está decidido? —presionó Cullen.
Aunque Jake odiaba admitirlo, el plan no carecía de atractivo. Odiaba Londres, la mugre, el clamor y los atestados edificios, el humo, la niebla y el ruido. Deseaba regresar al campo. Y pensar en reconstruir la mansión, agotarse con trabajo duro... le haría algún bien. Además, él sabía lo que la hacienda Dwyer necesitaba mejor que ningún otro. Cullen podía conocer cada calle, cada esquina y cada colonia de gadjos de Londres, pero no estaba en absoluto familiarizado con la vida rural. Sólo eso hacía que tuviera sentido que Jake se hiciera cargo de la hacienda Dwyer.
—También querré hacer mejoras en la tierra —dijo Jake, bajando el cuchillo—. Hay portillas y cercas que necesitan repararse. Las zanjas y los canales de drenaje tienen que ser cavados. Y los colonos todavía usan mayales y hoces porque no hay máquinas cosechadoras. La hacienda debería tener su propia panadería para evitar a los arrendatarios tener que ir al pueblo por pan. También...
—Lo que tú decidas —dijo Cullen rápidamente, mostrando la típica absoluta falta de interés del londinense por la agricultura—. Atraer más arrendatarios será beneficioso para la hacienda, por supuesto.
—Sé que ya has puesto a cargo a un arquitecto y un constructor. Pero de ahora en adelante, yo seré el único al que vendrán con preguntas. Necesitaré acceso a las cuentas Dwyer. Y voy a escoger a las cuadrillas y manejarlas sin interferencia.
Las cejas de Cullen se alzaron ante las formas autoritarias de Jake.
—Bueno. Ésta es una cara tuya que no había visto antes, chal.
—¿Aceptas mis términos?
—Sí. —Cullen extendió la mano—. ¿Las estrechamos?
Jake se levantó, ignorando el intento de acercamiento.
—No es necesario.
Los blancos dientes de Edward brillaron en una sonrisa.
—Jacob ¿sería tan terrible intentar una amistad conmigo?
—Nunca seremos amigos. En el mejor de los casos, somos enemigos con un propósito en común.
Cullen continuó sonriendo.
—Supongo que el resultado final es el mismo. —Esperó hasta que Jake alcanzó la puerta antes de decir casualmente—. Por cierto, voy a seguir con el tema de los tatuajes. Si hay una conexión entre los dos, quiero encontrarla.
—Lo harás sin mi cooperación —dijo Jake glacialmente.
—¿Por qué no? ¿No sientes curiosidad?
—En lo más mínimo.
Los ojos dorados de Cullen se llenaron de especulación.
—No tienes vínculos con el pasado ni con los Romanís, y ningún conocimiento de por qué un diseño único fue tatuado en tu brazo en tu temprana infancia. ¿Qué es lo que temes descubrir?
—Tú has llevado el mismo tatuaje durante el mismo tiempo —le espetó Jake—. No tienes más idea de lo que es que yo. ¿Por qué te tomas tanto interés ahora en esto?
—Yo... —Cullen se frotó distraídamente el brazo sobre la manga de la camisa, dónde estaba ubicado el tatuaje—. Siempre asumí que se hizo por algún capricho de mi abuela. Ella nunca me explicó por qué tenía la marca, o lo que significaba
—¿Lo sabía ella?
—Así lo creo. —La boca de Cullen se torció en una mueca—. Parecía saberlo todo. Era una poderosa herborista, y una creyente en el Biti Foki.
—¿Hadas? —preguntó Jake con una sonrisa desdeñosa en los labios.
Cullen sonrió.
—Oh, sí. Me aseguraba que tenía trato personal con muchos de ellos. —El rastro de diversión cayó—. Cuando tenía diez años, mi abuela me despachó de la tribu. Dijo que corría peligro. Mi primo me trajo a Londres y me ayudó a encontrar trabajo en el club de juego como corredor de apuestas. Nunca más he visto a nadie de mi tribu. —Cullen hizo una pausa, su rostro se ensombreció—. Fui desterrado de los Romaní sin saber nunca por qué. Y no tenía razones para creer que el tatuaje tuvo algo que ver con eso. Hasta que te encontré. Tenemos en común dos cosas, phral: Somos parias, y soportamos la marca de un caballo irlandés de pesadilla. Y creo que lo que descubramos puede ayudarnos a los dos.
En los meses siguientes Jake preparó la hacienda Dwyer para su reconstrucción.
Un invierno suave y poco entusiasta había caído sobre el pueblo de Stony Cross y sus alrededores, donde la hacienda Dwyer estaba ubicada. Los pastos beiges estaban quebradizos por la escarcha, y las piedras descansaban congeladas en los márgenes de los ríos Avon e Itchen. Las candelillas emergían en los sauces, suaves y tiernos como colas de cordero, mientras el cornejo lanzaba rojos tallos de invierno para astillar el paisaje gris pálido.
Las cuadrillas empleadas por John Dashiell, el contratista que reconstruiría la mansión Dwyer, eran trabajadoras y eficientes. Los primeros dos meses los pasaron limpiando los restos de la casa, llevándose a rastras maderas chamuscadas, rocas quebradas y escombros. Una pequeña casa del guarda en la carretera de acceso se reparó y remozó para la conveniencia de los Swan.
Una vez la tierra comenzó a suavizarse en marzo, la reconstrucción de la mansión comenzó en serio. Jake estaba seguro de que las cuadrillas habían sido advertidas por adelantado de que el proyecto estaba siendo supervisado por un Romaní, pues no ofrecían objeción a su presencia o su autoridad. A Dashiell, siendo un hombre hecho a sí mismo y pragmático, no parecía importarle si sus clientes eran ingleses, gitanos, o de cualquier otra nacionalidad, siempre que el programa de pagos fuera el acordado.
Cerca de finales de febrero, Jake hizo el viaje de doce horas de Stony Cross a Londres. Había recibido noticias de Bella de que Alice había abandonado la academia para señoritas. Si bien Bella había añadido que todo iba bien, Jake quería asegurarse por sí mismo. La separación de dos meses era el tiempo más largo que alguna vez hubiera pasado lejos de las hermanas Swan, y estaba sorprendido por lo intensamente que las había extrañado.
Parecía que el sentimiento era mutuo. Tan pronto como Jacob llegó a su suite en el Facinelli Hotel, Bella, Esme, y Alice se abalanzaron sobre él con un entusiasmo impropio. Toleró sus chillidos y sus besos con brusca indulgencia, contento en secreto por la cálida bienvenida.
Siguiéndolas al salón familiar, Jacob se sentó con Bella en un sofá mullido, mientras Edward y Esme ocupaban las sillas cercanas. Alice estaba sentada sobre un banquillo a los pies de Jake. Las mujeres tenían buen aspecto, pensó Jake...
Las tres iban vestidas a la moda y estaban arregladas, el cabello oscuro organizado en rizos fijados en lo alto con horquillas, excepto Alice, que llevaba trenzas.
Bella en particular parecía feliz, se reía con facilidad, irradiando una satisfacción que sólo podía provenir de un buen matrimonio. Esme estaba emergiendo como una belleza, con sus finos rasgos y su rico cabello de tono castaño rojizo... Una versión más cálida, más accesible de la delicada perfección rubia de Nessie. Alice, sin embargo, era callada y delgada. Para alguien que no la conociera, Alice parecía ser una chica normal, alegre. Pero Jake veía los sutiles signos de tensión y cansancio en su cara.
—¿Qué ha ocurrido en la escuela? —preguntó Jake con su brusquedad habitual.
Alice se desahogó ansiosamente.
—Oh. Jacob, fue todo culpa mía. La escuela es horrible. La aborrezco. Hice una amiga o dos, y sentí mucho dejarlas. Pero no congenié con mis maestros. Siempre decía cosas desatinadas en clase, haciendo las preguntas equivocadas.
—Parece ser —dijo Bella secamente—, que el método Swan de aprendizaje y debate no eran bienvenidos en la escuela.
—Y me metí en algunas peleas —siguió Alice—, porque algunas chicas dijeron que sus padres les habían dicho que no tuvieran trato conmigo porque tenemos gitanos en la familia, y por lo que ellos sabían yo podría ser en parte gitana, también. Y yo dije que no lo era, pero que aun si lo fuera eso no era motivo para avergonzarse, y les llamé esnobs, y luego hubo un montón de arañazos y tirones de pelos.
Jake maldijo por lo bajo. Intercambió miradas con Cullen, que parecía sombrío. La presencia de ambos en la familia era una carga para las hermanas Swan... y no había remedio para eso.
—Y después —dijo Alice—, mi problema volvió de nuevo.
Todo el mundo guardó silencio. Jake extendió el brazo y posó la mano sobre la cabeza de ella, curvando los dedos sobre la forma de su cráneo.
—Chavi —murmuró, una expresión gitana cariñosa para una jovencita. Dado que él raramente usaba el viejo idioma, Alice le lanzó una mirada con los ojos desorbitados por la sorpresa.
El problema de Alice había aparecido por primera vez después de la muerte del señor Swan. Volvía a aparecer de vez en cuando en tiempos de ansiedad o aflicción. Sentía la compulsión de robar cosas, usualmente cosas pequeñas como las colillas de los lápices o los marcadores de lectura, o una extraña pieza de una vajilla.
Algunas veces ni siquiera recordaba haber tomado un objeto. Después sufría intensos remordimientos, y recorría extraordinarias distancias para devolver las cosas que había hurtado.
Jake le quitó la mano de la cabeza y bajó la vista hacia ella.
—¿Qué tomaste, pequeña huronera? —preguntó amablemente.
Parecía abochornada.
—Cintas del pelo, peines, libros... cositas. Y luego intenté reponerlo todo, pero no podía recordar de dónde las había tomado. Entonces hubo un gran alboroto, y me adelanté para confesar, y se me pidió que abandonara la escuela. Y ahora nunca seré una dama.
—Sí, lo serás —dijo Bella de inmediato—. Vamos a contratar a una institutriz, que es lo que deberíamos haber hecho desde el principio.
Alice la observó dubitativamente.
—No creo que quisiera a ninguna institutriz que estuviera dispuesta a trabajar para nuestra familia.
—Oh, no somos tan malos después de todo... —comenzó Bella.
—Sí, lo somos —le informó Esme—. Somos raras, Bella. Siempre te lo he dicho. Éramos raras incluso antes de que trajeras al señor Cullen a la familia. —Echando una rápida mirada a Edward, dijo—: Sin intención de ofender, señor Cullen.
Los ojos de él brillaron con diversión.
—No he oído nada.
Esme recurrió a Jake.
—No importa lo difícil que sea encontrar a una institutriz correcta, debemos tener una. Necesito ayuda. Mi temporada no ha sido otra cosa que un desastre, Jacob.
—Sólo han sido dos meses —dijo Jake—. ¿Cómo puede ser un desastre?
—Soy un florero.
—No puedes serlo.
—Soy menos que un florero —le dijo ella—. Nadie quiere tener nada que ver conmigo.
Jake miró a Cullen y Bella con incredulidad. Una chica bella e inteligente como Esme debería haber estado plagada de pretendientes.
—¿Qué es lo que pasa con estos gadjos? —preguntó Jake con asombro.
—Son todos idiotas —dijo Cullen—. Nunca desaprovechan la oportunidad de probarlo.
Volviendo la mirada hacia Esme, Jake cortó la persecución.
—¿Es porque hay gitanos en la familia? ¿Es por eso por lo que no estás solicitada?
—Bueno, eso no ayuda exactamente —admitió Esme—. Pero el mayor problema es que no tengo gracias sociales. Constantemente doy pasos en falso. Y soy un espanto con la conversación. Se supone que una pasa ligeramente de tema en tema como una mariposa. No es fácil de hacer, y no hay que ponerlo de relieve. Y los jóvenes que se resignan a acercarse a mí encuentran una excusa para escapar después de cinco minutos. Porque coquetean y dicen las cosas más tontas y yo no tengo idea de cómo responder.
—No querría a ninguno de ellos para ella de todos modos —dijo Bella súbitamente—. Deberías verlos, Jacob. Un grupo más inútil de pavos reales juntos no ha sido encontrado.
—Creo que sería mejor llamarlos bandada de pavos reales —dijo Esme—. No un grupo.
—En lugar de eso llámales nudo de sapos —dijo Alice.
—Colonia de pingüinos. —Se unió Bella.
—Camorra de mandriles —dijo Esme riéndose.
Jake sonrió ligeramente, pero estaba todavía preocupado. Esme siempre había soñado con una temporada londinense. Que las cosas se hubieran torcido así debía ser una decepción aplastante.
—¿Has sido invitada a los acontecimientos apropiados? —preguntó—. Los bailes.
Las cenas...
—Bailes y veladas —ofreció Esme—. Sí, gracias al patrocinio de Lord Uley y Lord St. Witherdale, hemos recibido invitaciones. Salvo que simplemente traspasar la puerta no la hace a una deseable, Jacob. Sólo te da la oportunidad de apuntalar la pared mientras todos los demás bailan.
Jake miró a Bella y Cullen frunciendo el ceño.
—¿Qué vais a hacer al respecto?
—Vamos a retirar a Esme de la temporada —dijo Bella—, y a decir a todo el mundo que pensándolo bien, es todavía demasiado joven para frecuentar la sociedad.
—Nadie se lo creerá —dijo Alice—. Después de todo, Esme tiene casi diecinueve.
—No hay necesidad de hacerme parecer una vieja arpía verrugosa, Ali—dijo Esme con indignación.
–… y mientras tanto —continuó Bella con gran paciencia—, encontraremos a una institutriz que enseñará a Esme y Alice cómo comportarse.
—Deberá ser buena —dijo Alice, sacando una gruñona cobaya blanquinegra de su bolsillo y acurrucándola bajo la barbilla—. Tenemos muchísimo que superar. ¿No es verdad, señor Nibbles?
Más tarde, Bella llevó aparte a Jake. Metió la mano en el bolsillo de su traje de noche y extrajo un cuadrado pequeño, blanco. Se lo dio, con la fija mirada escudriñándole el rostro.
—Nessie escribió otras cartas para la familia, y por supuesto que también leerás esas. Pero ésta estaba dirigida solamente a ti.
Incapaz de hablar, Jake cerró los dedos alrededor del pedacito de pergamino sellado con lacre.
Se fue a su cuarto del hotel, el cual estaba separado del resto de la familia a petición suya. Sentándose a una pequeña mesa, rompió el sello con escrupulosa cautela. Allí estaba la familiar escritura de Nessie, con pequeños y precisos golpes de pluma.
Querido Jake,
Espero que ésta carta te encuentre con vigor y salud completos. No te puedo imaginar de ninguna otra forma, en realidad. Cada mañana me despierto en este lugar, que parece enteramente otro mundo, y me sorprendo de nuevo al encontrarme tan lejos de mi familia. Y de ti.
El viaje a través del canal fue arduo, la ruta terrestre hasta la clínica aun más. Como sabes, no soy buena viajera, pero Emmett me trajo a salvo hasta aquí. Ahora está residiendo a poca distancia como inquilino en un pequeño castillo, y hasta ahora ha venido a hacerme una visita cada dos días...
La carta de Nessie seguía describiendo la clínica, la cual era tranquila y austera. Los pacientes padecían una variada colección de dolencias, pero más especialmente de los pulmones y del sistema pulmonar.
En lugar de medicarlos con estupefacientes y mantenerlos dentro, como prescribía la mayoría de los doctores, el doctor Nahuel los metía a todos en un programa de ejercicio, baños fríos, tónicos de salud, y un régimen frugal simple. Compeler a los pacientes a hacer ejercicio era un tratamiento controvertido, pero según el doctor Nahuel, el movimiento era el instinto predominante de toda vida animal.
Los pacientes empezaban cada día con un paseo matutino fuera, con buen o mal tiempo, seguido por una hora en el gimnasio para actividades como trepar por una escalera de mano o levantando mancuernas. Hasta ahora Nessie apenas podía llevar a cabo algún ejercicio sin quedarse severamente sin aliento, pero pensaba que podía notar una pequeña mejoría en sus capacidades. Todo el mundo en la clínica estaba obligado a practicar la respiración en un dispositivo nuevo llamado espirómetro, un aparato para medir el volumen de aire inspirado y expirado por los pulmones.
Había más sobre la clínica y los pacientes que Jake desechó rápidamente. Y entonces llegó a los últimos párrafos.
Desde mi enfermedad he tenido fuerzas para hacer muy poco como no sea para amar había escrito Nessie, lo he hecho, y todavía lo hago, cumpliendo totalmente. Lamento la forma en que te sorprendí la mañana en que me fui, pero no lamento los sentimientos que expresé.
Corro tras de ti, y vivo en una búsqueda desesperada. Mi sueño es que algún día te des la vuelta y me dejes atraparte. Ese sueño me lleva a través de cada noche. Deseo decirte tantas cosas, pero aún no soy libre.
Espero estar bastante bien algún día para sorprenderte otra vez, con resultados mucho más placenteros.
He incluido cientos de besos en ésta carta. Debes contarlos cuidadosamente y no perder ninguno.
Tuya, Renesmee.
Aplanando la hojita de papel sobre el tapete, Jake lo alisó y recorrió con las puntas de los dedos las delicadas líneas de letras. La leyó dos veces más.
Dejó que la mano se cerrara sobre el pergamino, arrugándolo firmemente, y lo arrojó a la chimenea, donde un pequeño fuego ardía. Y observó el pergamino iluminarse y arder a fuego lento, hasta que la blancura se oscureció en cenizas y hasta la última palabra de Nessie hubo desaparecido.
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Gracias por leer, espero la estén disfrutando ;D
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Hay un asunto del cual les quiero hablar, y por supuesto esta nota en especial va dirigida a Nicole quien de un modo grosero me acusa de plagio.
déjame aclararte algo chica lista... la única persona que podría acusarme de plagio es la escritora de la novela, es decir, Lisa Kleypas, por supuesto que desde el principio he declarado que esta historia es una adaptación de una obra de una de mis escritoras favoritas... yo no se ni tengo interés en saber si hay otra persona que adapto la historia, yo lo hago por que me gusta ademas somos libres de hacerlo, no entiendo tu acusación porque la otra persona de paso lo adapto con otros personajes y a fin de cuenta cada quien tiene su propia forma para adaptar... creo que deberías calmarte no es para tanto :D feliz noche que disfrutes la lectura...
