Capítulo 8
Por la mañana, Emmett conoció a la institutriz.
Tanto Esme como Alice le habían escrito un año antes hablándole de la necesidad de contratar a una institutriz. Su nombre era señorita Hale, y a ambas les caía bien, aunque sus descripciones no trasmitían con exactitud el por qué les gustaba tal criatura. Por lo visto era insignificante, callada y severa. No sólo ayudaba a las hermanas sino que toda la familia aprendía a desenvolverse en sociedad.
Emmett creía que esta instrucción social era probablemente algo bueno. Para todos los demás, no para él.
Cuando se trataba de conductas apropiadas, la sociedad tendía a ser mucho más exigente con las mujeres que con los hombres. Y si un hombre poseía un título y soportaba su borrachera razonablemente bien, podía hacer o decir cualquier cosa que se le ocurriera, y aún ser invitado a todas partes.
Por un capricho del destino Emmett había heredado un vizcondado, lo que cumplía meticulosamente la primera parte de la ecuación. Y ahora después de una larga permanencia en Francia, había limitado su bebida a una o dos copa de vino en la cena. Lo cual significaba que estaba relativamente seguro de ser recibido en cualquier aburrido y respetable acontecimiento de Londres a los cuales no tenía ningún deseo de asistir.
Sólo esperaba que la formidable señorita Hale intentara corregirle. Podría ser divertido hacerla trastabillar sobre sus propios talones.
Emmett casi nada sabía sobre institutrices, excepto por las apocadas criaturas de las novelas, que tendían a caer enamoradas del amo de la casa solariega, siempre con funestos resultados. Sin embargo, la señorita Hale estaba completamente a salvo con él. Para variar, no tenía interés alguno en seducirla. Sus antiguas aventuras disipadas habían perdido el poder de cautivarle.
En una de las correrías de Emmett por Provenza visitando algún resto arquitectónico Galo-Romano, se había topado con uno de sus viejos profesores de la Academie des Beaus Art. Ese oportuno encuentro originó que renovaran sus relaciones. En los meses siguientes, Emmett había pasado muchas tardes realizando bosquejos, leyendo, y estudiando en el estudio del profesor. Emmett había llegado a algunas conclusiones que tenía intención de poner a prueba ahora que estaba de regreso en Inglaterra.
Mientras paseaba despreocupadamente a lo largo del gran pasillo que llevaba a la suite de los Swan, oyó el sonido de pasos apresurados. Alguien corría hacia él desde la otra dirección. Moviéndose a un lado, Emmett esperó con las manos metidas en los bolsillos.
—¡Ven aquí, pequeño demonio! —Oyó un gruñido de mujer—. ¡Rata gigante! ¡Cuando ponga mis manos sobre ti, te arrancaré las entrañas!
El tono sanguinario no era propio de una dama. Asombroso. Emmett estaba inmensamente entretenido. Los pasos sonaron más cerca… pero sólo había un par de ellos. ¿A quién demonios estaría persiguiendo?
Rápidamente se hizo evidente que ella no perseguía a un quién sino a un qué. El peludo y escurridizo cuerpo de un hurón se acercó corriendo a grandes zancos a lo largo del pasillo con un objeto con volantes sujeto en el hocico. La mayor parte de los huéspedes del hotel sin duda se desconcertarían ante la visión de ese pequeño mamífero carnívoro corriendo como un rayo hacia ellos. Sin embargo, Emmett había vivido durante años con las criaturas de Alice: ratones que aparecían en sus bolsillos, crías de conejos en sus zapatos, erizos que vagaban por causalidad por delante de él en la mesa del comedor. Sonriendo, observó al apresurado hurón que pasó apresurado junto a él.
La mujer llegó poco después, una masa de faldas grises crujían mientras corría abriéndose paso tras la criatura. Pero si había una cosa para la cual la ropa de las damas no estaba diseñada a hacer, era facilitar la libertad de movimiento. Agobiada por capas y capas de tela, tropezó y se cayó a unos metros de distancia de Emmett. Unas gafas salieron volando hasta su lado.
Emmett estuvo junto a ella en un instante, se puso en cuclillas mientras buscaba entre el siseante enredo de miembros y faldas.
—¿Se ha hecho daño? Estoy seguro que hay una mujer aquí en algún sitio… Ah, allí está usted. Tranquila. Déjeme…
—No me toque —exclamó ella, golpeándole con los puños.
—No la estoy tocando. Es decir, sólo la estoy tocando con… ay, ¡maldición!... con intención de ayudarla. —Su sombrero, un pequeño trozo de fieltro atado con lazos baratos, se le había caído sobre la cara. Emmett logró empujarlo hacia la coronilla de su cabeza, esquivando por escaso margen un brusco golpe a su propia mandíbula—. Cristo. ¿Quiere dejar de agitarse por un momento?
Luchando por sentarse, ella lo fulminó con la mirada.
Emmett se arrastró para recuperar las gafas y regresó para devolvérselas. Ella se las arrebató sin una palabra de agradecimiento.
Era una mujer delgada y aparentemente impaciente. Una joven con ojos entrecerrados, los cuales se fijaban en él con mala disposición. Su cabello castaño claro estaba recogido hacia atrás con la tirantez de una cuerda de horca lo que provocó que Emmett hiciera una mueca sólo de verlo. Uno habría esperado algún rasgo que compensara… un par de suaves labios, quizás, o un bonito pecho. Pero no, sólo había una boca severa, un pecho un poco llano, y unas mejillas descarnadas. Si Emmett se hubiese visto obligado a pasar algún tiempo con ella... que, por suerte, no era así... habría comenzado alimentándola.
—Si quiere ayudar —dijo ella con frialdad, enganchando las gafas al costado de sus orejas—, recupere a ese maldito hurón por mí. Quizás lo haya cansado lo suficiente para que usted sea capaz de atraparlo.
Aún en cuclillas, Emmett echó un vistazo al hurón, que había hecho una pausa a diez metros de distancia mientras los observaba a ambos con brillantes y pequeños ojos.
—¿Cuál es su nombre?
—Dodger2.
Emmett produjo un silbido bajo y unos chasquidos con la lengua.
—Ven aquí, Dodger. Has causado suficientes problemas por esta mañana. Aunque no puedo criticar tu gusto por ¿las ligas de las damas? ¿Es eso lo que sostienes?
La mujer observó, estupefacta, como el largo y esbelto cuerpo del hurón se movía hacia Emmett. Parloteando efusivamente, Dodger avanzó lentamente hasta el muslo de Emmett.
—Buen chico —dijo Emmett, acariciando la liza piel.
—¿Cómo lo hizo? —preguntó la mujer molesta.
—Tengo un vínculo con los animales. Tienden a aceptarme como uno de los suyos. —Emmett rescató el trozo de encaje y cinta de entre los largos dientes delanteros.
Definitivamente era una liga, deliciosamente femenina y poco práctica. Le lanzó a la mujer una sonrisa burlona cuando se la entregó.
—Sin duda esto es suyo.
En realidad no lo creía, por supuesto. Asumía que la liga pertenecía a alguna otra.
Era imposible imaginar que esta fémina tan severa usara algo tan frívolo. Pero cuando vio como un rubor se extendía por las mejillas de la joven, comprendió que realmente era de ella. Fascinante.
Gesticuló con el hurón colgando relajado de su mano y dijo:
—¿Asumo que este animal no le pertenece?
—No, es de una de mis pupilas.
—Por casualidad, ¿es usted institutriz?
—Eso no es de su incumbencia.
—Porque si lo es, entonces una de sus pupilas definitivamente es la señorita Alice Swan.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo sabe eso?
—Mi hermana es la única persona a quien conozco que traería a un hurón ladrón de ligas al Hotel Facinelli.
—¿Su hermana?
Él sonrió ante su rostro sorprendido.
—Lord Dwyer, a su servicio. ¿Y usted es la señorita Hale, la institutriz?
—Sí —refunfuñó ella, ignorando la mano que él le ofreció. Se puso de pie sin ayuda.
Emmett sintió un impulso irresistible de provocarla.
—Cuan gratificante. Siempre he anhelado una institutriz a quien acosar.
El comentario pareció enfurecerla más allá de toda expectativa.
—Soy consciente de su reputación como perseguidor de faldas, milord. No encuentro nada gracioso en eso.
Emmett no creía que encontrara mucho humor en nada.
—¿Mi reputación ha perdurado a pesar de una ausencia de dos años? —preguntó, asumiendo un tono de alegre sorpresa.
—¿Está orgulloso de eso?
—Por supuesto. Es fácil tener una buena reputación… simplemente no tienes que hacer nada. Pero ganar una mala reputación… bueno, eso lleva algo de esfuerzo.
Una mirada despectiva ardió a través de los espejuelos de las gafas.
—Lo desprecio —anunció ella. Empezando a caminar, se alejó de él.
Emmett la siguió, llevando al hurón.
—Acabamos de conocernos. No puede despreciarme hasta que realmente llegue a conocerme.
Ella lo ignoró mientras la seguía a la suite Swan. Lo ignoró cuando él llamó a la puerta, y lo ignoró cuando fueron recibidos por la doncella.
Había una especie de conmoción en la suite, lo cual no debería ser una sorpresa considerando que era la suite de su familia. El aire estaba lleno de maldiciones, exclamaciones, y gruñidos de combate físico.
—¿Emmett? —Alice apareció en el salón principal y se dirigió apresurada hacia ellos.
—¡Alice, querida! —Emmett se sorprendió por el cambio que los últimos dos años y medio habían hecho en su hermana más joven—. ¡Cómo has crecido…!
—Sí, eso no importa —dijo ella con impaciencia, quitándole al hurón—. ¡Entra ahí y ayuda al señor Cullen!
—¿Ayudarlo en qué?
—Intenta evitar que Jacob mate al doctor Pardo.
—¿De verdad? —preguntó Emmett sin expresión, y se precipitó al salón de recepción.
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Ya van apareciendo nuestros queridos personajes :D… espero estén disfrutando de esta encantadora historia… gracias por leer!
