Capítulo 9

Después de intentar dormir en una cama que se había convertido en un potro de tortura, Jake despertó con el corazón agobiado. Y otras incomodidades más urgentes.

Había sufrido una plaga de sueños excitantes en los que el cuerpo desnudo de Nessie se retorcía contra él, debajo de él. Todos los deseos que mantenía a raya a la luz del día se habían expresado en esos sueños… Había abrazado a Nessie, empujado en su interior, y acallado sus gritos con la boca… la había besado desde la cabeza hasta los dedos del pie y vuelta. Y en esos mismos sueños ella se había comportado de la manera más impropia de Nessie, deleitándose delicadamente en él con una boca disoluta, explorándolo con pequeñas e inquisitivas manos.

Un baño con agua helada ayudo en algo a su estado, pero Jake aún era consciente del fuego que ardía demasiado cerca de la superficie.

Hoy iba a encontrarse con Nessie y tenía que hablar con ella delante de los demás, como si todo fuera normal. Tendría que mirarla y no pensar en la suavidad entre sus muslos, en como lo había acunado mientras él empujaba contra ella, en como sintió su calor incluso a través de las capas de ropa. Y en cómo había yacido con ella y la había hecho llorar.

Sintiéndose miserable y explosivo, Jake se vistió con las ropas de ciudad que la familia insistía que llevara cuando estaba en Londres.

—Sabes cuánto valor dan los gadjos a la apariencia —le había dicho Cullen, arrastrándolo a Savile Row—. Tienes que parecer respetable, o repercutirá negativamente en tus hermanas cuando las vean contigo.

El antiguo patrón de Cullen, Lord St. Witherdale, le había recomendado una tienda especializada en ropas de caballeros hechas a medida. No conseguirás nada decente que no esté hecho a medida, le había dicho St. Witherdale, chasqueando después de echar un vistazo evaluador a Jake. Ningún modelo le servirá.

Jake se había sometido a la indignidad de que le tomaran las medidas, que lo cubrieran con incontables telas, probándose infinitos accesorios. Cullen y las hermanas Swan parecían contentos con el resultado, pero Jake no podía ver ninguna diferencia entre su nuevo atavío y el viejo. La ropa era ropa, algo que cubría su cuerpo para protegerlo de los elementos.

Frunciendo el ceño, Jake se puso encima una camisa blanca plisada y corbata negra, un chaleco con un cuello marcado, y pantalones estrechos. Luego un abrigo de ciudad hecho de lana con bolsillos delanteros y una abertura en la espalda. (A pesar de su desdén por la ropa de gadjo, tenía que admitir que era un abrigo fino y cómodo).

Como de costumbre, Jake se dirigió a la suite Swan para el desayuno.

Mantuvo su rostro inexpresivo, aun cuando su estómago se retorcía y su pulso estuviera descontrolado. Todo ante el pensamiento de ver a Nessie. Pero manejaría la situación con destreza. Estaría calmado y silencioso, y Nessie estaría habitualmente serena, y superarían este maldito y embarazoso primer encuentro.

Todas sus intenciones, sin embargo, desaparecieron cuando entró en el salón de recepción, y vio a Nessie en el suelo. En ropa interior.

Estaba postrada sobre el estómago, intentando empujar hacia arriba, mientras un hombre se inclinaba sobre ella. Tocándola.

La visión hizo explotar algo en el interior de Jake.

Con un rugido sanguinario, alcanzó a Nessie en un destello tomándola rápidamente en sus posesivos brazos.

—Espera —jadeó ella—. ¿Qué estas…? ah, ¡no lo hagas! ¡Déjame explic… no!

Él la depositó sin ceremonias sobre un sofá a su espalda, y se dio la vuelta para enfrentarse al otro hombre. El único pensamiento en la mente de Jake era la desmembración rápida y eficaz, empezando por descuartizar al bastardo muerto.

Prudentemente el hombre se había precipitado detrás de una silla pesada, colocándola entre ellos.

—Usted debe ser Jacob—dijo él—. Yo soy…

—Un hombre muerto —gruñó Jake, sobresaltándolo.

—¡Es mi doctor! —gritó Nessie—. ¡Es el doctor Nahuel, y… Jacob, no te atrevas a hacerle daño!

Él la ignoró, Jake se adelantó aproximadamente dos pasos antes de sentir un gancho alrededor de su pierna, que lo lanzó dolorosamente al suelo. Era Edward Cullen quien se echó encima de él, se arrodilló sobre sus brazos, y lo agarró por la nuca.

—Jacob, idiota —dijo Cullen, luchando por contenerlo—, es el puñetero doctor.

¿Qué crees que haces?

—Matar... lo —gruñó Jake, sacudiéndose a pesar del peso restrictivo de Cullen.

—¡Maldita sea! —exclamó Cullen—. ¡Emmett, ayúdame a sujetarlo! Ahora.

Emmett se precipitó a ayudar. Se necesitó a ambos para contener a Jacob.

—Me gustan nuestras reuniones familiares —oyó decir a Emmett—. Jacob, ¿cuál es tu problema?

—Nessie está en ropa interior, y ese hombre…

—Ésta no es mi ropa interior —llegó la exasperada voz de Nessie—. ¡Es un traje de ejercicio!

Jacob se retorció para mirar en su dirección. Ya que Cullen y Emmett aún lo sujetaban, no podía mirar del todo hacia arriba. Pero vio que Nessie estaba vestida con calzones flojos y un corpiño que mostraba los brazos desnudos.

—Conozco la ropa interior cuando la veo —chasqueó él.

—Estos son pantalones turcos, y un corpiño absolutamente respetable. Toda mujer en la clínica lleva este mismo traje. ¡El ejercicio es necesario para mi salud! Y con seguridad no lo haré en un vestido y cors…

—¡Te estaba tocando! —la interrumpió Jake severamente.

—Se aseguraba de que tuviera una postura adecuada.

El doctor se acercó con precaución. Había un parpadeo de humor en sus ojos grises y alertas.

—En realidad este es un ejercicio hindú. Forma parte de método de entrenamiento que he desarrollado. Todos mis pacientes lo han incorporado a sus programas diarios. Por favor créame si le digo que mis atenciones con la señorita Swan eran completamente respetuosas. —Hizo una pausa e irónicamente preguntó—: ¿Ahora ya estoy a salvo?

Emmett y Edward, que aún luchaban con Jake, contestaron simultáneamente:

—¡No!

Para entonces, Esme, Alice, y la señorita Hale se habían apresurado a entrar en la habitación.

—Jacob —dijo Esme—. El doctor Nahuel no le hacía ningún daño a Nessie y…

—En verdad es muy agradable, Jacob —intervino Alice—. Incluso a mis animales les gusta.

—Tranquilo —dijo Cullen tranquilamente a Jake, hablando en romaní de modo que nadie más pudiera entender—. Esto no beneficia a nadie.

Jake aún dijo:

—La estaba tocando —contestó en la vieja lengua, aún cuando odiara usarla. Y sabía que Cullen entendería que para un romaní era difícil, aún inconcebible, tolerar que cualquier otro hombre pusiera una mano sobre su mujer, fuera por la razón que fuera.

—Ella no es tuya, phral —dijo Cullen en romaní, no sin algo de lástima.

Lentamente Jake se forzó a relajarse.

—¿Puedo soltarlo ahora? —preguntó Emmett—. Sólo hay un tipo de esfuerzo del que disfruto antes del desayuno. Y este no lo es.

Cullen permitió a Jake ponerse de pie, pero le mantuvo un brazo retorcido detrás de la espalda.

Nessie se dirigió junto a Nahuel. La visión de ella llevando tan poca ropa, estando tan cerca a otro hombre, provocó que los músculos se crisparan por todo el cuerpo de Jake. Podía ver la forma de sus caderas y piernas. Toda la familia se había vuelto loca, al dejarla vestir así delante de un extraño y actuando como si esto fuera apropiado.

Pantalones turcos…. como si darles ese nombre no los hiciera seguir siendo calzones.

—Insisto en que le pidas disculpas —dijo Nessie—. Has sido muy grosero con mi invitado, Jacob.

¿Su invitado? Jake la miró ultrajado.

—No es necesario —dijo Nahuel a toda prisa—. Comprendo lo que debió parecer.

Nessie miró airadamente a Jake.

—Sólo me estaba ayudando otra vez, ¿y esta es la forma en que se lo pagas? — reclamó ella.

—Usted se ha ayudado a sí misma —dijo Nahuel—. Es el resultado de sus propios esfuerzos, señorita Swan.

La expresión de Nessie se suavizó cuando dirigió la mirada al doctor.

—Gracias. —Pero cuando miró nuevamente a Jake, el ceño regresó—. ¿Pedirás perdón, Jacob?

Cullen retorció su brazo un poco más fuerte.

—Hazlo, maldito seas —refunfuñó Cullen—. Por la familia.

Mirando airadamente al doctor, Jake habló en romaní.

Ka xlia ma pe tute. (Voy a cagarme en ti).

—Lo cual significa —dijo Cullen a toda prisa—. «Disculpe el malentendido, por favor; separémonos como amigos».

Te malavel les i menkiva —añadió Jake con buenas maneras. (Ojalá te mueras de una diarrea maligna).

—Una traducción aproximada —dijo Cullen— sería, «Que su jardín este repleto de gordos erizos». Lo que, debo añadir, es considerado una bendición entre los romanís.

Nahuel parecía escéptico. Pero murmuró:

—Acepto sus disculpas. Sin rencores.

—Perdónenos —dijo Cullen en un tono agradable, aún retorciendo el brazo de Jake —. Vayan a desayunar, por favor… Tenemos algunos asuntos que ultimar. Por favor decidle a Bella cuando se levante que volveré aproximadamente al mediodía. —Y guió a Jake fuera del salón, con Emmett tras sus talones.

En cuanto estuvieron fuera de la suite, en el pasillo, Cullen liberó el brazo de Jake y lo giró para enfrentarlo. Pasándose la mano por su pelo, Edward le preguntó con amortiguada exasperación:

—¿Qué esperabas conseguir matando al doctor de Nessie?

—Placer.

—Eso no lo dudo. Pese a todo, Nessie no parecía muy divertida.

—¿Por qué está aquí Nahuel? —preguntó Jake con ferocidad.

—Yo puedo contestar a eso —dijo Emmett, apoyando un hombro contra la pared con casual facilidad—. Nahuel se ha convertido en un buen amigo de los Swan. Debido a que él y mi hermana son… íntimos.

Jake sintió bruscamente un repugnante peso en el estómago, como si hubiera tragado un puñado de piedras del río.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, aun cuando lo sabía. Ningún hombre podía conocer a Nessie y no enamorarse de ella.

—Nahuel es viudo —dijo Emmett—. Un tipo bastante decente. Más atado a su clínica y sus pacientes que ningún otro. Pero es un hombre sofisticado, un viajero incansable, y rico como el demonio. Y es un coleccionista de objetos hermosos. Un conocedor de cosas finas.

Ninguno de los otros hombres dejó de notar la implicación. Nessie sería una exquisita adición a su colección de finos objetos.

Fue difícil hacer la siguiente pregunta, pero Jake se obligó a hacerla.

—¿A Nessie le importa él?

—No que creo que Nessie sepa cuanto de eso que siente por él es gratitud, y cuanto verdadero afecto. —Emmett lanzó a Jake una mirada afilada—. Y aún existen algunas preguntas sin respuestas que tendrá que resolver por sí misma.

—Hablaré con ella.

—Yo no lo haría si estuviera en tu lugar. No antes de que se enfríe un poco. Está más bien furiosa contigo.

—¿Por qué? —preguntó Jake, preguntándose si ella le habría confiado a su hermano los acontecimientos de la noche anterior.

¿Por qué? —La boca de Emmett se curvó—. Hay un sinfín de brillantes opciones, me encuentro en un dilema al elegir con cual empezar. Dejando a un lado el penoso asunto de esta mañana, ¿qué tal el hecho de que nunca le hayas escrito?

—Lo hice —dijo Jake con indignación.

—Una carta —concedió Emmett—. El informe de la hacienda. Me lo mostró, en realidad. ¿Cómo podría uno olvidar la elevada prosa que usaste para escribir sobre la fertilización del campo cerca de la puerta del este? Te diré, que la parte sobre el estiércol de oveja casi trajo una lágrima a mis ojos, era tan sentimental…

—¿Qué esperaba ella que le escribiera? —protestó Jake.

—No te molestes en explicarle, milord —intercedió Edward cuando Emmett abría la boca —. No es costumbre de los romanís poner nuestros pensamientos privados sobre el papel.

—Tampoco, es costumbre de los romanís administrar una hacienda y manejar equipos de trabajadores y arrendatarios —contestó Emmett—. Pero lo has hecho, ¿verdad? —Emmett rió sardónicamente ante la expresión malhumorada de Jake—. Según todas las probabilidades, Jacob, harías mejor papel de amo de un feudo que yo. Mírate, ¿vas vestido como un romaní? ¿Pasas tus días holgazaneando alrededor de una hoguera de campamento, o estudias minuciosamente el estado de los libros de cuentas? ¿Duermes a la intemperie sobre el duro suelo, o dentro sobre un cómodo colchón de plumas? ¿Aún hablas como un romaní más? No, has perdido tu acento. Suenas como…

—¿Adónde quieres llegar? —lo interrumpió Jake de forma cortante.

—Sólo que has hecho compromisos a diestra y siniestra desde que llegaste a esta familia. Has hecho cualquier cosa que tuvieras que hacer, con tal de estar cerca de Nessie. Entonces déjate de ser un maldito hipócrita y no te conviertas en un romaní ahora que finalmente tienes una posibilidad de… —Emmett se detuvo y alzó los ojos hacia el cielo—. ¡Por Dios! Esto es demasiado incluso para mí. Y yo que pensaba que estaba curtido ante el drama. —Lanzó una mirada ácida a Cullen—. Háblale tú. Voy a conseguirme un té.

Regresó a la suite, dejándolos en el pasillo

—No escribí sobre el estiércol de oveja —refunfuñó Jake—. Era otra clase de fertilizante.

Cullen intentó sin éxito sofocar una sonrisa.

—Sea como sea, phral, la palabra fertilizante con seguridad debería quedar excluida de una carta a una dama.

—No me llames así.

Cullen empezó a bajar por el pasillo.

—Ven conmigo. Hay una misión en la que te requiero.

—No estoy interesado.

—Es peligrosa —lo engatusó Cullen—. Es posible que consigas golpear a alguien.

Tal vez incluso comenzar una reyerta. Ah…. sabía que eso te convencería.

Una de las cualidades que Jake encontraba más molesta de Edward Cullen era su persistencia a la hora de hacer averiguaciones sobre los tatuajes. Había perseguido el misterio durante dos años.

A pesar de la multitud de responsabilidades que llevaba a hombros, Cullen nunca omitía una oportunidad de investigar el asunto. Había buscado diligentemente a su propia tribu, pidiendo información a cada vardo viajero y yendo a cada campamento gitano. Pero parecía como si la tribu de Cullen hubiera desaparecido de la faz de la tierra, o al menos se hubiera ido a la otra cara de la misma. Probablemente nunca los encontraría, no había límites a lo lejos que una tribu podía viajar, y no existía garantía de que alguna vez volvieran a Inglaterra.

Cullen había buscado en registros de matrimonio, nacimiento y registros de defunción, con la esperanza de encontrar alguna mención de su madre, Elizabeth, o de sí mimo. Nada hasta ahora. También había consultado a expertos heráldicos e historiadores irlandeses para averiguar el significado del símbolo pooka. Todo lo que estos habían podido hacer fue sacar a la superficie las acostumbradas leyendas del caballo de pesadilla: el cual hablaba con voz humana, se aparecía a la medianoche y si te pidiera ir con él, tú nunca podrías negarte. Y cuando fueras con él, si sobrevivías al paseo, estarías cambiado para siempre cuando volvieras.

Edward tampoco había podido encontrar una conexión significativa entre los nombres de Cullen y Black, que eran comunes entre los romanís. Por lo tanto el último intento de Cullen era buscar a la tribu de Jake, o a alguien que supiera de ellos.

Jake era comprensiblemente hostil a ese plan, por lo cual Edward se lo reveló mientras caminaban por los escondrijos del hotel.

—Me abandonaron para que muriera —dijo Jake—. ¿Y quieres que te ayude a encontrarlos? Si veo a cualquiera de ellos, sobre todo al rom baro, lo mataré con mis propias manos.

—Bien —contestó Cullen serenamente—. Después de que nos hable del tatuaje.

—Todo lo que te dirán es lo que ya te he dicho yo… es la marca de una maldición.

Y si alguna vez averiguas lo que significa…

—Sí, sí, lo sé. Estaremos condenados. Pero si llevo una maldición en mi brazo, Jacob, quiero saberlo.

Jake le lanzó una mirada que debería haberlo derribado. Se detuvo en un rincón de las cuadras donde herraduras, tijeras podadoras, y limas estaban muy bien organizadas en un anaquel.

—No iré. Tendrás que buscar a mi tribu sin mí.

—Te necesito —contestó Cullen—. Ya que al primer lugar al que nos dirigiremos es el kekkeno mushes puv.

Jake lo miró fijamente con incredulidad. Kekkeno mushes puv, significaba «hombresin- tierra», era un sórdido llano localizado en Surrey en la ribera del Támesis. La tierra fangosa estaba atestada por desvencijadas tiendas gitanas, unos cuantos vardos, perros salvajes, y casi salvajes romanís. Pero ese no era el verdadero peligro. Había otro, un grupo no gitano llamado los Chorodies, descendientes de granujas y parias, principalmente de origen sajón. Los Chorodies eran realmente viles, sucios, y feroces, sin costumbres o modales. Acercarse en lo más mínimo a ellos era virtualmente estar pidiendo ser atacado o robado. Era difícil imaginar un lugar más peligroso en Londres excepto los barrios bajos de Eastside.

—¿Por qué crees que alguien de mi tribu podría estar en un lugar como ese? — preguntó Jake, algo más que impresionado por la idea. Sin duda, aún bajo el mando del baro rom, ellos no habrían caído tan bajo.

—Hace poco conocí a un chal de la tribu Bosvil. Dijo que su hermana pequeña, Shuri, estuvo casada hace mucho con tu rom baro. —Cullen miró atentamente a Jacob—. Parece que la historia de lo que te pasó se conoce hasta los confines de

Romanija.

—No veo el por qué —refunfuñó Jake, sintiéndose asfixiado—. No es importante.

Edward se encogió de hombros casualmente, fijando su mirada sagaz sobre el rostro de Jake.

—Los Romanís cuidan de los suyos. Ninguna tribu abandonaría nunca a un muchacho herido o moribundo, sean cuales sean las circunstancias. Y al parecer esto trajo una maldición sobre la tribu del baro rom… Su suerte se volvió desastrosa, y la mayor parte de ellos cayeron en la ruina. Hay justicia para ti.

—Nunca me preocupó la justicia. —Jake quedó ligeramente sorprendido por el chirrido de su propia voz.

Edward habló con tranquilo entendimiento.

—Es extraña la vida, ¿verdad?... Un romaní sin tribu. No importa cuán duro parezca ser, nunca puede encontrar un hogar. Porque para nosotros, un hogar no es un edificio o una tienda o un vardo… un hogar es una familia.

Jake tenía dificultades para sostener la mirada de Cullen. Las palabras cortaban muy cerca a su corazón. En todo el tiempo que conocía a Edward, Jake nunca había sentido un parentesco con él hasta ese instante. Pero no podía ignorar más el maldito hecho de que tenían mucho en común. Eran dos extraños con un pasado lleno de preguntas sin respuestas. Y cada uno de ellos se había visto atraído hacia los Swan, y encontrado un hogar con ellos.

—Iré contigo, demonios —dijo Jake bruscamente—. Pero sólo porque sé lo que Bella me hará si dejo que algo te pase.

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Gracias por leer!