Capítulo 12
Jake estaba de un humor endiablado esa tarde por varias razones. La principal era que Nessie estaba llevando a cabo su amenaza. Estaba siendo amigable con él. Educada, cortés, condenablemente agradable. Y él no estaba en posición de objetar nada, ya que esto era exactamente lo que había querido. Pero no había esperado que hubiera algo aún peor que tener a Nessie lanzándole miradas encendidas. Y eso era su indiferencia.
Con Jake, se mostraba afable, incluso afectuosa, del mismo modo que con Emmett o Edward. Trataba a Jake como si fuera un hermano. Apenas podía soportarlo.
Los Swan se reunieron en la zona de comedor de la suite, riendo y bromeando sobre la falta de espacio mientras se sentaban a la mesa. Era la primera vez en años que habían podido cenar todos juntos: Jake, Emmett, Bella, Nessie, Esme, y
Alice, con la incorporación de Edward, la señorita Hale y el doctor Nahuel.
Aunque la señorita Hale había intentando poner reparos, ellos habían insistido en que cenase con la familia.
—Después de todo —había dicho Esme, riendo—, ¿cómo vamos a saber comportarnos? Alguien debe salvarnos de nosotros mismos.
La señorita Hale había transigido, aunque estaba claro que habría preferido estar en cualquier otra parte. Aceptó un sitio tan pequeño como fue posible, una figura estrecha, incolora apretujada entre Alice y el doctor Nahuel. La institutriz raramente alzaba la vista de su plato excepto cuando Emmett hablaba. Aunque sus ojos estuvieran parcialmente ocultos por las gafas, Jake sospechaba que no contenían nada más que aversión por el hermano Swan.
Al parecer la señorita Hale y Emmett habían encontrado el uno en el otro la personificación de todo lo que más les disgustaba. Emmett no podía soportar a la gente sin sentido del humor, o que juzgaba a los demás, y había comenzado a referirse inmediatamente a la institutriz como «Satán con enaguas». Y la señorita Hale, por su parte, despreciaba a los vividores. Cuánto más encantadores eran, más profundamente los odiaba.
La mayor parte de la conversación durante la cena se centró en el tema de la clínica de Nahuel, que los Swan consideraban una empresa milagrosa. Las mujeres adularon a Nahuel hasta un grado repugnante, deleitándose con sus comentarios triviales, admirándolo abiertamente.
Jake sentía una aversión instintiva hacia Nahuel, aunque no estaba seguro si era debido al doctor en sí mismo, o porque los afectos de Nessie estaban en juego.
Era tentador desdeñar a Nahuel por la perfección de su terso rostro. Excepto que un pícaro buen humor acechaba su sonrisa, y mostraba un vivo interés en la conversación que se desarrollaba en torno a él, y parecía no tomarse nunca demasiado en serio a sí mismo. Nahuel era obviamente un hombre que llevaba sobre sus hombros una pesada responsabilidad... la de la vida y la muerte... y sin embargo la llevaba con ligereza. Era la clase de persona que siempre parecía encajar sin problemas fuesen cuales fuesen las circunstancias.
Mientras la familia comía y conversaba, Jake permaneció callado excepto cuando se vio impelido a responder alguna cuestión acerca de la finca Dwyer. Miraba a Nessie circunspectamente, incapaz de discernir exactamente cuáles eran los sentimientos de ella hacia Nahuel. Reaccionaba al doctor con su habitual compostura, su cara no revelaba nada. Pero cuando sus miradas se encontraban, había una conexión inequívoca, una sensación de historia compartida. Y lo peor de todo, Jake reconocía algo en la expresión del doctor... un inquietante eco de su propia fascinación por Nessie.
A mitad de la espantosamente agradable cena, Jake se dio cuenta de que Bella, que estaba sentada al final de la mesa, estaba inusualmente silenciosa. La miró estrechamente, dándose cuenta de que su color había desaparecido y sus mejillas estaban transpirando. Como estaba sentando a su izquierda inmediata, Jake se inclinó hacia ella y le susurró:
—¿Qué pasa?
Bella le lanzó una mirada distraída.
—Enferma —le devolvió en un susurro, tragando débilmente—. Me siento tan... Oh, Jacob, ayúdame a abandonar la mesa.
Sin otra palabra, Jake empujó su silla hacia atrás y la ayudó a levantarse.
Edward, que se encontraba en el otro extremo de la larga mesa, los miró bruscamente.
—¿Bella?
—Está enferma —dijo Jake.
Edward los alcanzó en un momento, su cara tensa por la ansiedad. Cuando tomó a Bella en sus brazos y se la llevó protestando del salón, cualquiera pensaría que ella había sufrido una herida severa en vez de un caso probable de indigestión.
—Quizás yo podría ser de ayuda —dijo el doctor Nahuel con preocupación contenida, posando su servilleta en la mesa mientras se disponía a seguirlos.
—Gracias —dijo Nessie, sonriéndole con gratitud—. Me alegro de que esté aquí.
Jake apenas pudo evitar rechinar los dientes de celos mientras Nahuel abandonaba la sala.
El resto de la comida fue bastante negligente, la familia fue al salón de recepción principal a esperar un informe sobre Bella. Llevó un enervante y largo rato que apareciera alguien.
—¿Cuál podría ser el problema? —preguntó lastimeramente Alice—. Bella nunca enferma.
—Estará bien —tranquilizó Nessie—. El doctor Nahuel la cuidará excelentemente.
—Quizás debería ir a su habitación —dijo Esme— y preguntarle cómo está.
Pero antes de que alguien pudiera ofrecer una opinión, Edward apareció en la entrada del salón. Parecía aturdido, sus ojos color dorados intensos cuando él echó un vistazo a la variedad de miembros de la familia que le rodeaban. Parecía estar buscando las palabras correctas. Entonces una sonrisa deslumbrante apareció a pesar de su evidente esfuerzo por moderarla.
—Sin duda los gadjos tienen una forma más civilizada de decirlo —dijo—, pero Bella está embarazada.
Un coro de felices exclamaciones acogió la revelación.
—¿Qué dijo Bella? —preguntó Emmett.
La sonrisa de Edward se volvió irónica.
—Algo en el sentido de que esto no sería conveniente.
Emmett se rió silenciosamente.
—Los niños raramente lo son. Pero le encantará tener alguien nuevo a quien controlar.
Jake observó a Nessie desde el otro lado de la habitación. Quedó fascinado por el anhelo momentáneo que nubló su expresión. Si hubiera dudado alguna vez de cuanto quería ella hijos propios, le hubiera quedado claro entonces. Mientras la miraba, una oleada de calor se elevó en él, endureciéndolo y engrosándolo hasta que comprendió lo que era. Estaba excitándose, su cuerpo estaba ansioso por darle lo que ella quería. Anhelaba abrazarla, amarla, llenarla con su semilla. La reacción era tan barbárica e inapropiada que lo mortificó.
Pareciendo sentir su fija mirada, Nessie echó un vistazo en su dirección. Le dirigió una mirada contenida, como si pudiera ver bajo todo el calor crudo hasta su interior.
Y después apartó la mirada en rápido rechazo.
Excusándose a sí mismo de la sala, Edward volvió con Bella, que estaba sentada en el borde de la cama. El doctor Nahuel había salido de la alcoba para permitirles intimidad.
Edward cerró la puerta y se apoyó contra ella, dejando que su mirada acariciadora recayese sobre la pequeña y tensa figura de su esposa. Él sabía poco de estas cuestiones. En ambas culturas, romaní y gadjo, el embarazo y el parto eran de estricto dominio femenino. Pero sabía que su esposa se sentía incómoda en situaciones en las que no tenía ningún control. También sabía que las mujeres en su condición necesitaban tranquilidad y ternura. Y él tenía un suministro inagotable de ambas para ella.
—¿Nerviosa? —preguntó Edward suavemente, acercándose a ella.
—Oh, no, no, en lo más mínimo, es una circunstancia común, y esperada después… —Bella se detuvo con un pequeño grito ahogado cuando él se sentó a su lado y tiró de ella hasta sus brazos—. Sí, estoy un poco nerviosa. Deseo... Ojalá pudiera hablar con mi madre. No estoy exactamente segura de cómo hacer esto.
Por supuesto. A Bella le gustaba dirigirlo todo, ser autoritaria y competente sin importar lo que hiciera. Pero todo el proceso del embarazo conllevaría una creciente dependencia e impotencia, hasta la etapa final, cuando la naturaleza se hiciera cargo por completo.
Edward presionó los labios sobre el brillante cabello oscuro de ella, que olía a madera dulce. Comenzó a frotarle la espalda de la forma en que sabía que a ella más le gustaba.
—Encontraremos algunas mujeres con experiencia para que puedas hablar con ellas. La señora Uley, quizás. Ella te gusta, y Dios sabe que será sincera. Y en cuanto a lo que vas a hacer... me dejarás cuidarte, y consentirte, y darte todo lo que quieras. —La sintió relajarse un poco—. Bella, amor —murmuró—, he deseado esto desde hace tanto.
—¿De veras? —Sonrió y se acurrucó firmemente contra él—. Yo también. Aunque había esperado que ocurriera en un momento más conveniente, cuando Dwyer House estuviese terminada, y Esme estuviese prometida en matrimonio, y la familia estuviera asentada…
—Confía en mí, con tu familia nunca habrá un momento conveniente. —Edward alivió su espalda acostándola en la cama con él—. Qué bonita madrecita vas a ser — le susurró, abrazándola—. Con tus ojos bonitos, y las mejillas rosadas, y el vientre todo redondeado con mi hijo...
—Cuando me ponga enorme, espero que no vayas pavoneándote todo orgulloso, y señalándome como ejemplo de tu virilidad.
—Eso ya lo hago, monisha.
Bella alzó la vista a sus ojos sonrientes.
—No puedo imaginar cómo pasó esto.
—¿No te lo expliqué en nuestra noche de bodas?
Ella se rió entre dientes y le rodeó el cuello con los brazos.
—Yo me refería al hecho de que he estado tomando medidas preventivas. Todas esas tazas de repugnante té. Y aún así acabo concibiendo.
—Romaní —dijo él a modo de explicación, y la besó apasionadamente.
Cuando Bella se sintió lo bastante bien para unirse a las demás mujeres para el té en el salón de recepción, los hombres bajaron a la habitación para caballeros del Facinelli. Aunque el cuarto fuera aparentemente para el uso de invitados de hotel, se había convertido en el lugar predilecto de la nobleza que deseaba compartir la compañía de los muchos invitados extranjeros notables del Facinelli.
Los techos eran confortablemente oscuros y bajos, revestidos con paneles de palisandro brillante, los suelos cubiertos con gruesas alfombras Wilton. El salón para caballeros estaba dividido en grandes y profundos reservados que proporcionaban espacios privados para lectura, bebida y conversación. El espacio principal estaba amueblado con sillas tapizadas de terciopelo y mesas cargadas de cajas de puros y periódicos. Los criados se movían discretamente por la habitación, trayendo copas de brandy caliente y vasos de oporto. Instalándose en uno de los reservados octagonales desocupados, Jake solicitó brandy para la mesa.
—Sí, señor Jacob —dijo el criado, apresurándose a obedecer.
—Que personal tan bien entrenado —comentó el doctor Nahuel—. Me parece encomiable que den servicio imparcial a todos los huéspedes.
Jake se inclinó hacia él con una mirada crítica.
—¿Por qué no iban a hacerlo?
—Imagino que un caballero de sus orígenes no recibe servicio en todos los establecimientos que frecuenta.
—He descubierto que la mayor parte de los establecimientos prestan más atención a la calidad de la ropa de un hombre que al origen —contestó Jake sin alterarse—. Por lo general no importa que sea un romaní, mientras que pueda permitirme sus artículos.
—Por supuesto. —Nahuel parecía incómodo—. Mis disculpas. Generalmente no soy tan indiscreto, Jacob.
Jake le dirigió un pequeño asentimiento con la cabeza para indicar que no se había producido ninguna ofensa.
Nahuel se giró hacia Edward, procurando cambiar de tema.
—Espero que me permita recomendarle a un colega para asistir a la señora Cullen durante el resto de su estancia en Londres. Estoy familiarizado con muchos médicos excelentes aquí.
—Se lo agradecería —dijo Edward, aceptando un brandy de un criado—. Aunque me temo que no vamos a permanecer en Londres mucho más tiempo.
—La señorita Renesmee parece tener una gran afición a los niños —reflexionó Nahuel—. A la luz de su condición, es una suerte que vaya a tener sobrinas y sobrinos a los que mimar.
Los otros tres hombres lo miraron agudamente. Edward se había detenido en el acto de llevarse el brandy a los labios.
—¿Condición? —preguntó.
—Su incapacidad para tener hijos propios —aclaró Nahuel.
—¿Qué demonios quieres decir, Nahuel? —preguntó Emmett—. ¿No hemos estado anunciando todos a los cuatro vientos la milagrosa recuperación de mi hermana, debido a sus esfuerzos estelares?
—En efecto se ha recuperado, milord. —Nahuel frunció el ceño pensativamente mientras miraba fijamente a su copa de brandy—. Pero siempre será algo frágil. En mi opinión, nunca debería intentar concebir. Con toda probabilidad el proceso daría como resultado su muerte.
Un silencio pesado siguió a esta declaración. Incluso Emmett, que por lo general fingía un aire de despreocupación, no logró ocultar su reacción.
—¿Es mi hermana consciente de esto? —preguntó—. Porque me ha dado la impresión que ella espera a casarse y tener su propia familia algún día.
—Lo he discutido con ella, por supuesto —respondió Nahuel—. Le he dicho que si se casa, su marido tendría que estar de acuerdo que fuera una unión sin hijos. — Hizo una pausa—. Sin embargo, la señorita Swan no está todavía lista para aceptar la idea. En su momento, espero persuadirla de ajustar sus expectativas. — Sonrió ligeramente—. La maternidad, después de todo, no es necesaria para la felicidad de toda mujer, por mucho que la sociedad glorifique la idea.
Edward lo contempló intensamente.
—Mi cuñada lo encontrará decepcionante, por decir poco.
—Sí. Pero la señorita Swan vivirá más tiempo y disfrutará de una calidad de vida más alta como mujer sin hijos. Y aprenderá a aceptar sus nuevas circunstancias. Esa es su fuerza. —Tragó un poco de brandy antes de continuar tranquilamente—. La señorita Swan probablemente nunca estuvo destinada a la maternidad de todos modos, incluso antes de la escarlatina. Un cuerpo tan estrecho. Elegante, pero poco apropiado para la reproducción.
Jake se tomó su brandy, dejando que el fuego ambarino se arrastrase hacia abajo por su garganta. Empujó la mesa y se puso de pie, incapaz de soportar otro momento de proximidad con el muy bastardo. La mención del «cuerpo estrecho» de Nessie había sido la gota que colmó el vaso. Excusándose con un murmullo áspero, abandonó el hotel y entró en la noche. Sus sentidos trajeron al frío aire, los agudos olores de ciudad, los movimientos y los ruidos, y los gritos de la noche londinense cobraron vida. Cristo, como deseaba estar lejos de este lugar.
Deseaba llevarse a Nessie al campo con él, a algún lugar que fuera fresco y sano. Lejos del reluciente doctor Nahuel, cuya limpia y fastidiosa perfección embargaba a Jake de temor. Todos sus sentidos le advertían que Nessie no estaba a salvo con Nahuel.
Pero tampoco estaba a salvo con él.
Su propia madre había muerto dando a luz. La idea de matar a Nessie con su propio cuerpo, su prole creciendo dentro de ella hasta que…
Todo su ser se aterraba ante el pensamiento. Su terror más profundo era hacerle daño. Perderla.
Jake quería hablar con ella, escucharla, ayudarla de alguna manera a llegar a aceptar los términos de las limitaciones que le habían sido dadas. Pero él mismo había puesto una barrera entre ellos, y no se atrevía a cruzarla. Porque si el defecto de Nahuel era una falta de empatía, el de Jake era justamente lo contrario.
Demasiado sentimiento, demasiada necesidad.
Suficiente para matarla.
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Más tarde esa noche, Edward fue al cuarto de Jake. Jake acababa de volver de su paseo, con una capa de bruma de la tarde que todavía se aferraba a su abrigo y cabello.
Contestando al golpe en la puerta, Jake se puso de pie en el umbral y frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tuve una charla privada con Nahuel—dijo Edward, con el rostro inexpresivo.
—¿Y?
—Quiere casarse con Nessie. Pero tiene intención de que el matrimonio sea sólo de nombre. Ella no lo sabe todavía.
—Maldita sea —masculló Jake—. Ella será la última incorporación a su colección de objetos finos. Permanecerá casta mientras él tiene sus líos...
—No la conozco bien —murmuró Edward— pero no creo que Nessie estuviera de acuerdo con un arreglo de ese tipo. Especialmente si tú le ofrecieras una alternativa, phral.
—Sólo hay una alternativa, y es permanecer a salvo con su familia.
—Hay otra más. Tú podrías proponerle matrimonio.
—Eso no es posible.
—¿Por qué no?
Jake sintió su cara arder.
—Yo no podría permanecer célibe con ella. Nunca podría comprometerme a eso.
—Hay modos de prevenir la concepción.
Él suscitó y el resoplido despectivo provino de Jake.
—A vosotros os funcionó bien, ¿no? —Se frotó la cara cansadamente—. Tú sabes las otras razones por las que no puedo ofrecerle matrimonio.
—Sé el modo en que una vez viviste —dijo Edward, eligiendo sus palabras con obvio cuidado—. Entiendo tu miedo a hacerle daño. Pero a pesar de todo eso, encuentro difícil de creer que realmente la vayas a dejar marchar con otro hombre.
—Lo haría si fuera lo mejor para ella.
—¿Puedes realmente decir que lo mejor que Renesmee Swan merece es alguien como Nahuel?
—Mejor él —logró decir Jake— que alguien como yo.
Aunque la temporada social no había terminado aún, se acordó que la familia iría a Hampshire. Había que considerar la condición de Bella... estaría mucho mejor en entornos saludables... y Nessie y Emmett querían ver la finca Dwyer. La única cuestión era si era justo privar a Esme y Alice del resto de la temporada. Sin embargo, ambas afirmaban estar completamente felices de abandonar Londres.
Esta actitud no era inesperada procedente de Alice, quien todavía parecía mucho más interesada en los libros y los animales y en correr alegremente por la campiña como una criatura salvaje. Pero Emmett se sorprendió de que Esme, que había sido honesta sobre sus intenciones de encontrar un marido, estuviera tan dispuesta a marcharse.
—He estudiado todas las perspectivas de esta temporada —dijo Esme a Emmett en tono grave cuando paseaban por Hyde Park en un carruaje descubierto—. Pero por ninguno de ellos vale la pena quedarse en la ciudad.
Alice estaba sentada en el asiento opuesto, con Dodger, el hurón, hecho un ovillo en su regazo. La señorita Hale se había apretujado en la esquina, mirando fijamente el paisaje a través de las gafas.
Emmett rara vez se había encontrado con una mujer tan desconcertante. Brusca, pálida, su cuerpo una acumulación de codos puntiagudos y huesos angulares, su carácter rígido, espinoso y seco.
Claramente Rosalie Hale odiaba a los hombres. Por lo cual Emmett no la habría culpado, ya que era bien consciente de los defectos de su género. Excepto que no parecían gustarle mucho las mujeres tampoco. Las únicas personas con las que parecía relajarse era con Esme y Alice, que habían informado de que la señorita Hale era excepcionalmente inteligente, podía ser muy ingeniosa a veces y tenía una sonrisa encantadora.
Emmett pasó un momento difícil imaginando que la pequeña costura apretada de la boca de la señorita Hale se curvaba en una sonrisa. Más bien dudaba incluso de que tuviera dientes, ya que él nunca los había visto.
—Ella arruinará la vista —se había quejado esa mañana, cuando Esme y Alice le habían dicho que le llevarían en su paseo—. No disfrutaré del paisaje con la Parca lanzando su sombra sobre él.
—No la llames por nombres tan horribles, Emmett—había protestado Alice—. Ella me gusta muchísimo. Y es muy agradable cuando tú no estás alrededor.
—Creo que fue tratada muy mal por un hombre en su pasado —dijo Esme en voz baja—. De hecho, he oído un rumor o dos sobre que la señorita Hale se convirtió en institutriz porque estuvo implicada en un escándalo.
Emmett estuvo interesado a pesar de sí mismo.
—¿Qué tipo de escándalo?
Esme bajó la voz a un susurro.
—Dicen que concedió sus favores.
—No parece una mujer que concedería sus favores —dijo Alice con voz normal.
—¡Silencio, Ali! —exclamó Esme—. No quiero que la señorita Hale nos oiga por casualidad. Podría pensar que estamos cotilleando sobre ella.
—Pero estamos cotilleando sobre ella. Además, no creo que hiciera... ya sabéis, eso... con alguien. No parece en absoluto esa clase de la mujer.
—Yo lo creo —había dicho Emmett—. Por lo general, las damas más inclinadas a conceder sus favores son aquellas que no tienen ninguno.
—No entiendo —dijo Alice.
—Quiere decir que las señoras poco atractivas son más fáciles de seducir —dijo irónicamente Esme— con lo cual no estoy de acuerdo. Y además, la señorita Hale no es poco atractiva en absoluto. Es sólo un poco... severa.
—Y flacucha como un pollo escocés —refunfuñó Emmett.
Cuando el carruaje pasó Marble Arch y avanzaba por Park Lane, la señorita Hale fijó su mirada en las demostraciones florales de primavera.
Echándole un vistazo ociosamente, Emmett notó que tenía un perfil decente... una dulce y pequeña nariz puntiaguda que sujetaba las gafas, una barbilla suavemente redondeada. Lástima que la boca apretada y la frente fruncida arruinaran el resto. Dirigió su atención de nuevo a Esme, considerando su falta de deseo por permanecer en Londres. Sin duda, cualquier otra chica de su edad habría estado suplicando finalizar la temporada y disfrutar de todos los bailes y fiestas.
—Háblame de las «perspectivas» de esta temporada —dijo a Esme—. ¿Puede ser que ninguno de ellos tenga algún interés para ti?
Ella sacudió la cabeza.
—Ni uno. He conocido a unos pocos a quienes yo les gustaba, como Lord Bromley o...
—¿Bromley? —repitió Emmett, alzando las cejas—. Pero te dobla la edad. ¿Hay algún joven al que puedas considerar? ¿Alguien nacido en este siglo, quizás?
—Bueno, está el señor Radstock.
—Lento y pesado—dijo Emmett, habiéndose encontrado el cerdo en unas pocas ocasiones anteriores. Las altas esferas de Londres eran una comunidad relativamente pequeña—. ¿Quién más?
—Está Lord Wallscourt, muy dulce y agradable, pero… es un «conejo».
—¿Curioso y adorable? —preguntó Alice, que tenía una gran opinión de los conejos.
—No, me refería a que era más bien incoloro y... Oh, simplemente conejil. Lo cual es buena cosa en un animal de compañía, pero no en un marido. —Hizo la farsa de arreglar las cintas del sombrero atadas debajo de su barbilla—. Probablemente me aconsejarás que baje mis expectativas, Emmett, pero ya las he dejado caer hasta tal grado que un gusano no podría arrastrarse a sí mismo bajo ellas. Debo decirte que la temporada de Londres es una grave decepción.
—Lo siento, Esme—dijo Emmett suavemente—. Ojalá conociera a algún tipo que recomendarte, pero los únicos que conozco son balas perdidas y borrachos. Excelentes amigos. Pero prefiero disparar a uno de ellos que tenerlo por cuñado.
—Eso conduce a algo que quería preguntarte.
—¿Oh? —Examinó el rostro dulce y serio de esta hermana absolutamente encantadora que aspiraba tan desesperadamente a tener una vida tranquila y ordinaria.
—Ahora que he estado en la sociedad —dijo Esme— he oído rumores...
La sonrisa de Emmett se volvió pesarosa cuando entendió lo que quería saber.
—Sobre mí.
—Sí. ¿Eres realmente tan malo como algunas personas dicen?
A pesar de la naturaleza privada de la pregunta, Emmett fue consciente de que tanto la señorita Hale como Alice habían concentrado toda su atención en él.
—Eso me temo, cariño —dijo, mientras un sórdido desfile de sus pecados pasados pasaba rápidamente por su mente.
—¿Por qué? —preguntó Esme con una franqueza que normalmente Emmett habría encontrado entrañable. Pero no con la santurrona mirada de la señorita Hale fija en él.
—Es mucho más fácil ser malo —dijo el—. Especialmente si uno no tiene ninguna razón para ser bueno.
—¿Qué hay de ganarse un lugar en el cielo? —preguntó Rosalie Hale. Emmett habría pensado que tenía una voz bonita, si no hubiera venido en un envoltorio tan poco atractivo—. ¿No es eso motivo suficiente para comportarse con un mínimo de decencia?
—Eso depende —dijo él, sardónicamente—. ¿Qué es el cielo para usted, señorita
Hale?
Ella consideró la pregunta con más cuidado del que él habría esperado.
—Paz. Serenidad. Un lugar donde no hay ningún pecado, ni chisme, ni conflicto.
—Bien, señorita Hale me temo que su idea del cielo es mi idea del infierno. Por lo tanto, mis malvadas costumbres continuarán felizmente. —Volviéndose de nuevo hacia Esme, habló mucho más amablemente—. No pierdas la esperanza, hermanita.
Hay alguien por ahí, esperándote. Algún día lo encontrarás, y será todo lo que estás esperando.
—¿Realmente lo crees? —pregunto Esme.
—No. Pero siempre pensé que era algo agradable que decir a alguien en tus circunstancias.
Esme rió disimuladamente y empujó a Emmett en el costado, mientras la señorita Hale le lanzaba una mirada de puro asco.
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Gracias por leer!
