Capítulo 13
En su última tarde en Londres, la familia asistió al baile privado celebrado en la casa del señor y la señora Vulturi en Mayfair. El señor Vulturi, un empresario del ferrocarril y copropietario de una fabrica inglesa de locomotoras, era un hombre que se había hecho a sí mismo, hijo de un carnicero londinense. Era parte de una nueva y creciente clase de inversionistas, hombres de negocios, y gerentes que desestabilizaban las largamente sostenidas tradiciones y la autoridad que suponía un título de nobleza en sí mismo.
Una mezcla fascinante y bastante volátil de invitados asistía al baile anual de primavera de los Vulturi... políticos, extranjeros, aristócratas, y gente de negocios. Se decía que las invitaciones eran altamente codiciadas, ya que aún los pares del reino que en apariencia desdeñaban la búsqueda de riquezas, estaban ansiosos por tener alguna conexión con el extraordinariamente poderoso señor Vulturi.
La mansión Vulturi bien podría haber sido descrita como el símbolo del éxito de la empresa privada. Grande, lujosa, y tecnológicamente avanzada, la casa estaba alumbrada con gas en cada cuarto y el enyesado estaba hecho con los flexibles moldes modernos que actualmente se exhibían en el Palacio de Cristal. Ventanales del suelo al techo daban acceso a amplios paseos y jardines en el exterior, sin mencionar un notable invernadero techado de cristal y con un complejo sistema de fontanería bajo el suelo.
Justo antes de que los Swan llegaran a la mansión Vulturi, la señorita Hale murmuró unos pocos consejos de última hora a sus protegidas, diciéndoles que no llenaran sus carnets de baile muy rápidamente por si un caballero atractivo pudiera llegar más tarde al baile, y que nunca se dejasen ver sin sus guantes, y que nunca rechazasen a un caballero que les pidiera bailar con ellas a menos que estuviesen ya comprometidas para bailar con otro. Pero a toda costa, lo que nunca debían permitir era más que tres bailes a un caballero... pues tan excesiva familiaridad provocaría cotilleos.
Nessie se enterneció por la cuidadosa forma en la que la señorita Hale transmitía las instrucciones, y la seria atención que Esme y Alice le prestaban. Claramente las tres habían trabajado duro en el intricado laberinto de la etiqueta.
Nessie estaba en desventaja comparada con sus dos hermanas menores. Al haber pasado tanto tiempo lejos de Londres, su conocimiento de las buenas costumbres sociales era escaso.
—Espero no haceros pasar vergüenza a ninguna —dijo a la ligera—. Aunque debería advertiros que las probabilidades de que cometa un error social son realmente altas. Espero que acepte usted enseñarme también a mí, señorita Hale.
La institutriz sonrió un poco, revelando sus dientes aún blancos y labios suaves.
Nessie no pudo menos que advertir que si la señorita Hale estuviera un poco más rellenita, sería realmente bonita.
—Tiene usted tal sentido natural de la propiedad —dijo ésta a Nessie—, que no puedo imaginármela siendo algo menos que una perfecta dama.
—Oh, Nessie nunca hace nada mal —dijo Alice a la señorita Hale.
—Nessie es una santa —agregó Esme—. Es muy latosa. Pero hacemos lo que podemos por tolerarla.
Nessie sonrió.
—Para vuestra información —les dijo ligeramente—, tengo la intención de romper totalmente al menos tres reglas de etiqueta antes de que el baile haya terminado.
—¿Qué tres? —preguntaron Esme y Alice al unísono. La señorita Hale simplemente pareció perpleja, como si estuviera intentando entender el por qué alguien haría deliberadamente tal cosa.
—No me he decidido aún. —Nessie cruzó las manos enguantadas en su regazo—. Tendré que esperar a que las oportunidades se presenten por sí solas.
A medida que los invitados entraban en la mansión, los criados acudían a recoger las capas y los chales, los sombreros y los abrigos de los caballeros. Viendo a Edward y a Jacob de pie uno al lado del otro, encogiéndose para quitarse los abrigos con los mismos gestos hábiles, Nessie sintió como una sonrisa caprichosa tocaba sus labios. Se preguntó cómo era posible que nadie pudiera ver que eran hermanos. Su parentesco estaba muy claro para ella, aunque no fueran idénticos.
La misma constitución esbelta y atlética, aunque Edward era más delgado y más flexible, mientras que Jacob era más robusto, con la constitución muscular de un boxeador.
Su mayor diferencia, sin embargo, no era su apariencia externa, sino la manera en que cada uno enfocaba el mundo. Edward con un sentido de tolerancia divertida, encanto y confianza sagaz. Y Jacob con su dignidad aporreada y una intensidad que ardía a fuego lento, y sobre todo, con la fuerza de los sentimientos que tan desesperadamente buscaba ocultar.
Oh, cuanto le deseaba. Pero no sería fácil conquistarlo, si es que podía hacerse.
Nessie pensaba en ello más bien como intentar engatusar a una criatura salvaje para que acudiese a su mano: los interminables avances y retiradas, el hambre y la necesidad de conexión luchando contra el miedo.
Lo deseaba aún más cuando lo veía aquí, entre este brillante gentío, su distante y poderosa forma vestida con un atuendo austero de noche en blanco y negro.
Jacob no se consideraba a sí mismo inferior a la gente que le rodeaba, pero era bien consciente de que no era uno de ellos. Entendía sus valores, si bien no siempre estaba de acuerdo con ellos. Y había aprendido como desenvolverse bien en el mundo gadjo... era la clase de hombre que se adaptaría a cualquier situación. Después de todo, pensó Nessie con humor privado, no cualquier hombre podría domar a un caballo, construir una cerca de piedra a mano, recitar el alfabeto griego, y discutir los méritos filosóficos relativos del empirismo y racionalismo. Sin mencionar el reconstruir una hacienda y dirigirla como si él fuese el dueño.
Había una sensación de impenetrable misterio alrededor de Jacob Black. Estaba obsesionada por el tentador pensamiento de cómo sería deslizarse más allá de todos sus secretos, y alcanzar el extraordinario corazón que él guardaba tan estrechamente.
La melancolía la inundó mientras recorría con la mirada el bello interior de la mansión, los invitados riéndose y charlando mientras la música flotaba ligeramente sobre la escena. Mucho por lo que disfrutar y apreciar, y aún así todo lo que Nessie quería era estar a solas con el hombre menos accesible de la habitación Sin embargo, no iba a ser un florero. Iba a bailar y a reírse y a hacer todas las cosas que se había imaginado durante años mientras yacía en su lecho de enferma. Y si eso desagradaba a Jacob o le ponía celoso, entonces mucho mejor. Quitándose el abrigo, Nessie siguió adelante con sus hermanas. Todas iban vestidas en rasos pálidos, Esme de rosa, Alice de azul, Bella de lavanda, y ella de blanco.
Su traje de noche era incómodo, a lo que Esme entre risas había dicho que era buena cosa, ya que un traje de noche confortable casi seguro que no sería elegante. Lo sentía demasiado ligero en la parte superior, el corpiño bajo y cuadrado, las mangas cortas y apretadas. Y demasiado pesado de cintura para abajo, por anchas faldas triples recogidas con cintas. Pero la fuente principal de su incomodidad era el corsé, como había pasado tanto tiempo sin él aún se resistía a la más leve constricción. Aunque estaba sólo ligeramente atado, el corsé contraía su torso y empujaba artificialmente sus pechos hacia arriba. Difícilmente parecía decente. Y aun así se consideraba indecente no llevar uno.
Considerándolo todo, sin embargo, valía la pena la incomodidad cuando vio la reacción de Jacob. Su cara se quedó blanca al verla con el vestido de baile de corte bajo. Su mirada viajó desde la punta de una zapatilla de raso que asomaba bajo el dobladillo del vestido hasta su rostro. Clavó los ojos unos pocos segundos más en sus pechos, alzados como si estuvieran ahuecados por sus manos. Cuando sus ojos finalmente se encontraron con los de ella, destellaban con un fuego de obsidiana. Un sensible temblor corrió bajo el armazón del corsé de Nessie. Con dificultad, apartó la vista de él.
Las Swan se adentraron en el vestíbulo, dónde una araña derramaba una ligera luz sobre el suelo decorado de madera.
—Qué criatura tan extraordinaria —Nessie oyó murmurar al doctor Nahuel cerca.
Siguió su mirada hasta la dueña de la casa, la señora Vulturi, que saludaba a los invitados.
Aunque Nessie nunca había conocido a la señora Vulturi, la reconoció por las descripciones que había escuchado. Se decía que la señora Vulturi era una de las mayores bellezas de Inglaterra, con su figura bellamente torneada y sus ojos azules con gruesas pestañas, y el cabello que brillaba con ricos matices de miel y oro. Pero era su resplandor y una viva expresividad lo que la hacía realmente simpática.
—Ese es su marido, el que está de pie a su lado —murmuró Esme—. Es intimidante, pero muy agradable.
—Lamento no estar de acuerdo —dijo Emmett.
—¿No crees que sea intimidante? —preguntó Nessie.
—No creo que sea agradable. Siempre que estoy en la misma habitación que su esposa, me mira como si estuviera deseando desmembrarme.
—Bueno —dijo Esme prosaicamente—, uno no puede negar su buen juicio. —Se inclinó hacia Nessie y dijo—: El señor Vulturi está loco por su esposa. Su matrimonio es una unión por amor, ya sabes.
—Qué pasado de moda —comentó el doctor Nahuel con una abierta sonrisa.
—Incluso baila con ella —dijo Alice a Nessie—, lo cual maridos y esposas se supone, nunca hacen. Pero considerando la fortuna del señor Vulturi, la gente encuentra razones para perdonarle tal comportamiento.
—Mirad cuan pequeña es su cintura —murmuró Esme a Nessie—. Y eso después de tres niños... dos de ellos muy grandes.
—Tendré que sermonear a la señora Vulturi sobre los males de un encaje apretado —dijo el doctor Nehuel en voz baja, y Nessie se rió.
—Me temo que la elección entre salud y moda no es una decisión fácil para las mujeres —le dijo ella— Aún me sorprende que me permitiera usar corsé esta noche.
—Usted apenas lo necesita —dijo él, con sus grises ojos lanzando destellos—. Su cintura natural es apenas más ancha que la cintura con corsé de la señora Vulturi.
Nessie sonrió a la bien parecida cara de Nahuel, pensando que cada vez que estaba en su presencia se sentía segura y reconfortada. Había sido siempre así desde el día en que lo había conocido. Había sido un dios para ella, y para todo el mundo en la clínica. Pero todavía no tenía una sensación real de él como hombre de carne y hueso.
No tenía idea de si había más potencial en que estuvieran juntos, que separados y cada uno por su lado.
—¡La misteriosa hermana Swan perdida! —exclamó la señora Vulturi y tomó ambas manos de Nessie entre las suyas enguantadas.
—No tan misteriosa —dijo Nessie sonriendo.
—Señorita Swan, qué deleite conocerla al fin, y aún más el verla en plena forma.
—La señora Vulturi siempre pregunta por ti —dijo Esme a Nessie—, así que la hemos mantenido informada de tus progresos.
—Gracias, señora Vulturi—dijo Nessie tímidamente—. Ahora ya estoy bastante bien, y me honra ser una invitada en su preciosa casa.
La señora Vulturi dirigió a Nessie una sonrisa deslumbrante, reteniendo sus manos mientras se dirigía a Edward.
—Que modales tan llenos de gracia. Creo, señor Cullen, que la señorita Swan logrará fácilmente ganar popularidad para sus hermanas.
—El próximo año, me temo —dijo Edward tranquilamente—. Este baile señala el fin de la temporada para nosotros. Viajaremos a Hampshire dentro de una semana.
La Señora Vulturi hizo una pequeña mueca.
—¿Tan pronto? Pero supongo que es muy normal. Lord Dwyer querrá ver su hacienda.
—Así es, señora Vulturi—dijo Emmett-. Adoro los paisajes bucólicos. Uno nunca ha visto demasiadas ovejas.
Ante el sonido de la risa de la señora Vulturi, su marido se unió a la conversación.
—Bienvenido, milord —dijo Vulturi a Emmett—. La noticia de su regreso está siendo celebrada por todo Londres. Aparentemente los establecimientos de juego y vino sufrieron grandes pérdidas en su ausencia.
—Entonces haré lo que pueda por revigorizar la economía —dijo Emmett.
Vulturi sonrió brevemente.
—Debe usted bastante a este tipo —dijo a Emmett, girándose para estrechar la mano de Jacob. Jacob, como siempre, había permanecido en pie discretamente a un lado del grupo—. Según Uley, Jacob ha hecho de la hacienda Dwyer un éxito asombroso en muy poco tiempo.
—Ya que el nombre «Dwyer» está tan rara vez acoplado con la palabra «éxito» — contestó Emmett—, el logro de Jacob es aún más impresionante.
—Quizá más tarde —dijo Vulturi para Jacob—, podamos encontrar un momento para discutir sus impresiones sobre la trilladora que compró usted para la hacienda. Con los beneficios de la locomotora tan bien establecidos, estoy considerando expandir el negocio a la maquinaria agrícola. He oído hablar de un nuevo diseño de trilladora, así como también de una prensa de heno energizada con vapor.
—El proceso agrícola entero se está mecanizando —respondió Jacob—. Cosechadoras, cortadoras, y embaladoras... Muchos de los prototipos están siendo exhibidos en la exposición.
Los ojos oscuros de Vulturi destellaron con interés.
—Me gustaría oír más.
—Mi marido está interminablemente fascinado por las máquinas —dijo la señora Vulturi, riéndose—. Creo que esto ha eclipsado todos sus demás intereses.
—No todos —dijo Vulturi suavemente. Algo en la forma en que miró a su esposa la hizo ruborizarse.
Divertido, Emmett dejó correr el momento diciendo:
—Señor Vulturi, me gustaría presentarle al doctor Pardo, el médico que ayudó a mi hermana a recobrar su salud.
—Un placer, señor —dijo Nahuel, y estrechó la mano de Vulturi.
—Lo mismo digo —contestó Vulturi cordialmente, devolviendo el apretón. Pero lanzó al doctor una mirada extraña, especulativa—. ¿Es usted el Pardo que dirige la clínica en Francia?
—Lo soy.
—¿Y reside todavía allí?
—Sí, aunque intento visitar a los amigos y la familia en Inglaterra tan a menudo como mi agenda me lo permite.
—Creo que conozco a la familia de su difunta esposa —murmuró Vulturi, clavando duramente los ojos en él.
Después de un parpadeo rápido, Nahuel respondió con una sonrisa pesarosa.
— Gente estimable. No los he visto desde hace años. Los recuerdos, ya me entiende.
—Entiendo —dijo Vulturi quedamente.
Nessie estaba intrigada por la pausa larga y embarazosa que siguió, y la sensación de discordia que emanaba de los dos hombres. Miró a su familia, y a la señora Vulturi, quienes claramente tampoco comprendían.
—Bueno, señor Vulturi —dijo la señora Vulturi alegremente—, ¿vamos a impresionar a todos bailando juntos? Van a tocar un vals muy pronto... y ya sabe que es usted mi pareja de baile favorita.
La atención de Vulturi quedó inmediatamente distraída por la nota coqueta en la voz de su esposa. Le sonrió abiertamente.
—Por ti cualquier cosa, amor.
Nahuel atrapó la mirada de Nessie con la suya.
—No he bailado un vals desde hace demasiado tiempo —dijo—. ¿Puede reservar un lugar para mí en su tarjeta de baile?
—Su nombre está ya ahí —contestó ella, y posó su mano con ligereza sobre el brazo que le ofrecía para seguir a los Vulturi a la sala de estar.
Esme y Alice estaban ya siendo abordadas por posibles parejas, mientras Edward cerraba sus dedos enguantados sobre Bella.
—Que me condenen si Vulturi es el único al que se le permite ser chocante. Baila conmigo.
—Me temo que no impresionaremos a nadie en absoluto —dijo ella, acompañándole sin titubear—. La gente ya asume que no sabemos lo que hacemos.
Emmett observó a la procesión entrar en la sala con los ojos entrecerrados.
—¿Me pregunto —dijo para Jacob— qué sabe Vulturi sobre Nahuel? —¿Lo conoces lo suficientemente bien para preguntar?
—Sí —dijo Jacob—. Pero aún si no lo conociera, no abandonaría este lugar hasta hacer que me lo contara.
Eso hizo reír ahogadamente a Emmett.
—Puede que seas el único en toda esta mansión que se atrevería a intentar «hacer» que Vulturi hiciera alguna cosa. Es un maldito bastardo.
—También yo. —Fue la sombría respuesta de Jacob.
Fue un baile encantador, o lo habría sido, si Jacob se hubiese comportado como un ser humano razonable. Vigilaba a Nessie constantemente, apenas molestándose en ser discreto al respecto. Mientras ella estaba en un grupo u otro, él conversaba con un grupo de hombres que incluía al señor Vulturi, pero la atenta mirada de Jacob nunca se desviaba lejos de Nessie.
Al menos tres veces Nessie fue abordada por diversos hombres con quienes se había comprometido a bailar, y en cada una de esas ocasiones Jacob aparecía a su lado y miraba furiosamente a la presunta pareja de baile hasta que éste se escabullía.
Jacob espantaba a sus pretendientes a diestra y siniestra.
Ni siquiera la señorita Hale fue capaz de disuadirle. La institutriz había dicho a Jacob de la forma más firme posible que su acompañamiento era innecesario, que tenía la situación bien controlada. Pero él había contestado obstinadamente que si ella iba a actuar de chaperona, sería mejor que consiguiera mantener a los hombres indeseables lejos de sus protegidas.
—¿Qué crees que estás haciendo? —murmuró Nessie al oído de Jacob furiosamente, cuando éste espantó a otro consternado caballero —. ¡Quería bailar con él! ¡Le había prometido que lo haría!
—No vas a bailar con una escoria como él —masculló Jacob.
Nessie sacudió la cabeza con desconcierto.
—Es un vizconde de una familia respetable. ¿Qué podrías objetarle?
—Es amigo de Emmett. Esa es razón suficiente.
Nessie fulminó con la mirada a Jacob. Luchó por mantener un poco de compostura. Siempre había encontrado muy fácil encubrir sus emociones bajo una fachada serena, pero últimamente lo encontraba cada vez más difícil. Sus sentimientos estaban al acecho, muy cerca de la superficie.
—Si lo que intentas es arruinarme la noche —le dijo—, estás haciendo un esplendido trabajo. Quiero bailar, y tú ahuyentas a todo el que se acerca a mí. Déjame en paz. —Le dio la espalda, y suspiró aliviada cuando Nahuel Pardo se aproximó a ellos.
—Señorita Swan—dijo—, me haría usted el honor…
—Sí —dijo ella, antes de que él pudiera terminar la frase. Tomando su brazo, le dejó conducirla a la masa de parejas que giraban al ritmo del vals. Mirando por encima del hombro, vio a Jacob siguiéndola con los ojos, y le lanzó una mirada amenazadora. Él le devolvió un semblante ceñudo.
Mientras se alejaba, sintió la presión de una risa frustrada en su garganta. Se la tragó de vuelta, pensando que Jacob Black era el hombre más indignante de la faz de la tierra. Era el perro del hortelano, que ni come ni deja comer, negándose a tener una relación con ella y aun así, sin permitirle estar con cualquier otro. Y conociendo su resistencia, probablemente seguiría así durante años. Para siempre. Ella no podía vivir de esta manera.
—Renesmee—dijo Nahuel Pardo, con sus ojos grises preocupados—. Esta noche es demasiado encantadora para que esté preocupada. ¿Sobre qué discutían?
—Nada importante —dijo ella, intentando hablar con ligereza pero logrando sólo parecer tensa—. Simplemente es una pelea familiar.
Hizo una reverencia y Nahuel se inclinó de modo respetuoso. La tomó en sus brazos, la mano de él era firme en su espalda, guiándola fácilmente mientras bailaban.
El toque de Nahuel volvió a despertar recuerdos de la clínica, la forma en que la había animado y la había ayudado, las veces en que había sido severo cuando ella lo había necesitado, y las veces que lo habían celebrado cuando ella había alcanzado otro logro en su progreso. Era un hombre bueno, amable, magnánimo. Un hombre bien parecido. Nessie difícilmente olvidaba las miradas llenas de admiración femenina que él atraía. La mayor parte de las muchachas solteras de esa habitación habrían dado cualquier cosa por tener un pretendiente tan espléndido. Podría casarme con él, pensó. Él había dejado claro que sólo requeriría un poquito de ánimo por su parte. Podría convertirse en la esposa de un doctor y vivir en el sur de Francia, y quizás ayudarlo de alguna manera en su trabajo en la clínica. Para ayudar a otras personas que sufrían como ella había sufrido... hacer algo positivo e importante con su vida... ¿no sería mejor que esto? Cualquier cosa era preferible al dolor de amar a un hombre al que no podía tener.
Y, que Dios la ayudara, vivir en la misma casa. Podría volverse amargada y frustrada. Incluso podría llegar a odiar a Jacob.
Se sintió a sí misma relajarse en los brazos de Nahuel. La triste y enojada sensación se desvaneció, apaciguada por la música y el ritmo de vals. Nahuel la llevó alrededor de la sala, guiándola cuidadosamente entre las parejas danzantes.
—Esto es con lo que soñaba —le dijo Nessie— Ser capaz de hacer esto… como todos los demás.
La mano de él le apretó la cintura.
—Y aquí está. Pero usted no es como todos los demás. Es la mujer más bella de aquí.
—No —dijo ella, riendo.
—Sí. Como un ángel del trabajo de los Viejos Maestros. O quizá la Venus Durmiente. ¿Está familiarizada con esa pintura?
—Me temo que no.
—La llevaré a verla algún día. Aunque podría encontrarla un poco sorprendente.
—¿Es de suponer que la Venus está desnuda en ese trabajo? —Nessie intentó sonar mundana, pero se sintió a sí misma ruborizarse—. Nunca he entendido por qué tales representaciones de belleza son siempre al desnudo, cuando un poco de pañería discreta tendría el mismo efecto.
—Porque no hay nada más bello que la forma femenina al descubierto. —Nahuel rió quedamente cuando vio que su color se intensificaba—. ¿La he avergonzado con mi franqueza? Lo siento.
—No creo que lo sienta. Creo que quiso usted desconcertarme. —Era una sensación nueva, estar coqueteando con Nahuel.
—Está en lo cierto. Quiero hacerla perder un poco el equilibrio.
—¿Por qué?
—Porque me gustaría que me viera como alguien distinto del previsible, tedioso y viejo doctor Nahuel.
—No es ninguna de esas cosas —dijo ella, riéndose.
—Bien —murmuró él sonriendo. El vals había finalizado, y los caballeros comenzaban a guiar a sus compañeras fuera de la zona de baile, mientras otros ocupaban sus lugares.
—Hace calor aquí dentro, y está demasiado atestado —dijo Nahuel—. ¿Le gustaría ser escandalosa y esfumarse conmigo por un momento?
—Me gustaría.
La llevó a una esquina parcialmente protegida por algunas plantas enormes dentro de sus macetas. En el momento oportuno, la guió fuera del salón y al interior de un enorme invernadero de cristal. El espacio estaba lleno de caminos, flores y árboles de interior, y bancos pequeños y aislados. Más allá del invernadero, una amplia terraza miraba hacia los huertos cercados y demás mansiones de Mayfair. La ciudad estaba esbozada a lo lejos, cubierta de chimeneas que helaban el cielo de medianoche con corrientes de humo.
Estaban sentados en un banco, con las faldas de Nessie ondulando alrededor de ellos. Nahuel se giró a medias para confrontarla. El glaseado de luz de luna daba a su piel de marfil pulido una leve luminiscencia.
—Renesmee—murmuró, y el timbre de su voz fue bajo e íntimo. Mirando fijamente a sus ojos grises, Nessie se dio cuenta que iba a besarla.
Pero para su sorpresa le quitó uno de los guantes con exquisito cuidado, la luz de la luna brillando sobre su cabello negro. Se llevó su mano esbelta hasta los labios, besó el dorso de sus dedos, y luego el frágil interior de su muñeca. Le sostuvo la mano como una flor entreabierta contra la cara. Su ternura la desarmó.
—Sabe por qué he venido a Inglaterra —dijo él, suavemente—. Quiero conocerla mucho mejor, querida, de un modo que no era posible en la clínica. Quiero...
Pero un sonido cercano hizo que Nahuel se interrumpiera, alzando su cabeza.
Juntos, él y Nessie clavaron los ojos en el intruso.
Era Jacob, claro está, enorme, oscuro y agresivo mientras se acercaba a grandes pasos hacia ellos.
La mandíbula de Nessie se desencajó por la incredulidad. ¿La había seguido hasta ahí afuera? Se sintió como una criatura acosada. ¿Por amor del cielo, no había lugar en el que pudiera evadir su escandaloso acecho?
—Vete... fuera —dijo ella, enunciando cada palabra con precisión desdeñosa—. Tú no eres mi dama de compañía.
—Deberías estar con ella —exclamó Jacob—. No aquí con él.
Nessie nunca había encontrado tan difícil dominar con maestría sus emociones. Las empujó hacia atrás, encerrándolas tras una cara impasible. Pero podía sentir su temperamento bullendo impacientemente en su interior. Su voz tembló sólo un poco cuando se volvió hacia Nahuel.
—¿Sería tan amable de dejarnos solos, doctor Nahuel? Hay algo que debo aclarar con Jacob.
Nahuel miró fijamente de la cara seria de Jacob a la de ella.
—No estoy seguro de si debiera —dijo lentamente.
—Lleva molestándome toda la noche —dijo Nessie—. Yo soy la única que puede acabar con esto. Por favor, permítame un momento con él.
—Muy bien. —Nahuel se levantó del banco—. ¿Dónde debo esperarla?
—De vuelta en el salón —contestó Nessie, agradecida de que no hubiera discusión por parte de Nahuel. Estaba claro que la respetaba a ella y sus capacidades lo suficiente como para permitirle manejar la situación—. Gracias, doctor Nahuel.
Apenas reparó en la partida de Nahuel, tan concentrada estaba en Jacob. Se levantó y fue hacia él con furioso celo.
—¡Me estás volviendo loca! —exclamó—. ¡Quiero que acabes con esto, Jake! ¿Tienes la más mínima idea de lo ridículo que estás siendo? ¿De lo incorrectamente que te has comportado esta noche?
—¿Yo me he comportado incorrectamente? —resolló él con furia—. Tú estabas a punto de dejarte comprometer.
—Quizá quiera ser comprometida.
—¡Qué lástima! —dijo él, extendiendo la mano para agarrarle la parte superior del brazo, disponiéndose a arrastrarla fuera del invernadero—. Porque voy a asegurarme de que permanezcas a salvo.
—¡No me toques! —Nessie se retorció para liberarse de él, enfadada—. He estado a salvo durante años. Guardando cama, viendo a todo el mundo a mí alrededor disfrutando de sus vidas. He tenido suficiente seguridad para toda una vida, Jake. Y si eso es lo que quieres, que continúe sola y sin amor, entonces puedes irte al demonio.
—Nunca has estado sola —dijo él severamente—. Nunca has dejado de ser amada.
—Quiero ser amada como una mujer. No como una niña, o una hermana, o una inválida.
—No es así cómo yo...
—Tal vez ni siquiera seas capaz de semejante amor. —En su ardiente frustración, Nessie experimentó algo que no había sentido nunca antes. El deseo para lastimar a alguien—. No está en ti.
Jacob atravesó un rayo de luz de luna que se había colado en el invernadero de cristal, y Nessie se sintió un poco conmocionada cuando vio su expresión asesina. Con sólo unas pocas palabras había logrado herirle profundamente, lo suficiente como para abrir una brecha en ese sentimiento oscuro y furioso. Dio un paso hacia atrás alarmada cuando él la tomó en un apretón brutal.
Tiró de ella con fuerza hacia arriba.
—Todos los fuegos de infierno podrían arder durante mil años y eso no igualaría lo que siento por ti en un minuto del día. Te amo tanto que no hay ningún placer en ello. Nada más que tormento. Porque si pudiera diluir lo que siento por ti a una millonésima parte, todavía sería lo suficiente como para matarte. E incluso si esto me vuelve loco, preferiría verte vivir en los brazos de ese bastardo frío y sin alma antes que morir en lo míos.
Antes de que ella pudiera comenzar a comprender lo que había dicho, y aceptar sus implicaciones, tomó su boca con un hambre salvaje. Durante un minuto completo, quizá dos, no pudo ni siquiera moverse, sólo pudo quedarse allí impotentemente, cayéndose a pedazos, todo pensamiento racional disolviéndose. Se sintió mareada, pero no por la enfermedad. Su mano revoloteó hacia la nuca de él, a los músculos rígidos por encima del borde crujiente del cuello de la camisa y los bucles de cabello como seda pura.
Los dedos inconscientemente le acariciaron la nuca, intentando apaciguar su fervorosa y agitada respiración. La boca de él se inclinó más profundamente sobre la suya, succionando y jugueteando, su sabor narcótico y dulce. Y luego algo calmó su frenesí, y volvió a ser gentil. La mano le temblaba cuando le tocó la cara, los dedos acariciándole la mejilla, la palma acunando su mandíbula. La presión hambrienta de su boca desapareció de la ella, y le besó los párpados, la nariz y la frente.
En su impulso por acercarse más, la había impulsado hacia atrás contra una de las paredes del invernadero. Ella jadeó cuando la parte superior de sus hombros desnudos quedaron aplastados contra el cristal, poniéndole la carne de gallina. El cristal estaba frío… Pero el cuerpo de él caliente, su ardiente y suave boca viajaba hacia abajo por su garganta, su pecho, el indicio de su escote.
Jacob deslizó dos dedos dentro del corpiño, acariciando la fresca mullidez de su pecho. No era suficiente. Tiró impacientemente del borde del corpiño y de las poco profundas copas del corsé hacia abajo. Nessie cerró los ojos, sin proferir ni siquiera una palabra de protesta, excepto por el subir y bajar de su respiración. Jacob soltó un suave gruñido de satisfacción cuando el pecho quedo libre. La levantó más alto contra el cristal, casi alzándola sobre sus pies, y cerró la boca sobre la punta de un pecho.
Nessie se mordió el labio para abstenerse de gritar. Cada lametazo de su lengua enviaba dardos de calor a los dedos de sus pies. Deslizó las manos por su cabello, una enguantada, una desnuda, arqueando el cuerpo contra la tierna estimulación de su boca.
Cuando el pezón estuvo tenso y palpitante, se movió de regreso a su cuello, arrastrando la boca a lo largo de la delicada piel.
—Nessie. —Su voz era inestable—. Deseo... —Pero refrenó las palabras y la besó otra vez, profundo y febril, mientras tomaba el pico duro de su pecho entre los dedos. Lo apretó y comenzó a girarlo suavemente, hasta que el hostigamiento malvadamente gentil hizo que ella se contorsionarse y sollozara de placer.
Entonces todo acabó con cruel premura. Se quedó inexplicablemente congelado y tiró de ella para alejarla de la ventana, empujando la parte delantera de su cuerpo contra él. Como si tratara de ocultarla de algo. Una queda maldición se le escapó.
—¿Qué... —Nessie encontraba difícil hablar. Estaba tan aturdida como si estuviera emergiendo de un profundo sueño, sus pensamientos tropezando unos con otros—. ¿Qué pasa?
—Vi un movimiento en la terraza. Alguien podría habernos visto.
Eso sobresaltó a Nessie trayéndola de vuelta a una semblanza de normalidad. Se apartó de él, devolviendo torpemente el corpiño en lugar.
—Mi guante —murmuró, viéndolo posado junto al banco como una diminuta y abandonada bandera de tregua.
Jacob fue a recuperarlo por ella.
—Yo... voy al vestidor de señoras —dijo ella temblorosamente—. Me arreglaré, y volveré al salón en cuanto sea capaz.
No estaba del todo segura de qué acababa de pasar, de qué significaba. Jacob había admitido que la amaba. Finalmente lo había dicho. Pero ella siempre lo había imaginado como una confesión alegre, no una amarga y enojada. Todo parecía tan terriblemente equivocado.
Si al menos pudiera volver al hotel, ahora, y estar a solas en su habitación.
Necesitaba privacidad para pensar. ¿Qué era lo que él había dicho?... Preferiría verte vivir en los brazos de ese bastardo frío y sin alma antes que morir en lo míos. Pero eso no tenía sentido. ¿Por qué habría dicho tal cosa?
Quiso enfrentarle, pero éste no era el momento ni el lugar. Este era un asunto que debía ser manejado con mucho cuidado. Jacob era más complicado que lo que la mayoría de la gente comprendía. Aunque daba la impresión de ser menos sensible que la mayoría de los hombres, la verdad era que albergaba sentimientos tan poderosos que ni siquiera él mismo era capaz de manejarlos bien.
—Debemos hablar más tarde, Jake —dijo ella.
Él hizo una breve inclinación de cabeza, con sus hombros y su cuello rígidos como si llevara a cuestas una carga insoportable.
Nessie se dirigió tan discretamente como le fue posible, escaleras arriba, hacia el vestidor de señoras, donde las criadas estaban ocupadas reparando cintas rotas, ayudando a secar el brillo de las sudorosas caras, y sujetar los peinados con horquillas adicionales. Las mujeres se habían reunido en grupitos, riendo nerviosamente y chismorreando acerca de cosas que habían visto y habían oído por casualidad. Nessie se sentó frente a un espejo y estudió su reflejo. Sus mejillas estaban enrojecidas, un contraste marcado con su tranquila palidez habitual, y sus labios estaban rojos e hinchados. Su color se hizo más intenso cuando se preguntó si todo el mundo podía ver lo que había estado haciendo.
Una criada vino a secar la cara de Nessie y espolvorearla con polvo de arroz, y ella murmuró un agradecimiento. Tomó varios alientos tranquilizadores... tan profundos como el maldito corsé le permitiría... e intento discretamente asegurarse de que el corpiño le cubría completamente los pechos.
Para cuando Nessie se sintió en condiciones de bajar las escaleras otra vez, habían pasado aproximadamente treinta minutos. Sonrió cuando Esme entró en el vestidor de señoras y se acercó a ella.
—Hola, querida —dijo Nessie, levantándose de la silla—. Ven, toma mi silla. ¿Necesitas horquillas? ¿Polvos?
—No, gracias. —Esme lucía una expresión tensa, ansiosa, parecía casi tan ruborizada como Nessie un momento antes.
—¿Estás pasando un buen rato? —preguntó Nessie con un poco de preocupación.
—En realidad, no —dijo Esme, llevándola a la esquina para impedir que fueran oídas por casualidad—. Estaba deseando conocer a alguien aparte del gentío habitual de tontos y viejos nobles, o peor aún, tontos y jóvenes. Pero los únicos hombres nuevos que he conocido son cazafortunas y hombres de negocios. Los dos tipos quieren hablar de dinero... lo cual es vulgar y yo no sé nada acerca de ello... o tienen carreras de las que no pueden discutir, lo cual quiere decir que probablemente sea algo ilegal.
—¿Y Alice? ¿Cómo le está yendo?
—Es bastante popular, en realidad. Va por ahí diciendo cosas vergonzosas, y la gente se ríe y piensa que está siendo ingeniosa, cuando la verdad es que está hablando totalmente en serio.
Nessie sonrió.
—¿Bajamos y la buscamos?
—Todavía no. —Esme se estiró para tomar su mano, y la agarró firmemente—. Nessie, querida... He venido a buscarte porque... hay una especie de agitación escaleras abajo. Y... se refiere a ti.
—¿Una agitación? —Nessie sacudió la cabeza, sintiendo frío en la médula de los huesos. Su estómago dio un vuelco enfermizo—. No entiendo.
—Se está propagando rápidamente el rumor de que has sido vista en el invernadero en una posición comprometedora. Muy comprometedora.
Nessie sintió palidecer su cara.
—Fue sólo hace treinta minutos —murmuró.
—Esto es la sociedad londinense —dijo Esme sobriamente—. Los rumores viajan a toda velocidad.
Un par de jóvenes entraron en el vestidor, vieron a Nessie, e inmediatamente murmuraron una al oído de la otra.
La mirada afligida de Nessie encontró la de Esme.
—Va a haber un escándalo, ¿no? —preguntó débilmente.
—No si manejamos el asunto rápida y correctamente. —Esme le apretó la mano —. Debo llevarte a la biblioteca, querida. Bella y el señor Cullen están allí... vamos a reunirnos, a juntar nuestras cabezas, y a decidir de qué forma vamos a actuar.
Nessie casi deseó poder volver atrás y ser una inválida con frecuentes episodios de desmayos. Porque en ese momento, un buen y largo desmayo sonaba muy atractivo.
—Oh, ¿qué he hecho? —murmuró.
Eso provocó una risa débil de Esme.
—Esa parece ser la pregunta que está en mente de todos.
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