Capítulo 16
Aunque Jacob había dejado claro al personal de Dwyer que Emmett, y no él, era el amo, los criados y arrendatarios todavía le consideraban la autoridad. Era a Jacob a quien acudían primero con todas sus preocupaciones. Y Emmett se contentaba con dejarlo así mientras se familiarizaba con la revigorizada finca y sus habitantes.
—No soy un completo idiota, a pesar de las apariencias en sentido contrario —dijo secamente a Jacob mientras montaban por la esquina este de la finca una mañana —. Los arreglos que has hecho obviamente funcionan. No tengo intención de embrollar las cosas en un esfuerzo por probar que soy el señor de la mansión. Una vez dicho eso... tengo unas cuantas mejoras que sugerir referentes a las viviendas de los arrendatarios.
—¿Oh?
—Unas cuantas alteraciones baratas en el diseño harían las casitas más confortables y atractivas. Y si la idea es establecer eventualmente una especie de aldea en la finca, podría convenirnos comenzar a hacer planos para un modelo de pueblo.
—¿Quieres trabajar en los planos y alzarlos? —preguntó Jacob, sorprendido por la muestra de interés del usualmente indolente lord.
—Si no tienes ninguna objeción.
—Por supuesto que no. Es tu finca. —Jacob le evaluó especulativamente—. ¿Estás considerando volver a tu anterior profesión?
—En realidad, sí. Podría comenzar como arquitecto aficionado. Veremos a donde puede llevarnos algo de impulso. Y tiene sentido que me curta los dientes con las casas de mis propios arrendatarios. —Sonrió—. Mi razonamiento es que será menos probable que ellos me demanden a que lo hagan unos desconocidos.
En una finca abarrotada de árboles como las tierras Dwyer, una reducción de los bosques era necesaria cada diez años. Según el cálculo de Jacob, la finca se había perdido al menos los dos últimos ciclos, lo cual significaba que había unos buenos treinta años de árboles muertos, enfermizos o embotados que tenían que ser despejados de los bosques Dwyer.
Para desilusión de Emmett, Jacob insistió en arrastrarle a través de todo el proceso, hasta que Emmett supo mucho más de lo que alguna vez hubiera deseado sobre árboles.
—La tala apropiada ayuda a la naturaleza —dijo Jacob en respuesta a las quejas de Emmett—. El estado de la madera será más saludable y de mucho más valor si los árboles correctos son eliminados para ayudar a crecer a los demás.
—Yo preferiría dejar que los árboles lo arreglaran entre ellos —dijo Emmett, lo cual Jacob ignoró.
Para educarse a sí mismo, y a Emmett, más aún, Jacob arregló una reunión con la plantilla de leñadores de la finca. Salieron a examinar algunos árboles marcados, mientras los leñadores explicaban como calcular la longitud y área transversal de un árbol para determinar su contenido cúbico. Utilizando una cinta métrica, una vara de veinte pies, y una escalera, hicieron algunas mediciones preliminares.
Antes de que Emmett supiera lo que ocurría, se encontraba en lo alto de una escalera, ayudando con las medidas.
—¿Se puede saber —gritó hacia abajo a Jacob—, como es que tú estás ahí abajo mientras yo estoy aquí arriesgando mi cuello?
—Tu árbol —señaló Jacob sucintamente.
—¡También es mi cuello!
Emmett entendía que Jacob quería que se tomara un interés activo en la finca y todos sus asuntos, grandes y pequeños. Parecía que aquellos días un terrateniente aristócrata no podía simplemente relajarse en la biblioteca y beber oporto, por muy atractiva que resultara la idea. Uno podía delegar responsabilidades en administradores y sirvientes, pero eso significaba que te arriesgabas a ser esquilmado.
Mientras pasaban de uno a otro tema en una lista diaria que sólo parecía hacerse más larga a medida que progresaba la semana, Emmett comenzó a comprender el abrumador trabajo que Jacob había emprendido durante los pasados tres años. La mayor parte de los administradores habían llevado a cabo un aprendizaje, y la mayoría eran hijos de nobles que habían sido educados desde edad temprana en las variadas cuestiones de las fincas que heredarían algún día.
Jacob, por el contrario, había aprendido todo esto... gestión de ganado, agricultura, silvicultura, construcción, aprovechamiento de tierras, sueldos, ganancias y rentas... sin ninguna preparación ni tiempo. Pero el hombre era ideal para ello. Tenía una memoria aguda, apetito por el trabajo arduo y un interés incansable por los detalles.
—Admítelo —había dicho Emmett después de una conversación particularmente aturdidora sobre cultivos—. Encuentras esto tedioso en ocasiones, ¿verdad? Deberías estar muerto de aburrimiento después de una hora de discusión sobre como de intensa debería ser la rotación de cultivos, y cuanta tierra cultivable debería ser adjudicada para maíz y judías.
Jacob había considerado la cuestión cuidadosamente, como si nunca se le hubiera ocurrido que debiera encontrar algo relacionado con el trabajo en la finca tedioso.
—No si hay que hacerlo.
Fue entonces cuando Emmett finalmente lo entendió. Si Jacob había decidido alcanzar una meta, ningún detalle era demasiado pequeño, ninguna tarea estaba por debajo de él. Ninguna adversidad le disuadiría. Esa cualidad concienzuda que Emmett había ridiculizado en el pasado había encontrado la salida perfecta. Dios o el demonio ayudaran a cualquiera que se interpusiera en el camino de Jacob.
Pero Jacob tenía una debilidad.
A estas alturas todos en la familia eran conscientes de la feroz e imposible atracción entre Jacob y Nessie. Y todos sabían que mencionarlo no provocaría más que problemas. Emmett nunca había visto a dos personas batallar tanto con su mutua atracción.
No hacía mucho Emmett habría escogido al doctor Nahuel para Nessie sin vacilar un momento. Casarse con un gitano era un descenso en el mundo. Y en la sociedad londinense era perfectamente razonable casarse por conveniencia y encontrar el amor en cualquier otro lugar. Eso no era posible para Nessie, sin embargo. Su corazón era demasiado puro, sus sentimientos demasiado fuertes. Y después de haber observado la lucha de su hermana por recuperarse, y la gracia de carácter que nunca había flaqueado, Emmett pensaba que era endemoniadamente vergonzoso que no pudiera tener al marido que quería.
A la tercera mañana de su llegada a Hampshire, Bella y Nessie fueron de paseo por una ruta circular que finalmente las conduciría de vuelta a Dwyer House. Era una día fresco y despejado, el camino estaba algo enlodado en algunos lugares, los prados estaba cubiertos de tal cantidad de margaritas blancas que al primer vistazo parecía como si acabara de nevar.
Bella, que siempre había adorado caminar, mantenía con facilidad el paso enérgico de Nessie.
—Me encanta Stony Cross —dijo Nessie, disfrutando del aire fresco y dulce—. Lo siento como un hogar, incluso más que Primrose Place, aunque nunca he vivido aquí mucho tiempo.
—Sí. Hay algo especial en Hampshire. Siempre que volvemos de Londres, lo encuentro un alivio indescriptible. —Quitándose el bonete, Bella lo sostuvo por las cintas y lo balanceó ligeramente mientras caminaban. Parecía absorta en el paisaje, las explosiones de flores por todas partes, los chasquidos y vuelos de insectos laboriosos entre los árboles, las fragancias liberadas por el sol que calentaba la hierba y el berro.
—Nessie—dijo finalmente, con voz pensativa—, no tienes que abandonar Hampshire, lo sabes.
—Sí, tengo que hacerlo.
—Nuestra familia puede capear cualquier escándalo. Mira a Emmett. Sobrevivimos a todos sus...
—En términos de escándalo —interrumpió Nessie secamente—, creo que realmente me las he arreglado para hacer algo peor que Emmett.
—No creo que eso sea posible, querida.
—Sabes tan bien como yo que la pérdida de la virtud de una mujer puede arruinar a una familia mucho más efectivamente que la pérdida del honor de un hombre. No es justo, pero ahí lo tienes.
—Tú no perdiste tu virtud —dijo Bella indignada.
—No por falta de intención. Créeme, quería hacerlo. —Recorriendo con la mirada a su hermana mayor, Nessie vio que la había sorprendido. Sonrió débilmente—. ¿Creías que estaba más allá de sentimientos así, Bella?
—Bueno… sí, supongo. Nunca tendiste a soñar con chicos guapos, o hablar de bailes y fiestas, o soñar con tu futuro marido.
—Eso fue por Jacob—admitió Nessie—. Él era todo lo que quería.
—Oh, Nessie —susurró Bella—. Lo lamento tanto.
Nessie pasó sobre un tablón que conducía a través de una estrecha abertura en una valla de madera, y Bella la siguió. Caminaron a lo largo de una senda cubierta de hierba que conducía a un sendero del bosque, y continuaba por un puente que cruzaba un arroyo.
Bella entrelazó su brazo con el de Nessie.
—A la luz de lo que acabas de decir, siento incluso más fuertemente que no deberías casarte con Nahuel. Lo que quiero decir es que deberías casarte con Nahuel si así lo deseas, pero no por miedo al escándalo.
—Quiero hacerlo. Él me gusta. Creo que es un buen hombre. Y si me quedo aquí, esto acabará siendo una interminable miseria para mí y para Jacob. Uno de nosotros tiene que marcharse.
—¿Y por qué tienes que ser tú?
—Jacob es necesario aquí. Pertenece a aquí. Y en realidad no importa donde esté yo. De hecho, creo que sería mejor para mí comenzar de nuevo en alguna otra parte.
—Edward va a hablar con él —dijo Bella.
—¡Oh, no, no debe! No por mí. —El orgullo de Nessie se encrespó, y se giró para enfrentar a Bella—. No se lo permitas. Por favor.
—No puedo detener a Edward cuando se le mete algo en la cabeza. No va a hablar con Jacob por tu bien, Nessie. Es por el del propio Jacob. Tenemos miedo de en qué se convertirá una vez te haya perdido para siempre.
—Ya me ha perdido —dijo Nessie rotundamente—. Me perdió en el momento en que se negó a salir en mi defensa. Y después de que me marche, no será diferente a lo que ha sido siempre. Nunca se permitirá ablandarse. De hecho, creo que desprecia todo lo que le da placer, porque disfrutar de cualquier cosa le ablandaría. —Sentía todos los músculos diminutos de su rostro congelados. Nessie alzó la mano para masajear su tensa y dolorida frente—. Cuando más le importo, más decidido está a empujarme a un lado.
—Hombres —gruñó Bella, cruzando el puente.
—Jacob está convencido de que no tiene nada que ofrecerme. Hay una especia de arrogancia en eso, ¿no crees? Decidiendo lo que yo necesito. Haciendo caso omiso de mis sentimientos. Colocándome en un alto pedestal que le absuelve de cualquier responsabilidad.
—Arrogancia no —dijo Bella suavemente—. Miedo.
—Bueno, yo no viviré de ese modo. No me dejaré atar por mis miedos, o los suyos. —Nessie sintió que se relajaba ligeramente, calma obtenida de admitir la verdad—. Le amo, pero no le quiero si tiene que ser arrastrado o verse atrapado en el matrimonio. Deseo un compañero dispuesto.
—Desde luego nadie podría culparte por eso. Siempre me ha fastidiado, la verdad, la forma en que la gente dice que una mujer ha «pescado» a un hombre. Como si fueran truchas y nos las hubiéramos arreglado para ensartarles el anzuelo y sacarlos del agua.
A pesar de su mal humor, Nessie no pudo evitar sonreír.
Se abrieron paso a través del húmedo y cálido paisaje. Cuando finalmente se aproximaban a Dwyer House, vieron un carruaje llegando hasta detenerse ante la entrada.
—Es Nahuel—dijo Nessie—. ¡Tan pronto! Debe haber abandonado Londres mucho antes de las primeras luces. —Apresuró el paso y le alcanzó justo cuando salía del carruaje.
La fría apostura de Nahuel no se había visto mermada en lo más mínimo por el largo viaje desde Londres. Tomó las manos de Nessie y las aferró firmemente, sonriéndole.
—Bienvenido a Hampshire —dijo ella.
—Gracias, querida. ¿Has estado caminando?
—Enérgicamente —le aseguró, sonriendo.
—Muy bien. Mira, tengo algo para ti. —Buscó en su bolsillo y retiró un pequeño objeto. Nessie le sintió deslizar un anillo en su dedo. Bajó la mirada hacia el rubí, del tono de rojo que se conocía como «sangre de paloma», engastado en oro y diamantes —. Se dice —le dijo Nahuel—, que poseer un rubí es tener satisfacción y paz.
—Gracias, es encantador —murmuró ella, inclinándose hacia adelante. Cerró los ojos mientras sentía los labios de él presionarse gentilmente contra su frente.
Satisfacción y paz... Dios mediante, tal vez algún día tendría esas cosas.
Edward dudaba de su propia cordura, aproximándose a Jacob cuando estaba trabajando en los depósitos de madera. Observó por un momento como Jacob ayudaba a un trío de leñadores a descargar enormes troncos del vagón. Era un trabajo peligroso, un error podía dar como resultado la posibilidad de una lesión severa o muerte.
Con el uso de tablas inclinadas y palancas largas, los hombres hacían rodar los troncos centímetro a centímetro hasta el suelo. Con gruñidos de esfuerzo y músculos tensos, luchaban por controlar el peso descendente. Jacob, como el más grande y fuerte del grupo, había tomado la posición central, haciendo que fuera el que menos probabilidades tenía de escapar si algo iba mal.
Preocupado, Edward comenzó a adelantarse para ayudar.
—Atrás —ladró Jacob, viendo a Edward por el rabillo del ojo.
Edward se detuvo al instante. Los leñadores trabajaban siguiendo un método, comprendió. Alguien que no conociera su procedimiento podría provocar daño inadvertidamente a todos.
Esperó y observó como los leños eran depositados a salvo en el suelo. Los leñadores respiraban trabajosamente, inclinándose hacia adelante y aferrándose las rodillas con las manos mientras se recobraban del vertiginoso esfuerzo. Todos excepto Jacob, que hundió la punta de un gancho de mano afilado en uno de los leños. Se giró hacia Edward mientras todavía sujetaba un par de tenazas.
Jacob parecía demoníaco, su cara oscura y cubierta de sudor, sus ojos brillando con los fuegos del infierno. Aunque Edward había llegado a conocerle bien en el transcurso de los tres últimos años, nunca había visto a Jacob así. Parecía un alma condenada sin esperanza o deseo de redención.
Que Dios me ayude, pensó Edward. Una vez Nessie estuviera casada con el doctor Pardo, Jacob podía perder el control. Recordando todos los problemas que había tenido con Emmett, Edward gimió internamente.
Estuvo tentado a lavarse las manos en todo el maldito lío, razonando que tenía mejores cosas que hacer que luchar por la cordura de su hermano. Dejemos a Jacob tratar con las consecuencias de sus propias elecciones.
Pero entonces Edward consideró como se habría comportado él mismo si alguien o algo amenazara con apartar a Bella de su lado. No mucho mejor, seguramente. Una reluctante compasión se estremeció en su interior.
—¿Qué quieres? —preguntó Jacob cortante, dejando las tenazas a un lado.
Edward se aproximó lentamente.
—Nahuel está aquí.
—Lo he visto.
—¿Vas a entrar a darle la bienvenida?
Jacob lanzó a Edward una mirada desafiante.
—Emmett es el amo de la casa. Puede dar la bienvenida al bastardo.
—¿Mientras tú te ocultas aquí en el depósito de madera?
Los ojos color café se entrecerraron.
—No me escondo. Estoy trabajando. Y tú estás en mi camino.
—Quiero hablar contigo, phral.
—No me llames así. Y no necesito tu interferencia.
—Alguien tiene que intentar hacerte entrar en razón —dijo Edward suavemente—. Mírate, Jake. Te estás comportando exactamente como el bruto que el rom baro intentó hacer de ti.
—Calla —dijo Jacob roncamente.
—Le estás dejando determinar el resto de tu vida por ti —insistió Edward—. Estás aferrando esas malditas cadenas que te rodean con todas tus fuerzas.
—Si no cierras la boca...
—Si te estuvieras haciendo daño sólo a ti mismo, no diría una palabra. Pero le estás haciendo daño a ella también, y no parece que te imp…
Edward fue interrumpido cuando Jacob se lanzó hacia él, atacándole con una fuerza sanguinaria que los envió a los dos al suelo. El impacto fue duro, incluso sobre el suelo enlodado. Rodaron dos veces, tres, cada uno luchando por la posición dominante. Jacob era pesado como el demonio.
Comprendiendo que ser sujetado iba a revertir en algún daño serio para sí mismo, Edward se retorció hasta liberarse y se levantó de un salto. Levantando la guardia, bloqueó y esquivó cuando Jacob se lanzó hacia adelante como un tigre al acecho.
Los leñadores se apresuraron a adelantarse, dos hombres sujetaron a Jacob y le contuvieron, el otro saltó sobre Edward
.
—Eres un idiota —exclamó Edward, fulminando a Jacob con la mirada. Se liberó del hombre que intentaba contenerle—. Estás decidido a fastidiar las cosas para ti pase lo que pase, ¿verdad?
Jacob se abalanzó, con cara asesina, mientras los leñadores luchaban por retenerle.
Edward sacudió la cabeza con disgusto.
—Habría esperado un minuto o dos de conversación racional, pero aparentemente estás más allá de eso. —Miró a los leñadores—. ¡Soltadle! Puedo arreglármelas con él. Es fácil vencer a un hombre que permite que sus emociones se lleven lo mejor de él.
Ante eso, Jacob hizo un esfuerzo visible por controlar su rabia, quedándose quieto, el salvajismo en sus ojos disminuyó hasta un destello de odio frío. Gradualmente, con el mismo cuidado que había utilizado para manejar los pesados leños, los leñadores le soltaron los brazos.
—Lo has dejado claro —dijo Edward a Jacob—. Y parece que lo mantendrás hasta que se lo hayas probado a todo el mundo. Así que me ahorraré el esfuerzo: estoy de acuerdo contigo. No eres lo mejor para ella.
Y abandonó el depósito de madera, mientras Jacob le miraba fijamente.
La ausencia de Jacob lanzó una sombra sobre la cena esa noche, sin importar cuánto intentaran todos actuar con normalidad. Lo extraño era que Jacob nunca había sido propenso a dominar la conversación o ser el centro de la reunión, y aun así la falta de su discreta presencia era como quitarle la pata a una silla. Todo estaba desequilibrado cuando él faltaba.
Nahuel llenó el vacío con encanto y ligereza, relatando historias divertidas sobre sus amistades en Londres, discutiendo sobre su clínica, revelando los orígenes de las terapias que proporcionaba a sus pacientes con tan buenos efectos.
Nessie escuchaba y sonreía. Fingía interés en la escena que la rodeaba, la mesa puesta con porcelana china y cristal, las bandejas de comida bien sazonada, y unas pocas piezas de buena y servicial plata. Estaba calmada en la superficie, pero por debajo no era nada más que emoción contorsionante, furia, deseo y alivio se mezclaban tan concienzudamente que no podía adivinar sus proporciones.
A mitad de la cena, entre el pescado y la carne, un lacayo acudió a la cabecera de la mesa con una diminuta bandeja de plata. Entregó una nota a Emmett.
—Milord —murmuró el lacayo.
La mesa entera quedó en silencio mientras todo el mundo observaba a Emmett leer la nota. Casualmente deslizó el papel en su abrigo y murmuró algo al lacayo sobre preparar su caballo.
Una sonrisa tocó los labios de Emmett cuando vio sus miradas fijas en él.
—Mis disculpas a todos —dijo tranquilamente—. Hay un pequeño asunto que no puede esperar. —Sus risueños ojos lanzaron un sarcástico destello hacia Bella—. ¿Tal vez podrías hacer que la cocina me reservara un plato de postre? Ya sabes lo mucho que me encanta el trifle.
—¿Como postre o como verbo?3 —contraatacó Bella, y él sonrió.
—Ambos, por supuesto —Se levantó de la mesa—. Perdonadme, por favor.
Nessie estaba tensa de preocupación. Sabía que esto tenía algo que ver con Jacob; lo sentía en los huesos.
—Milord —dijo con voz sofocada—. Es...
—Todo va bien —dijo él al instante.
—¿Debería ir yo? —preguntó Edward, mirando duramente a Emmett. Era una situación novedosa para todos ellos. Emmett como solventador de problemas. Novedosa especialmente para Emmett.
—No hace falta —replicó Emmett—. No me perdería esto por nada del mundo.
La cárcel de Stony Cros estaba localizada en Fishmonger Lane. Los parroquianos se referían a la prisión de dos habitaciones como «el redil». La antigua expresión se refería a un lugar donde se guardaban los animales, allá en tiempos medievales cuando el sistema de campo abierto aún se practicaba.
El propietario de una vaca, oveja o cabra perdida normalmente podían encontrarla en el redil, donde podría reclamar sin cargo. Actualmente, borrachos e pequeños infractores de la ley eran reclamados por sus parientes más o menos del mismo modo.
El propio Emmett había pasado más de unas pocas noches en el redil. Pero que él supiera, Jacob nunca había quebrantado la ley y desde luego nunca había sido culpable de emborracharse en público o privado. Hasta ahora.
Era bastante asombroso, este intercambio de papeles. Siempre había sido Jacob el que recogía a Emmett de la prisión o apuro en el que se las hubiera arreglado para meterse.
Emmett conocía ligeramente al alguacil local, quien parecía igualmente sorprendido por la incongruencia de todo esto.
—¿Puedo preguntar la naturaleza del crimen? —inquirió Emmett en confidencia.
—Cogerse una buena y alterar una taberna —contestó el alguacil—, y meterse en una auténtica «Tom y Jerry» con un parroquiano.
—¿Por qué se peleaban?
—El parroquiano hizo algún comentario sobre los gitanos y el beber, y parece que eso encendió al señor Jacob como fuegos artificiales. —Se rascó la cabeza a través del cabello tieso, el alguacil dijo pensativo—. Jacob tenía suficientes hombres que saltaron a defenderle... estaba entre los granjeros de aquí... pero se peleó con ellos también. Y ellos hasta intentaron pagar su fianza. Dijeron que no estaba en sus cabales, alterado y peleón. Por lo que sé de Jacob, es del tipo callado. No es como los demás de su clase. Pero dije que no, que no iba a aceptar la fianza hasta que se le enfriara la cabeza un poco. Esos puños son del tamaño de un jamón Hampshire. No voy a soltarle hasta que esté al menos medio sobrio.
—¿Puedo hablar con él?
—Sí, milord. Está en la primera habitación. Le llevaré allí.
—No se preocupe —dijo Emmett amablemente—. Conozco el camino.
El alguacil sonrió abiertamente ante eso.
—Supongo que sí, milord.
La celda estaba desamueblada excepto por un taburete de patas cortas, un cubo vacío y un catre de paja. Jacob estaba sentado sobre el catre, apoyando la espalda contra una pared de madera. Una de las rodillas estaba flexionada, el brazo medio curvado alrededor de ella. La cabeza negra estaba agachada en una postura de derrota absoluta.
Jacob levantó la mirada cuando Emmett se aproximó a la fila de barrotes de hierro que les separaban. Su cara estaba fatigada y saturnina. Parecía como si odiara al mundo y a todos sus habitantes.
Emmett estaba desde luego familiarizado con esa sensación.
—Bueno, esto es un cambio —señaló alegremente—. Normalmente tú estás a este lado y yo a ese.
—Ahórramelo —gruñó Jacob.
—Y eso es lo que yo digo normalmente —se maravilló Emmett.
—Voy a matarte —dijo Jacob con gutural sinceridad.
—Eso no me proporciona mucho incentivo para sacarte de aquí, ¿sabes? —Emmett cruzó los brazos en el pecho y evaluó al otro hombre con docta opinión. Jacob ya no estaba borracho. Sólo cabreado como el demonio. Y sufriendo. Emmett suponía, a la luz de sus pasadas fechorías, que debía tener más paciencia con el hombre—. No obstante —dijo Emmett—. Tendré que sacarte, ya que tú has hecho lo mismo por mí en tantas ocasiones.
—Entonces hazlo.
—Pronto. Pero tengo unas cuantas cosas que decir. Y obviamente si te saco primero, escaparás como una liebre en la caza con perros, y entonces no tendré oportunidad de hablar.
—Di lo que gustes. No estoy escuchando.
—Mírate. Estás hecho un asco y encerrado en el redil. Y estás a punto de recibir un sermón sobre comportamiento de mí, lo cual es obviamente lo más bajo que un hombre puede llegar a caer.
Por lo que parecía, las palabras caían en oídos sordos. Emmett continuó intrépido.
—Tú no estás hecho para esto, Jacob. No puedes soportar la bebida. Y al contrario que la gente como yo, que se vuelve bastante amigable cuando beben, tú te conviertes en un troll de vil temperamento. —Emmett hizo una pausa, considerando la mejor forma de provocarle—. El licor saca a relucir tu auténtica naturaleza interna, dicen.
Eso dio en el blanco. Jacob lanzó a Emmett una oscura mirada que contenía a la vez furia y angustia. Sorprendido por la fuerza de la reacción, dudó antes de continuar.
Entendía la situación más de lo que el bastardo hubiera creído o deseado creer. Tal vez Emmett no conocía toda la maraña misteriosa del pasado de Jacob, o los complejos giros y recovecos de carácter que le hacían incapaz de tener a la mujer a la que amaba. Pero Emmett conocía una simple verdad que superaba a todas las demás. La vida era endemoniadamente corta.
—Maldito seas —masculló Emmett, paseando de un lado a otro. Habría preferido coger un cuchillo y abrirse una porción de su propia carne antes de decir lo que había que decir. Pero tenía la sensación de que él estaba de algún modo de pie entre Jacob y la aniquilación, que algún asidero a las palabras esenciales, un argumento crucial, tenía que ser expuesto.
—Si no fueras un imbécil tan testarudo —dijo Emmett—, yo no tendría que hacer esto.
Ninguna respuesta de Jacob. Ni siquiera una mirada.
Emmett cambió de dirección y se frotó la nuca, y hundió los dedos en sus propios músculos rígidos.
—Ya sabes que nunca hablo de Nikki. De hecho, esta es la primera vez que pronuncio su nombre desde su muerte. Pero voy a decirte algo de ella, porque no sólo te lo debo por lo que has hecho en la finca Dwyer, sino...
—No, Emmett. —Las palabras fueron duras y frías—. No te avergüences a ti mismo.
—Bueno, soy bueno en eso. Y no me has dejado ninguna maldita elección. ¿Entiendes dónde estás, Jacob? En una prisión que tú mismo has construido. E incluso después de que salgas de aquí, seguirás atrapado. Tu vida entera será una prisión. —Emmett pensó en Nikki, los detalles físicos de ella ya no eran precisos en su mente. Pero moraba en su interior como el recuerdo de la luz del sol, en un mundo que había sido amargamente frío desde su muerte.
El infierno no era un pozo de fuego y azufre. El infierno era despertar solo, las sábanas húmedas por tus lágrimas y tu propia semilla, sabiendo que la mujer con la que has soñado nunca volverá a ti.
—Desde que perdí a Nikki —dijo Emmett—, todo lo que hago es simplemente dejar pasar el tiempo. Es duro que no te importe nada una mierda. Pero al menos yo puedo vivir sabiendo que luché por ella. Al menos tomé cada maldito minuto que pude pasar con ella. Murió sabiendo que la amaba. —Dejó de pasearse y miró a Jacob desdeñosamente—. Pero tú estás tirando todo eso a la basura... y rompiendo el corazón de mi hermana... porque eres un maldito cobarde. O eso o un tonto. ¿Cómo puedes...? —Se interrumpió cuando Jacob se lanzó contra los barrotes, sacudiéndolos como un lunático.
—Cállate, maldita sea.
—¿Qué te quedará, una vez que Nessie se vaya con Nahuel? —insistió Emmett—. Te quedarás en tu propia prisión, eso es obvio. Pero para Nessie será peor. Estará sola. Lejos de su familia. Casada con un hombre que la quiere nada más que como un objeto decorativo que mantener en un maldito estante. ¿Y qué pasará cuando su belleza palidezca y pierda valor para él? ¿Cómo la tratará?
Jacob se quedó inmóvil, su expresión contorsionada, con muerte en los ojos.
—Es una chica fuerte —dijo—. Pasé dos años con Nessie, observándola acometer un desafío tras otro. Después de todas las luchas que ha enfrentado, está endemoniadamente bien preparada para tomar sus propias decisiones. Si quiere arriesgarse a tener un hijo... si se siente lo bastante fuerte... está en su derecho. Y si tú eres el hombre que quiere, no seas tan soberanamente idiota como para darle la espalda. —Emmett se frotó la frente cansinamente—. Ni tú ni yo valemos un comino — masculló—. Oh, puedes llevar la finca y mostrarme como cuadrar los libros de cuentas y tratar a los arrendatarios y hacer el inventario de la apestosa despensa. Supongo que continuaremos haciéndolo lo bastante bien. Pero ninguno de nosotros tendrá jamás más que una media vida, como la mayoría de los hombres; la única diferencia, es que nosotros lo sabemos.
Emmett se detuvo, vagamente sorprendido por la tensa sensación alrededor de su cuello, como si un nudo corredizo se hubiera cerrado alrededor de él.
—Bella me habló de una sospecha que tuvo una vez. Le molestaba bastante. Dijo que cuando Nessie y yo caímos enfermos de escarlatina, y tú hiciste ese jarabe de belladona, preparaste mucho más de lo necesario. Y tenías una taza de él en la mesilla de noche de Nessie, como una especie de macabro bebedizo. Bella dijo que si Nessie hubiera muerto, creía que te habrías tomado el resto de ese veneno. Y siempre te he odiado por eso. Porque me obligaste a permanecer vivo sin la mujer a la que amaba, mientras tú tenías la maldita intención de morir con ella.
Jacob no respondió, no dio ninguna señal de haber registrado las palabras de Emmett.
—Por Dios, hombre —dijo Emmett roncamente—. Si tenías el ansía de morir por ella, ¿no crees que deberías reunir el coraje para vivir con ella?
No hubo nada más que silencio cuando Emmett se alejó de la celda. Se preguntaba qué demonios había hecho, que efecto habría tenido.
Emmett fue a la oficina del alguacil y le dijo que soltara a Jacob.
—Pero espere otros cinco minutos —añadió secamente—. Necesito ventaja.
Después de que Emmett se marchara, la charla en la mesa había cobrado un tono de decidida alegría. Nadie quería especular en voz alta sobre las razones de la ausencia de Jacob, o por qué Emmett había salido a un misterioso recado... pero parecía probable que ambas cosas estuvieran conectadas.
Nessie se había preocupado en silencio, se había dicho a sí misma severamente que no era asunto suyo, no tenía ningún derecho a preocuparse por Jacob. Y después se había preocupado algo más. Como se había visto forzada a tomar unos pocos bocados en la cena, sentía la comida pegada a su garganta cerrada.
Se había ido a la cama temprano, alegando un dolor de cabeza, y había dejado a los demás jugando a juegos de mesa en la sala. Después de que Nahuel la hubiera escoltado a la escalera principal, le había permitido besarla. Fue un beso persistente, que se volvió húmedo cuando él había buscado justo entre sus labios. La paciente dulzura de su boca sobre la de ella había sido... si no como para sacudir la tierra, al menos... muy agradable.
Nessie creía que Nahuel sería un compañero hábil y sensible cuando finalmente se las arreglara para convencerle de hacer el amor con ella. Pero no parecía terriblemente ansioso por ello, lo que era a la vez un alivio y una desilusión. Si alguna vez la hubiera mirado con una fracción del hambre, el deseo, de Jacob, tal vez podría haber despertado alguna respuesta en ella.
Pero Nessie sabía que aunque Nahuel la deseara, sus sentimientos ni comenzaban a aproximarse al abrumador sentimiento primario de Jacob. Y encontraba difícil imaginar a Nahuel perdiendo la compostura, ni siquiera durante el más íntimo de los actos. No podía imaginarle sudando y gruñendo y abrazándola firmemente. Sabía intuitivamente que Nahuel nunca se permitiría descender a tal nivel de abandono.
También sabía que en algún momento del futuro había probabilidades de que Nahuel pudiera dormir con otra mujer. La idea le desagradaba. Pero tal preocupación no era suficiente para disuadirla del matrimonio. Después de todo, el adulterio apenas era una circunstancia poco común. Mientras se sostenía como ideal social que un hombre debía mantener sus votos de fidelidad, la mayoría de la gente excusaba rápidamente a un marido que se había desviado del rumbo. Desde el punto de vista de la sociedad, una esposa debía ser clemente.
Nassie se bañó y vistió con un camisón blanco, y se sentó en la cama a leer un rato. La novela, que le había prestado Esme, tenía tal enorme confusión de personajes y una prosa tan florida que uno sólo podía asumir que al autor le habían pagado por palabras. Tras terminar dos capítulos, Nessie cerró el libro y apagó la lámpara. Se tendió mirando desalentada a través de la oscuridad.
El sueño finalmente la reclamó. Durmió profundamente, dando la bienvenida a la escapada. Pero algún rato después, cuando todavía estaba oscuro, se encontró luchando por alzarse a través de los estratos del sueño. Había algo o alguien en la habitación. Su primer pensamiento fue que podría ser el hurón de Alice, que algunas veces se escabullía por la puerta para recoger objetos que le intrigaban. Frotándose los ojos, Nessie comenzaba a sentarse, cuando hubo un movimiento junto a la cama. Una sombra grande cayó sobre ella. Antes de que el desconcierto pudiera dar paso al miedo, oyó un murmullo familiar, y sintió los cálidos dedos de un hombre a través de los labios.
—Soy yo.
Sus labios se movieron silenciosos contra la mano de él. Jake.
El estómago de Nessie se contrajo con un doloroso placer, y sus latidos palpitaron en su garganta. Pero todavía estaba enfadada con él, había acabado con él, y si había venido aquí a medianoche para hablar, estaba tristemente equivocado. Comenzó a decírselo así, pero para su sorpresa, sintió una gruesa pieza de tela descender sobre su boca, y luego se la estaba atando hábilmente tras la cabeza. En unos pocos segundos más, le había atado las muñecas por delante.
Nessie estaba rígida por la sorpresa. Jacob nunca había hecho algo así. Y aun así era él; le reconocería sólo por el tacto de sus manos. ¿Qué quería? ¿Qué le pasaba por la cabeza? Su respiración era más rápida de lo normal cuando le rozaba contra el cabello. Ahora que su visión se había ajustado a la oscuridad, vio que su cara estaba dura y austera.
Jacob arrancó el anillo de rubí de su dedo y lo colocó en la mesilla de noche.
Tomándole la cabeza entre las manos, miró directamente a sus ojos desorbitados. Sólo dijo dos palabras. Pero explicaban todo lo que estaba haciendo, y todo lo que tenía intención de hacer.
—Eres mía.
La levantó fácilmente, echándosela sobre un poderoso hombro, y la cargó fuera de la habitación.
Nessie cerró los ojos, doblándose, temblando. Suprimió unos cuantos sollozos contra la mordaza que le cubría la boca, no de infelicidad o miedo, sino de descabellado alivio. Esto no era un acto impulsivo. Esto era ritual. Era un antiguo rito de cortejo romaní, y no había nada insignificante en él. Iba a ser raptada y secuestrada.
Al fin.
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Al fin Jacob está haciendo algo! Bueno querida lectoras espero sus opiniones sobre este capítulo… gracias por leer!
