Capítulo 20
El aire matutino era fresco y pesado con la promesa de lluvia, una brisa pasaba a través de la ventana entreabierta de la habitación de Bella y Edward. Edward despertó lentamente mientras sentía el voluptuoso cuerpo de su mujer acurrucándose cerca del suyo. Ella siempre dormía con un camisón hecho de modesta batista blanca, con numerosos e infinitos pliegues y diminutos volantes. Este nunca fallaba a la hora de estimularlo, conociendo las espléndidas curvas ocultas bajo de la recatada prenda.
El camisón se le había subido hasta las rodillas durante la noche. Una de las piernas desnudas estaba enganchada sobre una de las suyas, la rodilla descansando sobre su ingle. La leve redondez de su estómago presionando contra su costado. El embarazo había hecho sus formas femeninas más amplias y deliciosas. Estos días estaba radiante, con una floreciente vulnerabilidad que lo llenaba de un aplastante impulso de protegerla. Y saber que los cambios eran causados por su semilla, una parte suya creciendo dentro de ella… era sin lugar a dudas excitante.
No había esperado estar así de cautivado por la condición de Bella. A ojos de los romanís, el parto y todas las cuestiones relacionadas, eran considerados mahrime, acontecimientos contaminados. Y ya que el irlandés era notoriamente desconfiado y remilgado cuando se trataba de la reproducción, no había, tampoco en ese lado de su linaje, motivos para justificar su placer ante el embarazo de su esposa. Pero no podía evitarlo. Ella era la criatura más hermosa y fascinante que alguna vez hubiera conocido.
Mientras le acariciaba la cadera somnolientamente, el impulso de hacerle el amor fue demasiado para resistirse. Subió poco a poco el camisón y le acarició el trasero desnudo. La besó en los labios y la barbilla, saboreando la fina textura de su piel.
Bella se movió.
—Edward—murmuró con voz somnolienta. Sus piernas se separaron, invitando a una exploración más suave.
Edward sonrió contra su mejilla.
—Qué buena esposa eres —le susurró en romaní. Ella se estiró y soltó un suspiro de placer mientras las manos de él se deslizaban sobre su cuerpo cálido. Él le acomodó las piernas con cuidado, acariciándola y alabándola, besando sus pechos.
Sus dedos jugaron entre los muslos, provocándola perversamente hasta que comenzó a respirar con gemidos quedos. Le aferró la espalda con las manos mientras él la montaba, su cuerpo hambriento por la calidez y la húmeda bienvenida de ella…
Un golpecito en la puerta. Una voz amortiguada.
—¿Bella?
Ambos se quedaron congelados.
La voz femenina lo intentó otra vez.
—¿Bella?
—Una de mis hermanas —susurró Bella.
Edward masculló una maldición que describía explícitamente lo que había estado a punto de hacer y al parecer no iba a poder terminar.
—Tu familia… —comenzó con tono oscuro.
—Lo sé. —Ella echó hacia atrás las sábanas—. Lo siento. Yo… —se interrumpió cuando vio el grado de su excitación y dijo débilmente—. Oh, querido.
Aunque por lo general era tolerante cuando se trataba de la multitud de caprichos y cuestiones de los Swan, Edward no estaba actualmente con humor para ser comprensivo.
—Deshazte de quienquiera que sea —le dijo— y vuelve aquí.
—Sí. Lo intentaré. —Se puso una bata encima del camisón y a toda prisa se sujetó los tres primeros botones. Mientras se apresuraba hacia el cuarto de estar contiguo, la delgada túnica blanca que vestía se onduló detrás de ella como la vela mayor de una goleta.
Edward permaneció sobre su costado, escuchando atentamente. Se oyó el ruido de la puerta del pasillo abriéndose y a alguien entrando en el pequeño cuarto de estar.
También se oía el tranquilo ritmo de la voz interrogante de Bella y la deseosa respuesta de una de sus hermanas. Nessie, supuso, ya que Esme y Alice sólo se despertaban tan temprano en casos de catástrofe mayor.
Una de las cosas que Edward adoraba de Bella era su tierno e incansable interés por todas las preocupaciones, grandes y pequeñas, de sus hermanos. Era una pequeña gallina madre, valoraba a la familia tanto como cualquier esposa romaní. Eso le hacía sentir bien. Le devolvía a su infancia, cuando todavía se le permitía vivir con la tribu.
La familia era igualmente importante para ellos. Pero eso también significaba tener que compartir a Bella lo que, de vez en cuando como ahora, era malditamente molesto.
Después de unos minutos, la charla femenina todavía no finalizaba. Viendo que
Bella no iba a volver pronto, Edward suspiró y abandonó la cama.
Agarró algunas ropas, fue a la sala de estar y vio a Bella sobre un pequeño sofá con Nessie. Que parecía desgraciada.
Estaban tan absortas en su conversación que apenas prestaron atención a la aparición de Edward. Sentándose en una silla cercana, Edward escuchó hasta que comprendió que Nessie había mentido a Jacob sobre lo de haber ido a ver a un doctor, que Jacob estaba furioso y que la relación entre ambos era un desastre.
Bella se giró hacia Edward, la frente fruncida de preocupación.
—Quizás Nessie no debería haberlo engañado, pero estaba en su derecho de tomar esta decisión por sí misma. —Bella retenía la mano de Nessie en la suya mientras hablaba—. Sabes que nada me gustaría más que mantener a Nessie a salvo, siempre… pero incluso yo tengo que reconocer que eso no es posible. Jacob debe aceptar que Nessie quiere tener una vida marital normal con él.
Edward se frotó la cara y sofocó un bostezo.
—Sí. Pero el modo de que lo acepte no es manipularlo —miró a Nessie directamente —. Hermanita, deberías saber que los ultimátums nunca funcionan con los hombres romaní. Va completamente en contra de la naturaleza de un romaní que su mujer le diga lo que tiene que hacer.
—No le dije lo que tenía que hacer —protestó Nessie tristemente—. Sólo le dije…
—Que no importaba lo que pensara o sintiera —murmuró Edward—. Que tenías intención de vivir tu vida en tus propios términos, costara lo que costara.
—Sí —dijo ella débilmente—. Pero eso no significa que no me preocupe por sus sentimientos.
Edward sonrió con pesar.
—Admiro tu fortaleza, hermanita. Incluso estoy de acuerdo con tu posición. Pero esa no es la forma de tratar con un romaní. Incluso tu hermana, que no es generalmente conocida por su diplomacia, sabe que hay mejores formas de acercarse a mí, que de manera inflexible.
—Yo soy bastante diplomática cuando quiero —protestó Bella, frunciendo el ceño, y él le dirigió una breve sonrisa burlona. Girándose hacia Nessie, Bella admitió de mala gana—. Edward tiene razón, pese a todo.
Nessie guardó silencio durante un momento, absorbiendo esto.
—¿Qué debería hacer ahora? ¿Cómo pueden arreglarse las cosas?
Ambas mujeres miraron a Edward.
Lo último que quería era implicarse en los problemas de Nessie y Jacob. Y Dios sabía que Jacob probablemente estaría tan encantador como un oso azuzado esta mañana. Todo lo que Edward quería era regresar a la cama y disfrutar de su esposa. Y quizás dormir un poco más. Pero como las hermanas le miraban fijamente con ojos suplicantes, suspiró.
—Hablaré con él —refunfuñó.
—Probablemente estará despierto ahora —dijo Bella esperanzada—. Jacob siempre se levanta temprano.
Edward le hizo una sombría inclinación de cabeza, apenas apreciando la perspectiva de dirigirse a su hosco hermano sobre asuntos femeninos.
—Va a sacudirme como a una alfombra polvorienta —dijo Edward—. Y no lo culparé ni una pizca.
Después de vestirse y lavarse, Edward bajó las escaleras hasta la sala de estar, donde Jacob invariablemente tomaba el desayuno. Pasando el aparador, Edward vio pudín de salchichas de Yorkshire con verduras y salsa de carne asada, un guiso de salchichas cubierto de masa y tostado, fuentes con beicon y huevos, filetes de lenguado, pan frito y un tazón de alubias en salsa de tomate.
Una silla había sido apartada de una de las mesas redondas. Había un platito y una taza vacía, y una pequeña cafetera de plata junto a estos. La fragancia a café fuerte y negro persistía en el aire.
Edward echó un vistazo hacia las puertas de cristal que conducían a la terraza trasera y vio la forma delgada y oscura de Jacob. Jake parecía mirar fijamente el huerto de frutas más allá del jardín de construcción formal. Los hombros y la cabeza expresaban irritabilidad y mal humor.
Demonios. Edward no tenía ni idea de lo que le iba a decir a su hermano. Tenían que avanzar mucho más antes de aproximarse a un nivel básico de confianza. Cualquier consejo que Edward intentara darle a Jacob probablemente le sería sumariamente tirado a la cara.
Recogiendo una rebanada de pan frito, Edward untó una cuchada de mermelada de naranja sobre ella y vagó hacia la terraza.
Jacob echó una mirada superficial a Edward y devolvió su atención al paisaje: los florecientes campos más allá de las tierras del señorío, los espesos bosques alimentados por la gruesa arteria del río.
Unas apacibles corrientes de humo llegaban de la lejana orilla, uno de los lugares donde los gitanos solían acampar cuando viajaban por Hampshire. Edward personalmente había tallado señales identificativas sobre los árboles para indicar que este era un lugar amistoso para los romaní. Y siempre que venía una nueva tribu, Edward iba a visitarlos por si acaso alguien de su antigua familia pudiera estar allí.
—Otra kumpania que pasa por aquí —comentó casualmente, uniéndose a Jacob en el balcón—. ¿Por qué no vienes conmigo a visitarlos esta mañana?
El tono de Jacob fue distante y poco amistoso.
—Los trabajadores están haciendo las nuevas molduras de yeso para el ala este. Y después de como la fastidiaron la última vez, tengo que estar allí.
—La última vez, los pedregales que clavaron no estaban apropiadamente alineados —dijo Edward.
—Lo sé —dijo abruptamente Jacob.
—Bien. —Sintiéndose somnoliento y molesto, Edward se frotó la cara—. Mira, no tengo ningún deseo de meter la nariz en tus asuntos, pero…
—Entonces no lo hagas.
—No va ha hacerte daño oír una perspectiva externa.
—Me importa una mierda tu maldita perspectiva.
—Si no estuvieras tan malditamente absorto en ti mismo —le dijo Edward agriamente —, podría ocurrírsete que no eres el único que tiene algo de lo que preocuparse. ¿Crees que no he pensado en lo que podría pasarle a Bella ahora que está embarazada?
—A Bella nada le pasará —dijo Jacob con desdén.
Edward frunció el ceño.
—Todos en esta familia parecen pensar que Bella es indestructible. La propia Bella lo piensa. Pero está sujeta a todos los problemas y debilidades habituales de cualquier mujer en su condición. La verdad es que esto siempre es un riesgo.
Los ojos oscuros de Jacob hervían de hostilidad.
—Más para Nessie.
—Probablemente. Pero si ella quiere asumir el riesgo, es su decisión.
—Ahí es donde diferimos, Cullen. Porque yo...
—Porque tú no te arriesgas con nadie, ¿verdad? Una lástima que te enamoraras de una mujer que no se mantendrá en un pedestal, phral.
—Si vuelves a llamarme así —gruñó Jacob—, te arrancaré tu puñetera cabeza.
—Adelante, inténtalo.
Probablemente Jacob se habría lanzado sobre Edward entonces, de no ser porque las puertas de cristal se abrieron y otra figura dio un paso en la terraza. Echando un vistazo en dirección al intruso, Edward gimió por dentro.
Era Nahuel, con aspecto controlado y capaz. Se aproximó a Edward e ignoró a Jacob.
—Buenos días, Cullen. Sólo venía a decirle que abandonaré Hampshire en algún momento del día. Es decir, si no puedo persuadir a la señorita Swan de recobrar el juicio.
—Desde luego —le dijo Edward, escondiendo su expresión bajo una agradable impasibilidad—. Por favor, hágame saber si hay algo que podamos hacer para facilitar su partida.
—Sólo quiero lo mejor para ella —murmuró el doctor, todavía sin mirar a Jacob—. Sigo creyendo que venirse a Francia conmigo es la opción más sabia para todos los afectados. Pero es una decisión de la señorita Swan. —Hizo una pausa, sus ojos grises sombríos—. Espero que usted ejerza cualquier influencia que tenga para asegurarse de que todos los afectados entienden lo que está en juego.
—Creo que todos tenemos una razonable comprensión de la situación —dijo Edward con una suavidad que enmascaraba una pizca de sarcasmo.
Nahuel lo miró con desconfianza y le dirigió una leve inclinación de cabeza.
—Los dejaré para que continúen su discusión entonces. —Dio un sutil y escéptico énfasis a la palabra «discusión», como si hubiera sido consciente de que habían estado al borde de una rotunda reyerta. Abandonó la terraza, cerrando las puertas de cristal tras él.
—Odio a ese bastardo —dijo Jacob en voz baja.
—No es mi favorito tampoco —admitió Edward. Cansadamente se aferró la parte posterior de su propio cuello, intentando aliviar la rigidez de los músculos tensos—. Voy a bajar al campamento romaní. Y si no te importa, tomaré una taza de esa maldita poción que bebes. Desprecio esa cosa, pero necesito algo que me ayude a mantenerme despierto.
—Toma lo que quieras de lo que he dejado en la cafetera —refunfuñó Jacob—.
Estoy más despierto de lo que me gustaría.
Edward asintió y fue hacia las puertas de cristal. Pero hizo una pausa en el umbral, se alisó el cabello detrás en la nuca y habló tranquilamente.
—La peor parte del amar a alguien, Jacob, es que siempre habrá cosas de las que no podrás protegerla. Cosas más allá de tu control. Finalmente comprenderás que hay algo peor que morir… y es que le ocurra alguna cosa a ella. Tienes que vivir con ese miedo siempre. Pero tienes que aceptar la parte mala, si quieres la parte buena.
Jake lo miró tristemente.
—¿Cuál es la parte buena?
Una sonrisa tocó los labios de Edward.
—Todo lo demás es la parte buena —dijo y entró.
—He sido advertido bajo pena de muerte de que no diga nada —fue el primer comentario de Emmett cuando se unió a Jacob en una de las habitaciones del ala este.
Había dos yeseros en la esquina, midiendo y marcando las paredes y otro colocando el andamio que sostendría a un hombre cerca del techo.
—Buen consejo —dijo Jake—. Deberías seguirlo.
—Nunca sigo los consejos, buenos o malos. Eso sólo los animaría a darme más.
A pesar de los pensamientos meditabundos de Jake, sintió el tirón de una sonrisa poco dispuesta en sus labios. Gesticuló hacia un cubo cercano lleno de ligero lodo gris.
—¿Por qué no coges un palo y remueves esta masa?
—¿Qué es?
—Una mezcla de cal de enyesar y arcilla grasienta.
—Arcilla grasienta. Encantador. —Pero Emmett recogió obedientemente un palo y comenzó a revolver el cubo de yeso—. Las mujeres van a salir esta mañana — comentó—. Irán a Stony Cross Manor a visitar a Lady Uley. Alice me advirtió que estuviera en guardia con su hurón, que parece estar desaparecido. Y la señorita
Hale se quedará aquí. —Hizo una pausa reflexiva—. Una criatura extraña, ¿no te parece?
—¿El hurón o la señorita Hale? —Jake colocó con cuidado una tira de madera sobre la pared y la clavó en el lugar.
—Hale. He estado preguntándome… ¿Tiene misandria u odia a todos en general?
—¿Qué es misandria?
—Odio al hombre.
—Ella no odia a los hombres. Siempre ha sido agradable conmigo y con Cullen.
Emmett lo miró sinceramente perplejo.
—Entonces… ¿sólo me odia a mí?
—Eso parece.
—¡Pero no tiene ninguna razón!
—¿Y qué hay el que seas arrogante y despectivo?
—Eso es parte de mi encanto aristocrático —protestó Emmett.
—Parece que tu encanto aristocrático se está desperdiciando con la señorita Hale. —Jake arqueó una ceja cuando vio el ceño de Emmett—. ¿Por qué te debería importar? No tienes ningún interés personal, ¿verdad?
—Por supuesto que no —dijo Emmett con indignación—. Antes me metería en la cama con el erizo favorito de Ali. Imagínate esos puntiagudos codos y rodillas. Todos esos ángulos agudos. Un hombre podría hacerse un daño fatal, enredado con Hale… — Revolvió el yeso con renovado vigor, claramente preocupado por los peligros de verse en el lecho con la institutriz.
Demasiado preocupado, pensó Jake.
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Era una lástima, reflexionó Edward, mientras caminaba por un prado verde con las manos metidas en los bolsillos. Esto de ser parte de una familia unida significaba que uno nunca podía disfrutar de su buenaventura cuando algún otro tenía problemas.
Había muchas razones por las que Edward podía solazarse en este momento… la bendición de la luz solar sobre el áspero paisaje primaveral, y todo el despertar, el canturrear, la vibrante actividad de las plantas empujando la húmeda tierra. El prometedor y penetrante olor a humo de una hoguera del campamento romaní que flotaba sobre la brisa. Quizás hoy finalmente podría encontrar a alguien de su antigua tribu. En un día como éste, todo parecía posible.
Tenía una hermosa esposa embarazada de su hijo. Amaba a Bella más que a la vida. Pero también tenía mucho que perder. Pero Edward no permitiría que el miedo lo mutilara o le impidiera amarla con toda su alma. Miedo… redujo la marcha de su paso, perplejo por la rápida intensificación del latido de su corazón. Como si hubiera estado corriendo durante millas sin parar. Echó un vistazo a través del campo, viendo que la hierba estaba de un verde poco natural.
El latido de su corazón se volvió doloroso, como si alguien estuviera pateándolo repetidamente. Desconcertado, Edward se tensó como un hombre retenido a punta de navaja, poniéndose la mano en el pecho. Jesús, el sol brillaba, perforando sus ojos hasta que lagrimearon. Se secó la humedad con la manga y bruscamente se sorprendió encontrándose en el suelo, sobre sus rodillas.
Esperaba que el dolor disminuyera, que su corazón redujera la marcha como seguramente debía hacer, pero sólo empeoró. Luchó por respirar, intentando mantenerse en pie. Su cuerpo no lo obedecía. Un lento colapso debilitante, la verde hierba punzando ásperamente su mejilla. Más y más dolor, el corazón amenazando con explotar por la extraordinaria fuerza de su latido.
Edward comprendió, con una especie de asombro, que se estaba muriendo. No se le ocurría por qué podía estar pasando, o cómo, sólo que nadie cuidaría de Bella y ella le necesitaba, no podía abandonarla. Alguien tenía que cuidar de ella; necesitaba a alguien que le frotara los pies cuando estuviera cansada. Estaba tan cansado. No podía levantar la cabeza o el brazo o mover las piernas, pero los músculos de su cuerpo saltaban por separado, temblores que tiraban de él como una marioneta con cuerdas. Bella. No quiero abandonarte. Dios, no dejes que muera, es demasiado pronto.
Pero el dolor continuó fluyendo sobre él, ahogándolo, sofocando cada respiración y latido de su corazón.
Bella. Quería pronunciar su nombre y no podía. Era una crueldad inconmensurable que no pudiera dejar este mundo con esas últimas preciosas sílabas en sus labios.
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Después de una hora clavando revestimientos y probando varias mezclas de cal, yeso y arcilla grasienta, Jake, Emmett y los trabajadores habían acordado las proporciones correctas.
Emmett se había tomado un interés inesperado en el proceso, incluso inventó una mejora sobre las tres capas de decoración con escayola mejorando la capa base, o cubierta primaria.
—Pon más grasa en esta capa —había sugerido— y ráspala con una poderosa herramienta, eso proporcionará más agarre a la siguiente capa.
Estaba claro para Jake que aunque Emmett tuviera poco interés en los aspectos financieros del manejo de la finca, su amor por la arquitectura y todos los asuntos relacionados con la construcción era más agudo que nunca.
Cuando Emmett bajaba del andamio, el ama de llaves, llegó a la entrada en compañía de un muchacho. Jake lo evaluó con agudo interés. El muchacho parecía tener once o doce años. Incluso si no hubiera estado vestido con vistosas ropas, las marcadas facciones y la tez cobriza lo habría identificado como romaní.
—Señor —dijo el ama de llaves a Jake, excusándose— solicito su perdón por interrumpir su trabajo. Pero este muchacho vino al umbral hablando en una jerga y se niega a marcharse. Pensamos que usted podría entenderlo.
La jerga resultó ser claramente romaní.
—Droboy tume Romale —dijo el muchacho correctamente.
Jake reconoció el saludo con un asentimiento.
—Mishto avilan —continuó la conversación en romaní—. ¿Eres del vitsa del río?
—Sí, kako. Me envía el rom phuro para decirles que encontramos a un romaní yaciendo en el campo. Vestido como un gadjo. Pensamos que podría pertenecer aalguien de aquí.
—Yaciendo en el campo —repitió Jake mientras el frío y una penetrante urgencia se elevaba en su interior.
Supo inmediatamente que algo muy malo había pasado. Con esfuerzo, mantuvo el tono paciente—. ¿Estaba descansando?
El muchacho negó con la cabeza.
—Está enfermo y fuera de sus cabales. Y tiembla así. —Imitó el temblor con las manos.
—¿Dijo su nombre? —preguntó Jake—. ¿Dijo alguna cosa?
Aunque todavía hablaban en romaní, Emmett y la señora Barnstable observaban a Jake atentamente, entendiendo que había alguna emergencia.
—¿Qué pasa? —preguntó Emmett, frunciendo el ceño.
El muchacho le contestó a Jake.
—No, kako, no puede decir mucho. Y su corazón. —El muchacho se golpeó su propio pecho con el pequeño puño, con unos enfáticos golpes.
—Llévame hasta él. —No había ninguna duda en la mente de Jake de que la situación era horrible. Edward Cullen nunca estaba enfermo y gozaba de una magnífica condición física. Independientemente de lo que le ocurriera, estaba fuera de la categoría de enfermedades ordinarias.
Cambiando al inglés, Jake les habló a Emmett y al ama de llaves.
—Cullen ha caído enfermo… Está en el campamento romaní. Milord, sugeriría que envíe a un lacayo y a un cochero a Stony Cross Manor para recoger a Bella inmediatamente. Señora Barnstable, envíe a buscar al doctor. Yo traeré a Cullen aquí tan pronto como sea posible.
—¿Señor —preguntó el ama de llaves aturdida— se refiere al doctor Nahuel?
—No —dijo Jake al instante. Todos sus instintos le advertían que mantuviera a Nahuel fuera de esto—. De hecho, no deje que averigüe lo qué está pasando. Por el momento, mantenga esto tan en secreto como sea posible.
—Sí, señor. —Aunque el ama de llaves no entendiera los motivos de Jake, estaba demasiado bien entrenada para cuestionar su autoridad—. El señor Cullen parecía perfectamente bien esta mañana —dijo ella—. ¿Qué puede haberle pasado?
—Lo averiguaremos. —Sin esperar más preguntas o reacciones, Jake agarró del hombro al muchacho y lo dirigió hacia la entrada—. Vamos.
El vitsa parecía ser una pequeña y próspera tribu familiar. Habían establecido un campamento bien organizado, con dos vardos y algunos burros y caballos que tenían buen aspecto. El líder de la tribu, a quien el muchacho identificó como el rom phuro, era un hombre atractivo con el pelo negro y ojos negros y cálidos. Aunque no era alto, estaba en forma y era esbelto, con un aire de firme autoridad. Jake se sorprendió por la relativa juventud del líder. La palabra phuro por lo general se refería a un hombre de edad avanzada y sabio. Para un hombre que parecía estar al final de los treinta, esto significaba que era un líder excepcionalmente respetado.
Intercambiaron saludos superficiales y el rom phuro condujo a Jake hasta su vardo.
—¿Es tu amigo? —preguntó el líder con obvia preocupación.
—Mi hermano. —Por alguna razón el comentario de Jake le ganó un detenido vistazo.
—Es bueno que estés aquí. Esta puede ser tu última posibilidad de verlo a este lado del velo.
Jake se asombró por su propia reacción visceral ante su comentario, la precipitada indignación y la pena.
—No se va a morir —dijo Jake duramente, acelerando la zancada y saltando fácilmente dentro del vardo.
El interior del carromato gitano tenía aproximadamente veinte pies de largo y seis de ancho, con la típica estufa y el tubo metálico de la chimenea localizado a un lado de la puerta. Un par de literas transversales estaban localizadas al otro extremo del vardo, una superior y otra más abajo. El largo cuerpo de Cullen estaba estirado sobre la litera inferior, los pies calzados colgando por el extremo. Estaba temblando y sacudiéndose con nerviosismo, la cabeza girando sin cesar sobre la almohada.
—Santo infierno —dijo Jake con voz espesa, incapaz de creer el cambio que se había producido en el hombre en tan corto tiempo. El color saludable había desparecido de la cara de Cullen hasta dejarle tan blanco como el papel, sus labios estaba agrietados y grisáceos. Gemía por el dolor y jadeaba como un perro.
Jake se sentó al borde de la litera y puso la mano sobre la frente helada de Cullen.
—Edward —dijo con urgencia—. Edward, soy Jacob. Abre los ojos. Dime qué ha pasado.
Edward luchó por controlar los temblores, concentrar su mirada, pero esto era claramente imposible. Intentó formar una palabra, pero todo lo que pudo proferir fue un sonido incoherente.
Aplanando una mano sobre el pecho de Cullen, Jake sintió el latido del corazón feroz e irregular. Maldijo, reconociendo que el corazón de ningún hombre, sin importar lo fuerte que fuera, podría continuar con ese ritmo frenético durante mucho tiempo.
—Debe haber comido alguna hierba sin saber que era dañina —comentó el rom
phuro, preocupado.
Jake negó con la cabeza.
—Mi hermano está muy familiarizado con las plantas medicinales. Nunca cometería esa clase de error. —Apartando la vista de la cara desdibujada de Cullen, Jake sintió una mezcla de furia y compasión. Desearía que su propio corazón pudiera asumir el trabajo por su hermano—. Alguien lo ha envenenado.
—Dime qué puedo hacer —dijo el líder de la tribu en voz baja.
—Primero, tenemos que deshacernos de tanto veneno como sea posible.
—Vació su estómago antes de que lo trajéramos al vardo.
Eso estaba bien. Pero por lo fuerte de la reacción que sufría, incluso después de la expulsión del veneno, significaba que era una sustancia sumamente tóxica. El corazón bajo la mano de Jake parecía estar listo para reventar en el pecho de Cullen.
Pronto tendría convulsiones.
—Se debe hacer algo para reducir la marcha del pulso y aliviar los temblores — dijo Jake de manera cortante—. ¿Tienes láudano?
—No, pero tenemos opio sin refinar.
—Aun mejor. Tráelo inmediatamente.
El rom phuro dio órdenes a un par de mujeres que se habían acercado a la entrada del vardo. En menos de un minuto, habían traído un diminuto tarro de espesa pasta marrón. Era el fluido deshidratado de la vaina sin madurar de la amapola. Rascando algo de la pasta con la punta de una cuchara, Jake intentó alimentar a Cullen.
Los dientes de Cullen traquetearon violentamente contra el metal, la cabeza saltó hasta que la cuchara fue retirada. Obstinadamente Jake deslizó el brazo por debajo del cuello de Cullen y lo levantó hacia arriba.
—Edward. Soy yo. He venido a ayudarte. Toma esto por mí. Tómalo ahora. —Empujó la cuchara de vuelta a la boca de Cullen y la mantuvo allí hasta que se atragantó y tembló en el apretón de Jake—. Eso es —murmuró Jake, retirando la cuchara tras un momento. Colocó la mano caliente sobre la garganta de su hermano, friccionándola suavemente—. Traga. Sí, phral, eso es.
El opio funcionó con milagrosa velocidad. Pronto los temblores comenzaron a disminuir y se alivió el frenético jadeo. Jake no fue consciente de que contenía el aliento hasta que lo soltó con un suspiro de alivio. Puso la palma sobre el corazón de Cullen, sintiendo que latía a un ritmo más lento.
—Prueba a darle algo de agua —le sugirió el líder de la tribu, dándole una taza de madera tallada a Jake. Él presionó el borde de la taza contra los labios de Cullen y lo instó para que tomara un sorbo.
Las espesas pestañas se alzaron y Cullen se concentró en él con esfuerzo.
—Jake…
—Aquí estoy, hermanito.
Cullen lo miró fijamente y parpadeó. Alzó la mano y aferró firmemente el cuello abierto de la camisa de Jake como un hombre que se estuviera ahogando.
—Azul —susurró irregularmente—. Todo… azul.
Jake deslizó el brazo alrededor de la espalda de Cullen y lo agarró con firmeza.
Echó un vistazo al rom phuro e intentó pensar desesperadamente. Había oído sobre tal síntoma antes, una neblina azul sobre la visión. Estaba causada por tomar demasiada medicación potente para el corazón.
—Podría ser digitalina —murmuró él—. Pero no sé cuál es su origen.
—Dedalera —dijo el rom phuro. Su tono era normal, pero tenía la cara tensa por la ansiedad—. Bastante letal. Mata al ganado.
—¿Cuál es el antídoto? —preguntó Jake bruscamente.
La respuesta del líder fue suave.
—No lo sé. Ni siquiera sé si hay uno.
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Gracias por leer. Estuve enferma lamento el retraso en las actualizaciones :C
