Capítulo 22

El rom phuro se adelantó y se arrodilló junto a la litera.

—Hola, Edward—murmuró.

Edward lo miró con desconcertado asombro.

—Eleazar Noah. Has envejecido.

Su primo se rió ahogadamente.

—Desde luego. La última vez que te vi, apenas me llegabas al pecho. Y ahora parece como si pudieras ser una cabeza más alta que yo.

—Nunca volviste a buscarme.

Jake interrumpió, tenso.

—Y nunca le dijiste que tenía un hermano.

La sonrisa de Eleazar se volvió pesarosa cuando los miró a ambos.

—No podía hacer ninguna de las dos cosas. Por tu propia protección. —Su mirada viajó en dirección a Jake—. Se nos dijo que estabas muerto, Jake. Me alegro de comprobar que estábamos equivocados. ¿Cómo sobreviviste? ¿Dónde has estado viviendo?

Jake frunció el ceño.

—Eso nunca ha importado. Cullen ha pasado años buscándote. Buscando respuestas. Dile la verdad ahora, cuéntale por qué fue expulsado de la tribu, y qué significa el maldito tatuaje. Y no te dejes nada.

Eleazar pareció ligeramente sorprendido por los modales autocráticos de Jake. Como líder del vitsa, Eleazar no estaba acostumbrado a recibir órdenes de nadie.

—Siempre es así —le dijo Edward a Eleazar—. Te acostumbrarás.

Extendiendo el brazo por debajo de la litera, Noah sacó una caja de madera y comenzó a registrar su contenido.

—¿Qué sabes acerca de nuestra sangre irlandesa? —exigió Jake— ¿Cuál era el nombre de nuestro padre?

—Hay mucho que no sé —admitió Noah. Al encontrar lo que evidentemente había estado buscando, lo sacó de la caja y miró a Edward—. Pero nuestra abuela me contó todo lo que pudo en su lecho de muerte. Y me dio esto...

Levantó un cuchillo de plata deslustrado.

Veloz como un rayo, Jake cogió la muñeca de su primo en un apretón aplastante.

Nessie gritó alarmada, mientras Edward trataba sin éxito de alzarse sobre los codos.

Eleazar miró duramente a Jake a los ojos.

—Paz, Primo. Nunca haría daño a Edward. —Dejó que su mano se abriera—. Tómalo. Te pertenece; era de tu padre. Su nombre era Billy Cullen.

Jake tomó el cuchillo y lentamente soltó la muñeca de Eleazar Noah. Clavó los ojos en el objeto, un cuchillo para botas con una hoja fija de dos filos de unas cuatro pulgadas de longitud. La empuñadura era de plata, con un grabado en los laterales. Parecía antiguo y valioso. Pero lo que asombró a Jake fue el grabado en la zona de la empuñadura… un perfecto y estilizado símbolo del pooka irlandés.

Se lo mostró a Edward, quien dejó de respirar por un momento.

—Sois Jacob y Edward Cullen—dijo Noah—. Ese símbolo del caballo era el emblema de vuestra familia... Estaba en su escudo. Cuando os separamos a los dos, se decidió poneros el emblema a ambos. No sólo para identificaros, sino también como una ofrenda al segundo hijo de Moshto, para preservaros y protegeros.

—¿Quién es Moshto? —preguntó Nessie suavemente.

—Una deidad gitana —dijo Jake, oía su propia voz asombrada, como si perteneciera a otro—. El dios de todas las cosas buenas.

—Busqué... —comenzó Edward, todavía con los ojos clavados en el cuchillo, y sacudió la cabeza como si el esfuerzo de explicarse fuera demasiado.

Jake habló por él.

—Mi hermano contrató investigadores y expertos heráldicos para examinar libros de emblemas familiares irlandeses, y nunca encontraron este símbolo.

—Creo que los Cullen eliminaron el pooka del emblema hace casi trescientos años atrás, cuándo el rey inglés se designó a sí mismo como cabeza de la Iglesia de Irlanda. El pooka era un símbolo pagano. Sin duda pensaron que podría amenazar su posición en la Iglesia Reformista. Pero los Cullen todavía estaban apegados a él. Recuerdo que tu padre llevaba un gran anillo de plata con un grabado del pooka.

Mirando a su hermano, Jake comprendió que Edward se sentía igual que él, que era como haber estado encerrado en un cuarto toda la vida y repentinamente tener una puerta abierta.

—Tu padre, Billy —continuó Noah—, era el hijo de lord Black, un par irlandés representante en la Cámara Británica de los Lores. Billy era su único heredero. Pero tu padre cometió un error: se enamoró de una muchacha gitana llamada Elizabeth. Muy bella. Se casó con ella desafiando a su familia, y a la de ella. Vivieron apartados de todos el tiempo suficiente para que Elizabeth tuviera dos hijos. Murió en su lecho de parturienta cuando nació Edward.

—Siempre pensé que mi madre murió al darme a luz —dijo Jake suavemente—. Nunca supe nada de un hermano menor.

—Fue después del segundo hijo cuando ella marchó con Dios. —Eleazar parecía pensativo—. Yo era lo bastante mayor como para acordarme del día en que Cullen os trajo a los dos con nuestra abuela. Le dijo a Mami que había sido un sufrimiento intentar vivir en ambos mundos, y que quería regresar adonde pertenecía. Así que dejó a sus hijos con la tribu y nunca regresó.

—¿Por qué nos separaron? —preguntó Edward, que parecía aún más agotado de lo habitual.

Eleazar se puso en pie con un fluido movimiento y fue al rincón cerca de la estufa.

Mientras contestaba, preparaba té con confiada habilidad, midiendo las hojas secas en una cazuela pequeña de agua humeante.

—Después de algunos años, tu padre se volvió a casar. Y luego otros vitsas nos dijeron que algunos gadjos habían venido buscando a los niños, ofreciendo dinero a cambio de información y poniéndose violentos cuando los romanís no les decían nada. Nos dimos cuenta de que tu padre quería deshacerse de sus hijos mestizos, que eran los herederos legítimos del título. Tenía una nueva esposa, que le daría niños puros.

—Y nosotros nos interponíamos —dijo Jake con desagrado.

—Parece ser que así era. —Eleazar filtró el té en una tetera. Sirvió una taza, añadió azúcar, y se la entregó a Edward—. Toma algo, Edward. Necesitas diluir el veneno.

Edward se sentó y se recostó contra la pared. Cogió la taza con un agarre tembloroso y sorbió el brebaje caliente cuidadosamente.

—Entonces, para reducir las posibilidades de que ambos fuéramos encontrados — dijo—, os quedásteis conmigo y entregásteis a Jake a nuestro tío.

—Sí, al Tío. —Eleazar Noah frunció el ceño y evitó la mirada de Jake—. Elizabeth era su hermana favorita. Creímos que sería un buen protector. Nadie supuso que culparía a sus hijos de su muerte.

—Odiaba a los gadjos —dijo Jake en voz baja—. Eso era algo más que tenía contra mí.

Eleazar se esforzó por mirarle.

—Después de oír que habías muerto, pensamos que también era peligroso conservar a Edward. Así que lo traje a Londres, y le ayudé a encontrar trabajo.

—¿En un club de juego? —dijo Edward, con una nota interrogante de escepticismo en la voz.

—Algunas veces los mejores escondites están a simple vista —fue la prosaica respuesta de Eleazar.

Edward asintió pesaroso.

—Apuesto a que medio Londres ha visto mi tatuaje. Me asombra que lord Black nunca oyera hablar de él.

Eleazar frunció el ceño.

—Te dije que lo mantuvieras cubierto.

—No, no lo hiciste.

—Lo hice —insistió Eelazar, y se puso la mano en la frente—. Ah, Moshto, nunca fuiste bueno escuchando.

Nessie se sentó en silencio junto a Jacob. Escuchó mientras los hombres hablaban, pero estaba también ocupada mirando a su alrededor. El vardo era viejo pero mantenía el interior escrupulosamente limpio y ordenado. Un perfume débil y acre a humo parecía emanar de las paredes, con las juntas impregnadas por miles de comidas preparadas en el vehículo. Los niños jugaban afuera, riendo y peleando. Era extraño pensar que esta caravana era el único refugio de la familia frente al mundo exterior. La falta de espacio cubierto compelía a la tribu a vivir la mayor parte del tiempo a la intemperie. Aunque la idea resultaba extraña, había una cierta libertad en ello.

Era posible imaginar a Edward llevado esta forma de vida, adaptándose a ella, pero no a Jake. Siempre habría algo en él que lo llevaría a controlar y dirigir su entorno.

Construir, organizar. Habiendo vivido entre la gente de ella durante tanto tiempo, había llegado a entenderlos. Y al entenderlos, había llegado a ser más de ellos.

Se preguntó cómo se sentía él al tener su pasado gitano finalmente al descubierto, explicados todos los misterios. Parecía perfectamente calmado y controlado, pero resultaría inquietante para cualquiera experimentar algo como esto.

—... ¿con todo el tiempo que ha pasado —decía Edward—, me pregunto si hay todavía algún peligro para nosotros? ¿Nuestro padre todavía vive?

—Sería bastante fácil averiguarlo —contestó Jacob, y añadió sombríamente—, probablemente se alegre de averiguar que todavía estamos vivos.

—Tú estás más o menos a salvo, mientras permanezcas romaní —dijo Eleazar—. Pero si Jake se da a conocer como el heredero de los Black e intenta reclamar el título, podría haber problemas.

Jacob pareció desdeñoso.

—¿Por qué iba a hacer eso?

Noah se encogió de hombros.

—Ningún romaní lo haría. Pero tú eres medio gadjo.

—No quiero el título ni lo que conlleva —dijo Jacob con firmeza—. Y no quiero tener nada que ver con los Cullen, lord Black, ni nada irlandés.

—¿E ignorar la mitad de ti mismo? —preguntó Edward.

—He pasado la mayor parte de vida sin saber nada de mi mitad irlandesa. No será un problema ignorarla ahora.

Un niño gitano vino hasta el vardo para hacerles saber que la camilla ya estaba acabada.

—Bien —dijo Jacob con decisión—. Te ayudaré a salir, y…

—Oh, no —dijo Edward, ceñudo—. De ninguna manera voy a dejarme llevar en camilla hasta Dwyer House.

Jacob le dirigió una mirada sardónica.

—¿Y cómo planeas llegar hasta allí?

—Cabalgaré.

Las cejas de Jacob descendieron.

—No estás en condiciones de cabalgar. Te caerás y te romperás el cuello.

—Puedo hacerlo —insistió Edward tercamente—. No está lejos.

—¡Te caerás del caballo!

—No voy a ir en una maldita camilla. Asustaría a Bella.

—No estás tan preocupado por Bella como por tu orgullo. Te llevarán y no se hable más.

—Que te jodan —exclamó Edward.

Nessie y Eleazar intercambiaron una mirada preocupada. Los hermanos parecían dispuestos a llegar a los puños.

—Como líder de la tribu, puedo ayudar a solucionar la disputa —comenzó Noah diplomáticamente.

Jacob y Edward contestaron al mismo tiempo.

—No.

—Jake —murmuró Nessie—, ¿puede cabalgar conmigo? Podría sentarse detrás y agarrarse a mí para mantener el equilibro.

—De acuerdo —dijo Edward inmediatamente—. Haremos eso.

Jacob los miró a ambos ceñudo.

—Yo también iré —dijo Noah con una leve sonrisa —. En mi caballo. Le diré a mi hijo que lo ensille. —Hizo una pausa—. ¿Podéis quedaros algunos minutos más?

Tenéis muchos primos gitanos que conocer. Y tengo una esposa e hijos que quiero presentarte, y…

—Más tarde —dijo Jacob—. Tengo que llevar a mi hermano con su esposa sin más demora.

—Muy bien.

Después de que Eleazar hubo salido, Edward miró distraídamente los restos de su té.

—¿En qué estás pensando? —preguntó Jacob.

—Me pregunto si nuestro padre tuvo hijos con su segunda esposa. Y si es así, ¿cuántos? ¿Hay hermanastros y hermanastras a los que no conocemos?

Los ojos de Jacob se estrecharon.

—¿Y qué importa?

—Son nuestra familia.

Jacob se palmeó la frente con la mano en un gesto inusualmente dramático.

—Tenemos a los Swan, y tenemos más de una docena de romanís correteando por ahí afuera, aparentemente todos primos. ¿Cuántos condenadosfamiliares más quieres?

Edward se limitó a sonreír.

Como era de esperar, en Dwyer House se produjo un gran alboroto. Los Swan, la señorita Hale, los sirvientes, el alguacil del pueblo, y un médico se apretujaban en el vestíbulo. Como el corto paseo había agotado las fuerzas de Edward, se vio forzado a apoyarse en Jacob mientras entraban.

Inmediatamente quedaron rodeados por la familia, con Bella abriéndose paso hacia Edward. Soltó un sollozo de alivio cuando llegó hasta él, derramando lágrimas mientras recorría con manos frenéticas su pecho y su rostro. Soltando a Jacob, Edward rodeó a Bella con sus brazos, apoyando la cabeza en el hombro de ella.

Permanecieron en silencio en medio del tumulto, respirando en cortos suspiros. Una de las manos de ella se elevó hasta el pelo de él, enterrando sus dedos en los cobrizos mechones. Edward murmuró algo en su oído, algún consuelo tierno y privado. Y se tambaleó, haciendo que Bella lo agarrarse más firmemente, mientras Jake lo sostenía por los hombros para estabilizarle.

Edward levantó la cabeza y miró a su esposa.

—Tomé un poco de café esta mañana —le dijo—. No me sentó bien.

—Eso he oído —dijo Bella, apoyando la mano en su pecho. Miró preocupada a

Jake—. Tiene la mirada desenfocada.

—Está más mareado que una corneja —dijo Jake—. Le dimos opio puro para calmar su corazón antes de que Nessie trajera el antídoto.

—Llevémosle arriba —dijo Bella, utilizando el borde de su manga para restregarse los ojos húmedos. Alzando la voz, se dirigió al hombre mayor con barba que se mantenía apartado del grupo—. Doctor, por favor, acompáñenos arriba y podrá evaluar el estado de mi marido en privado.

—No necesito un médico —protestó Edward.

—Yo no me quejaría, si fuera tú —le dijo Bella—. Estoy tentada a enviar en buscar al menos a media docena de médicos, sin mencionar a los especialistas de Londres. —Hizo una pausa lo bastante larga como para divisar a Eleazar—. ¿Es usted el caballero que ayudó al señor Cullen? Estamos en deuda con usted, señor.

—Cualquier cosa por mi primo —contestó Eleazar.

—¿Primo? —repitió Bella, con los ojos muy abiertos.

—Te lo explicaré arriba —dijo Edward, trastabillando hacia adelante. Inmediatamente Noah lo cogió por un lado y Jacob por el otro, y medio arrastrando, medio llevando a Edward, subieron la larga escalera. La familia los siguió, entre exclamaciones y parloteos excitados.

—Son los gadjos más ruidosos que he conocido jamás —comentó Noah.

—Esto no es nada —dijo Edward, jadeando a causa del esfuerzo mientras subían—. Normalmente son peores.

—¡Moshto! —exclamó Eleazar, sacudiendo la cabeza.

La privacidad de Edward fue mínima en el mejor de los casos cuando lo depositaron sobre la cama y el doctor Martin comenzó a examinarle. Bella hizo algunos intentos de ahuyentar a la familia y allegados de la habitación, pero ellos se mantuvieron al fondo para ver qué ocurría. Después de que el doctor Martin comprobara el pulso de Edward, el tamaño de sus pupilas, el sonido de sus pulmones, la humedad y el color de su piel, y sus reflejos, dictaminó que en su opinión, el paciente se recuperaría por completo. Si aparecía cualquier síntoma preocupante durante la noche, como palpitaciones en el corazón, podrían ser amortiguadas disolviendo una gota de láudano en un vaso de agua.

El doctor también dijo que debían administrar a Edward líquidos ligeros y comidas blandas y que debería descansar durante los siguientes dos o tres días. Probablemente experimentaría una disminución del apetito, y casi con seguridad algunos dolores de cabeza, pero cuando estuviera completamente libre de los últimos vestigios de la digitalina, todo volvería a la normalidad.

Satisfecho de que su hermano estuviera en buenas condiciones, Jake llevó a Emmett a un rincón de la habitación y le preguntó en voz baja:

—¿Dónde está Nahuel?

—Fuera de tu alcance —dijo Emmett—. Le llevaron a la cárcel poco antes de que regresaras. Y no te molestes en ir a por él. Ya le he dicho al alguacil que no deje que te acerques a menos de cien yardas de la cárcel.

—Creía que habrías preferido ocuparte tú —dijo Jacob—. Lo desprecias tanto como yo.

—Es verdad. Pero creo que hay que dejar que el proceso judicial siga su curso. Y no quiero decepcionar a Alice. Ella espera un juicio.

—¿Por qué?

—Quiere presentar a Dodger como testigo.

Alzando la mirada al cielo, Jake fue hacia una esquina del cuarto y se apoyó contra la pared. Escuchaba mientras los Swan intercambiaban sus versiones de los acontecimientos del día y el alguacil hacía preguntas e incluso Eleazar se vio involucrado, lo que dio lugar a la revelación de los pasados de Jake y Edward, y así sucesivamente. La información volaba en veloces ráfagas. No iba a acabar nunca.

Edward, mientras tanto, parecía más que contento descansado sobre la cama mientras Bella se ocupaba de él. Le alisó el pelo, le daba agua, arreglaba las mantas, y le acariciaba repetidamente. Él bostezó luchando por mantener los ojos abiertos, y apoyó la mejilla en la almohada.

Jake fijó su atención en Nessie, que estaba sentada en una silla cerca de la cama, con la espalda recta, como siempre. Parecía serena y correcta, salvo por los cabellos sueltos que se habían soltado de sus horquillas. Nadie sospecharía nunca que era capaz de incendiar un armario ropero. Con el doctor Pardo dentro. Como Emmett había señalado, la acción podía no reflejar mucha inteligencia, pero uno tenía que darle puntos por su falta de clemencia. Y había surtido efecto.

Jake había lamentado mucho oír que Emmett había sacado a Nahuel, ahumado pero ileso.

Finalmente Bella anunció que la visita debía finalizar pronto, porque Edward necesitaba descansar. El alguacil se fue, al igual que Eleazar y los sirvientes, hasta que la única que quedó fue la familia más próxima.

—Creo que Dodger está debajo de la cama. —Alice se dejó caer al suelo y miró debajo.

—Quiero recuperar mi liguero —dijo la señorita Hale misteriosamente, agachándose en la alfombra junto a Alice. Emmett miró a la señorita Hale con disimulado interés.

Entretanto, Jake se preguntaba qué hacer con Nessie.

Parecía que el amor se abría paso con dificultad a través de él inexorablemente, más exótico, dulce y desconcertante que el opio puro. Más penetrante que el oxígeno del aire. Estaba condenadamente cansado de intentar resistirse. Edward tenía razón. Nunca podía predecir qué ocurriría. Todo lo que podía hacer era amarla.

Muy bien.

Se rendiría a ello, a ella, sin intentar limitar o controlar nada. Capitularía. Saldría de las sombras para siempre. Tomó un largo y lento aliento y lo dejó escapar. Te amo, pensó, mirando a Nessie. Amo cada parte de ti, cada pensamiento y cada palabra... todo el complicado y fascinante manojo cosas que eres. Te quiero con diez tipos diferentes de necesidad a la vez. Amo todos tus estados, la forma en que eres ahora, la idea de cuánto más bella serás en las próximas décadas. Te amo por ser la respuesta a cada pregunta que mi corazón pueda formular.

Y parecía tan fácil, una vez que se rindió. Parecía natural y correcto.

Jake no estaba seguro de si se rendía a Nessie o a su pasión por ella. Sólo que no podía soportarlo más. La tomaría. Y le daría a ella todo lo que tenía, cada parte de su alma, incluso los pedazos rotos.

Clavó los ojos en ella sin parpadear, medio temeroso de que el movimiento más leve por su parte pudiera precipitar acciones que no podría controlar. Podía simplemente lanzarse hacia ella y arrastrarla fuera de la habitación. La expectación resultaba deliciosa, sabiendo que iba a tenerla pronto.

Impulsada por su mirada, Nessie lo miró. Lo que vio en su cara hizo que parpadease y se ruborizase. Los dedos de ella volaron a su garganta, como para apaciguar el pulso. Eso empeoró aún más su desesperada necesidad de tenerla. Quería saborear el sonrojo en su piel, absorber el calor con los labios y la lengua. Sus impulsos más primitivos empezaron a dispararse, y clavó los ojos en ella, deseando que se moviera.

—Excusadme —murmuró Nessie, levantándose con un grácil movimiento que le apasionó más allá de la cordura. Sus dedos hicieron ese pequeño revoloteo otra vez, esta vez cerca de la cadera, como si sus nervios saltaran, y él deseó agarrar su mano y llevársela a la boca—. Te dejaré descansar, querido señor Cullen —dijo con intranquilidad.

—Gracias —murmuró Edward desde la cama—. Hermanita... gracias por...

Como él vaciló, Nessie dijo con una rápida sonrisilla.

—Entiendo. Que duermas bien.

La sonrisa decayó cuando se arriesgó a mirar a Jake. Como inspirada por un instinto de auto conservación, salió del cuarto precipitadamente.

Antes de que transcurriera otro segundo, Jake le pisaba los talones.

—¿Adónde van con tanta prisa? —preguntó Alice desde debajo de la cama.

—Backgammon —dijo la señorita Hale precipitadamente—. Estoy segura de haber oído que planeaban jugar una partida o dos de backgammon.

—Yo también —comentó Emmett.

—Debe ser divertido jugar al backgammon en la cama —dijo Alice inocentemente, y rió disimuladamente.

Inmediatamente quedó claro que no sería un intercambio de palabras, sino algo mucho más primitivo. Nessie fue veloz y silenciosamente hacia su cuarto, sin atreverse a mirar atrás, aunque era muy consciente de que él la seguía de cerca. El suelo alfombrado amortiguaba el sonido de sus pasos, unos apresurados, los otros depredadores.

De pie, sin mirarle, Nessie se detuvo frente a su puerta cerrada, los dedos cerrados alrededor de la manilla.

—Mis términos —dijo ella suavemente—. Como te dije antes.

Jake entendió. Nada ocurriría entre ellos ahora a menos que Nessie se saliese con la suya implícitamente. Y la amó por su testarudez, mientras al mismo tiempo, su mitad gitana se rebelaba. Ella podría haberlo domesticado en algunos aspectos, pero no del todo. Empujó con el hombro para abrir la puerta, la apresuró a entrar en el cuarto, y cerró tras ellos. Giró la llave en la cerradura.

Antes de que ella pudiera tomar otro aliento, le había asegurado la cabeza entre sus manos y la besaba, abriendo su boca con la de él. Su sabor lo inflamó, pero avanzó lentamente, dejando que el beso se convirtiera en una caricia profunda, deliciosa, succionando su lengua hacia su propia boca. Sintió su cuerpo moldeándose contra el de él, al menos todo lo que sus pesadas faldas permitían.

—No vuelvas a mentirme —dijo él con brusquedad.

—No lo haré. Lo prometo. —Los ojos azules brillaban con amor.

Deseaba tocar su carne bajo las capas de tela y encaje. Comenzó a tirar de la parte de atrás del vestido, desabrochando los botones decorados, arrancando los que se resistían, abriéndose camino hacia abajo hasta que todo el conjunto se aflojó y ella se quedó sin aliento. Aplastando las enaguas con sus pies, la reclinó sobre los pliegues rosados del arruinado vestido como si estuviera en el corazón de alguna flor gigantesca. Intentó alcanzar su ropa interior, desatando el lazo del escote de su camisa y las cintas de sus calzones. Ella se movió para ayudarlo, sacando sus esbeltos brazos y piernas de la arrugada ropa blanca.

Su desnudez rosada y blanca era impresionante. Las esbeltas y fuertes pantorrillas estaban enfundadas en medias blancas atadas con sencillos ligueros. Era insoportablemente erótico, el contraste entre la lujuriosa y cálida carne y el primoroso algodón blanco. Con intención de desabrochar los ligueros, se arrodilló entre el suave montón de muselina rosa. Ella giró una de sus rodillas para ayudarlo, una tímida oferta que lo enloqueció. Se inclinó para besar sus rodillas, la parte interior de sus muslos de seda, y cuándo ella gimió e intentó evitarlo, la agarró de las caderas y la mantuvo en su sitio. Se dedicó a acariciar con ternura los rizos pálidos, profundizando en su rosada fragancia y su suavidad, utilizando la lengua para separarla. Para abrirla. Su gemido fue suave y suplicante.

—Me tiemblan las rodillas —susurró ella—. Voy a caerme.

Jake la ignoró, buscando llegar más profundo. Lamió, succionó y comió de ella, su hambre despertándose al primer sabor del elixir femenino. Pulsaba alrededor de él mientras empujaba con su lengua profundamente, y sintió la respuesta resonando a través de su cuerpo. Respirando en los aterciopelados pliegues, lamió un lado de ella, luego el otro, después justo en el centro, en el lugar donde se centraba su placer. Encantado, la acarició repetidas veces, hasta que las manos de ella se enredaron en su cabello y las caderas se elevaron siguiendo las tensas ondas.

Apartó la boca y se puso de pie. La cara de Nessie estaba aturdida, su mirada pérdida, como si en realidad no lo viera. Temblaba de pies a cabeza. Deslizó los brazos a su alrededor, acercando el cuerpo desnudo al suyo vestido. Bajando la boca hasta la sensible unión entre cuello y hombro, besó su piel y la acarició con la lengua. Al mismo tiempo, alcanzó los botones de sus pantalones y los desabrochó.

Ella se pegó a él mientras la levantaba y la presionaba contra la pared, con uno de sus brazos protegiéndole la espalda de rozaduras. Su cuerpo era flexible y sorprendentemente ligero, su columna vertebral se tensó cuando dejó caer su peso y ella comprendió lo que tenía intención de hacer. La sujetó por completo, observando cómo su boca dibujaba una suave O de sorpresa cuando la empaló con un lento y decidido deslizamiento.

Las piernas enfundadas en medias se enlazaron alrededor de su cintura, y se agarró a él desesperadamente, como si estuvieran en la cubierta ondulante de un barco asaltado por la tormenta. Pero Jake la mantuvo sujeta y segura, dejando que sus caderas hicieran el trabajo. La cinturilla de sus pantalones se soltó de los clips que sujetaban sus tirantes, y la prenda se deslizó hasta sus rodillas. Obligó a su rostro a ocultar una breve sonrisa, al considerar por un momento la idea de detenerse a quitarse la ropa... pero se sentía demasiado bien, la lujuria aumentó hasta que eclipsó cualquier rastro de diversión.

Nessie dejaba escapar un pequeño jadeo con cada húmedo y estremecedor empujón, se sentía llena, saqueada. Jake hizo una pausa para besarla con avidez, mientras bajaba los dedos con suavidad y le separaba los labios hinchados. Cuando reanudó el ritmo, sus empujes rozaban la pequeña cumbre con cada firme zambullida. Los ojos de ella se cerraron como si soñara, sus músculos íntimos se contraían sobre él en pulsos frenéticos.

Más y más adentro, introduciéndose más profundo, conduciéndola más allá del límite. Tensó las piernas alrededor de su cintura. Se puso rígida y gritó contra su boca, y él la silenció con un beso para mantenerla callada. Pero algunos gemidos escaparon, su placer la estremeció y la invadió. Cuando Jake se sepultó en la preciosa blandura que lo ordeñaba, el éxtasis lo atravesó como un relámpago, derramándose apasionadamente, disminuyendo gradualmente hasta unos latidos indefensos.

Sin aliento, Jake le bajó las piernas al suelo. Se enderezaron, sus cuerpos húmedos enredados, sus bocas fundidas en tranquilizadores besos y suspiros. Las manos de Nessie se deslizaron bajo la camisa y se movieron por sus costados y su espalda en una tierna bendición. Se retiró de ella cuidadosamente y liberó su cuerpo sudoroso de la ropa.

De algún modo se las arreglaron para llegar hasta la cama. Jake los arrastró a ambos dentro del capullo de lana y lino y acurrucó a Nessie contra él. El perfume de ella, de los dos, eran rosas con un ligero toque salino en su nariz. Lo aspiró, enardecido por la mezcla de fragancias.

Me voliv tu —susurró, y acarició sus labios sonrientes con los de él—. Cuando un romaní le dice a su mujer, «te amo», el significado de la frase nunca es casto. Expresa deseo. Lujuria.

Eso complació a Nessie.

Me voliv tu —susurró en respuesta—. Jake...

—¿Sí, amor?

—¿Cómo se casa uno por el rito gitano?

—Se enlazan las manos delante de testigos, y hacen un juramento. Pero lo haremos al modo gadjo, también. Y de cualquier otra forma que se me ocurra—. Desató sus ligueros y desenrolló sus medias una a una, y masajeó los dedos de sus pies uno a uno hasta que ella emitió un sonido casi como un ronroneo.

Extendiendo la mano, le guió la cabeza hasta sus senos, arqueándose tentadora. La complació, llevándose un pico rosado a la boca y rodeándolo con la lengua hasta que se contrajo en un duro brote.

—No sé qué hacer ahora —dijo Nessie, con voz lánguida.

—Quédate así. Yo me encargaré del resto.

Ella se rió ahogadamente.

—No, lo que quería decir es, ¿qué hace la gente cuando finalmente alcanzan la felicidad eterna?

—Hacen que dure. —Acarició su otro pecho, moldeando con ternura la redondez con sus dedos.

—¿Crees en la eterna felicidad? —insistió ella, jadeando un poco cuando él le dio un pellizco juguetón.

—¿Como en los cuentos infantiles? No.

—¿No?

Él negó con la cabeza.

—Creo en dos personas que se aman. —Una sonrisa curvó sus labios—. Que encuentran placer en momentos compartido. Paseando juntos. Discutiendo sobre cosas como el tiempo necesario para cocer un huevo, o cómo manejar a los sirvientes, o el tamaño de la cuenta del carnicero. Acostándose cada noche, y despertando juntos cada mañana. —Levantando la cabeza, acunó un lado de su rostro con la mano —. Siempre he comenzado cada día yendo a la ventana para ver el cielo. Pero ahora no tendré que hacerlo.

—¿Por qué no? —preguntó ella suavemente.

—Porque te veré a ti en su lugar, tu belleza es mil veces más grande.

—Qué romántico eres —murmuró ella con una sonrisa, besándole con ternura—. Pero no te preocupes. No se lo diré a nadie.

Jacob comenzó a hacerle el amor de nuevo, tan absorto que no pareció notar el leve traqueteo de la cerradura de la puerta.

Mirando a hurtadillas sobre su hombro, Nessie vio el cuerpo largo y flaco del hurón de Alice estirándose para arrancar la llave en la cerradura. Sus labios se separaron para decir algo, pero entonces Jacob la besó y le separó los muslos. Más tarde, pensó vertiginosamente, ignorando la imagen de Dodger deslizándose bajo la puerta con la llave en la boca. Quizá más tarde sería un momento mejor para mencionarlo… Y pronto se olvidó completamente de la llave.

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