Capítulo 23

Aunque el pliashka, o ceremonia de compromiso matrimonial, tradicionalmente duraba varios días, Jake había decidido que durara sólo una noche.

—¿Hemos guardado la plata bajo llave? —Le había preguntado a Edward más temprano, cuando los gitanos del campamento del río comenzaron a llegar a la casa, vestidos con ropas coloridas y bisutería tintineante.

Phral —dijo Edward alegremente—, no hay necesidad de eso. Son familia.

—Precisamente porque son nuestra familia es por lo que quiero la plata guardada. En opinión de Jake, Edward disfrutaba demasiado del proceso del compromiso matrimonial. Algunos días antes había hecho alarde de presentarse como el representante de Jake, para negociar la dote de la prometida con Emmett. Los dos mantuvieron un fingido debate sobre los méritos respectivos de novio y prometida, y cuánto debería pagar la familia del novio por el privilegio de adquirir un tesoro como Nessie. Ambas partes habían concluido, con gran hilaridad, que valía una fortuna encontrar una mujer que soportara a Jacob. Durante todo el tiempo Jake estuvo sentado mirándolos con el ceño fruncido, lo que pareció divertir aun más a los participantes.

Concluida esa formalidad, el pliashka había sido rápidamente planificado y emprendido con entusiasmo. Un gran banquete sería servido después de la ceremonia de matrimonio, compuesto de cochinillo asado y carne de buey, todo tipo de aves de corral, y bandejas de patatas fritas con hierbas y gran cantidad de ajo. Por deferencia a Alice, el erizo no estaba en el menú.

La música de guitarras y violines llenaba el salón de baile, mientras los invitados se reunían en un círculo. Vestido con una camisa blanca suelta, cubierto con unos pantalones bombachos de cuero, botas, y una banda roja anudada a un lado de la cintura, Edward se situó en el centro del círculo. Sostenía una botella envuelta en seda brillante, cuyo cuello estaba rodeado con una ristra de monedas de oro. Hizo un gesto para que todo el mundo guardara silencio, y obedientemente, la música hizo una pausa.

Disfrutando del colorido tumulto de la reunión, Nessie se colocó junto a Jacob y escuchó cómo Edward hacía varios comentarios en lengua romaní. A diferencia de su hermano, Jacob vestía ropas de gadjo, aunque se había quitado la corbata y el cuello. La fugaz visión de la suave garganta de color moreno cautivó a Nessie. Deseó poner sus labios en el lugar donde latía firme su pulso. En lugar de ello, se contentó con el discreto roce de sus dedos contra los de ella. Jacob raramente era propenso a demostraciones públicas. En privado, sin embargo…

Nessie sintió como la mano de él envolvía la suya lentamente, su pulgar le acariciaba la carne blanda ligeramente por encima de la palma.

Terminando el breve discurso, Edward se volvió hacia Nessie. Desprendió hábilmente las monedas de la botella y se las colocó alrededor del cuello. Resultaban pesadas y frescas contra la piel, causando un estrépito jubiloso. El collar anunciaba que ahora estaba prometida, y que cualquier hombre que no fuera Jacob se acercaría a ella bajo su propio riesgo.

Sonriendo, Edward abrazó a Nessie con fuerza, murmuró algo cariñoso en su oreja, y le entregó la botella para que bebiera. Ella tomó un sorbo cuidadoso del fuerte vino tinto, y pasó la botella a Jacob, quien bebió después. Entretanto el vino, en copas generosamente llenas, fue servido a todos los invitados. Se oyeron varios gritos de «Sastimos» o salud, mientras bebían en honor a la pareja prometida.

La celebración comenzó en serio. La música volvió a la vida y las copas fueron rápidamente apuradas.

—Baila conmigo —murmuró Jacob sorprendiéndola.

Nessie asintió con una breve risa, observando a las parejas girar en espiral y moverse sinuosamente unos alrededor de otros. Las mujeres agitaban las manos alrededor de sus cuerpos, mientras los hombres golpeaban el suelo con los talones y daban palmas ruidosamente con las manos, dando vueltas todo el tiempo alrededor del otro manteniendo la mirada fija entre ellos tanto tiempo como era posible.

—No sé cómo se hace —dijo Nessie.

Jacob se puso detrás de ella y cruzó el brazo alrededor de su pecho, atrayéndola hacia él. Otra sorpresa. Nunca le había visto tocarla tan abiertamente.

Pero en medio del jaleo, nadie pareció advertirlo o no les importaba.

Su voz era cálida y suave en su oreja.

—Observa por un momento. ¿Ves que poco espacio se necesita? ¿Cómo se rodean unos a otros? Cuando los romanís bailan alzan sus manos al cielo, pero golpean el suelo con sus pies para expresar la conexión con la tierra. Y las pasiones terrenales. — Sonrió contra la mejilla de ella y la giró con suavidad hasta que lo enfrentó—. Ven — murmuró, y situó la mano alrededor de su cintura para empujarla hacia adelante.

Nessie lo siguió con timidez, fascinada por esa faceta suya que no había visto antes.

No había esperado que estuviera tan seguro de sí mismo, guiándola en el baile con gracia animal, mirándola con un brillo malicioso en los ojos. La convenció para levantar los brazos hacia arriba, para chasquear los dedos, incluso para menear sus faldas hacia él cuando giró a su alrededor. Parecía que no podía dejar de reír nerviosamente. Estaban bailando, y él era muy bueno en ello, convirtiéndolo en el juego del gato y el ratón.

Giró en círculos, y él la atrapó por la cintura, atrayéndola durante un ardoroso momento. El perfume de su piel, el movimiento de su pecho contra el de ella la llenó de un deseo intenso. Apoyando la frente contra la suya, Jacob la miró fijamente hasta que ella se ahogó en las profundidades de sus ojos, tan oscuros y brillantes como el fuego del infierno.

—Bésame —susurró ella jadeando, no le importaba dónde estuvieran o quién pudiese verlos.

Una sonrisa tocó sus labios.

—Si empiezo ahora, no podré detenerme.

El hechizo quedó roto por un carraspeo de disculpa en las cercanías.

Jacob miró a un lado, dónde estaba Edward.

La cara de Edward estaba cuidadosamente en blanco.

—Mis disculpas por interrumpir. Pero la señora Barnstable acaba de anunciarme que ha llegado un invitado inesperado.

—¿Más familia?

—Sí. Pero no del lado gitano.

Jacob, perplejo, sacudió la cabeza.

—¿Quién es?

Edward tragó saliva visiblemente.

—Lord Black. Nuestro abuelo.

Decidieron que Edward y Jake se encontrarían con Black sin que estuvieran presentes otros miembros de la familia. Mientras el pliashka estaba en su apogeo, los hermanos se retiraron a la biblioteca y esperaron. Dos lacayos entraban y salían, acarreando objetos de un carruaje: cojines, una banqueta cubierta de terciopelo, una manta de viaje, un calentador de pies, una bandeja de plata con una taza. Después de un montón de preparativos, Black fue anunciado por uno de los lacayos, y entró en el cuarto.

El anciano conde irlandés era físicamente poco impresionante, viejo, pequeño y enjuto. Pero Blck tenía la prestancia de un monarca destronado, una rancia grandeza entretejida de orgullo. Tenía unos bucles canosos recortados para cubrir su rojizo cuero cabelludo, y una perilla enmarcando su barbilla como los bigotes de un león. Sus sagaces ojos castaños evaluaron a los jóvenes desapasionadamente.

—Sois Jacob y Edward Cullen —afirmó en lugar de preguntarlo, con un marcado acento anglo-irlandés, las sílabas eran graciosas y ligeramente tediosas.

Ninguno de ellos contestó.

—¿Quién es el mayor? —preguntó Black, sentándose en una silla tapizada. Inmediatamente, un lacayo situó un banquillo bajo sus talones.

—Él —dijo Edward, señalando servicialmente a Jake, mientras Jake lo miraba de soslayo. Ignorando la mirada, Edward continuó como si nada—. ¿Cómo nos ha encontrado, milord?

—Un experto en heráldica se me aproximó recientemente en Londres con la noticia de que le habías encargado indagar sobre un diseño en particular. Lo identificó como el antiguo emblema de los Cullen. Cuando me mostró el boceto que había hecho del tatuaje de tu brazo, supe de inmediato quién eras, y por qué habías querido investigar ese diseño.

—¿Y por qué sería? —preguntó Edward suavemente.

—Quieres progresar social y financieramente. Deseas ser reconocido como un

Cullen.

Edward sonrió sin humor.

—Créame, milord, No deseaba ni beneficios ni reconocimientos. Simplemente quería saber quién era. —Sus ojos brillaron con disgusto—. Y pagué a ese maldito investigador para darme la información a mí, no para acudir primero a usted. Lo despellejaré por esto.

—¿Para qué quería vernos? —preguntó Jake con brusquedad—. No queremos nada de usted, y no obtendrá nada de nosotros.

—Primero, puede interesaros saber que vuestro padre ha muerto. Falleció, de hecho, hace semanas, como resultado de un accidente de equitación. Siempre fue un inepto con los caballos. Finalmente provocaron su muerte.

—Nuestras condolencias —dijo Edward con sequedad.

Jake se limitó a encogerse de hombros.

¿Así es cómo recibís la muerte de vuestro progenitor? —preguntó Black

—Me temo que no conocimos a nuestro progenitor lo suficiente como para mostrar una reacción más satisfactoria —dijo Jake sarcásticamente—. Disculpe la falta de lágrimas.

—Quiero algo más de vosotros que unas cuantas lágrimas.

—¿Por qué no me sorprende? —se preguntó Edward en voz alta.

—Mi hijo dejó una esposa y tres hijas. Ningún hijo varón, excepto vosotros. —El conde llevó hasta su sien sus dedos pálidos y nudosos—. Las tierras están vinculadas a la descendencia masculina, y no hay ninguno en la estirpe de los Cullen, en ninguna de sus ramas. Tal y como están las cosas ahora, el título Black y todo lo que conlleva se extinguirá a mi muerte. —Su mandíbula se tensó—. No dejaré que el patrimonio se pierda sólo por la incapacidad de vuestro padre para reproducirse.

Jacob arqueó una ceja.

—Difícilmente llamaría a dos hijos y tres hijas una incapacidad de reproducirse.

—Las hijas no son de ninguna utilidad. Y vosotros dos sois mestizos. No se puede afirmar que vuestro padre tuviera éxito en fomentar los intereses de la familia. Pero no importa. La situación debe ser tolerada. Vosotros sois, después de todo, legítimos herederos. —Una pausa acre—. Mis únicos herederos.

El vasto abismo cultural entre ellos fue evidente en ese momento. Si lord Black hubiera otorgado semejante dádiva a cualquier otra clase de hombre, hubiera sido recibida únicamente con éxtasis. Pero ofrecer a un par de romanís la perspectiva de una encumbrada posición social y vastas riquezas materiales no proporcionó a Black la reacción que había previsto.

En lugar de ello, ambos parecían singularmente... más bien enloquecedoramente... poco impresionados.

Black le dijo a Jake, irritado.

—Eres vizconde de Mornington, heredero de la hacienda Mornington en el condado de Meath. A mi muerte también recibirás el castillo de Knotford en Hillsborough, la hacienda Fairwall en el condado de Down, y Watford Park en Hertfordshire. ¿Significa eso algo para ti?

—En realidad, no.

—Eres el último de tu estirpe —insistió Black, elevando la voz—, de una familia que rastrea sus orígenes hasta el título nobiliario creado por Athelstan en el año 936. Además, eres el heredero de un condado de linaje más distinguido que tres cuartas partes de todos los pares de la Corona. ¿No tienes nada que decir? ¿Entiendes la notable buenaventura de la que disfrutas?

Jake lo entendía todo. También entendía que un viejo bastardo autoritario que una vez le había querido muerto, ahora esperaba que se desviviera por una herencia no solicitada.

—¿No nos buscó usted una vez, con intención de despacharnos como un par de cachorros no deseados?

Black lo miró con un ceño.

—Esa pregunta no guarda relación con el asunto que tenemos entre manos.

—Eso quiere decir que sí —le dijo Edward a Jake.

—Las circunstancias han cambiado —dijo Black—. Habéis llegado a serme más útiles vivos que muertos. Un hecho por el que deberíais estar agradecidos.

Jake estaba a punto de decirle a Black dónde podría meterse sus haciendas y sus títulos cuándo Edward le empujó a un lado con el hombro.

—Excúsenos —dijo Edward a Black por encima del hombro—, mientras mantenemos una charla fraternal.

—No quiero charlar —masculló Jake.

—¿Podrías escucharme por una vez? —Preguntó Edward, con tono suave, entrecerrando los ojos—. ¿Sólo por una vez?

Cruzando los brazos sobre el pecho, Jake asintió.

—Antes de que patees su viejo culo marchito —dijo Edward suavemente—, podrías querer considerar algunos puntos. Primero, que no va a vivir demasiado. Segundo, los inquilinos de las tierras de Black probablemente necesitan ayuda desesperadamente y una administración decente. Hay mucho que podrías hacer por ellos, incluso si eliges residir en Inglaterra y supervisar la parte irlandesa de la herencia desde lejos. Tercero, piensa en Nessie. Ella obtendría riqueza y posición. Nadie se atrevería a desairar a una condesa. Cuarto, aparentemente tenemos una madrastra y tres hermanastras sin nadie que cuide de ellas después de que el viejo estire la pata. Quinto…

—No hay necesidad de un quinto —dijo Jake—. Lo haré.

—¿Qué? —alzó las cejas—. ¿Estás de acuerdo conmigo?

—Sí.

Todos los puntos habían sido bien aceptados, pero la mera mención de Nessie hubiera sido suficiente. Ella viviría mejor y sería tratada con mucho más respeto como condesa que como la esposa de un gitano.

El anciano miró a Jake con una expresión agria.

—Pareces haber entendido mal si creías que te brindaba una elección. No te pedía nada. Te informaba de tu buena fortuna y tu deber. Además…

—Bien, todo está decidido —interrumpió Edward precipitadamente—. Lord Black, ahora tiene un heredero y un repuesto. Propongo que nos separemos para reflexionar sobre nuestras nuevas circunstancias. Si lo desea, milord, nos reuniremos de nuevo por la mañana para discutir los detalles.

—De acuerdo.

—¿Puedo invitarle a usted y a sus sirvientes a alojarse aquí durante la noche?

—Ya he hecho preparativos para otorgar mi compañía a Lord y Lady Uley. Sin duda habréis oído hablar del conde. Un caballero de lo más distinguido. Conocí a su padre.

—Sí — dijo Edward gravemente—. Hemos oído hablar de Uley.

Los labios de Black se apretaron.

—Supongo que deberé presentároslo algún día. —Les dedicó a ambos una mirada desdeñosa—. Si podemos hacer algo con respecto a vuestra forma de vestir y vuestros modales. Y vuestra educación. Que Dios nos ayude. —Chasqueó los dedos, y los dos lacayos recogieron velozmente los artículos que habían traído. Levantándose de la silla, Black permitió que le colocaran el abrigo sobre los estrechos hombros. Con una sacudida sombría de su cabeza, miró a Jake y masculló —: Como frecuentemente me recuerdo a mí mismo, eres mejor que nada. Hasta mañana.

En cuanto Black abandonó la sala, Edward fue al aparador y sirvió dos generosas copas de brandy. Con aspecto aturdido, entregó una a Jake.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—Parece el tipo de abuelo que tendríamos —dijo Jake, y Edward casi se atragantó con su brandy cuando se rió.

Mucho más tarde, esa noche, Nessie yacía sobre el pecho de Jake, su cabello fluyendo sobre él como destellos de luz de luna. Estaba desnuda salvo por el collar de monedas. Desenredándolo de su pelo con suavidad, Jake le quitó el collar y lo colocó en la mesita de noche.

—No lo hagas —protestó.

—¿Por qué?

—Me gusta llevarlo puesto. Me recuerda que me he casado.

—Yo te lo recordaré —murmuró él, rodando hasta que quedó recostada en el hueco de su brazo—. Tan a menudo como lo necesites.

Ella le sonrió, recorriendo los bordes de sus labios con las yemas de los dedos.

—¿Lamentas que lord Black te haya encontrado, Jake?

Él le besó las delicadas yemas de los dedos mientras consideraba cuidadosamente la pregunta.

—No —dijo finalmente—. Es un viejo imbécil y amargado, y no me preocupa pasar demasiado tiempo en su compañía. Pero ahora tengo respuestas a preguntas que me hice durante toda mi vida. Y... —Vaciló antes de admitir tímidamente—… no me importaría ser Conde de Black algún día.

—¿De verdad? —Lo miró con una amplia sonrisa interrogativa.

Jake asintió.

—Creo que podría ser bueno en ello —confesó.

—Yo también lo creo —dijo Nessie en un susurro conspirador—. De hecho, creo que mucha gente se sorprenderá de tu absoluta brillantez en decirles qué hacer.

Jake sonrió abiertamente y la besó en la frente.

—¿Te dije lo último que dijo Black antes de irse esta tarde? Dijo que frecuentemente se recuerda a sí mismo que soy mejor que nada.

—Qué viejo y estúpido bocazas —dijo Nessie, deslizando la mano detrás del cuello de Jake—. Y está completamente equivocado —añadió, poco antes de que sus labios se encontraran—. Porque, amor mío, tú eres mejor que todo.

Hasta mucho tiempo después, no hubo palabras.

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Solo falta el Epilogo :D