REENCUENTRO

Terminó el turno de Candy ese día y como siempre salió para ir por sus hijas al colegio y cuando estaba en la puerta del hospital encontró al señor Andley.

— ¡Candy!— ella giró cuando escuchó su nombre.

— ¡Albert! ¡Qué alegría verte!— dijo dándole un caluroso abrazo.

— a mí también me da gusto verte—

— ¿cuándo llegaste?—

— Ayer en la noche—

— ¿Y no me llamaste?— dijo frunciendo el ceño como si estuviera ofendida.

— Quería hacerlo, pero era demasiado tarde, así que decidí esperar unas horas más—

— te entiendo, y dime ¿cómo te fue en Escocia?—

— bien, ya sabes, el trabajo es pesado pero nos fue muy bien, ¿y tú? ¿Cómo has estado?

— Si te contara— contestó dejando salir un fuerte suspiro.

— ¿problemas con Michael?—

— no, no claro que no, es que… Terry está en la ciudad—

— ah, ya lo viste— dijo Albert nada sorprendido

— ¿sabías que vendría?—

— Si Candy, hace unos meses me escribió y me comentó que iba a pasar por aquí para presentar su obra, disculpa que no te haya dicho nada pero creí que sería lo mejor—

— Te lo agradezco— fue lo único que pudo decir.

— ¿vas a recoger a las niñas?—

— Sí, apenas y tengo tiempo— dijo viendo su reloj.

— te llevo, quisiera verlas—

— De acuerdo— abordaron el auto de Albert y se dirigieron a la escuela de Kate y Helen.

— Helen ¿puedo ir a jugar con Vicky en lo que llega mamá?— preguntó la pequeña.

— Sí, pero cuando llegue nos vamos inmediatamente— ordenó como buena hermana mayor.

— De acuerdo— dijo dando media vuelta para encontrarse con su amiga.

— Hola querida— saludó una pelirroja mujer a Helen.

— buenas tardes señora Leegan— saludó con cortesía.

— ¿no han llegado por ustedes?—

— no.

— No me extraña— sonrió con malicia— si él está aquí seguro están juntos

— ¿Quiénes?—

— ¿No sabes?— sonrió al ver que tenía la oportunidad de crear problemas.

— La que no sabe nada eres tu Eliza— dijo Candy bajando aprisa del auto— Helen ve a buscar a tu hermana.

— si mamá— dio media vuelta y corrió por Kate que intentaba trepar a un árbol.

— ¿Ahora qué quieres Eliza?— dijo Candy intentando no perder la paciencia.

— ¿yo? Nada—

— ¿entonces, qué haces aquí?—

— Este es un lugar público, no veo por qué no pueda estar aquí—

— te advierto algo, si intentas hacerle algo a mi familia…—

— ¿qué? ¿Me vas a acusar con tu esposo, o con William?— retó a la rubia riendo.

— No juegues conmigo Eliza, sabes que por mi familia soy capaz de todo, así que aléjate de ella—

— ¿por qué? ¿Tienes miedo que se enteren de tu pasado con tu querido actor?—

— No, no te tengo miedo—

— ¿entonces? ¿Por qué no les cuentas tus aventuras con él? Si te da pena o vergüenza lo puedo hacer yo—

— ya veo, si se trata de contar secretos, entonces yo le puedo decir a tu marido la vida "alegre" que llevaste por tanto tiempo robando el dinero de la familia Andley, apuesto a que el collar que traes es un recuerdo de esos viejos tiempos—

— insolente, ¿cómo te atreves a hablarme así?—

— Te dije que por mi familia soy capaz de todo, así que no quiero que te vuelvas a acercar a mis hijas, ¿me oíste?— dijo mientras la apretaba del brazo, Eliza intentó zafarse pero Candy era más fuerte—

— ¡Suéltame!— gritó arrebatando su brazo para irse derrotada en la discusión.

— ¿Estás bien Candy?— preguntó Albert que había estado tras de ella.

— Sí, es sólo que me saca de quicio, no puedo creer que después de tanto tiempo se empeñe en hacer daño—

— sabes que ella nunca cambiará—

— Por desgracia— suspiró y esperó a que sus hijas llegaran con ella.

— ¡Tío Albert!— gritaron las dos emocionadas al verlo.

— Mis pequeñas— dijo inclinándose un poco para abrazarlas— las extrañé mucho.

— Nosotras también te extrañamos, ¿cómo te fue?— preguntó la mayor.

— ¿Trajiste regalos?— preguntó la pequeña Kate.

— ¡Kate! Eso no se pregunta— la regañó su hermana y esta hizo una peculiar mueca idéntica a la de Candy.

— sí Kate, traje regalos, pero los tendrán que ir a recoger a casa— les guiñó un ojo.

— ¿podemos ir mamá?—

— Claro, por qué no—

— Entonces vamos— dijo Albert abriendo la puerta del auto para que subieran— ¿por qué no se quedan a comer?

— ¡Si!— se emocionaron las niñas.

— llamaré a Michael para pedirle que nos alcance— dijo Candy.

Llegaron a la mansión Andley y las niñas bajaron corriendo del auto para entrar de la misma manera a la casa, donde para su sorpresa se encontraron con Annie, Archie y David el hijo del matrimonio.

— ¡Tía Annie!— Kate corrió con ella.

— ¡Tío Archie!— Helen hizo lo mismo con él—

— claro, olvídense de mí— se quejó David, un chico de diez años con los ojos idénticos a los de su madre y facciones como las de su padre. Sus primas rieron lo abrazaron y besaron y salieron a jugar al jardín.

— ¡Annie! ¡Archie!— dijo Candy cuando entró. Los tres se saludaron con cariño y esperaron a ver la cara de sorpresa de Albert al ver a su familia en casa.

— Candy, ¿ya hablaste con… ¡Archie! ¡Annie!— exclamó asombrado— pero qué sorpresa— entraron a la sala y comenzaron a charlar.

— todavía no. Ahora vuelvo voy a llamar a Michael— dijo Candy dirigiéndose a la biblioteca a tomar el teléfono.

— Betty, hola, me pasas a Michael por favor— ¡Michael! Estamos en casa de Albert, vamos a comer, ¿te esperamos?, de acuerdo, apresúrate, te quiero, adiós— colgó el teléfono.

Recorrió con la mirada el lugar y contempló una fotografía. La boda de Candy con Michael. Albert había sido su padrino de bodas. Tomó la foto y recordó todo lo que había pasado diez años atrás:

Después de saber quién era en verdad Albert, Candy pudo continuar trabajando como enfermera, esta vez al lado de maestra Mary Jane, que nunca dejó de llamarla "Torpe".

Una noche, en una fiesta para recaudar fondos para el hospital, Candy llegó acompañada de Albert. El muy importante William Albert Andley había hecho una considerable donación al hospital para crear mejores instalaciones. Mientras los dos conversaban cerca de la puerta:

— ¿Candy?— preguntó un joven con uniforme militar muy apuesto — soy Michael, ¿me recuerda?—

— Michael… ¡claro que sí!— dijo la chica emocionada— Albert, te he hablado de él, me ayudó en cierta ocasión en casa de Eliza— ella los presentó y comenzaron a charlar.

— ¿Y qué lo trae por aquí?— preguntó Albert.

— pues la guerra ha terminado y necesito un empleo, así que uno de mis superiores me pidió que viniera a hablar con él esta noche, tal vez pueda trabajar en este hospital—

— ¡Sería maravilloso!— dijo Candy— yo trabajo aquí y honestamente faltan doctores—

— espero poder conseguir algo aquí—

— Seguramente si—

Después de esa noche los encuentros con Michael se hicieron cada vez más frecuentes, él consiguió trabajo en el hospital y de vez en cuando desayunaba con Candy en la cafetería, cenaban o comían, dependiendo del turno que tuvieran. Así comenzó una amistad, que pronto se volvió en cariño y comprensión, Candy encontró en Michael un amigo en quien podía confiar y no dudo en contarle su triste historia de amor cuando él le preguntó por qué no tenía novio.

Después de saber su historia Michael se dio cuenta de la gran mujer que era Candy, sacrificar su felicidad por la de otros era admirable y pronto esa admiración que sintió se convirtió en amor. Una tarde ambos salieron más temprano de lo habitual del hospital.

— ¡Hola Candy!— saludó el doctor.

— hola Michael, ¿cómo te va?—

— muy bien, ¿saliste temprano?—

— sí, mañana comienzo en otro turno y Mary Jane me dio la tarde libre, también quiere hablar conmigo mañana por la mañana. Me pregunto qué habré hecho esta vez—

— ¿Por qué lo dices?—

— la vi muy seria. Aunque siempre es así, pero esta vez la vi diferente— dijo la joven preocupada.

— No te preocupes, no debe ser nada malo, eres muy buena en tu trabajo— alagó Michael.

— ¿en serio?—

— ¡claro que si Candy! De no ser así, ya muchos pacientes estarían muertos no crees— bromeó.

— ¡no digas eso! Hago mi mejor esfuerzo por tratar a cada uno de la mejor manera posible—

— si Candy, lo sé, oye, te parece si vamos a cenar—

— claro—

— bien, ¿sabes? Hay un nuevo restaurante a unas cuadras de aquí, te parece si vamos—

— ¡claro que sí! hace tiempo que he querido ir.

— Entonces vamos— caminaron juntos hablando del hospital y sus pacientes. Llegaron y pidieron una mesa. Sam un camarero, que después de mucho esfuerzo se convertiría en el mejor empleado y camarero favorito de Candy y Michael, los atendió aquella vez.

— Candy, hay algo que he querido decirte desde hace mucho—

— ¿qué es Michael?—

— Dame un segundo— respiró profundo— no es sencillo—

— vamos Michael, dime—

— Candy, ¿quieres ser mi novia?— Candy abrió sus ojos de asombro, soltó una pequeña risa, suspiró y después de pensarlo un segundo.

— Sí, Michael— respondió con alegría.

Después de varios meses de soltería Candy tenía ya un novio, que la quería, la comprendía, la escuchaba y la admiraba. Él no le era indiferente a la joven, en ese corto tiempo lo había conocido a la perfección, sabía de sus gustos y preferencias, sabía de su familia, de su pasado, su presente y sus sueños a futuro. Candy comenzó a quererlo y poco a poco a amarlo.

Dos meses habían pasado desde que Candy había comenzado su noviazgo y en ese tiempo también tuvo la gran oportunidad de comenzar a enseñar en la escuela de enfermería, eso era lo que Mary Jane quería hablar con ella al día siguiente de comenzar su relación con Michael.

Una mañana se le hizo tarde; se levantó de buen humor ya que por la noche había dejado abierta la ventana de su habitación y un pajarillo la despertó con su canto. Se levantó corriendo, tomó una ducha y se preparó un té que tomó casi hirviendo con tal de salir rápido, tomó sus llaves y su abrigo, abrió la puerta y encontró el periódico en el piso, con un pie lo empujó al interior del apartamento y corrió para llegar a tiempo. Afortunadamente lo logró y llegó justo a tiempo para dar su clase. Candy era una buena maestra, sus estudiantes la querían ya que no era tan exigente y fría como todos los demás profesores.

— bueno señoritas, hemos terminado, dejen todo limpio y retírense— dijo después de haber terminado tres clase más.

— Sí, profesora— dijeron a coro y obedecieron. Cuando salió la última alumna Candy salió a comprar algo de comer ya que un té no era suficiente para ella.

— ¡Candy! ¿Cómo estás?— dijo Michael alarmado cuando la vio.

— ¿Bien?— dijo dudosa.

— ¿segura? ¿Cómo te sientes?—

— Estoy bien Michael, por qué—

— ¿no te has enterado?—

— ¿enterarme?, ¿de qué?— Michael buscó un periódico y cuando vio uno, lo arrebato prácticamente de las manos de un señor, buscó la página correcta y le mostró la noticia.

"en dos semanas boda en Broadway"

Susana Marlow, prometida del actor Terruce Grandchester anuncia que en dos semanas se casará con el famoso actor.

Candy no leyó más, se puso pálida y después de asimilarlo dijo – ya era hora—

— Candy, no debes hacerte la fuerte, se cuánto esto te afecta— dijo tomando su mano en señal de apoyo, a pesar de ser su novio entendía los sentimientos de Candy hacia el actor—

— No Michael, no me afecta, admito que me tomó por sorpresa, pero sabía que algún día iba a pasar, él lo prometió, prometió estar al lado de Susana y lo está cumpliendo—

Después de charlar un poco, Candy regresó a continuar con su labor y aunque estuvo un poco distraída cumplió bien su trabajo hasta el final de la jornada.

— Candy, quiero hablar contigo— dijo Mary Jane cuando vio que iba de salida

— dígame—

— Necesito un favor—

— lo que sea, cuente conmigo—

— gracias, mira necesito que alguien de confianza vaya a Nueva Orleans a dejar unos documentos importantes al director del hospital de allá, ¿puedo confiar en ti?—

— ¡Claro que sí! Solo dígame cuando debo ir para dejar preparadas mis clases y las tareas—

— la próxima semana –

— Está bien—

— gracias Candy, sabía que podía confía en ti— sonrió como nunca lo había hecho y miro con cierta ternura a la joven— ahora, "torpe" ve a casa— ordenó con su tono habitual.

— Gracias, buenas noches— se despidió y partió rumbo a su departamento.