Capítulo 1

El diablo aún dormía.

Candy White se apretujó más contra la ventanilla de la diligencia. El granjero que estaba sentado a su lado gru ñó y cambió el punto de apoyo de su considerable peso para apoderarse del pequeño espacio que la joven había dejado en tre ellos. El movimiento envió hacia ella otra ráfaga de fétido olor a pescado y sudor rancio.

Lanzó una mirada al hombre que se encontraba senta do frente a ella. Aun dormido, el rostro, alargado, moreno palido y de nariz romana, parecía arrogante. Se estremeció al recordar sus gélidos ojos oscuros, los había visto al subir a la diligencia en Londres. Era parecido a la representación de Satanás en el ejemplar que tenía su padre de ElParaísoperdido.Éste, con toda seguridad, era el primer espécimen de todos los que se encontraría en la «flor y nata» británica: un perezoso, inútil, borracho, engreído, mujeriego y degenerado producto de años de endogamia.

Tragó saliva. Por Dios, su tío era conde. ¿Y si fuera tan frío como este tipo?

Dando bandazos el coche dobló una esquina y entró traqueteando al patio de una posada. Candy rebotó contra uno de los anchos muslos de su vecino y casi se partió el codo con tra el panel de madera de la ventanilla.

¡A y! - Apretó los labios, pero ya era demasiado tarde. Había despertado al demonio.

La frialdad de sus ojos oscuros se encendió en un destello de enojo. Su mirada dura se deslizó sobre ella, desde el mechón de cabello dorado rojizo que caía sobre su frente hasta su poco ele gante y soso vestido. Torció el labio superior en una sonrisa despectiva. La muchacha sintió ganas de desaparecer dentro del asiento. Incluso el grueso granjero contuvo el aliento.

Afortunadamente, justo en ese momento se abrió la puerta del coche.

— ¡Llegamos al GreenMan—gritó el cochero—. Será mejor que bajéis a estirar las piernas.

El hombre lanzó una última mirada a Candy, se enco gió de hombros y se dio la vuelta empujando al cochero para pasar. El compañero de asiento de Candy exhaló un suspiro que se sumó al de ella. Observaron al tipo pavonearse atrave sando el patio para luego desaparecer en el interior de la casa.

—Gracias a Dios —farfulló el granjero mientras su vo luminoso cuerpo atravesaba trabajosamente la puerta del coche.

Candy avanzó poco a poco a lo largo del banco para des cender también. Había estado sentada, todo el trayecto desde Liverpool y tenía la sensación de que nunca más iba a poder enderezar las caderas y las rodillas. Tomó complacida la mano que le ofrecía el cochero. Al poner los pies sobre los adoquines se tambaleó.

—¿ Se siente bien, señorita?

Los ojos castaños del cochero la miraban desde debajo de unas pobladas y encanecidas cejas con una cálida expresión de preocupación.

—Sí, gracias. Estoy bien.

Soltó la mano del hombre y rebuscó en su bolso, del que sacó dos monedas que no tardaron en desaparecer entre los dedos carnosos y fuertes del cochero.

—¿Van a venir a recogerla? —preguntó él, guardán dose el dinero en un bolsillo.

Candy bajó los ojos, jugueteando con el bolso.

—Tengo parientes cerca.

—Bien. —Se llevó la mano al ala del sombrero—. En tonces buenas noches, señorita. —Se inclinó hacia ella y en voz baja le dijo— Si yo fuera usted me mantendría lejos de ese tipo que viajaba con ustedes, del encopetado ése.

Candy asintió.

—Es exactamente lo que pensaba hacer.

—El gordo apesta a pescado. Pero el encopetado...—El hombre meneó la cabeza—. Ése apesta a...

—A maldad. Completamente de acuerdo. Realmente espero no volver a verle.

Candy sonrió al cochero y se dirigió hacia la posada. La casa se veía sólida y acogedora. De sus ventanas salía luz y ruido. Oyó el tintineo de jarros y cubiertos mezclado con la risa ronca de los hombres en el salón.

Un aroma a cerveza y carne asada le salió al encuentro, pero su estómago se resistió. Estaba demasiado cansada para comer. Lo único que deseaba era un cuarto con una cama.

El posadero se echó hacia atrás el pelo grasiento mien tras ella se acercaba a la recepción. Al examinar el vestido arrugado y el sombrero aplastado de la joven, el hombre frunció los labios. Su aspecto no podría haber sido más agrio ni aunque hubiera masticado un barril de limones.

Candy suspiró y enderezó los hombros.

—Necesito una habitación para pasar la noche, por favor.

—No tengo.

—¡Tiene que tener algo! —Tragó saliva y respiró pro fundamente. No podía presentarse en casa de su tío en medio de la noche, exhausta y sucia—. Me iré por la mañana. Voy a visitar a mi tío, el conde de Brown.

El hombre lanzó un bufido.

—Conque el conde es tu tío, ¿eh? Pues el mío es el Príncipe Regente. Vamos, muchacha. Sé a qué te dedicas, así que ve a ejercer tu oficio a otra parte.

Candy parpadeó.

No puede usted pensar que soy... dijo con una voz chillona. Volvió a tragar saliva e intento de nuevo terminar la frase—. Que soy...

No, no podía decir la palabra.

El posadero sí que pudo.

—Una ramera, una mujer de la vida, una fulana. —Son rió con desprecio—. Te agradecería que te marcharas de mi posada.

En el preciso momento en que acababa de escupir estas últimas palabras, entró al vestíbulo un hombre alto, de cabe llo rojizo.

Inmediatamente el hombre de la recepción hizo una reverencia.

—¿ Sí, milord ? ¿ Necesita algo ?

—Me parece que quien necesita un poco de amabilidad eres tú, Jake —dijo el recién llegado, arrastrando ligeramen te las palabras. Apenas miró al posadero; dirigió toda su aten ción hacia Candy—. No arrojarías a esta pobre dama en apuros hacia la oscuridad de la noche, ¿verdad, amigo?

—¿La conoce, milord?

El posadero lanzó una mirada preocupada en dirección a Candy, quien sonrió ligeramente. Ella sin duda no conocía a su potencial salvador.

—Pues no nos hemos presentado, pero yo estaba es perándola

Se acercó, apoyando una mano contra la pared. Candy olió su aliento en sus palabras. Este caballero Rubio con destellos rojos había bebido sin duda alguna que otra botella de brandy.

Debería haber sentido miedo, pero había en él algo ex trañamente familiar.

Estudió sus ojos color azules con vivos verdes, ligera mente nublados, y su sonrisa torcida.

Quizás le recordaba a los fervorosos jóvenes que solían reunirse en el estudio de su padre a discutir sobre política mientras bebían jarras de pon che de ron.

Vamos -dijo el-. Su cuarto queda por aquí. Tambaleándose hacia las escaleras se aferró a la barandilla.

Debía de haberla confundido con otra viajera. La joven lo siguió mientras él subía los angostos peldaños dando tras piés, para luego avanzar por el corredor haciendo eses. Su conciencia le instaba a hablar, pero su cuerpo exhausto man daba callar a su conciencia. No podía dar un paso más esa no che. Seguramente la mujer a quien esperaba su escolta peli rrojo no llegaría esa noche. Y si llegara, lo entendería. Cualquier mujer estaría dispuesta a compartir su habitación en una situación así.

El hombre por fin encontró el cuarto que estaba buscan do. Abrió la puerta y dio un paso al lado para dejar pasar a Candy. Se detuvo en el umbral. Había un punto que debía aclarar.

—Éste no es su cuarto, ¿verdad, señor?

Él apoyó uno de sus anchos hombros contra la jamba de la puerta y sonrió abiertamente. Era imposible no respon der al brillo de sus ojos (aunque fuera producto del alcohol) y al profundo hoyuelo que se formaba en su mejilla derecha. Candy le devolvió la sonrisa. Se inclinó hacia ella.

—¡Oh no!, mi cuarto está al fondo del corredor.

—¡Ah! —Candy intentó no ahogarse con los vapores del brandy que la envolvían—. Pues, siendo así, se lo agradez co. —Entró a la habitación. El hombre permaneció junto a la jamba. No podía cerrar la puerta sin darle en los dedos. Lo miró sin saber qué hacer—. Realmente aprecio su ayuda.

Él asintió con la cabeza.

—Agua —dijo—. Apuesto a que también apreciaría que consiguiera agua para que pueda lavarse.

—Gracias, sería estupendo. —Quitarse de encima el polvo del viaje parecía una bendición casi tan grande como dormir—. Pero no quiero ser una molestia.

—Ninguna molestia. —El hoyuelo se hizo más pro fundo—. Albert también me lo agradecerá. Haré enviar agua inmediatamente.

—¿Quién es Albert? preguntó ella, pero su nuevo amigo ya había desaparecido escaleras abajo.

Candy se encogió de hombro» y cerró la puerta. Quién era el misterioso Albert era un enigma que resolvería por la ma ñana, cuando su pobre cerebro estuviera a la altura de esa tarea.

Enseguida apareció una jovencita con una gran jarra y una toalla. Candy esperó a que saliera y se quitó toda la ropa. El fuego le entibiaba la piel mientras se lavaba para quitarse la sal marina del cuerpo y del cabello. Cuando estaba secándose con la toalla observó la ropa que acababa de quitarse. La había usado durante tres largos días y no soportaría volver a ponér sela. Sacudió enérgicamente cada una de las prendas y las col gó para que se airearan. Con suerte al llegar la mañana estarían en un estado aceptable. No deseaba apestar a mar cuando conociera a su tío.

Tenía un nudo en el estómago. ¿Por qué su padre ha bía insistido en que viniera a Inglaterra? Había perdido la cuenta de las veces que le había oído denostar a la aristocracia, refiriéndose a ella con frases como «una sentina de idiotas» y «la infección mortal de Inglaterra». Sin embargo, en su lecho de muerte él había insistido en que fuera a casa de su herma no el conde.

—Ve a casa, Candy —había susurrado con un hilo de voz—. A Inglaterra. —Entre jadeos había intentado incorporarse—. Prométemelo.

Candy se tragó las lágrimas que se agolparon de repen te. Nunca olvidaría la sonrisa de su padre ante su promesa. Momentos más tarde, cuando hubo exhalado su último suspi ro, realmente parecía haber hallado la paz.

Suspiró, pasando el peine a través de la mata de cabello mojado. Si tan sólo esa promesa también le hubiera dado paz a ella... Las hermanas Hill no habían dejado de acosarla para que cambiara de idea desde el momento en que les había dicho que se marchaba hasta que hubo subido a bordo del Mauritaniarumbo a Inglaterra.

¿Cómo pudo George pedirle que viajaras tan lejos? —había dicho por enésima vez Pony, la hermana baja y ro busta, mientras Candy cerraba por última vez la puerta de la casa de su padre.

—Era la fiebre que hablaba por él —había dicho María, la hermana alta y flaca, dando palmaditas en la mano de Candy—. Aún no es demasiado tarde para cambiar de opinión, querida. Simplemente mandamos a avisar al puerto.

Pony asintió tan vivamente que sus tirabuzones grises le rebotaron sobre las orejas.

-Tu padre está muerto, Candy. Ahora necesitas hacer lo que sea mejor para ti.

—¿Qué sucederá si vas a Inglaterra y el conde te recha za? Estarás sola, a merced de todos esos hombres inescrupulosos

María se estremeció, estrujándose las manos con tan tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Es verdad, Candy. —Los regordetes dedos de Pony se hundieron en el brazo de Candy—. Has tenido una vida muy tranquila en Lakewood. ¡No tienes ni idea de dónde vas! Vaya, apenas si has hablado con hombres de aquí, y los hom bres americanos son realmente muy diferentes de aquellos ingleses pervertidos. Tan diferentes como los gatos domésti cos de los leones devoradores de hombres.

—Devoradores de mujeres —susurró María.

—Totalmente cierto. Esos duques, condes y qué sé yo qué más, ésos se creen que las mujeres están ahí para tomar las y luego descartarlas.

Candy sacudió la cabeza para ahuyentar ese recuerdo perturbador. Era demasiado tarde para lamentos. Ya estaba aquí. Esperaba que su tío la recibiera bien. Si no era así... No, no pensaría en eso. No permitiría que la preocupación le arruinara la primera oportunidad que tenía en meses de dormir en una cama de verdad en tierra firme. Sin importar qué sucediera con el conde, no pensaba volver a cruzar el Atlántico.

Haciéndose esa promesa, apagó de un soplido las velas y se metió en la cama.

William Albert, Duque de Andrew, apartó la vista del fuego cuando el Mayor Alister Cromwell entró en el salón pri vado dejando la puerta entreabierta.

—Me parece haber visto al malvado de tu primo Niell en el salón, Albert —dijo Alister, pasándose las anchas palmas por el oscuro cabello rizado—. Debe haber vuelto a aparecer en escena. Dios, ¡cómo me gustaría hundirle en la cara esa larga nariz puntiaguda!

—¿Niell está aquí? —Albert levantó una ceja—. Me pregunto qué diablos pretende dejándose ver por aquí.

—Diablo le queda bien. —Alister se acercó al fuego, junto a Albert—. Cada vez que le miro espero ver cuernos y un tridente. Realmente deberías hacer algo con ese tipo.

Tras servirle un vaso de brandy a Alister, Albert estiró los pies enfundados en sus botas en dirección al hogar y ob servó el resplandor del fuego a través de la copa.

—¿Qué sugieres? En Inglaterra el asesinato, aun jus tificado, por lo general no tiene la aprobación de la sociedad.

—Llámalo exterminio. —Alister bebió un sorbo de brandy—. Estarías librando al país de una alimaña.

—Desearía que todos pensaran como tú. —Había amargura en la voz de Albert—. Nadie creerá que Niell re presenta una amenaza para mi vida hasta que deje mi cadáver en un umbral de Bow Street.

—No puedo creer que sea para tanto.

—Pues créelo. —Albert empezó a contar con los dedos las evidencias—. La cincha de mi caballo se afloja de repente y caigo al saltar. ¿Incompetencia de un mozo de cuadra? El hombre jura que la cincha estaba ajustada la última vez que revisó al caballo y, sinceramente, yo le creo. De la torre de Andrew se suelta una piedra y me salvo por un pelo de que me caiga encima. El lugar tiene cientos de años. La argamasa no dura para siempre. Me empujan en una calle de Londres y casi caigo delante de un carruaje que se aproximaba. Un desafortunado accidente. ¿No sabes acaso que las aceras están realmente atestadas ?

Albert apuró un gran trago de brandy.

—Demasiados accidentes, en mi opinión —dijo Alister.

—Exacto.

—¿ Y nadie ve la mano de Niell en ellos?

—Niell nunca está cerca. Nada lo señala como el vi llano, He hecho las averiguaciones que he podido, pero nadie pudo vincularlo con ninguno de mis «accidentes». Hay gente en Londres que cree que yo debería estar en Bedlam. La última vez que intenté contratar a alguien de Bow Street para que me ayudara a investigar el asunto, se me recordó que la guerra había terminado y que debería relajarme y acostum brarme a la vida civil.

—¡Maldita sea!

—¡Eso mismo digo yo! —Albert se reclinó en su silla—. De modo que, ahora que has visto a Niell rondando por aquí, confieso que estoy más dispuesto a aceptar la idea de Anthony de pasar la noche en el GreenMan.He llegado a la conclusión de que viajar de noche no es bueno para mi salud, puesle da a Niell demasiadas tentadoras oportunidades de enviarme al Más Allá.

Albert cambió de posición en la silla para mirar directa mente a Alister.

—Hablando de Anthony, supongo que no le has visto en la sala, ¿verdad?

—No.

—Qué lástima. Está demasiado borracho para dejarle solo.

—¿Quién está demasiado bo.. .borracho?

Albert se volvió para mirar al hombre castaño que se reía por lo bajo en la entrada.

—Ah, Anthony. Estábamos preguntándonos dónde te habías metido. Entra, si es que no necesitas la jamba de la puerta para mantenerte en pie.

—Por supuesto que no, Albert. —Anthony cruzó la habitación con cuidado y se dejó caer en una silla—. ¿Habéis esta do hablando de la sensual Eliza en mi ausencia?

—Te agradecería que no usaras la palabra «sensual» para referirte a mi futura esposa —dijo Albert.

—Pues ahí tienes razón. Eliza es casi tan sensual como una ciruela congelada.

—Anthony...

Las cejas de Albert se juntaron en una mueca severa mientras comenzaba a ponerse de pie. Alister le apoyó una mano sobre el brazo.

—Detesto decirlo, Albert, pero esta vez Anthony tiene razón. Por el amor de Dios, hombre, ¿por qué piensas que los bromistas la llaman la Reina de Mármol? Tiene la frialdad de una roca.

En un gesto de borracho Anthony palmeó a Albert en el hombro.

—Escucha a Alister, Albert. Él es inteligente. Héroe de guerra, como tú. Si él te dice que no te acerques a Eliza, hazle caso. Ni que fuera la única mujer que va a aceptarte. Todas las muchachas solteras, y la mitad de las casadas, apro vecharían la oportunidad de convertirse en la próxima Du quesa de Andrew.

—Lo dudo. —Albert alzó la mano mientras Anthony y Alister empezaban a manifestar su desacuerdo—. No, ya co nozco a todas las muchachas que están en el mercado matri monial. Dios, han estado asediándome desde que murió mi padre. Estoy harto. Eliza servirá. Ya hace algunos años que está en edad de casarse, no es una jovencita en su primera temporada social. Es la hija de un duque, así que sabrá mane jar mi casa. —Miró directamente a Anthony—. Y estoy seguro de que es perfectamente capaz de cumplir con sus demás de beres de esposa.

—Bueno, es una mujer, te concedo eso, por lo cual debe ser capaz de darte un heredero —dijo Anthony—, pero ¿acaso no quieres disfrutar el proceso?

Albert sintió que le ardía la cara.

—Estoy seguro de que Eliza y yo podemos llevar nos bastante bien.

—Pero... ¿por qué tanta prisa? — preguntó Alister—. ¡Maldición, amigo, sólo tienes veintiocho! Yo tengo treinta y no estoy luchando por conseguir a alguien para casarme. —Se inclinó hacia Albert —. Sobreviviste a la guerra. ¿Por qué ahora tanta prisa en tener un heredero?

—Acabamos de hablar acerca del motivo de mis prisas, Alister: el ambicioso de mi primo Niell. Está algo ansioso por convertirse en el próximo duque de Andrew.

Más tarde Albert depositó a sus amigos borrachos en sus respectivos aposentos y se dirigió hacia el suyo. Lamenta blemente, aún estaba demasiado sobrio. No había medida de brandy que pudiera ahogar los pensamientos que se agitaban en su mente.

La habitación estaba oscura; la única luz provenía del rescoldo de la chimenea. Se quitó de un tirón las botas y las medías y con un movimiento de los hombros dejó caer la camisa al suelo. No estaba exactamente ansioso por pedirle al duque de Leegan la mano de su hija. No porque éste fuera a sor prenderse o disgustarse. El hombre le había dado suficientes indicios la última vez que se habían encontrado en White's. Albert confiaba en que su proposición sería aceptada.

Dejó caer los pantalones y los calzoncillos. El matri monio con Eliza no sería la tragedia que Alister y Anthony creían parecer (nunca había esperado encontrar el amor en Almack's). En algún momento tenía que casarse. Eliza serviría. Sólo esperaba que Niell reconociera su derrota una vez, que el nudo estuviera atado.

Desnudo, caminó sin hacer ruido hasta el lavabo. El agua estaba tibia, pero en la Península se había desacostumbrado a las comodidades. Cerró los ojos, imaginando a Eliza Leegan. Pelirroja, ojos azules... ¿O eran verdes? ¿O cas taños? No estaba seguro. Menuda. Le llegaba a la mitad del pecho. Tenía una encantadora vista de su peinado cuando bai laban el vals. Sus labios... bueno, no decía demasiadas cosas interesantes. No terminaba de decidirse a probar su sabor.

Se secó la cara con una toalla. No quería casarse con Eliza. Hubiera preferido casarse con una chica que le gustara, pero aún no había encontrado una ni esperaba en contrarla pronto. Se frotó los ojos con la parte inferior de las palmas. Dios, se sentía atrapado. Indudablemente, se le estaba acabando el tiempo. La rueda de ese carruaje con el que Niell había intentado acabar con su vida no le había partido el cráneo de milagro.

—humm.

Albert se volvió. ¡Maldición! Había alguien más en la habitación. ¿Cómo podía haber sido tan terriblemente descui dado? No había esperado encontrar problemas en el GreenMan,lo cual por supuesto lo convertía en el lugar perfecto para tenderle una trampa. Se abalanzó para agarrar el atizador de hierro que estaba junto al fuego y vio la ropa sucia ex tendida allí. Se detuvo. Medias, una combinación, un vestido. ¿Ropa de mujer? Ahora entendía la risa disimulada de Anthony. Había metido una fulana en su habitación.

Dejó el atizador junto al fuego y cautelosamente se acercó a la cama. La muchacha estaba dormida, cubierta hasta la barbilla con una frazada. Albert encendió una vela. Farfulló algo y se movió, la frazada se deslizó levemente dejando al descubierto su cuello y hombros.

Era hermosa. Tenía el largo cabello suelto, desparra mado sobre la almohada como un lazo color de oro. Sus fac ciones eran tan finas como toscas sus ropas. Albert observó sus pómulos altos, las pestañas largas y la elegancia de su cue llo. A la tenue luz de las velas parecía joven e inocente.

—Vamos, cariño, es hora de levantarse.

Le tocó el hombro. Su piel era suave y cálida. Recorrió con la vista la línea de las clavículas hasta la depresión en la base del cuello. Se imaginó recorriendo esa línea con los labios.

Imperaba que la muchacha no despertara ahora. Aun que; sin duda era una fulana podría sobresaltarse por la incon fundible evidencia de su interés en ella. Allí de pie, desnudo, no tenía modo de ocultar su admiración.

La joven movió nerviosamente un hombro y se hun dió más en las almohadas. ¿Quién era? ¿Era posible que Anthony la hubiera traído desde Londres? No lo creía, pero obvia mente era un desperdicio que una muchacha así estuviera en una posada remota como el GreenMan.Parecía lo suficientemente fina como para ser la amante de un hombre rico. ¿Y qué talsu propia amante? Lo pensó y se sorprendió al darse cuenta de que la idea le resultaba tentadora.

Lo decidiría por la mañana. Estaba claro que la chica estaba exhausta. Nunca lo había pensado, pero suponía que las prostitutas no dormían demasiado. Tenían que trabajar sobre sus pies durante el día y sobre sus espaldas por la noche. La dejaría dormir y vería que ocurría al día siguiente.

Se metió en la cama por el otro lado. Podía sentir el calor del cuerpo de esa mujer y oír el ritmo acompasado de su respiración. Sonrió mientras cerraba los ojos y trataba de hallar una posición cómoda. Sí que esperaba con ansias el nuevo día.

Lo primero que Albert percibió fue el dulce perfume, delicado, limpio, femenino. Respiró más profundamente y sintió un suave peso sobre el pecho. Y una deliciosa tibieza a lo largo del costado. Y algo redondo y suave contra la parte superior del brazo. La tibieza se acurrucó más cerca y una leve exhalación le hizo cosquillas en el cuello.

La muchacha. Aún estaba en la cama con él. Tragó sali va, intentando controlar el flujo de sangre que corría por su cabeza y por cierta parte de su anatomía. «No saltes sobre ella como una fiera hambrienta», se dijo a sí mismo. Disfruta el momento.

Abrió lentamente los ojos. La colcha se había deslizado hasta su cintura durante la noche. Sobre su pecho descansaba el brazo esbelto de la joven. Siguió la delicada curva de su mu ñeca y su antebrazo, el ángulo tierno del codo. Una cortina de largo cabello rubio le ocultaba el rostro y el pequeño pecho que él sentía descansando contra su costado y brazo. También quería verlos. Deseaba verla entera.

Cuidadosamente levantó la mano que le quedaba libre (no quería despertarla justo ahora) y le tocó el cabello. Era suave, salpicado de algunas hebras rojizas. Enredó los dedos en los sedosos mechones, levantándolos para poder observar la cara de la muchacha. Tenía la piel de color melocotón, tenía pecas. La nariz era respingona y los labios un tanto finos. Quizás cuando abriera los ojos (y la boca) se rompiera el encanto, pero por ahora parecía la prince sa de un cuento de hadas. Era sin duda la prostituta más her mosa que había visto en su vida.

Dejó vagar sus ojos hacia el peso suave y cálido que des cansaba sobre su brazo, y cuya punta ligeramente más oscura sobresalía contra el costado del cuerpo de él. Una exquisitez.

No tenía ni idea de dónde había hallado Anthony a esta joven, pero en ese momento no le importaba. Tenía asuntos mucho más interesantes en que ocupar su mente.

Sonrió mientras le apoyaba los labios sobre la boca.

Candy estaba inmersa en el sueño más asombroso que hubiera tenido jamás. Estaba en una gran cama mullida y de algún modo su abrigado camisón de franela había desapareci do. Pero no sentía frío. Más bien tenía calor. Mucho calor. Había algo grande y caliente a su lado. Se apretaba contra ello. La sensación era pecaminosamente maravillosa. Aspiró un tibio perfume a brandy y lino.

Sintió una deliciosa presión sobre los labios. Firme y suave a un tiempo. Aterciopelada. Seductora. Su boca se mo vió para explorar la nueva sensación y fue recompensada con un calor húmedo.

«Despierta», dijo una voz suave. Algo tan bueno no podía estar bien.

Candy acalló la voz.

Oyó un extraño y breve gemido y la presión abandonó mis labios. Gimió, deseando que regresara y así fue, pero esta vez, sobre su cuello, justo detrás de la oreja. Alzó la barbilla para darle más espacio a la deliciosa presión. Ésta bajó por su cuello con pequeños mordiscos y lengüetadas, deteniéndose justo antes de llegar a sus pechos anhelantes.

Algo cálido y fuerte le masajeó la parte posterior del cuello, deslizándose por la espalda hasta sus caderas, esquivando las zonas que más ardían por ser tocadas. Estaba en lla mas. Se retorció, jadeando.

—Dios, qué linda eres, cielo.

Una voz de hombre.

Abrió de golpe los ojos y éstos se encontraron con otros, cálidos y de color azul, y con unos cabellos dorados y unos labios que parecían esculpidos... y que en ese momento se disponían a saborear la punta de uno de sus pechos.

Lanzó un alarido y de un empujón apartó un pecho masculino completamente desnudo. Volvió a gritar, apartan do las manos como si se hubiera quemado.

—Qué demo...

El hombre se incorporó con el ceño fruncido. Candy aprovecho la oportunidad para coger su almohada y lanzarla hacia él.

—¡Fuera de aquí, pedazo de... de... libertino!

—¿Libertino?

Agachó la cabeza. Candy se volvió hacia él otra vez y le golpeó con fuerza en una oreja.

Eso es lo que dije. Fuera de mi cama. Salga de mi ha bitación o grito.

—Ya estás gritando, cariño.

—Pues gritaré más fuerte.

Se incorporó, sosteniendo la almohada en alto con am bas manos, lista para derribarle al suelo si no salía de la cama por propia voluntad.

Los ojos de él asumieron una extraña expresión absor ta. No la miraba a la cara. La muchacha siguió sus ojos para ver qué los atraía así.

—¡ Ah! —Ella bajó inmediatamente la almohada para cubrirse el pecho.

Fue en ese momento cuando la puerta se abrió de golpe y otra mujer lanzó un grito.

—¡Albert!

—Maldición —farfulló el hombre—. Tía Elroy. ¿Qué demonios hace ella aquí?