Hola chicas, he aquí que les traigo una historia romántica, que e adaptado a los personajes de Candy Candy, obra de Mizuki e Igarashi.

Aclaro ante todo que esta novela no es de mi autoria, pertenece a Sally Mackenzie, una gran escritora de romance, me encanto para Albert y Candy, espero lo disfruten y cualquier comentario o critica dejenme mensajito, la adaptacion es solo para entretener, no tiene ninguna pretensión de plagio ni nada parecido, respeto totalmente la creación de su autora, gracias.

Capítulo 2

Candy contemplaba horrorizada la multitud de rostros en la puerta.

El desagradable posadero la miraba con gesto de des precio y a la vez se restregaba las manos. Un par de lacayos reían con disimulo. El caballero borracho de la noche anterior intentaba sin éxito sofocar la risa. También lo presenciaron dos ancianas damas, una alta y la otra baja, de rostros arruga dos y ojos perspicaces e inquisitivos enmarcados por sombreros la moda.

—Albert—volvió a decir la más alta, esta vez sin gritar.

Ella y su dama de compañía tenían los ojos fijos en la almohada de Candy, que era todo cuanto la separaba de la exposición total. La joven se ruborizó y deslizándose hacia abajo se metió en la cama, cubriéndose hasta la barbilla con la delgadamanta.

—Tía, qué alegría verte. Disculpa que no me levante.

Albert podía sentir un rubor caliente cubriéndole la cara. No le sorprendería que el rojo hubiera cubierto todo su cuerpo, incluyendo esa parte rebelde que estaba formando una indecorosa elevación en la delgada manta. Cambió de posición.

—Albert…

Su tía parecía haberse quedado sin palabras.

Él sonrió ligeramente mientras examinaba a la gente de pie en su puerta. Lady Elroy Andrew, la hermana mayor de su padre, alta y de rasgos angulosos, con más de setenta años en su haber, le miraba fijamente, cubierta de un rubor que emulaba el suyo. Detrás de ella, su habitual dama de compañía, Lady Sara Smyth. En la mitad de su sexta década, era pequeña y de aspecto delicado. Una engaño sa ilusión. Bastaba que el menor chisme se atravesara en su camino para que fuera a la caza de los detalles como un hurón tras una ratonera.

Ahora sus perspicaces ojos castaños se mo vían rápidamente de un lado a otro de la habitación, prestan do minuciosa atención a todo (las ropas de la muchacha junto al fuego, los pantalones de él en el suelo).

Finalmente se posa ron sobre la joven. Albert juraría haber visto la nariz del hurón moverse nerviosamente. La muchacha se arrastró aún más abajo, cubriéndose con las mantas.

Anthony por fin había conseguido dominar la risa. Aho ra su cabeza sobresalía por encima de la de la tía Elroy. Abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua, pero sin produ cir sonido alguno. Hacía con la mano el gesto de cortarse la garganta. Albert no estaba seguro de qué estaba tratando de decir, pero no le parecía mala idea cortarle la cabeza a alguien, preferentemente a Anthony.

—Anthony, ten la amabilidad de llevar abajo a tía Elroy y a lady Sara. Y cierra la puerta al salir.

—Albert...

—Sí, tía. Enseguida bajo. Ahora, por favor, bajad con Anthony.

Albert suspiró aliviado cuando la puerta finalmente se cerró. Se volvió hacia la muchacha. Ésta aún apretaba las mantas contra el pecho, mirándole cautelosamente. Sin duda era una prostituta muy extraña.

—Por favor, no grites de nuevo —dijo él—. Mis po bres oídos ya han sufrido demasiado.

—Entonces no haga nada para hacerme gritar. —La mirada de la joven se desvió un momento hacia el pecho de él y enseguida volvió apresuradamente hacia su cara—. ¿Lleva usted algo de ropa encima?

Eldibujó una amplia sonrisa.

—No, ¿y tú?

Toda la piel que él podía ver tomó un tono tan rojo. Sintió deseos de ver si el rubor se ex tendía tan lejos, como el suyo, pero no había tiempo. Tía Elroy no esperaría pacientemente. Si él no bajaba rápido, volvería a subir para arrastrarle fuera de la cama, vestido o no.

Frunció ligeramente el ceño. Ahora que no tenía una almohada atacando sus orejas podía concentrarse en la voz de la muchacha. Era muy agradable, suave y educada. Induda blemente no parecía una prostituta del lugar, ni siquiera una aventurera londinense más cotizada.

—Pareces norteamericana.

—Soy norteamericana. —La muchacha se cuidaba mucho de mirarle sólo la cara. Para ser una prostituta estaba sorprendentemente turbada por el pecho masculino desnu do - . De Pony Hill.

—Es un largo camino para venir a conocer el GreenMan,cariño. Estamos bastante orgullosos del lugar, pero estaba realmente sorprendido de que su fama se haya extendido a través del Atlántico.

—No vine hasta aquí para hospedarme en el GreenMan—dijo ella bruscamente—, y no puedo decir que esté demasiado impresionada por una posada cuyas puertas no tie nen cerrojos.

Albert rió entre dientes.

—Es verdad, entonces si no viniste a disfrutar de la dudosa hospitalidad del GreenMan,¿por qué estás aquí?

-Para ver a mi tío. La diligencia llegó demasiado tarde como para ir directamente a su casa anoche.

Albert creía conocer muy bien a toda la gente de la zona, pero no había oído de un aldeano que tuviera una sobrina norteamericana.

— ¿Tu tío? ¿Quiénes tu tío?

—El conde de Brown.

Albert sintió que la sorpresa le hacía quedar boquiabierto.

— ¿Brown es tu tío?

—Sí.

Albert juraría haber visto centellear ardientes chispas doradas en los ojos esmeraldas de la joven.

—Mi nombre es Candy White y mi padre era el hermano menor del conde.

—George. Claro, él se fue a América. —Albert asintió con la cabeza—. De modo que está usted aquí para ver al con de de Brown

Sonrió. Luego la sonrisa se hizo más amplia. Finalmen te se desplomó sobre la almohada y comenzó a aullar de risa.

—Ay, Dios —jadeó—. ¡El conde de Brown! ¡No puedo creerlo!

Candy asió con más fuerza la manta contra su pecho mientras miraba fijamente al hombre muerto de risa sobre la cama. Esa mañana no podía ser más extraña. ¿Estaría loco? Desnuda o vestida tendría que haberse puesto en manos de las mujeres mientras aún podía.

—No le veo la gracia.

—No, es que no la tiene. —El hombre se incorporó y dibujó una amplia sonrisa—. En realidad yo debería estar llo rando en vez de reír. Pero no estoy exactamente descontento. Este inusual incidente puede convertirse en lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

Candy trataba de mirarle sólo la cara. Habría ayudado que él mostrara la menor turbación por estar desnudo, pero ahora que las ancianas se habían marchado parecía bastante cómodo en su propia piel. Una piel muy agradable, por cierto.

La manta se había deslizado hasta sus caderas, revelando una lino capa de vellos dorados, apenas más claros que el cabello. Sintió el impulso de recorrer con sus dedos la línea que bajaba desde las clavículas hasta el ombligo, pasando por el pecho y los músculos del vientre plano. Se ruborizó, alzando la vista para encontrarse con los ojos de él que la observaban.

—Cariño, con mucho gusto la dejaría hacer lo que sea que esté pensando, pero si no me visto y bajo pronto, tía Elroy volverá a invadir la habitación para ayudarme.

Notengo la menor idea de qué está usted hablando.

— ¿No? Pues quizás es sólo mi mente sucia que está imaginando todas las cosas deliciosas que podríamos estar ha ciendo si yo no tuviese que bajar... y si usted no fuera una dama, por supuesto.

Se volvió para sacar las piernas de la cama. Antes de sumergirse bajo las mantas, Candy admiró los músculos marcados en la ancha espalda. Le oyóreír y moverse por la habitación.

—No hay moros en la costa —dijo él—. Estaré en la puerta cuando usted esté lista.

Al oír el clic del pestillo, ella se destapó la cabeza y res piró profundamente. Bueno, al menos ahora sabía quién era el misterioso Albert.

Es decir, ya sabía qué aspecto tenía. La cubrió un ardiente rubor. Había visto qué aspecto tenía gran parte de su cuerpo.

Aun así, no sabía su apellido. ¿Cómo iba a llamarle? Albert no. Jamás se había dirigido a un hombre por su nombre de pila, Pero tampoco había dormido nunca antes con un hombre desnudo. ¡Desnuda y con un hombre desnudo! Un poco más de calor en su rostro haría arder en llamas la cama. Se levantó y corrió hacia la chimenea para recuperar sus ropas.

Si tenía que hallar un hombre en su cama, sin duda había dado con un excelente espécimen. Sabía que las hermanas Johnson le dirían que no debería notar esas cosas, pero tampoco estaba ciega y sólo una mujer que lo estuviera no hubiese hallado maravilloso a este hombre de cabello rubio claro, hombros anchos y ojos color azul. ¡Y su voz! le hacía pen sar en la miel tibia. Dulce, profunda, mágica. Sin duda la ha bía hechizado.

Se puso el vestido y sacó un peine de su bolso. Miró su cabello en el espejo. Debería haberlo trenzado la noche ante rior, pero entonces no se hubiera secado. Pues ahora tenía su merecido. Lo tenía hecho una maraña, una maraña dorada. Empe zó a tirar para que el peine atravesara los mechones enredados mientras recordaba cómo se habían lamentado las hermanas Johnson a causa de lo desafortunado del tono de su cabello.

—Quizás se oscurezca cuando crezcas —le había dicho cuando ella tenía trece años Pony — y se parezca más al de tu padre.

—Sólo déjate el sombrero puesto, querida, y nadie lo notará —le susurraba María.

—A veces, Candy, los hombres piensan que las chicas rubias son fáciles, así que debes tener especial cuidado —decía Pony meneando su grueso índice debajo de la nariz de Candy—. El cabello rubio rojizo es una maldición: así de simple. Los hombres supondrán que eres una fulana.

La mano de Candy se quedó inmóvil. ¿Acaso el hombre que estaba en su cama esa mañana la había creído una prosti tuta? Con el corazón golpeándole en el pecho se apoyó contra la pared para no perder el equilibrio. ¿Qué era exactamente lo que había sucedido la noche anterior?

Respiró profundamente y trató de dominar el crecien te pánico que la invadía. ¿Todavía sería virgen? Sin duda lo sabría si ya no lo fuera ¿verdad? Se sentiría... diferente.

Bueno, indudablemente se había sentido diferente al despertar esa mañana. ¿Eso era suficiente evidencia? No lo sabía. Nadie se había molestado jamás en explicarle la mecá nica de la procreación. ¿Bastaba con estar con un hombre? Las hermanas Johnson habían sido siempre tan cuidadosas que ninguna de sus pupilas se había quedado jamás a solas con los caballeros que las visitaban. Candy tomó entre las manos sus mejillas ardientes. ¡No se había limitado a tomar el té a solas con un hombre en el salón de la escuela! No, ella había estado en la cama con él. De noche. Sin ropa.

Apoyó una mano temblorosa sobre su vientre. ¿Podría haber ya un niño creciendo dentro de ella?

¿Y por qué se había reído él al enterarse de su identi dad? Parecía haberle creído. Ahora ya debía haberse dado cuenta de que no era una prostituta.

Tomó una profunda bocanada de aire y lo dejó salir lentamente. No permitiría que su imaginación se desbocara, Por el momento no había nada que pudiera hacer al respecto. Se limitaría a controlar la preocupación que le anudaba el estómago.

Recogió su cabello en un moño sobre la nuca y lo aseguró con horquillas. Examinó el resultado. Nada elegante, pero al menos ya no parecía un pajar dorado. Abrió la puerta.

El hombre estaba esperándola en el corredor, como había prometido. Vestido se veía muy elegante. Inaccesible.

-—Aquí está usted. —Le ofreció el brazo—. Bajemos a enfrentar a los dragones.

Candy se le acercó. Ahora que le veía de pie era bastante alto. Estaba acostumbrada a mirar a los hombres a los ojos, pero a éste le llegaba sólo hasta los hombros.

—No vas a presentársela a tu tía, ¿verdad, Albert? Yo puedo llevarla abajo y ajustar cuentas por ti, si es que no has tenido tiempo de hacerlo.

Candy se sobresaltó. No había advertido que había otra persona en el pasillo. Era el Rubiorojizo de la noche anterior. La joven frunció el ceño. ¿Por qué la había llevado a la habitación de su amigo? Abrió la boca para cantarle las cuarenta, pero Albert ya estaba hablando.

—- Resolveremos esto abajo, Anthony. No me gusta hablar de negocios en el corredor, ni hace falta que pasemos por esta más de una vez.

—Pero Albert, no puedes...

Albert alzó la mano.

—Ten cuidado con lo que dices, Anthony. Estoy muy se guro de que lo lamentarás.

Anthony lo miró fijamente y se encogió de hombros.

—Como quieras. Supongo que sabes lo que estás ha ciendo. Como siempre.

Se abrió otra puerta y un tercer hombre salió al pasillo. Era más bajo y más robusto que los otros dos y tenía el cabello negro y rizado.

—Buenos días, Albert, Anthony, señorita. Eh... presen cié la conmoción de esta mañana. ¿Me encargo de la dama?

—Buenos días, Alister. Acompáñanos. —Albert miró a Candy—. Discúlpeme por no tomarme el tiempo para hacer las presentaciones, querida.

Le aseguro que es mejor esperar a tener más privacidad abajo.

Candy asintió con la cabeza. No tenía ni idea de qué es taba sucediendo y decidió que era mejor callarse. Vio a Alister lanzarle una mirada inquisitiva a Anthony. Éste se encogió de hombros.

El pequeño grupo avanzó por el corredor y bajó las es caleras, deteniéndose delante de una puerta cerrada.

—Ánimo —susurró Albert tocándole la mano.

Candy y los hombres entraron a un salón privado. La anciana alta y su dama de compañía más baja levantaron la vista de sus tazas de té. La dama de compañía frunció la nariz como si se hubiera encontrado con una porqueriza.

Albert miró a Candy y le sonrió. Le chispeaban los ojos, como si estuviera disfrutando de una tremenda broma. Se volvió hacia las ancianas.

—Tía, lady Sara, permitidme que os presente a la señorita Candy White, de Pony Hill. Candy, ésta es mi tía, ladyElroy Andrew y su dama de compañía, Lady Sara Smyth.

— ¡Maldición!

Candy miró en derredor para ver de dónde había veni do la palabrota. Alister parecía perplejo; Anthony, enfermo.

Las ventanas de la nariz de LadySarase ensancha ron como si el cerdo hubiera salido del chiquero y tenido la audacia de hocicar sus faldas.

—Andrew, no me interesa si usted importa sus ful... -LadyElroy levantó una mano para hacer callar a Sara.

— ¿Candy White, dijiste?

—Exactamente, tía. Está aquí para visitar al conde de Brown. Creo que son parientes. Anthony gruñó.

Albert (el señor Andrew, se corrigió Candy al pensar en él parecía realmente jubiloso cuando se volvió para presentarla a sus amigos:

—Señorita White, éste es el Mayor Alister Cromwell.

El Mayor Cromwell hizo una reverencia. —Es un placer, señorita White.

-Y éste —dijo Albert, con una sonrisa aún más amplia es Anthony White, Anthony. El conde de Brown. A Candy empezó a faltarle el aire. Lord Brown hizo una brusca reverencia.

-Usted no puede ser mi tío. Es demasiado joven. Anthony se pasó las manos por el cabello, tan parecido al del padre de Candy.

-No, lo siento. Soy su primo. Mi padre murió el año pasado. Recientemente hemos abandonado el luto. —Sonrió débilmente.

-¿Así que eres la hija de George White, muchacha? -dijo lady Elroy.

Candy se volvió para mirarla de frente.

-Sí, señora. -Lady Elroy asintió con la cabeza...

—Ahora que te miro veo el parecido. Los White siempre procrean de acuerdo a la raza. ¿Y dónde está tu pa dre? Seguramente te acompañó a través del Atlántico.

—Mi padre murió a principios de diciembre.

—Lo lamento, pequeña. —Lady Elroy de verdad pa recía sentirlo—. Siempre me gustó tu padre. Tenía una vehe mencia fascinante. ¿Y tu madre? ¿También ha fallecido?

—Así es, señora.

— ¿Por qué te marchaste de América tan pronto des pués de la muerte de tu padre? —Lady Sara miró a Candy con recelo.

Candy decidió que no tenía sentido ocultar su situa ción. Pronto estaría clara. Dudaba de que su primo la acogie ra, así que necesitaría ayuda para encontrar un empleo.

—Mi padre era muy activo en política y un médico respetado, pero no se interesaba demasiado por los asuntos prácticos. Obsequiaba su dinero con generosidad y nunca in sistía en que sus pacientes le pagaran por sus servicios. Hu biera tenido muy poco de qué vivir si me hubiera quedado en Pony. Pero no podía quedarme. Le prometí a mi padre que vendría a Inglaterra a buscar a su hermano.

Lady Elroy sacudió la cabeza.

—Pues siento mucho su pérdida, señorita White, pero eso no explica qué hacía en la cama de mi sobrino. Sin duda no es así como se comportan en las colonias, ¿verdad?

Candy se ruborizó y levantó la barbilla.

—Pensé que era mi cama. El señor Andrew se presentó más tarde. Me sorprendí tanto como usted al encontrarlo allí esta mañana.

— ¿Señor Andrew? ¿Albert?

—Sí, tía. Resolveremos eso en breve. Lo que yo quisie ra saber es por qué te sentiste obligada a invadir mi cuarto.

Lady Elroy movió displicentemente la mano en di rección a él, pero Candy notó que había tenido la delicadeza de sonrojarse.

-Anoche no viniste a casa. Estaba preocupada.

-Tía, tengo veintiocho años. He arriesgado la vida por mi país. ¡Creo que si decido no ir a casa una noche es asunto mío!

—Pero nunca lo haces, Albert. Es decir, lo de no regresar a casa. Eres muy responsable. Y además está ese asunto de Niell. Por supuesto que estaba preocupada. Podrías haber estado malherido.

Albert miró el techo pensando qué responder e hizo una nota mental acerca de que su tía algo sabía sobre «el asunto de Niell». El Ministerio de Asuntos Exteriores podía tomar clases de su tía y de lady Sara. Tenían una red de espionaje más vasta que la de Gran Bretaña o Francia.

— ¿Y no se te ocurrió preguntar por mí al posadero?

—Estaba preocupada, Albert. No se me ocurrió preguntar. ¿Y cómo iba él a saber si te había ocurrido algo durante la noche?

—Aparentemente sí que le ocurrió algo durante la noche.

Albert eligió ignorar el comentario entre dientes de lady Sara.

—Por Dios —dijo dirigiéndose a su tía—. ¿No se le ocurrió siquiera llamar a la puerta?

—Creía que te estabas muriendo. No había tiempo para llamar. —Lady Elroy tosió y desvió la mirada. Se ruborizó. -Yo, eh... me sorprendí bastante por el espectáculo con que me encontré.

—Si, si.

Albert no quería que su tía se desviara hacia ese camino. -Sabes que tendrás que hacer lo correcto, ¿no es así?

Lady Elroy hizo un gesto hacia Anthony—. Como cabeza de la familia de ella, ese idiota de allí debería exigirlo.

Anthony tenía los pelos de punta. Entrecerró los ojos. —Albert... —empezó a decir.

—Espera, Anthony. Estoy más que dispuesto a casarme con la señorita White. —Albert rió—. Me salva de la Reina de Mármol, ¿verdad?

— ¡Casarse conmigo!

Candy apenas logró pronunciar las palabras. Sentía como si le hubieran puesto un tremendo peso sobre el pecho.

—Estás totalmente comprometida, muchacha —dijo lady Elroy—. La mitad del pueblo te vio en la cama con mi sobrino como viniste al mundo.

— ¡Pero no sucedió nada! —Candy frunció el ceño—. Al menos eso es lo que yo espero.

Un repentino acceso de tos atacó a Anthony y a Alister. Lady Elroy y lady Sara miraban a Candy como si ésta se hubiese vuelto loca.

—Qué sucedió o qué no sucedió es irrelevante, jovencita. No pretendo saber cómo son las cosas en las colonias, pero en Inglaterra cuando un caballero compromete a una dama se casa con ella, y créeme, no hay duda de que tú estás comprometida. Albert lo comprende.

—Sí, tía.

Candy se volvió hacia el señor Andrew.

—Pero fue un accidente.

Hasta Candy podía oír el pánico apoderándose de su voz.

Albert le dirigió una sonrisa tranquilizadora y luego miró a su tía.

—Tal vez sería buena idea que la señorita White y yo pasáramos unos minutos a solas para solucionar esto.

Lady Elroy resopló.

—No hay nada que solucionar.

—Aun así, necesitamos algunos minutos de privaci dad. —Albert volvió a mirar a Candy.

—. Señorita White, ¿me acompañaría a dar un paseo? El GreenMan está muy cerca de un arroyo muy agradable. Sugiero que vayamos hasta allí.

Candy asintió con la cabeza, aunque tenía la clara sen sación de que no se necesitaba su conformidad.

— Lamento toda esta confusión —dijo él cuando finalmente se hubieron alejado del ruido de la posada—. Ha sido una verdadera comedia de enredos, ¿no es verdad?

—No estoy segura de si es una comedia o una tragedia, señor Andrew.

—Albert.

—Pero yoapenas lo conozco. De ningún modo podría llamarlo por su nombre de pila.

—Por supuesto que puede. Yo pienso llamarla Candy.

Candy lo miró con el ceño fruncido, pero él le sonrió.

—En cualquier caso, señor Andrew no es correcto.

- Mi nombre es Albert. Andrew es mi título.

— ¿Su título?

—Estoy seguro de que a su alma republicana no va a gustarle esto, Candy, así que no me atrevo a informarle de que mi nombre completo es William Albert Andrew, Duque de Andrew, marqués de Walthingham, conde de Southegate, vizconde Balmer, barón Lexter.

— ¡No!

Candy se detuvo y le miró, respirando con dificultad.

Albert sacudió la cabeza.

—Así es.

Candy repasó mentalmente la larga lista de títulos.

— ¡Usted es un duque!

—De Andrew Sí.

— ¿Eso significa que tengo que llamarle «milord»?

—Técnicamente se supone que usted debería dirigirse a mí como «vuestra alteza».

— ¿Mi alteza?

Albert sonrió.

—Sería un placer ser su alteza.

Candy lo pensó. Luego sacudió la cabeza.

—No puedo hacerlo.

—Está bien. Yo preferiría que me llamara Albert.

—Aja. ¿Serviría señor Andrew?

Me temo que eso sería demasiado revolucionarlo. No hace tano tiempo que la «Señora Guillotina» estaba sepa rando a nuestros hermanos franceses de sus cabezas. Despojándonos a nosotros, los nobles británicos, de nuestros títulos y nuestros hombros empezarán a moverse nerviosamente.

Candy le miró de reojo.

—Usted no es uno de esos lores que han perdido todo su dinero, ¿verdad?

—No, mi patrimonio está intacto. ¿Qué le hace pensar que tengo problemas financieros?

—No puede costearse una camisa para dormir.

— ¿Una camisa para dormir? —Lanzó un bufido—. Estoy seguro de tener por lo menos una docena de esas cosas. Simplemente no las uso.

— ¿Por qué no? Mi padre las usaba. ¿Los ingleses no las usan?

—No tengo ni idea de qué hacen o no hacen los ingle ses como nación.

No lo he investigado. ¿Podría señalar, aun que no es que sea una queja, que usted tampoco llevaba un ca misón cuando la vi por primera vez?

Candy se ruborizó.

—Eso fue sólo porque mi equipaje tuvo un accidente en Liverpool; a los marineros se les cayó por la borda cuando estaban descargando. Las que tiene usted delante de sus ojos son las únicas ropas que poseo ahora.

Habían llegado a un hermoso arroyo sombreado por una hilera de árboles. Albert la guió hasta un tronco caído. Candy se sentó; él apoyó sobre el tronco uno de sus pies y se reclinó sobre la rodilla.

— ¿Por qué no me cuenta qué sucedió anoche? —dijo Albert—. ¿Cómo fue usted a dar a mi habitación?

— ¡Yo no sabía que ésa era su habitación!

Él sonrió.

—Está bien. Entonces cuénteme cómo terminó en esa habitación.

Candy se arregló las faldas.

—En realidad no es algo tan misterioso, pero reconozco que no tenía que haber sucedido. Llegué anoche en la dili gencia, sin doncella ni equipaje. No le gusté al posadero. Iba a echarme fuera cuando ese amigo suyo, mi primo, apareció.

Se miraba fijamente los pies

—Sabía que Anthony estaba borracho, pero estaba tan cansada que no hice preguntas. Estaba desesperada por un cuarto con una cama. —Volvió a mirar a Albert—. No me sientan bien los viajes en barco. No dormí bien en la travesía a Liverpool. Y como no tenía mucho dinero, tomé el coche del correo hasta Londres y luego la diligencia hasta aquí, sin detenerme. Anoche fue la primera vez en dos meses que dormí en una cama que no se moviera.

Albert sonrió.

—Pobrecilla. Cuando llegué a la habitación, sí que intenté despertarla. Como no pude hacerlo enseguida, supuse que estaba exhausta y la dejé dormir.

Candy le devolvió la sonrisa tímidamente.

— ¿Su tía generalmente irrumpe así en su habitación?

—No. —Él se encogió de hombros—. Aunque tiene razón. Por lo general estoy en casa. No le avisé que pasaría la noche fuera.

Candy frunció el ceño.

—Pues sí que me parece un poco extremo dejarse llevar por el pánico sólo porque usted no regresó a dormir a su casa. Tampoco es que sea un muchachito.

Albert lanzó un suspiro.

—No, pero mi tía a veces olvida que no lo soy. Ella me crió después de que mi madre muriese cuando yo tenía once años, Cuesta vencer los viejos hábitos.

—Sí, ya veo. —Candy se movió sobre el tronco. No había forma de evitar el tema. Tenía que preguntar—. Hay algo que necesito saber.

— ¿Sí? —Albert sonrió abiertamente—. Espero que no tenga nada que ver con camisas de dormir.

—Pues no exactamente. —Se mordió el labio -. No se ría.

—Haré lo posible.

—Su tía dijo que yo estaba completamente compro metida.

—Sí, eso es muy cierto. Creo que no hay duda al respecto.

— ¿Qué significa eso exactamente?

Albert rió entre dientes.

—Me temo que usted debe casarse conmigo.

Candy tragó saliva y se retorció las manos.

— ¿Entonces estoy embarazada?

— ¡¿Cómo? —Albert se quedó boquiabierto. Luego sus ojos se encendieron y se cubrió la mano con la boca. Sus hombros comenzaron a sacudirse.

—Prometió que no se reiría.

Él asintió con enérgicos movimientos de cabeza.

—Sé que es tonto que no sepa acerca de estas cosas, es pecialmente cuando mi padre era médico, pero no sé. Es decir, tengo una vaga idea. Mire. —Se dispuso a enumerar las evi dencias—. Dormimos en la misma cama, de noche. No llevá bamos nada encima. Usted me besó. ¿No basta con eso?

Albert negó con la cabeza.

—Entonces, si no estoy embarazada, ¿cómo puedo es tar comprometida o al menos completamente comprometida? —Candy frunció el ceño—. ¿Todavía soy virgen?

—No perdió usted su virginidad conmigo.

—Entonces, si no estoy embarazada y aún soy virgen usted no tiene por qué casarse conmigo, ¿verdad?

Albert movió el pie apoyado sobre el tronco.

—No es tan simple

— ¿Por qué no? —Candy cruzó los brazos sobre el pe cho—. Ninguno de los dos hizo nada malo, así que, ¿por qué debemos ser castigados?

—La cuestión no es si hemos hecho algo malo, Candy, sino si parece que lo hemos hecho.

—Eso es ridículo.

—Puede serlo, pero es así como funciona el mundo, al menos el nuestro. Y no puedo creer que la sociedad de Pony Hill sea tan diferente.

—Pues no sabría decirle si lo es. Yo no era parte de la sociedad de Pony Hill. —Candy sonrió—. Y como no tengo de seo alguno de ser parte de la sociedad inglesa, mi reputación o falta de ella no importa, ¿verdad?

Albert frunció el ceño.

¿Quepiensa hacer entonces, Candy? Según le dijo usted misma a tía Elroy, ha cortado sus lazos con América.

Candyalisó la falda sobre sus rodillas.

—Bueno, sí. No puedo regresar, eso es verdad. Aun si pudiera conseguir el dinero para el pasaje, en realidad no tengo donde ir.

Pensó en las hermanas Johnson. Le permitirían continuar trabajando duro para ellas en la Academia Hill para Señoritas. Hizo una mueca. Verdaderamente no iba a volver acruzar el Atlántico para eso.

—Francamente, no he pensado demasiado más allá de llegar hasta aquí. Mi padre se mostró tan insistente en que viniera... Me imagino que él contaba con que el conde me ayudaría... No creo que Anthony esté casado, ¿verdad? No.

Candy suspiró.

-Entonces por ese lado no tengo esperanza. No puedo vivir con él, hasta yo sé eso. Voy a necesitar un empleo. Tengo alguna experiencia como maestra. ¿Sabe de alguna escuela para señoritas que necesite emplear a alguien? ¿O de alguna familia que esté buscando una institutriz? Soy mejor en estudios clásicos que en pintura o música, pero si son niñas pequeñas estoy segura de que también podría desempeñarme adecuadamente en esas materias.

Albert se sentó junto a ella y le tomó la mano.

-Candy, en la enseñanza más que en cualquier otra actividad se necesita tener una buena reputación. No creo que una madre confiara la educación de su hija auna mujer que tiene secretos en su pasado. Y usted ahora tiene uno, y muy grande además. Usted y yo sabemos qué fue lo que sucedió en esa habitación, pero intente explicárselo a alguien que no es tuvo allí. Una madre nunca pasaría por alto las palabras «cama», «desnudos» y, francamente, tampoco «duque de Andrew». No, querida, si va a quedarse usted en Inglaterra ten drá que pensar en su reputación. ¿Casarse conmigo sería real mente un castigo?

— ¿Cómo voy a saberlo? No lo conozco. Usted podría ser un jugador empedernido o un maltratador de esposas.

—Me declaro inocente de ambos cargos —dijo Albert, sonriendo—. Bueno, como nunca he estado casado no puedo refutar la última acusación con completa certeza, pero nunca en mi vida he lastimado físicamente a una mujer, y le aseguro que no siento deseo alguno de golpearla a usted.

Le cogió la otra mano, dándole un suave tirón. Ella se volvió para mirarle de frente.

—Mire, Candy, este arreglo tiene ventajas para ambos. Usted necesita un hogar. Si se casa conmigo lo tendrá, y ade más con una familia ya constituida: tía Elroy, que en reali dad tiene un corazón de oro, y mi hermana Ross. Incluso lady Sara. Algún día, si somos afortunados, tendremos hijos. Y estará cerca de su primo. Anthony vive prácticamente al lado de casa.

Candy se ruborizó. Se sentía rara (acalorada, sin alien to, y un poco temblorosa) ante la idea de darle hijos a este hombre. No podía negar que lo que él le ofrecía era atractivo. Ella tenía poca familia. Cuando era muy pequeña habían muerto su madre y su hermanito recién nacido. Su padre ha bía estado tan ocupado con su trabajo y sus causas que había dejado su crianza en manos de dos solteronas, las hermanas Johnson. Había sido una vida carente de amor. Sintió una oleada de anhelos tan fuerte que se quedó sin aliento.

Pero Albert no la amaba (ni ella a él, se apresuró a re cordarse). ¿Por qué querría un duque inglés casarse con una norteamericana sin un centavo?

— ¿Y usted qué ganaría?

—Una esposa. Necesito una. —En su rostro se dibujó Una amplia sonrisa. Candy notó las arrugas que se formaban en los ángulos de sus ojos al sonreír—. En realidad iba camino a Londres a buscar una novia. Me ha ahorrado usted una gran cantidad de problemas.

—No puedo creer que le cueste encontrar una muchacha inglesa para casarse. Deben estar peleándose para atraparlo.

Albert pareció sorprenderse.

—Lo tomaré como un cumplido. Sin embargo, las damas de Londres no vienen por mí, lo que quieren atrapar es mi título y mi dinero.

—No lo creo ni por un segundo.

Él hizo una mueca.

—Créalo. —Miró el agua que corría sobre las piedras—. ¿Qué le parece si llegamos a un acuerdo? No nos comprometeremos ahora. Como usted dice, en realidad anoche no sucedió nada, así que no hay prisa. Usted puede alojarse en Andrew, con tía Elroy y lady Sara como carabinas. Cuando llevemos a Ross a la ciudad dentro de algunas semanas puede ayudar a cuidarla. Tiene diecisiete años y es un poco traviesa. Realmente no creo que tía Elroy esté a la altura de la tarea y al parecer usted tiene algo de experiencia con jovencitas. Si quiere puede considerarlo como su primer empleo. Le dará tiempo para acos tumbrarme a la idea del matrimonio.

No es que usted no me guste —se apresuró a decir ella_. Parece muy agradable. Sólo que no lo conozco.

Albert asintió con la cabeza. -eso es completamente comprensible. Sólo hay dos condiciones.

_ ¿Si?

—Primera: si se divulga lo de nuestra noche en el GreenMan,deberá usted casarse conmigo. No permitiré que se destruya su reputación. Y no seré yo el hombre acusado de haberla destruido.

A Candy no le parecía probable que el rumor se divulga ra. ¿A quién le importaba Candy White? Y de todos modos las únicas personas que conocían el incidente eran la familia y los amigos de Albert... y el odioso posadero y los lacayos.

—No puedo imaginarme que su tía divulgue la historia, pero esos lacayos... Y al posadero no le he caído nada bien.

—No se preocupe. Jake no dirá una sola palabra. Sabe que si me hace enojar los días de su posada como estableci miento que reporta ganancias están contados. Y él se encarga rá de que los lacayos no hablen.

—Entonces está bien. ¿Y cuál es la segunda condición?

Albert la miró con una amplia sonrisa y Candy sintió algo raro en el estómago, como si le diera una pequeña voltereta.

—Segunda condición: me reservo el derecho de inten tar persuadirla a que acepte mi petición.

— ¿Qué significa eso?

—Oh, varias cosas. Principalmente esto.

Se inclinó hacia ella y suavemente cubrió sus labios con los suyos.

Candy dejó de oír el borboteo del arroyo junto a sus pies y de sentir la áspera corteza del tronco sobre el que estaba sentada. Su mundo se redujo a Albert y a sus labios rozando ligeramente los de ella. Esta vez estaba completamente des pierta, pero aun así el contacto de esa boca sobre la suya pro vocaba sensaciones asombrosas en su interior.

Sólo otro hombre la había besado. El hijo del carnicero, que olía a salchichas y a sangre, la había acorralado en la coci na de su padre. Eso había sido un asalto. Esto era una invita ción. Pero ¿a qué? Sin aliento, retrocedió y miró a Albert. Sus ojos tenían la misma expresión extraña y absorta de esa mañana, cuando se habían clavado en sus... en sus pechos. Candy se ruborizó.

—No estoy segura de que ésa sea una buena idea, milord, eh... mi alteza.

—Albert —dijo con voz grave y enronquecida—. Real mente debo insistir en que me llame así, querida. A sus labios republicanos les está costando sortear este laberinto de lores y altezas.

Sus ojos se posaron en esos labios. La joven los humedeció nerviosamente con la lengua. La mirada de él se agudizó y empezó a inclinarse hacia ella otra vez. Ella se levantó abruptamente.

—Sí, bueno, ya veremos. —Lo miró, impotente—. ¿De qué estábamos hablando?

Él sonrió abiertamente.

—De esto —dijo tocándole ligeramente los labios con elíndice. Frotó suavemente la punta áspera contra el labio in ferior—. Y de la segunda condición para aplazar nuestro com promiso: que me permita cortejarla.

— ¿Tengo opción?

Su sonrisa se hizo aún más amplia.

—No.

Bueno aqui esta otro mas espero les guste y bueno subire el proximo el siguiente lunes o marte, dejenme algun mensajito no sean asi, recuerden que no se llevan ni 5 minutitos , que tengan un hermoso fin de semana, ahora si, nos estamos leyendo bay.