Hola chicas, he aquí que les traigo una historia romántica, que e adaptado a los personajes de Candy Candy, obra de Mizuki e Igarashi.

Aclaro ante todo que esta novela no es de mi autoria, pertenece a Sally Mackenzie, una gran escritora de romance, me encanto para Albert y Candy, espero lo disfruten y cualquier comentario o critica dejenme mensajito, la adaptacion es solo para entretener, no tiene ninguna pretensión de plagio ni nada parecido, respeto totalmente la creación de su autora, gracias.

Capítulo 4

Candy retrocedió para que Ross entrara primero al sa lón. El corazón le latía tan rápido que temía se le saliera de un brinco por el escote del hermoso vestido.

Se había quedado sin palabras al mirarse en el espejo antes de bajar. La mujer que había visto reflejada era una extraña. El vestido verde hacía resplandecer sus ojos. Betty ha bía domado su cabello de modo tal que sólo unos mechones flotaban con gracia enmarcando su rostro. El vestido dejaba ver un poco más de su cuello y de su pecho de lo que ella estaba acostumbrada a mostrar, pero tanto Ross como Betty habían insistido en que ésa era la moda.

Arriba en su cuarto Candy se había sentido elegante. Ahora se sentía incómoda.

—Vamos, Candy. No puede usted quedarse en el pasi llo toda la noche.

—Cogiéndola del brazo, Ross la hizo entrar—. Albert, le he dado a Candy uno de mis vestidos. Creo que le queda bastante bien, ¿no te parece?

Candy creyó que moriría allí mismo. Los ojos de Albert recorrieron minuciosamente su vestido. Se acomodó la falda para evitar que sus manos volaran a tapar el canesú. El em pleo un tiempo excesivo en analizar esa parte del atuendo de la joven.

—Hermoso —dijo, mirando a Candy directamente a los ojos con una sonrisa. Ella también lesonrió, con una extraña mezcla de alivio y tensión.

En consideración al limitado guardarropas de ella, Albert no se había vestido especialmente para la cena. «Por supuesto», pensó Candy mientras aceptaba una copita de jerez. El duque de Andrew podía estar cubierto de harapos y aún resultar imponen te. O incluso podía no vestirse en absoluto. Se ruborizó y le echó un vistazo. Albert elevó sus labios en una media sonrisa y sus ojos brillaron con un destello de perfecta comprensión.

«Esto nunca dará resultado», se regañó Candy. Levantó la barbilla y se esforzó por mantener la serenidad de su voz:

—Tiene usted una hermosa casa, vuestra alteza.

—Gracias. ¿LadySara le dio la lección de historia al llegar?

LadySara tomó aire.

—Fue Elroy quien mencionó que el primer duque de Andrew luchó contra el Conquistador. Sin embargo, puede que haya omitido señalar que fue su distinguido servicio en la batalla de Hastings lo que le hizo merecedor del ducado.

—Nadie se distingue en combate, lady Sara —dijo Albert, con una repentina nota de amargura en la voz—. La guerra es horrible y caótica. Estoy seguro de que mi ilustre antepasado causó indecibles sufrimientos a los pobres desgraciados que expulsó de estas tierras.

Lady Sara frunció el ceño.

—Si mal no recuerdo, no hace tanto tiempo tú estabas ansioso por ir a la guerra.

—Ahora sé de lo que hablo. —Albert bebió un gran sorbo de jerez.

— ¿Pero no está usted de acuerdo en que a veces la guerra está justificada, vuestra alteza? ¿Para liberar a los oprimidos, por ejemplo? —Candy recordaba a su padre perorando durante horas con sus amigotes sobre ese tema.

—Sí, sin duda se justifica para poner freno a ese monstruo de Napoleón —dijo ladySara.

—Yo más bien creo que Candy se refería a la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos o y quizás a nuestros últimos contratiempos con nuestras antiguas colonias —respondió Albert—. Y sí, supongo que algunas guerras son necesarias. Pero la guerra rara vez es un asunto simple. A los agitadores políticos les gustan los llamamientos claros, pero la mayoría de las guerras tienen mucho de codicia, tanto personal como política. Es difícil justificar la guerra cuando ves a un chaval de dieciocho años morir en tus brazos o encuentras a un niño sollozando entre las ruinas de su aldea.

En ese momento apareció Layton en la puerta para anunciar a Anthony y Alister.

Albert sonrió, disipando el aire sombrío que había endurecido su expresión.

—Caballeros, estaba empezando a preguntarme si os habíais acobardado. —Se adelantó para saludarlos, llevando con él a Candy.

—En realidad creo que Anthony se sintió tentado de no venir —dijo el Mayor Cromwell—. Buenas noches, señorita White

—Buenas noches, Mayor.

El Mayor Cromwell atravesó el salón para ir a saludar alas otras damas mientras Anthony le daba la mano a Candy.

—Prima —dijo con marcado recelo.

—Primo —respondió Candy con una voz sin inflexiones.

Un rubor carmesí cubrió las mejillas de Anthony.

—Mis más humildes disculpas por la confusión de anoche -—murmuró—. Estaba borracho. Achispado. De haber estado sobrio jamás hubiera cometido un error así.

—Tal vez deberías controlar la bebida.

—Eh, claro. —Echó un vistazo a Albert—. Mis disculpas para ti también, por supuesto.

—Conocimos a la señorita que estabas esperando anoche—dijo Albert—. No se parece en absoluto a Candy.

—No, por supuesto que no. Tampoco pensé que así sería. Dije que no habría cometido ese error si hubiera estado sobrio. Nan fue quien hizo los arreglos. Dijo que su amiga quería iniciarse en el negocio. Eh... ¿y dónde dio la casualidad que la conocisteis?

—En el patio de la posada —dijo Albert—. Aparente mente se encontró primero con Niell y decidió ir a lo seguro. Estaba lamentándose por esa decisión. Él le había puesto un ojo morado.

—Maldición. Ahora que lo pienso, cuando le vi en el salón común sí que estaba con una fulana. Eh... disculpa prima. Con una mujer rubia. Probablemente bebieron bastante antes de ir a su habitación.

— ¿Conoces a muchas prostitutas? —preguntó Candy.

—No, por supuesto que no. —Anthony se pasó un dedo por debajo de la corbata y miró a su alrededor—. Ya debe ser la hora de cenar. ¿Dónde está tu mayordomo, Andrew?

—Ahí viene Layton. ¿Quisieras escoltar hasta el comedor a tía Elroy, Anthony?

—Sería un placer. —Anthony cruzó volando el salón en dirección a lady Elroy. Le ofreció su brazo derecho y el izquierdo a lady Sara. El Mayor Cromwell escoltó a Ross.

Frunciendo el ceño, Candy miró a Albert.

— ¿Anthony es un proxeneta? —Sabía que la «flor y nata» inglesa era degenerada, pero nunca hubiera pensado que su propio primo podía ser un alcahuete.

—Dios mío, no. Deje de sentirse tan mal. En realidad no fue más que un malentendido. —Albert apoyó la mano de ella sobre su brazo.

— ¿Un malentendido? No entiendo cómo alguien puede verse envuelto en ese tipo de malentendidos.

—No, supongo que no lo entiende. —Alzó ligeramente la mano cuando Candy abrió la boca para seguir con el tema—. No, querida. Podemos discutir esto si usted quiere, pero más tarde. Realmente no es un tema del que a mi tía le guste hablar en su mesa.

Candy suspiró.

—No, por supuesto que no. Le pido perdón.

—No me pida perdón a mí, Candy. Espero que no haya temas de los que no podamos discutir. Pero algunas cosas es mejor hablarlas en privado —le susurró esto último al oído mientras ella se sentaba. La joven contuvo el aliento y un leve estremecimiento le recorrió la espalda.

La cena se prolongó durante lo que a Candy le pareció un tiempo muy largo. La muchacha se limitó a comer un poquito de cada plato y aun así al terminar se sentía incómoda mente llena. No podía evitar pensar que su padre y ella podrían haber vivido durante semanas con la cantidad de comida que había allí sólo para la cena.

—Anthony, Alister, vosotros acabáis de llegar de la ciudad —dijo lady Elroy—. Por favor, contadnos, ¿qué otras jóvenes van a ser presentadas en sociedad esta temporada?

Anthony acababa de llenarse la boca con un inoportuno sorbo de vino en el preciso momento en que lady Elroy hizo la pregunta. Se ahogó y rápidamente cogió una servilleta.

—Nada demasiado notable entre las jovencitas, señora. No puedo decir que haya prestado mucha atención.

—Seguramente has prestado atención para saber a qué madres evitar. —Lady Sara, sentada junto a él, le dio un fuerte golpe en la espalda.

—Ah, gracias. —Anthony cambió de posición para que lady Sara no pudiera volver a golpearle—. Pues, creo que los Barrington podrían presentar a una de sus hijas.

Lady Sara asintió con la cabeza.

—Sin duda una jovencita sin gracia, como las últimas dos.

—Y los Amesley.

—Ésa es bizca —dijo lady Sara.

—No, la bizca fue presentada en la anterior temporada. Ésta es la que parece un conejo.

—Tienes razón. Clarinda, Clarabelle o algo por el estilo.—Lady Sara bebió delicadamente un sorbo de vino—. Naturalmente, la madre no es ninguna belleza. Nunca pude entender cómo consiguió llevar al altar a Billy Amesley.

—Yo creo que eso quizás hoya tenido algo que ver con el hecho de que los Amesley andaban mal de dinero —dijo lady Elroy—. Harriet Drummond era una rica heredera, si haces memoria, Sara.

—Es verdad. El destello de unas arcas bien llenas ha llevado a muchos hombres a dejarse atrapar en el altar. Y como se suele decir: «De noche todos los gatos son pardos».

Esta vez fue Albert quien se ahogó con el vino.

-— ¿Quiénes lo dicen, lady Sara? —preguntó con un tono de humor en la voz.

—Todos —dijo lady Sara en tono desdeñoso—. Yo no pertenezco a tu generación, tan evasivos en su forma de expresarse, Albert.

—Razón por lo cual debo estar agradecido.

—Me parece que el conde de Mardale tiene una hija que se presenta en sociedad este año —aportó el Mayor Cromwell.

—Mardale, ése sí que era un hombre imponente —dijo lady Sara—. Estoy segura de que debe haber producido una prole atractiva.

— ¿Estamos incomodándola, Candy? —preguntó Albert en voz baja cuando la conversación se desvió hacia las modistas rivales.

—Un poco —admitió ella. Pasó los dedos por la suave tela del vestido prestado. Ahora que había visto (y usado) el vestido de Ross, sabía que nunca podría costearse el guardarropa que necesitaría para un viaje a Londres.

Bajó la voz.

—Vuestra alteza, he estado pensando en mi futuro.

Albert dibujó lentamente una sonrisa.

—Me alegra oír eso.

Se sentía inexplicablemente nerviosa.

—Sí, pues me parece que lo mejor sería que yo encontrara un empleo como maestra ahora, en vez de ir a Londres.

Desgraciadamente justo en ese momento hubo una pausa en la conversación general y las palabras de Candy se oyeron en toda la mesa. Lady Elroy bajó su copa con tal rapidez que ésta golpeó contra el plato. Algunas gotas de vino salpicaron el mantel.

— ¿Un empleo como maestra? No vas a convertirte en maestra, Candy, sino en duquesa. Si tanto deseas enseñar, puedes ser la maestra de tus propios hijos. Estoy segura de que Albert no perderá el tiempo y llenará pronto el cuarto de los niños.

Candy estaba segura de que el rojo de su cara rivalizaría con el del cabello de Molly. Temía mirar a Albert y convertirse en la prueba viviente de la teoría de la combustión espontánea.

Lady Elroy, es bastante evidente que yo no estoy hecha para ser duquesa.

— ¿Por qué no? Eres joven y eres una mujer, ¿o no? Albert, ¿tú crees que Candy no está hecha para ser tu duquesa?

—-No lo creo en absoluto, tía.

Candy se aventuró a lanzar una mirada a Albert. Los labios de él se curvaron hacia arriba en algo que la joven sólo podía describir como una sonrisa presuntuosa.

—No puedo decir que haya investigado exhaustivamente todas sus credenciales, por supuesto, pero creo que servirá.

—Yo creía que habías investigado todas sus credenciales, Albert—dijo lady Sara—. Por eso estamos en esta situación.

Candy observó desvanecerse la sonrisa de Albert al tiempo que sus orejas se ponían coloradas.

—Quizás deberíamos cambiar de tema —dijo él—Ross, ¿cómo van los preparativos para el viaje a Londres?

Ross tenía la boca tan abierta que su barbilla casi rozaba la mesa.

— ¿Dijiste que ibas a casarte con Candy, Albert?

—Supongo que olvidamos mencionarte ese detalle, ¿verdad? No está definitivamente arreglado aún, pero Candy ha accedido a considerar mi petición de mano.

Los ojos de Ross se abrieron como platos. Candy sabía que debía estar llena de preguntas, la primera de las cuales, suponía, era dónde se habían conocido ella y Albert. Mejor que inventaran una historia creíble si no querían que se supiera la verdad.

—Nos conocimos cuando estuve en América —estaba diciendo Albert.

Candy se volvió a mirarle. Temía tener los ojos desorbitados. Se mordió la lengua a tiempo para no preguntarle cuándo había estado en su país. Debía de haber estado allí alguna vez; su familia se daría cuenta si mintiera en algo así.

—Yo pensaba que nuestro amor era imposible, separa dos por un océano, así que no dije nada. Ni siquiera se lo men cioné a Anthony.

Candy se contuvo para no propinarle un puntapié por debajo de la mesa. Debería considerar convertirse en novelista si lograba venderle esa historia a alguien. Ross no parecía del todo convencida. Anthony puso los ojos en blanco.

—Bueno, Albert—dijo Ross—, si vas a casarte con Candy deberías ocuparte un poco de su ropa. Necesita todo un guardarropa nuevo, ¡ni siquiera tiene un vestido de noche!

Candy sabía que se ruborizaría si miraba a Albert, así que decidió concentrarse en observar su plato.

—De veras, vuestra alteza, mi ropa, o la falta de ella, no es un algo por lo que usted deba preocuparse.

—Desde luego que me interesa su falta de ropa, querida. Pero si me niega usted el placer de vestirla, sin duda estará de acuerdo en que es responsabilidad de Anthony como cabeza de familia. Haremos que le envíen la cuenta a él, ¿está bien, Anthony?

—Sí, por supuesto. Será un placer.

Candy miró a Anthony

—No puedo cargarte con esos gastos.

—Por supuesto que puedes. Yo soy el cabeza de tu familia ahora, ¿no?

—Pero es que son gastos tan superfluos...

—Nada de eso. —lady Elroy se inclinó hacia ella—. Te mereces algo de diversión, Candy. Según me dijiste, George fue bastante negligente en tu crianza. Típico de él, concentrarse en sus causas y nunca prestar atención a las necesidades de quienes están a su alrededor. Y sin duda alguna es responsabilidad de Anthony pagarte una temporada social. Su patrimonio puede costear ese gasto, ¿no es así, Anthony?

—Ya dije que pagaría las cuentas. No te preocupes, prima.

—Entonces está arreglado. —Lady Elroy sonrió y se reclinó en su silla—. Mandaremos llamar a la señora Croft mañana. Puede confeccionarle las prendas básicas ahora y compraremos el resto en Londres.

—Aún queda otro asunto, Elroy —dijo lady Sara—. Candy no sabe bailar. Tendrá que aprender todos los pasos de baile antes del viaje a Londres.

—Muy cierto. Pues bien, sugiero que vosotros, caballeros, prescindáis de vuestro oporto esta noche y nos acompañéis inmediatamente al salón de música. Cuanto antes empecemos con las lecciones, mejor. Queremos que Candy esté preparada para Almack's.

— ¿Qué es Almack's? —preguntó Candy mientras salía de la habitación del brazo de Albert.

— ¿Que qué es Almack's? —Ross se detuvo tan repentinamente que Candy estuvo a punto de llevársela por delante—. Almack's es...

Evidentemente la jovencita se había quedado sin palabras ante la ignorancia de Candy.

Anthony, que escoltaba a Ross, rió.

—Para las jóvenes casaderas y sus madres, Candy, Al mack's es el centro del universo Todos los miércoles por la noche durante la temporada social, las muchachas que han conseguido poner sus tibias manos sobre el vale anual para el baile se abocan a la caza de marido de los hombres casaderos de la «flor y nata». Para nosotros, el resto de los mortales, Almack's es un club aburrido y mal ventilado...

Parece espantoso. Es espantoso.

—No, de verdad, Candy maravilloso. —dijo Ross—. Almack's es…

Si tu nunca has ido —Dijo Anthony—. Cuando hayas comido las tortas duras, bebido el ponche insulso y soportado la conversación insípida, cambiarás de opinión.

Frunciendo el ceño, Ross miró a Anthony.

No, estoy segura de que debes estar equivocado, Anthony puso los ojos en blanco.

—Ay, estos jóvenes.

—Tú no eres exactamente un hombre entrado en años.

—Me padece que no quiero ir a Almack's —le dijo Candy en voz baja a Albert mientras Ross y Anthony seguían caminando hacia el salón.

—No, pero tendremos que ir aunque sea una vez por el bien de Ross.

Candy frunció el ceño.

—Quizá yo no consiga el vale anual para el baile del que hablaba Anthony.

—No hay que preocuparse por eso si quien la presenta a usted es la tía Elroy. Las damas del comité de admisión no osarán hacer un desaire a la hermana y a la tía del duque de Andrew.

— Estoy segura de que le harían un desaire a una adve nediza norteamericana sin dinero.

—No, no lo harán. Confíe en mí. Soy un experto en las costumbres de la alta sociedad londinense.

— ¿Entonces usted cree que van a aceptarme?

Albert hizo una mueca.

—Igual que aceptan a todos: sonriendo con falsedad, hablando mal de usted a sus espaldas y con la esperanza de que haga algo realmente terrible que la convierta en la comidilla del grupo hasta que se presente un nuevo escándalo.

Candy sintió que se ponía pálida.

— ¡Eso suena horrible!

—Es horrible. Y por eso yo huyo de las fiestas de la Flor y nata» como si se tratara de la artillería francesa. —Albert sonrió ampliamente y deslizó el dedo por encima de la nariz de Candy—. Pero ahora, con usted a mi lado, sé que puedo soportar la agonía.

— ¡Que usted puede soportarla! Toda esa gente espantosa estará con la vista clavada en mí, la audaz norteamericana que se atreve a intentar infiltrarse en la familia del duque de Andrew.

Entraron al salón de música. Tenía paredes verde pálido, un hermoso piano y una gran pintura de tres lozanas mujeres danzando en un prado. Salvo por algunos jirones de tela, iban desnudas. A la sombra de un árbol, un hombre musculoso que llevaba una lira e iba considerablemente más vestido que ellas observaba retozar al trío.

Apolo y las Tres Gracia—dijo Albert—. Una adquisición de mi padre. Nunca supe el nombre del pintor, pero por otra parte dudo que mi padre haya comprado esta pintura por su mérito artístico.

—Albert, deja de admirar el arte y ayuda a Anthony y a Alister a enrollar la alfombra. —De pie junto al piano, lady Elroy dirigía los esfuerzos de los hombres—. Y tú, Candy, ven aquí. Ross te mostrará algunos pasos de baile. Comenzaremos con una contradanza. ¿Quieres tocar para nosotros, Sara?

—Bueno, con toda seguridad no voy a bailar. Si pensáis bailar la cuadrilla, Elroy, tú tendrás que participar y aún los follará una pareja.

—Estoy segura de que nos arreglaremos.

Ross hizo los pasos mientras los hombres retiraban la alfombra. Candy observaba con suma atención los pies de la jovencita, intentando memorizar los movimientos. Final mente, sacudió la cabeza.

—Me temo que esto no tiene sentido, Ross. Nunca recordaré todo eso.

— ¡Por supuesto que lo recordará! —dijo Ross, con una sonrisa alentadora—. Será más fácil con música y un compañero.

—Y supongo que yo debería ser ese compañero —dijo Anthony, haciendo una reverencia—. Si hay derramamiento de sangre, por lo menos será sangre White.

—Eso no es exactamente un voto de confianza, Anthony. —El Mayor Cromwell se inclinó ante Ross y luego miró a Albert— ¿Quisieras unirte al grupo?

—Creo que en ésta no participaré —dijo Albert, declinándose perezosamente contra el piano—. A menos que tú desees bailar, tía.

—No lo creo. Puedes ayudarme a supervisar.

—Magnífico. Soy excelente supervisando.

—No lo dudo. Pero recuerda que hay cuatro bailarines en la pista, Albert.

—Desde luego.

Candy alzó la mirada y Albert le guiñó un ojo. Luego la joven volvió a concentrarse en sus propios pies. Consiguió hacer la primera figura sin dañar a nadie. Sonrió, relajándose, y volvió a mirar a Albert.

—¡Ayy! —Anthony retrocedió de un salto, liberando el pie atrapado debajo del de Candy—. No, Candy, un paso hacia
tu otra izquierda.

Candy se ruborizó.

—Lo siento. No te he hecho daño, ¿verdad?

—Nada permanente. Sin embargo, creo que he cumplido con mi deber. «La mejor parte del valor es la discreción» como dice el Poeta. Cederé mi lugar al galante Mayor Cromwell. Él estuvo en el Regimiento de Dragones del ejército inglés. Es bueno para escapar de situaciones difíciles.

Alister tomó la mano de Candy.

—De verdad, yo no compararé el bailar con usted a una escaramuza en el campo de batalla, señorita White.

—Tal vez deberías —dijo Anthony cuando empezó la música nuevamente—. Esta noche puedes llegar a sufrir más heridas que en la Península.

— ¡Anthony! —Alister se volvió hacia su amigo con el ceño fruncido—. ¡Ay!

—Oh, lo lamento. —Candy intentó cambiar de direc ción antes de cargar todo su peso sobre el pie de Alister, pero en cambio perdió el equilibrio y saltó sobre uno de los dedos. Él sonrió estoicamente mientras ayudaba a la joven a afirmarse nuevamente.

—Así aprenderás a no bajar la guardia, Alister —rió Anthony—. ¿Algo roto?

—Claro que no.

—Quizás deberíamos probar con el vals —sugirió lady Elroy.

—Estupenda idea. —Albert sonrió abiertamente, alejándose de su puesto junto al piano—. Yo seré el compañero de Candy esta vez.

—¿Crees que al tenerla en tus manos podrás evitar que siga haciendo estragos? —preguntó Anthony.

Candy se sonrojó ligeramente. La idea de bailar el vals con Albert era realmente inquietante.

—Supongo que no esperaréis que yo toque esa música escandalosa —sentenció lady Sara levantándose del piano.

—Pensé que su generación no era hipócrita, lady Sara —dijo Albert.

—No lo es, pero tampoco participamos de conducías públicas lascivas.

-—No estoy tan seguro de eso —dijo Anthony con una amplia sonrisa—. Me parece que he visto a Oliver Feathersione bailando el vals.

—¡Ese impúdico! —resopló ladySara—. Una vez cabalgó por Bond Street sobre su trasero desnudo para pagar una apuesta.

Anthony se estremeció.

—¡Vaya! Ése sí que es un espectáculo que agradezco haberme perdido. ¿Y usted, ladyElroy? ¿Quisiera tocar para nosotros?

—No va a ser posible. Yo fui la pesadilla de todas las maestras de música que mi padre contrató.

—Creo que puedo arreglármelas para tocar un vals respetable. —El Mayor Cromwell fue a sentarse al piano. Candy se sintió aliviada al ver que no cojeaba. LadySara le ayudó a elegir una pieza.

—¿Le gustaría bailar el vals, ladyElroy?

—Ya dije que iba a supervisarlo.

—Es cierto. —Anthony se volvió para dirigirle una amplia sonrisa a ladySara—. ¿Y usted, LadySara? ¿Le gustaría probar el travieso vals?

—¡Desde luego que no! Tendrá que bailar con Ross, señor.

—¿Con la pequeña Ross? —Anthony rió—. Bueno, va mos entonces, mocosa, tendremos que hacer el esfuerzo. ¿Mis dedos están seguros? ¿Has bailado antes el vals?

—Sólo con mi maestro de baile.

Candy observó a Ross acercarse a Anthony. Había una expresión expectante y soñadora en el rostro de la jovencita que contrastaba bastante con la actitud burlona de Anthony. Era obvio que Anthony veía a Ross como una hermanita menor; Candy dudaba que la muchachita abrigara sentimientos fraternales hacia él.

—¿De veras nunca ha asistido a un baile? —preguntó Albert mientras aguardaban a que Alister pusiera a punto su música.

—Bueno, fui una vez a un baile de Navidad en la es cuela donde enseñaba, pero no bailé.

Candy lo recordaba bien. Las Hill habían cedido, muy en contra de sus convicciones, ante la presión de uno de las pocas familias ricas de su escuela y habían accedido a organizar el evento. Las hermanas exprimían cada penique hasta dejarlo como hueso seco, de modo que no iban a contratar personal extra. Candy había hecho todo el trabajo, limpiar, cocinar y escuchar a las hermanas quejarse de los costos de un proyecto tan frívolo. No había habido ni tiempo ni tela para confeccionar un traje de baile, de modo que Candy simple mente se había puesto su mejor vestido, el mismo que había usado para cada comienzo del año académico, reunión formal de la escuela y servicio dominical desde que había cumplido los dieciséis.

—¿Nadie le pidió un baile? —Albert parecía estupefacto—. Todos los hombres de Pony Hill deben estar ciegos.

Candy sonrió ligeramente y negó con la cabeza. Un va liente muchacho le había pedido una pieza, pero la sorpresa la había dejado muda por demasiado tiempo. La señorita Maria había echado a cajas destempladas al jovencito para castigar su audacia.

—Pues yo no estoy ciego —susurró Albert mientras Alister tocaba los primeros acordes del vals—. Y realmente deseo bailar un vals con usted, señorita White.

—Oh —murmuró Candy cuando la mano de Albert se apoyó sobre su cintura. La joven colocó cuidadosamente una mano sobre el hombro de él, mirándolo con una tímida sonrisa. Vio la tenue barba dorada sobre la fuerte curva de la mandíbula, el leve hoyuelo de la barbilla y la línea firme de esos labios que habían sido toda una tentación al apoyarse sobre los suyos.

Habían estado así de cerca en la cama del GreenMan.Más cerca todavía.

Bajó los ojos, clavándolos en el hombro de él.

—No, cielo. No se ponga tensa. —Albert habló suave mente de manera que sólo ella pudo oírle mientras él empezaba a guiarla a través del salón—. Piensa en los pobres dedos de mis pies.

Una risita histérica brotó del pecho de la joven.

—No creo poder hacer esto.

—Sí que puede. Sólo relájese. Cierre los ojos y sienta la música.

Candy cerró obedientemente los ojos, pero no era la música lo que sentía, sino el calor del cuerpo de Albert a escasos centímetros del suyo y el hombro fuerte debajo de su mano. Estaba rodeada por él, por su calor y su perfume especiado, tan masculino, mezcla de jabón, vino y cuero. Cuando la joven se tambaleó, él la atrajo aún más hacia sí y ella sintió el momentáneo roce de una pierna contra sus faldas y del pe cho de él contra sus senos.

Ese pecho ancho y musculoso salpicado de vello dorado que descendía en una delgada línea hasta el ombligo.

Candy jadeó y abrió los ojos. ¡Qué pensamientos lujuriosos!

Albert inclinó la cabeza, instándola con la presión de sus manos a acercarse aún más a su cuerpo firme. Tenía los labios a la altura de los ojos de ella. Si giraba la cabeza, si se reclinaba apenas ligeramente hacia él, sentiría esos labios sobre la sien.

Sentía contra la mejilla el aliento de Albert que contaba:

—Un, dos, tres. Un, dos, tres.

Un extraño calor la invadió por dentro, con centrándose en su vientre.

—Sígame, cariño —le susurró él, moviendo con la brisa de su aliento los rizos que caían junto a las orejas de Candy—. Venga conmigo.

Candy lo hizo. Se olvidó de sus propios pies. Olvidó el salón de música, a Anthony, a Ross y a todos los demás. Se entregó a Albert, dejando a su cuerpo moverse con el de él.

Cuando la música se detuvo, le llevó unos cuantos segundos volver en sí.

—Bien, lady Sara —le oyó decir a Anthony—, de verdad creo que Albert y Candy acaban de mostrarnos por que el vals es una danza tan peligrosa.

Continuara...

perdon por la tardanza pero estube fuera un mas de una semana pero aqui estoy de nuevo y bueno el lunes si Dios quiere actualizo.

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