LO LAMENTO MUCHO SE QUE SOY UNA DESCONSIDERADA CON USTEDES PERO FUE A CAUSA DE MI SALUD HACE 1 AÑO LUCHE MUCHO POR LIBRARME DE UNA HORRIBLE ENFERMEDAD QUE ACABO CON MI CONDICIÓN FÍSICA Y EMOCIONAL Y MI CABELLO ENTRE OTRAS COSAS, PERO LO LOGRAMOS Y AQUÍ ESTOY PERO TENGO ALGUNAS SECUELAS COMO DEBILIDAD Y ESO PROVOCA QUE ME ENFERME Y ACCIDENTE MUCHO MAS SEGUIDO DE LO QUE QUISIERA COMO SUCEDIÓ ESTE FIN DE AÑO ASÍ QUE DESPUÉS DE SALIR DE ESTO ESTOY DEVUELTA Y MUY AGRADECIDA CON DIOS Y CON USTEDES POR ESPERARME, AHORA SI LAS DEJO CON EL CAPITULO 5

Capítulo 5

Albert cerró el pesado libro de cuentas y se reclinó en su silla, estirándose para aflojar los nudos del cuello y los hombros. Todo estaba en orden, como de costumbre. El patrimonio se cuidaba solo, con algo de ayuda de su excelente ad-ministrador, Walter Birnam. En realidad, todas sus propiedades funcionaban bien. Ninguno de sus arrendatarios se había visto obligado a buscar trabajo en las ciudades o en los nuevos molinos industriales. Pero todo eso cambiaría si Niell ponía las manos sobre el ducado.

Necesitaba una esposa y un heredero. Una esposa ahora; un heredero, Dios mediante, nueve meses después de ha ber hecho los votos matrimoniales. Desde que se había dado atenta de que Niell estaba tratando de precipitar su viaje hacia el Todopoderoso, la necesidad de asegurar la sucesión había sido un peso en su mente. Hasta que la señorita Candy White había aparecido en su cama.

Sonrió abiertamente. El vals de la noche anterior había sido como estar en el cielo, pero había sido infernal mantener las manos donde correspondía según las reglas del decoro. Había sentido deseos de ponerlas en otros lugares mucho más interesantes que la cintura y la mano enguantada de Candy. Por ejemplo, en sus pechos. Se amoldarían perfectamente a sus manos. Dios, haría prácticamente cualquier cosa por volver a verlos, incluso soportar otro almohadazo en la oreja.

Cerró los ojos. Mmm, sí. Podría soportar enzarzarse en otra guerra de almohadas con la señorita Candy White. Cuando ella había levantado los brazos por encima de la cabe za para golpearlo con más fuerza, él había visto cada centíme tro de su estrecha cintura, delicadas costillas y hermosos pe chos pequeños de puntas rosadas... Sí, sin duda disfrutaría otra paliza.

Cambió de posición en su silla, saboreando las pulsa ciones provocadas por la expectación. Algún día, que esperaba no tardara en llegar, volvería a tenerla desnuda en su cama para retomar las cosas desde el punto en que las habían dejado en el Green Man. Si ella fuera una correcta señorita inglesa ya habrían fijado fecha para la boda. Pero era una irritable e independiente muchacha norteamericana que se negaba a se guir las reglas británicas.

Simplemente necesitaría idear un modo de convencer la. Mientras estaba considerando una variedad de tentadores métodos, llegó Anthony.

—Buenos días, Albert. ¿Qué te hace sonreír tan tem prano en la mañana? —preguntó dejándose caer en una silla junto al escritorio—. ¿O debería decir «quién»?

La sonrisa de Albert se hizo aún más amplia.

—Tú más que nadie debería alegrarse de que yo esté contento con mi destino, ya que eres el culpable de todo este lío. ¿En qué estabas pensando? No, no respondas. No estabas pensando.

—No es cierto. Fue simplemente un caso de confusión de identidades. Nan dijo que tenía una amiga especial. Me contó la historia de una chica que aspiraba a ir a Londres. Me imaginé que os ayudaría a ambos.

—Pues a mí sin duda me ayudaste.

—Lo siento, pero bueno, ¿cómo iba yo a saber? Candy es rubia. Nan dijo que reconocería a su amiga por el cabello rubio Y se presentó en el Green Man sin doncella ni equipaje.

—Honestamente, ¿piensas que Candy parece una fulana?

—Por supuesto que no. Ya te lo dije, Nan dijo que su amiga era especial. Y yo estaba borracho. —Anthony bajó los ojos hacia sus botas—. Eh... supongo que... es decir ella es... bueno, vosotros hicisteis... ¿no?

—Si lo que estás intentando preguntar es si yo desflo ré a tu prima, la respuesta es no.

Anthony alzó bruscamente la mirada hacia el rostro de Albert.

— ¿Quieres decir que ella no era virgen? Sé que viene de una colonia, por lo que supongo que podría tener costum bres distintas de las nuestras y está un poquito vieja...

—Anthony, por Dios, cállate antes de que me sienta obligado a retarte a duelo. Hasta donde yo sé, tu prima es vir gen. Las cosas no llegaron hasta el punto de ponerme en posi ción de averiguar algo sobre ese asunto.

— ¿No? —Anthony parecía desilusionado—. ¡Ambos estabais en cueros, por Dios!

Albert se ruborizó.

—Sí. Bueno, en cualquier caso, debería alegrarte saber que estoy bastante contento de tener que casarme con Candy. Confieso que me siento aliviado de no tener que pedir la mano de lady Eliza Leegan.

— ¡Me lo imagino! Dios, la sola idea de irme a la cama con el iceberg... ¡Brrr! Candy tiene que ser mejor. ¿Debo su poner entonces que ya está todo arreglado? ¿Haréis los votos antes de que partamos para Londres?

Albert mantenía en equilibrio sobre el índice un corta plumas de plata, evitando la mirada de Anthony.

—No exactamente. Las cosas son aún un tanto inciertas, pero no te preocupes. Me casaré con tu encantadora pri ma. Ahora dime, ¿has oído algo más sobre las actividades de Niell en los alrededores?

—No. Está esperando la ocasión. El tipo suele aparecerse por la zona de vez en cuando, así que el que esté aquí puede no significar nada. Creo que le gusta mantener vigilado su patrimonio.

—Apuesto a que sí.

—Pero bueno, Albert, ¿estás seguro de que no estás atribuyéndole a los hechos un significado que no tienen? Los accidentes suceden, incluso a los héroes de guerra. El asesina to es una acusación grave.

— ¿Crees que Niell es incapaz de cometer un ase sinato?

Anthony empezó a decir algo, pero hizo una pausa. El si lencio se extendió entre los dos hombres.

—No —dijo finalmente—. Quisiera creer que Niell no es capaz de matar, pero el tipo sí que te odia con una pasión que raya en la locura.

—Exactamente. Créeme, Anthony. No soy dado a los arranques de imaginación. Estoy convencido de que Niell está detrás de mis accidentes. Si no lo detenemos, terminará saliéndose con la suya. Y entonces él heredará Andrew y todas mis otras propiedades. No puedo permitir que suceda eso.

—No, me doy cuenta. Además del hecho de que la muerte no es precisamente algo terriblemente atractivo, tu primo Niell es simplemente un tipo muy desagradable. Tus arrendatarios, tus sirvientes, Ross, tía Elroy y lady Sara.. Todos sufrirían si Niell tomara las riendas.

—Tengo intención de asegurarme de que eso no suceda.

Golpearon a la puerta y luego Candy se asomó.

— ¿Interrumpo?

—Nada mejor interrumpido. Por favor, adelante —dijo Albert. Él y Anthony se pusieron de pie—. ¿Me buscaba a mí o sa bía que su desacreditado primo Anthony estaba de visita?

—En realidad estaba buscándolo a usted, vuestra alte za, pero es bueno que Anthony esté aquí. ¿Sabía que la modista ha llegado?

—Pues no. —Albert observó a Candy, cuyos labios apretados formaban una línea delgada y tensa—. ¿Hay algún problema?

—Sí, lo hay.

—OH. —Albert echó una ojeada a Anthony, quien mira ba a Candy como esperando que ésta explotara de un momen to a otro—. Confío en que nos aclarará qué clase de problema.

—Quiere hacerme vestidos.

—Sí, me imagino que eso es lo que quiere. Es modista, Candy. —Albert observaba a Candy asir con tal fuerza sus fal das que la tela parecía en peligro de desgarrarse.

—Ya sé que es modista. ¿Sabe usted cuántos vestidos quiere hacerme?

—Aja, empiezo a entender cuál es el problema. No, no lo sé. ¿Por qué no me lo dice usted?

—Demasiados.

Anthony rompió a reír. Candy lo miró enojada.

—No sé de qué te ríes tú. Eres quien va a pagar por todo esto, ¿verdad?

Anthony asintió con la cabeza y agitó la mano. Estaba claro que no iba a arriesgar una respuesta más coherente. Candy se volvió hacia Albert.

—Su tía y Ross están aliadas con esta mujer. Y dicen que necesitaré aún más ropa cuando lleguemos a Londres. ¿Es que las inglesas se pasan el día entero cambiándose de ropa?

—Francamente no puedo decir que haya reflexionado antes sobre el tema. ¿Y tú Anthony?

—OH, no os riáis más. ¡Es un escandaloso despilfarro de dinero! Por ejemplo, la señora Croft quiere hacerme un traje de montar y yo ni siquiera sé cabalgar.

— ¿No cabalgas? —Anthony dejó de reír abruptamente y miró asombrado a Candy. Ella hizo una mueca.

—No hace falta actuar como si yo fuera una especie de fenómeno. Tengo dos piernas que funcionan perfectamente. ¿Por qué necesitaría sentarme sobre una gran bestia que me lleve de un lado a otro?

— ¿Le tiene miedo a los caballos, Candy? —preguntó Albert.

—No, creo que no. Es sólo que nunca he tenido la oportunidad de cabalgar. Vivíamos en la ciudad e íbamos ca minando a todas partes.

—Aja. Pues querrá aprender —dijo Albert.

— ¿Querré? —Candy parecía escéptica—. Espero que no contéis con que vaya a cabalgar a campo traviesa persi guiendo a algún zorro zarrapastroso. No lo haré. Y tampoco me interesa ir a saltar vallas.

— ¡Dios mío! —dijo Anthony. Albert se limitó a sonreír.

—Bastará con que aprenda a cabalgar. Yo no soy un fanático de la caza. Le daré una o dos lecciones tan pronto como esté listo su traje de montar. Aprenderemos lo básico ahora y refinaremos sus habilidades al regresar a Andrew des pués de la temporada.

—Espero tener un empleo para cuando termine vues tra temporada —dijo Candy—. No regresaré a Andrews.

— ¿No? Bueno, ya veremos.

—Deberías saber que Albert siempre consigue lo que quiere —sugirió Anthony en tono servicial—. No estoy seguro de cómo lo logra. Tozudez pura, probablemente.

—Tonterías, Anthony. El truco es desear siempre cosas razonables.

—Si se refiere a casarse conmigo, vuestra alteza, sin duda puede usted ver que eso no es razonable. —Candy em pezó a enumerar con los dedos los motivos—. Soy norteame ricana, no tengo ni idea de cómo dirigir una casa de este ta maño, no sé bailar y tampoco sé montar a caballo.

Albert dio la vuelta al escritorio. Cogió la mano de Candy y con suavidad le hizo bajar cada uno de los dedos que ha bía usado para enumerar sus razones.

—Baila muy bien, Candy, y ya practicaremos equita ción. La señora Stallings ha manejado Andrews durante años, incluso cuando mi madre vivía. Estoy seguro de que estará encantada de continuar haciéndolo, dirigida por usted, obvia mente. Y aunque es cierto que es usted norteamericano, también es la prima del conde de Brown.

—Y eso es una gran distinción —dijo Anthony. Hizo Uno breve reverencia—. Bueno, aunque sé que me extraña réis, será mejor que me marche.

Albert retuvo la mano de Candy en la suya mientras acompañaban a Anthony hasta la puerta. Ella tironeó ligera mente, esperando que la soltara, pero él le asió la mano con más fuerza, entrelazando sus dedos con los de la joven.

Ella estaba segura de que los lacayos debían notar que su patrón le tenía cogida la mano, pero ninguno de ellos pestañeó siquiera. Layton hasta llegó a hacer un gesto de asenti miento con la cabeza y a mirarla sonriendo.

—Estaba pensando en ir a visitar a uno de mis arren datarios —dijo Albert cuando Anthony se hubo marchado—. Me gustaría que usted me acompañara si la señora Croft pue de prescindir de su presencia.

—Puede. Mis movimientos nerviosos estaban enloqueciéndola de tal modo que parecía dispuesta a ensartarme mi aguja. ¿Está seguro de que no estoy demasiado desaliñada para ir de visita?

Albert la recorrió con la mirada. Ella sintió que un lige ro rubor le quemaba las mejillas.

—Así está usted bien. Son viejos amigos. No prestan atención a la moda. Vaya a buscar su sombrero.

Albert estaba apoyado contra la calesa cuando Candy salió...

—Usted está demasiado elegante para un vehículo tan plebeyo, vuestra alteza—dijo ella.

—OH, pero en el fondo soy un simple granjero. —Albert la depositó sobre su asiento. La miró con ojos risueños. Eran casi del color del mar, y su cabello, con las largas pestañas ribeteados de oro.

Candy sintió un leve tirón en la mano y se inclinó hacia delante. Sus ojos se posaron en los labios de él. Parecían firmes y cálidos. ¿Cómo sería sentirlos ahora?

Bruscamente la joven echó hacia atrás la cabeza y se irguió en su asiento. ¿En qué estaba pensando? Estaban en el camino principal de entrada a la casa, se les podía ver perfecta mente desde la puerta principal y desde cientos de ventanas.

Albert suspiró.

—Casi lo logro, ¿verdad?

Candy le lanzó su mirada más represora, perfeccionada a lo largo de años en la Academia Johnson para Señoritas

—Compórtese, vuestra alteza.

El se dio la vuelta y subió de un salto al asiento del conductor.

—Comportarse no es tan divertido como no compor tarse, señorita White. Admítalo. ¿O es posible que usted nunca se haya comportado mal?

—No sea ridículo. —Candy clavó la vista al frente por encima de las ancas del caballo.

—No creo que se haya comportado mal. —Albert tomó las riendas y el caballo empezó dócilmente a moverse—. Ten dré que hacer algo al respecto.

—Y no dudo de que es usted un gran experto en mal comportamiento.

—En realidad no. He tenido demasiadas responsabili dades como para comportarme mal con frecuencia, pero será un placer recuperar el tiempo perdido.

— ¿Qué edad tenía cuando heredó el título?

Candy estaba sorprendida. Las historias que había oído de su padre y de las hermanas Johnson la habían llevado a suponer que todos los aristócratas llevaban vidas irreflexivas, inmersos en una seguidilla de placeres.

—Veinticinco. Pero como primogénito y único hijo varón empezaron a entrenarme desde que empecé a hacer pi nitos por la hacienda —resopló Albert—. No era extraño que mi padre me interrogara sobre las plantaciones y prioridades mientras estaba aún en brazos de mi nodriza. Pero no, no debe usted sentir pena por mí, si es que estoy interpretando bien la expresión de sus ojos. Tendré que intentar besarla de nuevo para verlos chispear. Hoy se ven de color azulino, ¿sabe?

—No tengo ojos azulinos.

—Ahora los tiene. Bueno, no son de un azul intenso. Creo que el color depende de su estado de ánimo o de lo que lleva puesto. Espero que haya encargado algunos vestidos azules y verdes.

—Creo que la señora Croft está haciendo uno o dos en cada uno de esos colores.

—Magnífico —dijo Albert. Candy pensó que parecía demasiado inocente—. Así puedo observar si sus ojos cam inan de color según su atuendo. Quizás hasta escriba un trata do titulado Acerca de los Ojos de Candy White. ¿Qué le parece?

—Me parece que no vendería demasiados ejemplares de una obra así, vuestra alteza.

—Hay un problema —dijo Albert con aire reflexivo.

— ¿Un problema? Yo diría que una idea tan alocada presentaría muchos más problemas.

Albert prosiguió como si no la hubiese oído.

—Para determinar con certeza el color de sus ojos, en primer lugar yo debería intentar establecer el matiz aislado, libre de cualquier influencia extraña. Sé que en el Green Man tuve la oportunidad perfecta para dar inicio a mis investiga ciones, pero debo confesar que se me hizo difícil hacer obser vaciones precisas mientras me golpeaban en la cabeza con una almohada.

— ¡Vuestra alteza! —Candy se puso una mano en la cintura. Sentía una especie de extraño aleteo en el vientre—. ¿De qué está usted hablando?

—De colores de ojos, Candy. Del de los suyos, concretamente. Necesitamos aislar su persona de cualquier color que pueda desviar nuestra investigación, particularmente de ese lamentable vestido marrón que lleva usted ahora, antes de poder determinar con precisión el matiz exacto…

Candy sentía los ojos de él sobre su garganta, luego ba jando a lo largo del cuello como si estuviera deshaciéndose de aquel género marrón que a él le disgustaba tanto.

—Supongo que podríamos empezar nuestra investiga ción ahora mismo, aunque le dije a Birnam que visitaría a este inquilino. Pero no permitiremos que nada se interponga en el camino de la ciencia. Haremos virar la calesa y galoparemos de regreso a Andrews. Mi tía y por supuesto también Ross y lady Sara pueden mostrarse un pelín escandalizadas cuando nos dirijamos a mi habitación, pero los devotos estu diosos de la naturaleza no debemos dejar que la opinión pú blica influya en nuestras investigaciones. A menos que quiera usted despojarse de esas ofensivas prendas ahora mismo. Po demos empezar al aire libre, aunque hace un poco de frío y confieso que para nuestros estudios preliminares prefiero el interior. Le aseguro que una puerta cerrada con llave demos trará ser una condición claramente favorable.

— ¡Vuestra alteza! —La respiración irregular de Candy apenas le permitió pronunciar la frase. La idea de entrar a la ha bitación de Albert era más que escandalosa—. ¿Se ha vuelto loco?

Albert rió.

—Aún no, pero confieso que me está costando un poco pensar con claridad. La imagen de su pelo sobre mi almohada es un pensamiento que me...eh... que me eleva bastante.

Este día de principios de marzo podría muy bien haber pasado por el más caluroso de agosto a juzgar por cómo se sentía Candy. Ahora entendía a qué se referían las Johnson con eso de conversaciones «calientes». Desvió la mirada. Ha cia delante vio una cabaña rodeada por una bonita cerca de co lor blanco.

—Creo que tendrá usted que obligarse a apartar de su mente los experimentos, vuestra alteza. Tenemos compañía.

—Así parece —suspiró Albert.

Dos muchachitos de unos ocho años estaban colgados de la cerca, afilando las manos con entusiasmo.

— ¡Hola, vuestra alteza! ¿Puedo sujetar a Botón de Oro?

—No, yo soy el mayor, Tim, y además tú lo sujetaste la última vez.

— ¡No lo sujeté!

— ¡Sí que lo hiciste!

¿Botón de oro?—preguntó Candy.

Albert rió.

—Ross eligió el nombre. Supongo que por la afición del caballo a los botones de oro. —Albert detuvo la calesa y ayudó a Candy a descender—. Caballeros —dijo dirigiéndose a los pe queños pendencieros—, cuidad vuestros modales, por favor.

—Lo siento, vuestra alteza.

—Perdón, vuestra alteza.

Candy bajó la vista hacia los dos sucios muchachitos, idénticos entre sí.

—Candy, permítame presentarle a Thomas y Timothy Parson —dijo Albert—. Muchachos, la señorita Candy White , de America.

Los muchachitos abrieron grandes los ojos. Candy agra deció que Thomas ya hubiera perdido sus dientes delanteros mientras que Timothy aún los conservaba, pues de lo contrario hubiera abandonado toda esperanza de diferenciarlos.

—¿Es usted norteamericana? —preguntó Timothy.

—¿Del otro lado del océano? —susurró Thomas.

—¿Vivió con los indios Piel Roja?

—¿En qué clase de barco vino? El primo de Charlie Bentworth está en la marina. Navegó con Nelson.

—¿A quién le importan los estúpidos barcos? —inte rrumpió Timothy a su hermano—. ¿Es verdad que los indios usan plumas y que son muy feroces?

Candy rió.

—Me temo que no sé mucho de barcos —le dijo a Thomas—. El barco en el que vine era grande, pero se balanceaba constantemente y me mareaba mucho. —Sonrió al ver la expresión desilusionada del chico y se volvió hacia Timothy—. En cuanto a los indios, me parece que los nombren usan plumas cuando se visten para la guerra y son luchadores muy feroces, pero en general creo que no son muy diferentes de vosotros o de mí.

—Muchachos, me doy cuenta de que la señorita White es mucho más interesante que Botón de Oro, pero de todas maneras, ¿puede alguno de vosotros tomar las riendas?

Timothy, o tal vez era Thomas (al no poder ver sus sonrisas Candy dudaba) se hizo cargo de Botón de Oro. Albert y Candy se volvieron hacia la cabaña. Dos niñitas se acercaron corriendo, seguidas por un bebé. Las niñas se detuvieron bruscamente delante de Albert e hicieron aceptables reveren cias. Dos pares de ojazos castaños se volvieron hacia Candy. El bebé se abrió paso entre las faldas de las niñas y alzó los bracitos rollizos.

—¡Upa! —exigió.

Riendo, Albert la levantó en brazos.

—Ella es Ruth. —El bebé escondió la carita en la cor bata de él.

¿Cuántos años tienes, Ruth? —preguntó Candy.

Aparecieron dos dedos regordetes.

—¡Dos años! ¡Pero qué niña grande!

—Es sólo un bebé. —Timothy dio con la punta del dedo en la pierna rolliza de Ruth. Thomas había ganado la pugna por hacerse cargo de Botón de Oro por el momento.

Ruth separó la cara de la corbata de Albert y le tiró un puntapié a su hermano.

—¡No bebé!

—Y éstas son las señoritas Maggie y Jane —dijo Albert, presentando a las otras dos niñas.

—¡Ruth! —Una mujer baja y regordeta salió de la cabaña, cargando un niñito rollizo de unos ocho meses— Oh, hola, vuestra alteza. Me pareció haber oído la calesa.

—Hola, Becky. He venido para echarle un vistazo al tejado. ¿Tom todavía está en el campo?

—Sí. Regresará para la hora del almuerzo, por si desea hablar con él. ¿Os apetece entrar a beber una taza de té mientras le esperáis?

La diminuta cabaña estaba atestada pero limpia. Candy se apiñó junto a Albert, sentándose a la desgastada mesa de la cocina. Ruth se sentó en el regazo de él. Sus diminutos deditos recorrían los dibujos del chaleco del joven cuyos botones retorcía mientras Albert conversaba con la madre. Este duque parecía sentirse muy cómodo sentado en una cabaña y hablando con la esposa de su inquilino. Nada que ver con los tiesos aristócratas ingleses que Candy había imaginado. Ruth lanzó una risita al hallar el reloj de bolsillo. La gran mano de Albert cubrió la de la niñita. Ella rebotó en el regazo y a su vez cogió la mano de él con sus dos manitas. El rió y Candy sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

En ese momento un hombre bajo y robusto entró a la cocina con Maggie y Jane. Iba remangado y tenía el cabello mojado pues debía de haberse aseado antes de entrar, en la bomba de fuera.

Ruth se retorció sobre el regazo de Albert. —¡Pa! —Alargó los brazos en dirección a su padre. Albert rió.

—Siempre me haces perder las muchachas bonitas, Tom —dijo mientras le pasaba a la niña.

—Sí, pues parece que usted vino a visitarnos con su propia muchacha bonita, vuestra alteza. —El hombre le sonrió a Candy y se inclinó para besar a Becky.

Sentada tranquilamente, Candy pudo escuchar a Tom y a Albert rememorar la infancia compartida y los enredos en que se habían metido junto con Anthony y Alister. Cuando Tom terminó de comer, él y Albert salieron a echar un vistazo al tejado. Candy ayudó a Becky a limpiar y a calmar a los pe queños. Estaba dándole una última palmadita a Billy mien tras éste se acomodaba para dormir la siesta cuando entró Albert. En silencio fue a pararse junto a ella.

—Es hora de marcharnos —susurró. Candy sintió el calor de su cuerpo junto al de ella. Por un instante imagino que Billy era el hijo de ambos y que vivían en esta cabaña.

Algunas muchachas soñaban con bodas y bebés, pensó Candy mientras Albert la ayudaba a subir a la calesa. Ella no. Nunca había imaginado cómo sería formar su propia familia, Albert dio un golpecito con las riendas al caballo y Botón de Oro comenzó a andar sin prisa. Jamás se había imaginado casada.

Aquellos jóvenes tan formales que habían secundado a su padre en sus causas jamás le habían resultado atractivos, ni, lo admitía, tampoco se habían sentido atraídos hacia ella. Eran demasiado parecidos a su padre, concentrados en un solo propósito e impetuosos. Apenas si reparaban en la hija soltera del doctor White. El único que se había fijado en ella había sido el hijo del carnicero. Se había sentido halagada por su atención... hasta que la besó.

—Bajemos y caminemos un rato. —Albert detuvo la calesa y enroscó las riendas de Botón de Oro en una rama. El rechoncho caballito inmediatamente metió el hocico en una mata de botones de oro, estornudó y comenzó a mordisquear la alta hierba que crecía al pie del árbol.

—¿No come los botones de oro? —preguntó Candy, alargando la mano hacia Albert.

—Oh, no. Enfermaría. Es una planta venenosa. Me imagino que sólo le gusta el color. —Ignorando la mano ex tendida, Albert la cogió de la cintura, depositándola sin es fuerzo en el suelo. Se demoró un momento más de lo necesa rio en soltarla.

Candy le miraba fijamente la corbata mientras escu chaba con qué entusiasmo Botón de Oro mascaba ruidosa mente la hierba. En algún lugar por encima de sus cabezas un pájaro contestó el sonido de otro. Un susurro entre los mato rrales delató la presencia de un animalito.

¿Albert iría a besarla?

¿Ella deseaba que lo hiciera?.

Estaban solos. Un par de pasos e incluso estarían ocultos ojos curiosos de Botón de Oro. Candy reprimió una risita nerviosa. Sin alzar la cabeza, se humedeció los labios.

Albert hasta podía empezar su investigación para ese ridículo tratado, si quería. Y ella, ¿quería?

¡Por supuesto que no! ¿Qué le había sucedido? El depravado aire británico debía estar corrompiéndola. Eso y un depravado duque británico. Por su mente pasó como un relámpago de la imagen del duque en cuestión con toda su hermosa piel dorada. Se ahogó.

—¿Se siente bien? —Albert colocó sobre su brazo la mano de la joven y se dio la media vuelta para empezar a subir una pequeña colina.

-Estoy bien. —Estaría mejor si tuviera un abanico. Sin duda una brisa refrescante le haría bien. Afortunadamente el sombrero ocultaba sus mejillas encendidas.

Llegaron a un amplio claro con vistas a los campos que los rodeaban.. Albert se reclinó contra un árbol y, cubriendo con una de sus manos la de ella, que descansaba sobre su brazo, la atrajo a su lado.

Candy se volvió para observar el panorama. -¿Todas estas tierras son suyas?

-Sí.

Percibió el orgullo en la voz de él. —¿ Han estado en su familia por generaciones?

—Desde los tiempos del Conquistador. Durante más de setecientos años ha habido siempre un Andrew en Andrews. Candy miró los extensos campos, los árboles frutales, los bosques, las colinas. ¿Cómo sería formar parte de una familia cuyas raíces se remontaban a tantos siglos atrás? ¿Cuan lejos e pasado podían los White rastrear sus antepasados?. No lo sabía. Su padre nunca le había hablado sobre la historia de su familia. Eso no se estilaba en Norteamérica. Allí todo era nuevo. Todos estaban volviendo a empezar. Ella se enorgullecía de ese espíritu.

—¿ Quién será el heredero si usted no se casa ?

—Niell. Candy sintió que el cuerpo se le ponía rígido. Suspiró.

—Eso sería un crimen, pero aun así creo que casarse conmigo no es la solución, vuestra alteza.

—Albert, Candy. Por favor no hable de matrimonio, ni me llame «vuestra alteza».

Candy percibió la súplica en su voz y respondió en con secuencia.

—Albert, no tengo ninguna de las habilidades que usted necesita en una esposa. No sé absolutamente nada sobre la sociedad inglesa. He crecido en tierras republicanas. Siempre he vivido en una estrecha casita de ciudad. No soy bonita ni talentosa. Seguramente hay alguna muchacha inglesa que esté mejor preparada para ser su esposa.

Albert tiró de ella para obligarla a mirarle de frente.

—Eres hermosa, Candy. Y no quiero una muchacha in glesa, al menos ninguna de las que he conocido hasta ahora. Me hacen sentir como un zorro huyendo de los sabuesos. Ven a Londres y lo verás. Ni las muchachas ni sus madres me quieren a mí, quieren mi título y mi renta anual.

—Eso no lo creo. Una chica tendría que estar ciega para no enamorarse de usted.

Albert sonrió abiertamente.

—¿Usted está ciega, entonces, Candy? ¿O significa que se ha enamorado de mí?

Candy se ruborizó.

—Apenas lo conozco. Y va más allá de eso. Usted necesita una mujer que sepa cómo conducirse en vuestra sociedad.

Albert tomó el rostro de ella entre sus manos, elevándo le la barbilla para poder mirarla directamente a los ojos. De al guna manera él se las había arreglado para perder los guantes. Sintió la tibieza de sus palmas meciéndole la mandíbula, la se ductora presión de sus largos dedos masajeándole, un puto sensible justo detrás de la oreja, ese punto que los labios de el habían hallado con tan desastrosas consecuencias en el Green Man. Era como un mago envolviéndola en su hechizo.

—Puedes aprender, cielo. No tengo intención de pasar mucho tiempo haciendo vida social. Te lo dije, en realidad en el fondo soy un granjero. —Le acarició los pómulos con los pulgares—. Ven a Londres, Candy, y verás lo horrible que es. Sálvame de eso, te lo ruego. No quiero una muchacha de sociedad. No quiero un matrimonio por conveniencia, como el de mis padres. Quiero un matrimonio como el de Tom y Becky. ¿Tu no?

Candy no podía negarlo. De repente no quería nada más que un marido, un bebé y el amor que se respiraba en esa pequeña cabaña.

—Sí, Albert —susurró—. Sí, es lo que quiero.

Él inclinó la cabeza.

«Es un duque inglés», pensaba Candy, humedeciéndo se los labios. «Un depravado y mujeriego noble británico. Un extraño».

Sobre sus labios, el aliento de él era una provocación, llevando apenas la cabeza sus labios se acercarían a los de Albert. Sentía la tentación de hacerlo. ¿La tentación? Añoraba el contacto. Pero eso era demasiado atrevido. No, más que atre vido Era lujurioso.

Comenzó a retroceder, pero las manos de Albert se lo Impidieron. Éste cerró la brecha que los separaba y suavemente empezó a dibujar con la punta de la lengua el contorno de los labios de ella, para luego cubrirlos con los suyos.

No le parecía estar besando a un extraño. Era como si ya se conocieran.

Fue en ese momento cuando la bala impactó contra el tronco del árbol, justo encima de sus cabezas.

CONTINUARA...

Espero subir el siguiente antes de que termine la semana, al menos tratare no prometo nada pero tratare besos y nos estamos leyendo